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Nada mas subir cogimos el timón y salimos de la maldita isla,cuando salimos con el barco vimos que llegaron la tripulación de barbanegra,los miramos y nos reímos de horas después se divisó a lo lejos se divisaba otra mancha de tierra: un isla en forma de silla de montar, con colinas boscosas, playas de arena blanca y verdes prados: tal como la había visto en sueños.

Mis sentidos náuticos se encargaron de confirmarlo: 30 grados, 31 minutos norte; 75 grados, 12 minutos oeste.

Habíamos llegado a la guarida del cíclope.

Capítulo 8:Mi hermana casi casa,el regreso de Tyson y lo más importante salimos de la maldita isla.

Percy

Cuando llegamos a la isla del cíclope lo primero que vimos fue un puente de cuerdas sobre un abismo, lo cual no era buena señal. Venía a ser lo mismo que poner una vaya publicitaria que advirtiese: ―Algo maligno vive aquí.‖ Pero el lugar, a parte de eso, parecía una postal caribeña. Tenía prados verdes, árboles de frutas tropicales y playas de arena blanquísima. Mientras navegábamos hacia la orilla, Annabeth inspiró profundamente aquel aire perfumado.

-El Vellocino de Oro -dijo Clarisse

Asentí. No lo veía aún, pero percibía su poder. Ahora sí podía creer que el Vellocino era capaz de curar cualquier cosa, incluso el árbol de Thalía.

-¿Se morirá la isla si nos lo llevamos?-dije

Annabeth meneó la cabeza.

-Perderá su exuberancia, eso sí. Y volverá a su estado anterior, fuera el que fuese.-dijo Annabeth

Me sentí un poco culpable por destrozar aquel paraíso, pero me recordé que no teníamos alternativa. El Campamento Mestizo corría peligro, y Tyson aún seguiría con nosotros de no haber sido por aquella misión.

En el prado que había al pie del barranco, se agolpaban varias docenas de ovejas. Parecían pacíficas, aunque eran enormes, tan grandes como hipopótamos. Más allá, un camino subía hacia las colinas. En lo alto de ese camino, cerca del borde del abismo, se levantaba el roble descomunal que había visto en sueños. Había algo dorado que relucía en sus ramas.

Fuimos a amarrar el Vengador de la Reina Ana a la parte de atrás de la isla, donde los acantilados se alzaban en vertical a unos sesenta metros de altura. Se me ocurrió que allí sería menos probable que el barco fuera visto.

Aquellos acantilados parecían escalables. Debían de ser tan difíciles, más o menos, como el muro de lava del campamento. Al menos, no había ovejas por aquel lado. Confié en que Polifemo no tuviera también cabras montesas carnívoras.

Remamos en un bote hasta el borde de la roca y empezamos a subir muy despacio. Annabeth iba delante, porque ella era mejor escaladora que yo.Y Clarisse estaba al lado mía,¡Espera¿Dónde está Clarisse?estaba a mi lado y ahora simplemente desapareció.

Sólo estuvimos a punto de matarnos seis o siete veces, lo cual me pareció bastante aceptable. Una de ellas, perdí pie y me encontré colgando de una sola mano en una cornisa a quince metros de las rocas que sobresalían entre las olas. Menos mal que encontré el otro punto de apoyo y seguí escalando. Un minuto más tarde, Annabeth puso el pie sobre un trozo de musgo y resbaló. Por suerte, consiguió afirmar el pie un poco más abajo. Por desgracia, fue en mi cara.

-Perdona -murmuró Annabeth.

-No pasa nada -gruñí, aunque nunca había tenido el menor interés en probar el sabor de sus zapatillas.

Por fin, cuando ya tenía los dedos como de acero derretido y todos los músculos me temblaban de puro agotamiento, alcanzamos la cresta del acantilado y nos derrumbamos desfallecidos.

-¡Uf! -dije agotada

-Aggg -gimió Annabeth también agotada.

-¡Grrrrr! -bramó otra voz.

Si no hubiese estado tan cansada, habría dado un brinco de otros sesenta metros. Miré alrededor, pero no vi a nadie.

Annabeth me tapó la boca con una mano e hizo señas con la otra.

La cresta sobre la que nos hallábamos era más estrecha de lo que me había parecido. Por el otro lado termina bruscamente, y era de allí de donde venía aquella voz: del terraplén que había debajo.

-¡Eres peleona! -bramó aquella voz ronca.

-¡Atrévete a desafiarme! -La voz de Clarisse, sin la menor duda-. ¡Devuélveme mi espada y lucharé contigo!

El monstruo se echó a reír con gran estruendo.

Annabeth y yo nos arrastramos hasta el borde. Estábamos encima mismo de la entrada de la cueva. Polifemo y Grover, que aún iba con su vestido de novia, se hallaban justo a nuestros pies. Clarisse estaba atada y colgada bocabajo sobre una olla de agua hirviendo. Yo tenía la esperanza de ver también a Tyson allí. Aunque fuera corriendo peligro, al menos habría sabido que estaba vivo, pero no había ni rastro de él.

-Hummm -murmuró Polifemo mientras reflexionaba-. ¿Me como a esta bocaza ahora mismo o la dejo para el banquete de boda? ¿Qué opina mi novia? Se volvió hacia Grover, que retrocedió y casi tropezó con su cola nupcial, por fin terminada.

-Eh, bueno, yo no estoy hambrienta ahora mismo, querido. Quizá…-intento decir Grover.

-¿Cómo que novia? -preguntó Clarisse-. ¿Quién? ¿Grover?

Annabeth susurró a mi lado.

-Cierra el pico, idiota… Tiene que cerrar esa bocaza.

Polifemo frunció el ceño.

-¿Qué Grover?-dijo empezando a enfadarse.

-¡El sátiro! -aulló Clarisse.

-¡Ay! -gimió Grover-. El cerebro de la pobre ya se ha puesto a hervir con el agua caliente.-¡Bájala querido!

Polifemo entornó el parpado sobre su siniestro ojo nublado, tratando de ver a Clarisse con mayor claridad.

-¿De qué sátiro me hablas? -preguntó Polifemo-. Los sátiros son buena comida. ¿Me has traído un sátiro?

-¡No, maldito idiota! -bramó Clarisse-. ¡Ese sátiro! ¡Grover! ¡El que lleva el vestido de novia!

Quería retorcerle el cuello a Clarisse, pero ya era demasiado tarde; lo único que podía hacer era mirar a Polifemo, que se dio la vuelta y le arrancó el velo a Grover, descubriendo su pelaje ensortijado, su desaliñada barbita adolescente y sus cuernos diminutos.

El cíclope respiro pesadamente, tratando de contener su furia.

-No veo demasiado bien desde hace mucho -refunfuñó-, cuando aquél otro héroe me pinchó en el ojo. Pero aun así. . .¡tú no eres una cíclope!

Y le desgarró el vestido por completo. Debajo, apareció el viejo Grover con sus tejanos y su camiseta. Soltó un aullido y se agachó justo cuando el monstruo lanzaba un golpe a su cabeza.

-¡Espera! -suplicó Grover-. ¡No vayas a comerme crudo! ¡Tengo una buena receta!

Busqué mi espada, pero Annabeth me detuvo con un siseo.

-¡Quieta!-dijo Annabeth.

-¿Tú también eres un sátiro?-dijo Polifemo a Clarisse.

-¡No, maldito montón de estiércol! -chilló-. ¡Yo soy una chica! ¡La hija de Ares! ¡Ahora desátame para que pueda rebanarte los brazos!

-Para rebanarme los brazos -repitió Polifemo.

-¡Y para metértelos en la boca!-siguió diciendo Clarisse.-¡Bájame de aquí, pedazo de animal!

-Tú sí que tienes agallas.-dijo Polifemo.

Polifemo agarró a Grover y lo izó como si fuera un perrito desobediente.

-Ahora hay que apacentar a las ovejas. La boda la aplazamos hasta la noche. ¡Entonces comeremos sátiro como plato fuerte!-dijo Polifemo.

-Pero. . .¿es que todavía piensas casarte? -Grover sonaba ofendido-. ¿Y quién es la novia?

Polifemo miró con el rabillo del ojo hacia la olla hirviendo.

Clarisse ahogó un grito.

-¡Oh, no! No lo dirás en serio. Yo no…-intentó decir Clarisse horrorizada.

Antes de que Annabeth y yo pudiésemos hacer algo, Polifemo la arrancó de la cuerda como si fuera una manzana madura y los arrojó a ella y a Grover al interior de la caverna.

-¡Poneos cómodos! ¡Estaré de vuelta cuando se ponga el sol para el gran acontecimiento!-dijo feliz Polifemo

-Si no podemos vencerlo con la fuerza, tendremos que hacerlo con alguna artimaña-dijo Annabeth

-De acuerdo -dije-. ¿Qué artimaña?

-Esa parte aún no se me ha ocurrido.-dijo Annabeth.

-Estupendo.-dije irónicamente-¡Mmm...Ya sé!¿Por qué no te haces invisible y te metes allí dentro?¿Y por qué no usas el sobrenombre de"nadie"como en el mito de Ulises?Cuando es"la boda"?

-¡Buena idea,Percy! Pues Al ponerse el es cuando se casará con Clarisse y se zampará a Grover. No sé cuál de las dos cosas me parece más repugnante-dijo mientras pensaba en mi idea-Las ovejas.

Y me lanzó una de aquellas miradas astutas que siempre me inspiraban un enorme recelo.

-¿Hasta qué punto te gustan las ovejas?-dijo Annabeth, ya invisible, desde algún punto a mi derecha.-¡Sobre todo no te sueltes!

Era fácil decirlo. Ella no estaba colgada del vientre de una oveja.

En el vientre era sumamente asqueroso pero no tanto si has vivido con el apestoso de Gabe Ugliano.

-¡Allá vamos! -susurró Annabeth-. Estaré cerca, no te preocupes.

Si salíamos de esta,juro que me vengaré por humillarme de esta manera a Annabeth.

Mi oveja empezó a subir la cuesta penosamente. Tras unos cien metros ya me dolían las manos y los pies. Me aferré con más fuerza a la lana y la oveja dio un gruñido. No podía culparla. A mí tampoco me gustaría que alguien practicara escalada por mi anatomía. Pero si no me agarraba bien me caería allí mismo, a los pies del monstruo.

Polifemo le dio unas palmaditas a mi oveja y poco faltó para que me cayera al suelo.

-¿Qué, engordando un poquito esa panza?-dijo Polifemo feliz

-¡Uf! -pensé-. Ahora me descubrirá

Pero Polifemo se limitó a reír y a darle un empujón en los cuartos traseros que nos propulsó hacia delante.

-¡Vamos gordita! ¡Pronto serás un buen desayuno!

Y así, sin más, me encontré en el interior de la cueva. Observé como entraba la última oveja. Annabeth tenía que apresurarse a poner en práctica su maniobra de distracción.

El cíclope ya estaba a punto de volver a colocar la roca en su sitio, cuando ella gritó desde fuera: -¡Hola, bicho horrible!

Polifemo se irguió de golpe.

-¿Quién ha dicho eso?-dijo Polifemo cabreado.

-¡Nadie! -chilló Annabeth.

-¡Nadie! -rugió Polifemo-. ¡Ya me acuerdo de ti!

-¡Eres demasiado estúpido para acordarte de alguien! -se mofó Annabeth-. Y mucho menos de Nadie.

Yo rezaba a los dioses para que ella se fuera moviendo mientras hablaba, porque Polifemo empezó a bramar furioso, agarró la primera roca que encontró (que resultó la de la entrada) y la arrojó hacia donde sonaba la voz de Annabeth. Oí cómo se hacía añicos con gran estruendo.

Durante un momento terrible hubo un silencio. Luego Annabeth gritó: -¡Ni siquiera has aprendido a tirar piedras, so inepto!

Polifemo aulló: -¡Ven aquí! ¡Ven que te mato, Nadie!

-¡No puedes matar a Nadie, estúpido zoquete! -volvió a mofarse Annabeth-. ¡Ven a buscarme!

Polifemo corrió ladera abajo siguiendo su voz.

Confiaba en que Annabeth se mantuviera a salvo y lo distrajera lo suficiente mientras yo buscaba a Grover y a Clarisse.

Me descolgué por fin, le di una palmadita a Trasto y me disculpé por mi atrevimiento. Busqué en la cueva principal, pero allí no había ni rastro de ellos. Me abrí paso entre el rebaño de cabras y ovejas hasta el fondo de la cueva.

Había soñado con aquel lugar, pero me costó mucho orientarme por el laberinto de galerías. Crucé corredores sembrados de huesos, pasé por estancias llenas de alfombras de lana y ovejas de cemento tamaño natural, que reconocí como obras de la Medusa. Había también colecciones de camisetas con ovejas estampadas; barreños de aceite de lanolina; chaquetas y calcetines de lana y sombreros adornados con cuernos de carnero.

Finalmente encontré la habitación del telar. Allí estaba Grover, acurrucado en un rincón, intentando cortar con unas tijeras romas los nudos que aún mantenían atada a Clarisse.

-Es inútil -decía ella-. ¡Estas cuerdas parecen de hierro!

-¡Sólo unos minutos más!-dijo Grover

-¡Maldición, Grover! -gritó exasperada-. ¡Llevas horas intentándolo!

Entonces me vieron.

-¡Al fin llegas hermana,llevo horas aquí atada a esto!-dijo esperanzada.

-¿Horas?¡pero si hace un momento estabas a fuera con nosotras!Una cosa Clarisse,¿Por qué no me dijiste que te casabas y mucho menos que tenías novio?-le dije riendo mientras utilizaba mi espada para desatar las cuerdas.¡Y tú Grover te queda muy bien ese vestido te ves mas hermoso que yo!

-¡NO TIENE NINGUNA GRACIA!-dijeron rojos de la rabia.

-Vamos. Tenemos que ayudar…-dije mientras me secaba lágrimas de los ojos por tanta risa.

Se oyó un estruendo, cuyo eco fue rebotando por toda la cueva, y luego un grito que me hizo temer que llegáramos tarde. Era Annabeth la que gritaba de pánico.

Nos deslizamos hasta la entrada de la caverna y al asomarnos vimos al cíclope, que sonreía con aire malvado y sostenía un puñado de aire. El monstruo agitó el puño y una gorra de béisbol cayó al suelo planeando. Allí esta Annabeth, sujeta por las piernas y retorciéndose boca abajo.

-¡Ja!-dijo Polifermo.-¡Repulsiva niña invisible! Ya tengo otra muy peleona para casarme. ¡A ti te voy a asar con salsa picante de mango!

Annabeth forcejeaba, pero parecía aturdida. Tenía un corte muy feo en la frente y los ojos vidriosos.

-Voy a atarcarlo-susurré a Clarisse-. Nuestro barco está en la otra parte de la isla. Tú y Grover…

-¡Ni hablar!-dijimos Grover y yo.

-¡Escucha,le prometí a tu madre que te protegería y nuestro padre me mataría si te ocurriese algo-dijo un poco desesperada.

-¡Pero soy también una hija de Ares,y todos nos conocen por no ser unos cobardes!¡Así que Plan de Macedonia!-dije con ímpetu.

Ellos asintieron. Los tres habíamos pasado los mismos cursos de entrenamiento en el Campamento Mestizo.

Sabían de qué estaba hablando. Ellos se deslizarían a hurtadillas y atacarían al cíclope por los flancos mientras yo atraía su atención por el frente. Seguramente, aquello significaba que moriríamos todos, y no sólo yo, pero no por eso dejaba de agradecer su apoyo.

Blandí mi espada y grité: —¡Eh, tú, bicho horrible!

El gigante giró en redondo.

-¿Otro? ¿Tú quién eres?-dijo Polifemo girándose en busca de la voz.

-Deja a mi amiga. Soy yo el que te insultó.-dije con orgullo

-¿Tú eres Nadie?-dijo confundido.

-¡Eso es, apestoso barril de moco! sonaba tan bien como los insultos de Annabeth, pero fue lo único que se me ocurrió—. ¡Yo soy Nadie y a mucha honra! Ahora, déjala en el suelo y ven aquí. Quiero sacarte el ojo otra vez.

La buena noticia: soltó a Annabeth. La mala: la dejó caer de cabeza sobre unas rocas, donde quedó inmóvil como un muñeco de trapo.

Otra mala noticia: Polifemo corrió hacia mí, quinientos apestosos kilos de cíclope que debía combatir con mi pequeña espada.

—¡Por Pan! —Grover surgió por la derecha y lanzó su hueso de oveja, que rebotó, inofensivo, en la frente del monstruo. Clarisse apareció por la izquierda, colocó la lanza contra el suelo, justo a tiempo para que el cíclope la pisara, y se echó a un lado para no quedar atrapada.

Polifemo soltó un aullido de dolor, pero se arrancó la lanza como si fuese una astilla y siguió avanzando.

Aguardé con la espada preparada.

El monstruo trató de agarrarme con su mano gigantesca. Yo rodé de lado y le lancé un tajo en el muslo.

Tenía la esperanza de ver cómo se desintegraba, pero aquel monstruo era demasiado grande y poderoso.

—¡Encárgate de Annabeth! —le grité a Grover.

Corrió hacia ella, recogió su gorra de invisibilidad y la alzó en brazos, mientras Clarisse y yo tratábamos de distraer a Polifemo.

Con el rabillo del ojo, vi que Grover había llegado al puente y empezaba a cruzarlo con Annabeth en brazos. Yo quizá no habría elegido aquel trayecto, teniendo en cuenta que al otro lado estaban las ovejas carnívoras, pero en aquel momento cualquier cosa parecía mejor que queda» se de nuestro lado. Lo cual me dio una idea.

—¡Retirada! —le grité a Clarisse.

Ella rodó por el suelo mientras el puño del cíclope aplastaba un olivo que había junto a la entrada.

Echamos a correr colina abajo con el monstruo siguiéndonos de cerca. Él cojeaba a causa de las heridas y los cortes que tenía por todo el cuerpo. Habíamos logrado volverle algo más lento, pero también enloquecerlo de furia.

—¡Os voy a hacer picadillo! —chillaba—. ¡Maldito seas mil veces, Nadie!

—¡Más rápido! —le dije a Clarisse.

Bajamos corriendo por la ladera. El puente era nuestra única posibilidad. Grover ya estaba al otro lado y había dejado a Annabeth en el suelo. Teníamos que cruzar nosotros también, antes de que nos pillara el gigante.

—¡Grover! —aullé—. ¡Saca el cuchillo de Annabeth!

Abrió unos ojos como platos cuando vio al cíclope detrás de nosotros, pero asintió como si hubiera captado la idea. Mientras Clarisse y yo atravesábamos el puente. Grover empezó a cortar las cuerdas.

La primera se rompió con un chasquido.

Polifemo saltaba a nuestra espalda de una tabla al otra y hacía oscilar el puente de un modo brutal.

La mitad de las cuerdas ya estaban cortadas. Clarisse y yo saltamos en plancha para alcanzar tierra firme y aterrizamos junto a Grover.

Lancé un mandoble a la desesperada y corté las cuerdas que quedaban.

El puente cayó en el abismo y el cíclope aulló... de felicidad, porque lo teníamos allí, a nuestro lado.

—¡Has fallado! —aulló eufórico—. ¡Nadie ha fallado!

Clarisse y Grover intentaron atacarlo, pero el monstruo los apartó de un golpe, como si fueran repente me acerqué corriendo con mi espada en mano y le apuñalé en el pecho,directo al corazón del Cíclope y cayó muerto en el suelo.

-¡Al fin!-dije mientras todos me miraban con adoración y orgullo.

Nos fuimos corriendo a la playa para ver a nuestro barco destrozado por ovejas asesinas,eso nos desilusionó cuando escuchamos un ruido todos nos giramos y vimos a Tyson de pie ante nosotros.

Tyson nos dio una versión resumida de lo que había pasado: Rainbow el hipocampo, que por lo visto nos había seguido desde Long Island Sound con la esperanza de que Tyson jugase con él, lo había rescatado cuando se hundía bajo la chatarra del CSS Birmingham y había logrado ponerlo! salvo. Los dos juntos habían recorrido desde entonces el Mar de los Monstruos tratando de localizarnos, hasta que Tyson detectó un fuerte tufo a oveja y dio con la isla.

—¡No! —Me arrodillé junto a Annabeth y me asustó mucho lo que vi. El corte que tenía en la frente era mucho peor de lo que suponía. Tenía el nacimiento del pelo ensangrentado. Estaba pálida y sudorosa.

Grover y yo intercambiamos miradas nerviosas. Entonces se me ocurrió una idea.

—Tyson, el vellocino. ¿Me lo puedes traer?

—¿Cuál? —dijo Tyson, mirando a las docenas de ovejas que tenía a su alrededor.

—¡En el árbol! —le dije—. ¡El de oro!

—Ah. Qué bonito. Sí.-dijo con admiración en sus ojos.

Se movió pesadamente, procurando no pisar las ovejas. Si alguno de nosotros hubiera intentado acercarse al vellocino, habría sido devorado vivo, pero supongo que Tyson olía igual que Polifemo, porque el rebaño ni siquiera le prestó atención. Seguían acurrucándose a su alrededor y balando cariñosamente, como si estuvieran esperando una golosina. Tyson extendió el brazo y levantó el vellocino de la rama de la que llevaba siglos colgando. Al instante, las hojas del roble se volvieron amarillas. Tyson empezó a caminar despacio hacia mí, pero yo le grité: —¡No hay tiempo! ¡Tíramelo!

La dorada piel de cordero cruzó por los aires como un frisbee peludo y reluciente. Solté un bufido al atraparla. ¡Era más pesada de lo que esperaba: unos treinta kilos de preciosa lana de oro.

La extendí sobre Annabeth, cubriéndole todo el cuerpo salvo la cara, y rogué en silencio a todos los dioses, incluso a los que me caían mal.

Su rostro recuperó el color. Le temblaron los párpados y abrió los ojos. El corte en su frente empezó a cerrarse. Vio a Grover y le dijo débilmente: —No te habrás... casado, ¿verdad?

Grover sonrió de oreja a oreja.

—No. Mis amigos me han convencido de que no lo hiciera.-dijo Grover feliz.

Nos fuimos todos a la orilla donde vimos que Tyson saludaba a unos hipocampos nos subimos a ellos y nos fuimos directos al campamento.