Notas de Autor: Aquí está el nuevo cap de Romano en el pasado!

Nose como lo he podido subir, pensé que hasta septiembre no podría xD bueno, no esperéis la misma suerte para el siguiente

os dejo con el cap!

disfruten!


Encuentro Inesperado

- Ahora haced un nudo aquí, atadlo fuerte o se soltará.

Estaba sentado encima de un tronco que hacía las veces de banco. Delante suya había unos cuantos soldados, que prestaban atención a sus instrucciones. Sonrío para sus adentros, esto empezaba a ser divertido.

- Pero, Roma...

- Para ti, Señor Romano -contestó el aludido maléficamente.

- Pero si el Señor Al-Andalus siempre te llama así...

- Y si el "Señor Al-Andalus" -dijo sarcástico-, te dice que te tires de un puente, ¿te tiras?

- ...Sí señor...

- Así me gu- ¡¿Qué?! Por dios, ¿es que aquí nadie aprecia su vida? Menos mal que os estoy enseñando este método infalible -dijo dando vueltas a su daga entre los dedos.

- Señor Romano... -dijo un soldado

- Oh, alguien que aprende rápido.

- ¿Lo que estamos haciendo no es una ban-?

- Lo que os estoy enseñando os salvara el trasero algún día -cortó.

- Pero a mi me parece...

- A ti no te parece nada, no has pedido permiso para hablar, así que silencio. -dijo con una sonrisa maléfica.

Romano en realidad era un buena persona, pero a veces le gustaba ser el malo de la película.

- Señor Romano. -le llamó otro.

- ¿Sí?

- ¿Usted ha usado esto alguna vez esto?

- No, pero mi hermano sí.

- ¿Y funciona?

- Yo que sé, siempre acaba volviendo a casa sano y salvo. Será vuestra arma secreta.

- ¿Tiene un hermano? -preguntó uno de los más jóvenes.

- No, acabo de hablar de mi abuelo.

- Ah.

- …

- …

- Sí, tengo uno... -en serio, a veces está gente le podía sacar de quicio.

- ¿Y cómo es? -preguntó el que le pareció que era el amigo del anterior.

- Pues es... es... -se le ocurrían muchísimos adjetivos, pero ninguno apropiado.- …es de mi edad.

- ¿Y se parece a usted? -preguntó otro. Al parecer eso de la "privacidad" no estaba muy visto.

- No, jamás me confundirí-

- ¡Son clavados! -le cortó Al-Andalus, saltando encima de sus hombros.

Romano cayó al suelo de cara, bajo el peso del castaño. Oyó risas entre los soldados. Genial, su reputación de malo por los suelos.

Al-Andalus se dio cuenta de su compañero seguía tirado.

- Hey, Roma, ¿estás bien?

- S-sí te quitaras de encima...

- ¡Ups!

El chico se hizo a un lado y esperó a que el otro se levantara. Se subió al tronco para estar más o menos a su altura.

- Pues sí, tiene un hermano ¡Y gemelos! Lo vi en una pintura así de pequeña -dijo, haciendo un cuadradito con los dedos. Los soldados soltaron una ovación.- Eso sí, ojalá sonría más que este -dijo, tirando de los mofletes del italiano. No llegó a mucho más porque Romano le metió un puñetazo entre las costillas, tirándolo al suelo.

- Tócame, y te dejo sin pulgares. -le amenazó.

Al-Andalus se llevó las manos al estómago y se incorporó, sin quitarse la sonrisa de la cara.

- V-veo que te has r-recuperado bastante. -hacía unos días que Romano no tenía ningún problema.- y... ¿Para qué es eso? -dijo, mirando lo que los soldados estaban haciendo.

El italiano sonrió maléficamente de nuevo.

- Es nuestra arma secreta, la usaremos como último recurso.

Al-Andalus levantó una un poco desconfiado.

- Una... ¿bandera blanca?

- Exacto.

- ¿Pero eso no se usa para rendirse...? -dijo el castaño, girándose interrogante.

- Sí.

- ¿Y...?

- Con vuestro plan no nos quedará otra.

Al-Andalus le dio un golpe en el hombro y se echó a andar hacia las tiendas. Romano lo siguió, dejando que los soldados hicieran lo que quisieran, total, estaban en su tiempo libre.

- ¿Cómo puedes pensar así? -le dijo con fastidio el castaño.

- Soy realista, vuestra idea es estúpida.

- ¡No es estúpida!

Habían pasado días desde que le anunciaron el trato con el Imperio Musulmán, pero Romano seguía sin aceptarlo, y lo demostraba siempre que podía. Metiendo miedo a los soldados, haciendo banderas blancas o pinchando a Al-Andalus, aprovechaba hasta la más pequeñas de las oportunidades.

Como esta.

- Claro que lo es, ¿qué sentido tiene pelear para ser conquistado? -rebatió Romano.

- Sería peor si no hiciéramos nada.

- Por lo menos no aceleraríais vuestra desaparición.

Al-Anadalus se giró enfadado, para mirarle a los ojos. Parándose.

- ¡No vamos a desaparecer!

A Romano no le gustaba discutir de esa manera, pero no iba a parar ahora.

- Ah, ¿no? ¿Por qué?

El país le miró serio.

- Porque no vamos a perder.

- ¿Estás seguro chico?

Al-Andalus se giró sobresaltado. Detrás suya había un hombre enorme, le sacaría por lo menos tres cabezas a Romano. Tenía la piel morena y el pelo corto y negro, oculto bajo un keffiyeh blanco. Vestía unas ropas anchas, llenas de bordados en oro, que llamaban la atención a todo el que pasaba al lado. Pero lo que más destacaba era la enorme espada ancha que colgaba en su cinturón, y que estaba oculta bajo una vaina cuajada de piedras preciosas y adornada con grabados dorados y palabras que nadie de allí podía leer.

Porque ese hombre era El Imperio Musulmán.

Al-Andalus abrió con fuerza los ojos. Quedándose congelado por unos segundos. No estaba armado, ni llevaba ninguna protección.

El Imperio musulmán soltó una carcajada y se agachó para observar de cerca a Al-Andalus, con una curiosidad propia de un niño. El castaño no se movió, con sus ojos verdes clavados en los negros y profundos del imperio.

- Entonces, ¿tú eres ese auto-proclamado "Al-Andalus"? -dijo con un fuerte acento árabe.

El nombrado pestañeó un par de veces antes de volver en sí y retroceder unos pasos, hasta chocarse con los pies de Romano, que miraba al hombre con desconfianza.

Al-Andalus no contestó a la pregunta, parecía que se hubiera quedado mudo.

El imperio soltó otra carcajada, parecía estar bastante tranquilo. Un grupo de gente se estaba empezando a acumular a su alrededor, algunos incluso habían traído sus armas, pero eso no parecía importarle a aquel hombre, que enseñó una sonrisa engañosa.

- Perdonen mi mala educación, ni siquiera me he presentado. -se disculpó, haciendo una reverencia.- El Imperio Musulmán, del sur, pero eso ya lo sabes... -dijo en un tono sarcástico. Al-Andalus no hizo nada, si le estaba escuchando, tampoco lo demostraba.- Ahora que hemos terminado con los saludos, vayamos a un lugar más... -miró a su alrededor.- Privado.

El castaño asintió vagamente, y empezó a andar entre la gente hacia una de las tiendas más grandes. Romano le siguió, vigilando al imperio que iba detrás, sin inmutarse de las miradas que los soldados que pasaban le dirigían.

Sus facciones eran suaves, pero serias, y en sus ojos se reflejaba una mirada sabía y penetrante. Romano no pudo evitar pensar lo mucho que Egipto se parecía a él.

Como los libros de historia contaban, El Imperio Musulmán también se había apoderado de él durante casi toda su existencia (la del imperio), justo después de la desaparición del Imperio Romano. Asique, Romano, por esos tiempos, estaba muy cabreado de que lo controlaran, aunque tampoco es que tuviera mucho tiempo para expresarlo ya que el imperio siempre estaba muy ocupado conquistando más y más tierras, él solo era un puerto bien localizado en el centro del Mediterráneo.

Aún así recordaba su cara.

Al-Andalus se paró en la entrada de la tienda, cediendo el paso al imperio para que entrase. Romano se paró cerca de él, atento a cada movimiento que hacía, con una de sus peores miradas.

El hombre entró tranquilamente. Era una tienda amplia, con sillas y mesas para bastantes personas, las miró un poco decepcionado.

- Oh, incómodas sillas... ¿no tendrás cojines?

Por toda respuesta, Al-Andalus se sentó en una de las ellas, sin apartar la vita del hombres. Romano decidió quedarse de pie, detrás del chico.

El imperio les miró fijamente, el italiano notó que también se había fijado en él, eso le inquietaba.

- ¡Al-Andalus! ¡Es verdad lo que han di-! -Portugal se cortó en cuanto apareció por la entrada, en seguida retrocedió unos pasos, tirando a Francia al suelo, que iba justo a entrar.

El Imperio se giró en su dirección curioso, sacó una amplia sonrisa al verle.

- Oh, pero si eres tú, Portugal. -dijo haciendo una reverencia y acercándose al chico, que también se había quedado congelado. Le puso una mano en el rostro y lo miró fijamente.- Veo que no has cambiado nada.

Portugal le miró unos segundos sin ninguna expresión, luego miró detrás del imperio.

- ¡Al-Andalus! -dijo, dando un manotazo al hombre e hiendo corriendo hacia su hermano.- ¿Te ha hecho algo?

El otro negó con la cabeza y Portugal pareció relajarse notablemente.

Al imperio no pareció importarle el gesto del portugués, es más, había centrado su atención a la entrada de nuevo.

- ¿Otro? -murmuró.

Francia le miró de arriba a abajo, interrogante. No parecía que la enorme altura que le sacaba le intimidara demasiado.

- Y tú eres... -le dijo el rubio.

El imperio le miró desde arriba.

- Creí que era de buenos modales presentarse antes de preguntar el nombre a alguien -respondió con ese grave acento.

Francia le enseñó su sonrisa más elegante.

- Perdone, perdone -dijo, haciendo una reverencia exageradamente teatral, con muchas florituras.- Tienes la suerte de conocer al Gran Reino de Francia, encantado. Y ahora... ¿Quién eres? -terminó cortante.

La sonrisa del hombre se ensanchó.

- El Imperio Musulmán.

La boca de Francia formo un pequeño "Oh", miró de reojo por detrás del imperio, dónde los otro países le observaban con cara rara. Después volvió sus ojos al hombre.

- Que gran honor... le creía más... grande -dijo con una sonrisa.- ¿Podría entrar? El sol es incómodo a estas horas...

- Oh, sí, sí, pasa. -se hizo a un lado.- Siéntete como en casa, total, tampoco es la mía... Por ahora.

Francia entró y se acomodó en una silla, sin saber muy bien qué hacer. Romano no sabía como podía andar tan tranquilo. El rubio miró un momento a Portugal y a Al-Andalus, notando su tensión. Pero estos dos solo miraban fijamente al intruso.

- Oh, no hace falta que me miréis así, no voy a haceros daño. -dijo el imperio, quedándose de pie.- Aún no.

- ¿Y para qué has venido? -preguntó Portugal, enfadado.

El imperio volvió a mostrar esa sonrisa indescifrable.

- ¿Yo? Bueno, oí que unos mequetrefes de la península querían retarme, y vine para comprobar sí eso era o no cierto -dijo, acercándose a los dos castaños.- Fue una gran sorpresa encontrarte por aquí Portugal, pero me dijeron que no eras tú el que iba estar en el campo de batalla... Así que este debe ser tú hermano. -se volvió a acercar a Al-Andalus peligrosamente, como si quisiera observar de cerca cada una de sus facciones.- Interesante... -susurró.

Luego se apartó, con una sonrisa pensante. Romano notó como el chico soltaba un suspiro, como si hubiera estado aguantando la respiración.

- Los jóvenes de ahora sois demasiado temerarios... o debería decir suicidas. -rió.- Pero estas cosas son las que hacen una vida como la mía entretenida.

El imperio se dio la vuelta, dirigiéndose hacia la puerta, mientras se colocaba el keffiyeh.

- Está será una batalla interesante, te llevarás alguna sorpresa "Al-Andalus"... -les dirigió una última mirada, penetrante.- Pero no esperes volver a ver el sol si pierdes.

Salió de la tienda, tranquilo. Apenas unos segundos después Al-Andalus dio un salto y salió corriendo por dónde el imperio había ido.

- ¡Espera! ¡¿Qué has querido decir con eso?! -gritó desde la entrada.

Pero ya había desaparecido.

Romano se asomó por la puerta, seguido por Portugal y Francia. La gente andaba ajetreada de un lado a otro, como si no hubiera pasado nada.

Entonces Lesmes apareció corriendo por detrás, seguido de un grupo de soldados.

- ¡Al-Andalus! ¿Estás bien? ¿Dónde está? -Romano juraría que era la primera vez que le veía tan preocupado.

El castaño no le respondió, simplemente miraba fijamente por donde esa extraña persona se había ido, pensando. El noble le dirigió una mirada preocupada y luego se dirigió a su escuadrón.

- ¡Vamos! ¡Poneros en movimiento! ¡Aún puede estar por aquí!

Los soldados asintieron y enseguida se esfumaron. Dejándolos solos. Romano dudaba de que fueran a encontrarle.

Lesmes suspiró, llevándose una mano a la cara, luego se giró de nuevo al pequeño y le puso las manos sobre los hombros para que le mirara a los ojos.

- ¿Estás bien? -le preguntó.

- Sí...

- ¿No te ha hecho nada?

- No...

- ¿Te ha amenazado o algo?

- …

- ¿Al-Andalus?

- ...Tampoco...

- ¿No me estarás mintiendo?

- No...

- Al-Andalus, sí ha pasado cualquier cosa dímelo, ¿entendido?

El nombrado le enseñó una pequeña sonrisa.

- No ha pasado nada Lesmes, en serio, deja de preocuparte.

El noble volvió a suspirar y se incorporó, llevándose la mano a la sien.

- ¿Por qué me tengo que llevar yo estos sustos? -dijo, más bien para sí mismo que para el reino.

- Te ha tocado, lo siento. -le respondió Al-Andalus, divertido. Parecía que ya estaba mejor.

Lesmes le dirigió una breve mirada, por un momento Romano creyó ver un asomo de sonrisa en su rostro, pero seguro que eran imaginaciones suyas. Hay cosas imposibles.

- Vamos a organizar un reunión ahora mismo, nos tienes que contar qué ha pasado. Tú también vienes Portugal -dijo, girándose hacia este último.

El nombrado suspiró con cansancio.

- Pfff... no me queda otra. -se quejó mientras se llevaba las manos a los bolsillos.

- Al-Andalus, cálzate por favor. -dijo Lesmes mientras se echaba a andar.

El chico rió.

- No lo has conseguido antes, no lo harás ahora. -le respondió burlón, definitivamente se había recuperado.

El noble le miró con desagrado, Portugal le dio unas palmaditas de apoyo en la espalda (no llegaba a los hombros).

- Se llama causa perdida Lesmes, y vas a tener muchas. -rió, secundado por su hermano.

Se quedaron viendo como se alejaban mientras atardecía, el imperio se había ido más rápido de lo que había llegado y de repente ya solo estaban Francia y él. Pero al primero no parecía importarle y miraba el atardecer enismismado

- Ah, ya me acuerdo de ese chico. -dijo sonriente.

Romano le miró raro.

- ¿De quién?

- De Lesmes, cuándo llegué no lo había reconocido. Antes era un crío muy tierno, pero se fue con una familia noble y no lo volví a ver. Ha crecido tanto... -dijo con tono de madre orgullosa.- Cuándo le vi por última vez era más bajito que yo.

- Tampoco es que tú seas muy alto -se burló el italiano, tenía que aprovechar que el país aún era un niño.

Francia, por supuesto, se vio dramáticamente herido.

- Roma, eres tan cruel. -dijo con la mano en el pecho, pero no duró mucho.- Seguro que tú de pequeño eras muy mono, con mofletitos y ojitos grandes y... -Romano le lanzó una mirada de pocos amigos.- Y esas muecas tan feas...

El italiano sonrió satisfecho y se echó a andar en dirección contraria a la que había ido los otros países. El francés le siguió sin mucho más que hacer. Una pregunta le vino a la cabeza.

- Oye Francia...

- Oui? -le respondió mientras jugaba a darle patadas a una piedra.

- ¿Por qué estabas tan tranquilo cuando el imperio apareció?

- ¿Tenía que asustarme? -dijo burlón.

Romano se mordió la lengua.

- Maldición... quiero decir que... ese imperio pude ir a por ti también.

Francia le miró romántico.

- Oh, ¿Te preocupas por mi?

- Sigue soñando bastardo.

El reino rió de esa forma tan rara.

- Ese imperio ha ido a hablar con Portu y Al, no tenía por qué preocuparme.

- Pero podría ir a por ti en cualquier momento.

- Pero para conquistarme tendría que tener primero a Al e Italia.

- ¿Y no tienes miedo de que eso pase?

Francia suspiró.

- No, imperios tan grandes como esos no crecen eternamente, ya lo aprendimos con Grand-père Roma. Además, Al va a ganar. -dijo sonriente.

- ¿Tan seguro estás?

- Bien sûr, con lo cabezón que es va a pelear hasta el final, aunque le cueste siglos. Además es ambicioso, y más aún con lo que una vez fue suyo. -Rió.- Seguro que tú también crees que puede ganar.

Romano no respondió a la pregunta, simplemente miró al suelo. Por supuesto que sabía que iba a ganar, sabía el futuro. Pero no podía evitar pensar en el poder que tenía el Imperio Musulmán, si no se equivocaba, ahora debía de tener controlado casi todo el Mar Mediterráneo y Oriente Medio, su fuerza militar debía de ser increíble. En comparación, Al-Andalus era un pedazo de península al norte, sin apenas recursos.

Era imposible que le venciera.

Pero eso se contradecía con lo que él mismos había vivido, tenía que haber algo que no conocía. El imperio dijo que iba a haber alguna sorpresa y parecía muy interesado en Al-Andalus, debía de tener algo preparado.

O sino sí que era posible cambiar el futuro.

Un escalofrío recorrió su espalda, ¿y si cambiaba? ¿Podría volver a su tiempo? Y si lo hacía ¿Sería todo lo mismo? No, claro que no, sería demasiado bonito para ser cierto.

- Que maldito rompecabezas... -murmuró para sí mismo.

- ¿Qué?

Ah, se le había olvidado que Francia estaba allí.

- Nada, nada. Se está haciendo tarde.

El francés le miró con curiosidad, pero pareció convencerlo. Ya empezaban a verse las primeras estrellas y la gente iba encendiendo las antorchas.

- Oui, ya casi es de noche, tendríamos que volver a las tiendas... O podríamos pasar un buen rato juntos... -dijo en tono sugerente.

Romano le pegó un buen puñetazo en el estómago, se estaba quedando con las ganas.

- V-vale, pues a las t-tiendas -dijo cubriéndose la tripa con los brazos. Empezó a andar el camino de vuelta, pero Romano no se movió.- ¿Vas a venir?

Romano negó con la cabeza.

- Creo que voy a darme un paseo. Iré más tarde.

- Mientras no te pierdas, vale. -le respondió el rubio dándose la vuelta, ya recuperado del golpe. La próxima vez, Romano sería menos blando con sus puñetazos.

Empezó a andar buscando un lugar dónde acomodarse, le apetecía estar en un sitio tranquilo y aprovechar la buena noche que hacía. Y sabía que en las tiendas eso no iba a ser posible.

Estuvo vagando un rato por las tiendas, ya se buscaría la vida para volver. El campamento parecía interminable, y siempre había algún soldado apareciendo por alguna esquina.

Por fin llegó al limite del lugar, ya no veía ninguna tienda por ninguna parte. Por si acaso, y para que nadie le molestara, se alejó hasta que ya apenas oía nada que proviniese del campamento.

Eligió un punto al azar del campo y se tumbó en la hierba seca, usando los brazos como almohada.

Desde ahí se podía ver perfectamente el cielo estrellado, sin ninguna nube. De pequeño, cuando su abuelo Roma aún no había desaparecido y aún vivía con su hermano, se iban todos juntos a ver las estrellas. Recordaba como su nonno les enseñaba las constelaciones y cómo orientarse con ellas en cualquier sitio. A Romano le gustaban esas noches, con su hermano emocionándose con todo y él quejándose por que su abuelo no se callaba.

Pero con el tiempo nonno empezó a estar más y más ocupado y cada vez tenía menos tiempo, hiendo en largos viajes en barco, protegiendo el imperio, conquistando tierras...

Aún así, siempre había una noche que dejaba todo el trabajo de lado y se iban todos a ver el firmamento.

Y Romano atesoraba esos momentos con mucho cuidado.

Con España también iba de vez en cuando a ver las estrellas, en verano. El español siempre se ponía a pedir deseos como loco cada vez que veía un estrella fugaz, sacando a Romano de sus casillas.

Después se independizó y esos momentos empezaron a hacerse cada vez más escasos, hasta el punto de que ahora, en el Siglo XXI, no había ido ni una sola vez a observar el cielo nocturno.

Sonrió irónico al pensar que había tenido que ir al pasado para hacer algo que no había hecho en años.

De repente sus recuerdos se rompieron al oír un sonido por la hierba. Se incorporó sobresaltado y miró a su alrededor, pero apenas podía ver nada con la luz de la luna.

Ya iba a volver a tumbarse pensando que habían sido imaginaciones suyas cuando oyó una voz grave y con un fuerte acento.

- Italia del Sur, pero prefieres Romano ¿verdad?

El nombrado dio un salto y se incorporó de golpe.

Detrás suya, apoyado en un árbol, podía distinguir la silueta de alguien alto y grande. Pudo ver una espada guardada en una vaina cuajada de piedras preciosas y grabados en oro.

- ¿C-cómo...? -logró decir, notaba la garganta seca.

El imperio salió de la sombra del árbol y Romano pudo verle mejor.

- Entonces he acertado, tú eres el pequeño Romano. Me pregunto que habrás hecho para dar ese estirón.

Romano empezó a retroceder con las piernas temblándole, pero antes de que pudiera salir corriendo el hombre ya le había agarrado la muñeca.

- CHI-

- Sssssssshhh, yo no gritaría si fuera tú. -le susurró el imperio, haciendo oscilar su arma, que centelleó.

Romano le miró con odio, callándose. Sentía su corazón acelerarse.

- Buen chico Romano, veo que sigues sabiendo lo que te conviene.

- ¿C-cómo lo has sabido? -gruñó, intentando hablar por encima del latir de su corazón, que le inundaba los oídos.

El imperio volvió a sonreír de esa manera misteriosa.

- Ese rulo y esas malas pulgas, no hay mucha gente así. Pero tú no eres de aquí, no de este tiempo, ¿cierto?

El italiano asintió: pleno.

- Y estás bastante pegado a ese chico, el que se hace llamar "Al-Andalus", debe ser importante para ti, en el futuro, claro.

Se rehusó a responder eso. Pero al imperio no pareció importarle.

- Hmmm, sería interesante tener un oráculo como tú, me pregunto cuantos siglos conocerás... -dijo, rozando con una mano el pomo de su espada. El nombrado tragó saliva, haciendo que el imperio sonriera.- Tranquilo, no voy a adelantarme al futuro, prefiero descubrirlo yo mismo. Pero me pregunto de cuánto te servirá lo que sabes en esta guerra.

El corazón de Romano empezaba a ir más rápido de lo normal.

- No se que magia oscura habrás usado para venir aquí, pero...

Empezó a marearse.

- ...No te hará nada bueno...

Las piernas empezaron a fallarle, se llevó la mano al pecho.

- … Buena suerte...

El imperio le soltó la muñeca. Sintió que ya no podía sostenerse y calló al suelo, quedándose sin respiración.

- … Romano. -murmuró el imperio, antes de que cerrara los ojos.


CHAN!

Notas de Autor: Wow, este cap fue difícil de escribir, no tenía ni idea de qué poner...

Me parece que el Imperio Musulmán no ha salido en hetalia, ni se si saldrá. Así que lo he puesto como creo que sería. Lo he querido sacar serio, listo y un tanto extraño... Creo que está bien que ponga que se parece a Egipto, algo habrá hederado este no? xD

Vi en la Hetalia Wiki o en los Hetalia Archives o en una imagen de Himaruyaz, que Romano tiene el pelo más oscuro que Ita-chan porque tiene sangré árabe, algo que me ha servido de mucho en esta historia xD

Espero que os haya gustado, ya veis que el imperio es muy listo, ah, no le ha hecho nada a Romano. por si os lo preguntais.

Respuesta a reviews:

Mitsuko Chikanatsu: Gracias! Estoy pensando en el papel de Francia sobre si reconocerá a Romano o no... así que aún solo tengo una vaga idea de como sacarlo... no se aún si usaré tu idea o inventaré algo, o mejor aún una mezcla o alguna sorpresa al final... muchas gracias!

horus100: Gracias! La historia está ambientada muy al principio de la reconquista, son los comienzos como puse capítulos atrás. Sobre si la batalla lo estará... no tengo mucha información de esa en concreto, pero lo escribiré lo mejor posible.

MapleMary: Muchas gracias! lo de si España descubrirá con quién está hablando está por ver, sería muy peligroso si se diera cuenta xD

Un momento dulce de vez en cuando no mata a nadie, y menos con unos perosnajes tan sumamente monos (me da igual si roma es un adulto, es mono) xD

Felices Vacaciones!

Cualquier comentario, ya sea bueno, malo, amenazante o cruel y despiadado (bueno, eso mejor no xD) Review!

Make Pasta Not War!

ciao!