Capitulo 9: El entierro.

Llegó el día del entierro; todos se habían levantado temprano para tener tiempo de arreglarse. Al poco tiempo, fueron a desayunar.

A todos se les hizo extraño que la reina no bajara a desayunar, por lo que Klaus le pregunto a uno de los sirvientes que le había servido el desayuno...

-¿No ha visto a mi madre el día de hoy?-

-Si joven Klaus, yo mismo le subí el desayuno a su estudio.- respondió el sirviente.

Terminaron de servir los platos y se retiraron rumbo a la cocina. En cuanto se fueron, comenzaron a desayunar lo más lento posible. Ninguno tenía prisa por terminar, ya que terminando irían a donde sería el entierro.

Poco después de media hora todos terminaron de desayunar, por lo que se fueron a terminar de arreglarse. Todos, excepto Elsa; quien ya estaba lista y decidió ir a buscar a su nueva amiga y suegra.

EN EL ESTUDIO...

La reina estaba sentada viendo los retratos de su marido. Se notaba algo triste, claro, ese día enterrarían a su ahora difunto marido.

Dejó el retrato y miró hacia la bandeja que contenía aun la mitad de su desayuno. Agarró el vaso de jugo de naranja y se lo tomó de un solo trago.

Luego, salió rumbo a su habitación para retocarse el maquillarse antes de que salieran rumbo al entierro.

En pocos minutos, tocaron a la habitación...

-¿Quién es?- se escucha desde el interior.

-Soy yo, Elsa.- respondió.

-Pasa.- respondieron desde adentro.

Elsa abre la puerta lentamente y entra.

-Ya es hora.- dijo Elsa caminando hacia la cama y sentándose en esta.- ¿Estas lista?- pregunto con voz de preocupación.

-Sí, estoy lista. ¿Y los demás?- preguntó.

-Se están terminando de arreglar- informó Elsa.

Seguido de esto, ambas bajaron al salón principal a esperar a los demás y de paso, pedir que tuvieran listos a los caballos.

Poco a poco, iban bajando los demás. El primero en bajar fue Kristoff; quien traía puesto un traje negro y, como ya era costumbre en él, traía el pelo despeinado y un poco alborotado.

Seguido de este venia Anna, quien traía un hermoso vestido negro con pedrería.

Pocos minutos después llegaron los demás y avisaron que tenían preparados todos los caballos que había pedido minutos antes.

Salieron todos rumbo a donde sería el entierro. Al llegar, Elsa notó que su amiga estaba muy triste y deprimida, aunque era bastante esperado ese sentimiento, Elsa se preocupó un poco por su nueva amiga.

Bajaron de los caballos y se acercaron a donde estaba la mayor parte de los habitantes de esas islas. Al acercarse, todos le dieron el pésame a la familia real de las islas del sur.

A los pocos minutos llego el padre que ofrecería la misa antes de que se llevara a cabo el entierro.

-Mi más sentido pésame su majestad.- dijo el padre mientras abrazaba a la reina.

-Gracias.- dijo la reina, tratando de mostrarse fuerte ante la situación.

Todos siguieron al padre a donde se ofrecería la misa y tomaron asiento en sus respectivos lugares. Como era de esperarse, la familia real, ósea los 12 príncipes y la reina, debían acomodarse en la primera fila hasta delante de la capilla. Anna, Kristoff, Elsa y Hans ocuparon un lugar un poco más alejado de estos.

Hans, al ya no ser parte de la familia real como tal, no tenía derecho de estar junto a sus hermanos; pero esto no parecía darle la menor importancia. En especial, por que así podría estar con su amada Elsa.

Al terminar la misa, todos excepto la familia real y sus invitados prevenientes de Arendelle, salieron de la capilla a esperar la hora de enterrar al rey.

-Madre, ¿estás bien?- preguntó Klaus.

-Si hijo. Salgamos.- respondió la reina.

Así, salieron todos al ya esperado entierro.

Llego la hora en que enterrarían al rey de las islas del sur. La familia se acercó a tumba, esta vez Hans también se acercó, a pesar de que nunca había tenido una buena relación con su padre.

Bajaron el féretro y cada uno de los miembros de la familia echó un puñado de tierra; la reina echo un ramo de flores y prosiguieron a enterrar el féretro.

Al terminar la cristiana sepultura, todos comenzaron a irse; claro, todos excepto la familia real, quienes se quedaron allí hasta que comenzo a oscurecer.

En ese preciso momento, regresaron al castillo. Habían estado todo el día fuera y estaban exhaustos. Por lo que mandaron pedir la cena en las habitaciones, ya que no tenían ni las fuerzas ni las ganas de bajar al comedor después del dia tan largo que habían pasado.