~Capítulo 8: Héroes heridos~

La tensión podía palparse en el ambiente, el silencio inundaba la sala de profesores, más angosta y oscura que de costumbre ante los ojos de los chicos, mientras un disgustado e irritado profesor Roderich, caminaba de un lado a otro, dirigiéndoles a todos su más ensayada mirada severa. Ninguno de ellos se atrevía a mirar al frente, quizás, algunos por arrepentimiento… Otros, simplemente, solo pensaban en los castigos que podrían caerles al haber provocado la furia de uno de los docentes más estrictos de la academia W.

Extrañamente, a pesar de no haber sido llamados por altavoz, Ivan, sus hermanas y Lovino, se encontraban allí también, apoyados en la pared, siendo taladrados por la mirada de su profesor de igual forma que todos los demás que allí se encontraban, tuvieran culpa o no. Después de todo, todos habían estado presentes durante aquella pelea entre Ivan, Alfred y viceversa.

Y para el austriaco, aquello era una total falta de respeto hacia el centro y su respetable persona.

-¡Esto es intolerable!-Gritó por fin el profesor Edelstein, mientras se llevaba las manos a la cabeza. Había ciertos límites que los alumnos debían respetar, y un comportamiento que todos y cada uno de ellos debían mantener…Pero ellos habían violado ese infranqueable respeto, que él tan fervientemente defendía y protegía. Aquello merecía un severo castigo-¡En los años que llevo en la enseñanza, jamás había visto tal actitud en alguno de mis alumnos! ¡JAMÁS!

Alfred agachó la cabeza a más no poder. Se sentía frustrado, no por él, sino por todos los demás. Ivan comenzó la pelea, sí, pero si él no le hubiera seguido el rollo, si él no le hubiera devuelto aquel golpe…Quizás ahora todos los demás no estarían en este embrollo.

Solo esperaba que no pasara lo mismo que ocurrió el año pasado con los integrantes del club de baloncesto, no quería involucrarles más de lo necesario. Si ellos acababan teniendo algún problema grave por su culpa… No se lo perdonaría.

Nunca.

-Profesor-Intentó intervenir, preso del pánico al temer que todas sus culpas pudieran recaer de igual manera en sus amigos-...Escuche, ellos no-

-¡Silencio!-Cortó el profesor Edelstein. Se encontraba fuera de sí, y no había forma de razonar con él en aquellos momentos. Lo mejor era callar, y esperar a que su enfado disminuyese…Lo cual parecía que iba a ser bastante tardío. ¡Ojalá hubiera estado de guardia de tarde la profesora Emma! Con ella hubiera sido otro cantar más, ella también podía ser terrible cuando se enfadaba. El austriaco bufó, haciendo más notoria su molestia- Nadie te ha dado permiso para hablar…Bien-Suspiró, intentando mantener las formas- Ahora, lo que vais a hacer, es darme una explicación de porqué ustedes os amarrasteis a golpes en el gimnasio del centro. Y no quiero NI UNA sola interrupción… ¿Quedó claro?

Los chicos asintieron mecánicamente. El austriaco dirigió una mirada a Amalea, quién se encontraba agazapada y acariciándose el brazo dolorido que, una hora atrás, Ivan le había herido. Sintió sus pupilas violáceas en ella y levantó la mirada, encontrándose con una mueca de desaprobación en el rostro de su profesor.

-Señorita Vargas, estoy tremendamente disgustado acerca de su comportamiento…-La italiana bajó la cabeza, mientras se sentía taladrada por la mirada de Edelstein-Pero confío en que a pesar de esto, usted me dirá la verdad-Hizo una pausa, acercándose más hacia ella-Adelante.

La italiana pareció analizar la pregunta por unos instantes. Podía parecer lo más sencillo del mundo, pero no. Debía de andar con cuidado y cuidar sus palabras, o todos ellos podían acabar muy mal. Quería sacarlos a todos de aquel embrollo, pero sabía que no todos ellos saldrían tan bien parados, sobretodo Alfred e Ivan.

Suspiró.

-No se preocupe, profesor-Dijo con voz calmada, algo inusual en ella-Aquello simplemente fue una pelea sin importancia...Es decir-Intentó explicarse de otro modo al ver el ceño fruncido del mayor-Todo pasó por un malentendido. Ivan creía que Toris y yo estábamos hablando mal de él a sus espaldas y...Se lo tomó a mal-Explicó- Alfred llegó e intentó defenderme, pero luego comenzaron a discutir por tonterías y se pelearon. Los demás se unieron poco después, pero solo miraron...Creo que no me dejo nada más.

-¡Lea!-Saltó Lovino, ignorando la mirada asesina de su profesor-¡Pero Iván intentó ma-

-Sí, Ivan se equivocó-Cortó a su hermano antes de que completara la frase. Lo mejor para todos sería quitar importancia al asunto y omitir los detalles más escabrosos posibles...Aunque entre ellos se encontrara el pequeño detalle de que Ivan había intentado asesinarla-Pero las personas nos equivocamos...-Se giró hacia su profesor, con un semblante sereno, aunque por dentro temblara como una hoja-De verdad profesor, todos nos comprometemos a intentar mantener orden y que esto no vuelva a repetirse.

Edelstein se mantuvo en silencio, mirando fijamente a todos los presentes, dubitativo. Por un momento, Alfred sintió que podría haber una pequeña esperanza para todos, y salir impunes de aquel lío, solucionar sus problemas, sus problemas con Arthur de una vez por todas. Por una vez, sintió que todo podría salir bien, que no habría nada en contra suya, y a raíz de esto, con mucho esfuerzo, podría dejar aquella guerra absurda con I...

-Mañana quiero hablar con vuestros padres-Pronunció el mayor con un deje de ira en su voz. No saldrían impunes de aquello después de la falta tan grave que habían cometido. Él no se andaba con chiquitas.

...van.

-…¿Qué?-Preguntó Ivan, incrédulo y con un hilillo de voz. Sus ojos se abrieron paulatinamente, a la vez que el de sus hermanas. No podía ser, no podía haber dicho eso…

Mierda.

-¡Pero profesor!-Protestó Victoria, totalmente frustrada con aquel veredicto.

-Pero nada. Lo que habéis hecho hoy no quedará impune-Concluyó con su vocabulario enrevesado y abrió la puerta del despacho, indicando con aquel gesto de que ya era tarde, y debían abandonar el centro para volver a sus casas- Mañana quiero ver a sus tutores legales a primera hora… Buenas tardes.

Tardaron unos segundos en reaccionar. Aquello no podía estar pasando, no más problemas...¿Por qué todo tenía que tornarse tan complicado? O al menos, eso eran los pensamientos que se les pasaban por la cabeza en aquel momento. Todos tenían demasiado que perder, aunque unos más que otros.

Ivan fue el primero en salir, a paso acelerado y con un deje de terror en el rostro. Sus hermanas lo siguieron, cohibidas y silenciosas. Aquello les traería muchísimos problemas. Agarraron a su hermano del brazo, y se perdieron por los pasillos, confundiéndose con las luces opacas del ocaso.

Lo único que el ruso tenía bien claro en ese momento, era que no volvería a huir, por mucho miedo que tuviese.

Debía enfrentarse a él.

Los demás lo siguieron, caminando a paso lento a través de los pasillos, casi arrastrando los pies con pesadumbre. Dios mío ¡Sus padres! ¡Tenían que llamar a sus padres! Aquello era un castigo demasiado cruel, no verían la luz del sol por años, hasta los cincuenta y cinco, cuando los Ipods dominaran el planeta, cuando la sociedad capitalista dejara de conocerse como tal y predominara la caridad humana...

¡Cuando sus madres dejaran de tener varices!

-Mi abuela me va a matar...-Suspiró Vladimir mientras se llevaba las manos a la cabeza- Me maldecirá hasta el fin de sus días.

-Peor es mi madre-Contestó Arthur con una mueca de fastidio en su rostro- Me castrará y usará mis bolas como ingrediente para sus scones.

-Así le salen-Murmuró por lo bajo a la vez que Arthur fruncía levemente el ceño.

-¿Dijiste algo?

-¿Yo? N-Nada…

Después de eso, hubo varios minutos de silencio, únicamente roto por las pisadas sobre las baldosas verdes de la academia W, que pronto se fueron volviendo cada vez más claras al ser iluminadas por las cristaleras de la puerta principal, que reflejaban los últimos rayos anaranjados del sol.

Todos pararon frente a la puerta sin poder evitarlo, ninguno de ellos quería volver a su casa. El primero fue Alfred, quién tenía una mirada triste y falta de color. Carraspeó.

-…Lo siento, chicos-Se disculpó finalmente, con la voz quebrada. Su mirada apuntaba al suelo, pero se podía notar que tenía ganas de llorar-Lo siento, de verdad…Lo siento…

Todos se quedaron mirándole, sin saber bien que decir. Se hizo un silencio pesado entre todos, cargado de miradas e indecisión, movimiento de dedos sobre la piel, respiración agitada y nerviosa…¿Qué se suponía que debían decir? Estaban en un buen lío por su culpa, pero bien era cierto que si no hubiera sido por él, Amalea hubiera acabado muy mal. Y quién sabe si los demás hubieran seguido su mismo destino.

Alfred era el polo opuesto que contrarrestaba a Ivan.

…Lo malo de esto era que los polos opuestos tendían a atraerse, cuando lo que más les convenía era mantenerse alejados.

-Ya da igual, Alfie-Declaró Victoria, acercándose hacia Alfred lentamente-No te disculpes…No es todo culpa tuya.

Se fueron acercando progresivamente los demás, sin decir palabra alguna, algunos con más confianza que otros. Lovino se mantenía cerca de su hermana, y Toris ni si quiera sabía que era lo que estaba haciendo allí.

Pero todos estaban allí.

-C-Chicos...-Alfred sintió algo húmedo recorrer su mejilla y apretó los puños con fuerza. No podía creer que fuera tan débil ante algo como aquello, pero le superaba. Le superaba el ser siempre una carga para todos, incluso su mera existencia lo era.

Siempre se sintió de esa forma. Desde que su madre murió.

Arthur corrió hasta él de entre sus compañeros y lo abrazó con fuerza, enterrando la cabeza en su pecho. El estadounidense era tres veces más alto que él, y lo abrazó hasta a donde más alto pudo alcanzar, acariciando su espalda con cariño, sin poder evitarlo. No pudo evitarlo. Era como un niño pequeño, como si el tiempo no hubiera pasado entre ellos dos, cuando ambos lloraban por cosas ya olvidadas en el pasado.

-Idiota…Deja de llorar, no es tu culpa-Lo apretó contra él, con más fuerza. Vladimir sonrió tiernamente-…Así que deja de pedir disculpas.

-Pero…

-Que te calles-Le cortó, posando su dedo meñique en los labios del estadounidense, haciendo que sus mejillas se sonrojaran un instante-Hamburguesero.

Sonrió. Ambos lo hicieron. Y el agua salada de sus ojos dejó de correr por su rostro. Se secó la cara con la manga de su sudadera y volvió a sonreír, con aquella sonrisa alegre y enérgica que le caracterizaba. Los miró a todos, a sus amigos y a los no tan amigos: A Toris, a Lovino, a Vladimir, a su querido Arthur, a su dulce Victoria, a su bipolar Amalea, a su callada Gre…

¿Y Gretchen?

-¿Gretchen?-Preguntó por ella, entre todos los presentes, haciendo que se volvieran hacia atrás, cruzándose con la mirada vacía de la rubia. No se había acercado hacia Alfred, era más, ni se había movido de su sitio. Se había mantenido quieta, sombría, iluminada por el ocaso que cada vez se hacía más opaco a medida que descendía bajo las colinas-Gretchen…

Ella agachó la cabeza.

-Tú lo prometiste…-La rubia apretó los puños con fuerza, tratando de controlar sus emociones, que no eran pocas-Tú prometiste que…No nos harían nada…Si estábamos unidos…

-Gretchen…Escucha-Intentó acercarse a ella, con las manos en posición de alcanzarla, más esta se apartó, retrocediendo varios pasos-Escúchame…

-No… -Negó con la cabeza, aún agachada y los puños apretados, agarrándose a su vestido rosa chillón-…Prometiste que Ivan no nos haría nada si estábamos juntos…Si éramos héroes…Así nos…Nos podríamos proteger…-Se oyó un leve sollozo, a la vez que su voz se iba quebrando cada vez más. Una parte de Alfred se rompió en mil pedazos-Me mentiste…Yo…No quería tener más problemas…No otra vez y…Y tú…Tú…

-Gretch…-Llegó hasta ella, rozando su mejilla con la yema de los dedos.

-¡No me toques!-Apartó la mano de Alfred con brusquedad a la vez que giraba la cabeza hacia todos, quienes tenían sus miradas clavadas en ella. Sus ojos verdes ahora brillaban más que nunca por el curso de las lágrimas que afloraban de ellos y que no paraban de bañar su tez blanca en agua salada. Se movió con dificultad, tambaleándose y retrocediendo lentamente, aún con la vista posada en todos o en la misma nada. Ya no era consciente de a quién o a qué debía mirar-Yo solo…Quería…Demostrarle a mi hermano que soy útil…Que no era un fracaso de ser humano…-Siguió llorando mientras nadie era capaz de consolarla. Entendían todo y nada, sus palabras eran comprensibles, pero no lo que éstas encerraban. Nadie podía entenderlo, porque, en realidad…

¿Qué era lo que sabían de Gretchen Zwingli?

-No eres un fracaso de ser humano, cariño…-Dijo la sureña, mientras Gretchen seguía negando con la cabeza.

-Lo soy, lo soy…Mi hermano lo dijo, se lo oí decir una vez…-Murmuró, dolida, mientras se agarraba el pecho con ambas manos-Por eso vine aquí…Por eso retomé los estudios. Quería…Quería demostrarle que estaba equivocado, pero ahora…Ahora…

-¡Aún puedes hacerlo, joder!-Intervino la italiana, ante la mirada asombrada de Lovino. Ella nunca había tenido amigos, aparte de Feliciano o Antonio. Siempre había estado sola, jamás había tenido esa especie de relación a la que se le pudiera denominar amistad, y aun así…Ahí estaba, intentando ayudar a una amiga. No podía creerlo.

Pero Gretchen se negaba a creer lo que le estaban diciendo.

-Ya es tarde. Mi hermano es mi tutor legal…Él se enterará, y no habrá nada que hacer…Todo porque me mentiste, Alfred-Lo miró, con expresión dolida, y los caminos que las lágrimas habían formado en su rostro brillaron por última vez cuando el sol dio sus últimos rayos y se ocultó por completo-Yo…Confié en ti…

Se hizo otro silencio. Nadie fue capaz de decir nada, de mirar a nadie. Ella tenía razón, todos habían confiado en Alfred, y este les había fallado, aunque no lo hubiera hecho con mala intención. Él siempre había intentado dar lo mejor de él, ayudar a todo el que lo necesitara, le pidieran ayuda o no. Él era así…Pero aquello no quitaba el hecho de que aquel error que había cometido no hubiera herido a Gretchen de alguna forma.

Alfred se maldijo interiormente, intentando buscar alguna frase alentadora que pudiera romper el hielo. Pero no encontró palabras.

-…Será mejor que me vaya-Murmuró la rubia, caminando hacia afuera y adelantándose a todos los demás, quienes se le quedaron mirando, con un gesto de preocupación en las caras. Nadie pudo alcanzarla, a pesar de que se encontrara a varios metros. Para ellos, se hallaba mucho más lejos de lo que en realidad lo estaba, y era mejor no buscarla.

A pesar de que ella hubiera sido siempre alguien alegre pero callada, era mejor no hondar en su pesar.

Hasta la persona más feliz, puede llegar a tener un límite.

Alfred sabía aquello demasiado bien.

Y la observaron marcharse y ver su pequeña figurilla desaparecer en la noche, mientras unos nubarrones negros comenzaron a asomar al cielo, irónicamente pegando con la escena que ellos mismos estaban viviendo, como si se tratara de una tenelovela.

El destino era caprichoso, y se había aliado con el tiempo para hacerlo todo, si cabía, aún peor.

Y como Gretchen había averiguado tiempo atrás, parecía ir siempre en contra suya.


Lovino y Amalea caminaron juntos hasta su casa por las calles principales de la ciudad, poblado de transeúntes y compradores compulsivos, quienes llevaban bolsas y bolsas llenas de ropa de marca que marcaba tendencia acorde con las modas establecidas. Lovino vestía igual que todas aquellas personas que pasaban por su lado, con aquellas camisas y pantalones de marca que tanto dinero costaban y tan poco valor tenían, o al menos, aquello era lo que Amalea realmente pensaba de aquellos ropajes que inclusive, llevaban sus dos hermanos.

Por el contrario, ella siempre había vestido mal, con ropa gastada y mal combinada. El pelo desarreglado y cortado por ella misma, a la altura del cuello, y siempre llevando unas gafas de culo de vaso que, a decir verdad, nunca había necesitado.

Pero tenía motivos para ocultar su rostro, para vestir de aquella forma. Para ser de aquella forma.

Suspiró, sin saber que su hermano la llevaba mirando de soslayo desde hace un rato.

-Amalea-Su hermano paró frente a un escaparate, viendo un vestido negro corto, siendo llevado por un maniquí alto y de buena pose. No hacía falta mirar el nombre de la tienda para saber que era cara. Lo señaló con el dedo-…Te quedaría bien.

La italiana alzó una ceja.

-¿A qué viene eso, fratello?

Él parpadeó.

-A nada, solo dije que te quedaría bien.

Siguieron caminando.

Su relación siempre había sido más o menos así: Tensa, silenciosa. Pocas veces habían hablado de algo interesante, o de algo importante para ambos. Únicamente hablaron como hermanos una vez, y fue hace años, cuando ella le preguntó acerca de su difunta madre, a la que ella ni si quiera había llegado a conocer. Lovino sí tuvo esa suerte, más le duró poco, solamente teniendo tres años cuando sus padres los abandonaron, dejándolos huérfanos.

Pero Lovino nunca había querido hablar del tema.

"¿Cómo era mamma, Lovi?"

"…No me acuerdo. Y no me llames Lovi."

Siempre se hacía el tonto.

"¡Te tienes que acordar de algo, al menos! Y Toño te llama Lovi y tú no le dices nada."

"…No me acuerdo de nada, y no quiero acordarme…Ni de mamma ni de pappa, joder."

Lo único que quería era olvidar los pocos recuerdos que aún mantenía de su familia.

"Pero Lovi…"

"¡Te he dicho que no me llames Lovi! ¡A Toño le dejo porque me cae bien, a ti te odio! "

Así dolería menos.

"…¡Lovi!… ¿Por qué me tratas así?"

"…Porque hay algo que tú no sabes, y por lo que no…Puedo perdonarte, Lea."

-Lea-Volvió a llamarle, esta vez, con un ligero temblor en la voz-…¿Por qué encubriste a Ivan?

La ítala se volvió para mirarle. Se fijó en los brillantes ojos verdes de su hermano, y en como estos reflejaban las despampanantes luces de colores que adornaban la ciudad. La navidad aún estaba al caer, sin embargo, muchos comercios ya se habían adelantado a esta festividad, todo por aumentar el consumismo. Pero no podía negar que aquellas luces alegraban un poco su vista, aunque no levantaran su corazón. Suspiró.

-Ivan tiene problemas.

-Sí, está mal de la cabeza.

-¡No me refiero a eso!

Lovino alzó una ceja.

-¿Entonces?

-…Estoy segura de que tiene problemas…Hay algo que le perturba, y que concierne a sus hermanas…-Murmuró, intentando indagar en sus propias conjeturas-Algo así me dijo Alfred a principios de curso.

-¿Qué dijo exactamente?-Preguntó, curioso. A pesar de haber llevado un tiempo al lado del ruso, a penas conocía sus verdaderas intenciones, o lo que realmente pensaba acerca de estas. Él solamente se había limitado a ver, acatar, y esperar, teniendo como objetivo…Tener un objetivo.

Realmente lo que persiguiera no le importaba, solamente quería tener un resquicio de esperanza en su interior…Y tener la mente ocupada.

No debía pensar en el ser que lo convirtió en lo que era ahora.

-Me dijo que probablemente Ivan estaba tratando de demostrarse algo a sí mismo…O quizás a alguien más. Pero no sé el que-Suspiró, algo molesta con aquello. Odiaba no saber cosas, quizás era una de las cosas que más molestia le causaba, más a una cabezona como ella. Aunque no se resignaría tan fácilmente a conocer la verdad-…Fratello.

-Dime.

-¿Cuál es el verdadero objetivo de Ivan Braginski?

Lovino arqueó las cejas brevemente, sorprendido por aquella pregunta, aunque en parte la esperara. Hubiera sido muy raro no esperarla, dado la enorme cabezonería de su hermana, la cual ya conocía desde hace mucho. Y lo peor de todo, era que no sabía muy bien que era lo que debía responder. Ni si quiera él había llegado a entender realmente muchas cosas de las que había hablado el ruso. Sin embargo…

-Ser…Presidente del consejo estudiantil. Creo…

-¿No hay nada más?

¿Realmente lo había? Claro que lo había. Pero dudaba que ella pudiera entenderlo, era demasiado pequeña y…Le costaba hablar acerca de aquellos temas con ella. Se armó de valor.

-Si-Miró a su hermana, quién le correspondía, clavando sus ojos en él. Tembló un poco-…Dejar de ser sombras en la sociedad.

Amalea abrió los ojos ligeramente. No esperaba esa respuesta, pero no se atrevió a interrumpirle. Siguió mirándole, esperando una respuesta más concisa, sin necesidad de pedírselo con palabras.

Lovino entendió su postura

-…¿No te has sentido alguna vez completamente miserable…Solamente por tu propia existencia? ¿Una carga para todos los que te rodean?...Quizás eso es lo que me ha pasado a mí toda la vida-Río ligeramente, a pesar de que aquello no tuviera nada de gracioso-Pero…Sigues manteniendo la esperanza de que, quizás algún día alguien…Valore de verdad lo que eres, y pases a ser algo realmente importante para alguien, aunque solo sea una persona-Alzó la vista al cielo nublado, que parecía que iba a quebrarse en cualquier momento, y verter su contenido furiosamente sobre la Tierra-…Pero luego te das cuenta de que no es suficiente. De que todos se van, nadie se queda a tu lado para siempre y buscas de forma desesperada algo que te haga aferrarte a la miserable vida que has llevado siempre y…Y…

Amalea siguió impávida, mirando a su hermano, quién de repente parecía haberse hundido en sus propios recuerdos, en sus propias emociones, con tan solo haber recordado el propósito de la URSS. Con tan solo haber recordado el motivo por el cual se había unido a ese grupo.

Siempre supo que los motivos por los que se había unido a la URSS estaban vagamente relacionados con Antonio de alguna forma, pero nunca imaginó hasta qué punto lo estaban.

-… ¿Sois unos desesperados que solo buscan un motivo para vivir?

Lovino quedó callado, asintiendo varios segundos después.

-Entiendo-Murmuró, bajando la cabeza, perdida en sus pensamientos. Quizás la bajó porque realmente había puesto una expresión triste que no quería que nadie viera. Era una de las pocas cosas que tenía en común con el mayor de los Vargas, a pesar de su distante relación fraternal, aunque ni uno ni otro lo reconociera. No les gustaba parecer débiles ante nadie.

Lovino suspiró, acicalando su pelo hacia atrás y comenzando a caminar por delante de su hermana, mientras ésta seguía con la cabeza gacha, sin mirar realmente a nada. Ni si quiera le bastó mirar a Lovino para saber que se estaba marchando, dejándola sola, sola otra vez. Siempre había hecho eso, desde que eran pequeños.

Huir, siempre huía cuando no era capaz de enfrentarse a una situación. Siempre había sido un maldito cobarde, alguien incapaz de plantar cara a nadie. O eso pensaba ella hasta aquel día.

"¡Ni se te ocurra tocar a mi hermana cabrón!...¡Nadie la toca! ¡NADIE! ¿¡Te enteras!? ¡Es MI hermana!"

Después de todo, la había defendido de ser asesinada por Ivan, y por eso, quizás no fuera valentía lo que realmente le hacía falta a su hermano, sino…

-¡Lovino!-Corrió hacia él, y agarró la muñeca de su hermano con fuerza, haciendo que éste se parara al instante de sentir el contacto de su hermana obligándole a detenerse. Podría haber apartado la mano, haber seguido caminando, encerrarse en su cuarto a cal y canto y no salir, más, no lo hizo. Quedó parado en medio de la calle, mientras unos y otros correteaban a su alrededor, pululando a través de las tiendas, resguardándose en ellas debido a las pequeñas gotas de lluvia que habían comenzado a caer del cielo. Solos Lovino y ella, quietos en medio de la muchedumbre, sin nada que decir, pero con demasiado que hablar, por muy sin sentido que aquella palabra pudiera sonar a oídos de alguien cuerdo-Lovino…

No dijo nada.

-…Si realmente necesitas a alguien que te de esperanza, yo…Podría serlo-Bajó la cabeza y apretó el agarre con el que mantenía quieto a su hermano-Por eso…Por eso…No vuelvas…A la URSS-Su voz se quebró un instante, al mismo tiempo que los ojos de Lovino comenzaron a brillar, y no precisamente por las luces de colores-…No me dejes sola…

La verdad, ni él mismo pudo entender a qué vino eso último. Quizás era a eso mismo que había pensado con anterioridad: Amalea nunca había tenido amigos, y de repente se vio completamente rodeada de ellos, y sin embargo, a pesar de ello, ¿Pudiera ser que aún hubiera un resquicio de soledad dentro de ella? Sí, podría serlo.

Él no entendía mucho sobre sentimientos, aunque él y su hermana pudieran compartir los mismos pensamientos y emociones. Tampoco entendió porque enlazó su mano con la de su hermana en aquel momento.

Solo entendió que necesitaba hacerlo.

-No estás sola, Lea-Le contestó, sonriendo levemente como pocas veces-No estás sola.


La lluvia pilló a Gretchen de medio camino hasta su casa, calándola por completo. No sintió ánimos en coger un autobús que la acercase a su barrio, o simplemente, ni si quiera se planteó el resguardarse de la lluvia en algún lugar cubierto.

Solo erraba por las calles, sin ningún lugar al que ir. Sintiéndose tan efímera y común como el resto de las las gotas de lluvia que transpiraban por su vestido rosa chillón.

No supo cuando llegó frente a aquel edificio gris que tan malos recuerdos le traía, y en el que había pasado cinco años en la secundaria. Lo miró, sintiendo que el tiempo había pasado demasiado despacio para ella y, a la vez, demasiado deprisa. No podía explicarlo, era una sensación de nostalgia y repulsión que se mezclaban para confundir su mente de una forma retorcida.

Su antiguo instituto se alzaba ante ella, tan triste y esplendoroso como la primera vez que lo vio.

Y tan sombrío y vacío como la última vez que lo pisó.

-Hey…Estoy aquí de nuevo-Dijo en voz baja, fijando sus orbes verdes en aquel edificio. Una lágrima bajó por su mejilla, al mismo tiempo que sus labios temblaban. Su rabia e impotencia vibraban nerviosas a través de los poros de su piel, y se hacían eco entre las paredes de su cuerpo-Al final habéis ganado todos, eh…Sigo siendo una fracasada. Sigo llorando todavía, no he dejado de hacerlo…

"¡SACÁDME DE AQUÍ!"

-Sigo teniendo miedo.

"¡SOCORRO!"

-Y sigo esperando la muerte.

"…Por favor…Señor…Lle-llévame contigo…"

-Quizás todos tenían razón al decir que no sería más que una fracasada que acabaría trabajando en una esquina…-Murmuró, aun mirando al edificio, sin capar de sentir el viento que mecía sus cabellos y que hacía que el agua de la lluvia se tornara más congelada-…¿E-Era eso lo que queríais, eh?...¿¡Era eso!?-Gritó, hastiada. La gente que pasaba por su lado comenzó a mirarla-¡Lo habéis conseguido! ¡Soy una fracasada, un fracaso de ser humano que no merece vivir! ¿¡Era eso lo que queríais!? ¿¡EH!? ¿¡ERA ESO!?

Silencio. Nadie contestó a sus preguntas. Nadie que conociera la respuesta se encontraba allí.

Todos seguían haciendo su vida, mirando hacia al futuro, mientras ella, inevitablemente, seguía anclada en el pasado.

La rubia captó la atención de varios transeúntes, que pasaban corriendo hacia sus hogares, huyendo del violento viento y su fría lluvia. Para ellos, aquella muchacha no era más que una pobre diablo que había perdido la cordura.

Quizás realmente ya la hubiera perdido antes. Hace dos años, al encerrarse en una habitación al sentir que todos sus traumas la superaban.

Y lloró. Lloró mientras iba dejando su antiguo instituto atrás, sintiendo la misma pena que años atrás corrió por sus venas cuando la sacaron de allí en aquella camilla, siendo mirada por todos como ahora mismo lo era por la gente, por la sociedad.

Como a una completa tarada.


-No voy a poder ir mañana…Lo siento viejo-Amalea suspiró, sosteniendo el teléfono con el hombro, pegado a la oreja, mientras hacía los deberes. Oyó un bufido al otro lado de la línea, y se maldijo a sí misma una vez más, sintiéndose culpable por no poder ir a visitar al hospital a su amigo Aras.

-¿Qué ha pasado, pequeñaja?-Preguntó, un poco hastiado por aquello-¿Por qué se supone que no puedes venir a visitarme?

-Mañana estoy castigada-Bufó y se dejó caer sobre la mesa, hundiendo la cabeza sobre ésta y cubriéndola con sus brazos-¡Y deja ya de bufar tanto, hombre!

-Lo siento, lo siento…-Se disculpó riendo un poco, aunque en su tono de voz podía notársele una leve molestia- Sabes que siempre espero fervientemente nuestros días, no me gusta estar solo… ¿Qué has hecho?

La italiana frunció el ceño. ¿Acaso creía que a ella le gustaba la idea de no irlo a ver?

-Nada, no he hecho nada. Solo he estado en el lugar equivocado en el momento equivocado, y ya.

Hubo un breve silencio. Aquella respuesta no pareció convencer al pobre viejo.

Amalea bufó.

-¡De verdad, cojones!-Protestó, sintiendo una vena empezando a hincharse en su cuello-¡No he hecho nada!

-Vale, vale, está bien-Suspiró y quedó varios segundos en silencio, sin saber muy bien que decir. Normalmente hubiera bromeado acerca de aquella situación, era demasiado bromista. Demasiado, según la italiana más, aquel buen humor siempre conseguía sacarle unas risas a la pobre chiquilla cuando más lo necesitaba…Pero Aras no estaba de humor. Llevaba varios días sin estarlo, solo que la italiana no lo sabía-…Lea…

-¿Qué pasa?

-… ¿Yo te importo?

La menor alzó una ceja. ¿Acaso era tonto?

-…¿Tú eres tonto?-Bufó, haciendo hincapié a lo que había pensado anteriormente-¡Pues claro que me importas! Si no me importaras no iría a visitarte todos los viernes y sábados, ceporro, que eres un ceporro.

El anciano soltó unas risillas, acompañadas de una ligera tos que pasó desapercibida, pero no para Amalea. Se mordió el labio.

-Hey, viejo-Lo llamó-¿Estás tomándote la medicina?

-Sí.

-¿Qué has comido hoy?

-Sopa de picadillo y ...Ensaladilla rusa.

-¡Aras!-Protestó-No te saltes la dieta por donde te salga de los cojones, joder.

-¿Qué?-Protestó también, como si fuera un niño pequeño- ¡Me apetecía! Y la enfermera fue muy amable al traérmelo...

La italiana suspiró, dándose por vencida. Era peor que un bebé.

-Amalea, escucha…

La italiana oyó otra voz a parte de Aras a través del auricular. Su abuelo llevaba ya un rato llamándola para cenar y Feliciano había empezado a golpear a su puerta. Bufó levemente, pero al oír la palabra pizza casera no pudo evitar que una leve sonrisa asomara a su rostro y se relamiera involuntariamente.

-Oye viejo, me llaman para cenar-Le dice, cortando las palabras de Aras-Hablamos mañana ¿Vale?

-De…De acuerdo, Lea. Hablamos mañana.

-Buenas noches Aras-Murmura la castaña, sonriendo levemente.

Hubo un breve silencio.

-…Buenas noches, Lea.


El día siguiente llegó para muchos, empezando como siempre a la salida del alba, cuando todas las radios se sintonizaban para dar los buenos días con los chistes de sus locutores, cuando las madres levantaban a los hijos más dormilones, cuando todos los despertadores se sincronizaban para despertar a todos los madrugadores…

Menos el de Victoria. El de Victoria esa mañana no sonó.

-¡Mierda!-Maldijo al ver la hora y se dispuso a vestirse a todo correr, mientras se llevaba alguna que otra rodaja de pan a la boca-¿¡Cómo diablos no me ha sonado el despertador, si lo pongo todas las noches antes de...

No pudo acabar la frase, cayó al suelo de un batacazo.

-A-Ah…Ma Dieu…-Reprimió una maldición y se giró hacia atrás, para conocer la causa de su tropiezo. Una botella. Una botella que anoche no estaba allí-…Así que ya ha vuelto-Murmuró, levantándose lentamente, olvidándose de su retraso. Suspiró pesadamente, arrastrando los pies y encontrándose con la mirada perdida de su padre en el televisor, vistiendo traje y corbata, ahora arrojada por los suelos en vez de bien puesta en su grueso cuello.

Su progenitor movió la cabeza, encontrándose con su única hija, a la niña de sus ojos.

A la niña a la que no sabía que estaba destruyendo por dentro cada día más.

-Cariño…-Sonrió débilmente mientras desviaba hacia un maletín que se encontraba arrojado en el suelo-Ayer envié varios curriculum por la zona oeste…Estuve toda la tarde así, probando suerte en varios locales. Quizás esta vez sea la definitiva.

-¿Toda la tarde solo buscando trabajo?-Alzó una ceja, fijando su vista en la botella de ron medio vacía que agarraba con la mano derecha.

-S-Si…¿Por qué lo preguntas? Pequeña.

Victoria desvió la mirada, afligida.

-…Por nada-Intentó controlar las lágrimas que se acumularon en sus ojos por la rabia contenida, pero solo atinó a despedirse de su padre con un gesto y a limpiarse las lágrimas con la manga de su chaqueta una vez lo tuvo fuera de vista. Corrió hacia la puerta, cogiendo su mochila en donde la había dejado, preparada para salir a la calle y olvidar como todos los días, el panorama que en su casa se hallaba.

-¡Espera!-Gritó una voz dulce al otro lado del pasillo. La morena se encontró con los ojos azules de su madre, quién corría hacia ella, apoyándose en las paredes y caminando con dificultad. Aún a pesar de aquello sonreía dulcemente y, una vez llegó hasta donde su hija, besó su frente y le entregó una carta en las manos-Ten.

-Mamá, no deberías salir de la cama en tu estado-Murmuró mientras contemplaba la carta-¿Qué es?

-Es una carta explicando el motivo por el que no puedo ir a ver a tu profesor hoy…-Suspiró, acariciando la mejilla de su hija-Le he dejado mi número de teléfono para que al menos podamos hablar por ahí acerca de tu…Comportamiento-Frunció el ceño, mientras Victoria bajaba la cabeza-Ya hablaremos tú y yo, jovencita.

La menor asintió, sintiendo un deje de culpabilidad en el pecho y abrazó a su madre con cariño, hundiendo la cabeza en su pecho.

-…¿Cómo estás?-Preguntó, de repente. Aquella pregunta sorprendió a su madre.

-Mejor que ayer, hija…-Contestó, con la voz suave y tranquila, tal y como en los viejos tiempos-¿Te he preocupado demasiado?

La sureña desvió la mirada, aún abrazada a ella, evitando cruzarla con sus brillantes ojos azules. Asintió finalmente, contestando así a la pregunta anterior de su madre.

-…Pero también…-Disminuyó el tono de su voz, estrechando a su madre aún con un poco más de fuerza-…Pero también me preocupa papá.

Ambas guardaron silencio, mientras el sonido de la ciudad despertándose hacía de fondo entre ellas. Finalmente la madre se separó de ella, apoyando sus manos sobre los hombros de la menos, sonriendo débilmente, intentando aparentar normalidad, aún si el brillo alegre de sus ojos que los había adornado durante años, ahora se mostrara mucho más opaco.

-Todo se arreglará-Contestó finalmente.

-…¿Cómo?

-De alguna forma.

-¿¡Pero có…!?

-Confía en mi-Cortó a la sureña, dándole un suave beso en la punta de su nariz-Hablaré con él. Solo…Dame tiempo-Suspiró- Y ahora vete, que llegas tarde.

Los ojos de Victoria se abrieron como platos.

-¡Mierda, el autobús!-Salió disparada por las escaleras-¡Adiós mamá, nos vemos a la hora de cenar!-Corrió por las escaleras como la salación, dejando a su madre y el edificio donde residía atrás, mandando a la mierda a sus necesidades básicas, las cuales le rogaban una pizca de aire que llevarse a los pulmones más, hizo caso omiso de sus peticiones.

Llegó en cinco minutos juntos a la parada.

Y justo dos segundos antes acababa de salir el autobús.

-¡Ah no, eso sí que no!-Chilló, ante la mirada extrañada de varios desconocidos que se encontraban allí, esperando a sus respectivos autobuses. Echó a correr tras su correspondiente autobús, que todavía no había alcanzado su máxima velocidad, y lo alcanzó en breves, cruzando su mirada furiosa con la del conductor que le dedicaba un gesto desdeñoso todos los días.

-¡Pare el maldito autobús!

Y el conductor paró. Hastiado.

…Y no era porque la sureña diera miedo cuando se enojaba, claro que no.

-…Te…T-Ten…Teng…Tenga…-Dijo entre jadeos, dejando el dinero sobre el cajero del conductor, mientras este la miraba, completamente extrañado. La sureña había obedecido, al fin, a sus necesidades básicas, sintiendo el ahogo y la necesidad de respirar aire, aunque no fuera de lo más puro. Caminó arrastrando los pies hasta sentarse en un asiento, hundiendo la cabeza en el respaldo y siendo mecida por el traqueteo del autobús en marcha, intentó dormirse.

Intentó.

-…Has visto a la negra esa…-Murmuró una chica a una amiga suya que se encontraba al lado, unos asientos más atrás de Victoria-Qué patética.

-Patética.

Patética.

El rostro de Victoria se ensombreció, y su corazón de fragmentó otro poquito más, pero no dijo nada, no fue capaz de arrebatarles nada. No tenía argumentos. Era verdad, después de todo: Era patética. Y tenía una vida patética, sueños patéticos, y una familia triste muy cercana a lo patético e inexistente.

Su color también la hacía patética a través de los ojos de la sociedad.

Suspiró y se limpió de nuevo las lágrimas con la manga de su chaqueta, y rebuscó en los bolsillos de esta, buscando algo en concreto. Después de un rato, consiguió encontrar sus tapones para los oídos, colocándose uno en cada oído para no oír ninguna palabra o verdad hiriente que pudiera destrozarla aún más.

-Siempre igual…-Murmuró muy bajito, al tiempo que iba reconociendo parada y parada, preparándose para bajar en la suya y correr hasta su instituto para no llegar tarde a su primera clase.

Y tenía biología. Y con Heracles.

Bufó, visiblemente molesta y bajó del autobús una vez hubo llegado a su parada, quitándose los tapones de sus oídos. Como todos los días, bajó unas escaleras para llegar hasta la calle principal; Como todos los días, acarició a un pequeño perrito abandonado que caminaba sin rumbo por las calles de la ciudad; Como todos los días, pasó frente a un pequeño encino que había plantado por una calle poco concurrida, desviando su mirada hacia sus hojas verdes, perennes y brillantes y…

Y…¿Quién era el que se hallaba bajo las hojas del encino?

Era más ¿Por qué la estaba mirando?

-¡Anda! Así que ¿Tú coges también este camino?-Preguntó Vladimir, dejando de apoyarse en el árbol y yendo hacia la sureña, quién alzó una ceja-¿No es un árbol genial?

-¿Vladimir?-Preguntó la sureña, algo confusa. Ayer mismo se lo había encontrado por casualidad pero…¿Otra vez? Aquello ya era demasiado, incluso si vivía por aquella zona-¿Qué haces aquí?

-Ya te lo dije ayer, vivo por aquí, y siempre tomo este camino…¿Hay algo de malo?

La morena pareció pensárselo unos segundos, algo confunda. Acabó negando con la cabeza, ganándose una sonrisa del rumano.

-Pues eso-Suspiró, caminando hacia delante y mirando hacia atrás, donde Victoria se encontraba, aún parada-¿Vienes o qué?

Ella asintió, corriendo detrás de él, sintiéndose un poco estúpida al no saber que decir en aquel momento. Se suponía que ella era una charlatana alegre y sin remedio, pero aquella mañana no encontraba las palabras adecuadas para ninguna situación, ni para ninguna persona. Se había levantado con el pie izquierdo, su padre había vuelto a casa borracho de nuevo, su madre seguía enferma, su autobús casi la deja en tierra, dos idiotas la llamaron patética y ahora…Aquello.

Incluso las personas más alegres podían llegar a tener un límite.

-Bueeeeno…-Comenzó Vladimir, estirándose como un gatito-¿Qué dijeron tus padres acerca de lo de Edelstein?...A mí, mi abuela me mandó a limpiarle toda la tienda, de arriba abajo. Y por si fuera poco, me dejó sin postre…¡Sin postre!

Victoria no pudo evitar reír ante aquello. Él hizo un mohín ¡Aquello era algo muy serio!

-Vaya…Pobre-Sonrió levemente, reprimiendo una carcajada-Y…Bueno, mis padres no han dicho mucho al respecto. Supongo…Que me castigarán.

Vladimir alzó una ceja.

-¿Supones…?

-S-Sí, supongo.

Hubo otro silencio.

-¿Entonces quién de los dos va a ir a hablar con Edelstein?-Le preguntó Vladimir de nuevo, un tanto extrañado por las respuestas tan extrañas, a su ver, de la sureña.

Y la curiosidad mató al gato, pero ¡Él no tenía por qué temer! Era un excelente mago negro…Aunque eso no tuviera mucho que ver con su curiosidad desmedida.

De todos modos, él lo relacionaba igual.

-Ninguno-Contestó, simple y llanamente. El rumano se le quedó mirando, esperando una respuesta más concisa y ella suspiró-Mi padre trabaja y mi madre está enferma.

-¿Muy enferma?

Calló.

-…Probablemente-Desvió la mirada, intentando tener el menor contacto directo con el rumano. Estaba probando su propia medicina: La de la pesadez. Carraspeó-…¿Y tú qué? ¿No…Van a ir tus padres a hablar con Edelstein?

-No, irá mi abuela en su lugar-Contestó él, algo…Incómodo.

-¿Tienen mucho trabajo?-Preguntó ella, más bien por preguntar y diluir el tema de la enfermedad de su madre.

Más silencio.

-…Bueno, mi…Mi madre murió cuando yo tenía cinco años y…No sé si quiera donde está mi padre, así que… Irá mi abuela en su lugar.

Mierda.

Victoria se paró de repente, fijando sus orbes castañas en las carmesí del rumano. De su boca escapó algo parecido a un resoplido lastimero y se la tapó enseguida, sintiéndose completamente estúpida y miserable en aquel momento. ¿¡Cómo no había podido contemplar esa opción desde un primer momento!? Quizás no fuera obvia pero podría habérselo imaginado al menos.

Se maldijo varias veces, mientras Vladimir sonreía débilmente.

-L-Lo siento muchísimo…E-Es que yo…No sabía y bueno ya sabes que a veces me voy siempre de la lengua, porque yo no soy de esas que piensan las cosas, bueno si, si las pienso pero cuando estoy tristona no porque hoy casi pierdo el autobús, y me he peleado un poquito con mi padre y me he encontrado contigo así, de repente y bueno, pues no sabía muy bien de que podíamos hablar y…-Calló, siento cortada por el dedo meñique del rumano, a quién le temblaban los labios, conteniendo la risa.

-Va, va…No pasa nada, mujer, no me molesta-Dejó escapar una risilla nerviosa-…Menuda vida llevamos…¿No crees?

Ella sonrió y asintió con la cabeza, mientras Vladimir la cogió del brazo, espabilándola y haciéndola caminar junto a él.

-¡Vamos!

Obedeció, comenzando a caminar hacia la academia W, olvidando aquel asunto que, de alguna forma, los había unido misteriosamente, y empezaron a hablar, simplemente, de cosas triviales y sin sentido.

Como por ejemplo, el porqué de que Arthur tuviera siempre tanto pelo entre las cejas.


Roderich Edelstein, un profesor donde los haya, conocido por su carácter sereno y paciencia limitada, se removía nervioso en el asiento de cuero de su despacho, mientras miraba la hora en su reloj de muñeca una y otra vez. Bufó al oír el timbre de la puerta principal de W, que tenía un sonido tan estruendoso, que inclusive se oía desde su despacho. No tuvo más remedio que taparse los oídos con ambas manos.

-Maldición…-Maldijo por lo bajo, mientras se levantaba a abrir la puerta.

A esa hora, había citado a los padres de sus alumnos, para que se reunieran con él y, así, poder hablar del inadmisible comportamiento que estos mismos habían tenido horas atrás en el centro. Pensaba ser franco y directo, no se andaría con rodeos. Su tiempo era demasiado preciado como para perderlo en tales asuntos, y lo mejor era actuar rápido para que otra vez aquello no diera a lugar.

Suspiró, abriendo la puerta y esperando frente a ella para recibir a los padres de los alumnos. Sintió un breve cosquilleo al recordar que se las vería con los padres de él en apenas unos minutos. No los recordaba muy bien, los había visto pocas veces, y nunca había interactuado con ellos. Sin embargo…Aquello no le daba buena espina.

Era como volver a tener diecinueve años.

Se obligó a sonreír cuando divisó a los mayores acercarse hacia su puerta en grupo. Él también se acercó a recibirles con su más ensayada sonrisa pacífica, intentando transmitir serenidad y confianza, y no todo lo contrario. Él era un profesional, un docente que, a pesar de solamente llevar cuatro años en la enseñanza, había logrado más cosas y puesto en cintura a más alumnos que otros muchos profesores que llevaran décadas haciendo lo mismo que él.

Él era todo un profesional, sí señor.

-Bienvenidos señores, mi nombre es Roderich Edelstein, siento haberles hecho venir con tan poco tiempo, pero era necesario hablar sobre el comportamiento de sus hijos lo más pronto po…-Quedó estático, paralizado por unos instantes. Solo había sido mirar un instante, un solo instante, para fijarse de nuevo en aquellos dos grandes ojos verdes que años atrás, lo habían cautivado de una forma retorcida. Seguía llevando el cabello cortado de la misma forma y, a pesar de que en su rostro pudiera apreciarse los signos de una persona adulta, aún poseía aquella mueca de fastidio que siempre llevaba dibujada en su rostro. Él seguía siendo y a la vez no, la misma persona-…Posible.

Fue como volver al pasado. Fue como volver a conocer a Vash Zwingli.

Y para el rubio también fue sentir aquella misma sensación.


-Siéntese, por favor-Le indicó el austriaco al suizo mientras este aceptaba su propuesta y se sentaba en la silla que había en frente de él. Ambos se miraron nerviosos, aquello era demasiado incómodo para ambos, aunque ninguno de los dos quisiera aparentarlo. Siempre fueron muy orgullosos-…Bueno…

-¿Qué haces tú aquí?

La pregunta pilló por sorpresa al austriaco. Hubiera esperado de él aquella misma falsa indiferencia por parte del menor más, no lo hizo. Fue directo al grano, sin miramiento alguno.

Quizás, después de todo, no solo fue su apariencia física la que había cambiado.

-…Siempre quise ser profesor-Contestó, haciendo uso de su valentía y clavando sus ojos violáceos en los verdes del menor-…Y ya que mi estadía en W acabó de la…Peor forma posible quise devolverle mi gratitud…Volviendo aquí para enseñar a las jóvenes promesas. Supongo que se lo debía a…A ella.

Vash frunció el ceño.

-Ella está muerta, Roderich-La voz de Vash tembló ligeramente al nombrarla a ella después de tanto tiempo. Después de todo, fue ella la que los unió a ambos, a Gilbert y Elizabeta, la que nos hizo inseparables.

Pero todo acaba, al igual que la amistad, el amor, o incluso la esperanza de vida de una persona.

La de ella acabó con dieciséis años.

-¿T-Te crees que no lo sé-Contestó, alzando un poco la voz, sin poder contenerse-…Su muerte me dolió tanto como a ti. Pero ella me odiaba, así que no…

-Jeanne nunca te odió, Roderich. Nunca lo hizo…Ella nunca fue capaz de odiar a nadie-Murmuró Vash, bajando la mirada-…Fuiste tú el que te inventaste tu propia película, pensando cosas que no eran…Como…

-Ya basta, Vash-Concluyó el mayor con una mueca de tristeza en su rostro. Aquello era agua pasada y, si tenía que reconocerlo, a pesar de todos los años, aún no lo había superado, y para él lo mejor era dejarlo correr, o al menos intentarlo. Así dolería menos-…Aquello fue hace ocho años, y no te he citado aquí para hablar de ello…Sino para hablar sobre tu hermana.

Silencio. Se hizo un silencio tenso sobre ambos, mientras ambos clavaban su mirada sobre la del otro. El rubio suspiró, asintiendo con la cabeza y dándole la razón al mayor, quién desvió la mirada por un momento, intentando mantener la compostura.

No debía perder los papeles delante de Zwingli.

No debía dejarse llevar por sus viejas emociones.

-…Tienes razón-Habló por fin el rubio, suspirando levemente-Según lo que me dijo una profesora ayer por teléfono, Gretchen estuvo metida en una pelea.

-Así es-Asintió, volviendo a fruncir el ceño-No participó abiertamente pero…Sí que estuvo allí, y sí que estuvo levemente involucrada, y como comprenderás, yo no puedo tolerar algo así entre mis alumnos.

Vash suspiró, escuchando cuanto Roderich tenía que decirle al respecto de los acontecimientos sucedidos el día anterior. Fue frunciendo progresivamente el ceño hasta que hundió la cabeza entre sus manos, imaginándose a su pobre hermanita envuelta en asuntos de aquella índole como aquel.

Aunque obviamente, también se había ganado un severo castigo.

-Hablaré con ella-Concluyó el suizo, levemente hastiado-…Y la castigaré, no te preocupes. La tendré vigilada, aunque sea complicado dado que yo trabajo casi todo el día…Pero lo haré, de alguna forma. No te preocupes.

Roderich alzó una ceja, algo confuso.

-Eso me recuerda…¿Qué haces tú aquí?-Preguntó, carraspeando al instante al ver que no había sido demasiado claro-Es decir…Yo llamé a los tutores legales de Gretchen, a sus padres, no a su hermano mayor.

-Sí, es verdad pero…Ahora yo soy el tutor legal de Gretchen-Explicó Vash, con un leve suspiro entre sus palabras-…Mi abuela Arabelle murió hace dos años, y dado que mi abuelo no puede valerse por sí mismo, mis padres se mudaron a Suiza para cuidar de él. Él no quería abandonar la tierra en la que había nacido, así que…Fueron mis padres quienes tuvieron que abandonar la suya.

Roderich abrió ligeramente los ojos. Sí que recordaba haber oído antes hablar sobre aquella mujer en algún momento de su vida pasada de escuela con él, sí… Vash adoraba a su abuela, ella le enseñó el buen arte de la cocina desde que era un niño. Se metió de lleno en el arte de la repostería por ella, pero ahora…

-Lo siento-Atinó a decir, con un deje de culpabilidad en el rostro-No lo sabía…

-No importa-Dijo levantándose de la silla, al tiempo que Roderich hacía lo propio, siguiéndole hacia la puerta-No hay porque sentir nada. Las cosas son como son, no hay porqué lamentarse de las cosas que ya han pasado…

¿No había porqué lamentarse?

Roderich se quedó mirando unos instantes al suizo, mientras este le devolvía la mirada, algo cohibido. Quería irse, pero a la vez, algo le impulsaba a quedarse a su lado. Quizás el recuerdo de aquella extraña…Relación, que habían mantenido hacía años, cuando aún no eran más que unos adolescentes alocados que no comprendían el verdadero significado de la vida adulta, los problemas que ésta contraía. Cuando aún eran jóvenes, inexpertos e ignorantes acerca de muchas cosas.

El tiempo había pasado, los errores aún seguían ahí, haciéndoles daño a ambos.

Aun así, ¿Podían ser retirados a un segundo plano y pasar página para llegar a poder vivir algo más bueno? ¿Obtener un presente y un futuro mejor?

-…Espera-Murmuró Roderich mientras alcanzaba la muñeca del menor, parándole antes de que abriera la puerta de su despacho. Él no se movió, el castaño tampoco lo hizo durante unos breves momentos. Lo giró hacia él con un suave movimiento, sin usar a penas fuerza. Vash podría haberle apartado de una patada, Roderich podría haberle dejado marchar, ninguno de los dos quería volver a un pasado que tanto dolor les había causado más…Si querían construir un futuro que les hiciera olvidar todo lo malo.

El mayor se fue acercando progresivamente al rubio, hasta estar a unos centímetros de su rostro, y besó su mejilla con suavidad, durante unos segundos, mientras Vash quedaba estático, inmóvil, y con un fuerte sonrojo en sus mejillas que, a pesar de sus esfuerzos, no logró ocultar.

Maldito fuera su cuerpo, que tenía que mostrar cosas que no quería mostrar.

…¡Y maldita fuera su suerte! ¡Le tuvo que dar un maldito beso en la mejilla en vez de en otro lado!

Ninguno de los dos dijo nada. Solamente Roderich sonrió levemente al ver el sonrojo del menor, quién acto seguido, salió a paso ligero del despacho, sin dirigir una mísera mirada de cortesía a los demás padres y tutores legales de los demás alumnos, maldiciéndose a sí mismo por haberse dejado besar, y por haber querido realmente volver a probar el sabor de sus malditos labios austriacos.

Como ocho años atrás.


Al finalizar las clases, como casi todos los días, Gretchen era recogida por su hermano para salir de la academia W, rumbo a su casa. Había días más ocupados que otros, por eso no siempre Vash podía ir a recogerla. Tenía que ingeniárselas para poder llegar a fin de mes de alguna forma, y el dinero que sus padres le enviaban desde Suiza, solo alcanzaba para pagar los gastos del piso y la comida. Su negocio, por otra parte, también requería de bastantes gastos respecto a los ingredientes, el mantenimiento, la luz, el gas…Todo eso no era barato y debía pagarlo él, por lo que se mataba a trabajar todos los días sin excepción.

Sin embargo, aquel día, extrañamente, cerró la tienda por la tarde por razones desconocidas.

-Vash está muy raro…-Murmuró Elizabeta mientras daba otro sorbo a su taza de café, y apoyaba los codos sobre la mesa de la cocina. Había venido a preguntar acerca de su reunión con el profesor de Gretchen, pero el rubio no le había contestado al teléfono. Llegó a su casa, y lo primero que se encontró fue a Gretchen, aún más taciturna, quieta y callada de lo normal y a un Vash que lo primero que había hecho había sido encerrarse en su habitación, sin querer hablar con nadie. Aquello a la húngara le daba mala espina-…¿Sabes qué le pasa?

Gretchen negó con la cabeza.

-Y tú también estás muy rara…¿Se puede saber qué os pasa?...-No vio respuesta por parte de la rubia, solamente hundió aún más la cabeza, hasta apoyarla contra la mesa. Suspiró-…Madre mía, sois tal para cual. Tan reservados…

En ese instante, el teléfono de la castaña sonó, cortando aquel diálogo, por llamarlo de alguna forma, una vez ella contestó al teléfono.

Y por la sonrisilla que se formó en sus labios en aquel momento, solo podía tratarse del albino narcisista.

-¡Gil!-Y Gretchen no se equivocaba. La húngara exclamó su nombre en un tono alegre mientras iba frunciendo progresivamente el ceño-Anoche no me llamaste, y me lo prometiste…¿Cómo que vas a volver antes de Alemania?...Dame una explica…¡Gilbert Beilschmidt, no empieces a guardarte cosas o te juro que te doy un sartenazo!-Aquello hizo que Gretchen volviera al mundo real por unos instantes y, no, no era el hecho de que Elizabeta ya hubiera dado sartenazos anteriormente, no, no era el tono de voz con el que ahora mismo estaban hablando por teléfono, ellos siempre habían sido de un registro demasiado alto, no…Era el nombre de Gilbert. Con todo el follón del día anterior, la pelea con sus amigos, la reunión de su profesor con su hermano…Había olvidado que en la habitación secreta había encontrado una caja de metal con el nombre de Gilbert.

Aquella habitación había sido tapiada, y luego cubierta con una taquilla que actuaba a modo de puerta. Y no era probable que hubiera muchos Gilbert Beilschmidt en aquella ciudad así que…

¿Qué hacía una caja de Gilbert en la habitación secreta?

-Eli-La llamó la rubia mientras Eli hablaba a gritos con su novio-…Me gustaría hablar con Gilbert un momento…¿Me lo puedes pasar?

-Oh, por supuesto, espera-Le contestó amablemente mientras volvía a pegarse el auricular a la oreja-¡Patatero, Gretchen quiere hablar contigo! Te la paso-Dijo, cediéndole su teléfono móvil-Yo mientras voy a ver si puedo hablar con tu hermano, Gretchen…

La menor se puso al teléfono, oyendo la voz estruendosa del narcisista al instante.

-¡Hola Gretchen!-Saludó o, más bien chilló alegremente-¿¡Qué tal te van los estudios!? He oído que has ido a W ¿Sabes? Yo también fui allí. Y ya sabes, si tienes otra vez problemas con tus compañeros, el grandioso yo irá y los pondrá a todos en su sitio, kesesesese…

Sonrió levemente. Gilbert, su hermano y Elizabeta fueron los que más la apoyaron cuando tuvo problemas dos años atrás, y siempre les estaría eternamente agradecida por ello. Aunque no pudo evitar fruncir levemente el ceño al percatarse de lo que anteriormente había dicho Gilbert.

-¿Estudiaste en W?

-¡Sí, por supuesto! Junto con tu hermano y Eli. Allí nos conocimos…¿Por qué?

Abrió un poco los ojos, sorprendiéndose un poco por aquello. ¿Así que ellos tres se habían conocido allí? Desconocía completamente aquel detalle lejos de ser algo sin importancia.

Se dio valor a sí misma para poder contestarle.

-…Ayer encontré una cosa que…Creo que era tuya-Murmuró, aunque fue lo suficientemente fuerte como para que Gilbert pudiera escucharla. Al ver que este no decía nada siguió hablando-…Una caja de metal en la que ponía tu nombre.

Hubo un breve silencio.

-…¿Dónde la encontraste?

-En un aula.

-Es imposible que la hayas encontrado en un aula común-Dijo, extrañamente sin gritar o sobresaltarse. Su voz se había tornado algo más seria y eso a Gretchen la preocupó levemente-…Oye…Tú…

El mayor quedó callado, mientras que Gretchen, al otro lado, esperaba impaciente lo que el narcisista tenía que decirle respecto a ese tema. No era usual que Gilbert se comportara de aquella forma, y sentía que algo más oscuro se escondía detrás de todo aquello.

Lo sintió la primera vez que encontró la caja de metal. Supuso que no se equivocaba.

-…¿Conoces algo o has oído hablar de un antiguo Club llamado…Héroes del Silencio?

Gretchen abrió los ojos desmesuradamente.

-…Sí-Contestó simplemente, con un ligero temblor en la voz-…¿Por qué?

Gilbert sonrió al otro lado de la línea, para desconcierto de Gretchen.

-Fácil…-Dijo, con un leve asomo de su típico tono burlón-…Porque ocho años atrás…Yo pertenecí a ese Club.


Notillas: Si amores, lo que habéis leído, hohoho. Y no pienso decir nada de nada xDDD En fin, para el que se haya dado cuenta, la Jeanne de la que hablaban Vash y Rode es Juana de Arco ¿Vale? Ella tiene mucha importancia en la historia, más de la que os imagináis. Es una de los personajes a los que más ganas tenía de mencionar en esta historia y…Aish, que a gusto me he quedado. Siento otra vez el retraso, pero ya sabéis, estudios, y cosas varias. A parte de esto…¡Feliz año nuevo atrasado! Vosotros me perdonáis por ser tan lenta ¿Verdad? En fin…

Y ahora, a contestar a los reviews anónimos:

Nina22: Muchas gracias por decir que te encanta mi fic xD sé que soy lenta, pero aunque veas que tardo mucho en publicar que sepas que no pienso dejar este fic. Me gusta demasiado como para dejarlo.

¡Muchas gracias por vuestros favs y reviews, me hacéis muy feliz, y ahora si…!

Au revoir!