Capítulo XIII
El castillo de Baureo
Miró en torno suyo apenas las cosas dejaron de girar, notando con horror que se encontraba solo, ninguno de sus acompañantes lograba distinguirse en el salón en el cual habíase aparecido. Llamó a uno y otro pero nadie respondió a sus gritos; sabiendo que nada ganaba con quedarse en el mismo lugar y que su prioridad era encontrar al cuidador del mapa para poder llegar hasta la humana, Atreyu comenzó a andar, estaba seguro de que tarde o temprano sus pasos le conducirían a algún sitio.
Sin embargo, luego de varia horas infructuosas por los pasillos y salones pudo corroborar con pesar que Kogna no bromeaba cuando había dicho que miles de estancias conformaban el interior del castillo de Baureo. Si bien el Templo de las Mil puertas constituía para muchos fantasios un laberinto interminable, bastaba sólo tener un objetivo en mente para hallar la salida del sitio. No ocurría lo mismo en ese instante: Atreyu desconocía por completo cómo salir de allí. Una y otra vez abrió puertas que le hacían creer que daba recorridos en círculos por el parecido de una habitación con otra, mas luego desechaba la idea por la manera tan sutil en que el edificio le perdía.
Lo curioso del caso es que el castillo no era una simple construcción, pues constantemente parecía burlarse del pequeño Piel Verde: las habitaciones se volvían extremadamente grandes o ridículamente pequeñas con él todavía allí presente; los pasillos se alargaban interminablemente hasta perder de vista la siguiente puerta; al entrar en otra estancia las paredes y el piso se desintegraban y él quedaba flotando en un espacio oscuro, con gran dificultad debía entonces buscar la puerta por la cual llegase…
Bufó molesto cuando nuevamente el edificio cambiaba la estancia en la cual se encontraba, era como lanzar los dados y justo cuando dejaban el aire éstos cambiaban completamente de idea. Estaba a punto de regresar sobre sus pasos cuando le pareció escuchar una suave tonada repitiéndose insistentemente, cerró los ojos intentando concentrarse en la misma.
–Atreyu, mi Pequeño Señor, ¿me oyes?
–¿Fújur? ¿Dónde estás? ¿Y el resto? –le llamó sin abrir los ojos.
–Al parecer el castillo no permite que avancemos si no tenemos un motivo para estar aquí –le escuchó decir.
–¿No han entrado?
–Nos hemos quedado en la primer estancia, no podemos avanzar más –aclaró–. Todos estamos bien, así que no te preocupes por nosotros, ¿has tenido suerte?
–Me temo que no, esto parece interminable.
–Escucha, Wik dice que sabe cómo llegar al mapa del sol.
–Dime, no tengo nada qué perder.
–En realidad es muy fácil –rió suavemente–. Ha tomado control de las sombras de este sitio y ha recorrido cada habitación con su umbraquinesis, así que cree poder formar un camino con ellas, elegirá la ruta más corta hasta el cuarto donde se encuentra, sólo debes seguirlas.
–De acuerdo, lo intentaré.
–Ahora bien, un último consejo: el cuidador te ofrecerá de todo a cambio de la respuesta que buscas, no caigas en su trampa.
–Lo tendré en cuenta –contestó con simpleza–. Fújur, ¿cómo es que puedo oírte?
–Con suerte… –le oyó contestar y estaba casi seguro de que había entornado uno de sus ojos color rubí para él.
El Piel Verde prestó atención a la estancia en la cual se encontraba, casi al instante una sombra de la pared a su derecha se alargó y colocó a la mitad de la habitación mientras atravesaba bajo la puerta. Atreyu, obviamente, la siguió. Recorrió diversos cuartos con las sombras siempre mostrándole el camino a seguir por los corredores y demás habitaciones, siendo a veces tan anchas como mesas y otras tan delgadas como hilos de araña, ello se debía a la cantidad de objetos que las proyectaban, pues entre menos hubiera no podían tomar fuerza para indicarle la senda correcta.
Finalmente, después de un largo desvío, logró llegar hasta un cuarto hecho completamente de piedra caliza; habían antorchas en las paredes de ambos lados, iluminando la estancia a pesar de que se encontraban a medio día, sólo después de un atento examen el Piel Verde descubrió que no eran llamas lo que salían de las mismas, sino suaves y tibios rayos dorados que alguien había capturado y colocado allí. En el centro del sitio, sobre una amplia mesa que abarcaba gran parte de la estancia, se hallaba un mapa del reino sin fronteras.
Quizás la palabra "mapa" podía dar la idea equivocada, no se trataba de un grueso pergamino extendido ni de un globo terráqueo, sino lo que parecían capas y capas de un material semejante al papiro que se desdoblaba y entretejía constantemente con letras hermosamente garigoleadas en tinta negra, en uno y otro lado habían dibujadas brújulas que constantemente cambiaban de posición o que se contradecían apuntando a diferentes Nortes e incluso algunos límites de países parecían juguetear entre sí pues cambiaban seguido de lugar para luego reaparecer en otro lado. Sí, indudablemente ése era el mapa que tanto buscase.
Se acercó con aire decidido cuando notó algo peculiar. Un viejo que parecía tan antiguo como el papel sobre el que estaba hecho el objeto de su deseo se enderezó de su asiento. Habíase sentado frente al plano y quedado tan quieto que casi podía ser tomado por parte del mismo, usaba una túnica holgada y un pequeño gorro de tonos sepia, sólo después descubriría que en realidad ambos formaban parte de su cuerpo, entre sus manos sostenía un bastón sumamente gastado hecho de madera de pino, su cabello era ya canoso y sus ojos estaban ligeramente hundidos y eran de un color gris lechoso: era ciego.
Cuidadosamente caminó más y más cerca del mapa, era un chico entrenado para acechar a su presa, por lo cual resultaba sumamente silencioso, pero no contaba con que el extraño hombre no necesitase de ojos comunes y corrientes para ver, sino que en realidad se movía de acuerdo a la presión del aire: no por nada vivía en el castillo de uno de los gigantes de los Vientos.
–Te esperaba, joven Piel Verde –dijo tranquilamente en voz alta.
Atreyu se quedó quieto, incapaz de reaccionar de ninguna forma.
–Te he visto con esto –enseñó una bola de cristal en el centro de la mesa–, sé por qué estás aquí: el imp te envió seguro de que podrías encontrar más fácilmente a la humana con mi ayuda, ¿no es verdad?
–S-Sí… –hubo de reconocer.
–Sé todo lo que acontece fuera de estos muros, siempre que se halle en el territorio iluminado por el astro rey del Este, es decir: casi toda Fantasia –clavó su mirada vacía en la bola de antes.
–Entonces sabrás la respuesta a mi pregunta, ¿no es así? –le miró expectante, recordando lo que Fújur le dijera, todo lo que había ocurrido dentro del castillo no podía saberlo, ¿cierto?
–La conozco… –habló lentamente, casi deteniéndose– ¿Pero es eso lo que tú realmente quieres saber? Por haber llegado hasta mí puedo contestar tus dudas respecto a todos tus anhelos, sin embargo, sólo lo haré en lo referente a un tema.
–No hay nada más que quiera saber que la ubicación de la humana –respondió serio.
–¿Estás seguro? –el anciano clavó sus ojos en él y Atreyu se sintió de pronto sumamente expuesto ante su escrutinio– Kilómetros al Norte existe un palacio en medio del desierto, está hecho enteramente de mármol blanco y ningún fantasio ha colocado un pie en él. En medio de la estancia más alejada de todas existen cuatro estatuas, una en cada esquina, no hay nada más allí pero eso no hace que sea menos increíble su contenido. Cada una de las imágenes representa a las fantasias más bellas de todo el reino sin fronteras, tanto que las mismas Diosas palidecen ante ellas, por las noches bajan del pedestal en el cual se hallan y se dedican a cantar y bailar hasta que la luz del alba les devuelve a su encierro de piedra. Sólo debes presentarte ante ellas y bailar a su lado toda la noche, cuando los rayos del sol empiecen a entrar en la alcoba, sujeta a cualquiera de ellas e impídele marcharse, entonces ella te pertenecerá enteramente.
–¿Quién podría retener a alguien en contra de sus verdaderos sentimientos? –le contestó serio– Dime dónde está la humana o acaso cómo puedo hallarle.
–Sólo una respuesta puedo darte… Millas y millas al Sur se alza el palacio submarino más hermoso que jamás ningún fantasio, vivo o muerto, haya contemplado antes. Sus cúpulas brillan como el cristal más fino y sus corredores están hechos enteramente de oro, sirenas y genios marinos le custodian constantemente pues en una de sus salas existe una mesa enorme y allí, a la mitad de la misma, en medio de un espléndido banquete que jamás nadie ha probado, se encuentra una copa de plata. Dale de beber de ella a cualquier enfermo, incluso a aquél que esté a un paso de la muerte, y al instante gozará de la más grande salud.
–¿Qué sentido tendría la Vida si alguien se sintiera invencible contra la Muerte misma? –se encogió de hombros– Quien me interesa es la humana, has el favor de decirme prontamente cómo reunirme con ella.
–¿En verdad el paradero de esa humana te interesa tanto que renunciarás a todos los secretos que poseo? –preguntó calmadamente– En un bosque profundo y oscuro a cientos de días de viaje al Oeste hay una cueva semioculta de los ojos extraños. Desciende por ella y no te veas tentado por todos los tesoros acumulados por dragones a lo largo de la historia de Fantasia, pues sólo un objeto necesitas para ver asegurado tu futuro. En la gruta más profunda hallarás un anillo pequeño que no pareciera tener valor alguno, póntelo y llévalo contigo, pues bastará que lo gires tres veces a la izquierda para que al instante las riquezas más grandes del mundo se materialicen frente a tus ojos.
–¿De qué me sirven las riquezas si ello conlleva ir en contra de mi Código moral? –se enfadó con la propuesta del guardián– Es el paradero de la humana lo que realmente deseo saber.
–Sigue por el Este y en pocas semanas verás un Templo reflejado en el agua del lago más claro que tus ojos jamás hayan contemplado. Espera a que la luna esté en Cuarto Creciente y entonces el barquero tirará una escalera a ti, sube por ella y habla con los monjes del sitio, pídeles la corona plateada que descansa en una pequeña almohada en el centro del pedestal, diles que no deseas nada más y que no te irás sin ella, no importa qué te ofrezcan a cambio, no cambies de idea. Basta ponértela en las sienes para que no exista duda en el Universo que no puedas contestar, si la usas por diez, cincuenta, cien años, no la necesitarás más, pues ella te revelará todos sus secretos.
–¿No he visto acaso en Jupax que el conocimiento vacío no da la felicidad? –la paciencia de Atreyu comenzaba a acabarse– Si tú crees que yo…
–Existe un paraje maldito –interrumpió lo que tuviera que decirle– al Noroeste de la región. La tierra es inhóspita y está calcinada por las llamas, los árboles que todavía se yerguen en ella son del color de la pez, sus ramas se alzan al cielo como brazos en eterno ruego por algo de lluvia, incluso en algunos lugares todavía logras encontrar llamas ardiendo eternamente, sin nada que las alimente. Ve allí y encuentra una pequeña formación rocosa que asemeja un arco, atraviésala sin temor alguno incluso si no logras ver nada más que el mismo paisaje a través de ella… y lograrás reencontrarte con tus padres.
Atreyu quedó mudo luego de escuchar eso, era cierto que había sido criado por todos los hombres y mujeres de su tribu, pero eso no significaba que, muy en su interior, una pequeña parte de él nunca hubiera deseado secretamente que el Gran búfalo no matase a su familia, volver a casa luego de salir a cazar con su padre y hallar a su madre sentada frente al fuego con la comida ya lista, incluso un par de pequeños hermanos a los cuales enseñar cómo tensar el arco o cabalgar por la planicie.
–La misión de la Emperatriz es primero… Fantasia entera depende de que yo conduzca a la humana ante su presencia, en la Torre de Marfil.
–¿Renuncias entonces al amor de la mujer más bella, a la cura a todos los males, a las más grandes riquezas, al conocimiento ilimitado… e incluso al deseo secreto de tu corazón, por aquello que es correcto? –la cara del anciano se recargó en sus manos, las cuales aprisionaban con fuerza su bastón.
–Lo hago –respondió seguro.
–Entonces, nada tengo ya que oponerme –sonrió suavemente, tomando su esfera entre sus manos–. La humana se encuentra a muchos kilómetros de aquí. La identificarás fácilmente porque es justo como te la han descrito ya antes, como la has contemplado hace mucho.
–¿A qué te refieres? –le miró sin entenderle.
–Oh, no lo sabes, ¿cierto? –soltó una suave risita– ¿Crees acaso, Piel Verde, que son los libros los únicos enlaces entre nuestro mundo y el suyo? Cierto es que constituyen un portal fuerte y durable, pero eso no indica que sean propiamente el puente entre los Hijos de Adán y los de nuestra especie. A fin de cuentas, el hombre lobo tenía razón…
–¿Tú sabes… lo que me contase Gmork en la Ciudad de los Espectros? –dio un paso al frente.
–Yo veo todo aquello que está bajo el reino del sol –fue su respuesta–, incluso cuando la Nada casi se traga por entero al Reino de Fantasia, el astro rey continuó su camino por el bien de la Gran Búsqueda, aun con el peligro de ser devorado. Entendíamos que de no ser así te hubiera resultado en extremo difícil continuar a oscuras y que estarías más expuesto a los seres de las sombras, por eso mismo no podíamos permitirlo.
–Gracias, no sé qué hubiera pasado entonces… –hubo de confesar.
–Seguramente seguirías peleando hasta el final, aun en contra de toda esperanza –dijo, y él le creyó–. Por ello mismo creo que la Señora de los Ojos dorados te ha elegido dos veces para cumplir sus Misiones: porque haces posible lo impensable. Y eso, querido Atreyu, es lo que te vuelve tan odiado por los seres a los que servía el medio ser… si el hombre sin sueños es fácil de controlar, comprenderás que aquél que los tiene, que se encuentra lleno de ilusiones y esperanza, les resulta insoportable. El mundo de los humanos y el nuestro son el reverso de una misma moneda, si ellos representan lo tangible, si crean constantemente a Fantasia, eso significa que somos el reflejo, la ilusión de todos ellos. Así como hay sueños bellos, los hay también feos, así como existen las ilusiones pequeñas, las hay también gigantescas… ¿te has preguntado alguna vez por qué has podido beber de las Aguas de la Vida?
El Piel Verde negó con la cabeza, incapaz de procesar todo lo que en ese momento escuchara.
–Porque tú, pequeño amigo, eres un sueño tan grande, tan poderoso… que puede hacerse realidad.
–¿C-Cómo es eso posible? –logró preguntar por fin.
–¿Cómo pueden los humanos venir a nuestro mundo? ¿Cómo pueden traspasar el velo que separa a uno del otro?
Atreyu quedó callado.
–Eso es porque sueñan; creen con tanta fuerza que se la pasan sumergidos en su propia realidad, se permiten vivir en ella por algún tiempo, sea grande o sea pequeño. Escapando de su mundo encuentran puertas que les conectan con lugares que no podían ellos mismos imaginar siquiera… porque no lo hacen, entran en la mente y el corazón del resto, se permiten vivir no sólo para sí, sino para todos aquellos que les rodean. Y cuando uno de esos sueños es querido por un humano, se torna más fuerte que el resto, pero si el mismo llega a ser amado no por uno ni dos, sino cientos e incluso miles de hombres… entonces adquiere tal fortaleza que todos ellos, de una u otra manera, desean hacerle partícipe de su vida cotidiana: le permiten entrar en su realidad, formar parte de la misma.
Atreyu hubo de sentarse por un momento, era algo demasiado importante para ser entendido en unos segundos, él había llegado porque deseaba encontrar a la humana, sólo eso. No imaginaba que su Misión fuera más grande de lo que alguna vez imaginara.
–Tú sabes… ¿cuál es realmente el plan de la Emperatriz?
–Sabes que sólo contestaré lo referente a una de tus dudas, Piel Verde… –le recordó– Para mí también rigen reglas que debo respetar, los humanos me hicieron así.
–¿Acaso no eres… ? –la pregunta murió en su boca.
–¿Cómo el Viejo de la Montaña Errante? No… soy simplemente un sueño que alguien alguna vez tuvo.
–¿Y… la humana? ¿Qué significa lo que antes dijiste? –su cabeza trataba de seguir el hilo de todas las ideas.
–Existen humanos que pueden levantar el velo que nos separa por un instante tan fugaz que no se dan cuenta de ello, los hay aquellos que traspasan por el mismo hasta llegar a nosotros y regresan cambiados a su mundo porque nos ven como realmente somos… y existen aquellos que no necesitan pasar por puerta alguna para contemplarnos con nuestro verdadero aspecto pero a cambio… pueden llevarnos consigo. A esa clase especial pertenece esta humana.
–¿Quieres decir… que ella no está con nosotros?
–Ohhh, claro que lo está, lo está, lo está –una amplia sonrisa se posó en su rostro–. Ella ha entrado a nuestro mundo una y otra vez a lo largo del tiempo, ha viajado contigo cuando buscabas la cura para la enfermedad de la Emperatriz Infantil e incluso acompañó a Bastián cuando robó ese libro de la librería…
–¿Qué? –Atreyu no recordaba que eso hubiera pasado.
–¿No es Fantasia la tierra de los sueños? ¿No podía acaso haberte conocido mucho antes de que tú supieras de su existencia? ¿No deseó acompañarte mientras sus ojos recorrían la historia impresa a dos tintas incluso si no tenía la insignia de la Hija de la luna en la portada? Porque para ella tú siempre fuiste real, más real que cualquiera de nosotros, más real porque ella dejó una parte de sí misma entre las páginas de ese libro escrito hace tanto en un idioma extraño. Tú, Atreyu, eres su Historia Interminable. Y es por ti, y sólo por ti, que ella pudo realmente llegar a Fantasia para cumplir la promesa de la que rara vez se habla.
–¿Qué promesa es ésa? –le miró confundido.
–Pronto lo descubrirás… y será mejor que te apresures, porque no eres el único que está tras su pista. Aquellos que roban la vida a los hombres no permitirán que ustedes dos se reúnan, e incluso si lo hacen, destruirán todo aquello que le hizo desear conocerte.
–Espera, ¿cómo le reconozco? Antes dijiste que nosotros ya…
–Sí, Piel Verde, ya se conocen. Ella te conoció cuando surgiste de la mente y pluma del autor, te conoció cuando las letras le contaron tu historia, te conoció cuando el libro quedó cerrado pero tú viviste en sus recuerdos… y tú la conociste porque formaste parte de su vida cuando ella te permitió entrar en la misma.
No dijo nada más, se inclinó agradeciendo la información recibida por el cuidador del mapa y salió de la estancia con el manto flotando detrás de él, ya sabía a dónde debían de ir: al sitio con el cual llevaba soñando desde hace mucho tiempo.
…
–¿Ocurre algo? –el ave de brillante plumaje amarillo con destellos naranjas fijó sus ojos en su menudo cuerpo, notando lo distante que se hallaba.
–Eblís, no debemos caminar más… puedo sentirlo… –la chica alzó el rostro, mirando a la distancia– Atreyu está en camino.
–Ya era hora… –rió suavemente– Lo sé: ese ser oscuro cierra más el círculo en torno a nosotros.
