II.
El viaje al Mar de Hierba
Bellos destellos rojizos y dorados se fundían entre sí, confundiéndose en ese hermoso atardecer que se extendía sobre la blanca cabeza del Dragón de la suerte.
Montado sobre él, Atreyu contemplaba el paisaje que se extendía bajo sus pies; atravesaban un bosque extraño, en donde los árboles poseían un color azulado. A pesar de que el dragón podía volar de noche, su jinete le indicó que debían de bajar para conseguir alimento.
Descendieron lentamente al descubrir entre las copas de los árboles un poblado, en donde seguramente podrían pasar la noche, ya que en la mayoría de los fantasios les recibía con los brazos abiertos por haber salvado a Fantasia entera de la destrucción en dos ocasiones.
Atreyu se colocó su manto purpúreo al descubrir que en ese bosque la temperatura descendía considerablemente. Los dos se dirigieron a un enorme árbol, en cuyas ramas se edificaba una casa, que se conectaba con otras cercanas a través de puentes colgantes. Dicha ciudad parecía hecha de lianas, sin utilizar madera alguna. El contraste de los árboles azules y esa ciudad de color verde era aún mayor al ver a sus habitantes, unos pequeños hombrecillos de la mitad de la estatura de Atreyu, cuya piel era blanca.
-Quédate aquí, Fújur, iré a conseguir algo de comer para los dos.
-De acuerdo, mi Pequeño Señor.
La aldea a la que subió Atreyu era la de los Glazios, un grupo de artesanos que se dedicaban a fabricar hermosos utensilios con variadas ocupaciones para todos los seres de Fantasia. Era un pueblo pacífico que jamás había entrado en guerra con ningún otro, debido a que se les apreciaba y eran de gran ayuda para muchos fantasios, que a veces recorrían enormes distancias para conseguir un producto en especial.
Los Glazios nunca juzgaban ni reprochaban; para ellos, al igual que para la Emperatriz Infantil, todo era igual, cada criatura tenía la misma importancia. Por ello es que, cuando el Piel Verde se presentó ante ellos, lo condujeron con el Patriarca, hombre sabio que habían elegido entre todos por sus grandes cualidades artesanales, cuya labor era la toma de decisiones en momentos como ése, ya que en la aldea no había falta alguna, todo lo que se hacía era considerado como bueno y, por lo tanto, no poseían ninguna Ley ni se castigaba a nadie, sencillamente se dejaba que todos convivieran.
-Bienvenido seas, extranjero, ¿qué te trae a nuestra aldea?
-Mi dragón y yo venimos desde muy lejos, vamos en camino al Mar de Hierba y precisamente surcábamos los cielos cuando nos sorprendió el atardecer. De casualidad hallamos su aldea y, por lo tanto, me dirijo de la manera más atenta para pedirles asilo por esta noche.
-Son bienvenidos tú y tu dragón –mencionó lentamente el Patriarca-, pero mucho me temo que nuestra aldea no es lo suficientemente grande para albergarlos.
-Por ello no se preocupe, Fújur acostumbra dormir en el aire. Únicamente deseamos algo de comer y, de ser posible, un espacio para los dos, no importa si dormimos a la intemperie.
-De todo lo que hay en la aldea podrás tomar; alimento y bebida te serán proporcionados por las mujeres, y los hombres te conducirán a un claro en donde puedan descansar. Sin embargo, debo de advertirte que el bosque que nos rodea se llama Kryllow y que nunca se prende fuego en él.
-Agradezco su hospitalidad.
Haciendo una profunda reverencia, Atreyu se despidió de él, pues un grupo de pequeñas mujeres blancas le llevaron aparte, entregándole extrañas frutas verdes, así como una jarra llena de un líquido amarillo. El muchacho agradeció todo, retirándose hasta llegar con Fújur, quien ya le esperaba ansioso.
-¡Atreyu, mi Pequeño Señor! Me alegra que volvieras, me siento algo impaciente… –exclamó en cuanto le divisó.
Apenas llegó a su lado cuando cuatro o cinco Glazios aparecieron y, en silencio, les indicaron los siguieran, conduciéndoles hasta un claro espacioso, donde bien podían dormir los dos; aunque Fújur prefería hacerlo en el aire, hubo de aceptar, pues no podía dejar solo a su jinete, a pesar de la amabilidad de esos aldeanos.
-¿Cuánto falta para llegar al Mar de Hierba? –preguntó el Piel Verde en cuanto se quedaron a solas.
-Si seguimos con esta velocidad, llegaremos en seis o cinco días… –fue la respuesta del Dragón.
El chico tomó uno de los frutos y lo mordió, comprobando que era dulce y jugoso. Comió otro, mas este poseía otro sabor. Fújur le contempló un instante, sabiendo que había algo de lo que no quería hablar. Durante todo el viaje el Piel Verde había respondido a sus preguntas con monosílabos, al parecer se seguía sintiendo culpable por no acabar las historias.
-¿Quieres un poco? –interrogó luego de unos minutos.
-Gracias, pero me alimento del aire cálido –fue la contestación del Dragón-. Atreyu, mi Pequeño Señor, no te atormentes más, Bastian entiende que…
El imponente ser se enderezó al escuchar un chasquido en el interior del bosque. El hombre de hierba también había podido percibirlo, llevando su mano hasta la espada en su cinto. Sin embargo, por más que escucharon, no lograron ver nada. Minutos después, Fújur se enroscó en torno al muchacho, con la cabeza hacia dentro, protegiéndolo. Por su parte, Atreyu durmió con el arco cerca de su cuerpo.
Si alguno de los dos pudiese saber que a kilómetros de allí una sombra aumentaba de volumen dispuesta a darles alcance, de seguro hubiesen dormido en el aire, camino a su destino.
A la mañana siguiente, después de despedirse de los Glazios volvieron a remontar el vuelo. La mañana auguraba un buen día, que aprovecharon para aumentar la velocidad y recuperar el tiempo perdido. Descendieron sólo para reabastecerse de agua en un arroyo, deseando llegar pronto al Mar de Hierba.
Esa misma noche Atreyu soñó con los búfalos purpúreos, al igual que en Amarganz. A la distancia observaba a una pequeña cría, que pastaba apaciblemente y luego se separaba del resto, para ir a su encuentro. Extrañamente no llevaba arma alguna, por lo que el búfalo frotaba su hocico contra su pecho, sin que pudiera moverse. La cría le contempló con unos enormes ojos expresivos hasta que la luz del día le despertó.
Atreyu acarició al Dragón apenas abrió los párpados. Los ojos del pequeño búfalo le habían recordado a Ártax, su pequeño caballo moteado que perdiera en los Pantanos de la Tristeza; a pesar del tiempo transcurrido, cada vez que su mente volvía a ver a su antiguo compañero de caza un dolor se apoderaba de su pecho.
-Atreyu, mi pequeño Señor, ¿ocurre algo? –inquirió Fújur al notar su tristeza.
-No es nada… –respondió suavemente.
El Piel Verde dirigió su mirada al horizonte, notando las esponjadas nubes blancas cercanas a ellos. De pronto, sus ojos distinguieron en una de ellas la silueta de un caballo cabalgando. Extendió la mano, queriendo tocarla, pero estaba demasiado lejana. Podía contemplar la crin siendo acariciada por el viento, las piernas extendidas en ese galope y casi creyó escuchar el relincho ante la libertad que experimentaba.
-¡Ártax! –gritó, sin poderse contener.
La silueta fue barrida por el viento tan rápidamente como llegó. El muchacho se quedó inmóvil, abiertos los ojos ante el punto donde minutos atrás se hallase su fiel compañero. Lentamente dejó caer el brazo con que quisiera alcanzarle.
-Mi Pequeño Señor, ¿estás bien? –volvió a interrogar el Dragón.
-Continuemos, Fújur… –musitó con una voz apenas audible.
El chico se recostó sobre su montura, acariciando su suave melena, temiendo perder a otro amigo. Permaneció en esa postura unas horas, sin pensar en nada más que no fuera el compañero de caza de su niñez. Ya habían transcurrido cinco años desde que fuesen separados y él se había negado rotundamente a aceptar otro caballo de su tribu. Ártax había sido el mejor, no por ser el más rápido o resistente, aunque eso nadie podía negarlo, sino porque, antes de ser montura, fue su amigo.
Un viento frío sopló del Norte, haciendo que Atreyu se colocara el manto sobre sus hombros, la lluvia comenzó a caer, empapándolos de inmediato, por lo que Fújur hubo de descender para buscar cobijo en unas cuevas que distinguiera desde el cielo.
La lluvia pronto se transformó en tormenta, agradeciendo ambos tener resguardo en ese sitio. Los truenos en la lejanía interrumpían el silencio. Como las cavernas eran frías, el dragón decidió prender una fogata, ya que afortunadamente llevaban leña para esas situaciones. Pronto, el fuego calentó a su jinete, envuelto en la tela púrpura.
-Mi Pequeño Señor, sé que has pensado mucho en tu amigo –mencionó el ser alado-. Sé que no hay nada que pueda decirte para hacerte sentir mejor, pero recuerda que puedes hablar conmigo.
-Gracias…
-¿Qué piensas hacer ahora? Aún faltan unos días para que podamos llegar hasta el Mar de Hierba y no estamos seguros de que la humana se halle allí.
-Fújur, según mis cálculos, deberíamos estar cerca de Muamaz o al menos del Bosque del Haule, sitios por donde debemos de pasar para llegar a mi tribu.
-Pero no les hemos distinguido.
-Exacto… y eso sólo significa que este no es el rumbo…
-Imposible, un Dragón de la Suerte sabe orientarse, a menos de que…
-Con Bastián pasó algo parecido, nunca notamos que nos dirigíamos a la Torre de Marfil debido a su deseo, así que lo más probable es que en estos momentos…
-Nos dirijamos al encuentro de esa humana –completó.
-O que ella se dirige a nosotros.
Hubo un corto silencio, apenas interrumpido por el suave crujir de la madera al quemarse. Finalmente el Dragón reavivó las llamas, haciendo que la luz despedida por la fogata fuese más clara. Si un fantasio o esa humana se encontraba cerca, podría distinguirles de inmediato.
Atreyu se acostó sobre el vientre de su compañero de viaje, siendo arropado por su calor. Cerró los ojos dispuesto a conciliar el sueño, mientras que Fújur se mantuvo alerta. No pasó mucho tiempo antes de que unos pasos fuesen escuchados por ambos. El Dragón enderezó las orejas, esperando poder oír mejor.
-¿Oyes eso? –preguntó en voz alta.
-Sí –respondió el Piel Verde, sin abrir los párpados.
El muchacho indicó a Fújur que se tranquilizara y fingiera dormir, haciéndolo de inmediato. Esperó hasta que el ruido se hiciera más fuerte, indicando que el intruso había entrado. La piedra repitió el sonido de los pies al andar, permitiéndole tener una mejor noción del desconocido. Lentamente dirigió su mano hasta el arco situado a corta distancia de sí y lo tensó, parándose de inmediato.
-¡Alto! –gritó apuntándole.
Dos pares de ojos se posaron sobre él, los individuos parados ante sí tenían la piel de un color pardo oscuro como la tierra húmeda y su estatura era la de unos niños, aunque por su rostro distinguió que eran ya adultos. Los dos estaban tomados del brazo.
-¿Quiénes son ustedes? –inquirió.
-Somos los yskálnari –respondieron al unísono.
-¿Cómo se llaman?
-No tenemos nombre para cada individuo, tampoco lo consideramos necesario. Somos, todos juntos, los yskálnari, y eso nos basta.
-Están muy lejos de Ýskal –comentó por fin el Dragón, alzado en todo su esplendor- ¿Qué los trae por aquí?
-La tormenta no nos permite avanzar –explicó uno de ellos.
-¿A dónde se dirigen? –preguntó el Piel Verde, bajando el arco.
-Vamos a Kryllow, ya que es un pueblo de artesanos, como nosotros –contestó el otro.
-Ya veo. Pueden comer de nuestras provisiones –ofreció el muchacho.
Así, luego de que se hubieran alimentado, los yskálnari contestaron las preguntas que tenía Atreyu, ya que sabía que Bastián había pasado por el Mar de Niebla. Ellos no habían estado en el barco que transportara a Uno, como se hizo llamar, pero habían escuchado relatos. Era cerca de medianoche cuando Fújur haría un comentario que marcaría el rumbo del resto de su viaje.
-Bastián fue un gran chico, pero lamentablemente Xayide le tentó con todo el poder que le ofrecía ÁURYN, dejar el Esplendor en un humano es una gran responsabilidad.
-Y sin embargo, ahora alguien más lo tiene –comentó el más joven de los yskálnari.
-¿Qué dices? –preguntó perplejo Atreyu.
-Digo que, ahora, otro humano carga con el Pentáculo…
-¿Dónde? ¿Dónde la has visto?
-Cerca de aquí, en el pueblo de Hujk.
Cuando a la mañana siguiente Atreyu y Fújur se despidieron de ellos, el Dragón Blanco ya sabía que su jinete y él tenían un nuevo rumbo. Como ahora no podían volar por temor a perder cualquier oportunidad de ponerse en contacto con la humana, simplemente dirigieron sus pasos hacia el sitio indicado por los yskálnari.
Kilómetros al oeste la silueta negra extendió unas alas enormes, dispuesta a dar alcance a sus objetivos. Nada ni nadie, ni siquiera la Emperatriz Infantil le haría desistir de ello. Debía de impedir lo que sabía ocurriría si Atreyu hacía contacto con esa humana.
