Relato 11.

Parte 1.

La Matrioska reposaba sobre la chimenea. Aquellas gemelas idénticas en el diseño también la seguían en una fila, por orden de tamaño. Se acercaba navidad y como tenía planeado de pasar esta importante fiesta con mi familia, en Venezuela.

Tenía todo arreglado, el dinero, los boletos, incluso la ropa limpia y la casa impecable. Sólo tenía a un demonio de dos metros sentado en el colchón de mi cama viendo como empacaba.

¿Te irás ésta noche?

Yo estaba en el armario, solo asentí.

Repite de nuevo por que no puedo ir.

Suspiré.

Sólo serán dos semanas – guarde silencio. –Mi familia no te conoce, además Vadim, sabes que no tengo nada en tu contra, pero una vez te dije que los demonios… no son bien vistos…

Cuando volví a él lo encontré con un rostro blanco de tranquilidad, eso me inquietó aún más; no sabía lo que estaba pensando o algún indicio de cómo se sentía con el hecho de que me fuera.

Los demonios no son bien vistos… –repitió él y junto las manos en su regazo. – ¿Dzulian volverá para año nuevo?

Prometo volver para año nuevo. Cumples años el treintaiuno de diciembre ¿verdad? –Vadim asintió cortamente.

Oh, vamos Vadim – fui a donde él estaba, me senté a su lado y le palmeé el brazo. –No pongas esa cara, volveré pronto y celebraré tu cumpleaños.

Él rodó los ojos hacia mí y suspiró.

Deseo pasar navidad con Dzulian.

Aquello me entristeció bastante…

Cuando estuve en el aeropuerto me arribo una tristeza y en el avión tome una siesta entristecido.

Mi madre… le gustaba muchos las flores y quizá por eso a mí me gustaban en parte las flores, su jardín ese día estaba más bonito.

¡Y el calor!... Dios ¡Extrañaba el calor!, ¡Y el sol! ¡Y la música de mis vecinos! ¡Las gaitas en cada esquina! ¡Dios bendiga las gaitas, no joda!

Estaba en la puerta del jardín de la casa. La habían pintado de azul y las rejas eran blancas, era tradición pintar la casa en las temporadas navideñas para recibir el año nuevo.

Era la tarde, creo que las dos de la tarde si no me fallaban los cálculos, caminé para abrir la reja de la entrada provocando un sonido de metal chirriante, veo a mi madre asomarse por la ventana; su rostro redondo, moreno, su cabello negro, ondulado y algo desordenado, cuando salió a recibirme la noté un poquito más rellenita, baja y con una sonrisa grande en los labios, mi vieja.

Solté la maleta y la abracé sin darle tiempo a que se alejara de la escalinata de piedra de la entrada de la casa. La extrañaba mucho. La apreté un poco más.

Bendición – le pedí.

Dios me lo bendiga, hijo. ¡Estás gordo!

Pelé los ojos, sorprendido, pero sonreí con gracia. Mi madre tiene los ojos oscuros como siempre, me llegaba al pecho y tenía la piel morena por el sol, yo no la tendría tan diferente si el sol de Canadá fuera tan suave.

Bien, pasa. – Ella tomó una de mis maletas. Yo tomé las otras.

Subí la escalinata de piedra hacia la casa y encontré a mi papá en la entrada. Tomó la maleta de mi mama y la cargó él llevándola más allá de la sala, cuando me vio sonrió y yo solo fui hacia él para abrazarlo y él me palmoteo la espalda.

¡Hijo! ¡Qué bueno que hayas llegado bien! ¡Llegaste primero que María!– dice cuando se separa de mí.

Mi padre tiene cabello negro, y veo muchas canas que nacen de sus raíces. Tiene fuerte ojos caribe, herencia de su padre, y el padre de su padre; según tengo entendido, emigraron de España en la Guerra Civil, luego conoció a mi mamá… y esa es otra historia de amor.

¿María no ha llegado? – pregunté.

No. Seguro viene por allí. –Me dice mi papá. – Se trae al suyo, al noviecito éste… ¿Cómo es que se llama, cariño?

Alfred.

¿Se llama Alfred? – pregunté yo incrédulo. El novio de mi hermana se llama Alfred.

Es gringo. – me informa mi padre con aire malicioso, me miró. – Todo lo que diga me lo traduces… ¿Oíste?

Yo me reí. Mi padre me sonrió.

Julián. – mi mamá me llamó. –Tu habitación está lista. He puesto la hamaca.

Me extrañé. Pero no discutí. Estaba muy cansado y realmente un siesta en una hamaca era algo que extrañaba mucho. No me fui a bañar en ese momento. Me quedé dormido en mi habitación; en mi cama. La hamaca estaba guindada. Atravesando toda la habitación.

Cuando desperté, me estiré y todos mis huesos sonaron. Me senté en la cama y pensé en que estará haciendo Vadim en ése momento. ¿Estaría en Rusia visitando a su familia?, ¿estaría en la biblioteca?, me lo imaginé en su apartamento leyendo uno de sus mucho libros y Cosaco acostado en el sillón, regordete y peludo.

Me dio algo de tristeza por él, porque la pasaría solo y de repente me sentí culpable y miserable porque realmente nadie quiere pasar solo la navidad, mucho menos el año nuevo.

Sacudí la cabeza, me quité la camisa y busqué en mi maleta una toalla de baño y me metí a bañar.

Cuando salí y estuve listo, escuché la risa de mi hermana, bajé las escaleras y me la encontré apunto de subirlas, pensé que se detendría, pero ella subía las escaleras como una bala y me acorraló en la pared.

Yo también te extrañé.

No me contaste…–me dijo en voz muy baja.

Te lo estoy diciendo ahora. – le dije con algo de ironía.

No, mongolo*.

Yo la miré desentendido. Ella me miró fijamente y peló los ojos.

¿Qué no te conté? –le pregunté con cautela.

–… Hermanito, hermanito… ¿Vadim te suena familiar?

Ahora yo pelé los ojos. ¿Acaso Vadim había hablado con mi hermana en algún momento? Podía pensar que sí ya que Vadim habló con mi madre alguna vez.

¿Qué pasa con él?

¡No me contaste de él! Se supone que eras mi hermano.

Que drama señor, sin embargo me reí un poco. No creo que tenga que contarle algo tan delicado como Vadim. No me pregunté si habló con él por qué estaba más que claro que sí.

Bueno, bueno, disculpa, pues chica –le dije y suspiré. –Más al rato le informo ¿Te trajiste al gringo?

Ella asintió.

Viene dentro de un rato, está en el hotel.

¿Tú no piensas dormir aquí?

No, lo acompañaré al hotel.

Ayyy cuidado y se muere sin ti. Dios, el amor es tan bello~. –Le bromeé, ella me dio un golpe en el hombro.

Déjalo, él aún no domina el español. – justificó a lo que resoplé molestándola.

¡Julián! ¡Ven un momento por favor! – escuché a mamá desde la sala. Mi hermana me dio otro golpe y yo bajé las escaleras con una risa dolorosa.

Bajé las escaleras y sentí que mi hermana me siguió, cuando llegué a la sala me detuve en seco y mi hermana chocó conmigo pero no me moví, me congelé. Me quedé en el marco de la puerta.

Vi como mi mamá me miró.

Lleva éstas maletas a tu habitación y enséñale el baño a Vadim.

Vadim… – susurré y lo vi levantarse del sofá de la sala.

Tenía una ropa ligera y las mejillas algo sonrojadas por motivos que desconozco. Luce humano, rosado y lleno de color… ¿Ése es Vadim? ¿Con mejillas un tanto rosada? ¿Color en su piel? Tenía una camisa negra y un jean igual de negros, en su cuello unos vendajes le cubrían la piel.

¡Hola, Dzulian!... Mi avión tuvo un retraso. – Me saluda tan feliz – Lamento no informarte antes, pero mi teléfono no tiene señal aquí.

Su acento, rudo, rígido me golpeó el cerebro, la verdad me dejó medio aturdido. Mi cara de póker era mundial, mi padre me coloco la maleta a mi costado y yo abandoné los ojos de Vadim para ir a ella.

La tomé y me dirigí a la escalera pasando por el costado de mi hermana que se quedó allí parada, Vadim me siguió más atrás en silencio, escuché sus pasos en cuanto subió la escalera, uno, dos… tres…

Cuando llegué a mi cuarto dejé la maleta a un lado del armario y vi a Vadim en el marco de la habitación. Entré y yo me arrimé a mi cama para sentarme. Estoy shockeado. Vadim está aquí… aquí, en Venezuela.

Vadim. ¿Ése es tu nombre de verdad? –preguntó mi madre. Ella picaba las verduras para una sopa.

Hemos comido hallaca en el desayuno y Vadim se vio tan encantado que no salía de la cocina viendo como mi madre cocinaba.

Sí, Vadim Braginsky.

Yo estaba arreglando algunas cosas de la nevera y no recordaba que hiciera tanto calor en diciembre, coño. Mi mamá hizo un sonido de sorpresa ante el apellido.

¿Das clases en la universidad con Julián, Vadim?

No. – respondió él.

Yo desaparecí, yo no existía, por el simple hecho que no quería que Vadim terminara diciendo algo comprometedor. Mi hermana estaba al otro lado de la cocina con las manos ocupadas en deshilachar las pechugas de pollo para una ensalada.

¿Ah, sí? ¿De que trabaja, Vadim?– pregunta.

Y yo le pregunto a Dios ¿Por qué me dio una madre tan curiosa?, mi hermana no decía nada, escuchando todo lo que Vadim respondía. Cuando salí de la cocina y mi madre termino de interrogar –discretamente –– a Vadim, al cual lo veo muy feliz, le ha preguntado hasta como me conoció, mintió diciendo que fue en la biblioteca porque yo la frecuentaba mucho, okey, eso es medio cierto.

No lo interrumpí en todo el momento que estuve en la cocina.

¿Has dormido en chinchorro, Vadim?, espero que no sea problema. – Dice mi madre haciéndome el recordatorio que tenía que compartí habitación él. – Espero que tampoco te moleste compartir con alguien más.

Vadim sonrió, le sonrió a mi madre y negó con la cabeza.

No me molesta en absoluto. – dice muy cándido y mi madre asiente y sonríe.

Julián, hijo ¿puedes ir a comprar unas manzanas a la tienda?

¿Ahorita? –pregunté porque me tomo desprevenido.

Bueno, te lo estoy diciendo ahorita… –me dice lo obvio, eso es un "Sí", y eso es por sobretodo un "No te hagas el Willy…"**

Me pide que vaya a la tienda que queda en el quinto coño a comprar unas manzanas para la ensalada. Perfecto. Vadim quiere venir conmigo. No me puedo negar…

Cuando salí de la casa, el sol, Dios, el sol me pegó en toda la cara. Respiré profundamente. Cuando volví a ver a Vadim éste tenía las orejas rojas. Era la primera vez que lo veo así de sonrosado y me quedo viendo –por un momento– como él se miraba los pies que eran tan pálidos como un tequeño crudo.

Me reí. Y el volvió a verme.

¿Hm?

Eres blanquísimo. –le comenté con un acento en español.

Vadim no dijo nada al momento, movió la cabeza hacia un lado y sonrió, parece que lo tomó como un cumplido. Yo me señalé las orejas cuando empezamos a caminar y él se dio cuenta, por eso le pregunté.

Están rojas…–le dije. – ¿Cómo puede ser?

Estábamos caminando por la acera de la calle cuando me detuve en una parada de autobús, es para el quinto coño se los digo. Me quedé allí y fue cuando Vadim se tocó sus propias orejas mientras que las personas de la parada lo miraban porque… Oh vamos, ¿Quién no se detendría a mirar a Vadim?, es blanquito, alto, sobre todo alto, apuesto, con el cabello claro y los ojos ámbar, eso es una pinta que dice soy extranjero.

Aún se tocaba las orejas y yo me pregunté, cuando vi llegar el autobús, si él iba a poder entrar… por lo alto. Dudé, lo miré por un momento más, él estaba feliz viendo el autobús, viendo también a la gente.

Subí al autobús y vi que él me siguió detrás, intenté no reírme cuando lo vi encorvándose y pasar por el pasillo de asientos. ¡Es alto! Lo miré algo enternecido.

Oh Vadim…

Él tenía el rostro ladeado y miraba por la ventana. Busqué un puesto libre para él… pero no había.

Creo que los autobuses son muy pequeños. –me dice en inglés.

No… tú eres muy grande. –le dije en el mismo lenguaje, me reí un poco. Sentí la mirada de la gente encima de mí. –Pero está bien. Así se te quiere.

Le dije y no estaba mintiendo. Le di unas palmaditas en el brazo como señal de apoyo. Afortunadamente algunas personas se bajaron, pero otros subieron y Vadim, en todo el trayecto, no se sentó; yo sí y cuando lo hice él se acercó a mi asiento y terminó con la mirada clavada en mi cabeza.

Sin embargo, me distraje viendo por la ventana y cuando mi compañero de asiento se levantó para bajar, Vadim por fin se sentó. Tenía un aspecto bastante agradable, feliz. Yo observaba toda la vegetación de la ciudad y recordé que en Canadá no había éstas cosas en la temporada de invierno.

Aquí todo siempre es verde. Sin pensarlo me encerré en mi mundo.

Guárico es bonito. Todo está vivo aquí.

Parpadeé varias veces y volví a verlo; Vadim estaba gratamente sonrosado. Le sonreí y me sentí bien otra vez.

¡Parada! –exclamé, le palmeé el estómago a Vadim suavemente. –Es aquí, bájate, bájate… –le animé.

Él bajo con una facilidad increíble a pesar de ser tan alto, yo lo seguí y pagué por los dos. Cuando estuve con él, tenía una ligera expresión inquisitiva.

¿Dzulián tiene pecas?

¿Qué?

En el cuello. – y se señaló el cuello propio. –Pecas, no lo había notado. ¿Son…-

No son pecas, sólo lunares… muy juntos. – le dije.

Seguramente lo vio porque, obviamente, estaba con la mirada hacia abajo, hacia mí. Son herencia de mi abuelo, el paterno, del materno sólo saqué la piel y el cabello, ¡Ah!, y el pico de viuda.

Son muy lindas – le dice, con una voz algo macabra, gruesa; como si… le excitara saber algo tan mínimo de mí.

Yo pelé los ojos y me sentí intimidado.

Mejor… vamos a comprar las manzanas…–le sugerí, y sin que dijera nada más eché a andar entre la feria. Era una calle completa lleno de locales de hortalizas, frutas, y muchas otras cosas para comer.

Vadim se detenía en cada local a ver maravillado, yo me detenía donde él se detenía a ver si tenían manzanas… y luego seguía. Y él se detenía y yo me detenía, preguntaba y seguíamos… y así hasta tres locales más.

¡Hasta que por fin la conseguí más barata en un puesto!

Deme un kilo de manzanas.

¿Qué es eso, Dzulian? – me pregunta.

Aguacate…

¿Y eso?

Auyama…

Parece una calabaza.

Nooo…dije con grima. –Odio las calabazas, no son como las auyamas, una vez comí unas calabazas en Canadá, me dio alergia.

¿En serio? ¿Eres alérgico?

Asentí. Sólo era alérgico a las calabazas americanas, no sé por qué, Dios lo quiso así y yo… no iba a discutir con Dios.

Me hincho. – Le dije y cuando recibí las manzanas, pagué y vi como Vadim miraba los mangos pintones con mucha curiosidad. – ¿Quieres probarlos?... Son mangos, ¿los has probado verdad?

Sí, pero… fue hace mucho tiempo. – me dijo algo nostálgico, guardé un poco de silencio y luego pedí unos tres mangos y se los di sin más. Le entregué una pequeña bolsa con las tres frutas, eran de esos mangos pequeñitos y con carne dura y jugosa a la vez.

Él las tomó con una paciencia, me miró por unos segundos y yo no entendí lo que me intentó decir con esa mirada. Como si… estuviera procesando algo que jamás me dirá, dudo mucho que sea porque yo le esté dando unos mangos… por favor. Debía de ser otra cosa.

Son para ti. –Le dije por si acaso no tenía conocimiento de que se la estaba regalando – ¿Quieres comértelos ahora?

No esperé que respondiera, unos metros más allá había unos asiento bajo dos enormes arboles –irónicamente- de mangos, muy grandes, los recuerdo todavía cuando era más joven me sentaba a esperar a mis padres.

Nos instalamos allí; desde ése lugar se podía ver claramente toda la hilera de tiendas a lo largo de la calle.

Vadim comenzó a comer y me di cuenta por el sonido de su masticar. Lo vi y me enternecí un poco porque sus colmillos se incrustaron en la carne amarilla de la fruta. Moví las cejas al percibirlo entusiasmado por lo que está comiendo, no lo negaré, el mango es delicioso.

Nos quedamos en silencio mientras la brisa de diciembre nos golpeaba.

Me alegra que estés aquí. –dije de la nada. Moví un poco la cabeza a un lado y afilé la mirada concentrándome.

Pero no dije nada más y hasta yo mismo me extrañé, como si las palabras se agarraran a mi garganta. Eso me hizo carraspear. Volví a verlo y él tenía la semilla del mango cerca de sus labios, viéndome.

¡No me mires así! –me eche a reír al verle así. – ¡El mango no se come así!

Gocé riéndome, él se limitó a sonreír. Cuando me calmé me levanté del asiento y él se levantó, yo aún soltaba pequeñas risas.

Vámonos a casa.

El regreso a casa fue algo más rápido que la ida. Cuando llegamos a casa estaba el novio de mi hermana, futuro padre, y mi cuñado. Mi cuñado… No lo conozco y ya le tengo cierta cosa.

Era rubio, típico americano, sus ojos eran celestes y tenía mucha energía y entusiasmo de hablar con alguien inglés, alguien que no sea mi hermana.

Hola, Alfred. –le saludé, el arqueó ambas cejas sorprendidas de que otra persona pudiera hablar su idioma.

¡Hola! – Dijo entusiasta. – ¡Un placer, tu eres el hermano de María!

Sí, ¿no se nota?

Parecen gemelos. – Me dice. – Yo tengo un gemelo.

Yo arqueo las cejas. Vadim se había alejado a la cocina le entregó las manzanas a mi madre, y se quedó viendo como cocinaba las hallacas que no iba a ver mucho porque… sólo había que sancocharlas.

Oh. Qué bueno vale. –Le dije sonriendo.

El resto de la tarde nos las pasamos en la cocina y mi hermana sirvió de traductor a Alfred, mientras que Vadim tomaba un cuchillo y picaba las hortalizas para cocinar el pernil. Es tradición comer pernil, hallacas, ensaladas y un pan de jamón tradicional. Y beber mucho licor.

Hablando de beber:

Mis primos… llegaron entrada la noche. Vadim decía que su familia era grande, la familia Palacios también lo era. De la capital y de otros estados todos se reunían en la casa de mis padres a celebrar. Cuando vieron a Vadim se sorprendieron mucho. O sea no es muy normal ver a un hombre de dos metros en una familia de puro medio metro, o metro y sesenta o setenta. O sea… aparte de ser blanco y… todo aquello.

Debo decir que no tenía intención de decirles que era verdaderamente Vadim. Hahaha, eso estaba fuera de discusión, así que ni se le ocurra sincerarse con la familia porque mi madre llamara al párroco y allí nos jodimos.

La mayoría se fue a comprar el licor para la celebración, se supone que nosotros celebramos, 24, 25 y 31… Eso son "legalmente" los días de celebración. Bueno… Compraron cerveza para casi… dos semanas.

Éstas serán unas… dos semanas muy únicas sin duda.

Cuando Vadim vio la cantidad de cerveza que habían metido en el refrigerador, vi como arqueaba las cejas y sus ojos estaban a punto de cambiar. Éramos muchos claro, pero… esa cantidad de licor era una grosería, aparte de eso, mi primo, Santiago compró ron… pero mucho ron.

… Yo solo espero llegar a año nuevo con mi hígado sano.

Era 23 de diciembre y ya comenzaron a beber. Le dieron una cerveza a mi madre, mi padre, Alfred, Vadim y a mí y por supuesto… todos mis primos tenían la suya. Menos mi hermana que no debía tomar.

Yo sólo me preguntaba ¿Dónde iba a dormir toda esta gente?...


DamistaH.