III
En el noveno distrito de Francia, los faros que rodeaban el salón de la Ópera Garnier se encontraban encendidos, mostrando el esplendor de la construcción aún en el manto nocturno, y opacando lo que sea que tuviera alrededor. Inglaterra estacionó en algún lugar disponible y bajó de su automóvil, admirando la gran fachada antes de entrar, donde lo esperaba cierto galo.
Nunca dejaba de sorprenderse de aquel enorme edificio, no importaba cuántas veces fuera. Tal vez porque mantenía ese aire renacentista que muchas de las personas comenzaban a olvidar con la creciente industrialización mundial. Pero él no podía hacer nada contra eso. Lo aceptaría, aceptaría los cambios a su alrededor; pero nadie le lavaría el cerebro con esos disparates acerca de cambiar su estilo gobierno por la democracia. Su gente estaba bien con el estilo antiguo, y si todo estaba bien, no había necesidad de cambiar. Ni aunque le criticara constantemente quien fue alguna vez como su hermano pequeño.
—Inglaterra, si sigues aquí como un hongo no vamos a ver la función a tiempo.
Volvió a la realidad, notando que Francia estaba enfrente de él, con medio cigarrillo en los labios. Enrojeció un poco, sabiendo que se había visto estúpido allí parado, mirando a la nada por Dios sabría cuánto tiempo.
—Aunque en realidad me halaga que mi Garnier te guste tanto como para causarte esos efectos —volvió a decir Francia, curvando sus labios maliciosamente.
—No me gusta; es horrible como tú —se apresuró a decir el inglés, mientras el otro rubio tiró la coletilla al suelo y la pisó con uno de sus lustrosos zapatos—. ¡Y tampoco es que quiera ver tu función! Simplemente no tengo nada mejor que hacer.
—Entonces venir a mi casa es la mejor de entre todas tus opciones para animarte… Sigo sintiéndome halagado —ambos ingresaron al edificio.
— ¡No dije eso! —Replicó el otro, al tiempo que avanzaban por los enormes pasillos, sin notar que el resto de las personas lo miraban con desaprobación por el innecesario griterío— ¡Eres tú el que tuerce todo lo que digo!
—Yo sólo sé leer entre líneas, mon chéri —respondió al tiempo que ponía uno de sus dedos enguantados en seda blanca sobre la boca del inglés—. Y te recomendaría que moderaras tu voz porque ya estamos cerca de la sala. Como un caballero que eres, no querrás molestar al resto de los presentes, ¿verdad?
El otro, muy a su pesar, tuvo que obedecer al no tener mejor argumento; sabía que Francia tenía razón. Y lo detestó por eso, refunfuñando entre dientes mientras entregaban los boletos y buscaban sus asientos.
Las luces iluminarían por unos últimos segundos la ornamentación dorada que parecía fundirse entre los asientos color escarlata. Ambos tomaron lugar en su fila reservada, siendo los últimos en entrar.
— ¿Cómo ha estado América? Supe que fuiste a su casa hace unos días.
—Pues como siempre… —el inglés dio un suspiro antes de continuar, mientras el acto I de Carmen comenzaba a resonar—. Igual de testarudo, no piensa abandonar eso de la carrera espacial.
—El chico es necio, ya lo conoces —se acomodó el cabello, divertido con el hecho de que la música era perfecta para la cara de frustración del británico—. Y el hecho de que todos sus aliados lo hayan felicitado por su primer satélite seguro lo alentó más para ganar.
—La verdad no parecía tan contento. —miró hacia el frente, intentando recordar.
— ¿Por qué lo dices? ¿No le gustó que lo lleváramos a comer hamburguesas para celebrar?
—No lo sé, Francia. Últimamente parece un poco… harto. De todo y de todos. Me lo ha demostrado incluso a mí.
— Bueno, contigo quién no se hartaría —rió un poco, ganándose un golpe en el hombro por parte del otro.
— ¡Hablo en serio! Es como si ya no pudiera congeniar conmigo. Yo sé que no nos llevamos mucho después de su independencia, pero últimamente él…
—Sinceramente creo que lo último que siente por ti es hastío —miró un momento hacia el techo, vacilante entre soltar o no la lengua.
— ¡No hables como si supieras las cosas; no has visto cómo me trata!
—Creo que he visto lo suficiente, Inglaterra —lo miró de forma un poco más seria—. ¿En serio no te das cuenta, o sólo no quieres verlo?
— ¿Qué quieres decir con eso? —intentó sostenerle la mirada, pero el tema lo ponía nervioso. No reparó en si su rostro delataba algo más, aunque el suspiro de Francia lo hizo suponer que sí.
—Ya te lo hizo ver… —quiso esbozar una sonrisa burlona, pero le costó trabajo—. ¿Te besó?
— ¡¿Qué?! —esta vez sí enrojeció violentamente, algo histérico. No reparó en los espectadores de enfrente, que lo vieron con reproche. Aunque le importaba un comino en ese instante. Ignoró también la mirada suplicante del francés para que dejara de ser tan dramático.
— Estados Unidos ya no es un niño, Inglaterra. Y hace mucho dejó de verte como un hermano. Me parece que ha sido bastante obvio, y tal vez eso es lo que le molesta. Que tú no quieras verlo igual.
— ¿Intentas compararlo contigo? ¡Él no es como tú, que se la pasa flirteando con medio mundo! Está así por la rivalidad que tiene con la Unión Soviética...
— ¡Por Dios Inglaterra; eso ni tú te lo crees! Se te ha insinuado, ¿verdad? —lo escrutó con la mirada, analizándolo por si acaso mentía.
—N-no… —dudó de sus propias palabras, no quería meterse ideas extrañas. Francia se revolvió en su asiento.
—Piensa lo que quieras —el galo soltó el aire de forma pesada, dando un vistazo a la ópera ya sin mucho entusiasmo—. Aunque es preferible que el chico se quede contigo a que llegue a terminar con Ru… —quedó con las palabras en la boca, arrepintiéndose.
— ¿Con quién?
—No, no, olvida lo que dije…
— ¿Ibas a decir "con Rusia"? ¿Es en serio, Francia? —Lo miró de forma amenazante— ¡Sabes que están en esto de la carrera porque se odian!
—No, yo sé que se odian; no soy estúpido —intentó encontrar las palabras—. Es sólo una suposición mía.
—Decir que ellos podrían estar juntos es como decir que yo pienso cambiar mi sistema al comunismo… o que podría estar contigo en una relación.
—Mira, no espero que lo entiendas —hizo una pausa para sonreír levemente al escuchar la última frase del británico—. Pero la realidad, aunque suene retorcida, es que ellos son más parecidos de lo que piensan. Y ni siquiera se dan cuenta.
—Sigo sin entenderlo —respondió en tono monótono—. Su rivalidad es porque ambos tienen ideologías completamente distintas.
—Bueno, difieren en eso del modo de gobierno, pero ¿qué otro país ha decidido participar en la carrera espacial, además de ellos?
—Es porque es su competencia.
—Inglaterra —lo miró con reproche— ellos son los únicos interesados en la idea de conquistar el espacio. Nosotros apoyamos a América, pero más allá de eso no nos involucramos. Tú mismo me has dicho que te parece una estupidez.
—Eso no quiere decir que puedan estar juntos —murmuró, aún sin convencerse—. Es sólo un tema en común contra los miles en los que difieren.
—Como te dije, no espero que lo entiendas —miró a los actores, que aún cantaban jovialmente —. Y espero que nada de lo que pienso ocurra, porque sería como el apocalipsis para nosotros. ¿Te imaginas?
—Tu imaginación es demasiado trastornada, frog —soltó una risa petulante, contagiando al otro. Miró al frente de forma divertida, ya dispuesto a ver la ópera por la que pagó.
El tema quedó flotando sobre las cabezas de ambos rubios, mientras vieron el resto del evento musical.
Mientras el tiempo continuaba con los países observando a los dos ejes mundiales, las juntas internacionales no dejaban de manifestarse. Como ese día, en el que mantenían una reunión en una de las islas del país del sol para tratar un evento deportivo, del cual el japonés era el anfitrión.
— ¿Ya viste en las noticias mi segundo satélite, Inglaterra? ¡Es mil veces mejor que el otro y toda la gente lo aplaudió! —Exclamó el americano a su ex tutor, mientras éste último buscaba la manera de callarlo— ¡Incluso tiene forma de esos aparatos que pongo en mis películas de ciencia ficción!
—América, este no es el momento para hablar de eso —respondió el británico, buscando a Japón entre el grupo de países que estaban reunidos en la sala; la mayoría asiáticos—. Te dejé acompañarme sólo si te comportabas.
—Nunca es el momento para hablar de mis cosas —susurró, poniéndose de mal humor—. No sé por qué aún continúo contándotelas…
—Debes tener más discreción, sobre todo aquí —pidió en voz baja, mientras observaba de reojo a Italia y Alemania, que estaban sentados a poca distancia de ellos. El segundo parecía observar al estadounidense con recelo, casi odio.
— ¿Eh? ¿Por qué? —la nación más joven miró hacia donde el inglés lo hacía. Saludó al dúo europeo con una mano agitando al aire, a lo que Italia apenas correspondió el gesto, con cara deprimente. El alemán ni se inmutó en cambiar de expresión— ¿Por qué Alemania me ve como si quisiera matarme?
— ¿Por qué siempre eres tan idiota, Estados Unidos? —murmuró una tercera voz a espaldas de ambos.
El occidental sintió una mano enguantada sobre su hombro, volteándose con rapidez. Encontró el rostro sonriente de Rusia enfrente de él; de hecho demasiado cerca para su gusto, por lo que dio un pequeño traspié. El hecho provocó una pequeña risa en el eslavo.
— ¿Qué diablos haces aquí? —Cambió su tono de voz al instante, mientras Inglaterra se alejaba levemente de ambas naciones, haciéndose el desentendido—. Este es un evento deportivo de Japón y su familia, tú no tienes cabida aquí.
—Acompaño a China; él es mi amigo —el mayor de los asiáticos allí presentes se giró al escuchar su nombre por ahí. Hizo una seña a Rusia con la cabeza—. Quién no debería estar aquí eres tú. Si mal no recuerdo Japón aún te guarda rencor.
—No hables estupideces. Japón es mi amigo de nuevo.
—No más que de Italia o Alemania. Seguro estará apoyándolos porque tu presencia les afecta.
— ¿Pero de qué me estás hablando? —preguntó, sintiéndose perdido en ese diálogo.
—Eres tan tonto… —el ruso lo miró con algo de compasión—. Alemania no está feliz de verte, sobre todo cuando no paras de hablar de los satélites que construiste gracias a sus esfuerzos.
Estados Unidos enrojeció levemente, comprendiendo a qué se refería. De allí el por qué Inglaterra le pedía compostura.
—Eso… N-no es como si tú no hubieras hecho lo mismo —lo miró intentando transmitirle su culpabilidad—. También te llevaste parte de su gente. Yo lo sé.
El ruso parpadeó sorprendido. No pensó que el chico supiera de su operación en aquellos días que le pusieron fin a la segunda guerra mundial. Pero si había alguien que se enteraba de todos sus movimientos, ése era Estados Unidos.
—Supongo que tienes razón —respondió con un extraño buen humor—. Tal vez deberíamos agradecerle a Alemania por facilitarnos todo el trabajo, y tener su gloria.
El menor no puedo evitar sonreír con cierta jactancia. La verdad era que ninguno de los dos tuvo grandes quebraderos de cabeza a la hora de iniciarse en el mundo de la cohetería, ya que tuvieron casi todo en bandeja. Pero eso no era algo que el resto del mundo tuviera que saber. El recuerdo de aquellos días de gloriosas operaciones secretas lo hizo relajar su semblante y mostrarse más animado.
— Como sea, ¡yo les di mejor uso a mis inventos de lo que tú lo haces!
—Sólo me has estado copiando, yanqui —murmuró con su habitual tono pueril—. No has dejado de lanzar lo mismo al espacio. Cuando yo haga otra cosa, vas a imitarlo también.
— ¡Mi satélite descubrió ondas de radiación! No he escuchado nada sobre los hallazgos del tuyo.
—El mío descubrió eso mucho antes de que tú siquiera lo supieras —respondió divertido—. Fue noticia vieja para mí.
—Si fuera así, lo hubieras anunciado al mundo, mentiroso.
—No me gusta alardear demasiado como otros —el americano torció el gesto, alimentando la sonrisa de Rusia—sólo muestro lo necesario.
— ¡Pues al menos yo…! —repentinamente se detuvo, mirando al eslavo fijamente. Quedó en blanco unos momentos, procesando algo.
— ¿Estados Unidos?
El tono de Rusia sonó casi preocupado para los oídos del americano, y eso terminó por horrorizarlo, volviendo a la realidad.
—Lárgate con tus hermanas, y deja de fastidiarme —siseó con su mejor tono frío—. No lograrás sacarme información.
Se marchó con rapidez de la sala antes de que el euroasiático pudiera contestar. China se acercó, confundido por la escena.
— ¿Qué le pasó al niño aru?
—No sé. Huyó de la nada, diciendo que yo trataba de obtener información.
— ¿Y no lo hacías?
—No; sólo lo estaba molestando —sonrió de forma inocente.
—Pues no me lo pareció…
— ¿Qué quieres decir? —el ruso lo miró confundido.
El asiático iba a contestar, pero la voz de Japón resonó en el centro, dando inicio a la pequeña reunión, concurrida mayoritariamente por sus hermanos y sus mejores amigos.
Apenas cruzó la puerta principal, el americano corrió hacia los baños del edificio, respirando agitadamente. En cuanto llegó a su escondite momentáneo, aseguró la puerta y se acercó al espejo principal. Observó fijamente su reflejo, con el ceño fruncido. Se mojó la cara y se dio unas pequeñas palmaditas en las mejillas.
—Oh my god, ¿qué estaba haciendo? —resopló molesto, intentando calmarse.
Sintió la necesidad de huir, porque esa conversación lo había perturbado. Lo que comenzó como una típica discusión con Rusia, terminó en una especie de diálogo con quien se supone odiaba. Y lo más retorcido del asunto es que, al parecer, inconscientemente le había divertido la charla. Volvió a darse golpecitos en el rostro.
Rusia y él se habían contando sus logros. De forma extraña, pero lo habían hecho. El mayor había escuchado sin esfuerzo esos temas a los cuales tenía que casi suplicarle a Inglaterra. Y lo único que se le ocurrió para no soltarse más con él fue convencerse de que era un mórbido plan del comunista para sacarle información de sus próximos proyectos.
Pensó que seguro era eso, ya que bajo ninguna circunstancia podían congeniar. Pero aunque quisiera negarlo, una recóndita parte de él comenzaba a preguntarse si en verdad era así de imposible.
…..
Holi˜ Un capítulo más, y una hoja más de extensión XD
Según yo, habría una escena yaoi entre Rusia y Estados Unidos, pero al final no logré encontrarle un lugar en este capítulo… bleh ._. Aunque aún sin la escena siento que he apresurado mucho las cosas, ¿ustedes qué opinan?
Otra cosa: puede que mis actualizaciones se retarden un poco. Lo que comenzó como un trabajo ligeramente matado de fin de semana se volverá uno de tiempo completo… Pero pues, otro día, otra moneda (?)
Les dejo las referencias del día –o madrugada, en mi caso8D- y ésta vez sí que me costó más trabajo adaptarlas para el capítulo…
*El palacio Garnier… qué mejor lugar para disfrutar una ópera. ¡Vean las fotos, en serio!
*Carmen es una ópera francesa de Georges Bizet. Puede que su extracto más conocido sea su Habanera.
* III Juegos Asiáticos, con sede en Japón. No se me ocurrió otro evento para que se reunieran XD y pues ya que China fue invitado, Rusia podría asistir… O sea, es Rusia metiéndose en todos lados, pues…
*Operación Paperclip (Estados Unidos) y operación Osoaviakhim (Unión Soviética). Dos maniobras de carácter inteligente y militar para extraer científicos de Alemania cuando el régimen nazi colapsó. En el caso de los estadounidenses, se llevaron a Wernher von Braun, quién fue uno de los más importantes diseñadores de cohetes del siglo XX y responsable de modificar los cohetes V-2.
Quise poner a Alemania enfadado, porque visto críticamente, gran parte de la tecnología con la que se basaron los soviéticos y estadounidenses en la carrera espacial fue generada en su país, y los principales cerebros fueron alemanes.
Esto es demasiada historia hasta para Hetalia (?) Nos veremos en el siguiente capítulo, ¡Tschüss!
