Entonces me abrazó y se despidió marchándose en una nube de polvo como todos los dioses. Pero antes de desaparecer chasqueó los dedos y aparecieron cuatro petates amarillos.
-¡Son impermeables,claro. Y si se lo pides a tu amigo cíclope puede que te ayude a llegar hasta el crucero-dijo
-¡Espera!¿qué barco?-le dije confusa.
Él señaló hacia un crucero atravesando el estuario de Long Island Sound. Sus luces blancas y doradas resplandecían sobre las aguas oscuras. En la parte trasera rezabaEl princesa Andrómeda
-¡Este es tu juego,que vaya al crucero y que me sirva de medio hasta llegar a nuestro destino!-le dije acusándole con el dedo,pero él desapreció.
Todos nos quedamos con la boca abierta y de pronto nos dirigimos a nuestras cabañas a prepararnos. Para la mañana siguiente adentrarnos a nuestra pesadilla.
Continuará...
Capítulo 5:Unas reuniones muy desagradables parte uno.
Percy
Al día siguiente,quedamos en vernos en la costa del campamento,donde nos íbamos a dirigir hacia el llegar nos estaban esperando Annabeth y Tyson quien estaban peleando.
-¡Muy bien!¿Qué pasa aquí?-les dije parando la discusión.
-¡Pasa,que este es un troglodita y que no debería ir con nosotros,es un estorbo!-dijo Annabeth molesta cuando Tyson empezó a llorar.
-¡Mira listilla que te quede claro,Tyson no es un estorbo ni es un troglodita!-dije ya cabreandome.-¡Y para que lo sepas el señor Dionisio fue el que me recomendó que me llevara a Tyson!
-¡Vale,lo que tu digas!¿Cómo vamos a hacer para llegar hasta el crucero?-dijo la listilla altanera como siempre.
-Te responderé querida,con estos cuatro petates amarillos que me dio el señor Hermes-dije altanera igual que ella.
-¡Ah!parece que eres muy amiga de los dioses,¿no?-dijo Annabeth otra vez celosa.
-Bueno no es mi problema que les caiga bien a los dioses,¿por qué?¿estás celosa,Annabeth?-dije picándola.
-¡Ja,claro que no!¿Nos vamos ya?-dijo pasando del tema.
Cuando Annabeth terminó de hablar,le dije a Tyson que le pidiera ayuda a su padre,él accedió y tocó el agua y le rezó a su padre Poseidon. Después de un buen rato,nosotros ya estábamos hartos de esperar cuando de repente Tyson contuvo el aliento.
-¡Ponis pez!-gritó alegre Tyson.
Tenía razón. En cuanto llegaron a la arena, vi que aquellas criaturas solo tenían de caballo la parte de delante; por detrás, su cuerpo era plateado como el de un pez, con escamas relucientes y una aleta posterior con los colores del arco iris.
-¡Hipocampos! -dijo Annabeth-. Son preciosos.
El que estaba más cerca relinchó agradecido y rozó a Annabeth con el hocico.
-Ya los admiraremos luego -dije-. ¡Vamos!
-¡Ahí están! -chilló una voz a nuestra espalda-. ¡Niños malos fuera de las cabañas! ¡La hora del aperitivo para las arpías afortunadas! Había cinco de ellas revoloteando en la cima de las dunas: pequeñas brujas rollizas con la cara demacrada, garras afiladas y unas alas ligeras y demasiado pequeñas para su cuerpo. Parecían camareras de cafetería en miniatura cruzadas con pingüinos; no eran muy rápidas, gracias a los dioses, pero sí muy crueles si llegaban a atraparte.
-¡Tyson! -dije-. ¡Agarra un petate!
Él seguía mirando boquiabierto a los hipocampos.
-¡Tyson!-Grité
-¿Eh?-dijo Tyson admirando al animal.
-¡Vamos!-dijo Clarisse
Conseguí que se moviera con la ayuda de Annabeth. Recogimos las bolsas y montamos en nuestros corceles. Poseidón debía de saber que Tyson sería uno de los pasajeros, porque un hipocampo era mucho mayor que los otros dos: del tamaño adecuado para un cíclope.
-¡Arre! -dije. El hipocampo dio media vuelta y se zambulló entre las olas. Annabeth y Tyson me siguieron.
Las arpías nos lanzaban maldiciones y aullaban reclamando su aperitivo, pero los hipocampos se deslizaban por el agua a la velocidad de una moto acuática y enseguida las dejamos atrás. Muy pronto la orilla del Campamento Mestizo no fue más que una mancha oscura. Me preguntaba si volvería a verlo de nuevo. Pero en aquel momento tenía otros problemas en que pensar.
Mar adentro, empezaba a vislumbrarse el crucero: nuestro pasaporte hacia Florida y el Mar de los Monstruos.
Montar un hipocampo era incluso más fácil que montar un pegaso. Corríamos con el viento de cara, sorteando las olas con tal suavidad que casi no era necesario agarrarse.
A medida que nos acercábamos al crucero, me fui dando cuenta de lo enorme que era. Sentí como si estuviese mirando un rascacielos en Manhattan desde abajo; el casco, de un blanco impecable, tenía al menos diez pisos de altura y estaba rematado con una docena de cubiertas a distintos niveles, cada una de ellas con sus miradores y sus ojos de buey profusamente iluminados. El nombre del barco estaba pintado junto a la proa con unas letras negras iluminadas por un foco. Me llevó unos cuantos segundos descifrarlo: Princesa Andrómeda.
adosado a la proa, un enorme mascarón de tres pisos de alto: una figura de una mujer con la túnica blanca de los antiguos griegos, esculpida de tal modo que parecía encadenada al barco. Era joven y hermosa, con el pelo negro y largo, pero tenía una expresión aterrorizada. Cómo se le podía ocurrir a nadie poner a una princesa chillando de pánico en la proa de un crucero de vacaciones. No me cabía en la cabeza.
Recordé el mito de Andrómeda y cómo había sido encadenada a una roca por sus propios padres para ofrecerla en sacrificio a un monstruo marino. Quizá había sacado demasiados suspensos en la escuela. El caso es que mi tocayo, Perseo, la salvó justo a tiempo y volvió de piedra a aquel monstruo marino usando la cabeza de la Medusa.
Aquel Perseo acababa siendo vencido siempre, por eso mismo mi madre me había puesto su nombre, aunque él fuera el hijo de Zeus y yo de Poseidón. El Perseo original era uno de los pocos héroes de la mitología griega que tenía un final feliz. Los demás morían traicionados, destrozados, mutilados, envenenados o malditos por los dioses. Mi madre esperaba que yo heredase la suerte de Perseo.
Teniendo en cuenta cómo había ido mi vida hasta el momento, no podía ser tan optimista.
-¿Cómo vamos a subir a bordo? -gritó Annabeth para hacerse oír entre el fragor de las olas.
Pero no hubo de qué preocuparse. Los hipocampos parecían saber lo que queríamos; se deslizaron hacia el lado de estribor del barco, cruzando sin dificultad su enorme estela, y se detuvieron junto a una escala de mano suspendida de la borda.
-Tú primero -le dije a Annabeth.
Ella se echó al hombro el petate y se agarró al último peldaño.
Cuando se hubo encaramado, su hipocampo soltó un relincho de despedida y se sumergió en el agua. Annabeth empezó a ascender.
Yo aguardé a que subiera varios peldaños y la seguí.
El único que quedaba en el agua era Tyson. Su hipocampo giraba en redondo y daba brincos hacia atrás, y Tyson se desternillaba de risa de tal modo que el eco de sus carcajadas resonaba por todo el costado del barco.
-¡Chitón, Tyson! -exclamé-. ¡Vamos, muévete!
-¿No podemos llevarnos a Rainbow? -preguntó, mientras la sonrisa se desvanecía de su rostro.
Yo lo miré atónito.
-¿Rainbow?-dije
El hipocampo relinchó como si le gustara su nuevo nombre.
-Tenemos que irnos, Tyson -dije-. Y Rainbow. . .bueno, él no puede subir por la escala.
-Tyson se sorbió la nariz y apretó la cara contra la crin del hipocampo.
-¡Te voy a echar de menos, Rainbow!
El hipocampo soltó una especie de relincho que yo hubiese jurado que era un llanto.
-Quizá volvamos a verlo en otro momento -sugerí.
-¡Sí, por favor! -dijo Tyson, animándose-. ¡Mañana! No le prometí nada, pero logré que se despidiera y se agarrara a la escala. Con un triste relincho, Rainbow dio una voltereta atrás y se zambulló en el agua.
La escala conducía a una cubierta de servicio llena de botes salvavidas de color amarillos. Había una doble puerta cerrada con llave que Annabeth logró abrir con su cuchillo y una buena dosis de maldiciones en griego antiguo.
Pensaba que tendríamos que movernos a escondidas, ya que éramos polizones, pero después de recorrer unos cuantos pasillos y de asomarnos por un mirador al enorme paseo principal flanqueado de tiendas cerradas, empecé a comprender que no había razón para esconderse de nadie. Quiero decir, era verdad que estábamos en plena noche, pero llevábamos ya recorrido medio barco y no habíamos visto a nadie. Habíamos pasado por delante de cuarenta o cincuenta camarotes y no habíamos oído ni un solo ruido.
-Es un barco fantasma -murmuré.
-No -dijo Tyson, jugueteando con la correa de su petate-. Mal olor.
Annabeth frunció el ceño.
-Yo no huelo a nada.
-Los cíclopes son como los sátiros -dije-. Huelen a los monstruos. ¿No es así, Tyson?
Él asintió, nervioso. Ahora que estábamos fuera del Campamento Mestizo, la niebla volvía a hacer que viera su cara distorsionad. Si no me concentraba mucho, me parecía que tenía dos ojos y no uno.
-Está bien -dijo Annabeth-. ¿Qué hueles exactamente?
-Algo malo -respondió Tyson.
-Fantástico -refunfuñó Annabeth-. Eso lo aclara todo.
Salimos al exterior en la cubierta de la piscina. Había filas de tumbonas vacías y un bar cerrado con una cortinilla metálica. El agua de la piscina tenía un resplandor misterioso y chapoteaba con un rítmico vaivén por el movimiento del barco.
Había aún más niveles por encima de nosotros, tanto a proa como a popa, incluyendo un muro artificial de escalada, una pista de minigolf y un restaurante giratorio. Pero no se veía el menor signo de vida.
Sin embargo, yo percibía algo que me resultaba conocido. Algo peligroso. Tenía la sensación de que si no hubiera estado tan cansado, tan confundido por la adrenalina de aquella larga noche, quizá habría sido capaz de discernir qué no andaba bien.
-Necesitamos un escondite -dije-. Algún sitio seguro donde dormir.
-Sí, dormir -repitió Annabeth, también agotada.
Exploramos unos cuantos corredores más, hasta que dimos en el noveno con una suite vacía. La puerta estaba abierta, cosa que me pareció rara. En la mesa había una cesta de golosinas de chocolate y en la mesilla de noche una botella de sidra refrescándose en un cubo dy hielo. Sobre la almohada, un caramelo de menta y una nota manuscrita: ―¡Disfrute de crucero!‖
Abrimos nuestros petates por primera vez y descubrimos que Hermes
realmente había pensado en todo: mudas de ropa, artículos de tocador, víveres, una bolsita de plástico con dinero y también una bolsa de cuero llena de dracmas de oro. Incluso se había acordado de poner el paquete de huele de Tyson, con sus herramientas y piezas metálicas, y la gorra de invisibilidad de Annabeth, lo cual contribuyó a que ambos se sintieran mucho mejor.
-Voy a la habitación de al lado -dijo Annabeth-. No bebáis ni comáis demasiado, chicos.
Ella frunció el ceño.
-No lo sé. Hay algo que no encaja. . . Ve con cuidado.
Cerramos nuestras puertas con llave.
Tyson se desplomó en el diván. Jugueteó unos minutos con su artilugio de metal, que seguía sin querer enseñarme, y empezó a bostezar. Lo envolvió todo en el hule y cayó desfallecido.
Me tendí en la cama y miré por el ojo de buey. Me pareció oír voces en el pasillo, una especie de cuchicheo. No podía ser; habíamos recorrido todo el barco y no habíamos visto a nadie. Aquellas voces, sin embargo, me mantenían despierto, me recordaban mi viaje al inframundo: eran como el murmullo de los espíritus de los muertos al pasar por mi lado.
Al final, me venció el cansancio. Caí dormida. . .y tuve el peor sueño de mi vida.
Estaba en una caverna al borde de un tremendo abismo. Conocía el lugar muy bien, era la entrada del Tártaro. Y reconocía la voz gélida que surgía como un eco del fondo de la oscuridad.
-¡Pero si es la joven heroína! -la voz era como la hoja de un cuchillo raspando una roca-. De camino a otra gran victoria.
Quería gritarle a Cronos que me dejara en paz. Quería sacar a Contracorriente y derribarlo de un mandoble. Pero no podía moverme. E incluso si hubiera sido capaz, ¿Cómo habría podido matar a alguien que ya había sido destrozado, troceado y arrojado a una eterna oscuridad?
-No dejes que te entretenga -dijo el titan-. Quizá esta vez, cuando acabes fracasando, te preguntes si vale la pena trabajar como un burro para los dioses. ¿Cómo te ha demostrado tu padre su gratitud últimamente?
Su carcajada inundó la caverna y, de repente me desperté gritando Annabeth apareció en nuestra habitación preguntando que pasaba y le dije mi sueño,cuando terminé de contarles mi sueño,cuando de repente se oyó una voz de reptil al fondo del pasillo.
-Ssseisss másss ssse nos unieron ayer.
Annabeth gesticuló frenéticamente hacia el escondite más cercano -el lavabo de mujeres- y los tres nos abalanzamos a su interior. Estaba tan alucinado que ni siquiera se me ocurrió sentirme violento.
Una cosa -o mejor, dos- se deslizaron frente a la puerta del baño con un ruido como de papel de lija sobre linóleo.
-Sssi -dijo una segunda voz de reptil-. Él losss atrae. Pronto ssse volverá muy vigorossso.
Se deslizaron hacia la cafetería con un siseo glacial que tal vez fuera una risa de serpiente.
Annabeth me miró.
-Tenemos que salir de aquí.-Dijo Annabeth.
-¿Crees que me gusta estar en el lavabo de señoras?-dije cabreada.
-¡Quiere decir del barco, Percy! Tenemos que salir del barco.-dijo Clarisse.
-Huele mal -asintió Tyson-. Y los perros se comen todos los huevos.
-Annabeth tiene razón, tenemos que salir del baño y del barco.
Me estremecí. Si Annabeth y Tyson estaban de acuerdo por una vez, sería mejor escucharles.
Entonces se oyó otra voz fuera. Una voz que me dejó más helado que la de cualquier monstruo.
-sólo es cuestión de tiempo. ¡No me presiones, Agrius!-dijo el desconocido.
Era Luke, sin la menor duda. Aquella voz era inconfundible.
-¡No te estoy presionando! -refunfuñó el tal Agrius. Su voz era más grave y sonaba más furiosa-. Lo único que digo es que si esta jugada no resulta. . .
-¡Resultará! -replicó Luke-. Morderán el anzuelo.Y entonces Percy será mía. Ahora, vamos, tenemos que ir a la suite del almirantazgo y echar un vistazo al ataúd.
Sus voces se perdieron por el fondo del pasillo.
-¿Nos vamos ahora?-susurró Tyson
Annabeth y yo nos miramos y llegamos a un acuerdo silencioso.
-No podemos -le dije a Tyson.
-Hemos de averiguar qué se propone Luke -asintió Annabeth-. Y si es posible, le daremos una buena paliza, lo encadenaremos y lo llevaremos a rastras al monte Olimpo.
Continuará...
