Finalmente, después de tanto tiempo, me he animado a sacar la continuación de este fanfic.

Muchas gracias a Tsukiyo-san y Wednesday Malfoy por sus reviews, y también a tsuri182718 que me pidió hace poco la continuación de este fanfic.

Sin más que decir, espero que os guste.

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Capítulo 2:

Zeno abrió los ojos, sintiéndose confundido y desorientado. Sus recuerdos y pensamientos estaban borrosos y confusos en su mente. Pero por alguna razón, a la que solo se podía llamar instinto, no hizo ningún intento por recomponerse de su aturdimiento.

Simplemente se mantuvo ahí tumbado donde estaba, sin mover ni un solo músculo, con los ojos fijos en lo que reconoció que era el techo de su habitación en el castillo.

Se mantuvo así durante los siguientes minutos u horas. No era consciente del tiempo y tampoco tenía interés en averiguarlo. Solo reaccionó cuando sintió un leve movimiento a su lado y la curiosidad hizo que girara la cabeza para saber qué era lo que lo había provocado.

Sus ojos azules, nublados por el aturdimiento que sentía, consiguieron enfocar la silueta de la reina Yona, que parecía haberse quedado dormida sentada en una silla al lado de su cama. Entonces su cerebro comenzó a ponerse en marcha.

¿Qué hacía ella allí? ¿Por qué se había quedado dormida en esa posición tan incómoda? ¿Acaso había estado velando su sueño? ¿Por qué esa imagen le resultaba tan aterradoramente familiar? Fue en ese momento cuando los recuerdos comenzaron a invadir su mente con total claridad, como si se hubiera roto repentinamente la presa que los contenía.

Junto con sus recuerdos, regresó el nudo de desesperación que había habitado en su pecho durante los últimos meses. Sintió unas terribles ganas de gritar y llorar, pero estos se silenciaron antes de pudieran salir por su garganta, como si se hubiera quedado totalmente vacío por dentro y ya no le quedaran fuerzas ni para hacer eso.

De modo que se quedó quieto en el sitio, con los músculos tensos y una expresión de congoja, mientras los recuerdos de los últimos acontecimientos invadían sin piedad su mente, ahogándole.

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Zeno se encontraba sentado en una silla al lado de la cama en la que Jae-ha estaba tumbado. Yona también estaba con ellos, sentada en una silla al lado opuesto de la cama, pero se había quedado dormida vencida por el agotamiento. Los últimos días estaban siendo muy duros para todos.

-Zeno – le llamó Jae-ha, llamando su atención, aunque con una voz aterradoramente débil.

-¿Sí, Ryokuryuu? – le respondió el rubio solícito, a la vez que se obligaba a mostrar la mejor sonrisa que podía formar en su rostro.

-Deja de sonreírme de esa forma. Es aterrador y molesto – le volvió a pedir por millonésima vez, y el rubio volvió a hacer caso omiso de sus palabras descaradamente.

No podía arriesgarse a quitarse su máscara alegre. Aún no. Si lo hacía, se derrumbaría sin remedio.

-Será mejor que Zeno tape con una manta a su alteza, o si no se va a enfriar – le dijo en su lugar, cambiando descaradamente de tema y levantándose para hacer lo que había dicho.

-Sí, será lo mejor. La verdad es que no sé quién es más testarudo, tú o ella – le dio la razón resignado.

-Sin duda su alteza Yona – le respondió Zeno sin vacilar, mientras cogía una de las mantas que había repartidas por la habitación y tapaba a la mujer con ella, con cuidado de no despertarla -. Hace días que no sale de este cuarto. Como siga descuidando así su salud terminará enferma. Cuando despierte le pediré a algún sirviente que traiga algo de comer.

-Tú también deberías cuidarte – le reprochó el dragón verde por su parte -. Tampoco te he visto comer o dormir desde que estás aquí, y ya han pasado varios días. Deberías…

-Zeno estará bien pase lo que pase – le cortó, sin poder evitar que su sonrisa se tiñera de amargura -. Zeno no necesita hacer esas cosas para mantenerse sano. Lo sabes.

-Pero…

-No – le volvió a interrumpir, aunque esta vez con una expresión severa. Ante la cual Jae-ha se vio obligado a ceder, sabiendo que se trataba de una batalla perdida de antemano.

-Está bien, lo que quieras – espetó resignado, con un tono cansado -. Pero por lo menos hazme el favor de volver aquí a mi lado. Hay algo que quiero hablar contigo.

Zeno vaciló, reacio a obedecer, ya que sabía que la conversación no iba a ser agradable. Pero finalmente hizo lo que le pidió y se sentó resignado. Hasta que todo terminara y mientras le quedara cordura, haría lo posible por contentar a su compañero moribundo. Era lo menos que podía hacer por él. Lo único en realidad.

-Y bien. ¿De qué quiere hablar Ryokuryuu? – le animó a hablar, después de unos segundos de silencio.

Jae-ha parecía vacilante, como si no supiera cómo expresar mejor lo que le quería decir, y eso hizo que Zeno se temiera lo peor.

-¿Recuerdas la promesa que nos hiciste, Zeno?

-¿Cuál de ellas? – inquirió el rubio confundido.

-La de que te encargarías de recoger a los guerreros dragones de nuestras respectivas aldeas cuando nacieran, en cada generación, y te asegurarías de que tuvieran una vida feliz y digna.

-Sí, Zeno lo recuerda, y tiene pensado cumplirla – afirmó este sin dudarlo -. Mientras sean bien recibidos en el castillo les traerá aquí, pero en caso de que en algún momento dejen de serlo, les conducirá a la aldea de Hakuryuu donde es seguro que estarán a salvo. Eso ya lo habíamos hablado. ¿A qué viene ahora mencionar eso? Zeno no lo entiende.

-Eso es porque quiero retocar, o más bien concretar, algunos puntos de esa promesa rubio se tensó completamente ante sus palabras, vaticinando la dirección que iba a tomar esa conversación, pero aún así permaneció en silencio, dejándole continuar -. Has prometido que vas asegurarte de que ellos estén en un lugar seguro. Pero… - el dragón verde hizo una pausa que pesó como una losa en la espalda de Zeno mientras esperaba lo que más se temía -. ¿Podrías prometerme también que permanecerás siempre a su lado, asegurándote de que crecen sanos y felices? ¿Podrás darles tu compañía y la oportunidad de conocerte?

Un denso silencio volvió a invadir la habitación. Durante el cual Jae-ha esperaba una respuesta expectante y Zeno se mantenía con todos los músculos tensos y ocultando su mirada con su flequillo, de modo que su expresión quedaba oscurecida y parcialmente oculta. La sonrisa que tanto se había esforzado en mantener calló finalmente, dejando paso a una expresión neutra y sombría.

-Zeno no puede prometer eso – habló finalmente, con una voz igual de sombría que su mirada.

-Pero…

-No puedo hacerlo – insistió, interrumpiéndole y dejando de hablar en tercera persona, cosa extremadamente rara en él -. No puedes pedirme que me comprometa a eso. No puedes pretender que prometa que voy a encariñarme de todos los guerreros dragones, sabiendo que en poco tiempo morirán y me dejarán solo otra vez. Ya va a ser lo suficientemente doloroso para mi el hecho de estar al tanto de sus muertes y sus nacimientos, como para encima permitirme ser amigo de todos ellos, sabiendo que les voy a perder una y otra vez cada pocos años – la desesperación de su voz era más profunda con cada palabra que salía de su boca -. Eso terminaría inevitablemente con la poca cordura que me queda, y eso es algo que no me puedo permitir. Así que mi respuesta es no. De ninguna manera -. El silencio que se instaló entre ellos esta vez fue más pesado aún -. Lo único que te puedo prometer, es permanecer con sus altezas, con el muchacho, los príncipes y como mucho con la nueva generación de dragones después de vosotros que vive en el castillo. Pero nada más – le concedió, a modo de ultimátum.

-No hay forma de que pueda convencerte de lo contrario, ¿verdad? – le preguntó el dragón verde, aunque la resignación ya estaba tiñendo su voz.

-Una vez que Zeno toma una determinación así, hay muy pocas cosas que puedan hacerle cambiar de opinión – reconoció el rubio, volviendo a utilizar la tercera persona, cosa que alivió a Jae-ha. El hecho de que no hablara en tercera persona le resultaba extrañamente aterrador, casi antinatural.

-Perdóname por sacar a colación un tema tan doloroso – se disculpó -. Pero sabes que lo hago porque estoy preocupado por ti, ¿verdad? De lo que pasará contigo después de…

-Eso no es necesario – le cortó Zeno, recomponiendo su sonrisa aunque ésta estaba llena de amargura -. Zeno estará bien pase lo que pase.

-Eso es mentira. Y lo sabes. Aunque tu cuerpo…

Jae-ha se volvió a interrumpir, pero esta vez porque Yona soltó un quejido en medio de su sueño. Ella se revolvió un poco en la silla, buscando una postura más cómoda, y después volvió a caer en un sueño profundo.

Ambos dragones se quedaron mirándola durante unos largos segundos, hasta que finalmente Jae-ha rompió el silencio.

-Ella necesitará de tu apoyo más que nunca cuando yo…

-Zeno protegerá a la señorita mientras viva – le volvió a cortar el rubio con tono solemne -. Zeno lo juró en el nombre de Ouryuu, y no va a faltar a su palabra.

-Lo sé – afirmó el dragón verde sin dudarlo, esbozando una ligera sonrisa. Pero esta desapareció poco después, dejando paso a una expresión de dolor a la vez que soltaba un leve quejido contenido.

-Ryokuryuu – le llamó Zeno asustado, inclinándose hacia delante sobre la cama y agarrando la mano del otro dragón entre las suyas en un acto reflejo.

La intensidad de la presencia del dragón verde, que de por sí había sido débil, estaba descendiendo a una velocidad alarmante. Podía sentirlo a través de su vínculo, y esto hizo que se sintiera enfermo.

-Así que finalmente me ha llegado el momento, ¿eh? – murmuró Jae-ha, con los ojos ligeramente entornados.

-¡No! ¡Resiste Ryokuryuu! ¡Llamaré al muchacho y…!

-Yun-kun ya no puede hacer nada más por mí. Y tú lo sabes ¿verdad? Puedes sentirlo mejor que nadie – le interrumpió con un leve susurro, como si las fuerzas se le estuvieran acabando con cada palabra que salía por su boca.

-No hables más, Ryokuryuu – le rogó Zeno obviamente desesperado, agarrando fuertemente la mano del dragón verde entre las suyas en un inútil intento por retenerle con él, a pesar de que sabía que era como tratar de agarrar el aire mientras su aura verde se iba desvaneciendo impasiblemente -. No dejes a Zeno. Todavía no.

-Lo siento… Zeno… - el dragón verde dijo esas palabras débilmente con su último aliento, a la vez que cerraba los ojos, esta vez para siempre.

Su aura verde se desvaneció por completo como si se hubiera apagado una vela, y a pesar de que el rubio había podido sentir esto perfectamente, una parte de él aún parecía revelarse ante este hecho. A pesar de las muchas muertes de las que había sido testigo, no podía aceptarlo.

-Ryokuryuu… - murmuró Zeno, tratando de engañarse a si mismo, pensando que su compañero dragón respondería a su llamado, pero no fue así -. Jae-ha – probó como último intento con voz trémula, llamando por primera vez al guerrero por su nombre, aunque este ya no podía escucharle. Nunca más podría hacerlo.

Fue entonces cuando la verdad impactó de lleno sobre Zeno como una pesada losa, porque ya no podía seguir negando lo evidente.

Jae-ha se había ido. Le había dejado solo, como todos los demás.

Unas terribles ganas de llorar le invadieron. También quería gritar, maldecir, destrozar, despedazar cosas. Tenía tantas emociones dentro de él que creía que iba a explotar. Pero ninguna emoción logró abrirse paso desde su interior. Todas se quedaron contenidas dentro de su pecho, mezclándose con el mar de locura y de angustia que llevaba acumulando desde hacía tantos siglos. Ni una sola lágrima calló de sus ojos mientras él mantenía una antinatural expresión apática, impasible.

Las últimas palabras del dragón verde seguían dando vueltas en su cabeza.

"Lo siento… Zeno…"

¿Lo siento? ¿Por qué se disculpaba? ¿Por no poder quedarse más tiempo con él? ¿Por dejarle atrás como habían terminado haciendo todos los demás antes que él? ¿Por no haber podido luchar contra lo inevitable?

No necesitaba disculparse por eso. Como había dicho, eso era inevitable. No se podía luchar contra el destino, contra la muerte. Entonces ¿por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? Esa pregunta se repetía una y otra vez en su mente, a pesar de que ya no encontraría la respuesta. No cuando él ya no podía responderle, al igual que Hiryuu tampoco había llegado a responderle tantos siglos atrás.

-¿Zeno?

El leve murmulló a su lado hizo que el dragón saliera de su estado de shock y levantara la vista del cuerpo sin vida de su antiguo compañero para mirar a Yona, la cual parecía acabar de despertarse, ya que aún estaba adormilada. Pero el sopor se la quitó de golpe cuando le devolvió la mirada a Zeno, transformándose en una expresión de horror.

El dragón amarillo no sabía qué era lo ella que había visto en él. La verdad era que ni el mismo sabía cómo lucía su rostro ahora. Pero debió de ser lo suficientemente ilustrativo como para que ella sacara las conclusiones acertadas, ya que la mujer se levantó de golpe de la silla para abalanzarse encima del dragón verde.

-No. Jae-ha. ¡Jae-ha! – le llamó, al igual que Zeno había hecho antes, recibiendo el mismo resultado.

Yona comenzó a llorar desconsoladamente a la vez que se aferraba al cuerpo sin vida de su antiguo amigo. Zeno la miró con la misma expresión apática, aún incapaz de dejar salir ninguna emoción, para después bajar la mirada a la mano que él aún estaba agarrando firmemente. Estaba fría. Fría como solo podía estar la mano de un muerto. Esa sensación le asqueaba, le traía recuerdos enterrados terriblemente dolorosos, pero no la dejó ir. No podía hacerlo, todavía no.

Unos minutos después o quizás horas, Zeno ya no lo sabía, se escuchó el leve crujido de la puerta al abrirse. Zeno se giró para mirar atrás de reojo, encontrándose con la figura de tres pequeñas cabecitas, una verde, una azul y otra blanca, asomadas por la pequeña abertura de la puerta. Sus ojos eran puros e inocentes, como solo los podían tener los niños, pero en la profundidad de su mirada se podía distinguir que eran perfectamente conscientes de lo que había pasado. Lo que no era tan raro, ya que habían sido testigos de ese suceso ya dos veces antes.

Una parte de Zeno le dijo que debería hacer que los niños se fueran. Eso no era algo apropiado para que ellos lo vieran. Pero en vez de eso se quedó quieto, devolviéndoles la mirada de forma impasible.

No tenía fuerzas ni voluntad para consolar a esos niños. De hecho, parecía haber perdido la voluntad de hacer cualquier cosa. Se sentía extrañamente vacío a pesar de todas las emociones que bullían en su interior.

En ese momento Yona también pareció darse cuenta de la presencia de los niños, ya que se apresuró en limpiarse las lágrimas y se enderezó. Parecía estar a punto de decirles algo, cuando un soldado irrumpió en la habitación, abriendo de par en par la puerta por la que habían estado asomados los niños, estos se apartaron para dejarle pasar.

-¡Alteza! – comenzó el soldado, sofocado y respirando rápidamente por la carrera -. Lamento la intromisión, pero es urgente – añadió antes de que la mujer tuviera la oportunidad de quejarse -. Es el Imperio Kai. Nuestros espías nos han asegurado que van a atacarnos en la zona de nuestras fronteras que coincide con el río – se pausó unos segundos, dándoles un momento para que asimilaran la noticia -. El ataque es inminente alteza. Es necesario que se encargue de esto junto con el Rey.

Yona, a su pesar, se alejó de Jae-ha. Se acercó al soldado para preguntarle más detalles sobre el ataque, solemne y seria como solo podía ser una Reina en tiempos de crisis, a pesar de sus verdaderas emociones. Sin embargo Zeno apenas registró el resto de lo que decían. Esa noticia parecía haber despertado una emoción dentro de él, provocando que su expresión dejara de ser apática para mostrar una expresión de cruel determinación. Una batalla siempre era una vía de escape perfecta. Justo lo que necesitaba. Estaba decidido.

Soltó la mano del dragón verde, que aún estaba sujetando, delicadamente sobre el colchón, haciendo acopio de los últimos restos de control que le quedaban, para después levantarse de la silla y encaminarse hacia la salida con paso decidido.

-Yo me encargaré – habló el rubio con tono sombrío, llamando la atención de todos los demás.

-Zeno, ¿qué…? – comenzó Yona confundida.

-Yo me encargaré del Imperio Kai – reiteró interrumpiéndola, a la vez que pasaba a su lado sin girarse a mirarla ni a ella ni a los niños que le miraban preocupados, a pesar de que no habían llegado a decir ninguna palabra -. Que nadie me siga. Si alguien lo hace, no me hago responsable de lo que pueda pasar -. Les dijo como última advertencia, antes de echar a correr por el pasillo en dirección a las caballerizas. Podría haber recurrido a su poder de dragón para llegar hasta la frontera, como tenía pensado utilizarlo en su batalla, pero la poca cordura que le quedaba le decía que hacer eso mientras aún estaba cerca del castillo no sería una buena idea.

-¡Zeno! – le llamó Yona a su espalda, pero él no se inmutó y siguió adelante determinado, apresurando su carrera.

Tenía que alejarse. Alejarse de ese cuerpo frío y sin vida que una vez se había sentido orgulloso de llamar amigo. De la gente que le apreciaba y sentían lástima por él, cosa que solo hacía que se sintiera aún peor. También quería huir de esas tres presencias, blanca, azul y verde. Tan dolorosamente parecidas pero a la vez diferentes de las de aquellas personas amadas que había perdido. Quería escapar de su afecto y de sus auras cálidas que trataban de rodearle como si se tratara de un abrazo. No quería encariñarse con ellos para luego perderles. Porque también le dejarían atrás, inevitablemente lo harían.

Zeno corrió aún más rápido, de forma frenética.

Huir. Tenía que huir de allí. Huir antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirse.

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Zeno se tapó el rostro con las manos a la vez que soltaba un quejido ahogado. Abrumado por sus recuerdos.

Lo recordaba.

Había ido al encuentro del ejército del imperio Kai. Hak le había seguido, pero había luchado solo de todos modos. El rey no había intervenido durante el transcurso de la batalla, tal y como le había prometido. Aunque tampoco podía asegurarlo, porque sus recuerdos eran una mezcla desordenada de dolor, violencia, muerte, gritos, caras deformadas por el terror, lágrimas, maldiciones, ruegos… Y al final, todo estaba negro. No sabía cómo había vuelto al castillo, ni siquiera cuánto tiempo había pasado desde la última vez que tuvo consciencia de sí mismo. ¿Minutos, horas, días, meses? No lo sabía, y tampoco sabía si quería saberlo. Pero había algo que sí debía hacer. Aunque le doliera, tenía que hacerlo.

Así que finalmente se sentó en su cama y se deslizó para salir de ella con movimientos mecánicos, como si se tratara de un autómata, ni siquiera se molestó en calzarse. Se entretuvo unos segundos en mirar a Yona, la cual seguía dormida en la silla, para después encaminarse de la misma forma desapasionada y con una expresión apática hacia la salida.

Parecía que era de noche, ya que cuando abrió la puerta lo primero que le saludó fue la oscuridad. Mejor así, así tendría menos probabilidades de encontrarse con alguien en su camino.

El rubio buscó el amparo de las sombras y se deslizó por los pasillos del castillo de forma silenciosa, como si se tratara de un fantasma, hasta que finalmente llegó a su destino. El mausoleo del castillo.

Zeno entró dentro, después de unos escasos segundos de vacilación, para caminar entre las distintas lápidas de piedra hasta que se detuvo en frente de la que estaba buscando.

"Ryokuryuu Jae-ha" Ese era el texto que había grabado en la piedra, junto con sus fechas de nacimiento y muerte y algunas dedicatorias de los amigos.

Como había sospechado, si él ya había sido llevado a su lugar de descanso, debían de haber pasado por lo menos unos días desde la última vez que había tenido consciencia de sí mismo. Tal vez semanas, aunque el tiempo exacto no era algo que le preocupara en ese momento.

Zeno se quedó mirando la piedra durante unos minutos o puede que horas, con la misma expresión apática, carente de emociones. Solo desvió su vista unos segundos para mirar de reojo las otras dos lápidas que estaban a su lado, que tenían los nombres de "Hakuryuu Kija" y "Seiryuu Shin-ah".

-Jae-ha, perdona a Zeno por llegar tarde – se disculpó con una voz igual de apática que su rostro, que le resultó completamente ajena -. Kija, Shin-ah. Zeno también siente no haberos venido a ver desde entonces. Zeno realmente lo siente.

Sus palabras reverberaron en la sala con olor a muerte, llenando el silencio. Como era de esperar, nadie le respondió.

-Jae-ha, Kija, Shin-ah – volvió a probar, consiguiendo el mismo resultado. Lo que hizo que su desesperación fuera aún más profunda.

No sabía por qué, pero le resultaba más fácil decir los nombres de los muertos que los de los vivos. Mientras ellos aún habían estado con él, había intentado llamarles por su nombre innumerables veces, y ellos le habían pedido que lo hiciera la misma cantidad de veces. Pero no había sido capaz. Las palabras simplemente se silenciaban antes de que pudieran salir de su garganta. Sin embargo, ahora que ya no podían oírle, era capaz de decirlos con total naturalidad. Se sentía tan miserable, tan frustrado, tan solo.

A su pesar, esas eran unas emociones que le resultaban tan terriblemente familiares. Que había sufrido tantas veces, sin contar todas las que le quedaban. ¿Cuánto tiempo más podía soportar esto sin desmoronarse por completo? No lo sabía, y tenía miedo de averiguarlo.

Pero aún no había llegado ese momento. Todavía seguía en pie. Roto por dentro, pero entero. Y aún tenía cosas que hacer.

-Zeno sabe que estáis ahí – habló, alzando un poco más la voz, pero sin apartar la mirada de las lápidas -. Hakuryuu, Seiryuu, Ryokuryuu.

Después de unos segundos de espera, pudo ver por el rabillo del ojo como los tres niños se asomaban vacilantes por la puerta del mausoleo.

Zeno suspiró pesadamente, y no pudo evitar pensar que esos tres niños, que ahora habían quedado bajo su cargo, representaban su próxima caída a la desesperación. Eso si lograba salir del oscuro pozo en el que se encontraba ahora.

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Espero que os haya gustado este nuevo capítulo, aunque nuestro pobre Zeno haya salido sufriendo en él ToT

Estoy pensando en hacer otro capítulo más en el que salgan más los nuevos guerreros dragones, ¿os gustaría la idea?

Nos vemos en alguno de mis próximos fanfics o traducciones.