Notas de autor: ¡Holaaaa! ¡Aquí SomeSimpleStories!

No he tardado mucho, ¿eh? Eso sí, es que este cap lo tenía casi acabado, pero el siguiente tardará en llegar, me tengo que aclarar algunas cosas.

93 reviews... Que felicidad *¬*

Vi que algunos no os esperabais esto, uno dio en el clavo, Yong Soo Kirkland, una galleta par ti~ *dar galleta*:D.

Ah, lo que dijo ese "Al-Andalus" en árabe fue "adiós" no hagáis caso al traductor.

No me entretengo más que hay que estudiar...

¡Disfrutad!


Oscuridad

Todo estaba oscuro, muy oscuro. No podía divisar nada al frente, ni atrás, ni a los lado, ni al suelo. Eso sí, había sonidos, muchos sonidos. Eran susurros de mucha gente, en muchos idiomas, reconoció el suyo, pero no pudo entender lo que decía. Algunos mostraban una profunda tristeza, otros emoción, otros sustos, alegría, rabia... Otros eran simples gritos o sonoras carcajadas. Pero todos eran susurros, sonando al mismo tiempo, metiéndose en su cabeza y consiguiendo que no llegara a dar ni un paso.

Hacía tiempo que llevaba encogido dónde (se supone) que había aparecido.

Pero los sonidos hacía unos minutos o segundos, no lo sabía, habían bajado un poco, o mucho, no lo sabía, y eran ya soportables.

Levantó la cabeza que había escondido en sus rodillas y se quitó las manos de las orejas. Sí, ahora podía pensar con más claridad, los sonidos estaban ahí, pero podía ignorarlos. Por ahora. Miró a su alrededor aunque no podía ver nada. Todo era negro oscuro hasta prácticamente el infinito, le iba a dar lo mismo andar con los ojos cerrados como abiertos.

Empezó a caminar por ese lugar, sus pies chocaban contra algo sólido que no podía ver y sus pasos hacían eco como si estuviese en una cueva. Por lo menos eso le ayudaba a olvidarse de los susurros.

Estuvo andando durante lo que le parecieron horas, pero puede que hubieran sido minutos, no lo sabía. El tiempo era algo difícil de calcular en ese sitio.

De repente oyó un sonido más fuerte que sus pasos. Se paró.

Eran unas risas infantiles, de niños.

Y no eran susurros.

Se fue en dirección hacia el sonido, tampoco es que tuviera ningún lugar más al que ir.

Las risas se hicieron más fuertes y cada vez se oían con más claridad. Iban acompañadas de una más grave, alguien más mayor.

Le era tremendamente familiar.

Por fin distinguió unas manchas a lo lejos, destacaban con el fondo negro. Fue hacia ellas corriendo. Cada vez los distinguía mejor y las risas empezaban a hacer eco al rededor suya.

- ¡Italia! No corras tanto que te caes~

- Ve~ vale Non-

Se cayó.

- Ya te caíste, bastardo inútil.

- Se bueno con tu hermano, Roma.

- ¡Hump!

- Ve... Duele...

- Bastardo...

Romano se paró en seco, con los ojos como platos.

- ¿N-nonno?

Ninguna de las personas que tenía delante pareció haberle escuchado.

- ¡Vee! Duele...

- Tienes que tener más cuidado.

- Bah, es un idio-

Se cayó.

- Ve~ la cara de fratello es divertida~

- Maldita sea... Dueleeeee...

- JOJOJOJOJOJO~

- C-calla y cúrame, bastardo. Se supone que no puedes reírte, maldita sea...

- Es que sois tan monos...

El abuelo se puso a los dos niños en el regazo mientras reía y les daba palmaditas en la cabeza. El pequeño Italia se reía con él la mar de contento y Romano refunfuñaba mientras el Imperio le examinaba la herida de la mano.

Los dos niños apenas aparentaban unos cinco años e iban los dos con unas túnicas blancas. Su abuelo vestía parecido, con una túnica romana del mismo color que le colgaba de los hombros.

Romano los miraba de lejos, ¿qué hacían allí? ¿por qué su yo de pequeño estaba en ese sitio?

Se acercó un poco y sus pasos resonaron con fuerza en ese espacio, pero nadie reaccionó. Al parecer ninguno podía verle u oírle.

Se fijó en el Imperio Romano, ya apenas recordaba su cara. La verdad es que parecía bastante mayor, con muchas arrugas al rededor de los ojos, acentuadas por la risa. Además, no recordaba que tuviera tantas heridas por el cuerpo, tan visibles. ¿De verdad que no se dio cuenta por entonces?

Bueno, debía de ser solo un crío de cien años...

En algún momento el pequeño Romano se cansó de que su abuelo se riera de él y saltó de su regazo. Se puso a correr por al rededor, ignorando los avisos de su abuelo, y se volvió a caer. Acabó pataleando y maldiciendo al suelo, ahí tirado.

¿De verdad era tan ridículo?

Italia se rió y salió también del regazo del abuelo para tirarse encima de su hermano, creyendo que era un juego.

Ah, él era más ridículo.

El Imperio soltó unas cuantas carcajadas casi llorando de la risa mientras Romano intentaba quitarse inútilmente al enano de encima. Su fratello soltó un "ve~" mientras se acomodaba sobre su maltrecha espalda.

Romano se acercó un poco más a los dos niños, agachándose. La verdad es que había sido muy feliz todo el tiempo que estuvo con el Imperio Romano y su hermano, viviendo juntos. Aunque siempre estuviera refunfuñando y gruñendo, pero él era así, tenían que empezar a acostumbrarse y cuanto antes mejor, por su bien.

Aún así se divertía.

Aunque no fue mucho tiempo, o por lo menos para él no el suficiente.

Por que luego su nonno desapareció.

Su hermano y él se separaron.

Y todo se fue al garete.

Suspiró y giró la cabeza para mirar al Imperio. El abuelo se había dejado de reír y observaba a los dos niños con ternura, con la cabeza apoyada sobre su puño. Romano le miró de arriba abajo.

- Siempre fue un pedófilo. -murmuró para sí mismo.

Al final el Romano pequeño se cansó de tener que soportar a su congénere encima y volcó poniéndose boca-arriba, tirando al menor al suelo. Feliciano se echó a llorar como solo él sabía. Romano decidió ignorarle y se volvió ha echar a correr a darle un cabezazo a su abuelo por reírse (cuando corría por un cabezazo no se caía).

El Romano normal vio a su yo pequeño con una sonrisa mientras este estrellaba su cabeza en la tripa de su abuelo. Que orgulloso estaba de sí mismo. Y de sus cabezazos.

De repente notó que el pequeño Feliciano había parado de llorar y se giró hacia él.

Se sorprendió al ver que el niño que por entonces parecía más niña le miraba a los ojos.

Feliciano tenía unos enormes ojos marrón dorado, que pena que siempre los tuviera cerrados.

Romano le miró fijamente, intentando averiguar si le estaba mirando a él o solo era un ilusión.

Pero no conseguía averiguarlo.

- Idiota... -murmuró.

Entonces algo pareció encenderse dentro de la pequeña cabeza del italiano, que de repente sacó una amplia sonrisa, de esas que solo conseguía él. Abrió la boca para decir algo y...

Desapareció.

Se desvaneció en el aire junto a la risa de su abuelo y los quejidos de su propio yo.

Y todo quedó en silencio.

Miró a su alrededor, esperando encontrarlos en algún otro sitio o oírlos cerca suya. Pero no había nadie.

Y se encontró muy solo.

De repente ya no oía nada y a su alrededor solo había oscuridad. Incluso los susurros habían desaparecido. Ahora los echaba de menos.

En seguida un montón de dudas le atacaron.

¿Y si no volvía a salir de allí?

¿Y si no volvía a ver a su hermano o a España?

¿Y si estaba eternamente andando por ahí? Era un país, la eternidad no era algo difícil de conseguir...

Estaba atormentado con esas ideas cuando los susurros empezaron a resonar de nuevo en su cabeza, subiendo otra vez el volumen.

Romano miró a su alrededor, intentando encontrar el origen del ruido, aunque sabía que solo estaban en su mente.

De repente vio otra figura, andando directamente hacia él. Se paró en seco, intentando distinguir quién era. La persona se iba acercando lentamente, todo recto, como si siguiera una línea. Los susurros aumentaban según se iba acercando. Estaban haciéndose insoportables.

Por fin pudo distinguir a la persona.

Otra vez.

Él mismo.

De nuevo su yo pasado estaba andando hacia él, pero sin hacer ningún ruido ni gesto que indicaran que le hubiera visto.

No era un yo tan pequeño como el que había visto antes, con su abu—el Imperio Romano. Era más mayor, más alto, puede que de unos once o doce años. Llevaba una camisa de manga larga blanca, con unos pantalones cortos con correas que pasaban por sus hombros y unos zapatos. Era una vestimenta bastante anticuada...

Pero ese niño era extraño, iba andando mirando al frente, pero sin fijarse por dónde pisaba. Al llegar hasta él casi se choca, menos mal que se apartó a tiempo.

Romano le soltó unos insultos diciéndole que mirara por dónde iba, le daba igual que fuera su propio yo. Pero el niño no reaccionó y siguió andando a paso firme en línea recta. Los susurros fueron disminuyendo.

Romano lo observó alejarse, sin moverse.

¿Qué haría allí?

¿Por qué tenía ese aspecto tan... muerto?

De repente una idea cruzó su mente.

¿Y si... ese "yo" había estado vagando todo este tiempo?

¿Y si se había acabo volviendo loco?

No, no quería verse a sí mismo en ese estado, y menos con esa apariencia tan... Infantil. En realidad, no le gustaría ver a nadie así.

El chico ya apenas era una mancha en el horizonte. Los susurros ya eran casi inaudibles.

Tenía que pararle.

- ¡Eh!

Se echó a correr hacia el chico lo más rápido que pudo, sus pasos se mezclaban con los susurros que iban subiendo cada vez más de nivel.

Por fin llegó a la altura del niño y se tiró encima suya sin pensárselo dos veces.

Pero solo rozarle se desvaneció.

Aterrizó de cabeza en ese suelo negro, invisible. Estaba helado.

Miró a su alrededor, desconcertado.

No quedaba ni rastro del niño y los susurros habían cesado de repente. Volvía a estar solo.

Por lo menos lo había salvado.

Se levantó, pensando si merecía la pena seguir caminando. No tenía ni idea de a dónde ir y menos por dónde. Pero ahí parado no haría nada.

Además, tenía que volver con Al-Andalus.

Había que salir de ahí.

Decidió avanzar por el lado que le indicaba su rulo y tiró para la derecha. Era mejor que cualquier otra cosa, y además nunca le había fallado.

Pensó si algún día podría salir de ahí. No sabía que era ese sitio, solo que parecía interminable, y que estaba solo con esos susurros sobrecogedores.

Entonces se acordó de algo.

¿No tenía una herida?

Se fue rápidamente a levantar la armadura para ver que había sido de ella, cuando se dio cuenta de que no tenía.

Llevaba exactamente la misma ropa que cuando llegó a casa de Inglaterra, igual de limpia, y a lo mejor hasta...

No, el móvil no estaba.

Se levantó la camisa, en busca de esa herida en el pecho. Pero no encontró nada, ni siquiera una cicatriz, ni manchas de sangre.

Estaba perfectamente.

Y eso le asustaba.

Ahora tenía más ganas que nunca de salir de allí.

Empezó a correr todo recto, esperando llegar en algún momento a algún sitio. Según avanzaba los susurros aparecían y desaparecían o se oían en un tono muy bajo, como si conspirasen contra él.

Intentó a ignorarlos y siguió corriendo.

Ese lugar era extraño, se sentía capaz de aguantar corriendo horas y horas sin tener que pararse a coger aire, pero sin embargo, estaba cansado. Se sentía cada vez más agotado y débil a pesar de que su cuerpo aguantaba perfectamente.

Tenían que ser esos susurros.

Esos malditos susurros.

Intentó ignorarlos, junto al cansancio, y centrarse solo en correr y correr, con la esperanza de llegar a algún sitio.

Creía que ya lo había conseguido cuando...

- ¡Romaaaaa!

Una voz musical e infantil resonó por todo el -infinito- lugar. Romano se paró en seco, reconociendo la voz al instante.

A su derecha venía corriendo otra vez su hermano pequeño.

Feliciano llevaba el vestido de sirviente (más bien sirvienta) verde que vistió cuando estaba bajo la casa de Austria. El chico apenas le llegaba por las rodillas e iba corriendo hacia él con la cara iluminada de emoción y los brazo abiertos, como si espera ser abrazado.

Los susurros habían cesado, como si estuvieran expectantes.

Romano vio como el pequeño se acercaba a toda velocidad, congelado. Iba hacía él, no había duda.

Le había visto.

Le había hablado.

Ya no estaba solo.

Sintió una gran emoción al pensar en ello, ya había alguien que indicaba que no estaba muerto, que no era invisible, que podría volver a...

Casa.

De repente miró al chico que se acercaba con temor.

No, no era real.

Lo parecía, pero no.

Pero le veía y le hablaba.

Pero si se paraba ahora jamas saldría de ese sitio.

Era un juego.

Estaban jugando con él, con su cabeza.

Notó un enorme vacío en su interior cuando se echó a correr dando la espalda a su hermano.

-o-

Feliciano se paró en seco y dejó de llamarlo. Su pequeño rostro infantil confundido por un instante.

Después se tornó en una oscura sonrisa.

Y se desvaneció.

-o-

Romano siguió corriendo sin mirar atrás, los susurros habían aumentado y los "espejismos" aparecían cada dos por tres al rededor suya. Era desesperante. Intentaba ignorarlos a todos, casi corriendo con los ojos cerrados. Ya no eran solo él, su hermano o su abuelo los que aparecían. Había muchas otras naciones, algunas que ya no existían que aparecían de repente intentando llamarle la atención o que se parase.

Pero seguía corriendo.

Si paraba ya no habría vuelta atrás.

Entonces un espejismo se apareció delante suya, y tuvo que pararse para no caer encima.

No quería tocarlos. O peor, que le tocasen.

Pero no pudo evitar pararse.

Delante suya estaba España, sentado en el suelo, mirando como hipnotizado un clavel de papel, de un rojo sangre intenso, mientras le daba vueltas sobre si mismo con los dedos. Tarareaba una canción, una nana, muy bajito.

Romano no pudo evitar quedarse a observar.

El España que tenía delante vestía unas ropas desgastadas y viejas, pero que recordaba haberle visto puestas muchas veces. Llevaba unos pantalones de tela marrón y una camisa blanca, con ese lazo rojo que medio ataba la cuellera. Pero lo que más llamaba la atención eran las vendas que asomaban por las mangas, cubriéndole las palmas de las manos, y que podían verse trepar por hasta casi su cuello. Otro parche le cubría la mejilla izquierda. Pero el castaño no parecía inmutarse de sus heridas, demasiado concentrado en la flor falsa.

Romano iba a moverse, e intentar ignorar el espejismo, como había hecho con todos los demás. Pero no se veía capaz, por alguna razón notaba una gran soledad en esa... Copia.

Parecía tan real.

Se quedó mirando como el clavel iba rotando sobre sí mismo, ensimismado. La nana que tarareaba más el movimiento de la flor parecían hipnotizantes. No pudo evitar acercarse un paso o dos. Los susurros habían disminuido y parecían quejarse, como intentando subir de volumen y algo se lo impidiera.

De pronto se oyó un chasquido metálico detrás del espejismo. Los dos se sobresaltaron, el castaño dándose la vuelta, aún en el suelo. El clavel resbaló entre sus dedos. La nana paró. Romano miró al lugar de donde venía el sonido.

Pero todo estaba negro.

Aún así, tenía una mala sensación.

Volvió sonar el chasquido, seguido de un chirrido molesto. Como el de un metal rozando contra el suelo. Se estaba acercando.

El espejismo se estremeció al oír ese sonido, como si le tuviera miedo. De pronto se volvió de cara a Romano, que retrocedió unos pasos, sobresaltado.

El castaño miró un momento la flor en el suelo y luego le miró a las ojos, con la cara llena de preocupación. Sus ojos verdes parecían mirarle directamente, como intentando decirle algo.

Empezaron a oírse unos pasos. El espejismo volvió a mirar atrás, mientras los susurros volvían otra vez a aumentar el volumen, parecían irritar al castaño. El país volvió la vista de nuevo al clavel. Después miró otra vez con más insistencia a Romano. Y de vuelta a la flor. Empezaron a oírse los pasos con más fuerza, y ese chirrido escalofríante acompañándolo. El castaño volvió a levantar la vista hacia el italiano. Por un momento sus ojos reflejaron algo de angustia, que aumentaba por cada paso que se oía, pero en seguida fueron reemplezados por una sonrisa. Una sonrisa tranquila y segura, como si intentara transmitirle algo.

Todo va a salir bien.

Y se desvaneció, como si lo hubiera deshecho una suave brisa.

Y algo pareció romperse en ese lugar.

Los susurros empezaron aumentar de volumen convirtiéndose en un sonido caótico y enfermizo, como si quisieran dañarle. La temperatura pareció disminuir a bajo cero.

El eco de los pasos rebotaba con fuerza por todas partes, por encima de los susurros, que parecían animarlos.

Por fin puro distinguir lo que se acercaba.

Una figura, apenas una silueta grisácea. Romano se quedó congelado, había algo terrorífico en ella, algo que le inquietaba mucho.

Por fin pudo distinguirlo.

Lo primero que vislumbró fueron dos ojos verde tóxico que brillaban desde la distancia. Parecían sonreír malignamente, atravesándole. Después distinguió un abrigo rojo largo, con detalles dorados; unos pantalones negros y unas botas de cuero.

Y entonces vio esa enorme hacha soltando pequeñas chispas contra el suelo, creando ese sonido tan inquietante. Iba siendo arrastrada por una mano enguantada.

Romano notó como un escalofrío le recorría la espalda, paralizado por el miedo al ver esa sonrisa malévola, acompañada por esos dos puntos verdes incandescentes.

Los susurros se habrían transformados en gritos que parecían querer meterse en su cabeza.

Quería correr pero no podía.

El hombre se paró delante suya, el hacha dejó de chirriar. Su sonrisa estaba vacía, no era esa tranquila que le había intentado dar ánimos antes. Ahora solo inspiraba terror.

Romano nunca podría haberse imaginado que alguien que había estado cuidando de él tanto tiempo pudiera darle tanto miedo.

Porque ese volvía a ser España.

Otro España.

Uno más oscuro e imponente. Con ese hacha gigante y afilada y el traje de conquistador...

El país se paró delante suya, observándolo un instante. Soltó una oscura carcajada, y en medio segundo ya había lanzado su hacha, directo hacia el estómago.

Romano reaccionó justo a tiempo para retroceder unos pasos, pero perdió el equilibro y cayó al suelo.

El castaño no perdió el tiempo y ya estaba intentando asestarle otro golpe, lanzando su hacha al suelo, dispuesto a partirle en dos.

Romano rodó intentando esquivarlo. Unas chispas brotaron del arma al golpear con el suelo. Mierda. Mierda. Eso quería matarle. No estaba armado. No tenía dónde escapar. Merda. Tenía que salir de allí.

De pronto lo vio.

A los pies del espejismo...

El clavel de papel.

La flor seguía ahí, en el suelo, tranquilamente, como si un loco no estuviera zarandeando una hacha gigante intentando acabar con la vida del italiano. ¿Por qué no había desaparecido?

Dio otra vuelta en el suelo, volviendo a esquivar el arma por los pelos. Se protegía la cabeza con los brazos. Consiguió alejarse unos metros del espejismo-no-tan-falso y se puso en pie.

Era su oportunidad para huir.

Iba a echarse a correr de vuelta a la oscuridad cuando volvió a mirar de reojo el clavel... Parecía haber sido algo importante para el reflejo de antes. Tenía que tener algo especial. A lo mejor podía ayudarle.

Decidió que no se iría sin él.

Retrocedió unos pocos pasos, comprobando la distancia entre él y la flor. El "espejismo" le miró otra vez, sus ojos brillando, retándole. Balanceó el hacha delante suya.

Romano tragó saliva, esa cosa estaba muy afilada. Se preparó. Ojalá que haber estado corriendo toda su vida le sirviese de algo. Volvió a medir distancias: apenas tres pasos para llegar a la flor... Los mismos que para el hacha.

La suerte no era su fuerte.

Se lanzó a correr directo hacia su objetivo. El país pareció sorprenderse pero ya estaba elevando el hacha para cortarle la cabeza, con esa sonrisa maléfica.

Romano llegó en medio segundo a la altura de su contrincante, cubriéndose la cabeza con los brazos. Se tiró al suelo justo a tiempo para esquivar el hacha. Cogió la flor al vuelo mientras pasaba por debajo del espejismo, quemándose los codos al resbalar por el suelo.

Lo había conseguido.

Miró el clavel en sus manos, eufórico ¡Se había salvado! ¡Estaba entero! ¡Había conseguido esa maldita flor...!

...Que acababa de desvanecerse.

Romano miró atónito como el polvo en el que se había convertido desaparecía en sus narices. Intentó cazarlo con las manos, pero lo único que hacía era atravesarlo.

- Merda!

Sintió como un montón de rabia le inundaba. Creía que iba a salir, que iba a volver de ese maldito lugar de locos. Maldita figurita de papel.

El espejismo se rió de él, en alto. Había observado la escena con burla. Los susurros parecían acompañar su carcajada. Romano le miró con odio, molesto de verdad.

El espejismo volvió a andar hacia él, arrastrando el hacha como si de la muerte se tratase. El italiano se puso nervioso. Venía hacia aquí. Se estaba acercando. Maldita sea. Intentó levantarse, sin quitarle la vista de encima a eso. Pero sus pies solo resbalaban por el suelo, como si estuviera en una pista de patinaje.

Dannazione.

Iba acercándose tortuosamente lento, dejando que su hacha chirriara todo lo que quisiera por el suelo, sin dejar de mostrarle esa sonrisa enferma. Como si supiera que no se iba a levantar de ahí. Y estaba en lo cierto. Ese suelo se había convertido en hielo, negro como el carbón, pero congelado. No conseguía el equilibrio para levantarse y lo peor es que el espejismo andaba perfectamente sobre esa superficie.

Sin el menor de los rodeos, descargó su hacha sobre él.

Y dio contra el suelo.

Romano era lo suficientemente escurridizo para evitar el filo del hacha, pero no duraría eternamente.

Pero el golpe había sonado distinto. Como si algo se rompiese. Romano miró donde el hacha se había hundido, con los nervios a flor de piel.

El suelo se había roto. Había una profunda hendidura dónde hace unos segundos el hacha había estado.

Daba mala espina.

Al espejismo no pareció importarle, no mientras tuviera alguien con quien atinar puntería. Pero estaba demasiado cerca, ya no podría esquivarlo. La suerte se le había acabado. Los susurros parecían reírse a carcajadas mientras el país descargaba su hacha contra el italiano.

Ya está.

Fin.

CRACK

El espejismo paró su ataque en el aire.

CRACK

Romano se quitó los brazos de la cara, una lágrima resbalando por su mejilla. Eso daba miedo.

CRACK

Unas grietas aparecieron por el suelo. Empezaron a crecer por debajo suya. El espejismo empezó a retroceder, alarmado. Los susurros parecían quejarse, coléricos.

Romano intentó levantarse, no quería estar ahí cuando el suelo se abriese. Pero las grietas seguían creciendo por debajo suya, con un color brillante... cegaba a la avista.

Había luz ahí debajo.

El suelo se desquebrajó por completo, quedándose todo en silencio. Hasta los susurros parecían expectantes.

Entonces un sonido de algo grande partiéndose inundó la sala.

Y el suelo se abrió, tragándoselo.


Notas de Autor: Uff, eso fue largo, por lo menos para mí xD. Espero que os haya gustado, ¿qué es está pasando? ¿Qué es este sitio? hay dos soluciones:

- Encontrar a Canadá (suerte, eh).

- Soportar a esta escritora y aguantar los siguientes caps.

Optar por la que queráis, yo intentaría las dos xD.

¡Intentaré subir lo más rápido que pueda! (pero tengo exámens y navidad... )

Reviews~:

Corona de lacasitos: ¡Si llegas a Canadá, manda fotos!

Este Al-Andalus... No sabe el futuro que le espera xD. Adoro como me ha quedado el árabe (yo lo llamo así que es cortito xD), o sea, que is yo pusiera a un malo en una historia, sería como él. Listo y malvado. Aunque siendo un país, se entiende que se porte así. Yo soy de las que piensa que no hay ni malos ni buenos en la historia, excepto en las conquistas, por que lo que hicimos los españoles en Las Américas no tiene perdón. ¡Y para los británicos lo mismo!

¡Muchas gracias por el review!

Hanatarou Hikari: ¡Muchas gracias! Intentaba poner algo que nadie se esperase, y me alegra que te haya sorprendido~ Intenté hacer un cap made of epic, aunque un poco cortito la verdad, y no sabía si como saqué a Al-Andalus (España) iba a gustar o no, ¡así que me encanta que te encante!(xD)

Tardé pocooooo, me merezco una galletaaaaa xD

horus100: Me alegra que te guste~ ¡Espero que este cap esté a la altura o más del anterior!

Thaaaaaaaanks you very much! Y qué hayáis disfrutado de este cap~

Cualquier cosa, ya sabéis, cualquiera, da igual lo tonta que sea, un review, da?

MAKE PASTA NOT WAR!

Ciao~