Título: Once upon a castle: EPISODE 12 FINAL

Tipo: Crossover Castle/OUAT Swanqueen/Caskett. He metido aquí más humor.

NOTA 1: Bueno, pues ya se acaba todo! Espero que os esté y os haya gustado el final. Gracias por seguirlo a pesar del tiempo pasado entre capítulo y capítulo, gracias por estar ahí.

NOTA 2: Como una vez prometí… aquí van a salir algunos cameos… Anto, Laura, Fran y alguna sorpresa ;)


Aguantando sus malos humores, Regina metió a su hermana en el coche de Beckett, cerró la puerta y se acercó a Emma -¿te llevamos a casa?

La rubia alzó la vista –Quiero ver a Henry.

El escritor se acercó -Perdonad, una chica con la voz aguda y algo gritona me ha preguntado por vosotras- Castle agitó su móvil cuya pantalla estaba iluminada.

Emma se levantó de la lápida y se lo quitó de la mano de inmediato -¿Mamá?, sí, estamos bien- se echó un mechón de pelo rubio tras su oreja, -ya os contaremos, ¿dónde estáis?

Minutos más tarde,

Emma se quedó en el Granni's donde Henry la esperaba con los brazos abiertos, sus padres también la abrazaron aliviados, estaban asustados, Regina los observó desde la puerta, no quería detenerse mucho, pues en el coche le esperaban.

Cruzó una mirada con Henry y éste corrió hacia ella y se le abalanzó –¡Mamá!- se abrazaron con fuerza unos segundos, largos segundos frente a la puerta de cristal del hostal. Desde el coche Zelena los miraba con odio.

-Ése debe de ser el hijo de Emma y Regina- dijo Beckett pensativa.

Zelena la imitó con desprecio en voz baja. Mulán, que estaba sentada atrás junto a la detenida se rió por lo ridícula que quedaba.

-Es tan alto como sus madres- apuntó Castle.

-¡Odio esta vida!- se desahogó la bruja verde al tiempo que Regina se metía en el coche

-Vamos a llevarla a un sitio muy especial.

Pasaron diez minutos y Regina le dio la bienvenida a su hermana a sus nuevos aposentos, una celda pequeña de paredes acolchadas color marrón claro, sobre una cama dura la hizo sentar, instó a que los demás salieran del habitáculo y se sentó a su lado como si estuviese en su casa.

-Bueno qué, ¿te gusta?

-Te odio.

Regina desvió la mirada de forma altiva, recordaba un poco a su pasado de Evil Queen.

-Zelena, ¿por qué ese caos? ¿por qué crear un mundo de violencia y de destrucción?

-Simplemente me aburría, todo era demasiado tranquilo allí- se cruzó de brazos dejándose caer en la pared, su gesto era infantil.

-O quizás ….es porque querías eximirte de sentirte culpable por tus actos y si veías a toda una población cometiendo delitos te sentirías mejor contigo misma, ¿no es verdad?

Zelena se rió y alzó las cejas.

Mulán estaba apoyada contra la puerta, sentada en el suelo, Castle y Beckett se mantenían de pie, con los brazos cruzados o sobre las caderas intentando escuchar.

-Bien, ¿cómo entraste en la cripta?

-Lo bueno de ser tu hermana y de haber peleado tantas veces contigo es que sé que tipo de magia usas, era fácil burlar tu aura de protección, … me subestimas mucho hermana

-¿Por qué hiciste matar a un inocente? ¿ese chico, Mendoza?

-Simplemente escuchó lo que no debía escuchar, ¿cómo se dice?, estaba en el lugar equivocado, en el momento equivocado- rió.

Mulán escondió la cabeza entre sus brazos, apoyados sobre sus rodillas.

-Pero bueno, yo no fui…

-Ni Mulán- atajó la hermana cortante.

Kate se mordió el labio comprensiva.

Granni´s, tiempo más tarde:

Regina puso un pie en el interior de la cafetería y sin cerrar la puerta llamó a su amiga

–Emma, ¿puedes salir?

La chica se encontraba más animada, había relatado sus aventuras en Nueva York, las celdas y el borracho, el museo y el desenlace. La chica soltó el té que llevaba en sus manos, ya medio vacío, y se despidió de su familia.

A las afueras:

-Bueno- Beckett se frotaba las manos ansiosa –tenemos que irnos, aun nos queda muchas horas de viaje y …

-Lo entendemos- Regina afirmó con la cabeza.

-Gracias por todo- dijo Emma algo tímida.

-Voy a mirar si os pueden rebajar la pena, quizás solo tengáis que hacer trabajos sociales para la comunidad.

-¿Trabajos sociales para la comunidad?- la alcaldesa se sorprendió, -pero eso significa salir de nuevo de Storybrooke.

Emma detuvo con su mano la pequeña avanzadilla de Regina –Lo haremos-, confirmó la rubia, la miró con contundencia –no queremos que recaiga en vosotros la culpa de un error nuestro.

Regina se mordió los labios, sabía que tenía razón.

-Si muevo los hilos necesarios sería solo cosa de un mes, a lo sumo dos; haré todo lo que esté en mi mano por eximiros de culpa por habernos ayudado en una investigación, que se os considere inocentes, aunque hayáis quemado una reliquia antigua- terminó sonriendo.

Llegó el momento de la despedida y, dejando atrás el ser desconocidos hacía unos días Kate abrazó a Regina y Castle hizo lo propio con Emma.

-Nos encargaremos de cerrar lo de Bruce Mendoza, no te preocupes, ¿vale?- le dijo la detective a la morena rompiendo el abrazo.

-Te lo agradecemos inspectora.

-Llámame Kate.

La morena sonrió.

-Te mandaré un ejemplar de mi último libro.

-O todos, me gustan las novelas policíacas- le dijo la rubia al escritor con una sonrisa en los labios.

-Quizás en mi siguiente libro introduzca a dos misteriosas mujeres- le apretó el hombro de forma amistosa.

Cambiaron de posiciones y Emma abrazó a la inspectora amistosamente,

-Sois buenas personas, un tanto extrañas, pero de buen corazón- le dijo la inspectora a Emma entre bromas –ahora en serio, me alegra haberos conocido, bueno, haber conocido a la… ¿cómo era? "Salvadora" y a "Evil queen", que bueno, de Evil…

Emma rió y miró a su amiga, ésta estaba aun compartiendo abrazo con el escritor el cual le dijo seriamente y en plan paternal… -No la dejes escapar…- al tiempo de guiñarle un ojo, cómplice.

-Ni tú…- le dejó caer la morena.

Dos semanas más tarde llegó la citación del juzgado y una semana después empezaron las labores.

Era en un parque, una zona rodeada de vegetación con un gran muro de cemento que cercaba una zona de pistas de skate abandonadas colindante a un instituto cerrado por vacaciones. Una zona donde en otras horas debía de estar lleno jóvenes skaters y grafiteros.

La pared estaba llena de pintadas en su mayoría mal hechas, de colores tristes y chillones, con faltas de ortografía y dibujos simples, algunos obscenos, típicos de un barrio marginal del Bronx.

-Emma, te lo prometo; otra pintada de una enorme… - Regina señaló un miembro viril gigante pintando sobre la pared –…y me bebo la pintura.

-Venga mujer, no seas tan estrecha.

Regina frunció el ceño, -¿qué?- agarró su brocha plana y pasó sus dedos enguantados por sus cerdas salpicando a Emma en la cara.

Ambas rieron y Emma se limpió como pudo con el antebrazo, llevaba un pañuelo pequeño sobre la cabeza, estaba anudado en la nuca.

-Vale, me lo he buscado.

La morena, que llevaba el pelo recogido en una cola y el mismo chaleco reflectante que todas las presas, sonrió ante la frase de su amiga.

Eran como doce presas, y todas debían, por dictamen judicial, cubrir las pintadas de aquel muro.

A pocos metros de ellas:

-¡Pero qué pesada!, te he dicho una y mil veces que este rodillo…- una presa de cabello oscuro y ojos de un agua mar en calma señalaba con ahínco un enorme rodillo lleno de pintura- ESTE rodillo, … es mío, éste es el mío, ¿ves que tiene una "A"?, hazte tú con uno si no quieres que yo te lo haga con tus propios…

La chica a la que gritaba se acercó aun más a ella con dulzura –Qué te gusta dramatizar cariño- sonrió y le besó la cara, tenía el pelo castaño y un rostro dulce.

-Si es que me va el rollo de chica mala y lo sabes.

-Y sabes que a mí eso me encanta Anto.

-Cuidado, ¡viene Fran!- atisbó a decir Laura a tiempo de recuperar su compostura.

Fran era el funcionario que vigilaba a las presas de la parte sur del largo muro, el otro grupo estaba a veinte metros.

En mitad de ese macizo de cemento lleno de garabatos y nombres comunes se encontraban Emma y Regina, cubriendo toda la pared con pintura blanca mate. Su conversación giraba en torno a la policía de Nueva York y a su aventura en la ciudad.

-Yo lo había pensando, si faltaban pruebas solo hacía falta cortejar las huellas.

-¿Cortejar?, se dice cotejar, pero si quieres seducirlas yo no te lo impediré- Emma estalló a carcajadas.

Regina alzó una ceja pensativa hasta que entendió la explicación que la rubia le había dado, para entonces Emma ya tenía las dos manos en su estómago y se había puesto en cuclillas, sus mejillas eran rosáceas y sus ojos brillaban. La morena permanecía con los brazos en jarra intentando no contagiarse de la risa, solo por orgullo.

-Número cinco, ¡de pie y a trabajar!- le ordenó a Emma el funcionario de prisiones de barba y coleta, era joven y guapo, pero muy mandón. Emma obedeció sin rechistar.

-Eres muy graciosa tú-, le dijo en susurros la morena, sonreía ampliamente mirando el muro de cemento a medio pintar de blanco, sabía que la rubia la estaba mirando cuando estiró la pértiga con el rodillo, lo extendió de arriba a abajo y se mordió el labio inferior.

Emma se encorvó para repasar con una brocha oquedades del muro. Fran estaba ya a quince metros abriendo, de espaldas a todas, un pequeño paquete de Doritos, cogió uno discretamente.

Regina giró el rostro para comprobar que no eran vigiladas y miró a Emma, que estaba de espaldas y arrodillada repasando ahora con minuciosidad la parte de cemento que daba al suelo y que tenía algunas hierbas crecidas. Regina dejó la pértiga sobre el cubo de pintura.

-¿Quieres saber por qué me dijo Richard Castle que no te dejase escapar?- Emma giró su rostro hacia su amiga quedándose casi congelada por ese cambio de tema de conversación. Frunció el ceño ante el sol resplandeciente que estaba tras Regina y ésta, comprendiendo la situación se arrodilló junto a ella. Ahora se podían ver perfectamente, con la pared blanca como reflector sus pieles brillaban blancas y finas.

La afirmación de Emma fue una inclinación de cabeza, quería saberlo, aunque en el fondo hasta lo temía, o quizás eran nervios adolescentes.

-Porque en unos pocos días él ha visto más de lo que hay entre nosotras que nosotras mismas en muchos años. Me entiendes, ¿verdad?

Emma agachó la cabeza tímida, la morena le tocó la barbilla y le obligó a mirarla.

-No te estoy forzando a nada- le dijo claramente a la rubia –solo es lo que siento.

-No es eso- quiso aclarar su amiga y quitándose los guantes y observando sus manos algo sudorosas dijo suavemente -es solo que si me obligo a mirarte seguramente te bese y si lo hago…

Regina se lanzó sin pensarlo y la besó sellando sus labios, posados sobre los de ella, le temblaban las piernas pero la rubia no tardó en acompasar su boca a la de ella, degustando su sabor y su cálida temperatura; casi con prisas la morena profundizó el beso mientras se acercaba aun más a la rubia, entrelazando sus rodillas, ajenas a todo, se quitaba los guantes gruesos y posó ambas manos ya desnudas sobre su cabeza, era tal la necesidad de contacto que Emma, que estaba de rodillas como ella, cayó hacia atrás de una forma divertida derramando la pintura de un bote sobre el suelo. Obviando el líquido espeso prefirió mojarse y sentirla casi encima, con sonrisas entrelazadas a sus labios y el calor de la mañana sobre su cabeza. Se sentían jóvenes y vivas, con ganas de conocerse más de lo que se conocían, emocional y físicamente, claro.

-Oh, mira que monas esas chicas, una rubia y una morena, como nosotras.

-Calla Piper. Sigo enfadada contigo.

-¿Pero por qué no lo arreglamos?, míralas, están subiendo de nivel, uhmm Alex, me voy a poner tonta…- Piper Chapman se enderezó y posando sus manos en sus lumbares las observó con la boca abierta, era casi como porno amateur en sitios públicos, notaba como goteaba su brocha en el suelo.

-Bueno, si me besas con esa pasión me lo pensaré…- le dijo sobre su cuello Alex Vause, que la había rodeado y la miraba con picardía desde atrás.

Fran dejó caer el paquete de Doritos al suelo al girarse y ver la escena que tenía ante sus ojos, Número cinco pintada en blanco abrazada en el suelo a número cuatro, la rubia y la morena de gafas de pasta negra sumergidas en un beso pasional donde las manos estaban bajo el chaleco reflectante y las que parecían llevarse mal a todas horas besándose con rabia y roces poco discretos apoyadas en el muro... ¡apoyadas en el muro!

-¡Número uno y número dos estáis estropeando los chalecos reflectantes!

Señaló a Emma y Regina, que estaban ahora de pie besándose.

-¡Número…, número… bueno, ya da igual- se giró abnegado.

Regina, con sus brazos alrededor del cuello de Emma y los gritos de fondo miró hacia atrás.

-Pobre funcionario.

-Calla número seis y déjame besarte de nuevo- le dijo Emma con los labios enrojecidos y pintura en su cabello. Se sonrieron, se besaron unos segundos de nuevo y juntaron sus frentes, estaba claro que aquello no era el final, sino el comienzo de algo nuevo. Y todo por una punta de flecha.

"Gracias, Zelena", pensó Regina.

FIN