IV.
La advertencia de Múyox
Difícilmente podía explicar cómo es que habían llegado hasta allí. Sin embargo, comprendía que muchas veces las decisiones de la Emperatriz Infantil eran incomprensibles para los fantasios, que los humanos sólo podían ser llamados por las aventuras que éstos recorrieran para llegar a la meta. Pese a ello, si la humana ya estaba en Fantasia, no comprendía el porqué seguía viajando de incógnito por todos los países.
Ahora, mirando al gran e imponente edificio colocado en la cima de la montaña, se dijo que ya anteriormente le había contemplado, aunque no estaba seguro de dónde. Parecía ser que Fújur pensaba de manera parecida, puesto que sus ojos color rubí repasaron la estructura una y otra vez.
-¿Se encuentra bien, joven Atreyu? –le llamó Zenpu, sacándole de su ensimismamiento.
-Sí, es sólo que… este edificio…
-Es muy extraño, ¿no es verdad? –comentó Ja Kuti- Para que podamos contemplarle desde donde nos hallamos, debe de ser realmente enorme.
Los demás comprendieron que eso era cierto. Fue entonces cuando Atreyu se dio cuenta de que sólo un sitio por el cual había pasado era tan grande: Guígam, el Monasterio de las Estrellas. Aún podía recordar los ojos de los tres Pensadores Profundos sobre su cuerpo, haciéndole sentir tan pequeño y, quizás, vulnerable; eran tres presencias que se imponían de inmediato y a las cuales sólo Bastián se había atrevido a hablarles como a un igual, sin miedo y con gran arrojo.
-Sé lo que piensas, Mi Pequeño Señor –le miró Fújur-, también yo he pensado en que se parece enormemente al sitio donde Bastián apagó la luz de Al-Tsahir, pero el Monasterio de las Estrellas no se hallaba en estos parajes.
-¿El Monasterio de las Estrellas? –repitió Ja Kuti.
-¿Has oído hablar de él? –le miró fijamente Atreyu, con gran seriedad.
-Oh, Gran Guerrero, no hay nadie en Fantasia que no halla escuchado alguna vez sobre los tres Pensadores Profundos y, también, sobre la disolución de la Cofradía, seguro que hemos llegado al monasterio de uno de los Pensadores –agachó la mirada.
Atreyu se quedó perplejo por lo que acaba de escuchar. Era cierto que el Mar de Hierba se hallaba alejado de muchos países y reinos de Fantasia, por lo cual muchas veces se encontraban incomunicados del resto, llegando las noticias sólo por viajeros perdidos o mensajeros que debían recorrer largas distancias. A los Pieles Verdes les gustaba la vida tranquila y contaban con todo lo necesario para sobrevivir, por lo cual en raras ocasiones salían de su territorio de caza.
-¿Qué estás diciendo? –le miró confundido.
-¿Acaso no sabía que Schirkrie, el Padre de la Visión, Uschtu, la Madre de la Intuición y Yisipu, el Hijo de la Sagacidad, fundaron un monasterio cada uno?
El Piel Verde quedó en silencio. Comprendía que esa decisión tan radical había sido tomada tras la visita de Bastián, quien no había aclarado su última visión. Era la respuesta dada por él lo que había motivado que los tres Pensadores Profundos tuvieran un desacuerdo tan grande que, al parecer, no habían resuelto. Seguramente cada uno se había marchado a un lugar distante de Fantasia y los monjes del Conocimiento se hallaban divididos en esos monasterios.
-¿Sabes de qué Pensador Profundo es este monasterio? –preguntó el chico.
-¿En verdad desea saberlo? –preguntó una voz suave y aterciopelada.
De entre los arbustos cercanos salió un zorro que, pese a ser más grande que los de su especie, era más pequeño que las lechuzas enviadas hace tiempo por Uschtu. El animal tenía un hermoso pelaje naranja, mientras que su vientre, hocico y la punta de su cola eran blancos. El zorro se sentó frente a ellos, contemplándoles con ojos brillantes.
-Es Yisipu, el Hijo de la Sagacidad, el fundador de este monasterio –corroboró, aunque todos lo habían entendido ya.
-¿Por qué un mensajero de Yisipu aparece a pleno día? –preguntó Fújur- ¿Acaso no son enviados ustedes a la hora del crepúsculo, entre el día y la noche?
-Eso era cierto… cuando los tres Pensadores Profundos habitaban Guígam. Ahora, sin embargo, Yisipu, el Hijo de la Sagacidad, tiene otros mensajeros.
-¿Por qué contestas a nuestras preguntas? –le miró Zenpu- He escuchado que ustedes viven una vida de completo aislamiento, sin aparecer ante el resto de los fantasios y mucho menos, contestar sus dudas.
-Lo hace porque hemos sido enviados aquí.
De entre los arbustos salieron más zorros, quienes se acercaron hasta ellos y se sentaron al igual que lo había hecho el primero. En total eran seis, recordando la visita de las lechuzas.
-Yisipu, el Hijo de la Sagacidad, nos ha mandado por usted, Discípulo del Gran Sabio –habló un segundo zorro.
-¿Por mí? –repitió Atreyu.
-Así es, sabía que estaba en las cercanías y, por eso mismo, deseaba entrevistarse con usted –continuó un tercero-; nos ha pedido que le llevemos a su presencia.
-¿Puedo saber porqué?
-Discípulo del Gran Sabio, somos simples mensajeros ignorantes, no nos atrevemos a comunicarle la cuestión por la cual ha sido llamado –habló un cuarto, agachando la mirada.
Atreyu pensó si acaso debía o no seguirles. Comprendía que en esta ocasión no podía llevar con él a Ja Kuti, Zenpu y Fújur, puesto que, en realidad, nunca había sido discípulo de Bastián y, por lo tanto, no poseía los conocimientos del humano ni la capacidad de inventar historias al tiempo que se hacían realidad; por otro lado, tampoco deseaba dejarles allí, sin saber exactamente las intenciones de sus compañeros de viaje ni si lastimarían al Dragón de la Suerte.
-Ve con ellos, Atreyu –le pidió Fújur al ver sus dudas-. El que hayamos llegado hasta aquí significa que un motivo hay, quizás con Yisipu podrás aclarar nuestras dudas con respecto a la humana.
El Piel Verde asintió y despidió de su amigo, al tiempo que miraba con seriedad a Zenpu y Ja Kuti, indicándoles que aún no confiaba en ellos. Por su parte, los zorros le indicaron que podían montar en uno de ellos, el más grande se acercó con una silla sencilla sobre la cual se sentó y, acto seguido, partieron dando grandes saltos. Aunque el zorro no fuese una montura, Atreyu se dio cuenta de la diferencia que había entre montar un caballo, un dragón y un zorro. Si bien el dragón era una melodía en cada movimiento, el zorro era la agilidad y destreza misma en cada salto dado para subir por la montaña empinada.
Muy pronto llegaron hasta la entrada del monasterio, el cual estaba compuesto de tres grandes torres, siendo la de la izquierda más alta que el resto y, la del extremo derecho, la más pequeña de las tres. Cada torre era de un color miel y sus cúpulas resplandecían como si las estrellas estuviesen encerradas en el interior de cada una. En ellas se encontraban las celdas de los monjes, la sala de reunión mutua donde Yisipu daba sus enseñanzas, la Gran Biblioteca. los servicios administrativos y lugares de descanso para los mensajeros. Atreyu se asombró al ver que la estructura del edificio era totalmente diferente a la de Guígam, quizás Yisipu había roto lazos de manera definitiva.
Los zorros le condujeron a la pesada puerta de la segunda torre, pasando a través de ella. El último de los mensajeros le hizo una seña con la cabeza, indicando que podía hacer lo mismo. El Piel Verde intentó tocarla, mas al extender la mano se dio cuenta de que no había nada allí, al ver que podía entrar, simplemente les siguió.
-La puerta está hecha de un material especial –le avisó el quinto zorro-, sólo le permite la entrada a los monjes del Conocimiento e invitados de Yisipu, el Hijo de la Sagacidad.
-Es una medida ante invitados indeseables –completó el sexto.
Los seis zorros recorrieron unos corredores, escoltando a Atreyu hasta una amplia sala, la cual se hallaba vacía, únicamente al frente se encontraba un gran asiento y, sobre él, Yisipu. Los mensajeros hicieron una reverencia y retrocedieron hasta llegar a la pared, sentándose allí. De varias puertas colocadas en las cuatro paredes salieron varios fantasios de las formas más diversas, sin embargo, el Hombre de Hierba pudo notar que se trataba de apenas unas decenas, mucho menor al número visto en Guígam.
-Discípulo del Gran Sabio –empezó a hablar quedamente el Pensador Profundo, mas su voz se oyó en todo el sitio-, desde hace mucho tiempo que deseaba poder hablar contigo. He meditado desde nuestro último encuentro sobre varias cuestiones, sin poder hallar una respuesta a ninguna de ellas, por eso mismo te ruego me instruyas.
-Gran Yisipu, Hijo de la Sagacidad –comenzó Atreyu, sintiéndose intimidado por esa figura-, hablaré con toda franqueza, mas temo que mis conocimientos son limitados; si dentro de ellos encuentro la respuesta a sus preguntas, con gusto las contestaré.
-Entonces escucha, Discípulo del Gran Sabio, mi pregunta: ¿por qué hay una humana en Fantasia?
Atreyu calló un rato, meditando bien su respuesta y por fin habló:
-Porque debe entrevistarse con la Emperatriz Infantil.
-Dame tiempo para entender tus palabras –contestó Yisipu como hace tanto tiempo en Guígam-. Nos reuniremos mañana a la misma hora, aquí.
Todos los monjes del Conocimiento y Yisipu se levantaron en silencio, saliendo del sitio. Atreyu no encontró por ningún lado a los zorros, mas tomó el mismo corredor por el cual había entrado. Ya allí se encontró con un zorro de mayor tamaño, cuyo pelaje blanco presentaba algunas tonalidades naranjas en el pecho, el mismo le indicó le siguiera y fue llevado hasta una celda de huéspedes, donde una comida sencilla estaba preparada.
Aún era temprano para irse a dormir, pero no sabía si podía recorrer el monasterio, puesto que ésta no era una visita social. Se preguntaba porqué se hallaba ahí, si acaso era ésta una prueba para poder llegar hasta la humana, pero no lograba responder ninguna de sus dudas. De seguro Yisipu tendría más preguntas con respecto al mismo tema, mas él no podría contestarlas todas.
Mientras pensaba en éstas y otras cosas, tocaron a su celda, quedamente permitió el paso a su visitante. La puerta se abrió y por ella entró una figura vestida con un áspero sayal de color miel, diferente al del resto de los monjes, el cual era pardo oscuro.
-Le he traído un poco de agua –anunció sin alzar la vista, mientras cargaba una jarra con el líquido y se acercaba a un pequeño buró en la cabecera de la cama-, podrá lavarse el rostro si así lo desea.
-Gracias –agradeció el Piel Verde.
Atreyu le contempló por unos minutos mientras dejaba el agua al lado de un cuenco y depositaba una toalla pequeña. Se trataba de una chica de larga cabellera negra y lacia, estatura media y voz serena. Esto no le decía mucho, por lo cual no sabía qué clase de fantasio era, pues muchos de ellos tenía gran parecido con los humanos, por ello mismo tampoco sabía si venía de un sitio remoto o cercano. Apenas acabó con su tarea, hizo una pequeña reverencia y salió de allí en completo silencio.
-Es extraño, en Guígam jamás un monje entró en nuestra celda –comentó.
Sin embargo, al poco rato meditó si acaso ella lo era, puesto que el color del sayal era diferente. Fue entonces cuando recordó que un zorro les dijo sobre nuevos mensajeros de Yisipu, por lo que indudablemente ella estaba al servicio del Pensador Profundo. El Piel Verde lavó su cara y manos antes de comer lo ofrecido.
Al día siguiente se reunieron en el mismo sitio. Nada parecía haber cambiado, sólo la pregunta fue diferente.
-He meditado tu enseñanza, Discípulo del Gran Sabio, sin embargo, me ha planteado otra pregunta. Si esa humana se halla en Fantasia porque debe entrevistarse con la Emperatriz Infantil, ¿cuál es la razón de su encuentro?
Nuevamente calló el Piel Verde, sin saber realmente la respuesta de ello, así que habló con toda franqueza, recordando las palabras de Uyulala, Bastián y las Aguas de la Vida.
-El que ésta es su historia.
-Dame tiempo para entender tu respuesta –dijo Yisipu-. Mañana, a la misma hora, nos reuniremos aquí de nuevo.
Ocurrió como la vez anterior. Atreyu regresó a su celda y, como la otra vez, nuevamente tocaron a su puerta, entrando por ella la misma fantasia.
-Le he traído el almuerzo –avisó sin voltearle a ver.
-Gracias.
-Discípulo del Gran Sabio, Múyox y yo hemos pensado mucho en su palabras –habló mientras dejaba la comida sobre el buró-. Por eso mismo nos preguntábamos si desea acompañarnos, quizás contestemos algunas de las dudas que ahora tiene.
Atreyu le miró por un instante, sin que ella despegara la vista del suelo. Finalmente, al ver que en el monasterio no había nada qué temer, le dijo:
-¿Qué saben ustedes acerca de mis dudas?
-Oh, Discípulo del Gran Sabio, nadie duda que sabes más que cualquiera sobre Fantasia y el mundo de los humanos por haber estado al lado del Gran Sabio. Sin embargo, es muy fácil ver tu confusión en este momento. Quizás Múyox y yo podamos ayudarle.
-¿Quién es Múyox? –volvió a inquirir.
-Uno de los mensajeros de Yisipu, el Hijo de la Sagacidad –respondió-. Tan sabio para ser monje, pero demasiado humilde para formar parte de la cofradía del monasterio.
-Está bien, iré contigo –le avisó, llegando a su lado-, pero antes debes decirme tu nombre.
-El nombre no es importante –contestó quedamente-, lo perdí al entrar a Jupax, el Monasterio del Ocaso, lugar donde nos encontramos.
Atreyu creyó prudente no insistir. La chica le condujo por un largo pasillo hasta una sencilla cocina, la cual no era tan espaciosa como se pensaría para alimentar a todos los monjes. En el centro de la misma una mesa de madera tenía variados alimentos, frutos de lugares remotos, semillas diversas y trastes humildes. Esto era obvio, puesto que el monasterio contaba con un huerto y herbario, en el cual se cultivaban diversas plantas para alimentar a quienes habitaban su interior, pues no estaba permitido aceptar ayuda económica del exterior. Junto al fuego encendido se encontraba un zorro blanco muy grande, más que el Piel Verde, cuyos ojos rojos le miraban fijamente.
-Él es Múyox –le avisó su acompañante.
El zorro blanco hizo una reverencia con la cabeza y habló sin abrir la boca con voz tranquila y serena.
-Al fin nos conocemos, Joven Atreyu.
-¿Por qué deseaban entrevistarse conmigo? –preguntó de frente.
-Poco a poco –respondió el zorro-. Primeramente, debes saber que esta reunión no es ilícita ni obligada, podrás marcharte cuando lo desees.
Atreyu asintió.
-Le hemos llamado porque no creemos que su visita a Jupax sea una casualidad. Ya son dos veces que se halla ante la presencia de Yisipu, el Hijo de la Sagacidad, cosa que ningún otro fantasio ha logrado antes –comunicó la chica.
-El que esté aquí significa que algo importante ocurrirá en Fantasia, algo que puede afecte al mundo de los humanos –avisó el zorro blanco.
-Un peligro se cierne sobre ambos mundos, no hay duda –continuó la chica-. Debe marcharse pronto y hallar una solución a la amenaza inminente.
-¿Pero qué amenaza es esa? –preguntó Atreyu.
-No lo sabemos… –miró al fuego el zorro- Quizás el viaje que emprende aclare este misterio. De momento, lo que es seguro es que la respuesta no está en la meta, sino en el viaje.
Atreyu quedó más confundido que antes. Al día siguiente, al estar reunidos todos en el aula, volvió a tomar la palabra Yisipu.
-También esta vez he reflexionado tus palabras, Discípulo del Gran sabio, y de nuevo me encuentro desconcertado, si ésta es la historia de esa humana, ¿dónde se halla escrita esa historia?
Otra vez calló Atreyu un rato muy grande, mirando al piso mientras reflexionaba sobre ello. Finalmente, alzó la mirada y dijo:
-En Fantasia misma.
Se oyeron unos murmullos que invadían la sala, sin que ninguno de los monjes comprendiera la respuesta dada. Yisipu dirigió sus ojos hasta ellos, quienes callaron de inmediato. Luego, miró al pequeño Piel Verde y habló:
-No dudo que me hables con franqueza, pero, si Fantasia es la Historia Interminable, si esa historia está escrita en un libro de tapas color cobre y si ese libro se halla en el desván de un colegio, ¿cómo puede una nueva historia estar escrita en Fantasia misma?
-Precisamente porque es la Historia Interminable –contestó con tranquilidad.
-Dame tiempo para entender tu respuesta –pidió de nuevo.
-Sí… el necesario, porque debo marcharme de aquí.
El desconcierto volvió a pintarse en la cara de los monjes y Yisipu, quienes deseaban se quedara más tiempo, mas al comprender que era él quien debía hallar a la humana y continuar con la historia, nada pudieron objetar. Antes de marcharse del salón, Atreyu alcanzó a decirle a Yisipu:
-Quizás esa respuesta sea más fácil de entender con la visión e intuición adecuada.
Luego, salió de allí. Al llegar a su celda para recoger el manto purpúreo que se le olvidaba, se encontró con la misma chica, quien ya sostenía el objeto en sus manos.
-Múyox me dijo que fuera con usted, si así me lo permite –avisó, haciendo una reverencia.
-Pensé que la vida de un monje está consagrada al Conocimiento y a la Sabiduría que podía adquirir en su monasterio.
-Así es, pero no soy un monje del Conocimiento, sólo la protegida de Múyox –le avisó.
-Adelante –avisó, permitiéndole ir con él-, pero deberé de llamarte por un nombre.
-Entonces, que sea el que usted decida –contestó sin mirarle.
-Noway, que en palabras del Gran Lenguaje significa "Niña del Ocaso", en honor a Jupax.
La chica por primera vez alzó la mirada, contemplándole con unos ojos color chocolate y sonriendo ligeramente. Atreyu no comprendió porqué sintió de pronto un buen augurio. Recorrieron el corredor hasta una sala común, donde el zorro blanco les esperaba. El Piel Verde le miró unos instantes, sintiendo una gran tranquilidad al estar en su presencia.
-Joven Atreyu, sé que aún tiene muchas preguntas y quizás una de ellas sea porqué le pido le acompañe mi protegida –habló quedamente.
-Lo es.
-La razón es simple: este viaje no puede hacerlo solo. Si bien es cierto que gran parte lo recorrerá por su cuenta, no desprecie la ayuda ofrecida por los fantasios.
Tras aquella enseñanza, Múyox les acompañó hasta la entrada, donde dos zorros les llevaron hasta la base de la montaña, dejándoles con Fújur, Ja Kuti y Zenpu, los cuales ya se hallaban impacientes por el regreso del Piel Verde, extrañándose de la persona con quien llegaba.
Aquel día hubo mucha confusión en Jupax, el Monasterio del Ocaso; Yisipu, el Hijo de la Sagacidad, extrañó en ese momento a Uschtu, la Madre de la Intuición y a Schirkrie, el Padre de la Visión. Se dio cuenta de que el Conocimiento es inútil si no se tiene nadie con quién compartirlo y que muchas veces para llegar a una respuesta se necesita más que Sagacidad. Poco después se pondría en contacto con los otros Pensadores Profundos para discutir algunas cuestiones y, quizás, reunirse nuevamente. Pero ésa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.
Por su parte, el ser de alas negras continuaba avanzando, llegando hasta las afueras de Amarganz. Una vez allí buscó el rastro del caballo de Hýnreck el Héroe y le siguió, sabiendo que muchas veces el camino directo no es el indicado para llegar a su objetivo. La humana iría hasta él por su propia voluntad, eso podía asegurarlo. Por ningún motivo dejaría que ella y Atreyu cumplieran la promesa de la que rara vez se hablaba.
