Advertencia: Mucho drama, una rubia cotilla y...Mucho más drama. Saquen sus pañuelos (?)
~Capítulo 7: Héroes que temen~
El frío de otoño llegó con un retraso considerable después de ya más de un mes del comienzo de la estación. Las hojas caduca de los árboles cayeron sobre las vías del tren al tiempo que una suave brisa las levantaba de nuevo para hacerlas volar alto, hacia el cielo rosado del amanecer, que comenzaba a desaparecer a la vez que la presencia del sol se hacía más cada vez más notoria en el firmamento.
El tren aplastó las hojas que el viento no consiguió levantar, pasando a toda velocidad en dirección a la ciudad que se alzaba a escasos metros del transporte de metal. Victoria se agarró a la barra vertical con fuerza, para evitar caer por el movido traqueteo a la vez que agarraba su mochila aún a sabiendas de que no llevaba en su interior nada de valor. Nunca se sabía cuándo podían arrebatarte algo en un descuido, fuera o no de valor, y ciertamente no le hacía gracia alguna el tener que volver a comprar los libros de texto pues, no eran precisamente baratos, y su economía no estaba precisamente para tirar cohetes.
Suspiró, medio adormilada. Trató de no quedarse dormida entre el balanceo del tren y se maldijo por haberse tomado antes de salir aquellas pastillas de color azul que hubo encontrado en la mesita de noche de su madre, aprovechando que se encontraba dormida entre los delirios que le provocaba la fiebre. Aquellas pastillas no solo la habían calmado, también estaban logrando adormilarla y hacerle bajar la guardia, algo que no podía permitirse.
Después de la horrible noche anterior, lo menos que quería era cerrar los ojos y quedar atrapada en brazos de Morfeo, pero parecía que el efecto que buscó que las pastillas causaran en ella no había dado los resultados esperados. Su madre había vuelto a ser atacada por aquellos horribles dolores de cabeza que tanto conseguían sacarla de sus ensoñaciones vacías y oscuras, hasta hacerla soltar gritos desgarradores debido al gran calvario que la azoraba por completo. Nadie sabía a ciencia cierta lo que le pasaba, cuales eran el motivo de sus incontables jaquecas, aquellos dolores que, de cuando en cuando, conseguían incluso hacerla sangrar. Lo único que sabían a ciencia cierta, era que su enfermedad cada vez avanzaba más e iba a peor, y que su familia carecía de los medios para poder llevarla a algún centro especializado. Su marido en paro y medio alcoholizado, y ella, trabajando media jornada para poder subsistir al menos un tiempo.
Quizás si pudieran pedir ayuda a alguien de su familia materna…
No, era impensable. Qué estúpida había sido tan si quiera planteándoselo. Su madre apenas tenía relación con su familia, sobre todo con su madre. Victoria lo sabía. Ella la odiaba con todo su ser, y la sureña sabía muy bien el porqué, demasiado bien.
"¡Si te vas con él que sepas que las puertas de mi casa han quedado cerradas para ti!"
"¡De acuerdo, no tenía tan si quiera pensado volver!"
"¡Vete! ¡Vete con ese negro muerto de hambre! Pronto volverás arrastrándote frente a mi portal, hija desagradecida"
Quizás aquellas palabras solo significaban la preocupación excesiva –Y un tanto racista- de una madre azorada por el miedo de poder perder a su hija. Sin embargo, el tiempo dio a ver que aquella discusión que ocurrió en frente del portal de los Bonnefoy diecisiete años atrás no fue para nada a la ligera. El orgullo herido y el rencor se hizo presas de sus vidas y olvidaron completamente el cariño de todos los años vividos la una con la otra, siendo sustituido por cientos de sentimientos negativos que llevaron a crear la tensa e inexistente relación que ahora había entre ambas féminas.
Ahora, su hija la necesitaba más que nunca, pero no estaba dispuesta a dar su brazo a torcer y dirigir una disculpa a su madre pues, en ningún momento había sentido arrepentimiento de sus actos. Lo mismo podía decirse de la madre.
Sin embargo, si su abuela –Aunque Victoria no se creía con el derecho de dirigirse a la mayor de esa forma- llegase a enterarse de la situación actual de su hija menor…¿Acudiría en su rescate? ¿La perdonaría? ¿Aceptaría el color de su piel oscura por el mero hecho de tener sangre común con ella? O, por el contrario ¿Repudiaría tanto a la madre como a la hija simplemente porque el orgullo había borrado el mínimo sentimiento que alguna vez sintió por su hija?
Victoria poco conocía sobre la historia de sus padres. Solo sabía que se habían conocido en Seychelles, años atrás, cuando eran ambos estudiantes en la universidad. Supo de la oposición de su familia materna, y que no hubo objeción por parte de la paterna, básicamente porque su padre no tenía familia alguna a la que darle explicaciones. Supo que su madre huyó con él al poco de acabar su segundo año de carrera artística, lejos, hasta llegar a donde estaban actualmente. El resto de los detalles se le hacían demasiado complejos y borrosos, y prefería olvidarlos pues, no quería quebraderos de cabeza, menos cuando su mano se encontraba lejos del alcance de un bote de pastillas que pudieran proporcionarle una falsa paz y alejarla de todos sus problemas.
Todos sus pensamientos se disiparon cuando oyó los gritos de un hombre que hablaba por teléfono, aparentemente enojado. Los viajeros del tren callaron y ni se atrevieron si quiera a rogarle al caballero que bajara el volumen de su voz pues, no querían arriesgarse a perder la vida a manos de aquel tipo que parecía que en cualquier arranque de ira podía arrancarte la cabeza de un manotazo.
El hombre seguía gritando por teléfono sin miramiento alguno mientras soltaba incoherencias a las que nadie le encontraba sentido. Quizás porque se encontraban más atentos del tono de voz, que de la propia conversación que mantenía al otro lado de la línea. En todo caso, aquello era extremadamente molesto.
-¡Es que me da igual!-Volvió a gritar, esta vez con más fuerza-¡Haz que vuelva a casa desgraciada, todo es tu maldita culpa! Si no lo veo en casa en cuanto vuelva del trabajo te juro por Dios que tomaré las medidas necesarias… ¡Sabes que hablo en serio!...No…¡No me intentes hacer cambiar de opinión!...No…¡Espera!…¿¡Es que acaso estás sorda o qué!?...¡ERES UNA INÚTIL!
Victoria notó como le temblaban las piernas, pero no era la única. Miró a su alrededor, encontrándose con el resto de las miradas nerviosa que apuntaban hacia el suelo en vez de hacia delante, evitando encontrarse con el cuerpo nervioso y el rostro del caballero. Sus ojos marrones se posaron sobre los de un niño que abrazaba a su madre, asustado por el griterío de aquel tipo que parecía carecer del mínimo respeto por los demás. Suspiró y se llevó una mano al pecho, armándose de valor y decidida a plantarle cara, sabiendo que nadie más lo haría. Quizás fuera una locura, sí, pero después de todo, era una heroína ¿Verdad?
Por una vez, sería la heroína cotidiana de una historia que reinaría en los almuerzos del día, dando un interesante tema de conversación a los viajantes que allí se encontraban.
Suspiró. Se agarró con más fuerza a la barra de metal y avanzó unos pasos, encontrándose a unos escasos centímetros del desconocido.
-D-Discul…-Se vio interrumpida por otro bocinazo que salió de los labios del mayor.
-¿¡Cómo qué ni si quiera se llevó el teléfono!?
-¡Disculpe!-Alzó la voz lo suficiente como para que el hombre se diera cuenta de que le estaban hablando. Se giró, encontrándose con los ojos castaños de la morena, quién se encontraba algo intimidada por él. Fijó su vista en su pelo rubio, casi blanco, en su sonrisa tosca y vaga pero aun así presente, y en sus ojos violáceos, marcados por unas cuantas ojeras y bolsas cansadas que se formaban alrededor de estos.
Murmuró unas palabras a su interlocutor antes de pegar el móvil a su pecho y dirigirse a la sureña con gesto serio, a pesar de que su sonrisa no fuera capaz de borrarse de su rostro.
-¿Qué quieres?
-¿Podría bajar su tono de voz? Por favor-Le pidió Victoria, con una sonrisa serena en los labios y controlando el tembleque de sus piernas-Está molestando al resto de los pasajeros.
El caballero desconocido se le quedó mirando, atónito, mientras la sureña comenzaba a impacientarse al paso de los segundos que el hombre no pronunciaba palabra. Al final, estalló en una risotada bastante forzada por parte del mayor, mientras retrocedía unos pasos y guardaba su teléfono móvil en el bolsillo.
-Vaya, es verdad, tienes razón-Ensanchó aún más su sonrisa, en gesto de tranquilizar a la fémina, causando todo el efecto contrario. Sus labios eran finos, pálidos, igual que sus dientes perfilados y transparentes. Casi tan transparentes como su alma, tan fría.
Tan vacía.
-Mejor me voy. Nos vemos, pequeña-Y dicho esto, se marchó a la otra cabina, aún con aquella forzada sonrisa en el rostro. Victoria se dejó apoyar en la barra de metal, esperando que su sangre se descongelase y volviese a regarle el corazón. ¿Qué diablos había pasado para que tan solo una sonrisa hubiera podido afectarle de aquella manera?
El tren estacionó en su parada y los transeúntes comenzaron a bajar. Le dedicaron una mirada agradecida a la sureña y bajaron en piña hasta que el tren quedó semi vacío. La sureña fue la última en bajar, agarrada a su mochila y con un ligero temblor bajo la piel. Avanzó por las escaleras hasta encontrarse en plena calle, igual de transitada que todas las mañanas, con paisanos corriendo de un lado para otro, dirigiéndose a sus habituales puestos de trabajo, a sus colegios, a sus casas…Comenzando otro nuevo día en sus vidas. La morena avanzó igual para cumplir su mismo destino cuando una mano diminuta la frenó, agarrándola de su falda color azul oscura.
-Gracias por lo de antes-Le dijo el niño que vio hacía unos minutos en el tren, quién esta vez no se encontraba agazapado en las faldas de su madre. Ésta, se encontraba a escasos metros de él, sonriéndole de igual forma que los anteriores pasajeros del tren. Agradecida, aliviada- ¡Yo no me hubiera atrevido a hablarle a ese hombre malo! Nos ayudaste a todos.
-N-No fue…No fue nada, de verdad-Un ligero rubor cubrió las mejillas de la sureña. Quizás fuera esta la sensación de la que le hablaba Alfred tiempo atrás; de la que le hablaba aquella personita tan especial años atrás: La satisfacción de haber ayudado a alguien, ayudarla, sin pedir nada a cambio.
¿Sería esto lo que sentían diariamente los héroes que permanecían en silencio?
-¡Sí que lo fue! ¡Eres genial!-Le dijo y se unió a ella en un abrazo. Ella no supo que decir-Gracias-Y se marchó junto a su madre mientras se colocaba su pequeña mochila con el dibujo de un elefante gris montado sobre una pelota. La sureña quedó allí parada, sin saber muy bien que decir, mientras por inercia movía la mano en gesto de despedida.
Suspiró y volvió a agarrarse a su mochila. Sintió las fuerzas renovadas y olvidó por unos instantes el drama que día a día ocurría en su casa. Ahora la sonrisa que reinaba su rostro no era falsa, ahora se sentía feliz.
Y hacía tanto tiempo que no sentía aquella sensación…
-¡Vaya, vaya! No me esperaba eso.
La sureña dio un respingo, girándose sobre sí misma para encontrarse con el dueño de aquella voz que le había hablado. Sus ojos carmín, su melena castaña y su bombín en la cabeza eran completamente inconfundibles. Él era alguien difícil de olvidar.
-¿¡V-Vladimir!?-Preguntó Victoria, aún confusa de ver al amigo de Arthur por aquellos lares-¿Q-Qué haces aquí? ¿Qué viste?...
-Vivo por aquí. Todo-Respondió con una sonrisa burlona, tan característica de él, atinando a enseñar uno de sus afilados colmillos de mentira.
La sureña volvió a quedar en blanco.
-…¿Todo?
-Todo-Río al ver la cara desencajada de Victoria. ¡Se le hacía tan graciosa!-Sabía que ibas de buena Samaritana por la vida, pero veo que eso no es solo en el instituto.
Lejos de ver una sonrisa alegre en el rostro de Victoria, solo halló una mueca molesta y rojo en sus mejillas. Vladimir comenzó a destornillarse de la risa mientras que la sureña atinó a fulminarle con la mirada.
-¿D-De qué te ríes? ¡No le digas a nadie lo que viste, mantén la boca cerrada!-Le soltó, avergonzada. Normalmente no solía enfadarse por nimiedades pero el rumano había presenciado una escena suya un tanto cursi y digna de una novela surrealista. Aquello simplemente no le gustaba, le daba vergüenza, demasiada. Frunció el ceño como pocas veces había hecho y se acercó a él, fijando sus orbes marrones en las suyas-¿Entendiste?
Vladimir sonrió, secándose las lágrimas que se le habían formado por la carcajada anterior.
-Está bien, como quieras-Le dijo, sonriendo y adelantándose unos pasos por delante de ella para luego girarse en su dirección-¿Vienes? Llegaremos tarde si seguimos hablando aquí-Le tendió una mano como si se la ofreciera a una princesa indefensa que no supiera moverse por ningún lugar.
Obviamente, Victoria no era ninguna princesa.
-Está bien-Suspiró-Vamos.
La sureña lo siguió sin tomar su mano, caminando a su lado aún con el ceño fruncido, preguntándose cómo diablos había podido pasar de ser una heroína admirable, a ser el hazmerreír de un rumano guasón con pinta de vampiro.
Aprovechando que el recreo había llegado, Kiku centró la vista en su cuaderno y comenzó a escribir rápidamente en él, una vez todos los de su alrededor comenzaron a charlar animadamente sobre la rutina diaria y, sobre cuantas ganas tenían de que las cada vez más cercanas navidades llegaran, para así, poder disfrutar de unas muy buenas merecidas vacaciones. Feliciano, comentaba que en las navidades de su país natal la gente comía lentejas en nochevieja y, por ello, ahora se había convertido el centro de atención.
-¿En serio?-Preguntó Francis, sorprendido. Todos los reunidos en la mesa miraban ahora a Feliciano bastante curiosos por aquel dato que desconocían sobre la Italia navideña-En Francia lo que hay es champán a raudales, creemos que el beberlo acompañado de nuestros seres queridos trae la buena fortuna...Y una buena noche-Bromeó, y nadie se extrañó. Él ya era conocido por aquella sarta de bromas picantonas que todo el mundo estaba acostumbrado a escuchar.
-Ve, en Italia es más o menos lo mismo. ¡Pero no solo tomamos lentejas! También tomamos…
Mierda. Se maldijo Kiku interiormente mientras seguía garabateando en su cuaderno con mucho cuidado de que nadie posara la vista en su interior. El ítalo tenía que estar justamente a su lado en ese momento y el japonés no pudo evitar maldecir de nuevo interiormente. Si Feliciano estaba a su lado, eso significaba que, indirectamente, también lo miraban a él. Y no podía permitir que nadie viera el contenido de su libreta.
Nadie debía ver el contenido de su libreta.
-Hablando de las navidades…-Saltó Alfred con su característica voz chillona- ¡Se acercan las elecciones al presidente del consejo estudiantil!
Kiku no pudo evitar rayar el papel al oír aquello.
Mierda. Mierda. ¡Mierda y más mierda!
-¿Y eso qué tiene que ver con las navidades? Maple…-Le reprochó Matthew.
-Y como vosotros sabéis, Ivan presentará a alguno de sus seguidores para presidente del consejo, ya que él no puede hacerlo-Ignoró a su hermano y siguió hablando-Yo tampoco puedo…Por, bueno, por…Por una cosa, así que id pensando en quién de vosotros se va a presentar a presidente HAHAHA.
Silencio.
-…Espera ¿Qué?-Victoria se levantó de la silla, incrédula-Alfie ¿Estás de coña verdad?
Alfred volvió a carcajear.
-No. A ver, que sí, que ya sé que parece una locura. Yo soy un héroe y me presentaría encantado, vosotros lo sabéis, pero cuando no se puede, no se puede… Me tienen vetada la entrada a cualquier cargo o club.
Más silencio.
-Ve, pero… ¿Por qué nosotros?-Preguntó Feliciano, algo acongojado.
-¡Sois los únicos a los que les pediría tan ardua tarea! Bueno, vosotros y a Amalea y Gretchen pero aún no han llegado-Chilló de nuevo el estadounidense- Y no podemos permitir que Ivan se haga con el poder del centro ¡Eso sí que no!
Matthew suspiró.
-Será que tú no quieres que se haga con el poder…-Murmuró, a sabiendas de que nadie le escucharía. Y eso pasó.
Siguieron protestando sobre el tema. ¿Por qué tenían que hablar precisamente de ello? ¿Por qué cuando precisamente estaba él presente? Kiku quería desaparecer, quería que la tierra lo tragara, que el cielo lo elevara, o simplemente, desvanecerse en el aire. Pero lo que en realidad más anhelaba era que nadie pronunciase su nombre, que nadie lo nombrase y lo relacionase con ese tema, aunque la verdad, lo dudaba, y mucho, pero su inseguridad era aún más fuerte que todo pronóstico. Sería lo peor que le podría pasar, o eso creía.
Él no quería ser presidente del consejo estudiantil.
-Kiku-Le susurró Feliciano al oído mientras que los demás seguían protestando por las decisiones que Alfred había tomado sin contar si quiera con la opinión de los demás- Deberías intentarlo.
El japonés negó con la cabeza.
-No.
-Ve, pero, eres el más capacitado. Además, en tu libreta has…
-Feliciano-Kun-El nipón tapó con los dedos los labios del italiano y le miró, tajante. Él era el único que conocía el contenido de aquella libreta y lo que en realidad representaba para él. Por eso no debería presionarle, no debería incitarle a hacer una cosa que en realidad no quería. Pero el castaño era cabezota, demasiado. Se limitó a mantener la mirada hasta que, cansado, suspiró-No me haga volver a repetírselo. Ya hemos hablado de esto. No…No me presentaré, y punto.
Kiku se levantó y recogió las bolas de onigiri que había dejado sobre la mesa. Se despidió del italiano con un movimiento de cabeza e intentó dejar el lugar sin que nadie se percatase de su ida, sin éxito.
-¿A dónde vas, Kiku?-Le preguntó la sureña al ver como se levantaba.
-Es…Es que acabo de recordar que tenía que ir a hacer una cosa…-Sonrío forzado y, sin decir más palabra alguna, se marchó aligerando el paso hasta que, poco a poco, fue transformándose en una carrera por salir de allí. Le daba igual donde, no quería encontrarse con nada, no quería hablar con nadie, quería esperar a que el tema de las elecciones se disipase en el aire…
Quería estar solo.
Se movió entre los cientos de estudiantes que se agolpaban por todas partes, moviéndose escurridizamente e intentando pasar desapercibido como otras tantas veces. Pegó la carpeta a su rostro intentando así, que el mundo desapareciera para él. Pero para el mundo él aún no había desaparecido. O al menos eso pensó él cuando sintió el impacto de chocar contra alguien y caer de bruces contra el suelo. Oyó los quejidos suaves de una voz dulce y abrió los ojos esperando encontrarse con el causante de su choque.
-Ahj…Q-Que daño…-Gretchen Zwingli se retorcía en el suelo mientras acariciaba su trasero una y otra vez.
-¡Venga, no seas exagerada!-Le espetó Amalea mientras la ayudaba a incorporarse. Dirigió una rápida mirada al japonés quién las miraba a ambas, algo descolocado-Oye, no deberías correr así por los pasillos Kiku, las normas no lo permiten.
El japonés asintió mecánicamente y les dirigió una breve disculpa por lo bajo. Corrió de nuevo por los pasillos hasta perderse en ellos, haciendo caso omiso a las advertencias que Amalea le había gritado sobre correr por los pasillos.
-Es raro-Concluyó la italiana con un leve bufido-Pero raro, raro, raro…
La rubia aún seguía mirado en la dirección que había tomado el nipón cuando se percató de que había algo tirado en el suelo que no le pertenecía. A su alrededor no había nadie más y Amalea había dejado la mochila en clase –Cosa extraña en ella, quién aprovechaba la hora del recreo para estudiar-
Lo tomó y vio que se trataba de una libreta no muy gruesa. La sostuvo entre las manos, buscando algún nombre que identificase a la persona que lo había perdido. No lo encontraba. Se atrevió a dejar entrar la vista de entre las hojas para poder encontrar al perteneciente de la libreta…
Aunque en el fondo sabía a quién pertenecía, pero siempre había querido descubrir cuál era el contenido del cuaderno. ¿Apuntes? ¿Dibujos? ¿Un diario secreto? ¿Fotos comprometedoras?
¿Desde cuándo se había vuelto tan cotilla? No, ¿Desde cuándo era una Elizabeta?
Pasó rápidamente los dedos por las páginas mientras Amalea la contemplaba, extrañada. ¿Qué se supone qué estaba haciendo? Aunque a ella, la verdad, le daba un poco igual. Era mejor que se entretuviese antes que llegar a la mesa donde todos estaban sentados y tener que mirarlos a la cara después de como se había comportado hacía varios días. Perdió los papeles por una nimiedad, zarandeó a ese franchute e hizo el ridículo delante de todos…
Dios, que vergüenza.
Mientras la ítala se perdía en sus pensamientos devastadores, Gretchen iba leyendo de pasada hojas y hojas, todavía en busca de algún nombre. No quería convertirse en una fisgona, por eso era que, simplemente, pasaría las hojas una a una sin llegar a leer nada.
Y si leía alguna frase que otra no era culpa suya ¿Verdad? Ella solo estaba buscando un nombre y nada más.
Leyó "Arreglar", "Estudiantes", "Música", "Clases", "Mejoría", "Feliz", "Kiku Ho…"
Kiku Honda.
-Lo sabía…-Se dijo Gretchen mientras cerraba el libro rápidamente y corriendo en la dirección en la que había marchado el nipón.
-¡Grechen! ¿¡A dónde vas!?-Le gritó Amalea al ver que la rubia salía disparada en dirección contraria.
-¡A buscar a Kiku, ve tú sola!-Le gritó y desapareció de la vista de la italiana. Era extraño como en poco tiempo había conseguido cambiar gracias a ella, a Victoria y Alfred. Ahora era capaz de alzar la voz, de caminar por la academia W sin miedo, sin temblar. Ahora era incluso capaz de hablar con alguien. Se sintió feliz, y muy orgullosa.
-…Mierda. Ahora tendré que ir sola y…Disculparme con todos. Demonios.
Gretchen corrió siguiendo el camino de sus propios pasos. No sabía muy bien a dónde iba, pero supuso que no le sería muy difícil encontrarse con Kiku, no podía haber ido muy lejos.
Siguió corriendo hasta detenerse frente al cuarto de baño de las chicas. Jadeó unos instantes intentando recuperar el aire que había perdido -desde luego, el ejercicio no era lo suyo- Se apoyó en la pared e intentó pensar en los sitios a donde podía haberse dirigido el nipón. Suspiró, agarrando la libreta con fuerza y disponiéndose a correr de nuevo.
Pero sus pensamientos se disiparon en el aire a escuchar varios sollozos provenientes del lavabo de las chicas.
Gretchen pensó en ignorarlo, seguir buscando al japonés y devolverle su libreta –Y así de paso, preguntarle por su contenido- Pero los sollozos se hicieron más notorios al paso de los segundos. Eran llantos suaves, ahogados, y muy seguidos, lo que suponía que había comenzado a llorar hacía bien poco. La rubia no pudo evitarlo y se asomó a la puerta lentamente, intentando no ser descubierta. Avanzó de puntillas unos pasos y se ocultó tras una pared, observando la figura de una chica que reposaba la cabeza sobre el lavabo, a la vez que se limpiaba las incontables lágrimas que caían por su tez con la tela de su camisa.
Abrió desmesuradamente los ojos al comprobar que se trataba de Yekaterina Braginski.
-Snf… ¿Por…Por qué…?-Oyó decir a la chica entre sollozos-Ivan…Vuelve a casa…
Levantó la cara, reflejándola en el espejo que había en frente de ella. Sus ojeras ahora estaban marcadas por el rojo del llanto, sus ojos azules ahora se habían teñido de gris, y su pelo lucía desordenado y había perdido su color. Tapó con este un pequeño moratón que había cerca de su oreja izquierda.
Gretchen casi suelta un grito cuando lo vio.
-Todo…Snf…Todo va a estar bien…-Se limpió otra lágrima que calló por su mejilla. Siguió hablando sola-Porque…Mi hermanito va a volver…Va a volver y él no podrá hacernos daño…Porque él va a volver…
Siguió repitiendo aquellas palabras una y otra vez. Gretchen sabía muy bien que le estaba pasando. Aquello era un ataque de ansiedad; el llanto ahogado, la paranoia, la repetición de palabras, la falta de aire…Ella lo sabía, ella lo había vivido. Pero aun así ¿Debía hacer algo?...No, era mejor que no, dado su experiencia, hablarle en ese momento solo la haría ponerse peor. Retrocedió unos pasos y salió de allí sin hacer ruido. Lo mejor sería olvidar que había presenciado aquello y callar, no quería meterse en más problemas de los que ya había tenido. La última vez que intentó ayudar a una persona acabó muy mal, demasiado.
Se encaminó hacia el comedor aunque solo quedaran unos minutos de recreo. Mejor sería encontrarse con todos e intentar olvidarlo todo y centrarse en sus días normales como estudiante, en vez de preocuparse por los problemas ajenos de los demás.
Ya le daría su libreta a Kiku en otro momento.
Amalea aporreó la pared con los dedos cada vez más deprisa. Iba a tener su primera tutoría con Toris y el lituano aún no había llegado, es más, llevaba al menos cinco minutos de retraso. Bufó, molesta. ¿Por qué era que siempre tenía que salirle todo mal?
Aún recordaba la hora del recreo, cuando se disculpó ante todos por el mal comportamiento que tuvo los otros días, sobretodo con Francis, al que zarandeó como una muñeca de trapo; aceptaron sus disculpas encantados. ¡Incluso Feliciano se emocionó al ver a su hermana tan sincera y humilde!
Tuvo deseos irrefrenables de matarles a todos.
...
Mejor no, que luego tendría que disculparse otra vez, y no era plan.
Masculló un par de maldiciones en italiano y siguió jugueteando con sus dedos. Varios estudiantes que pasaban por allí se le quedaron mirando extrañados pues, no era muy común ver a alguien hablando sola -O más bien, peleando- mientras aporreaba los dedos contra una pared, como si lo que estuviera buscando fuera derribarla.
-¿¡Qué estáis mirando!?-Les gritó a los alumnos que salieron corriendo al notar el aura asesina de la italiana-Cazzo...
Apoyó la cabeza contra la pared y suspiró. Menos mal que mañana era viernes y podría ir a ver al viejo de Aras, al menos así conseguiría despejarse un poco del todo y hacerle compañía. Después de todo, él no tenía a nadie quién lo visitara salvo ella. En teoría, debía de sentirse muy solo.
En teoría. Porque bien que estaba enterada de los flirteos que tenía el pobre y viejo desvalido con las enfermeras de la planta. No, si resultaba que el viejo era más listo de lo que parecía, y todo un Don Juan.
Viejo suertudo.
Escuchó el sonido de unos pasos presurosos acercarse hacia ella. Miró a su reloj, once minutos tarde. Frunció el ceño y desvió la mirada hacia el lituano, quién solamente se encontraba a escasos metros de ella. Normalmente, como toda buena italiana que era, hubiera acallado su más letal instinto asesino y hubiera disimulado su enfado con una sonrisa dulce, restándole importancia al asunto y comportándose de manera adecuada.
Pero a diferencia de sus hermanos, ella no era tan encantadora con las personas del sexo opuesto.
-¡Once minutos, ONCE!-Le chilló nada más verle. Pudo apreciar como Toris se encogía en su chaquetón de cuero gris a la vez que retrocedía un paso. Nota mental: No llegar nunca tarde, se dijo-¿Te crees que acaso yo tengo tiempo de sobra para todo?
-L-Lo siento, Vargas, el profesor de lengua faltó, y vino un profesor de guardia que nos dio clase por él y...
-¿Quién?
-El profesor Oxenstierna...
El gesto desaprobatorio de Amalea desapareció de su rostro.
-...Entiendo-Suspiró, todavía un poco molesta. El profesor Oxenstierna era genial en matemáticas, rápido, eficiente y hacía unos resúmenes muy fáciles de entender. Pero cuando se trataba de hablar...Ese era ya otro cantar. No era conocido precisamente por su claro lenguaje verbal- De todas formas intenta venir antes, los jueves por la tarde tengo clases de saxofón.
Mintió, los jueves por la tarde iba a la habitación secreta para encontrarse con sus héroes del silencio.
A última hora, los alumnos solían estar completamente revolucionados, añorando que el reloj sonara para abandonar las aulas y correr a sus casas. Por ello, el profesor Heracles había preparado un aula para ellos dos, donde podrían preparar la materia de biología sin ningún tipo de problema.
O al menos, eso esperó Amalea.
-Pero entonces la mujer no podría quedarse embarazada-Le discutió Toris a la italiana cuando trataba de explicarle el tema de la fecundación.
-No, porque el semen masculino dura más de setenta y dos horas dentro de las trompas de falopio. Aunque no es seguro al cien por cien que quede embarazada, pero sí muy probable que así sea.
-Ya. Pero ¿Y cuándo un hombre va a donar semen? ¿Cómo es que se conserva tanto?-Contradijo el lituano, no estaba muy convencido de todo aquello.
-Los conservan en cámaras criogénicas especializadas.
-Y si son criogénicas, ¿Cómo es que duran setenta y dos horas en las trompas de falopio?
-Por el calor corporal, Toris...
-¿Pero en frío si y en caliente también? ¡Eso no tiene sentido!
-¡Claro que lo tiene, cazzo!
-El calor y el frío no es lo mismo.
-¡Ambos conservan!
-Sigue sin tener sentido.
-¡Joder Toris, te estás ahogando en un vaso de agua!
-Yo ya no sé ni de que estábamos hablando...
La italiana se llevó las manos a la cabeza mientras Toris soltaba alguna que otra risilla nerviosa. Le fulminó con la mirada y él paró. Amalea sabía de boca de su profesor de biología la mucha dificultad que tenía el lituano con la materia, pero jamás se imaginó si quiera que pudiera liarse con tales nimiedades.
Suspiró. Enseñarle le iba a ser más difícil de lo que se imaginaba.
Caminó a paso lento. Arrastró los pies por el asfalto. No miraba a nada ni a nadie, solo a sí mismo. Sus ojos violáceos ya no eran fríos, ni si quiera estaban vivos, ni sus pensamientos, ni sus propios dedos, a pesar de que su corazón latiera, la sangre regara sus venas y su conciencia le dictase que debía seguir hacia adelante.
Ivan Braginski, en ese momento, era una momia errante por las calles.
Fijó los pies en el suelo un instante para mirar su reflejo en el cristal de una parada de autobuses. Vio entonces las ojeras que marcaban su rostro, su pelo enmarañado y sus labios aún más pálidos de lo normal, debido al frío y al poco abrigo que llevaba, a parte de una pequeña chaqueta y la bufanda tejida por su hermana Yekaterina que siempre llevaba colgada del cuello. Se vio así mismo, a su verdadero yo, reflejado en el cristal artificial que ahora era el reflejo de su alma. Una palabra le vino a la mente, una descripción concisa de en lo que se había convertido por el paso de los años.
-Basura-Dijo con voz ronca, formándose una pequeña e imperceptible sonrisa en los labios que luego pasó a ser reemplazada por una mueca inexpresiva.
Arrastró los pies varios metros hasta darse cuenta de que estaba tomando una dirección demasiado conocida para él, pero aquello no le impidió detenerse. Es más, aligeró el paso, cada vez más deprisa, hasta que sus pasos se fueron convirtiendo en una carrera a contrarreloj, él contra sí mismo, él contra el tiempo, él contra el mundo.
No le importaba que los profesores le regañaran por verlo haciendo pellas, no le importaba nada irrumpir en la academia W como si nada. Solo quería verlas, ver a sus hermanas.
Y pedir perdón. Pedir perdón por todos sus errores cometidos.
Por no haber aguantado.
Por haber dejado de sonreír.
Por haber huido de donde no tenía que huir.
Gretchen maldijo interiormente que la otra clase tuviera hora de estudio en vez de matemáticas, asignatura que estaba dando en este mismo momento. Suspiró, exasperada y se ocultó tras la enorme carpeta de apuntes que reposaba sobre su mesa. No quería que la preguntaran, odiaba que la preguntaran. No quería cagarla, no quería ser objeto de burlas.
Simplemente no quería volver a ser la listilla de la clase.
Vio entonces la libreta azul de Kiku, entre los cientos de desordenados papeles que cubrían toda su mesa. Lo miró de reojo varias veces y se lo pensó varios minutos antes de tomarla entre las manos. Fijó la vista en el profesor Oxenstierna para cerciorarse de que no la descubriese y se dedicó a pasar las manos por encima de la cubierta, inspeccionándola para poder adentrarse en su interior.
Justo cuando estaba a punto de hacerlo, una bolita de papel aterrizó sobre su cabeza, desconcentrándola de su ardua labor.
Maldijo otra vez por lo bajo. Le estaba cogiendo el gusto a esto de maldecir a todo Dios.
Obviamente aquello no lo sacó de Amalea. O eso creía.
Cogió el papel arrugado entre sus manos y miró hacia atrás. Victoria le saludaba discretamente mientras le sonreía de forma pícara. Abrió el papel y dentro encontró un mensaje escrito en letra cursiva color azul. Suspiró, no estaba acostumbrada a intercambiar notitas en clase, mucho menos notas tan indiscretas como aquella.
-Nada más toquen las clases nos vamos al aula secreta. Recuérdalo eh? Alfred vendrá más tarde (o^^)o
La rubia agarró su boli color verde y comenzó a garabatear en el papel para luego volver a pasárselo a Victoria.
-Si, de acuerdo.
Victoria sonrió. Volvió a pasarle otro papel.
-Por cierto...¿De quién es esa libreta que miras tanto como si fueras una mentalista? o(^^)o
-Solo es una libreta que encontré…Se la devolveré mañana a su legítimo dueño.
-Sabes de quién es? /(¬¬)-
-Si.
-Omg. De quién!?
-Kiku Honda.
Asomó a los labios de Victoria una sonrisa maliciosa.
-Ahá…¿Sabes? La curiosidad es una de las mejores cosas que puede haber. Te ayuda a descubrir cosas que nadie jamás sería capaz de imaginarse n_n…
-¿Qué quiere decir eso, Vicky?
Antes de que la sureña pudiera contestarle, el profesor Oxenstierna ya les había arrebatado las notas en un descuido.
-Señoritas, s'to n' pue' seguir asín. D´ben at´ndé n´clase-Les dijo con voz seca y tranquila. Las dos féminas afirmaron a la vez mientras el profesor comenzaba a retomar la clase por donde lo había dejado. Se escucharon varias risillas burlonas al fondo.
Gretchen quiso morirse.
Al sonar el timbre, el lituano salió del aula arrastrando los pies con desgana, seguida por una Amalea que, más que estar enfadada, se encontraba frustrada, y mucho. Toris no entendía absolutamente nada y ella no conseguía hacérselo entender. ¡Tampoco era tan complicado! Pero al lituano aquellos temas sobre la biología parecían traerle al fresco, y ella había comenzado a desesperarse. Si así les había ido en la primera clase, ¿Cómo demonios le iban a ir en las demás?
Y el sonido de los estudiantes correr felices por los pasillos al haber acabado las clases solo hacía que su frustración aumentase por nanosegundos.
Estúpidos niñatos felices.
-E-Eh…-Toris paró en seco y comenzó a balbucear algunas palabras incomprensibles, llamando la atención de la italiana. Ésta frunció el ceño-Gracias…Por lo de hoy. Y siento mucho las molestias que te causé, ya sabes, mi torpeza y, bueno, eso…
Amalea suspiró.
-…Solo ha sido la primera clase, ya mejorarás-Le dijo mientras se rascaba la cabeza. En verdad estuvo a punto de decirle que hasta lo más tontos acababan aprendiendo, pero se dio cuenta a tiempo de que aquello, más que un consuelo, parecía un insulto.
Ah, si es que en verdad ella era tan comprensiva.
-De todos modos, siento las molestias que pueda haberte causado y…-Se detuvo unos instantes y fijó la vista en el suelo-Quería preguntarte que…Me preguntaba si…
A la castaña no le gustó ese tono. Frunció el ceño.
-…¿Si?
-Si…B-Bueno-Balbuceó-Si…Si me ayudarías a encontrar el gimnasio.
El gesto de Amalea pasó a ser una mueca de incredibilidad.
-…¿Cómo?... ¿A-Al gimnasio?
-S-Sí. Es que…Es que no recuerdo dónde es y me dejé allí mi bolsa de deporte…
Tic en la ceja.
-Toris-Le llamó, notablemente seria-…Llevamos casi dos meses en W…¿Y tú todavía te pierdes?
La italiana vio como el lituano enrojecía y emitía extraños balbuceos cercanos a una risa nerviosa.
Definitivamente, este chico era un caso perdido.
-Anda-Lo cogió del brazo y lo arrastró a través de los pasillos desiertos de la academia-Vamos.
Lo llevó por varios pasillos siempre atenta a no cruzar ciertas áreas. Lo llevó por el camino largo pues, si tomaban el corto, se encontrarían con las escaleras que llevaban a la Ala norte y tenían el riesgo de encontrarse con Alfred, Victoria o Gretchen, cruzando esas escaleras y era mejor que no.
No debía olvidar nunca que Toris pertenecía a la Unión Soviética.
El lituano debía correr si quería ir a la par de ella. A pesar de ser, al menos, unos veinte centímetros más alto que ella, la italiana tenía la fuerza suficiente como para no permitir que aquello fuera una barrera que no pudiera atravesar. Lo arrastró como si fuera un perro atado a una correa hasta detenerse en frente del gimnasio. Le echó una mirada y se encontró con los ojos verdes del lituano, quién la mirada, aún con aquella sonrisilla nerviosa que la chica estaba comenzando a detestar.
-¿A qué esperas para entrar, merluzo?- Le espetó, temiendo de que si su apariencia se agotaba empotraría su cabeza contra alguna pared.
Aunque tampoco es que no le importara hacerlo.
-…¿Y si me pierdo dentro del gimnasio?
Tic en la ceja.
-…Vamos-Le cogió, esta vez de la oreja, a la vez que abría la puerta del gimnasio y hacía caso omiso de las protestas del lituano al ser agarrado de esa forma. Cruzaron el pabellón, y buscaron con la mirada la bolsa de deportes que supuestamente Toris había dejado olvidada.
-Creo que dejé mi bolsa por aqu...-El lituano se vio interrumpido cuando chocó contra la espalda de la italiana, quién se había detenido de repente. Sus dedos se deslizaron hasta caer inertes, liberando así la oreja de Toris. Pudo apreciar como la italiana palidecía-¿V-Vargas?...-Y en cuanto posó sus orbes sobre lo que había enfrente de la chica, él tomó su mismo color.
Delante de ellos, un demacrado Ivan Braginski jugueteaba con su bufanda a la vez que les sonreía con una sonrisa que, lejos inspirar miedo, transmitía otros sentimientos que si cabían, eran incluso mayores al terror en sí. Les saludó con la mano y ensanchó forzosamente su presente sonrisa, dejando a la vista que su labio inferior se encontraba partido, y que era una herida bastante reciente.
- Privet-Les dijo mientras se acercaba a ellos, haciéndoles ver su aún más notable estado anímico-…Por lo que veo no has perdido el tiempo, Toris.
El lituano tardó unos segundos en responder.
-… ¿Qué?
Ivan dio otro paso.
-Digo que, ha sido faltar a clase un par de días y comenzar a conspirar en mi contra-Miró a la italiana, lo que hizo que ésta se congelara por completo al ser contemplada con aquellos ojos fríos y vacíos. Más fríos y vacíos de lo normal. Amalea retrocedió un paso a la vez que Toris tomaba su mismo camino, sin embargo Ivan avanzó dos más hasta quedar a la altura de ambos-Has estado a punto de hacerme daño tú también Toris…Pero yo siempre seré más rápido que tú.
-¡No sé de qué estás hablando!-Le gritó el lituano en un momento de valentía-¡Y-Yo en ningún momento he pensado en traicionarte!
-¡El pelo largo tiene razón!-Chilló la italiana, intentando aparentar enfado, solo logrando mostrar más angustia de la debida-¡Soy su tutora en biología! ¡No estábamos…!
-¿Pretendes que me crea eso?-Le interrumpió el mayor, con voz ronca. Su sonrisa forzada iba desapareciendo por momentos y sus ojos se iban tornando cada vez más oscuros-Ya me han traicionado varias veces, pequeña, pero…Lo que no sabéis…Es lo que les hago a las personas que se atreven a hacerlo.
Ni Toris ni Amalea conocían el significado de sus palabras…Pero para ellos dos era entendible que no podían significar nada bueno.
-…¡Y entonces, van dos, y se cae el de en medio!-Chilló Vladimir de pronto al ver otra vez a su amigo cejón en las nubes- ¿Qué te ha parecido eso, eh?
Arthur Kirkland no era conocido precisamente por sus arranques de violencia, es más, era justo lo contrario. Sin embargo, aquel chiste tan malo merecía un capón en la cabeza, y bien gordo.
Por supuesto, Vladimir no se lo tomó precisamente bien.
-¡Ay!-Se quejó el rumano, acariciándose la zona que había sido golpeada-¡No hacía falta que me golpeases, caray! Y yo que solo quería animarte…
-Ese chiste lo merecía-Bufó- Además, no necesito que me animes-Le dijo el inglés en un suspiro. Si bien era cierto que aquellos no eran precisamente sus mejores días, tampoco necesitaba de la ayuda de nadie. Aquel pesar que presionaba tanto su pecho ya se marcharía, o eso esperaba.
Bueno, la verdad era que aquel pesar con nombre y apellido vivía en su casa, y no esperaba que se marchara de ella en mucho tiempo.
Maldita sea.
-I hate my life…-Suspiró de nuevo dejándose arrastrar por el viento que hacía poco había comenzado a soplar.
-¡Ánimo cejotas!-Le palmeó la espalda el rumano, intentando animar a su amigo, sin éxito-Si te amargas al final tu comida acabará matando realmente a alguien.
-¡Ni que fuera una Tita*! Además-Le miró con el ceño fruncido, preparando la mano para darle otro capón en caso necesario-¿Qué has querido decir con eso de que acabaré matando a alguien? ¿Qué insinúas sobre mi cocina?
Vladimir reprimió una carcajada.
-La semana pasada, en clases de cocina casi ahogaste a una señora con una fondue y…-El castaño se llevó otro capón, esta vez en el estómago. Éste, no pudo evitar emitir un grito agudo de dolor mientras caída –Dramáticamente, eso si- al suelo de rodillas. Arthur se arrodilló a su lado y le tiró de la oreja-¡Ay, para, para, paraaaaaaaaa!
-¡Idiota! No digas lo de las clases de cocina en alto ¿Acaso quieres que todo el mundo lo sepa?-Susurró,entre enojado y avergonzado-Además…No ahogue a esa señora a posta…La fondue me salió un poco dura.
-Tío-Vladimir se zafó de su agarre y se levantó, entre divertido y enojado-Que era una fondue Artie ¡Fondue! ¿¡Cómo te iba a salir dura si eso es líquido so merluzo!?
Arthur enrojeció y se dio media vuelta, caminando a paso rápido e ignorando los reclamos de su amigo.
¡Nadie era capaz de valorar sus habilidades culinarias!
-¡Artie, espera, leñe!-Le gritó el rumano, corriendo detrás de él. No se había dado cuenta que tanto él como el inglés se habían desviado de camino y ahora se encontraban en el patio de la academia W, cerca de la pista de fútbol y del gimnasio-Anda, no corras ta-
Oyó un grito. Vladimir paró en seco.
-Arthur-Lo llamó de nuevo, no tan alto pero si lo suficiente como para que pudiera escucharlo. El aludido se dio la vuelva inmediatamente al notar el tono serio que había adoptado su amigo-…¿Has oído eso?
-…Creo que sí. Venía de…El gimnasio.
Avanzaron rápidamente hasta llegar a la puerta del gimnasio y la abrieron lentamente, intentando alcanzar a ver quién era el que había lanzado aquel chillido tan desgarrador.
Lo que nunca pensaron ver, fue a Toris en el suelo retorciéndose de dolor mientras Amalea le zarandeaba y gritaba su nombre una y otra vez. Ivan estaba quieto, sorprendentemente quieto y sombrío. No sonreía, solo apretaba los puños para volver a golpear al lituano.
Y aquella imagen del ruso solo logró inspirar auténtico pavor.
-¡Basta! ¡Detent…!-La italiana se colgó del brazo del más alto, pero enseguida fue lanzada contra el suelo, haciendo que se golpeara la cabeza contra éste violentamente.
-¡Amalea!-Toris gritó el nombre de la chica en vez del propio apellido. Intentó ir a socorrerla, pero las fuerzas le fallaban, y ni si quiera era capaz de poder ponerse de pie. Se sintió inútil, más inútil que nunca.
Desde la puerta, Vladimir ahogó un grito de la impresión y Arthur quedó estático.
Revivió entonces, una escena similar en la que él era el lituano siendo golpeado por la pandilla de mocosos que abusaron de él en su infancia.
Pero esta vez, Alfred no estaría allí para salvarle.
…A no ser que él pudiera hacer algo.
Sacó su móvil y comenzó a teclear en él lo más deprisa que pudo un mensaje pidiendo ayuda a la única persona que podría enfrentar al ruso. Era egoísta por su parte pedirle aquello, pero era eso, o dejar a su suerte a aquellos desgraciados, y él no quería hacerlo. Después de todo, él siempre, aunque lo hubiera negado un montón de veces…
-¡Arthur, debemos hacer algo!
Siempre…
-¡Arthur, deja el móvil, vamos!
Siempre…
-…No podemos seguir esperando a que él llegue. Tienes razón, vamos.
Quiso ser un héroe del silencio.
Alfred golpeaba el suelo con el talón, impaciente, mientras que Gretchen miraba por la ventana agazapada en si misma, y sin saber muy bien que decir. Había notado en los últimos días un comportamiento algo anormal en el estadounidense. Irascible, quizás algo ensimismado, aunque se podía apreciar que se había esforzado demasiado en ocultarlo.
Respecto a sus emociones, podría decirse que era bastante mentiroso. Tal vez respecto al resto de su vida lo fuera también, pero aún no le conocía lo suficiente como para poder afirmar nada.
Dios, se estaba convirtiendo en una cotilla sin beberlo ni quererlo.
Victoria, por otra parte, hacía grandes esfuerzos por no quedarse dormida. Aquellas malditas pastillas aún causaban grandes estragos en ella.
-T-Tardan mucho ¿Verdad?...-Dijo la rubia intentando romper el hielo, aún con su característica tartamudez. El gato come lenguas no la iba a dejar escapar tan fácilmente.
-...¿E-Eh?-Parpadeó el chico, confuso-¿Me hablabas a mi?-Gretchen arqueó las cejas en un intento por hacer volver a la realidad al más alto-Hahaha...Eh, Perdona. Es que...Estaba en mi mundo y...-Paró. El sonido de su teléfono móvil sonando lo interrumpió, haciéndole voltearse al bolsillo de su mochila, donde lo tenía guardado. Tecleó su clave de seguridad y miró en la pantalla: Nuevo mensaje de Arthur Kirkland.
Ahogó un grito. Abrió el mensaje.
"Ven al gimnasio. Trae gente, es Ivan. Corre."
No le dio tiempo a reaccionar, no necesitó pensárselo, sus piernas reaccionaron por él. En unos segundos se halló corriendo a través de los pasillos negros y quemados del Ala norte. Las féminas al verlo, corrieron detrás de él intentando darle alcance, sin entender el porqué de su marcha tan repentina.
-¡A-Alfred! ¡Espera! ¿A dónde vas?-No le contestó. Siguió corriendo-¡Alfred!
-¡Alfie, espéranos!
Pero Alfred no oía nada. En su mente solo sonaba la voz difusa de un Arthur pidiéndole ayuda otra vez.
-¡Basta!-Arthur irrumpió en la sala, seguido de Vladimir. Ivan los miró sin articular gesto alguno. Agarraba del cuello a Toris, quién se sujetaba a las manos del ruso, en un vano intento por intentarse soltar.
El más alto soltó de improviso al lituano, haciéndole caer de bruces contra el suelo. Sonrió de lado, dejando ver sus pequeños y blancos dientes.
-¡Vaya! Mira quiénes están aquí. Pero si son Robin Hood y su ayudante...Me preguntaba cuanto tardaríais en meter las narices por aquí...¿Cuándo vendrá vuestro amiguito Alfred y esos héroes de los que tanto presume?
Amalea se levantó a duras penas.
-Él vendrá-Dijo, agarrándose el hombro que el ruso le había lastimado.
-¿Ah si?-Se acercó a ella a paso lento, crugiéndose los nudillos de ambas manos-¿Y cómo lo sabes? ¿Cómo sabes que le importáis lo suficiente como para arriesgarse por vosotros?...Él es como todos, él hace daño, él traiciona. Nadie en este mundo es de fiar, nadie en este mundo merece ser querido...
Por un instante, la italiana fue capaz de mirar a través de los ojos de Ivan y no al revés. Aquello que había dicho no se lo había dicho a ella; se lo dijo a él mismo, se autoconvenció él mismo.
Pero no lo vio venir. La ítala fue agarrada del brazo y atraía hacia él con un ligero movimiento. La amarró del cuello con sus enormes brazos y la inmovilizó. Pudo haberse librado de un cabezazo, pudo haberse librado con una patada en los bajos...Pero todas aquellas posibilidades se disiparon el aire al ver como su mano sacaba una navaja del bolsillo y lo colocaba en posición horizontal a la cabeza.
La sangre se le heló en ese instante.
-¡Suéltala, Ivan!-Arthur hizo ademán de correr hacia ella, pero el riesgo de ver la navaja incrustada en el cuello de la chica le hizo parar-No...¡N-No cometas una locura! ¡Esto es demasiado!
-No, no lo es. Y más os vale no acercaros...Si no...-Apretó más el agarre, dejando a Amalea sin respiración alguna. Ahogó un grito-La mato.
El tiempo pareció detenerse. Arthur no sabía que hacer. Vladimir quedó estático y Toris intentaba incorporarse por todos los medios, sin éxito. Todos sentían miedo, angustia. Pero sobretodo impotencia; Por no poder ayudar a Amalea, por no poder ayudarse a si mismos.
La castaña sonrió de medio lado, reuniendo la soberbia necesaria aún en aquellos momentos de crisis.
-...¿Y qué...Coño ganas con...Matarme?
Ivan carcajeó.
-Nada. Eso es lo divertido ¿No lo entiendes?
Nadie lo hizo.
-Lo sé, nadie lo entiende. Ni si quiera yo-El ruso la miró a los ojos, ojos que ahora se hallaban vacíos, nublosos, opacos. Carcajeó-...A veces lo mejor sería estar muerto ¿No crees? La muerte es hermosa, vacía, oscura y calmada. Es mejor estar así, allí no existe el dolor. Allí no está mi padre-Alzó el puñal-Y no...¿No sería maravilloso que yo te concediera tan hermoso placer?
-¡No!-Gritaron todos, corriendo hacia el ruso, quién tenía la intención de degollar a Amalea de un corte limpio.
Pero ya era demasiado tarde, no llegarían para evitar nada. El puñal ya estaba en el aire, listo para ser clavado.
Todo era demasiado ficticio para ser real.
Y sin embargo, lo era.
-Yo te concederé...La ida al jardín del Edén.
Amalea cerró los ojos, viendo su fin a través del filo de la daga. Los mantuvo cerrados hasta creer que vio su alma salir de su cuerpo, pero no fue así. La sangre no corría por su cuello, su alma seguía en su sitio y su corazón latía mucho más deprisa de lo normal. Se atrevió a entrecerrar los ojos y a intentar averiguar el porqué su muerte se posponía tanto.
Vio la daga, siendo sujetada por otra mano.
-¡Ni se te ocurra tocar a mi hermana, cabrón!-Lovino Vargas sujetaba el brazo de Ivan con fuerza obligando así, a soltar el agarre de su hermana y hacerla caer contra el suelo. Aprovechando la confusión, le asestó un puñetazo en la barbilla desestabilizándolo y haciéndose con el poder de la daga-¡Nadie la toca! ¡NADIE! ¿¡Te enteras!? ¡Es MI hermana!
Su hermana no sabía si sorprenderse por aquel gesto o enfadarse. Podría haber matado a Lovino, sin embargo éste, quién no era precisamente conocido por su valentía, se armó de valor y la defendió. Más aún, reconoció el hecho de que ambos eran hermanos y no la repudió como hacía casi dos meses lo hizo la primera vez que se vieron cuando él pertenecía a la URSS.
-L-Lovi...-Fue lo único que fue capaz de articular.
Lovino la miró, con el ceño fruncido.
-Te dije que tuvieras cuidado-El labio le tembló, sus ojos se quebraron un instante al las marcas en el cuello de su sorella-...Idiota.
Ivan retrocedió, aún con el gesto sombrío.
-¿Tú también me traicionas?...Veo que tenía razón, hoy os habíais puesto de acuerdo para poneros en mi contra-Volvió a carcajear, sin ganas-...Ninguno de vosotros merece la muerte, no sois dignos de ella. Solamente yo podré...
-¿Acaso crees que la muerte podrá darte todo lo que necesitas?-Se oyó una voz al fondo del gimnasio resonar por todo el recinto-Si es así, no eres más que un iluso.
Todos se giraron para verlos. Arthur sonrió.
-...Así que has venido...Alfred Jones.
Aparecieron de las sombras Alfred, Gretchen y Victoria con una sonrisa en ambos rostros, aunque con un deje de preocupación. Sin embargo, aquel no era el mejor momento de preocuparse, debían centrarse en la situación y hacerle frente.
Alfred se adelantó varios pasos por delante, sonriendo.
-¡No pienso dejar a mis queridos héroes solos nunca! ¡Que lo sepas, ruso paliducho!
Ivan avanzó varios pasos hacia él. Todos hicieron un corrillo entre ambos; estaban asustados, si, pero debían estar cerca por si acaso la cosa se extendía a mayores. Debían ayudar a Alfred, al igual que él había acudido en su ayuda.
Tal y como un héroe.
-¿Y qué vas a hacer para poder detenerme, eh, héroe de pacotilla?-Ahora el tono del ruso sonaba herido, rencoroso y furioso. Él ya daba por hecho que el estadounidense no iba a venir, y el hecho de que hubiera acudido solo podía significar...Que la gente solo lo traicionaba a él-El año pasado tampoco pudiste, y ahora te encuentras igual: Rodeado de tus amigos, y cuando nos peleemos...Caerán las culpas sobre todos, al igual que pasó el año pasado con el club del baloncesto.
-Esta vez no ocurrirá así-Contradijo el estadounidense-Porque esta vez tengo algo que tu no tienes.
-¿Y qué es eso, si puede saberse?
Alfred sonrió.
-Esperanza.
El ruso no pudo más, se lanzó hacia el estadounidense en un ataque de rabia y comenzaron los golpes. Alfred se defendió en cuanto pudo, devolviéndole algún que otro puñetazo. Ivan pateaba y el rubio devolvía, no pensaban en defenderse, solo en devolver. Acabaron en el suelo en una maraña de golpes e insultos que no acababan nunca mientras los demás intentaban encontrar la forma de separarlos.
-¡Alfred, para!-Gritó el británico.
Pero nadie era capaz de frenarlos. En aquel momento solo existían ellos dos, y su furia, su rencor guardado durante tanto tiempo, ahora explotaba en otra pelea que parecía no querer acabar nunca. Eran enemigos natos, con odio en las miradas desde primera vista, desde el primer momento en el que ambos se encontraron. Ya desde entonces sabían que su encuentro sería el primero de muchos y que casi todos ellos acabarían muy mal.
Alfred tenía un ojo morado y la nariz de Ivan estaba rota. Ambos sangraban y sujetaban doloridos, pero aún seguían tercos con la convicción de hacer un daño aún mayor al otro. Al ver que no se detenían intentaron detenerles, unos por un lado y otros por otro.
Con mucho esfuerzo consiguieron apaciguar a medias a ambos, aunque eso no significaba que hubiera disminuido la tensión y mucho menos.
-¡Suéltame, suéltame he dicho!-Chilló el estadounidense-¡Jo, suelta!
-¡Quítame las manos de encima!-Le chilló Ivan a Vladimir y Victoria, quienes eran los que lo sujetaban.
-¡Parad ya los dos, diablos!-Les espetó la sureña mientras los miraba a ambos con una mueca desaprobatoria- ¿¡Cómo habéis podido llegar a tanto!? ¿¡Por qué Ivan!? ¿¡Por qué Alfie!? ¿Por qué es esta vuestra solución?
-¡Tú no serías capaz de entenderlo!-Gritó Ivan. No era una voz dulce como la de siempre, no era una voz vacía, como la de antes. Era quebrada, ronca y ahogada, al igual que su rostro había cambiado. Seguía igual de sombrío, pero mucho más humano-¡Nadie lo entendería, nadie! ¡Por que esta escuela necesita estar a mi mando, necesita un presidente como yo!...¡Y entonces podré...!
No pudo seguir, se le fue la voz.
Yekaterina Braginski apareció delante de su hermana Natasha a paso lento, arrastrando los pies. Las cuencas de sus ojos estaban rojas, al igual que sus orbes azules. Su labio le temblaba y los pelillos de sus brazos le bailaban en la piel. Natasha no decía nada, solo callaba.
-¿Por qué...?-Dijo con voz decaída la menor de los hermanos Braginski-¿Por qué haces esto...? ¿Por qué no te detienes?
-Hermana... ¿No lo ves tú tampoco?...Esto es solo el principio. S-Si consigo el poder, pronto...En casa, nosotros...
-¡No, no podremos!-Chilló la menor, rompiendo a sollozar-¡Nunca podremos! ¡La casa es distinta!
-Yekate-
-¡Podrás hacerte con el poder aquí pero nunca podrás con él!...Así que...Ya...Para...Detén esto...-Siguió sollozando. Temblaba como un flan, lo que hizo que cayera de rodillas, a unos metros de él-Para de una vez...
Los lloros de la chica inundaron el lugar, sin nadie que pudiera romper aquel sonido tan angustioso que llenaba los oídos de todos. La chica seguía llorando en solitario hasta que los brazos de Natasha la rodearon en un abrazo, intentando transmitirle apoyo.
-Vámonos Ivan-Dijo Natasha levantando a su hermana poco a poco.
-Pero...
-Por favor-Le cortó Natasha, con un ligero temblor en el labio- Vámonos.
Ivan se quedó mirándola con ojos vacíos y asintió mecánicamente unos segundos después. Se quedaron contemplando la escena y viendo como los tres hermanos desaparecían por la puerta del gimnasio hasta perderse de la vista de todos. Nadie fue capaz de comprender exactamente lo que había pasado, pero pudieron apreciar que había algo más detrás de palabras que solamente los Braginski podían conocer.
Se hizo unos minutos de silencio. Alfred suspiró.
-...Vámonos nosotros también-Dijo mirando a todos-Tenemos que curarnos esas heridas.
Llegaron al aula secreta todos en completo silencio. Solamente Vladimir y Toris emitieron algún que otro gritillo de asombro al comprobar que en el Ala norte que ya nadie usaba, aún quedaba cosas interesantes por visitar. Obviamente dejaron bien claro que no podían darle la ubicación del lugar a nadie, sobretodo a Toris, quién aún pertenecía a la URSS... ¿O ya no? La verdad era que en tan poco tiempo todo se había tornado demasiado confuso y, quitando de eso, ahora lo verdaderamente importante era el curar las heridas de todos.
-Así que...¿Al final escogiste este lugar?-Dijo Arthur, eliminando el silencio mientras curaba el moratón del ojo de Alfred-Esta...Fue el aula en la que...
-Si-Le contestó él en un registro de voz bajo, algo inusual en él-Fue el lugar de encuentro de los antiguos héroes del silencio, antes de...
-Lo sé-Lo interrumpió-Lo sé...
Victoria asentía vagamente con el semblante serio. El resto de los presentes no parecía enterarse de nada. ¿Antiguos Héroes del silencio? ¿Había habido antes unos antecesores con una misión similar a la suya y con el mismo nombre? ¿Y qué pasó en aquella época? Al menos fueron estas preguntas las que se agolparon en la mente de todos, sobretodo en la de Gretchen, quién había comenzado a desarrollar una afición por el cotilleo -Cúlpese a Victoria y Elizabeta- Sin embargo, al igual que los demás decidió hacer caso omiso y seguir curando a Amalea, mientras el rumano atendía a Toris.
El resto del tiempo permanecieron callados. No había ánimos para hablar, y tampoco creían tener motivos para hacerlo. El silencio y las miradas les bastaban por ahora, el tiempo no se detenía pero el momento se hacía eterno. Aquella experiencia tan explosiva y ficticia no hacía más si no hacerles ver lo preciada que era la vida, la esperanza, la amistad.
Aquellas cosas que nunca aprecias hasta que realmente las necesitas.
-Oh, no quedan vendas...-Se lamentó Gretchen al ver que no tenía nada con que vendar a la italiana.
-Mira dentro de aquel armario-Le señaló el inglés-Esto hace tiempo fue la enfermería de la academia W.
Gretchen frunció el ceño ¿Y cómo flores sabía él todo eso?
Avanzó hasta el armario y comenzó a rebuscar en él. Nada, no veía absolutamente nada. Removió varias cajas llenas de libros y libretas antiguos, batas, botellas de agua y polvo. Metió la cabeza un poco más y siguió buscando hasta dar con algo fino y enrollado en una bola. ¡Bingo!
-Lo encontr...-Estaba a punto de celebrarlo cuando su mirada se cruzó con lo que parecía ser una caja brillante y polvorienta de metal. La sacó, con sumo cuidado de no tirar ninguna otra caja encima de otra y provocar desorden alguno. Salió del armario y fijó la vista en sus amigos, los cuales tenían la mirada en el suelo, perdidos en sus propias cavilaciones. Miró la caja; parecía ser una caja metálica para guardar el almuerzo, de esas que estuvieron muy de moda antiguamente. Tenía un montón de garabatos iguales de una persona en un montón de poses.
Siguió examinando la caja hasta que el sonido del altavoz del patio la alarmó a ella y a todos los demás.
"Por favor, se ruega a: Alfred Jones, Arthur Kirkland, Victoria Oukhira, María Amalea Vargas, Gretchen Zwingli, Vladimir Moldoveanu y Toris Lorinaitis, acudan inmediatamente a jefatura. Repito, se ruega a..."
Todos se estremecieron de golpe, alguno dio un respingo.
Y antes de que las fuerzas fallaran a Gretchen al verse -De nuevo- envuelta en un problema del que, no sabría si podría salir, atinó a ver garabateado un nombre demasiado familiar en la caja metálica, haciendo que sus orbes se dilataran enormemente.
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El asombroso, Gilbert Beilschmidt.
Tita*: Es un personaje ficticio de la novela Como agua para el Chocolate, de Laura Esquivel, y tiene el poder de transmitir sus sentimientos a través de sus platos. Me resultó cómico hacerle una comparación con Arthur xDD
Notillas: Bien, tienen tooodo el derecho a matarme, señores. Dos meses sin publicar...Viva yo ._. Pero no saben lo que me cuesta escribir a veces, necesito la inspiración necesarias para que me queden capítulos decentes y...Bueno, ustedes saben, es mejor esperar por algo bueno que leer algo rápido y que sea mierda. En fin... ¡Espero que os haya gustado el cap! Empiezan a atarse cabos y a salir a la luz nuevos...Puedo deciros que todos y cada uno de ellos están relacionados entre si y...Me siento mal por como estoy pintando a Ivan, pero tiene sus razones para portarse de esa manera, ya pronto saldrán más cosas de él. ¿Y quién creéis que es el hombre que gritaba en el tren? Decidme vuestras hipótesis, a ver si acertáis :,DU
Y nada más. Para el que siga leyendo esto (?) Nos vemos en el próximo capítulo.
Au revoir!
