Shingeki No Kyojin es propiedad de Hajime Isayama.

Advertencias:

Violencia. Muerte de personajes. Gore.


Era tan frágil.

Era tan frágil, pensó. Los ojos carmesí brillaban al contemplarle. Sus brazos, sus manos, hechas pensaba él para causar daño, se acoplaron casi de manera natural a su alrededor, envolviéndole y acercándole casi con miedo a él. Levi lo contempló, absorto.

Qué criatura tan más estúpida, fue lo primero que pasó por su cabeza.

A su lado, el infierno sangriento de la pelea con esa puta glotona daba mudo testimonio de la feroz lucha entre dos monstruos. Pero él no tenía ojos para nada. Para nadie. Para nada ni nadie más que no fuese el humano que dormía entre sus brazos.

Qué criatura tan más estúpida, torpe, confiada.

Qué criatura tan más hermosa…

-Eren...—Recordó de pronto. Aquel chico se llamaba Eren. Eren el que le miraba casi con devoción. El que preguntaba por él a otras personas, el que se ponía celoso de Isabel. Eren, el de las mejillas sonrosadas cuándo se dignaba a mirarle.

Eren el del café con vainilla, no con miel.

-Estúpido humano.—Susurró al final, sosteniendo sin pudor ni temor alguno el frágil cuerpo del gigante de piel canela entre sus brazos. Era tan grande, pensó contrariado. Tan grande y a la vez tan frágil. Su cabello castaño, su pecho cálido. Su corazón palpitante. Lo sentía ahí, bajó su piel, casi al alcance de su mano. Guió su extremidad al lado izquierdo del pecho de Yaeger y con curiosidad pura la hizo reposar ahí.

Qué cosilla tan más escandalosa, se dijo. El corazón de Yaeger era inquieto, escandaloso, ensordecedor.

No supo cuánto tiempo permaneció ahí, sentado en la oscuridad, con Eren en el regazo, siendo rodeado por los brazos del ghoul. Sólo supo, que algo dentro e él se hizo espacio, y le impidió hacer otra cosa con Eren que no fuese mirarlo.

Descubrió que era agradable mirarlo.

En cambio, se dijo con cierta gracia que sí Eren llegaba a abrir los ojos, se toparía con un horror inhumano, empapado en sangre y con diabólicos ojos rojos. Sonrió con amargura antes de ocultarlos. Las alas fueron doblegadas y el iris, el demoníaco iris oscuro y rojo fue remplazado por el misterioso tono azul que a Eren, a juzgar por o que a veces escuchaba, le gustaba.

-Te gusta un monstruo, mocoso.—Dijo luego de un momento.—Estás enamorado de un monstruo. Más vale que comiences a fijarte en otra persona.

Decidió llevarlo finalmente a la casa del persignado. Sería mejor hacerlo, en cambio, si lo llevaba a su hogar seguramente a su humana madre le pegaría un infarto y no sería agradable cargar con la muerte de la madre de Eren en un futuro.

Pensó, con cierta ironía, que el peso de sus victimas a veces parecía ahogarlo.

-Fue por algo que los maté, mocoso.—Respondió más para sí antes de echarse a Eren al hombro y comenzar el recorrido rumbo a la casa del persignado.—Fue por eso que los maté…

Unravel.

Capítulo II.

Peligrosa Fascinación.

Jean recorrió la desnuda espalda de su novio con un dedo travieso. Contempló la expresión del moreno y ésta la hizo sonreír.—Qué bonito sonríes, Pecas. Hazlo una vez más.—Y Pecas sonrió, sin otra opción más. No para él. No para Jean. Para Jean, siempre sonreiría. Era casi ley natural.

-¿Sabes? No es bueno estar siempre así. Habría que buscar otra cosa que hacer.—Comentó risueño el pelinegro antes de acurrucarse en el pecho de Kirschtein. El cenizo sonrió, le estrechó contra sí y preguntó.—¿Y qué más podríamos hacer, eh? A mí me gusta esto, de verdad. Me gusta mucho hacerte el amor, es genial. Me gusta ver tus mejillas rojitas y tus ojos perdidos. Me gusta escuchar tu bonita voz gemir.—Se carcajeó antes de llenarle de besos el rostro a un abochornado Bodt.—¡Eso es aún más genial!

Marco rió finalmente, aferrándose a la calidez de su novio, sonriendo, enteramente feliz.

Entonces, cuándo hubo de quedarse en silencio, Jean supo que algo andaba mal. De nuevo.—Pecas. No, ni se te ocurra empezar.

Marco no dijo palabra. Simplemente se apartó de Jean y se envolvió en las sábanas, sentado a la orilla de la cama. Jean suspiró.

Era cuento de nunca acabar.

Más a él no le molestaba en lo absoluto ir hasta dónde Bodt, envolverlo con fuerza entre sus brazos y llevarlo de vuelta a su cercanía. Así que lo hizo.—Vamos, me está dando frío y no tengo un ghoul incluido a mi cuerpo para brindarme calor.—Marco le miró con dolor. Sus ojos, no eran ya esas bellas joyas castañas, no. Eran dos rubíes brillantes mirándole fijamente. Negro y rojo. Oscuridad y sangre. Los ojos de un ghoul le contemplaban casi con dolor y Jean se enojó. Le enojaba no poder aliviar la angustia de Marco nunca. Aliviar sus miedos con besos, borrar el temor con abrazos, hacerle suspirar con caricias…

-Eres hermoso, ¿sabes?

Marco bufó, irónico.—No enserio. Eres muy guapo. La gente siempre lo dice. Me dicen, "Oye Jean, tu novio es muy apuesto" y yo me pongo en plan loco y les mando a tomar por culo. Deberías verlo, Marco, esos son unos resbalosos. Pierdo la cuenta de cuántas veces he mandado a la mierda a alguien en un día.

Marco se esforzó por no reírse. Jean supo que lo tenía atrapado.

-¿Sabes qué es lo peor? Cuándo los tipos empiezan, hijos de puta, deberías de verme, peleándome casi a diario porque a esos putos les gusta mi novio. Y cuándo a esos putos les da por querer meterse conmigo me agarra el ataque de "Le diré a mi guapísimo novio ghoul que me estás molestando"

Finalmente Marco perdió. Se echo a reír sin control ante la orgullosa sonrisa de Jean. El cenizo lo cargo y con una mirada dulce dijo.—Anda, quiero volverle a hacer el amor a mi guapísimo novio ghoul.

-Eres un idiota, Jean.—Contestó Bodt con una sonrisa.

Jean le respondió con una incluso más grande, más brillante.—Sí, pero soy tu idiota. Y es deber de los guapísimos novios ghoul amar a sus idiotas.

Cuándo la calidez del lecho les recibió de nuevo, y su piel comenzó a arder ante el contacto imparable con el cuerpo de Jean, Marco dijo entre suspiros algo que no era más que la verdad.—No es cómo si tuviese otra opción, mi amor…

La consciencia se perdió, el placer aumentó y pronto estuvo de nuevo con Jean Kirschtein sintiendo de todo.

Claro, de todo menos frío.

(. . .)

Isabel lucía feliz.

Mikasa, en cambio, parecía a punto de vomitar.

Odiaba a Levi. Lo odiaba por haberle dejado a ella a cargo de acompañar a Isabel a cazar. Una de las muchas cosas que le desagradaban de la menor era su sádica actitud hacía las presas. Definitivamente, pensó con repugnancia al verla casi chapotear con la sangre de su cena, Levi le había chiflado en demasía.

-¡Ha estado delicioso!.—Exclamo la pelirroja con dicha.—¡Muchas gracias por permitirme comerlo, señor!

Hablaba con los retorcidos despojos de carne que le rodeaban. Mikasa frunció el ceño, exasperada.—Apúrate, niña. Quiero volver a casa.

Isabel bufó.—Hermana mayor es muy aburrida. Simplemente mata y come.—Se carcajeó a solas.—¡Eso no tiene nada de divertido!

-No es diversión, Isabel. Es supervivencia. Muévete ya.

-¿Supervivencia? ¿Contra quién?.—La voz de la menor se oscureció.—¿Contra ellos?—Miró a su víctima ahora casi con desprecio.—Ellos no son nada. Son el desayuno. El desayuno, comida, cena, cómo prefieras. Ellos son el ganado. Las presas.

El rostro de la menor, oscurecido y manchado de sangre le causó estremecimientos a la ghoul pelinegra. A veces se le dificultaba controlar a Isabel.

Una estallido, una carcajada maníaca y un kagune se extendió casi con petulancia.—¡Eres muy graciosa, hermana mayor! Vayamos a casa. Llevémosle algo a Hermano mayor. ¡Debe estar hambriento!

Arranco la cabeza, aún con retazos de carne y la arrojó al aire.—¡Atrapa hermana mayor!.—Exclamo la diabólica ghoul pelirroja.—¡Atrapa a la presa!

A Mikasa Ackerman no le quedó de otra que extender su kagune, atrapar el retorcido despojo de humano y suspirar, antes de emprender el camino de vuelta a casa.

Ah, claro, y seguir odiando al estúpido de Levi por atreverse a dejarle a la bestia de Isabel a cargo.

Ugh, cómo le odiaba.

(. . .)

Con el cuerpo del chico en su hombro y con su mano diestra aferrándole los cabellos a la cabeza mutilada de Ilse, recorría los interminables callejones de la zona baja de Berlín, mientras la oscuridad aún reinaba.

La noche, pensó, había sido muy larga.

El camino fue breve aunque a él le hubiese parecido lo contrario. El peso del muchacho era considerable, pero no era cómo si le molestase sostenerlo. La calidez de Eren resultaba apreciada. Sedosa. Le invadía los hombros. Le hacía calmar el frenesí sanguinario que le invadía tras una pelea.

La puerta marcaba el número 104. Estaba en el cuarto piso de los condominios departamentales del suburbio de Trost.

Y dentro estaba el persignado pacifista que sabía, sin embargo, mantendría a aquel torpe a salvo. Abrió la puerta, los ojos castaños se alteraron y casi de inmediato reconoció al que cargaba.—¡Eren!

La voz afligida fue respondida por un alarmado muchacho (humano) que apareció tras el persignado sin camisa, espantado nada más al escucharle gritar.—¿Qué sucede?

Ojos carmesí. Peste a sangre.

La rivalidad entre ambos ghouls saltó al ambiente tan pronto Marco Bodt se irguió, tan alto cómo era y le exigió a su amigo con voz feroz.—Dámelo.

Levi bufó.—¿Seguro? ¿No la preferirías a ella?

El rostro del otro humano lució contrariado ante la visión de la cabeza cercenada de la ghoul muerta, más Marco simplemente atinó a gruñir.—Dámelo, Levi.

Con delicadeza, con inusual cuidado, notó Marco, Levi se quitó de encima al muchacho y en los brazos se lo tendió.—Tuve que dejarle inconsciente. Ahora simplemente duerme, persignado.

Marco le miró, cauteloso, más aferró el cuerpo de su amigo contra sí.

-Gracias por no hacerle daño.

-¿Por qué habría de hacerlo?

La mirada de Marco se afiló.—Es un humano.

Le dio la espalda y camino, alejándose de la entrada a paso firme. Pero antes de dar vuelta por las escaleras, aún con la cabeza de Ilse entre los dedos, Levi dijo.—Es Eren, Marco.

La respuesta descolocó al ghoul moreno, más no tuvo tiempo de preguntar a qué se refería, pues Levi desapareció en la noche, disolviéndose cómo un furtivo demonio.

A su espalda, Jean simplemente le instó a entrar.

Acomodaron a Eren en la cama de ambos y procuraron quitarle el rastro de sangre lo mejor que pudieron. Horas más tarde, rayando ya el reloj la madrugada, Marco simplemente pensó en la respuesta de Levi.

En lo dicho por ese sanguinario monstruo.

No tenía sentido. No lograba encontrarlo en esa sencilla frase. En esa absurda respuesta.

La mano cálida de Jean entrelazada a la suya.

Su respiración acompasada. Su corazón latiente. El ritmo cardíaco de Eren resonando a lo lejos, la imagen de la cabeza de su enemiga y la realidad le golpeó de pronto.

-Ah…

Sólo alcanzó a decir aquello, antes de que las palabras de Levi Ackerman resonasen nuevamente en su cabeza.

"Es Eren, Marco"

Por fin lo entendía todo.

Y se repitió por enésima vez en su vida, que el amor era incluso más peligroso que los ghouls y los humanos juntos.

Y eso ya era decir mucho.

(. . .)

Le dolían los ojos de tanto llorar.

Le quemaba el hambre en las entrañas. Le ardían, se le retorcían de pura hambre, de puro odio. Tenía el sabor de la bilis en la garganta y su boca estaba seca. Se movía en su propia miseria, lo sabía.

Y por primera vez en largas semanas Annie Leonhardt decidió ponerse de pie.

Se arrastró en el suelo sucio, empolvado de su oscurecido departamento destruido anteriormente y gimió, dolorida, cansada, enfurecida.

Tenía que ponerse de pié, se dijo ella. Tenía que levantarse. Tenía que luchar por erguirse.

Un aspecto lamentable le devolvió el espejo al reflejarse en su cromada superficie, y de nuevo el dolor la quiso doblegar. Le dolía, pensó la rubia. Le dolía mucho, muchísimo.

Jadeó, sollozó, volvió a llorar.

El sucio cabello rubio no era ya la belleza dorada que ella a momentos acariciaba con cariño. Era una maraña de enredado pelo si arreglo. Así que con furia lo recortó. No tenía caso ya tenerlo largo sí ella se había marchado.

Se había marchado para siempre, se repitió por milésima ocasión en esas tortuosas semanas en la decadencia, mientras trataba de hacerse a la idea de que ella ya no volvería.

Al final incluso le dolía mirarse, incluso le lastimaba contemplarse.

Pero ya no importaba. Nunca jamás eso importaría más.

Estaba muerta, se repitió una vez más. Ella estaba muerta.

Al igual que sí misma.

Al igual, pensó llena de odio, que ese maldito bastardo que se la arrebató.

Al igual que el monstruo asesino de Levi Ackerman.

Él murió justo en el momento en el que decidió quitársela.

Sólo que él aún no lo sabía.


Continarà.

¿Hermosas Criaturas?

Siento mucho tardar tanto en actualizar. Espero que les guste. Un dato más. Es EreRi. Ósea, Levi es uke. Pero deben saber que es un cabròn total.

Ya verán porqué.

Un beso para todas.