IX.

Se unen los últimos compañeros

Imposible resultaría describir los pensamientos que surcaban la mente de Atreyu y Zenpu apenas abrieron los ojos. Comprendieron que su tamaño había sido reducido por la picadura de las hormigas soldado, las cuales, perfectamente armadas con largas lanzas, les condujeron por corredores con las muñecas atadas a la espalda.

El sitio en el cual se hallaban era realmente un palacio en miniatura con escaleras perfectamente talladas, grabados en las paredes, un sistema de ventilación e incluso decoraciones en las salas que lograban apenas vislumbrar. Fueron llevados por torres y cámaras hasta descender lo que se considerarían varios pisos, con algunos curiosos detrás de ellos al ver a los recién llegados; finalmente se detuvieron los soldados frente a una amplia puerta con decorado magnífico, tocaron tres veces y después entraron sin que voz alguna se los indicara.

Atreyu y Zenpu fueron empujados con poca cortesía al interior, dentro unas antorchas iluminaban la estancia y allí, sobre un trono de lo que parecía ser un metal precioso, una enorme hormiga con una corona sobre su cabeza.

–¿Quién anda allí? –preguntó calmadamente.

–Su Majestad –hicieron reverencia los soldados–, estos bípedos de la superficie solicitan una audiencia con Usted, parece ser que tienen un asunto de gran importancia qué tratar.

–Adelante –hizo una invitación con sus manos.

Los jóvenes fueron desatados de las muñecas, tallándoselas al notar que la circulación se había alentado en ese punto, doliéndoles de sobremanera. Después de ello Atreyu reverenció con un pie en tierra e, inclinando el rostro, habló.

–Lamentamos mucho llegar de improviso, Su Alteza, mas hemos acudido a usted debido a un gran problema que se nos presenta y el cual no podemos solucionar solos.

–Les escucho –fue su respuesta tranquila.

–En realidad… nos gustaría hablar con la verdadera Reina –dijo Zenpu seriamente.

Un silencio se hizo presente y luego, un pequeño murmullo de las obreras que había llegado, los soldados se acercaron a ellos a gran velocidad y colocaron las lanzas en sus cuellos, avisándoles con esta acción que no se trataba de un juego y podrían acabar con su vida en cualquier momento. Atreyu miró confundido al caballero, no comprendiendo el por qué de sus palabras. Sin embargo, Zenpu estaba tranquilo, su mirada serena y firme colocada sobre la hormiga frente a él, sus músculos relajados y su respiración pacífica.

–¿De qué estás hablando, bípedo? –le dijo la misma hormiga.

–Es una cámara muy vulnerable a cualquier ataque, si bien su localización puede causar confusión debido a los largos corredores y cámaras para llegar aquí, no he visto la Cámara de Incubación y es bien sabido que la Reina es la Madre de todas las hormigas, por lo que no podría despegarse de sus hijos. Si sólo podemos hablar con ella a través de usted, aceptamos ello, mas por favor no se atrevan a mentirnos, el asunto que nos infiere es de vida o muerte.

Un silencio más largo que el anterior se levantó, en esta ocasión ninguna de las obreras dijo nada, la gran hormiga dio la señal de que bajasen sus armas y luego, contemplándoles fijamente con sus ojos color miel les dijo tranquilamente.

–Está bien, la Reina ha aceptado verles, comprenderán que no podrán acudir a ella de esa manera.

Nuevamente fueron atados de las muñecas, pareciera ser que con tela de araña, luego los soldados les volvieron a atar entre ellos y también de los pies, dificultándoles el movimiento. Fueron conducidos por largos pasillos que parecían enroscarse cada vez más, llegando finalmente hasta una bóveda enorme, iluminada por lo que parecían unas pequeñas rocas a los costados. Las hormigas soldados les aventaron a la tierra, dejándoles con la cara en el piso. De entre las sombras del lugar se asomó un gran bulto que tenía unas pequeñas antenas en lo que parecía ser su cara, unos ojos pequeños y del color de la pez les contempló unos minutos, parpadeando ante el cambio de luz producido en relación con su resguardo.

–Majestad… –se inclinó la gran hormiga que antes se hiciera pasar por ella.

–Está bien… –habló con una voz tan maternal y tranquila que por un momento tanto Atreyu como Zenpu quisieron correr a ella y decirle "Madre"– Esperaba su llegada… después de todo, ya antes alguien más vino por el mismo motivo…

–Lamentamos mucho el atrevimiento… –habló el Piel Verde aún sin levantar la mirada– De no ser porque nuestros amigos están en gran peligro…

–No hay nada qué explicar, sé lo que ocurre y el motivo de su llegada… –volvió a decir la Hormiga Reina– Morok ha atrapado a los habitantes de Arlequín y les tiene prisioneros.

–¿Pero… cómo es que sabe ello?

–Tengo soldados en todas partes de esta cueva, sabiendo dónde vivimos, no podemos bajar la guardia, es menester cuidar de todos mis hijos en todo momento.

–Comprendo… lamento si le insulté con mi pregunta… –dijo apenado.

–Me recuerdas al antiguo cazador que ya antes viniera… al parecer cumplió con su misión si es que ustedes se encuentran aquí… pero simplemente pasar las Tres Pruebas de Morok no te salvará de él, es un ser de las sombras y como tal no respeta las reglas si considera que su contrincante no es digno.

–Entonces, ¿qué podemos hacer, Alteza? –se dirigió por primera vez a ella el caballero.

–Deberán llenar los jarrones en primer lugar, si ya han llegado hasta este punto lo demás no será tan difícil. Mis hijos podrán ayudarles a recolectar las flores bajo las espinas y antes de la mañana la prueba será superada.

–Muchas gracias –hablaron al unísono, sabiendo que con su tamaño actual podrían pasar bajo la trampa de su oponente.

–Escuchen bien: Morok se enfadará cuando vea que han triunfado, se portará amable con ustedes y ofrecerá su libertad inmediata, ¡no la acepten! Seguramente han visto su capa, se encuentra hecha de los miedos de todo aquél que mire dentro de él.

–Entonces… ese hilo que sacó de la misma… –murmuró Zenpu.

–Eran sus miedos, arrancados de su mente… Morok les ofreció la oportunidad de eliminarlo de su capa, mas al rechazarlo han hecho lo correcto –comprendió la gravedad de la situación si ya le habían visto sonreír–. Lo que deben hacer es soportar sus miedos, aquellos a los cuales les lanzará una vez vea los jarrones llenos.

–¿Cómo podríamos entonces enfrentarnos a él? –murmuró desesperado Zenpu.

–Creí que no tenía ya miedo, pero… aún hay uno que las esfinges no eliminaron… –meditó Atreyu.

–¿Has estado en el Oráculo del Sur? –le miró fijamente la Hormiga Reina.

–Sí, he hablado con Uyulala.

–Incluso si las esfinges se han llevado tus miedos, recuerda que lo perdido puede ser recuperado… hay cosas que no nos pueden ser arrebatadas y prueba de ello es lo visto en la boca de Morok.

Atreyu asintió, realmente hubiera sido más simple si todo rastro de miedo se hubiera esfumado para nunca más regresar, pero comprendía que entonces se hubiese vuelto insensible al mundo que le rodeaba, a la belleza que era Fantasia.

–También Morok tiene miedo… –sus palabras atrajeron su atención.

–¿A qué podría temerle él? –preguntó Zenpu.

Apenas supo que el nuevo día se acercaba se apresuró en ir a la Tercera casa, no quería esperar más como lo hizo las dos veces anteriores, el ser de las sombras deseaba poder acabar con Nadie y Ninguno, aquellos dos pobres ingenuos que habían retado su poderío, ni siquiera les dejaría continuar sumergidos en la desesperación que representaba juntar todas las flores del sitio: era hora de terminar con ese juego.

Abrió los ojos de la impresión cuando la piedra se retiró y frente a él los seis jarrones se hallasen al tope de su capacidad, todos con diferentes tipos de flores. Junto a las vasijas los dos visitantes se hallaban sentados, esperando su venida, golpeó el muro de piedra con fuerza, vibrando todo el lugar y sus dientes rechinaron al darse cuenta que esos dos continuaban con vida.

–¡¿Cómo es esto posible?! –les miró colérico.

–Hemos cumplido nuestra parte del trato –dijo Ninguno–, le toca a usted, Señor Morok.

–En efecto, han pasado mis pruebas –habló en un tono más tranquilo–, síganme y les llevaré con las mujeres.

Caminaron lentamente, escuchando sus pasos inundar el lugar, ninguno de los tres dijo palabra alguna. Finalmente se detuvieron frente a la poza que viesen al llegar, aquella donde los vapores se elevaban y desaparecían mientras unos murmullos resonaban en el sitio.

–Tomen con cuidado una de las lágrimas con ambas manos –les dijo–. Deben saber cuál es, pues si se sumergen por más tiempo se unirán a las ya existentes y eso enturbiaría su sabor; una vez la sostengan y saquen del sitio, podrán retirarse.

–¿Estás diciendo que sólo tenemos una oportunidad? –le dijo Atreyu– ¿Qué pasará con el resto de tus prisioneros?

–Han venido porque me llevé a sus compañeras, mi pelea con Allegro no es de su incumbencia. Ahora, tómenla y márchense.

Zenpu se arrodilló frente a la poza, quedando en silencio unos instantes, luego su vista quedó clavada en un punto en específico y hundió con cuidado ambas manos.

–Se me olvidaba: si la lágrima se te resbala, no podrás recuperarla, sin importar cuántas veces lo intentes.

El caballero no le prestó atención, sacó las manos de las lágrimas, trayendo entre ambas una gota que brillaba cálidamente mientras parecía susurrarle algo; la atrajo contra sí, protegiéndola de los curiosos. Atreyu quedó en blanco, ¿cómo se supone que sacaría a Noway de allí? Apenas le conocía y la fantasia no hablaba mucho. Se arrodilló igualmente.

Sus iris contemplaron las lágrimas allí contenidas, susurrando cada una su dolor, parecía ser que lo transmitían con ello; sintió dolor por su padre en la guerra aun cuando nunca le conociera, quiso llorar amargamente por el incendio de su pueblo pese a que la hierba estaba más jugosa que nunca, la tristeza le embargó al pensar en su hijo asesinado por un troll sabiendo que nunca había sido padre… Entonces comprendió que cada una de esas lágrimas era una persona diferente que revivía una y otra vez su más grande miedo.

–¿Qué ocurre, Nadie? –le miró fijamente Morok– ¿Acaso quieres unirte a los hombres en mi colección privada?

–No es ello… –le dijo– Noway no está aquí…

–Todas las mujeres que podían llorar se encuentran allí –le dijo con gravedad.

–Entonces ella… ¿no podía hacerlo? –le preguntó el caballero.

–La tienes contigo, ¿no es verdad? –inquirió el Piel Verde.

En el centro del collar de conchas que colgaba de su cuello, una concha de color perla destacaba, más clara y pequeña que el resto, Morok pareció confundido ante su mirada. Y eso Atreyu lo notó.

–Allí está –señaló el sitio.

–Una joya en verdad extraña –le dijo–. Comprenderás que no puedo perderla.

–Me la darás en el acto… Korom.

Las paredes temblaron con fuerza, el murmullo de la poza cesó y el brillo del tocado de Morok se apagó. El ser de las sombras cayó de rodillas frente a él, de pronto parecía tan vulnerable como un conejo asustado.

–¿Cómo sabe… mi verdadero nombre? –preguntó con voz trémula.

–Escucha bien: ahora eres mío, nos dejarás ir a Zenpu, a mí y al resto de los habitantes de Arlequín, ¿has escuchado?

–Sí… amo. ¿Puedo saber el nombre del primer ser que me doblega?

–Atreyu… que no se te olvide.

–Entonces… que así sea… –le dijo mirándole fijamente a los ojos.

–Dame a Noway.

–Tome, mi amo… –le extendió el collar– pero… lo que he dicho es cierto: esa fantasia no puede llorar, al menos no de una forma normal.

–¿A qué te refieres con eso? –tomó la pequeña concha, separándola del resto.

–Quizás algún día lo sepamos…

Asdjob y Fújur contemplaron a Zenpu salir del sitio. El caballero llevaba una gota en la mano que, al depositarla en tierra retomó la forma de la soberana de Hyat. Atreyu abrió la concha, liberando de su interior a Noway. El equino y el dragón se alegraron al ver el término de ese viaje.

–Esperamos no haber tardado mucho –dijo el Piel Verde.

–Sabía que lo haría, mi pequeño señor, pero jamás creí que tan pronto –Fújur hizo sonar su voz de campana de cobre.

–¿A qué te refieres?

–Apenas hemos visto desaparecer sus espaldas cuando ya se hallaban de vuelta, creímos que tendrían miedo de bajar solos –les dijo el caballo.

–Bueno, él pudo pensar así, yo no, después de todo, sé que todo se logra con un poco de suerte –guiñó su ojo rubí izquierdo.

El tronco detrás de ellos desapareció, desintegrándose en miles de fragmentos y volviéndose a conformar, aunque en esta ocasión con la forma de un fantasio muy particular: frente a ellos se encontraba Morok. Fújur se irguió, contemplándole fijamente, parecía ser que de un momento a otro expediría llamas azules en contra del intruso.

–Vendrá con nosotros… –les dijo Atreyu.

–¿Un ser de las sombras? –le miró confundido el dragón color madreperla.

–Ya lo dijo Múyox: no rechazaré ningún tipo de ayuda. Korom, devuelve Arlequín a su forma original.

–Como desee, amo –se inclinó frente a él.

La capa que poseía perdió todos sus hilos en un instante, transformándose en los hombres perdidos del país; los vapores de la poza que ya no era visible se elevaron hasta tocar la superficie, los árboles recuperaron su follaje y el pasto volvió a crecer en sólo un instante, las flores se abrieron y los animales regresaron al bosque que consideraron su hogar.

–Todas las mujeres han sido liberadas –les dijo.

Si otro país hubiese enfrentado tal amenaza se hubieran lanzado en su contra, en vez de ello los habitantes de Arlequín dieron media vuelta, presurosos ante el tiempo que llevaban sin bailar, cantar o componer un poema, además, seguramente las mujeres estarían en una situación parecida, por lo que deberían festejarlo en la Plaza del sitio, junto a la Fuente de los Milagros.

–Debemos retomar nuestro camino –dijo Atreyu.

–Estamos más cerca del Castillo de Baureo, no tardaremos en dar con él –le avisó Zenpu, subiendo a Ja Kuti en su corcel.

–Entonces, andando… Korom, nos espera un camino largo.

El ser de las sombras asintió, sabiendo que desde que el joven Piel Verde conocía su verdadero nombre le pertenecía por entero: he allí la importancia de permanecer siempre desconocido a tu enemigo. Se dieron vuelta para retomar la ruta que siguieran desde un principio cuando oyeron una extraña voz detrás de ellos.

–¡Joven Atreyu, joven Atreyu!

Se trataba de Wik, quien se mantuvo flotando frente a ellos con su eterna mueca pintada en su rostro.

–¿Qué ocurre? –quiso saber el Piel Verde.

–La Condesa Sonrisas manda su agradecimiento a todos ustedes, en verdad no hay palabras que puedan expresar nuestra gratitud. También me dijo que le diera esto –le entregó una pequeña botella–, es agua de nuestra fuente.

–Gracias, Wik. Cuida a todos.

–¡Espere! –le detuvo– Me preguntaba si… si puedo acompañarles…

–Adelante –accedió el joven.

–¡¿De verdad?! –saltó en el aire– ¡Gracias, ahora podré ir a todos lados con los héroes de Allegro!

–Antes de seguir, deberían cuidar de ella –Morok señaló con la mano a Noway.

La fantasia lucía extrañamente débil, recargándose en Fújur. Ja Kuti bajó del caballo y corrió a su encuentro, le desabrochó el sayal color miel y se llevó una mano a la boca al ver la situación en la que se encontraban, los demás notaron lo mismo que ella: un pequeño remolino en su pecho.

Frente a Hýnreck el Héroe el ser se mostró en todo su esplendor: tenía ojos rojos brillantes, cabeza de gallo con una mancha en la frente que asemejaba una corona, enormes alas espinosas, su cuerpo en forma de sapo estaba cubierto de plumas amarillas y terminaba en una cola de serpiente.

–¿De modo que eres tú aquél que me ha seguido? –le señaló con su espada, aun sobre su montura.

–Un caballero muy astuto –habló el ser con una voz grave que, sin embargo, lucía extrañamente aguda–. Realmente eres lo que podría considerarse como "héroe", pero ni siquiera tú podrás detenerme en mi propósito.

–La humana no está conmigo y desconozco dónde se halle… –le comunicó.

–¿Quién dijo que la buscaba? No puede evitar querer completar las historias y tú, caballero, eres una de ellas. Imagina lo que pasa cuando no hay historia qué contar.