Nota de autor: ¡Aquí SomeSimpleStories!
Siento tardar tanto, pero entre que acaban de empezar las clases, que me gusta perder el tiempo y que el portátil va súper lento... no lo he subido antes, así que me disculpo 100 veces!
Hay cosas de este cap que no me han gustado mucho como me ha quedado, ¡pero aún así espero que os guste a vosotros!
Disfruten~
Comienzo de un final
Los estandartes ya estaban izados, y todos los soldados estaban ya en sus puestos. Granjeros, panaderos, mercaderes... Era gente que no estaba preparada a luchar, pero sin embargo, miraban con decisión al frente, demostrando que no se retirarían, o intentando ocultar su miedo.
Pero daba igual, porque no había vuelta atrás.
Romano tragó saliva y agarró con fuerza el pomo de su espada con su mano enguantada, como acto reflejo.
Esos guantes. Se había obligado a llevarlos, desde el día en que despertó en esa tienda, no había parado de sentir esa sensación de no sentir nada, por raro que sonase. Venía y volvía, a veces apenas nada, solo notaba ese hielo por todo el cuerpo, otras, veía como sus manos desaparecían antes sus ojos, y las frotaba con fuerza hasta que pudiera sentir algo, pero, las peores, era cuando se levantaba en medio de la noche con ese frío que cortaba la respiración, y, aunque no se pudiera ver en ningún espejo, sabía perfectamente lo que estaba pasando. Cada vez era más difícil evitarlo.
Aunque lo que más le preocupaba es que ya se había acostumbrado a ello.
Tenía esa sensación tan a menudo que ya se había hecho a ella, como cuando te pones malito y no recuerdas como era estar sano.
Y por eso llevaba los guantes, como medida preventiva, por si ese proceso empezaba de nuevo, las manos siempre eran la primera señal. Al-Andalus se había fijado en ello, pero no le preguntó; de todas formas, no es que llamara mucho la atención.
Y ahí estaba esa sensación otra vez, más fuerte, fría y cortante. No le gustaba nada. Se levanto la manga del guante, pero por ahora estaba todo bien. Aún había tiempo.
El cielo estaba nublado, y olía a tormenta, pero él no sería capaz de decir si iba a llover o no, no se le daban bien esas cosas. Aunque tampoco es que eso importara ahora, la cuestión era solo intentar distraerse con algo, no pensar en lo que estaba ocurriendo.
Pero un par de palabras le devolvieron de nuevo a la tierra. El destino le odiaba, seguro.
- ¿Estás preparado?
Romano le lanzó una mirada asesina a Al-Andalus, que sonría inocentemente. A él también le odiaba, ¿por qué le tenía que distraer de su distracción? Con lo mucho que le había costado.
Era difícil concentrarse en algo cuando a tu alrededor había un montón de soldados con armaduras chirriantes y cierto caballo que te intentaba tomar el pelo, literalmente. Su rulo peligraba y mucho.
Ojalá ese caballo cayera el primero.
- Esto es un asco -gruñó, poniéndose el casco y sacando una sonrisa malvada al oír los bufidos a modo de quejas que soltaba Mediterráneo.
Al-Andalus soltó una risita mientras acariciaba el hocico del animal, estaba malcriándolo, Romano lo sabía, ese bicho no se merecía tanta atención.
Decir que Al-Andalus parecía un hombre de hojalata era poco. Llevaba una armadura que le cubría de cuello para abajo, toda de acero, sin dejar ver un cacho de piel. Lo increíble era que aún podía cargar con esa enorme hacha, había entrenado con ella mucho, y daba miedo lo bien que la manejaba. Y con hacha, espada y armadura, parecía un autómata, si existiera la palabra en ese tiempo.
Y lo que más le fastidiaba era que no podía reírse de él, porque estaba exactamente igual.
Esos trajes pesaban mucho, por lo menos para el italiano; nunca había tenido que cargar veinticinco kilos en ropa, sin contar su espada y sus queridas dagas. Lo mejor de todo es que después tenía que conseguir montarse en un caballo. Muy divertido.
Al-Andalus miró con algo de preocupación al frente, mientras sequía acariciando inconscientemente el hocico de su montura.
Al fondo se podía divisar una sombra gigante, casi terrorífica, emergiendo poco a poco y alargándose hasta lo que parecía el infinito en los campos donde se encontraban.
Era difícil de creer que eso fuera gente, soldados, todos alienados y preparándose para lo que se avecinaba.
La batalla.
- Son muchos... -susurró Al-Andalus, casi para sí mismo.
Lesmes apareció de la nada, al lado suya.
- ¿Distingues al Imperio Árabe? -el noble no parecía para nada amedrentado por la situación, miraba la sombra negra casi con indiferencia.
El castaño entrecerró los ojos, intentando distinguir entre las personas.
- No le veo... bueno, apenas puedo distinguir nada... Lo siento -se disculpó.
Lesmes dio unas palmadas en el hombro de acero de Al-Andalus mientras se colocaba el casco.
- Se están acercando, ir subiendo a los caballos, pronto comenzará.
¿Es que ese noble no se asustaba con nada? Romano estaba maldiciendo cada cosa que veía y ese parecía que se preparaba para la hora del horrible té que preparaba Inglaterra (no es que lo haya probado alguna vez, pero si nadie ha dicho nada en contra de esa bebida será porque falleció en el intento).
De repente calló en un dato.
- ¿A-al caballo? -dijo mirando el bicho castaño que le había tocado.
Lesmes le lanzó una mirada mortecina.
- ¿Algún problema? ¿Nunca has montando en uno? -dijo con tono de burla.
Romano iba a replicar que por supuesto que sí, pero el querido Al-Andalus se adelantó a él.
- ¡Oh! ¡La primera vez que se montó conmigo se mareó! -dijo entre risas.
Romano se planteó seriamente cambiarse de bando.
Lesmes miró de reojo al italiano.
- … Servirá de carnaza... -dijo terroríficamente serio- Ahora, por favor, subir todos a los caballos... los que podáis -dijo ya para todos los soldados de al rededor, que soltaron una carcajada.
Romano gruñó algo y miró a su caballo. Nunca lo reconocería, pero era un alivio que no le hubiera tocado a Mediterráneo, ese se lo había guardado Al-Andalus para él, y Romano no había soltado ninguna queja.
Se acercó al animal intentando descubrir como subir con una armadura tan incómoda.
Espera un momento.
Le había mirado mal.
¿El caballo le había mirado mal?
¿QUÉ QUERÍA? ¿PELEA?
Ese bicho iba a recibir lo que se merecía...
- Roma, ¿vas a subirte? -la voz de Al-Andalus interrumpió los asesinos pensamientos del italiano, que soltó un gruñido. Miró al castaño, que de alguna manera se había subido ya a Mediterráneo, que casi le sacaba la lengua.
No parecería vulnerable delante del caballo.
No de ese caballo.
- Claro que me voy a subir maldito, eres tú el que tiene prisas.
- Fuososososo~ Romano -dijo Al-Andalus aguantándose la risa.
- Agh, déjame en paz -el italiano se giró otra vez cara a cara con su montura- Mira bicho, tú no me caes bien y yo a ti tampoco, pero te prometo que si te portas bien hoy, te presentaré a una buena yegua purasangre, ¿entendido? -dijo con una sonrisa mafiosa.
- Oye, Romano... -interrumpió Al-Andalus.
- ¿Y ahora qué, enano?
- Es... chica...
- ¿QUÉ?
- Se llama Milka... creí que ya te habrías dado cuenta.
¿Milka? ¿Qué era? ¿Una vaca?
- ¿Y cómo se supone que lo iba a saber, maldito?
- Bueno... pues...
- ¿Eres un pervertido o qué?
- No...
- Pues yo tampoco.
- Ya pero... ¡Oh! ¡Tengo que ordenar a los soldados de esa área! ¡Ahora vuelvo!
Y Al-Andalus se fue más feliz que Heidi por la montaña.
Romano se quedó solo maldiciendo a los soldados de su alrededor, que se habían puesto los cascos para ocultar sus risas. Se giró de vuelta a "Milka", que de dulce no tenía nada. El animal soltó un relincho, divirtiéndose a su costa. Esos caballos eran superdotados o algo, estaba seguro que entendían lo que él decía.
Cuanto echaba de menos las ciudades llenas de coches.
- Mira Milka, o te portas bien hoy o me aseguraré en transformar en tabletas de chocolate a tus descendientes. Para tu información, son así -hizo un rectángulo con las manos- capicci?
El caballo le lanzó una mirada desafiante y soltó un bufido de resignación.
- Buena chica, ya te haré un plato de pasta... -le dio unas palmadas en el cuello, conforme. Pero de repente sintió un fuerte escalofrío recorriéndole el brazo. Se frotó las manos nervioso. Entraron algo en calor.
Pero no era suficiente.
Se apoyó en el caballo unos segundos, pensando que podría hacer. Esa sensación heladora había incrementado y le ponía nervioso. Miró a su alrededor, nadie le prestaba especial atención, todo el mundo estaba centrado en lo que se estaba preparando, normal. No, ahora no podía ocuparse de sí mismo, lo que le ocurriera a partir de ahora no tenía importancia, ahora era el ahora.
No se atrevió a mirarse las manos.
Consiguió subirse a la yegua (ya sabéis lo que dicen, a la cuarta va la vencida), buscó con la mirada al noblecito pijo ese, para sacarle la lengua y de mostrarle que sí que sabía montar a caballo. Pero Lesmes no estaba por ninguna parte, en cambio Al-Andalus ya estaba llegando.
- ¡Hombre! ¡Si has conseguido subirte! -dijo riéndose. Romano le soltó un gruñido, demostrándole que su comentario le importaba menos que el destino del macho-patatas.
- ¿Dónde está el pijo?
- ¿Quién?
- El Lesmes ese.
- ¡Ah! Se ha ido a dirigir el otro lado del escuadrón. -miró con seriedad la sombra que era el bando contrario- Va a empezar ya.
Al-Andalus hizo una señal y los nobles empezaron a ordenar a los soldados para que estuvieran a sus puestos; todos empezaron a ponerse los cascos y preparar sus armas. Su yegua se colocó casi al instante en su sitio, por lo menos sabía más que él. Aunque no, no se lo diría a nadie.
El castaño avanzó unos pasos con su caballo, para poder ver a Lesmes, que también estaba ordenando a los soldados, junto a otros nobles y reyes que habían dado unos pasos adelante.
Romano agarraba nervioso las riendas de su caballo, no tenía ni idea de lo que iba a pasar. Miró al otro lado del campo, dónde ya podía distinguir más o menos a la primera fila de soldados, que también se estaban preparando. Podía ver que había gente distinguida que ordenaba a los demás, gracias a las ropas que llevaban y sus caballos que estaban cargados de adornos.
Pero no veía al Imperio Árabe por ninguna parte, por más que se esforzara.
Era extraño. Un hombre como ese era difícil de ignorar.
Siguió mirando con detenimiento las filas, buscando al imperio, pero de repente vio una figura que le sobresaltó.
- E-ese no es... -susurró para sí mismo, volviendo a mirar entre la gente.
Pero había desaparecido.
Otro escalofrío le recorrió y suspiró lentamente, intentando ignorar el frío. Habían sido imaginaciones suyas, seguro. Pero algo estaba claro, el Imperio Árabe no estaba ahí.
- Al-Andalus... -intentó llamarle la atención para decírselo.
Había un silencio mortal entre las tropas, pero el castaño estaba demasiado pendiente de las acciones de los demás nobles para escucharle.
- ¡Al-Andalus!
El chico se sobresaltó en su montura y se giró a él algo molesto. Aún más pendiente del resto que de él.
- Espera Romano, van a...
- ¡Es importante!
Al-Andalus le miró sorprendido por la seriedad del del rulo.
- ¿Qué pasa? -dijo serio.
Romano miró por última vez al bando contrario, iban a empezar ya, tenía que avisarle rápido.
- ¡El Impe-
Su voz fue cortada por un fuerte cuerno que sonó desde algún sitio, metiéndose en sus oídos.
Al-Andalus desvió su atención de él y se bajó la visera, sujetando su hacha con fuerza.
Mierda.
El cuerno paró de sonar y los reyes empezaron a gritar unas palabras en latín de ánimo. Pero Romano no les escuchaba, estaba demasiado ocupado pensando en qué estaba pasando.
De repente hubo un fuerte grito de los dos bandos y los caballos empezaron a galopar a toda velocidad. Romano se agarró con fuerza a las riendas del suyo, intentando no caerse, y vio a los árabes. Eran gente fuerte y grande, armada con enormes espadas. Estaban mucho más preparados que ellos.
Algo más adelantado a él estaba Al-Andalus, tenía que intentar permanecer lo más cerca suya posible.
Pero entonces los dos bandos chocaron.
Y todo empeoró.
Los árabes empezaron a atacar con sus enormes espadas, cortando todo con lo que se encontraban, manchando todo de sangre.
Romano no paraba de esquivar golpes, intentando que no le dieran ni a el ni a su yegua. Veía como los soldados de su bando iban cayendo de maneras atroces. Estaban perdiendo.
Entonces notó que alguien le daba un fuerte golpe en el pecho, dejándolo sin respiración y tirándolo del caballo.
Empezó a toser, menos mal que la armadura había parado gran parte del golpe, pero algo le dio en la cabeza sin darle tiempo a reaccionar, tirándole el casco. Romano miró a su alrededor desconcertado y vio a un enorme árabe que le atacaba.
Oh no.
El hombre le puso un pie encima y lo empujó contra el suelo para que no escapara. Romano intentó forcejear para quitárselo de encima, pero tenía demasiada fuerza.
El árabe murmuró unas palabras que no entendió. Romano sabía que los árabes no mataban por matar y siempre decían una plegaria antes de acabar con su enemigo.
Mierda, iban a matarle.
El árabe zarandeó su espada, preparándose para cortarle el cuello.
Romano cerró los ojos.
A lo mejor le cortaba la cabeza a la primera.
Un corte limpio.
Sin dolor.
Sería una suerte.
Y ahí seguía sin ver nada. Esperando a que esa espada le mandara fuera de este mundo, o quién sabe dónde.
Pero el corte no llegaba.
De repente oyó que algo caía pesadamente al lado suya y abrió los ojos.
Ahí estaba el soldado que iba a matarle.
Iba.
Suspiró al ver que estaba muerto y él no, se llevó la mano al cuello, tragando saliva, no tenía ningún rasguño. Que suerte.
De repente alguien clavó una espada en la tierra, extremadamente cerca de su cara. Y de su rulo.
- ¡Chigi!
Se apartó corriendo del arma, medio incorporándose.
- ¿Qué narices haces, inútil? -oyó una voz que le sonaba demasiado.
Maldita sea, tendrían que haberle matado.
Romano miró hacia arriba y se encontró con Lesmes, que le miraba seriamente, apoyado en la espada que casi se le clava en la cabeza.
- ¡Bestia! ¡Casi me sacas un ojo! -le gruñó.
El noble suspiró y limpió su espada en las ropas del hombre que acababa de matar. Romano vio la enorme herida que le atravesaba por la espalda. Un escalofrío le recorrió.
- Que pocos modales... ¿Dónde está tu caballo? -dijo, casi sin mostrar interés.
- Es una yegua, bastardo, cualquiera se daría cuenta... ¿Y dónde está el tuyo? -le espetó con una media sonrisa.
El noble le atravesó con la mirada.
- Le dio una flecha, era mi mejor caballo... ¡Cuidado!
Sin darle tiempo a girase, se lanzó a Romano y le tiró al suelo antes de atravesar a un árabe con su espada. El hombre soltó su arma y cayó pesadamente.
El italiano se quedó pasmado por el ataque, observando como el noble volvía a limpiar su espada en la ropa de su enemigo y se giraba hacia él. Tenía la cara manchada de sangre.
- T-tienes... -dijo indicando hacia el rosto del noble.
Lesmes se quitó la sangre con su guante y miró un segundo la sustancia, pero sin retirar su gesto serio. Luego volvió a mirar fijamente al italiano, que no se movía.
- Esto es una guerra, Romano, empieza a acostumbrarte. O ellos -dijo indicando al hombre que acababa de derribar- o tú. Y si no te parece bien, yo mismo te mato. Porque Al-Andalus confió en ti y no quiero verle decepcionado.
Romano asintió y se sacudió la cabeza para desnublarse ¿Por qué se comportaba así? Maldita sea, ya había estado en guerras y había visto -y hecho- cosas horribles cuando estaba en las mafias, algunas de las que ni siquiera se sentía orgulloso. No tendría que estar tan sorprendido.
Puede que esto le recordara demasiado a cuando era pequeño.
Cuando iba siendo poseído por distintos reinos que acababan siendo absorbidos por imperios feroces por guerras devastadoras.
Cuando España volvía a casa lleno de heridas por todas partes y lo único que él podía hacer era llorar en silencio.
Puede que se pareciera más a esos tiempos, que eran más cercanos a este que a su presente.
Pero él ya era independiente, ya tendría que ser capaz de soportar las cosas el solito. Se dio un bofetada a si mismo a modo de castigo, por idiota.
- Vamos, levántate inútil. -Lesmes le tendió la mano y el otro la aceptó con recelo.
Genial, ahora le debía no una, sino dos, a este pijo.
- No me llamo Inútil, Bastardo. -se quejó Romano.
- Te llamarás así hasta que demuestres servir para algo, inútil -le respondió el otro.
De pronto Romano vio a un enemigo que se acercaba a toda velocidad hacia ellos, con una enorme hacha corta en la mano. Sonrió. JA, se creía muy listo el Lesmes.
Le metió un patada al noblecito, apartándole de la trayectoria del árabe que iba de carrerilla sin poder pararse y le hizo la zancadilla.
El gigante cayó de bruces al suelo, antes de que volviera a levantarse, el italiano le lanzó una de sus dagas al cuello, cortándole la yugular.
- ¡JA! ¡A ese no le derribabas tú ni muerto!
- Tsk, ¿por qué me has dado una patada?
- Que pocos modales... -dijo el italiano imitando al noblecito- Encima que te salvo la vida, inútil...
Lesmes iba a responderle de mala manera, pero de repente se oyó un rugido feroz viniendo de ambos lados del campo de batalla, los soldados de su grupo se quedaron confusos unos segundos, pero los otros no, y aprovecharon el momento para atacar con más fuerza.
Entonces una sombra enorme apareció en al horizonte, a los lados, casi rodeándolos. Se aproximaba a una velocidad terrorífica.
- Mierda... -murmuró Lesmes.
- ¿Q-qué pasa? -preguntó Romano, sin entender nada.
- ¡Son más soldados! -gritó, empezando a correr hacia uno de los bordes de la batalla- ¡Nos rodean! ¡Es una trampa!
- ¿¡Qué?!
Lesmes empezó a dar empujones y estocadas para hacerse paso entre la masa de gente.
- ¡Tengo que ordenar las tropas! ¡Romano! ¡Tú ve dónde Al-Andalus! -dijo con voz autoritaria, sin parar de correr.
Romano le seguía como podía.
- ¿Qué? ¿Dónde Al-Andalus?
- ¡Sí! ¡El se encarga de ir a por los países, tienes que asegurarte de que no le hieran mientras busca al imperio!
- ¡Pero no sé dónde está! -gritó Romano, pero Lesmes ya había desaparecido entre el montón de gente.
Soltó un gruñido y se echó a correr en dirección contraria, no quería que le pillara la horda de soldados.
Buscar a alguien en plena batalla era algo casi imposible, y si encima es un niño más bien bajito la cosa se complicaba.
Empezó a mirar por todas partes, intentando esquivar los golpes que le lanzaban y los cuerpos que empezaban a llenar el suelo.
De repente notó un frío cubriéndole el pecho. Se llevó las manos a la altura del corazón, pero el peto de su armadura estaba ileso.
Aún así le dolía.
Tropezó con uno de los cuerpos y cayó de bruces al suelo, pero apenas se dio cuenta, el frío lo embargaba todo. Sabía lo que estaba pasando.
Intentó levantarse de nuevo, pero la armadura le pesaba demasiado como para poder levantarla. Nadie se fijaba en él, como si no le viesen, o como si ya le dieran por muerto.
Pero aún estaba vivo.
No. No podía quedarse ahí tirado, como si fuera otro de esos cuerpos que yacían por todas partes, él no era uno de ellos, él aún podía hacer algo.
Por poco que fuera.
Tenía que buscar a Al-Andalus, tenía que encontrarlo y protegerlo de cualquier enemigo, aún que no fuera capaz de hacer demasiado. Debía de estar en algún sitio de esa maldita batalla, seguro que no demasiado lejos.
Seguro que podía llegar ahí.
Ignorando el frío que ahora se extendía por sus brazos y piernas, se levantó y empezó a correr con todas sus fuerzas. Tropezaba y se caía todo el tiempo, sin apenas fijarse dónde pisaba, eso no era importante. Tenía que encontrar a ese niño, seguro que no andaba lejos.
De pronto se paró en seco, mirando a un punto entre esa masa de gente. ¡Sí! ¡Lo había encontrado! Reconoció la cabellera castaña del pequeño país a apenas unos metros de él.
Empezó a correr a toda velocidad, sin tropezar, sin caerse, sin sentir ese frío por todo el cuerpo, o a lo mejor aún lo tenía, pero no le prestaba la menor atención. Tenía que ayudar al país a conseguir su objetivo, ahora le tocaba a él proteger y no como había sido siempre, el frío, los raspones y los golpes no los necesitaba para ahora.
- ¡Al-Andalus! -gritó con fuerza mientras se acercaba a él, sin prestar la más mínima atención al resto de gente de su alrededor.
El castaño se giró hacía él, tal vez un tanto sorprendido.
Pero algo andaba mal.
Su mirada tenía un brillo distinto, más fiero, más agresivo...
Más peligroso.
Romano había estado demasiado ciego. Demasiado ciego para darse cuenta de la armadura tan diferente que ese chico llevaba, demasiado ciego para ver los soldados con los que había acabado con esa espada ancha.
Y demasiado lento para esquivar esa puñalada.
Nota de Autor: ¿Qué pasaráaaaa? Solo yo lo sé, pero al próximo cap vosotros también~
Aunque doy asco poniendo títulos a los caps (aunque este es un poco más guay), no podéis decir que no me salga con los nombres de caballos, por favor, Milka se merece la ola! *hace la ola* :D
Creo que no se me da bien escribir batallas, además estos día no he estado de humor de escribir cosas tristes, así que me parece que me ha quedado un poco raro... Mi hermana me dijo que Lesmes debería beberse la sangre que le manchó la cara, la verdad es que quedaría bastante guay, pero lo dejaré para alguna historieta vampiresca~
Voy a ponerme manos a la obra con un one-shot especial halloween, así que tardaré algo más en subir el prox cap (sip, ya se que tardar más de lo que tardo suena imposible, así que probablemente tarde lo mismo que siempre... me estoy liando con mis palabras xD). Espero que alguno tenga también pensado una buena historia halloweeleña (la palabra existe?), por que la fiesta lo merece!
Muhas gracias por todos los reviews~ os quiero mucho, sois los mejores~
MapleMary: ¡Me alegra que te haya gustado y que te haya caído bien Portu! Iberiancest y un poquito de SpFr, todo el mundo se aprovecha del inocente España~ xD. El JW estuvo genial, almohadas tazas posters gigantes... encontré todo lo posible de hetalia! (excepto camisas, merde) esta serie me tiene comida el coco, que se le va a hacer... xD
worldofpasta: Es una pena que no haya cámara de fotos para sacar a Roma de niñera, gajes del pasado xD Pero bueno! Portu y Francia estuvieron delante para verlo! ya nos contarán, xD
Siento no haber podido subir el cap a la semana siguiente... pero, oi, que lo he subido! xDD
Horus100: Romano será mafioso, pero sigue siendo italiano, solo hay que ver como usa las granadas xD. Me da pena el Imperio Árabe y todos los imperios en si... pero bueno, esa es la suerte de los países no? aparecen y desaparecen T.T Gracias por comentar~
gatitabien: Me alegra que te guste :'D! Espero que este y los próximos caps te sean igual de emocionantes~
Hikume no Araki: Me alegra que te esté gustando! Gracias por recomandárselo a más gente, me hace feliz :'D
Me encantan los fics románticos spamanos, pero no sé si soy capaz de escribir uno por el momento, además de que no me imagino ninguna trama... xD, pero gracias por seguir leyendo está historia! Romano y un pequeño España me parecen una mezcla taaan cute *¬*
Espero qeu no te hayas muerto antes de leer este cap! siento tardar tanto!
ciao!
Guest: Gracias! me encanta que te guste! Yep, la historia no es romántica, pero a cambio hay momentos cutes~ y si, leí Romano y la armada, dios, me encantó ese doujinshi y ni siquiera está terminado (verdad?) La verdad es que esta historia se me ocurrió antes de leer el douijin y me dije "oh, mierda, va a parecer una copia" así que intenté hacerlo lo más diferente posible, y creo que lo voy consiguiendo~
Gracias!
Pau333: Este Francia rompe corazones, cuanto le quiero, tranquila que volverá, ¿cuándo? aaaaah, spoiler ;) Espero que este cap te haya gustado, yo sinceramente quedé un poco decepcionada en algunas partes, pero no todo le parece genial a uno eh? xD
siento haberme retrasado tanto en subir, soy una LENTA en mayúsculas.
grazie~
Gracias a todos los reviews! Soy tan feliz con vosotros!
Muchas gracias por leer esta hisptoria, ya sabéis, si os gusta, no os gusta, quereis decirme vuestra opinión, matarme o lanzarme tomates... un review! Da? ^J^
Recordad...
Make Pasta Not War!
Ciao!
