III.

Ja Kuti y la Campiña de Ewjori

Caminando lentamente, fijándose en todos los fantasios que pasaban junto a ellos y durmiendo muy poco, finalmente llegaron a su destino: el pueblo de Hujk. Atreyu y el Dragón Blanco estaban maravillados, habían oído hablar de la grandeza del sitio, mas ninguno lo hubo visto antes. Ahora, sin embargo, comprobaban que era cierto.

Por todas partes encontraban hermosas criaturas similares a un soplo de viento, puesto que no se materializaban de otra manera. A pesar de que su forma era humanoide, sus siluetas eran perfectas e idénticas entre sí. Las mujeres, de finos rasgos y bellas proporciones, nunca tocaban el suelo, si es que acaso poseían pies. Los hombres, a pesar de tener movimientos más burdos, al andar a su lado interpretaban murmullos quietos y tranquilos.

Sin embargo, de manera previsora habían tapado con cera sus oídos, puesto que muchas veces, al intentar descifrar el lenguaje que empleaban esos seres, los oyentes quedaban terriblemente hechizados, incapaces de continuar hasta oír una melodía más bella. Y, puesto que los hujkianos eran un pueblo de sonido, era casi imposible hallar voz que les superara. Incluso un Dragón de la Suerte podía estar en serios problemas si se atrevía a comparar su canto con el de ellos, pero mientras que la melodía de estos seres era la canción de la felicidad pura, el canto de los hujkianos hechizaba por ser vacío, sin sentimiento.

A pesar de ello, el pueblo de Hujk reconocía a los héroes de Fantasia, cuidándose muy bien de atraparlos con una de sus melodías. Pasaron a su lado, indicándoles con señas que la persona a quien buscaban ya no estaba con ellos. Les mostraron el camino que tomara, dirigiéndose por una angosta vereda.

Fue así como nuevamente estaban en búsqueda de algo desconocido. Sin saberlo, Atreyu había vuelto a emprender un viaje que marcaría el destino de los Fantasios, quizás aún más importante que el iniciado hace unos años.

Los ojos rubí del Dragón Blanco trataban de localizar a la humana, sin conseguirlo. Lo único que podían vislumbrar eran árboles robustos, algunas aves y pequeños mamíferos que llegaban a su encuentro. De pronto, el muchacho se detuvo, contemplando el suelo.

-¿Qué ocurre? –preguntó despacio, sin querer sonar imprudente.

-Marcas… –fue lo único dicho por él.

Los Pieles Verdes no saben leer letras, pero sí rastros, es por ello que se extrañó al toparse con una gran cantidad de huellas, ya que ese camino no era muy transitado. Se agachó para poder ver con mayor detenimiento, comprobando que recientemente una caravana había pasado por ahí. Al parecer escoltaban a alguien importante, ya que se notaba la gran profundidad de las pisadas, efecto logrado al cargar con algo pesado. Además, a los costados podía distinguirse el calzado de hombres armados, probablemente caballeros.

-Fújur… –llamó suavemente.

-También lo he notado –respondió, acercándose más a él.

Ahora el chico colocó su mano en su cinto, esperando no tener que recurrir al arco ni a la espada. Por lo general se abstenía de pelear, pero su tribu era guerrera y no rehusaba ningún combate si se le presentaba. Continuaron andando, llegando hasta un río, finalizando el camino.

-¿Qué haremos ahora, Mi Pequeño Señor? –le miró un poco impaciente.

-Como lo veo, la caravana sólo nos lleva unas horas de ventaja. Le daremos alcance si vamos por aire, aunque no es seguro que tenga relación con la humana –respondió, tomando un poco del líquido.

-Supón que la humana vaya con ellos y que no le sigamos. Perderíamos todo rastro de ella durante tiempo indefinido –comentó, haciendo girar su ojo izquierdo.

-He pensado en ello; el que una escolta tan grande cuide de un individuo nos dice que necesita protección. Y si es verdad lo que nos dijo Hýnreck, ella le teme al poder de ÁURYN… lo mejor será ir a inspeccionar –se decidió al fin.

Así, montó sobre el lomo del Dragón Blanco y se elevó por los aires. Trató de localizar con la mirada la ruta más probable a tomar por la caravana, hallándola de inmediato. Los ojos de su montura eran más perceptivos que los suyos, por lo que no le costó trabajo alguno divisar el movimiento del ramaje. Informándole de ello, decidieron descender más adelante, hasta un claro por el que debían de pasar.

Atreyu se recostó sobre el vientre del Dragón, que echado sobre la hierba reflejaba los rayos del sol en cada una de sus escamas del color de la madreperla. Cerraron los ojos, dispuestos a descansar un poco hasta que la caravana acertara a pasar por allí. La suave brisa del sitio era muy acogedora, tentándoles a quedarse así por más tiempo, sin embargo, el ruido de pisadas y de ramas rotas les informó que alguien se acercaba.

De entre los árboles salieron doce o más caballeros perfectamente armados, junto con cuatro pajes que cargaban una litera. Este transporte tenía finas telas de un azul muy claro, cuyo bordado representaba a varios fantasios en una danza. El acabado estaba hecho del selén de Fantasía, lo que confirmaba la importancia de quien era transportado.

Al verle, los fantasios armados desenfundaron sus espadas, ya que un Dragón, aunque fuera de le Suerte, no podía tomarse a la ligera.

-¡Alto! ¡Identifíquese! –ordenó quien parecía estar a cargo de la tropa.

-Mi nombre es Atreyu –se presentó, haciendo una pequeña reverencia, luego de lo cual acarició la frente del Dragón-. Y éste es Fújur.

-¿Atreyu? ¿El Piel Verde Atreyu? –preguntó un poco desconcertado.

El muchacho asintió con la cabeza, mirándoles fijamente a través de sus ojos oscuros. Los caballeros se miraron unos a otros, sin saber cómo reaccionar. Posteriormente, a una orden dada guardaron sus espadas y, el que parecía tener un rango superior, se acercó a ellos.

-Nos complace conocerles, Héroes de Fantasia. Nosotros somos una escolta proveniente de un pueblo cercano con dirección al Mar de Hierba, su pueblo natal.

-¿A quién escoltan? –preguntó adustamente.

-Perdone… pero esa información no puedo proporcionársela –se disculpó humildemente.

-Zenpu –llamó una voz desde el interior de la litera.

El caballero se acercó, quedando a poca distancia de las telas. En voz baja comenzaron a hablar, distinguiéndose una fina silueta. Finalmente, él asintió y volvió a su encuentro. En su rostro había una gran seriedad presente.

-Desde este punto, seguiremos solos. ¡Mahgtu!

La orden dada en lenguaje Hyati confirmó su país de procedencia. Dos caballeros se acercaron a la litera, ayudando a una hyatina a descender de la misma. Usaba ropas en color lila, que se ajustaban a su figura. Sus ojos eran azules, de un color tan profundo en donde se contemplaba el lago de su tribu. Su cabello era negro y ondulado, cayendo en suaves ondas en su espalda.

Trajeron a un corcel gris sobre el cual montó y lentamente el resto de la comitiva se retiró. Ahora sólo se quedaron la hyatina y Zenpu, quien permaneció cuidando las riendas del caballo.

-Es un placer conocerlos, Héroes de Fantasia –dijo suavemente, con una bella voz-. Hemos estado buscándoles.

-¿Por qué? –preguntó de frente y sin rodeos el Piel Verde.

-Soy la princesa y heredera al trono de Hyat, mi nombre es Ja Kuti. He oído que es su misión escoltar a la humana que se halla en Fantasia. Nosotros también iremos con ustedes. Aunque la Emperatriz Infantil no dio orden de ello, nuestro pueblo desea hacerlo.

-¿Por qué? El pueblo de Hyat peleó del lado de Xayide en la Batalla de la Torre de Marfil –recordó el Dragón de la Suerte, irguiéndose en todo su esplendor.

-Así es y por ello deseo redimirlo. He acudido en persona a realizar este cometido, sin escolta alguna, a no ser por mi fiel caballero. Me pongo a su disposición, considéreme su sirviente –aclaró, inclinando la cabeza.

-Princesa, no necesita rebajar su nivel –se consternó Zenpu-. Piel Verde Atreyu, considérese mi amo, pero no de nuestra soberana. El pueblo de Hyat se equivocó hace años al elegir combatir en su contra, ahora tenemos la oportunidad de redimirnos.

-No me gusta… –les miró adustamente- No me gusta que vinieran a mi encuentro y mucho menos que deseen encontrarse con la humana. Sin embargo, la Señora de los Deseos, la de los Ojos Dorados no juzga… y yo tampoco lo haré. Podrán venir con nosotros, pero no los perderé de vista.

-Aunque no lo permitiese, le seguiríamos a donde vaya –aclaró el caballero, con la vista gacha.

-¿Por qué se dirigían al Mar de Hierba? –preguntó Fújur.

-Por la misma razón que ustedes: es el sitio a donde ella se dirigirá. Si su deseo es el mismo que el de Bastián, querrá conocer a quien le guió hasta Fantasia –aclaró Zenpu, mirando fijamente a Atreyu.

-Sin embargo, en esta ocasión no emprendimos una aventura. Es ella quien nos conduce a una nueva –dijo el muchacho.

-Ohhh, ¿quién podría saberlo? De Bastián aprendimos que los humanos pueden crear historias. Quién sabe, quizás estemos en una de ellas… –murmuró entre risas el Dragón, haciendo sonar su voz de bronce.

Lo dicho no fue del todo entendido por los Hyatinos, pero sí por Atreyu. Los cuatro se pusieron en marcha, siendo liderados por Atreyu, que era quien conocía mejor ese paraje. Fújur se abstuvo de volar, ni siquiera para hacer una inspección de la zona, puesto que debían vigilar a estos nuevos compañeros de viaje. Qué dilema, esto les recordaba la ocasión en que otros fantasios se unieron a la comitiva de Bastián, hace ya varios años.

Finalmente salieron del bosque, llegando hasta una pradera plateada, en donde la hierba se alzaba suavemente, de hito en hito podían divisarse unos frutos del tamaño de manzanas, aunque en color dorado. Era un paraje extraño, pero bello de contemplar.

-Estamos en la Campiña de Ewjori –aclaró Zenpu-. Es extraño, se localiza a cientos de kilómetros del Mar de Hierba.

-Recuerden que en Fantasia, el "cerca" y "lejos" no siempre están determinados –aclaró entre risitas Fújur.

Atreyu fijó su vista en las hierbas, que parecían incluso querer igualar su resplandor al de Murhu. Los destellos, sin embargo, parecían ser puestos allí, no ser despedidos por la planta. Cortó uno de esos frutos que, extrañamente, se hallaban en la punta, inclinando un poco a la hierba con su peso. Casi no pesaba y en él se podían apreciar símbolos sencillos.

-Se le conoce como la Fruta adecuada –aclaró Ja Kuti, al ver cómo le admiraba-. Dicen que si la pruebas, su sabor te será exquisito. Para cada fantasio es diferente.

Como queriendo corroborarlo, se bajó de su montura, cortando una y mordiéndola. Extrañamente, para Atreyu la fruta estaba hueca, sin embargo, la princesa la degustó al instante.

-Rosas del atardecer… mi postre favorito –les comunicó.

Al ver que no había nada qué perder, el Piel Verde le imitó, sin embargo, al morder el fruto se dio cuenta de que éste era cremoso y estaba relleno de una sustancia suave, de color lila. Hubo turbación en sus ojos al notar esto.

-Aunque para los demás luzca vacío, para aquél que lo prueba contendrá su sabor preferido –relató Zenpu, comenzando a llenar una pequeña bolsa de cuero con estos frutos.

-¿A qué sabe, mi Pequeño Señor? –preguntó Fújur.

-No lo sé… –mencionó, con la vista fija en la Fruta adecuada- Este sabor me es familiar, pero no recuerdo haberlo probado antes…

-La fruta sólo sabrá a aquello que tu boca ya ha comido, quizás sólo olvidaste cuándo y dónde –respondió Zenpu.

-Quizás… –murmuró para sí.

-Debemos irnos de inmediato –llamó Ja Kuti, montando en su caballo-. La Campiña de Ewjori es visitada todos los días por diversos seres que viajan hasta cientos de kilómetros para recolectar los frutos. Ningún fantasio se resistiría a comer de ellos y son capaces hasta de luchar por los mismos.

Continuaron su andar, mas en Atreyu quedó la duda, ¿dónde había probado ese sabor? No era el de las Aguas de la Vida, de eso estaba seguro. Tampoco era el de la carne de búfalo purpúreo. Al verle así, Fújur optó por probar uno de esos frutos dorados. El Piel Verde le contempló, mas el Dragón no hizo comentario alguno, él también quedó callado.

El silencio fue roto por el relincho del caballo, quien se negó a seguir avanzando. Cuando Zenpu llegó hasta él para calmarlo, simplemente salió a todo galope en dirección al Este. Atreyu y el caballero corrieron en esa dirección, mientras que Fújur se elevó por los aires para interceptarlo más adelante.

-Esto es extraño, Asdjof nunca haría algo así, ha pertenecido a nuestra princesa desde que era un potrillo –aclaró Zenpu mientras corrían.

-Algo le asustó –fue la respuesta de Atreyu.

Los dos creyeron alcanzar al caballo todo desbocado o incluso que Fújur le hubiera detenido metros más adelante. En vez de ello, lo hallaron pastando dócilmente en un prado cercano, donde la hierba era jugosa. Ja Kuti se había bajado de él y esperaba por los demás, que no tardaron en llegar, pues Fújur ya se encontraba con ellos.

-¿Qué ocurrió? –preguntó Zenpu al caballo.

-Lo siento, no podía seguir… no podía… de pronto mi cuerpo no me obedeció y, cuando me di cuenta, estaba aquí –contestó el noble animal.

-Es todo muy extraño… –murmuró Atreyu, mirando hacia el horizonte, donde unas montañas se alzaban y, en una de ellas, un edificio.