VIII.

Las tres pruebas

Hacia adelante era el único camino que les quedaba ahora a Atreyu y Zenpu, ya no podían retractarse y, a decir verdad, no deseaban hacerlo. El piel verde esperaba un enemigo parecido al Horror de los horrores, pero Morok rompía con lo esperado. Si bien es cierto que no lucía tan temible como aquel que casi acabara con su vida y la de Fújur, bastaba únicamente mirar dentro de él para que toda tu sangre se congelara.

No sabía qué era lo visto por Zenpu, pero el caballero había quedado mudo después de ello. La voz de Morok parecía estar tan lejana en esos momentos, como si hablase al fondo de un largo túnel.

–Aquí tienen –sonrió, entregándoles una pequeña antorcha–. Pasarán la noche en mi primera casa, la tea deberá permanecer encendida todo ese tiempo, de eso me aseguraré yo. No deben dejar que se apague ni podrán encender otra, si fallan, se unirán a los habitantes de Arlequín.

El Ser de las Sombras aplaudió con fuerza, creando fuego que colocó sobre el objeto entregado. Atreyu y Zenpu fueron conducidos por unos corredores tortuosos hasta un espacio más amplio que asemejaba una casa por el tamaño y el no tener estalagmitas ni estalactitas. El piso estaba cubierto por ramitas y hojas secas de algunos árboles.

–No se queden dormidos… –se burló el Ser, marchándose de allí

Apenas salió del sitio la piedra se movió, como si de una puerta se tratara, únicamente había un espacio en la misma que asemejaba una ventana. El hombre de hierba golpeó la pared, molestándose con el hecho.

–Sólo debemos esperar pacientemente… –avisó el caballero, sentándose en el sitio.

–¿Has visto el tamaño de esto? –se refirió a lo que sostenía en una mano– No llegará a la mañana siguiente, además, si nos dormimos prenderemos fuego a este sitio.

–Entonces nos relevaremos; si gusta, puedo hacer la segunda guardia –ofreció.

–Lo que deseo es encontrar el modo de cumplir con la prueba.

–"Sigue a la primera estrella, Tómala para superar la Primera"… –citó el hyatino.

–Pero estamos bajo tierra, no creo que en este sitio haya un cielo estrellado.

Mientras Atreyu cargaba la pequeña antorcha, tanto él como Zenpu analizaron todos los rincones del sitio, esperando hallar un pequeño orificio por dónde observar el firmamento, sin encontrarlo. Pasaron algunos minutos y los estragos sobre la tea comenzaron a notarse, si no se apuraban, en menos de una hora se habría consumido por completo.

–¿Y si no se trata de una estrella? –hizo ver el caballero.

–¿Qué podría ser entonces? –pensó detenidamente el piel verde.

Zenpu pareció comprender algo de inmediato, se acercó a él y le colocó a la mitad del sitio, luego posicionó su espada de modo que le diera la luz del fuego y ésta se reflejó en el suelo, moviéndola hasta quedar satisfecho; corrió al último sitio donde apuntara la luz y comenzó a apartar las ramitas de madera y posteriormente a escarbar en la tierra. El muchacho no parecía comprender esta acción, mirándole confundido. Por fin se detuvo y mostró un pequeño gusano que se movía lentamente en su mano. El hyatino le acarició el vientre, con lo cual el animalillo se rió y emitió una luz semejante a la del fuego.

–La primera estrella es como llaman en Allegro al Sol, su posición en el cielo cambia durante el día, aproximadamente a las seis de la tarde aparece el resto de los astros, por lo que me detuve en el punto donde debería estar la sombra en ese momento –aclaró.

–¿Así que seguiste su recorrido? –dijo Atreyu.

–Este animalito es un Pumi, capaz de emitir esta luz y calor como si de fuego se tratara, pero que no quema… –le hizo ver.

El hombre de hierba comprendió todo y apagó la tea con cuidado, cerciorándose de estar de espaldas a la ventana, desde donde seguro les contemplaba Morok, luego Zenpu colocó al Pumi sobre la tea y pareció como si la misma aún se hallase encendida.

–Ahora no se consumirá y podremos dormir un poco si así lo deseamos –se sentó el caballero.

Sin embargo, Atreyu no pudo dormir, sentía que al hacerlo podía quedar vulnerable ante Morok, quien no se había aparecido ni hablado desde que les dejara en ese sitio. A la mañana siguiente el Ser de las Sombras se presentó, grande fue su asombro al comprobar que la tea continuaba prendida y no sólo eso, no había sido consumida en gran medida. Además, el sitio donde les dejó tenía un hechizo que impedía prender fuego en él, por lo que era imposible que volvieran a encenderla minutos antes de verlo si acaso se les apagó por error.

–Bien hecho, mocosos… –sonrió de medio lado– Hacía mucho que nadie pasaba la primera prueba, pero eso no significa que en la segunda correrán con la misma suerte.

La pared se movió, dejándoles salir. Como el día anterior fueron conducidos a un sitio parecido, sólo que éste parecía hecho de otra clase de piedra. Dentro estaba oscuro, a diferencia del resto visto hasta ese momento.

–¿Y cuál es el reto en esta ocasión? –preguntó Zenpu.

Morok sonrió de una manera siniestra.

–Permanecer con vida hasta mañana… –dijo antes de salir.

–¿Cree que venga más tarde para matarnos? –se preocupó el caballero.

–No, las puertas que coloca parecen imposibles de moverse o abrirse hasta la mañana siguiente, estamos atrapados en este sitio –se llevó la mano hasta la barbilla, reflexionando–. Los cantos decían que nos cuidáramos de las alas… ¿las alas de quién?

Justo en ese momento Atreyu miró en otra dirección, notando un débil brillo, como si fuera…

–¡Cuidado!

Se abalanzó sobre Zenpu a sólo segundos de que la cuchilla llegara hasta ellos. Así como apareció se había marchado, sin dar tiempo a que vieran lo que realmente había pasado.

–¿Qué era eso? –preguntó el hyatino aún tirado en el piso.

–Parece ser una navaja o espada… –avisó, mirando sobre sus cabezas.

–¿En este sitio?

–Aún así, fue demasiado rápido como para ser empuñado por mano alguna.

–¿Y se supone que debemos cuidarnos de algo que desconocemos? –se exaltó el otro.

–Cuidarnos de las alas… alas… ¿de quién?

–En este sitio sólo podría haber…

–…murciélagos… –finalizó, tragando grueso.

El plan era simple: deberían mantenerse acostados toda la noche, apenas arrastrándose en completo silencio para inspeccionar el sitio donde se encontraran. Pasaron horas de tortura con el miedo de estar bajo un nuevo ataque en cualquier momento, llegado un punto el hyatino se desesperó e intentó ponerse de pie, pero bastó con que Atreyu lanzara una piedra para que un tropel de esos animales volaran en su dirección. Miraron asombrados cómo los murciélagos se movían a tal velocidad que era casi imposible seguir sus movimientos y no sólo eso, sino que al hacerlo sus alas cortaban todo como si de cuchillas se tratara.

–Aún cuando estemos al borde de la locura, debemos evitar que el otro se pare –le hizo ver.

–Afortunadamente estaba usted conmigo, de no ser así no quiero imaginarme la muerte que me esperaba… –suspiró el caballero.

Atreyu quedó en silencio, sin contestar al gesto de agradecimiento. Zenpu notó que interiormente el muchacho parecía sostener una batalla consigo mismo y entonces comprendió su actitud, la misma que sostuviera desde que le conoció.

–Joven Piel Verde… –le llamó, captando su atención– Sé que aún no puede perdonar del todo la ofensa del pueblo de Hyat, fuimos en contra de la voluntad de la Emperatriz Infantil y no hay día que no nos reprochemos la decisión tomada, sin embargo, realmente queremos disculparnos con ella. El que nuestra soberana esté en la búsqueda de la humana es sólo una muestra de nuestro arrepentimiento.

–Zenpu… –habló a media voz– No negaré que en un principio me sentía bastante incómodo con su presencia, incluso después de todo este tiempo no puedo olvidar la noche de la Batalla de la Torre de Marfil. Sin embargo, luego de reflexionarlo estos días, en este nueva misión encomendada por la Soberana de toda Fantasia, he recapacitado. Si los hyatinos y demás fantasios no hubieran peleado contra mí, seguramente me habría hecho tarde o temprano con el Pentáculo y al suceder esto le hubiera arrebatado a Bastián la única manera de volver a su mundo.

Quedaron callados unos minutos, la oscuridad de la cueva no les permitía distinguir correctamente los rasgos del otro, pero ambos comprendían que el otro estaba meditando las palabras de su acompañante. Finalmente, el Hombre de Hierba prosiguió.

–Muchas vidas se perdieron en esa pelea, aún puedo escuchar los gritos de los fantasios, despertándome a la mitad de la noche. Aún ahora me pregunto por qué la Emperatriz no apareció en ese momento para detener tan sangrienta matanza, pero, tal como Fújur me dijera: "a veces sus decisiones son incomprensibles".

–Joven Atreyu… yo estuve en la Batalla… –confesó con vergüenza– Mi espada atravesó a muchos de sus amigos, mis manos se mancharon de sangre, mis ojos contemplaron los cuerpos inertes de pueblos enteros… pero no me detuve. Me repetía constantemente que luchaba por la causa correcta puesto que el Joven Bastián sería nuestro nuevo soberano y el único al que le debíamos completa fidelidad y… aún así… no entendía por qué su Era debía empezar bañada en sangre. No sabe cuánto me arrepiento de haber desenvainado mi espada.

Atreyu recordó cómo llegó a sostener esa arma e incluso amenazar con ella a su mejor amigo. Nunca fue su intención lastimarlo, sólo quería salvarle de la perdición que representaba esa hambre de poder despertada por Xayide. Pese a ello, mucho se preguntó qué hubiera pasado si Bastián no desenvainara su espada esa noche, ¿habría tenido el valor suficiente para pelear contra su mejor amigo? ¿Realmente se hubiese atrevido a lastimarlo? Estaba seguro de que, aún sin Sikanda, su fuerza era temible y definitivamente habría opuesto resistencia, pero él tampoco estaba indefenso; su pueblo era una tribu de los guerreros más reconocidos en Fantasia, no por las batallas presentadas, sino por su nobleza y arrojo, sin embargo, no comprendía si podría enfrentarle de la misma manera en que se hubiera arrojado tras el gran búfalo purpúreo.

El Piel Verde no quiso seguir pensando en ello, así que habló rompiendo el silencio.

–Eso ya forma parte del pasado, si nos detenemos mirando siempre hacia atrás estaríamos enemistados con todos. Olvidemos esa noche, es lo mejor para todos.

–Estoy de acuerdo, Joven Atreyu –asintió el otro–, a nadie le hace bien recordarla.

La habitación comenzaba a enloquecerlos, afectándolos por separado, en ese momento agradecían tener la compañía del otro, dándose mutuamente palabras de aliento para evitar pararse y ser decapitados por esos animales. Atreyu no podía imaginarse la tortura a la que estuvo sometido el antiguo guerrero del que hablaban las ancianas de su aldea. Finalmente, luego de esa noche que duró más de lo normal, la puerta de piedra se abrió y por la misma entró Morok.

El ser de las sombras esperaba hallar cadáveres en descomposición, grande fue su asombro cuando sus dos invitados se pararon, dispuestos a recibirle. No ocultó su molestia, con una mano le indicó que le siguieran, llevándolos hasta la tercer cueva, en ella se hallaban grandes jarrones con diferentes grabados, de las paredes colgaban algunas agujas hechas de diferentes metales muy afilados que podían cortar hasta la armadura más resistente.

–Antes de mañana esos recipientes deberán estar llenos de flores –les avisó, señalando las púas alrededor de ellos–, podrán encontrar las mismas bajo los diferentes metales de las cuevas.

–¡¿Está loco?! –se exaltó por primera vez Zenpu– Moriremos desangrados antes de siquiera llenar la mitad de uno. E incluso si no lo hacemos, la mañana llegará antes de que logremos nuestro cometido.

Morok sonrió victorioso, contemplándole, dirigió su mano hasta la capa que en ese momento usaba y de la misma extrajo un delgado hilo que brillaba débilmente.

–Si eso es lo que piensan, entonces dense por vencidos de una buena vez –les extendió la fibra que continuaba impregnada de ese débil resplandor–, únanse al resto de los habitantes de Arlequín de una manera digna, después no seré tan benévolo.

–Aún no nos rendimos –exclamó Atreyu.

–Como gusten –bufó antes de salir–, sólo recuerden que yo se los advertí.

La pared se cerró detrás de él y nuevamente ambos quedaron solos. Zenpu se puso a analizar el sitio, intentando encontrar una ruta segura por la cual tomar las flores mencionadas, el problema radicaba en que las púas estaban tan cerca la una de la otra que era imposible lograr su cometido; intentó sacarlas con ayuda de un pequeño palo encontrado en la cueva, mas este fue cortado fácilmente en pedazos.

–Es inútil… –avisó– El único camino que veo es apartar las agujas nosotros mismos, sin importar cuántas veces nos cortemos.

–Eso es lo que él desea… –le hizo ver– ¿Recuerdas la última estrofa?

–"A la Tercera busca a la Reina", ¿de qué reina habla? Aquí no hay nadie aparte de nosotros.

Atreyu continuó admirando todos los rincones del sitio hasta que divisó un pequeño tropel de hormigas que transportaban comida a su hormiguero, ubicado en una esquina del lugar. Le hizo una seña al caballero para que notara lo que él estaba contemplando y finalmente, con mucho cuidado de no aplastarlas, llegaron hasta la entrada del hogar de esos animalillos. Un par de hormigas con grandes tenazas les salieron al paso, contemplándoles con detenimiento pese a ser cientos de veces más pequeños.

–¿Qué quieren? –preguntó una con rudeza.

–Deseamos una audiencia con su Majestad –habló Atreyu.

Las hormigas soldado y las obreras que continuaban recolectando provisiones se echaron a reír, mirándoles divertidos.

–¿Ustedes desean entrevistarse con nuestra Reina? –preguntó el otro soldado– ¡No me hagan reír!

–Es muy importante –habló Zenpu–, un asunto de vida o muerte.

–Por favor –pidió Atreyu–, sólo ustedes pueden ayudarnos.

Las hormigas eran animales inteligentes, trabajadores y benevolentes, los soldados discutieron un poco entre sí sobre la decisión a tomar. Los visitantes no podían entrar con su tamaño a su pequeño refugio y su Majestad no podía exponerse al peligro de salir, sin embargo, tampoco podían darle la espalda a alguien que pudiera estar en un apuro y, al mismo tiempo, podía tratarse todo de una trampa contra la seguridad de su Soberana.

–Sea como ustedes gusten… –dijo una de los soldados– Acérquense.

Atreyu y Zenpu se agacharon, quedando a centímetros de ellos dispuestos a escuchar su veredicto, en ese momento las pequeñas soldados les mordieron en el rostro, levantándose por el dolor producido.

–¡¿Qué fue eso?! –les miró molesto Zenpu.

Tuvo que sentarse al ver cómo la cueva daba vueltas a su alrededor, parecía que alguien sacudía su cuerpo, notó que el Piel Verde estaba en una situación parecida, llevándose una mano hasta la cabeza antes de desmayarse en el sitio. Lo siguiente que vio fue al tropel de hormigas ir en su dirección, luego todo quedó a oscuras.

Mientras tanto, finalmente el ser de ojos rojos logró hallar a Hýnreck el Héroe, saliéndole al paso al tiempo que lanzaba un grito infernal. Plegó sus alas después de tanto tiempo viajando en su búsqueda y se acercó a paso lento.