XI.

En la Montaña de los Túneles

Kilos y kilos de roca caliza constituían el alimento diario de los comerrocas, habitantes de la Montaña de los Túneles; muy rara vez salían de sus dominios, pues en dicho lugar encontraban todo lo que les era necesario para la vida, por eso mismo una tarde como cualquier otra se asombraron al ver caer del cielo una especie de mitad hombre y mitad caballo que, sin embargo, poseía alas. Los comerrocas se apartaron presurosos del sitio en el cual se había producido el impacto, murmurando sorprendidos al no reconocer al ser frente a ellos, ¿se trataba de aquella especie conocida como pegasos? ¿Acaso de un centauro? ¿O incluso un ángel? Nada sabían de ello e incluso era posible que se equivocaran.

Fuera cual fuera la respuesta lo único cierto era que el extraño ser se encontraba herido, ninguna criatura se estrellaría a conciencia como él lo hiciera en una montaña de roca sólida donde el impacto sería peor. Examinándolo con un poco más de detenimiento notaron la flecha clavada en el cuerpo del extraño fantasio y las alas chamuscadas en algunas puntas que le impedían remontar el vuelo, no sólo eso, sino que al caer se había torcido una de las patas traseras, razón por la cual casi no podía estar de pie. Conmovidos por ello los comerrocas construyeron una pequeña choza hecha con los troncos de los árboles cercanos. No se podía decir ni con la mejor disposición que se trataba realmente de una casa: tenía la puerta más baja de lo normal para dicha criatura, la cual era varios metros más pequeña que los nativos de la Montaña de los Túneles, asimismo era más ancha, por lo cual no ofrecía realmente un medio por el cual entrar y salir de la misma; la única ventana que comunicaba con el exterior había sido construida dejando el espacio necesario sin colocar cortinas, vidrio o incluso unas hojas con las cuales guarecerse del frío viento; el techo era apenas unos troncos atravesados unos sobre otros y colocados allí por una gigantesca mano sin orden alguno y con la posibilidad de caerse de un momento a otro.

No debe juzgarse mal a los comerrocas, éstos construían todo lo que requerían de la piedra que les rodeaba al comerla, dándole la forma de lo que necesitaban, razón por la cual el refugio improvisado resultaba tosco en realidad. Sin embargo, habían llevado junto al pequeño hogar una enorme piedra de río al que alguno había dado algunas mordidas y agujereado su interior, por lo cual podía ser llenado con las gotas de lluvia, el rocío matutino o agua traída del río más cercano por uno de los enormes gigantes hechos de piedra. Sin embargo, todos estos cuidados no servirían de nada si alguien no curaba al extraño visitante, por eso mismo habían mandado llamar a un médico. Afortunadamente para ellos el cornejo al que enviasen (un conejo con cuernos de ciervo de un pálido tono crema) regresó en un par de horas seguido por el médico más famoso de Fantasia.

Se trataba de un centauro del Sur cuya piel de color oscuro tenía tatuada líneas blancas semejantes a las franjas de las cebras; llevaba colgado al cuello un medallón con una serpiente enroscada, el símbolo de los médicos fantasios; sobre su cabeza se vislumbraba un sombrero entretejido de color café claro; su crin estaba trenzada y en la punta de cada una de las pequeñas trenzas se encontraban pequeños dijes con símbolos diversos; en las manos llevaba un pequeño maletín indudablemente hecho del mismo material que su sombrero.

Cuando Cairón entró en la pequeña cabaña con grandes dificultades de su parte debido a la incómoda puerta se topó con un centauro alado, un ser tan extraño que se creía extinto desde hace varios milenios. El fantasio le miró con terror sin atreverse a moverse, únicamente se había encogido en uno de los extremos de la cabaña sin quitarle la vista de encima. El médico notó que había intentado sacarse la flecha por sí mismo sin éxito alguno, pues se había roto dejando la punta de la lanza todavía incrustada en su flanco derecho, entre sus costillas. Asimismo vio que no se sostenía en todas sus patas, pues cojeaba de una, la cual lucía inflamada, debiendo atenderse en el acto si deseaba salvarla.

–Saludos, hermano –le habló en el Gran Lenguaje–, soy Cairón, hijo de Creu, perteneciente a la Cofradía de los 500 médicos.

Sin embargo el otro permaneció mudo. Cairón lo escudriñó con detenimiento, tenía el pelo largo, llegándole a los hombros y de color rubio a pesar de que su tono de piel era moreno, aunque no tanto como el suyo; alrededor de su cabeza llevaba una venda de cuero con unos símbolos antiguos; sus rasgos eran más delicados que el resto de los centauros, por lo cual el médico constató que se trataba de un lejano pero auténtico Hijo del Viento, aquellos espíritus libres y juguetones portadores de buena fortuna, en contraste con los Guardianes del Bosque, los cuales eran guerreros natos dotados de gran agilidad con el arco, resistencia y fuerza. Quizás el otro ser había pasado tanto tiempo alejado de los demás fantasios que había olvidado las palabras del Gran Lenguaje.

–Cairón te saluda, hermano –inclinó su cabeza con respeto ante el otro, hablando en el lenguaje de los caballos, ya que dudaba que comprendiese el de su propia especie.

–Arilyth te escucha, hermano –contestó el otro con voz aterciopelada mas no pudo hacer la reverencia correspondiente por el dolor de su pata trasera.

–Me han mandado traer los comerrocas diciendo que uno de los míos se encontraba herido en su territorio, si me lo permites me gustaría revisar tus heridas –le comunicó.

–No dudo de tus palabras, mi hermano –habló suavemente–, mas es poco lo que puedes hacer.

El centauro alado extendió un par de alas doradas que indudablemente fueron muy bellas en otros tiempos mas ahora se encontraban quemadas, las plumas de la punta se habían caído y el color negro avanzaba lento pero seguro hasta la espalda del fantasio.

–¡Por Quirón! –se asombró, nombrando al primer centauro, padre de todos los que ahora poblaban Fantasia.

–Ya veo que tú también reconoces la obra de ese ser, no te preocupes, tu trabajo aquí concluye, no tienes deuda alguna conmigo, marcha sin que la pena se ancle en tu corazón –bajó la mirada, dejándose caer en el pequeño lecho improvisado que hiciera con las hojas llevadas allí por los comerrocas.

–Veo la marca del ser que te ha hecho esto y te digo que no me rendiré –se acercó a él con decisión–, salvaré tu vida o te perderé en el intento.

Después de dos días de probar inútilmente remedios y medicinas en conjunto, Cairón hubo de reconocer que el fuego helado de los dragones negros era destructivo en exceso. Los sitios tocados por el mismo tardaban varios siglos en recuperarse, si es que alguna vez lo hacían, mas en el caso de una criatura de Fantasia ello sólo significaba el avance lento de una muerte tortuosa. Sin embargo, el viejo médico no se rindió y pronto encontró un elixir que, si bien no curaría a su paciente, detendría el avance de la enfermedad. No quiso comunicarle que lo siguiente era cortar sus alas para salvar su vida, pues el hacerlo era como pedirle a él renunciar a sus poderosas patas, además, el orgullo de todo equino radicaba en su integridad, ¿cómo podía Arilyth considerarse un centauro alado sin alas con las cuales surcar el cielo?

Mientras el viejo centauro luchaba por encontrar un remedio adecuado no se había olvidado de la herida en su costado, sacando la punta de la flecha y vendando su torso. También había tratado la pata de su paciente, por lo cual la misma fue debidamente entablillada y untada con unas hierbas frescas del bosque; a los escasos cuatro días el centauro alado podía ya sostenerse en la misma e incluso salió en cortos paseos para desentumirse, pues su refugio temporal no era muy grande.

En uno de tantos paseos Arilyth tardó más de lo debido, había emprendido el camino de regreso cuando oyó un terrible chillido, aquél que anunciaba la muerte. Los habitantes del bosque huyeron inmediatamente, sabiendo que la criatura que lo había pronunciado sólo traería pena y destrucción al sitio, incluso los comerrocas comenzaron a alejarse, pero el centauro alado no pudo: en esa dirección se hallaba su pequeño refugio y en él seguramente estaba Cairón. Apresuró el paso para llegar lo antes posible, supo en seguida que algo iba mal cuando vio marchitas las flores cercanas a su destino, el pasto había sido quemado y el agua que los comerrocas llevasen la noche anterior despedía un inconfundible aroma a veneno.

Tapó su nariz con una mano al darse cuenta de estos cambios, llamó en voz alta al viejo centauro mas éste no respondió, galopó un poco más alrededor de la cabaña antes de decidirse a entrar, temiendo lo peor. Cuando finalmente sus ojos se acostumbraron a la oscuridad en la cual se hallaba comprobó su sospecha.

Noway tuvo que recargarse en el tronco de un árbol antes de seguir caminando, el aliento le faltaba cada vez con mayor frecuencia, bajó la capucha del sayal para sentir la brisa sobre su rostro, se llevó una mano al pecho intentando tranquilizarse mas sólo sintió cómo ese pequeño torbellino le jalaba, intentando llevarle con él hasta hacerla desaparecer. Se repitió mentalmente que debía continuar, Múyox así lo hubiera deseado; justo en ese momento sintió la tierra moverse, asustada se acurrucó un poco más entre las raíces del árbol temiendo que el temblor fuera demasiado fuerte para pasarlo en medio del bosque donde diversos objetos podían caerle encima. Sin embargo, grande fue su asombro cuando vio a un tropel de animales y fantasios diversos correr en la misma dirección, huyendo al parecer de algo, incluso los gigantescos comerrocas pasaron cargando en sus manos a aquellos que estaban muy débiles para huir por sus propios medios o que eran demasiado lentos para seguirles el paso.

Cuando finalmente la tierra dejó de moverse bajo sus pies no supo qué hacer. Su primer instinto fue seguirlos, pues si ellos marchaban debían tener una muy buena razón para hacerlo, mas debía encontrar a Cairón y no había visto al mismo ir con la caravana. Sin embargo, existían muchos y diversos senderos por los cuales el viejo centauro pudiera partir, podría encontrarse lejos de allí en ese mismo instante y ella dirigirse a un gran peligro.

Se quedó parada a la mitad del camino sin saber a dónde ir, sus ojos distinguieron un correrillo cuyo plumaje multicolor resaltaba a varios metros, apenas si podía verse las motas de polvo que dejaban tras de sí, mas estaba demasiado asustado para ver bien la senda y, por otro lado, el bosque ofrecía muchos obstáculos en ese momento tras el caos dejado por el resto de los habitantes de la Montaña de los Túneles.

–¡Espera! –se abalanzó sobre él cuando daba un giro a un tronco, consiguiendo retenerle.

–¡Rápido, niña, vas en dirección equivocada! –se movió inquieto, queriendo liberarse.

–¿Qué sucede? ¿Por qué han huido todos? –le agarró más fuerte, inutilizando sus intentos de escape.

–¡Ha llegado, ha llegado, debemos irnos! –entornó los ojos a uno y otro lado, sabiendo que el sitio no era seguro.

–¿Quién vino?

–¡El enemigo de la comadreja!

Noway quedó muda… si ese ser se encontraba en la Montaña de los Túneles lo mejor era dar media vuelta, sólo un loco seguiría su camino. Sin embargo no soltó al pequeño fantasio, necesitaba hacerle un par de preguntas más.

–¿Has visto al centauro negro, a Cairón? ¿Lo conoces?

–Sí, sí… –se revolvió cada vez más nervioso, estaba perdiendo valioso tiempo.

–¿Estaba con los fantasios que marcharon antes? ¿Lo viste bajar? –le estrujó con fuerza en su pecho, sabiendo que no podría retenerlo por más tiempo.

–El Ser fue a su encuentro, seguramente lo buscaba, a esta hora el médico ya no debe existir.

Lo último apenas si pudo escucharlo, el correrillo se soltó a la mitad de la oración y comenzó a correr antes de que ella pudiera moverse. La chica permaneció inmóvil, no había nada qué hacer, lo mejor sería regresar al Monasterio del Ocaso bajo la protección de Múyox y esperar por el final de su existencia, pero ella no podía hacerle eso al zorro blanco, recordaba sus lecciones de memoria, repitiéndoselas cuando sentía que todo estaba perdido. Los Pensadores Profundos le habían enseñado a ser paciente, esperar y al mismo tiempo a hacer que las cosas pasaran. Por eso mismo se colocó nuevamente la capucha del sayal y comenzó el ascenso.

Wik inspeccionó todo el campamento, sobrevoló los sitios cercanos e incluso utilizó su umbraquinesis para ordenar a las sombras cercanas que revisaran los rincones a los cuales no había llegado. Observó la silueta del dragón blanco sobre los árboles y rocas, siguiéndola esperando que hubiera suerte. Atreyu y su montura descendieron en el claro donde se estaban quedando temporalmente, el Piel Verde lucía decepcionado con los resultados de su pequeña búsqueda. Morok apareció de la nada, integrándose de miles de partículas mientras hacía una reverencia y rendía su informe.

–Lo siento, mi amo, no la he encontrado.

Atreyu no dijo nada, pasando de largo de ambos, bastaba sólo mirar al pequeño fantasma para saber que su esfuerzo no había dado frutos. Morok sonrió suavemente, a pesar de que las lágrimas de los corazones vírgenes le apetecían de sobre manera, la culpa y el remordimiento de su Señor le resultaban atrayentes, podía ver cómo se enroscaban suavemente alrededor de su corazón, muchas veces ése era el primer paso para que un fantasio cualquiera se transformase en un ser de las sombras. Quizá su amo podía ser más interesante de lo que pensase en un principio y claro que serviría a un igual, aunque no le entusiasmase de sobre manera la idea de estar bajo las órdenes de alguien más.

El pequeño fantasma recordó la noche anterior, se encontraba flotando un poco lejos de la fogata, inspeccionando el bosque, desde que la Condesa le llevase con ella no había salido de Arlequín y mucho menos de Allegro, razón por la cual era más curioso que un fantasma normal; estaba admirando unas plantas raras cuando escuchó unas ramas secas partirse, dando un salto en el aire al sentir la presencia de alguien detrás de sí. Noway también se asustó al verle tan lejos del campamento, siendo interrogada al verla caminar sola mas la fantasia le tranquilizó diciendo que deseaba estirar las piernas, razón por la cual sólo le sonrió mientras le veía marcharse.

Si él hubiese alertado al Piel Verde la chica no andaría vagando con rumbo desconocido. En un primer momento Atreyu pensó que algo malo le había ocurrido, despertando al resto de la comitiva mientras les ponía al tanto de la desaparición del miembro faltante, mas luego de la confesión de Wik comprendió que les había dejado por su propia iniciativa. Sin embargo, Fújur notó la sonrisa que se formaba en Morok tras escuchar el relato, sintiéndose intranquilo por ello y comunicándoselo al Hombre de Hierba.

Ahora, a más de medio día de ventaja, la chica debía encontrarse lejos, Atreyu ordenó el alto a la búsqueda para permitirle a todos comer, no era apropiado que les tuviera realizando semejante esfuerzo sin probar bocado alguno. Zempu sacó las provisiones del día anterior mientras hacía la distribución y posteriormente les dejó para comer a solas, Ja Kuti tampoco dijo nada al respecto, limitándose a comer lo que había en su plato debajo de un árbol sin los atentos cuidados del caballero. A Atreyu esto le pareció extraño, ya que el servidor de la corona jamás dejaría a su princesa sola después de todos los peligros a los que se enfrentasen, por eso mismo se acercó a la hyatina, sentándose a su lado.

Ja Kuti se sorprendió con la repentina cercanía, en todo el viaje el chico no habíase mostrado especialmente contento con su presencia y ella no se atrevía a tomar la iniciativa, razón por la cual no tuvieran un trato cercano. En ese momento podía sentir la culpa carcomiéndola por dentro y, a pesar de todo, un pequeño alivio sabiendo que el Piel Verde no podía ser acusado de traición si regresaba al camino que la Hija de la Luna le diera. Pese a esto, le dolía estar cerca de su caballero quizá tanto como lo hacía su ausencia, sabía que las cosas con él no volverían a ser iguales sin importar cuánto lo intentara.

–¿Está bien? –preguntó Atreyu al verla jugar con sus alimentos.

–S-Sí… –evitó fijar su mirada en él.

–No ha dicho casi nada en todo el día y Zenpu no ha estado con usted –hizo ver.

–¿Puedo saber por qué soy la única a la que se sigue refiriendo tan… impersonalmente? –habló con cierta molestia.

–Es usted una princesa, ¿de qué forma debería referirme a usted, Alteza?

–Ya le he dicho que soy sólo una compañera de viaje, no necesito que me trate con tanta formalidad. Estoy aquí sin un séquito que me alabe ni cumpla todos mis caprichos, he dormido a la intemperie e incluso llegué a cazar la cena de anoche, ¿cree que soy lo que otros fantasios tacharían de una típica princesa?

A Atreyu le gustó la determinación de las palabras de la hyatina, era cierto que algunos pueblos guerreros entrenaban a sus soberanos para dominar el arte de la guerra y algunos otros elegían a los más respetados generales como sus dirigentes; no sabía mucho del pueblo de Ja Kuti debido a que el Mar de Hierba se hallaba muy lejano a otros poblados, pero por lo que podía ver le agradaban sus habitantes. Si él y Zenpu se hubiesen conocido en otras circunstancias habrían simpatizado inmediatamente e indudablemente serían buenos amigos, incluso habría invitado a que el forastero presenciara su Caza y eso no era algo típico de los Pieles Verde, era un honor que se reservaba para sólo los habitantes de las planicies.

Iba a pedir una disculpa a la chica cuando sus oídos comenzaron a zumbar con fuerza, se llevó una mano a la cabeza intentando aplacar el dolor que sentía mas éste sólo aumentó. Veía imágenes pasar a una velocidad vertiginosa y todas ellas se relacionaban de una u otra manera aunque no supiera exactamente cuál. Escuchó la voz de Ja Kuti llamarle antes de caer inconsciente a sus pies, lo último que logró vislumbrar fueron los ojos de la pequeña cría de búfalo purpúreo que contemplase al comienzo de su viaje.