V.
Los Imp
Encendieron el fuego apenas hubo madera suficiente para ello. Zenpu se había encargado de esta labor, mientras que Atreyu cazó unos faisanes antes de ponerse el sol, al tiempo que Ja Kuti y Noway buscaban frutos y semillas cercanos. En esta ocasión el caballero había insistido en cocinar, preparando un platillo delicioso para todos los presentes.
-Tan rico como siempre –sonrió Ja Kuti, terminando su porción.
-Gracias, soberana, es un gran halago proviniendo de usted –agachó la cabeza el sirviente.
-¿No probarás el faisán? –preguntó la soberana a Noway, quien terminaba de comer unas moras y bayas silvestres.
-Oh… –se consternó, agachando la mirada.
-Los Monjes del Conocimiento tienen prohibido comer carne alguna –hizo notar el Dragón de la Suerte.
-Oh, ¿es así? –le miró– No lo sabía.
La chica asintió débilmente, sin despegar la vista del suelo.
-A pesar de ello, tú no eres un Monje y ya no te hallas dentro de Jupax, por lo que no hay problema alguno si comes un poco –le hizo saber.
La muchacha se turbó con ello, mirándole confundida y parpadeando un par de veces. Atreyu notó esto.
-Si ella no se siente cómoda, no podemos obligarle a que coma… –comentó seriamente, terminando su plato– Estoy seguro de que Múyox pensaría de la misma manera.
La fantasia agradeció con la mirada la intervención hecha. Fújur miró largamente al Piel Verde, quien se paró del sitio junto a la fogata, llevando su plato hasta el sitio donde estaban los demás trastes sucios que se lavarían a la mañana siguiente en un claro cercano, luego simplemente se adentró unos metros en el bosque, pues le tocaba la primer guardia nocturna.
-Tal parece que el Piel Verde se ha molestado… –comentó la hyatina.
-No debería de insistir en ciertos aspecto, Su Alteza… –recogió su plato el caballero.
-Ahhh, Zenpu, ¿me estás regañando? ¿O acaso dando una orden? –le miró arrepentida.
-No podría nunca ello, Su Alteza –agachó la mirada.
El caballero terminó de recoger las cosas, le quitó las riendas a Asdjof y llevó a pastar a las cercanías, dejando a las dos jóvenes a solas con el Dragón, el cual se encontraba echado atrás de ellas, siendo iluminado por las llamas de la fogata, dándole una hermosa tonalidad a sus escamas madreperla. Ja Kuti se acercó más a Noway, sentándose a su lado.
-Era sólo un comentario, no tendrías por qué tomarlo personal… –trató de hacerle notar.
-No hay problema… –murmuró, fija la mirada en las llamas frente a sí.
-¿Cómo es la vida en el Monasterio? –preguntó curiosa– ¿En verdad se está privado de muchas cosas viviendo allí?
-No le llamaría "privado", hay cosas buenas en ello… –sonrió.
-Ahhh, suena aburrido… –se quejó– En palacio se lleva una buena vida, es verdad, aún cuando la responsabilidad es muy grande. Todo lo que hago, todas mis decisiones, son por mi pueblo. Sirvo y vivo para él. Es diferente a lo que podría esperarse de una princesa que lo tiene todo y que con sólo chasquear los dedos consigue lo que quiere…
-Sus súbditos confían en usted… –hizo ver– Y también le tienen un gran cariño.
-¿Lo dices por Zenpu? –volteó a verle, notando su afirmación con la cabeza– ¡Oh! Realmente no puedes confiar mucho en Zenpu para ese tipo de impresiones. En Hyat las cosas son un poco diferentes, se es princesa porque has nacido en una familia que ya gobernaba antes de tu nacimiento y que llegó al poder por la fuerza tiempo atrás. Tu caballero te es dado el día que cumples 21 lunas llenas y él deberá de permanecer siempre a tu lado, para bien o para mal. Zenpu es demasiado bueno, eso es todo…
Noway calló luego de oír ese discurso, sumiéndose en sus pensamientos. Por su parte, Ja Kuti pensó que había hablado de más, se enderezó y marchó hasta un árbol, donde ya el caballero había preparado una cama en la copa hecha de tela de araña de fuego, sumamente resistente. Fújur se enderezó también, estirándose y luego marchó junto a Atreyu, quien se encontraba sentado no muy lejos de allí.
-¿Qué ocurre, Mi Pequeño Señor? –preguntó al verle serio.
-No dejo de pensar en las palabras de Múyox –contestó sin voltear a verle–. Pensaba que si viajábamos al Mar de Hierba tarde o temprano la encontraríamos, pero al llegar hasta Jupax me doy cuenta de que nuevamente es el Esplendor el que decidirá el camino. Son los deseos de la humana los que nos guían en este momento.
-¿Eso es malo? –preguntó quedamente, echándose a su lado.
-No… sólo es… preocupante…
-¿Preocupante? ¿Qué hay en toda Fantasia que pueda preocupar al Piel Verde Atreyu?
-Las misiones de la Emperatriz Infantil no son dadas sin un motivo, quiero saber cuál es ese motivo –contestó su pregunta.
-¿Conocías los motivos cuando te pidió que buscaras una cura a su enfermedad? –preguntó quedamente.
-No… no realmente…
-Y aún así cumpliste con lo pedido, ¿qué diferencia hay entre saber o no lo que piensa la Señora de los Deseos, la de los Ojos Dorados? Una vez oí a un gran sabio decir que aquel que no le hiciera caso perdería parte de su corazón… aunque no sé exactamente lo que quiso decir…
Atreyu asintió en silencio y no hizo otro comentario. El Dragón de la Suerte se elevó por los cielos dispuesto a dormir. Los minutos transcurrieron y pronto se hicieron horas. No sabía exactamente cuánto había pasado, pero debía de ser algo de tiempo puesto que sintió la mano del caballero en su hombro, indicándole que llegaba a reemplazarle en la guardia. Atreyu se levantó y retiró, llegando al lado de Noway, quien estaba sentada junto a la fogata y se había recargado en un árbol, durmiendo en esa posición. El Piel Verde se acostó en el césped, sin quitarse la espada del cinto y con el arco y flechas al alcance de su mano.
Ja Kuti contempló sus movimientos sin despegar la vista de él ni moverse para no delatar que estaba despierta. Cuando minutos después Atreyu se hallaba descansando de la agitación del día, la soberana de Hyat dedicó una triste mirada al Hombre de Hierba antes de disponerse a dormir.
Noway abrió los ojos antes de que los primeros rayos del sol se asomaran por el horizonte, llegó hasta los trastos de la noche anterior y los tomó. Caminó hasta el sitio donde habían visto un arroyuelo, lavando los platos en silencio.
-Has madrugado… –oyó detrás de sí.
Atreyu apareció a su lado, cargando con una bolsa de cuero purpúrea, llenándola del vital líquido sin dirigirle la mirada.
-No quise despertarle… –se disculpó.
-No lo hiciste, estaba despierto antes que tú.
-Ohhh… –dijo, como si no hubiera nada más inteligente qué decir.
-Será mejor que te apresures, si nos apuramos llegaremos al pueblo de los enanos antes del medio día –comunicó tranquilamente.
Atreyu dio media vuelta dispuesto a irse, había avanzado apenas unos pasos cuando una pequeña roca le golpeó en la cabeza por detrás. Se giró para reclamarle a la chica por hacer tal cosa mas notó que seguía ensimismada en su labor. Lentamente dirigió su mano al cinto para sacar su espada cuando nuevamente le golpearon por atrás, aunque en esta ocasión fue con una baya. Se giró con rapidez pero no vio nada.
-¿Ocurre algo? –le miró preocupada Noway, pues el Piel Verde aún tenía la mano sobre la espada.
-No estamos solos… –comunicó en voz baja.
-Cerca de aquí hay una colonia de demiguise, quizás son ellos… –le achacó todo a los monos con la capacidad de hacerse invisibles.
-Los demiguise son muy pacíficos y prefieren no llamar la atención, pero… en esta ocasión… alguien quiere gastarnos una broma… –continuó mirando las copas de los árboles.
Con la vista atenta logró distinguir otra baya que se dirigía a ellos, sacando la espada y cortándola justo por la mitad en pleno aire. Sin embargo, la satisfacción duró poco, pues una lluvia de diversos frutos cayó sobre ellos, sin poder resguardarse en ningún lado por hallarse a la mitad de un claro. Atreyu cubrió a Noway de los molestos proyectiles, escuchando varias risas a su alrededor.
-¡Salgan de donde sea que se escondan! –gritó.
Las risas se hicieron más fuertes y pronto se oyeron algunos pasos a su alrededor que se transformaron en pequeñas carreras. Las hierbas cercanas se movieron sin que Atreyu lograra ver nada, dio unos pasos al frente para tratar de localizar a quién hacía tal cosa pero se topó con una liana delgada, la cual fue jalada con fuerza. Muy tarde se dio cuenta de que Noway y él habían sido enrollados de los pies con la misma, pues cayeron al suelo, con la chica sobre él.
-Lo… ¡lo siento! –se disculpó la fantasia.
-No importa… –se molestó un poco el otro, mirando a su alrededor, sin hallar nada– Creo saber quiénes están haciendo esto, sólo no te muevas.
Noway obedeció, aunque se sentía incómoda en esa situación. La lluvia de frutos había cesado y pronto algunas lianas se fueron sobre ellos, manteniéndoles en el suelo al ser afianzadas a él con pequeñas estacas. Pequeñas figuras se acercaron con cuidado y pronto se vieron rodeados por aquello que parecían ser duendecillos, pero sin alas y de color marrón oscuro casi negro.
En un movimiento rápido Atreyu tomó por el medio a uno de los seres diminutos, que no debía medir más de 20 centímetros.
-¡Suéltame! –se quejó, golpeándole débilmente con sus bracitos.
-¡Libérennos! –dijo el Piel Verde.
-Jajaja jajaja –se oyó el resto de las voces, entonando una canción– Kogna ha sido atrapado, ha sido atrapado, Jajaja ja.
-¡He dicho que nos suelten! –repitió el Hombre de Hierba molesto.
-¿Quién nos va a obligar, quién nos va a obligar? –corearon, burlándose desde diferentes lugares.
-Yo.
La voz de Fújur resonó en el lugar, el Dragón de la Suerte se irguió frente a ellos sin que nadie le viera venir, lo cual espantó a los pequeños seres, quienes corrieron en diferentes direcciones, dejando ilesos a sus cautivos.
-Gracias, Fújur –agradeció el Piel Verde parándose en el acto.
-No hay problema, mi Pequeño Señor, esos Imp pueden ser muy traviesos con los viajeros que se adentran en su territorio –aclaró–. Pero… ¡vaya! Veo que has atrapado uno.
Atreyu continuaba apretando al pequeño ser, quien daba patadas tratando de liberarse, sin lograrlo. Noway terminó de quitarse las lianas, contemplando al Imp.
-¿Por qué han hecho eso? –preguntó el Hombre de Hierba.
-¡No contestaré a sus preguntas! –se quejó molesto.
-Han dicho que te llamas Kogna, ¿no es verdad? –preguntó la fantasia.
-¿Por qué debería importarte? –continuó luchando por librarse.
-Jojo jo, ¡vaya que tiene vitalidad el pequeño! –sonrió Fújur.
-¿Pequeño? ¿A quién has llamado "pequeño"? ¡Suéltenme, le daré a este dragón su merecido! –enseñó sus pequeños puños.
-Ahhh… –suspiró Atreyu– No vale la pena, márchate y no quiero volver a verlos.
El Piel Verde le depositó en el suelo, dejándole en libertad. Luego dio media vuelta dispuesto a marcharse, pero el Imp le salió al paso.
-¿"No vale la pena"? ¿"No vale la pena"? ¡Mira que tienes agallas, entrando en nuestro territorio e insultándonos de esa manera! –se enojó– ¡Agradece que me han pedido no los lastime o sino…! ¡BAM! ¡El poderoso Kogna te haría morder el polvo!
-Espera… ¿qué has dicho? –se detuvo, volteando a verle.
-¡He dicho que te haré morder el polvo! –le miró fijamente.
-No, antes de eso. ¿Quién te ha pedido que no nos lastimes?
-¿Piensas que te lo diré? –se cruzó de brazos.
-¿Por qué no? –le quiso atrapar, sin lograrlo.
-¡Me habías tomado desprevenido! –se burló, sacándole la lengua– Los Imp somos muy rápidos y difíciles de atrapar, pero Kogna tiene fama de ser el más veloz de la aldea.
-¿Quizás podríamos llegar a un acuerdo? –se aventuró Noway– ¿Algo a cambio de tu información?
-No tienen nada que quiera… –volvió a cruzar los brazos.
-¿Qué podrías querer? –preguntó Atreyu.
-¡Brillante! ¡Brillante! ¡Denme algo brillante! –se le iluminaron los ojos.
-¿Brillante? –se miraron los unos a los otros.
-No tenemos joyas ni nada de valor… –murmuró en voz alta Atreyu.
-¿Quizás una escama de Fújur? –miró la fantasia el cuerpo del dragón.
-¡Brillante! ¡Y raro también! ¡Kogna acepta el trato! –se maravilló el pequeño ser.
-Ni creas que consentiré en eso… –se molestó el Piel Verde– Además, no importa quién haya querido jugarnos una broma, fue realmente una tontería
-¡BAH! ¡Le dije a la humana que eras un aguafiestas! –se quejó el Imp.
-¿Has visto a la humana? –se asombró Atreyu, acercándose– ¿Dónde? ¿A dónde se fue? ¿Qué te dijo?
-Una cosa a la vez… y por cada pregunta que desees conteste, un regalo… –sonrió ladinamente.
-Mi Pequeño Señor, realmente no me molestaría dar una escama por cada pregunta que realices –hizo sonar su voz de bronce.
-No me siento cómodo con ello… –murmuró.
-Vamos, sabes que un Dragón de la Suerte da eso: Suerte. Acepta mi ofrecimiento.
Atreyu asintió en silencio y accedió quitar una escama del cuerpo de su amigo por cada duda que tuviera. Arrancó la primera. Fújur cerró los ojos por el dolor sin que esto pasara desapercibido a los demás.
-Te daré la primera, pero deberás de contestar mis demás dudas si quieres el resto… –le avisó.
-¡Hey! ¡Eso no es justo! ¿Cómo sé que no harás trampa? –le señaló con un dedo.
-¿Entre tú y yo?, los Imp tienen fama de tramposos, ¿puedes creer en la palabra de un Piel Verde?
-Lo haré porque ustedes son un pueblo honorable… –se resignó, subiendo los hombros al mismo tiempo.
-¿Dónde has visto a la humana? –entregó la primera escama.
-Hace tiempo ya que pasó por aquí, por este mismo riachuelo… –tomó el regalo, maravillándose con sus destellos– Los Imp le jugamos una broma, ¡esa chica sí tiene sentido del humor!
-¿Cómo lucía? –volvió a preguntar.
-Cabello largo, rizado y del color del ébano; delgada; amplia sonrisa; ojos brillantes; más baja que tú, Piel Verde. Mmm… –hizo el ademán de recordar– Portaba un vestido de un azul brillante hecho de una tela muy fina y zapatos bajos blancos.
-¿Iba sola? –preguntó ahora Fújur.
-Le acompañaba un ave rara en el hombro…
-¿Cómo era el ave? –preguntó Atreyu.
-Amarilla con naranja, cola larga, no era muy grande, su pico era recto… la mirada era profunda de color verde jade… hablaba sin abrir el pico…
-¿Qué camino tomaron?
-Al Norte, Piel Verde, pero no creo sigan la misma ruta… será imposible localizarlos si no se sabe exactamente a dónde se va… –volvió a encogerse de hombros.
-¿Qué hay al Norte? –inquirió Fújur.
-El pueblo de los Six-Figs, la Ciudad de Canburr, el lago Padek, las Montañas Perdidas… son muchos sitios… –restó importancia.
-¿Cómo le hallaremos? –se preguntó Fújur.
-Existe una forma de saber a dónde se dirige ella, aunque les retrasará varios días de viaje… –comunicó el Imp.
-Dila, Kogna –pidió Atreyu.
-Al Este, muy al Este de este lugar, se halla el Castillo de Baureo, el Gigante de los Vientos del Este, se llama así porque allí, se dice, nació el Señor del Aire, aunque nadie puede probarlo. En su interior hay una amplia sala, aunque no se sabe cuál de tantas, pues cuentan que son millares las que puedes hallar, y, en un pedestal, se halla el Mapa del Sol.
-¡Claro! El Mapa del Sol, pues debe de recorrer el firmamento a través de una guía –sonrió Fújur.
-El cuidador del mapa es muy celoso con el mismo. Si le quitan el Mapa y le dicen que se lo llevarán lo pondrán en un predicamento, pues el astro Rey no sabrá cómo continuar su viaje. A cambio de que no cumplan su cometido, él contestará una pregunta que le hagan, sin importar cuán difícil parezca… –saltó alegremente.
-¡Perfecto! Le pediremos nos diga dónde hallar a la humana… –se alegró Atreyu– Luego le daremos alcance montados sobre Fújur. Por cierto… no he olvidado mi promesa… seis preguntas, seis escamas.
El Piel Verde se dispuso a arrancar lo ofrecido de Fújur, pero la voz de Kogna le detuvo.
-¡Alto, Piel Verde! Incluso nosotros, los bromistas Imp sabemos el valor de una amistad. No dejaré que le hagas más daño a tu Dragón quitándole una escama, por hoy ha sido suficiente. El corazón de este Dragón te es fiel, nunca le decepciones –dijo tranquilamente.
-Gracias –sonrió Noway.
-Por cierto… –musitó el Imp antes de desaparecer entre la hierba– ¡La humana cree que deberías de reír más!
Atreyu permaneció en silencio, meditando lo que ahora sabía. Miró a sus compañeros de viaje para rectificar lo que ellos ya intuían.
-Debemos decirles a Zenpu y Ja Kuti que vamos al Este, al Castillo de Baureo –dijo.
-Sí, mi Pequeño Señor… –sonrió Fújur.
Noway, por su parte, rió en voz baja.
-¿Qué ocurre? –preguntó el Piel Verde.
-Ohhh, no es nada… –sonrió divertida, notando que el Imp había dibujado una cara sacando la lengua en la espalda de Atreyu con ayuda de moras silvestres.
Por su parte Kogna y el resto de los Imp continuaron jugando bromas a todo aquel viajero que pasara por esa parte del río. Muy pronto se les conocía en varios kilómetros a la redonda, por lo que la mayoría evitaba ese rumbo. Así, Kogna se hartó de esa vida cada vez más aburrida y decidió probar suerte viajando de país en país. Vio muchas cosas y vivió grandes aventuras sin perder su carácter travieso, gastando bromas a diversos pueblos enteros. Pero esa es otra historia y merece ser contada en otra ocasión.
