Hetalia no me pertenece.


Relato 12.

No estabas tan ansioso de volver a Canadá, pero ya era enero y Julián tenía que preparar muchas cosas para su año en la universidad como un plan de estudio por ejemplo. Tú no comienzas a trabajar hasta mediados de enero así que no estabas tan apresurado por volver.

Te habías divertido; la familia de Julián estaba llena de vitalidad y alegría, logro recordar cuando eras humano y vivías con tu familia en las fiestas del año nuevo y también luego del año nuevo, las fiestas ortodoxas.

La pluma que Julián te había regalado tenía un lugar muy especial en tu colección, y no solo en tu colección, realmente la atesorabas. Amabas a Julián y todo lo que podía venir de él.

Era un ser luminoso que parecía poder apartar las tinieblas de tu oscuro ser y recordarte cuan humano fuiste. Lo querías mucho. El amor es un sentimiento humano y a ti te encantaba sentirte humano, medirte y disfrutar de los placeres que esta segunda vida tenia para dar.

Al llegar a su casa se vio interesado en sus aves, viste como las libero en la casa y como estas se posaron cerca de la chimenea y él se fue a lavar las jaulas al baño. Lo ayudarse en ese día a ordenar y limpiar la casa que tenía más que todo polvo y la entrada estaba llena de nieve.

La nieve le llegaba a las rodillas y en las esquinas del jardín el prefirió no ir por temor a no poder regresar, la nieve era demasiada.

Tú vistes sus aves, eran hermosas pero algo te inquietó un poco y te hizo arrugar un poco el entrecejo, no supiste que podía ser, o que significaría. No le prestante mucha atención cuando Julián te pidió que lo ayudaras a guardar sus aves y colocarlas cerca del calor de la chimenea.

Las Matrioskas estaban sobre la chimenea, dispuestas por orden de tamaño con algo de polvo. Al terminar las labores él se echó en el mueble agotado y como tú no sentías cansancio en absoluto te fuiste a la cocina y preparaste algo caliente para él.

Julián se quedó dormido antes de que lo terminaras y recordaste lo delicado y fuerte que era a la vez…

Sin embargo eso no te detuvo de permanecer cerca de él, te preguntaste que soñaba y como esta nueva situación podía ser real, era real, y eso te hacía sentir tan vivo. Sin duda estabas tan feliz. Vadim…tú estabas muy feliz.

En primavera suelen florecer muchas cosas hermosas. Recordabas eso, porque recordabas como decían estos los habitantes del Don.

Sin embargo la nieve no se derretiría hasta finales de Enero. Incluso hasta finales de febrero. Esto no detuvo a Julián de despertarse temprano e ir a trabajar.

Voy a volver tarde hoy – Escuchaste que te dijo una mañana cuando se había sentado en la mesa del comedor — tengo una reunión de profesores.

Da.

¿Hoy comienzas en la biblioteca? – Te pregunto, asentiste cortamente y sonreíste. Julián también sonrío –

Da. –Dijiste

Te un buen día – Te dijo con una sonrisa en su rostro, se levantó de la mesa y se inclinó hacia ti, te beso en los labios. Tomo sus llaves y un sobre grueso con papeles— No te duermas, haremos el quesillo

Él sabía que a ti te había gustado ese flan desde que lo comiste en Venezuela.

Cerró la puerta tras de sí, Tú te le quedaste viendo, desde que te beso, moviste la cabeza hacia el pero el esquivo tu mirada y sospechas que no fue a propósito porque estaba muy ocupado buscando sus llaves y el sobre en ese momento.

Te sentiste feliz, enormemente satisfecho y tanto que no terminaste de comerte tú desayuno.

Limpiaste la mesa y luego que consideraste que todo estaba en perfecto orden desapareciste por la puerta luego de cerrarla. Como siempre, cuando salías dejaste que una parte de ti se desprendiera y se mantuviera rondando como una brisa de invierno por la casa. Aunque de todos modos las aves de Julián siempre te decidan lo que había pasado en el trascurso de la tarde o mañana que no estabas.

La biblioteca está limpiándose, Elizabeta te saludo, y la notaste muy alegre, supiste de inmediato porque era así, estaba embarazada y sabes que ese prusiano que la visitaba en las horas del almuerzo tenía algo que ver. Podías ver cómo se gestaba en su interior e incluso como la biología de su cuerpo había cambiado.

La saludaste y ella te conto lo que habías sospechado, era cierto y eso te hizo sonreír un poco más, la felicitaste con cortesía y luego de eso se retiró.

Quedaste en el espacio de despacho donde te dispusiste a limpiar la madera oscura que tenía algo de polvo. Ordenaste algunos libros y revisaste diligentemente lo libros que se habían retirado de la biblioteca el año pasado y a quienes habían retira aquellos ejemplares.

El resto de la tarde te dispusiste a ordenar unos nuevos ejemplares que habían sido donados. Eran de antropología y te viste tentado a leer uno de ellos aunque habías leído mucho y tenis la sensación que no tenían nada que enseñarte. De todos modos resérvate uno para Julián, aunque pensaste que sería más prudente un libro de historia, pero recordaste a su vez que el ya había leído casi todos los libros posibles de historia de esa biblioteca, con mayor razón le llevaría ese libro.

Así que, lo reservaste y lo sacaste de circulación para guardarlo en el estante del despacho.

El resto de la mañana no pasó nada que pudiera ser contado. Recibiste un mensaje de Julián, informando que no lo han soltado de la reunión y que comería con algunos compañero de su trabajo ya que la reunión de reanudaría en la tarde, así podría salir temprano. No especificaba hora y aquel sentimiento de inquietud surco tu mente y cuerpo.

Meditaste acerca de él, pero otra vez no le dedicaste el tiempo necesario. Te dignaste a responderle.

No estabas enojado de ninguna manera, no te habías enojado con Julián jamás y dudaba que algo así sucedería. De hecho desde que lo viste merodear por la biblioteca los primeros días tuviste la sensación de que no podría enojarte con alguien tan especial como él.

No era de este país, al igual que tú, no era ni frío, ni egoísta, sonría casi siempre y escondía su rostro cuando reía detrás de los libros que se comía con tanto esmero. Te gustaba cuando se reía, cuando traía a sus alumnos a la biblioteca y explicaba con mucha dedicación y con mucha pasión el acontecimiento del que solo los libros podían evocar.

Te gustaba su acento latino al hablar e incluso te gustaba cuando hablaba el español con David. Recordaste que no lo shitabas. Nunca te le acercaste para pedirle silencio.

Intentas recordar que fue lo que te animo a acercarte de tal manera que ahora estabas en su vida y el en la tuya. Tal vez fue que siempre fuiste alguien que no dejaba que las cosas se alarguen más del tiempo. Evocaste el recuerdo de Viktor en la escuela militar. La forma en que te le acercaste a hablarle fue muy diferente en aquella época que ahora. Antes las cosas eran un poco más recatadas

Tardaste años en darte cuenta que te gustaba Viktor de una manera que traspasaba la amistad. Con Julián fue muy diferente. Él era la primavera y tú desde siempre amabas la primavera, por tanto no tardaste mucho en amarlo a él…

Entre tus divagaciones notaste que Elizabeta te estaba observando fijamente, tenía esa mirada entre pícara e inquisitiva que tu conocías muy bien. Cuando la encaraste ella te sonrió.

Tenemos un Vadim enamorado.

Eso te hizo sonreír. Lejos de estar apenado o cohibido asentiste.

Da. –Le dijiste sin tener nada que ocultar – Elizabeta también está enamorada, de lo contrario su vientre no estuviera hinchado —

Ella arqueó ambas cejas, carraspeó como si intentara ocultar algo en su voz, seguro la vergüenza, pensaste.

Si…bueno – Ella dijo. Tú te apoyas de la madera de la barra y un muchacho se te acercó con un libro para ser registrado.

Era algo cotidiano, una sonrisa, un saludo, tomaste libro y el carnet del muchacho y fuiste al ordenador mientras que sospechabas que Elizabeta pensaba en que replicarte…

Le devolviste el carnet al muchacho este se marchó y escuchaste carraspear a la mujer.

¿Es ese latino? ¿El profesor de la universidad? –

Te quedaste estático y pudiste jurar que escuchaste como un volumen de física caía al piso con un ruido que se expandió a una velocidad demasiado lenta…en el pasillo catorce.

Confirmas que no fue un producto de tu imaginación, efectivamente en el pasillo catorce se había caído uno de los volúmenes de física,

Elizabeta se fue y tú te asomaste un poco a verla retirarse, te enderezaste en tu puesto y evocaste un extraño sentimiento, sin embargo transcurrió la tarde y no pasó nada fuera de lo común. La Biblioteca estaba un poco sola a decir verdad. La jornada terminó.

Apareciste de golpe en la casa de Julián como un fuerte viento, escuchaste las aves chillar, la parte que merodeaba la casa se integró a ti casi inmediatamente.

La encontraste sola, las luces estaban apagadas, y al recorrer la casa se encendía una tras otra, buscaste en la cocina, te asomaste por al cuarto de Julián y este estaba oscuro y solo. No había llegado te dijiste, y seguro pensaste que la reunión se había alargado más de lo que pensaba.

Fuiste compresivo, medido y diligentemente llegaste a la cocina a hacer la cena. Se suponía que harían aquel flan esa noche, tuviste curiosidad de cuánto tomaría hacerlo. Miraste el reloj y apuntaban las 7; 45 pm.

Te quedaste en silencio mientras veías el reloj. Bajaste los ojos y otra vez aquel sentimiento inexplicable no dejaba que te concentraras.

Se hicieron las ocho y media, nadie ha entrado por la puerta. Ni un mensaje y cuando se hicieron las diez y la cena se había enfriado te levantaste del sofá y te asomaste por la ventana, marcaste su número y las tres veces que lo hiciste el buzón de voz sonó.

La puerta se abrió de golpe.

¿Dónde está? –

Devida—

Vadim ¿Dónde está Julián?

No lo sé. –Dijiste y avanzaste muy rápido hacia donde él estaba cerca de la puerta – Ha tardado mucho en llegar a comer.

Rodaste los ojos por el rostro del errante,

¡Vadim, Julián no fue a la reunión en la tarde! …¡Si algo llega a…

David se quedó con la palabra en la boca, recorrió la sala con los ojos y se dio la vuelta, tú ya no estabas, porque eso fue todo lo que necesitabas escuchar para que se disparara una alarma en ti.

Al momento la casa quedó a oscuras.

La universidad ya no estaba funcionando. De hecho notaste que estaba cerrada, pero no fue muy difícil entrar y recorrerla. Todo estaba en orden, percibiste el olor de Julián en un cubículo. Era su cubículo, en la entrada decía su nombre. Dos cubículos más allá estaban el de David.

El sobre aún seguía en el escritorio al igual que algunos libros y muchos papeles. Lápices de colores, bolígrafos. .

Seguiste el rastro hasta dos pisos más arriba donde estaba la sala de usos múltiples. Allí se concentraba junto con otros rastros que se mezclaban y se unían. Las luces se encendieron cuando tocaste el piso, pero nuevamente nada, el rastro se movía, bajaba las escaleras y caminaba por el pasillo. Te imaginaste que caminaba en el transcurso del mediodía, que bajaba las escaleras y salía al jardín donde recorría el camino de piedra y salía de la universidad y buscaba un lugar donde comer.

Te detuviste en la salida de la universidad sin nada. Bajaste los ojos y sentiste cierta desesperación por que había perdido el rastro justo allí donde nacían millones de personas caminando por la acera de aquí para allá. Sentiste un repentino odio por la humanidad en ese momento.

Si no hubiera tanta gente seria mucho más fácil rastrear a una persona, te comenzabas a alterar y eso te desequilibraba las intenciones.

Cosaco.

El gato se acarició a si mismo con tus piernas. Bajaste los ojos que comenzaron a ser amenazadores, El gato no se alteró en ningún momento, de hecho dejo de pasearse cerca y corrió por la acerca en un rumbo desconocido que de todas maneras lo seguiste. Cuando caminaste dos gatos más te siguieron y tuviste que elevarte y desaparecer para poder evitar que te hicieran tropezar al caminar; en otra situación tu paciencia te lo hubiera permitido, ahora no.

Ahora no tenías paciencia.

Ahora volabas como una niebla sobre las cabezas de mucha personas, ignorante de todo lo que sucedía en ese instante.

Cosaco era una especie de animalito demasiado rápido para su propio bien, recorres muchas calles en pocos segundos y creíste que esos segundos eran eternos. Hasta que se detuvo en un puente.

Un puente pequeño donde transitaban varias personas, iluminado por los faros de luz a los lados. Olvidaste lo bello que era esa noche y justo cuando pisaste el comienzo del puente comenzó a nevar. Cuando caminaste unos pasos sentiste algo extraño en aquel puente. Algo extraño.

Cosaco estaba con la cabeza metida entre los barrotes del puente mirando el cristal congelado que se comenzaría a cubrir de escarcha. Cuando llegaste cerca de el te asomaste por el borde del puente, oliste algo raro.

Miraste el manto negro de agua, pedazos de hielo se meneaban en la superficie y la corriente hacia que se movieran por debajo del puente hasta el final y luego volvieran, era el final del río. Te preguntaste porque Cosaco te trajo a este lugar. Ahora no paraba de maullar.

Dos humanos se acercaron a él, ellos no pudieron verte desde luego, si te vieran cerca de Cosaco jamás se hubieran acercado; lo tomaron en brazo y él se erizo enojado.

Cosaco era un gato hermoso, pero cuando se enojaba era un pequeño demonio. El minino huyo luego de arañarle el rostro a ambos y tú lo seguiste hasta el final del puente, cuando lo abandonaste te sentiste extremadamente vacío. Un frio recorrió tus dedos.

Arboles recorrían los alrededores del pequeño lago, volviéndole siniestro y oscuro. Incluso de día era demasiado espeso. Te quedaste allí por un momento más, escuchando el susurro del viento.

Tenías un nuevo olor ahora, y este era tan nítido y abrumador. Pasó por tu nariz y despertó tus sentidos. Te adentraste un poco más, te detuviste, bajaste los ojos y recogiste un pedazo de metal sucio y manchado.

Era una banderita.

Tu sabias que aquello era un detonante. Un botón, una causa y efecto.

Tu siempre te mides y te comportas cuando estas con humanos, cuando estas con Julián te empeñas en ser lo más controlado posible. Hoy no estas con él, porque esa noche Julián no estaría contigo jamás.

Alguien te lo había quitado.

El rastro que habías percibido recientemente era el olor a muerte y la bandera de metal que tenías en los dedos era el llavero de la banderita de Venezuela, era de Julián, no había duda.

Sentiste la garganta seca y un profundo sentimiento que te aturdió la vista, como si revolvieran todo lo que sentía, todo lo que intentabas controlar tan perfectamente y lo amasaran sin tomar una forma correcta en que manifestarse.

Estabas turbado.

Vadim.

Respiraste profundamente por la nariz y moviste los ojos por todo el lugar. Caminaste por la tierra y la nieve.

Cuando acechaste las paredes del edificio, parecías una masa irreconocible, la negritud se extendía por la tenuidad de las paredes y volvía a ti como cintas delgadas de oscuridad. Llenabas el silencio con tu respiración forzada por la boca, olfateabas el aire con lengua y olía a acero, a sangre y muerte.

No fue difícil seguirlos, pues luego de tener el rastro correcto, lo seguiste hasta que se mezcló con el de Julián, oh, el pobre.

Estás escondido en la oscura esquina de la habitación, esta negrura se expandía enloquecida sobre el cuerpo del durmiente. Ese estaba bañado de su olor.

Cuando despertó de la terrible impresión de sentirse asfixiado, noto al instante a alguien que estaba pegado al techo. El individuo grito, pero tú solo gruñiste por encima de su desagradable voz, un gruñido animal e inhumano. Aquel sonido le hizo temblar todos los huesos del cuerpo, escuchaste el castañear de sus dientes.

Lo próximo que se escuchó en esa habitación, fue el tronar de los huesos, el salpicar de la sangre, y tus dientes de acero arrancando y masticando su cuerpo. Sangre en las sabanas corría hacia el piso, espesa, roja. Al poco tiempo, alguien parecía haber venido en su auxilio.

Mala elección….

La oscuridad los atrapo y los estrangula provocando la música de sus huesos siendo dislocados, cambiándose de posición, rompiéndose. Matándolos,

Comiste cada parte de ellos y bañado en rojo no te sentías satisfecho de ningún modo. Eso te frustro. Lanzas improperios en tu idioma natal, improperios que nadie podía escuchar, ni entender.

Era como el sonido de las piedras chocar, era la rabia. Maldijiste a aquel desgraciado, a los otros dos que habían venido a ayudarlo. Sabían tan asqueroso como él.

Te quedaste en medio de la habitación, meditando en tu turbada condición lo que acababa de suceder. Estaba sucediendo era real. Julián estaba muerto. Estaba muerto.

Un profundo vacío arrollo tu pecho. Maldita sea.

Aun en tu ensimismamiento, no te percataste de que alguien había entrado. Pego un grito al verte y eso te ofuscó bastante, descontrolado la callaste con un rápido corte en la garganta, eso solo empeoro las cosas, ahora se ahogaba con su propia sangre.

Gruñiste y viste como agonizaba. ¿Debías sentir piedad? ¿Pena? Cuando convulsionaba en el piso la miraste con atención, disfrutaste cada segundo hasta que dejo de moverse.

Pasaste cuidadosamente por encima de su cuerpo hasta la sala y allí recogiste un teléfono móvil. Lo encontraste bloqueado y fácilmente probaste la única clave que te sabias.

O507.

Desbloqueado.

Confirmado, aquel teléfono era de Julián.

Abandonaste aquel lugar; fuiste al puente donde Cosaco terminaba de arañar el rostro a otros adolescentes atrevidos que intentaban capturarlo. Los gatos no tienen dueños.

Él fue hacia dónde estabas, en la oscuridad de los árboles muertos. Le enseñaste el teléfono de Julián.

Lo encontré. – Le dijiste a tu mascota, el animal te miro con atención tu bajaste para hablarle mejor, él se apoyó de tu rodilla y lamió parte de tu rostro, tu cerraste los ojos y sentiste que la sangre aún goteaba de la punta de tu cabello. –

Cosaco tiene algo que mostrarte, lo sabes por qué se vuelve inquieto y camina de hacia ti y hacia atrás. Quiere que lo sigas. No te hace mucha gracia. De todos modos te levantaste y fuiste con él. Te adentras a la profundidad de los árboles y arbustos llenos de nieve, que pensabas que en primavera serian igual de lúgubre.

Bajaste por la tierra y la nieve hasta el nacimiento del camino del rio, mas allá estaba el puente iluminado y escasa gente. Seguro era tarde, muy tarde. La orilla estaba congelada.

Cosaco golpea el hielo varias veces con las patas. Camina hacia adelante y golpea y así, hasta que decidiste ignorarlo porque no estabas de humor, de hecho querías limpiarte la sangre que goteaba de las hebras de tu cabello y el rostro.

Fuiste a la orilla y miserablemente introdujiste las manos al agua, te lavaste y el agua fría, helada te fue indiferente. Limpias tu rostro y las puntas de tu cabello, realmente no puedes pensar en nada. ¿En qué pensar en primer lugar? ¿En que lo que sientes es algo indescriptiblemente doloroso? … parece que te degollaran por segunda vez.

Cuando hundiste las manos por última vez tocaste algo…raro. Era blando y no recordabas haber sentido tan cerca de la orilla, pero se movía, y se iba… con la corriente. Te inclinaste un poco más y varias gotas abandonaron tu rostro.

Intentaste ver lo que era pero la oscuridad era casi total bajo del agua. Mueves el cuello siguiéndolo y al poco tiempo, te arrastras por la orillas viendo algo que no reconoces.

Antes de ser cubierto por la barrera de cristal lo intentas tomar, en varios intentos que el agua salpica y Cosaco que ahora en la orilla se aturde por el sonido del cristal rompiéndose.

Lo sujetas y aprietas contra ti, pesado, blando, sin vida.

Lo llevas a la orilla, en la nieve lo recuesta. Su cabello está pegado a la piel y tiene los labios morados y la piel tan blanca.

Está muerto. – Dijiste con dolor, lo aprietas pero es inútil. Tiene un corte en el costado de su cuerpo –

Cosaco lo sabe, lo olfatea.

Está muerto. – Repites – Julián está muerto, Maldita sea.

No podías dejar de pensar en eso, en que ya no se movía, ni respiraba, en que no tenía sangre en sus venas y que era incapaz de abrir los ojos.

Lo perdiste, lo perdiste, eso pensabas. ¿Cómo se te había escapado?, ¿Cómo te pudo pasar esto? ¿Cómo le pudo pasar esto a él?

Lo perdiste tan rápido como habías perdido tu vida, aquella vez, con un rápido corte. El infame filo de un puñal. Te lo quitaron.

Debías haber tenido más cuidado, la vida humana es delicada, te cuestionas. Apretaste los labios en una mueca de turbación, Cosaco rodeo el cuerpo con cautela.

Lo tomaste en brazos, es pesado, gotea agua de todas partes, es un contraste pues, tu estas manchado de sangre. Tocas su rostro sin expresión como una escultura de cera de ojos cerrados y superficie húmeda.

Lo que más amaba ahora ya no podía amarte. Amor. Aquel sentimiento era tan extraño.

Tal vez por eso, te sentías tan extraño ese día; alguien te lo había quitado.

No sabes cuánto tiempo pasó, pero las estrellas en el cielo eran más brillantes y no paraba de nevar cubriéndote a ti y a Julián. Acariciabas su cabello húmedo y movías los dedos por su rostro, lo aprietas contra ti, Afligido.

Se acercaba el alba, para cuando abriste los ojos, porque habías dormido, y habías recordado tantas cosas que te causaron ahora mucho dolor.

¿Vadim…? Vadim…

Al volver, David se vio arrastrado por una fuerza invisible que eras tú. Querías estar solo, el empujarlo no fue la mejor solución porque él se materializó muy cerca de donde estabas

Vete. –Ordenaste

No, Vadim …no, Julián...

Está muerto.

Como el errante no se movía de su lugar, enseñaste los dientes y apretaste a Julián junto a ti en señal de pertenencia. Maldijiste a David en tu idioma natal y él te entendió.

Mira, se lo que sientes, pero necesitamos que lo entierren… Vadim, es Julián, es humano. ¿No esperas quedarte con él?

Te quedaste en silencio. Un silencio que creíste eterno.

Miraste el rostro de Julián. No había respuesta, está goteando agua de su cabello y sus parpados están cerrados.

¿Por qué a él?…—Apretaste los labios— Él me amaba, Devida

No tardaron tantos minutos en llegar al lugar, y tú jurabas que tardarían meses en encontrar el cuerpo si lo hubieras sacado y llamado anónimamente a la policía del estado para que hicieran el trabajo que les correspondía.

No te importaban tanto los procesos legales. Ni los criminales en absoluto, pensabas en la familia de Julián, en la Hermana de Julián que iba a tener a un bebe.

No había agua en sus pulmones se asegura que ya estaba muerto cuando fue sumergido al lago.

No era la primera víctima. Dos hermanos italianos. Un chileno. Ahora se suma un venezolano.

El departamento de policía no informó acerca de la atroz escena en el edificio

Te interrogaron a ti y a tus cercanos pero no encontraron nada.

La familia del latino fue avisada y se debatió en si enterrarlo en Canadá o en Venezuela. Tu no opinaste nada al respecto, algo así no te correspondía. Te enteraste a los tres días que lo sepultaron en un cementerio de Canadá.

Estabas echado en la cama de tu habitación cuando cosaco te dio la noticia y no te moviste en ese momento. No hiciste ningún movimiento, ni en tus ojos o en tu respiración.

A Julián le gustaba el amarillo. Por eso le llevaste girasoles. Eso era muy redundante, sonreíste ante la idea;llevarle girasoles a un girasol.

Les diste las condolencias a los familiares, incluso Elizabeta estaba allí, estaba con Gilbert. Se acercaron a ti y te dedicaron unas palabras, tu no estabas sonriendo como lo hacías; solo sombrillas negras y rostros serios, y no te dispusiste a hacer contrastes.

David está allí como era de esperar.

En estos momentos reflexionaste en la delicadeza de la vida humana, en como todo se te escapa de las manos otra vez, en cómo te arrancaron de la vida esa noche que a pesar de ser lejana, tan remota, es empero tan nítida ahora.

Recuerdas esa noche en que viste tu cuerpo desangrándose, en como ambos ladrones corrían de aquí para allá tomando todo, en como Viktor encontró tu cuerpo sin vida. El dolor de tu familia y tus hermanas, las escuchaste llorar y gritar. Incapaz de aceptar tal sentencia en tu corta vida te quedaste. Deambulaste por la ciudad y las cercanías del rio Don cargado de remordimiento con la vida que te quito todo lo que amaste, mas eso no te detuvo para proteger a lo que tenías en la muerte.

Todos los ladrones son cobardes. Huyen y se esconden. Por eso merecen morir.

Julián no era cobarde. Se asustó, claro, como todo humano lo haría en una situación así, pero a pesar de tener conciencia de lo eras te acepto en su casa y agradecido tú le permitiste compartir en la tuya.

Todo parecía algo tan idílico para ti. Demasiado perfecto y en esta vida Vadim, nada es perfecto.

Cuando el sacerdote comenzó las oraciones todos cerraron los ojos, todos menos tú, que rodaste los ojos por el firmamento, aun no pierdes la esperanza de verlo rondar por ahí.

No ves nada, solo el cielo.

Ya Julián no está aquí, te dices, esta acostado en aquella caja, elegante de madera y rodeado por muchas flores y cristal. Lo vistieron con un traje que se conocía como Liqui—liqui, de color negro y tenía lindo botones de oro.

El féretro baja lentamente y la tierra lo cubre junto con muchas flores que son lanzadas, como si se trataran de muchas cartas de despedidas, tu en cambio dejaste los girasoles en la lápida puesta para él, eran tan grandes que apenas y dejaban espacio para los demás ramos de flores de los conocidos, mayormente de sus alumnos y familia.

María Madre, lloraba en el hombro de su esposo y Alfred, consolaba a Maria hija con una palabas bajas, pero su rostro era de tristeza. .

Sentiste varias palmadas en tu hombro, pero nada de lo que te digan, de lo que hagan podrá arreglar la enorme grieta que había en ti. Ellos no entendían que era todo más complicado de lo que parecía, todos ignoraban lo que tu eras, lo que en la vida de Julián representabas.

David se fue convertido en ceniza, él estaba tan triste, era amigo de Julián desde hace un tiempo, era su amigo, un amigo que ya no iba a estar allí para hablar en español o contar muchas ocurrencias, o tomar o comer.

Tu consideraste hacer lo mismo si no fuera porque la puesta de sol estaba cerca, Un suspiro mas y te deshiciste en el viento frío

La primavera llego en su totalidad con el roció y las flores, el color verde resaltaba la belleza de los árboles antes dormidos. Ha pasado dos meses y la casa que antes era de Julián ahora es de su hermana, por decisión de la familia sería prudente que un miembro de la familia la tuviera, su hermana; María, tenía el vientre abultado y Alfred se acomodó bien en esa casa que tenía muchos adornos y recuerdos. Era como tener un espacio de Venezuela en Canadá.

Era colorida.

Maria viviría allí ahora, con una nueva familia.

Vadim encontraba a David en la biblioteca pero se rumoreaba que se iría de la universidad porque había conseguido otro trabajo en Colombia o algo asi, era simplemente para ocultar de nuevo su identidad porque tenía muchos años y la gente comenzó a hablar de que no envejecía.

Por otra parte dejó de trabajar en la biblioteca a los dos meses y en poco tiempo se mudarías a Rusia aunque eso lo pensaba. Hablo con algunos de sus semejantes en el pub donde se reunía a tomar –que había sido mucho esos últimos dos meses— François un demonio francés le consoló con palabras, y le contó su propia historia de cómo se había enamorado de un humano y lo había matado por accidente. Todo un drama.

Vadim Quería visitar su mausoleo una vez más y renovarse con su tierra, comer algo de carne eslava o asiática estaría bien. A Cosaco no le hacía gracia la mudanza había estado algo distante en todo el mes, el pequeño animalito le gustaba ese país, se había instalado bien y no quería irse. El demonio ruso encontró en esto un motivo para quedarse un tiempo más en Canadá, solo hasta aquel caprichoso aceptara la idea de una mudanza.

Tal vez las cosas debían ser así. Pensaba que podía proteger una luz, pero el era toda oscuridad ¿Cómo podría? Fracasó —otra vez— en su intento por cuidar algo que consideraba hermoso y puro, lo manchó y pereció, se acercó y terminó aniquilado.

Ahora deambula por los hospitales haciendo tratos y aprovechándose de los desesperados. Todos los hospitales tienen sus pacientes dispuestos a dar su alma o cualquier parte de su cuerpo o del cuerpo de otros para vivir un tiempo más, sobre todo los privados, aquellos les encantan a los demonios.

Por unos años de vida podían dar lo que fuera, aunque lo mataría y si eran tan despreciables y egoísta podían tomar su alma y no cumplir. ¿Por qué quien decía que se debía de confiar en un demonio que se aprovechaba del desesperado?

En uno de sus recorridos se sorprendió gratamente de encontrar a un miembro de la familia Braginsky, determinó que era descendiente de su hermana Natasha, que vivió hace unos….quinientos, seiscientos años , Vadim había perdido la cuenta al siglo

Estaba en emergencia, se llamaba, Iván. El nombre de Ivan le resultaba curioso. A pesar de que tuviera un miembro de su familia allí, en Canadá, Vadim no se acerco por ningún motivo a hablarle, molestarle o incluso a tocar alguno de sus pacientes, porque según había visto, Ivan era doctor, o al menos se preparaba para serlo, Vadim recordaba que la mayoría de los hombres en el Clan Braginsky, eran militares, generales o coroneles. Como el que fue un Coronel. No había médico, ni nada lejos de una educación militar. Bueno, algo diferente una vez cada quinientos años no tenía nada de malo. Aunque no podía negar que Iván le causaba cierta curiosidad sana.

A pesar de eso, lo evito ya que no estaba de humor para curiosear. y trabajo con otros pacientes más viejos y un poco más desagradables que parecían ser incluso más que desagradables para sus familiares.

Pero había algo que Vadim aún no encontraba explicación, se sentía eternamente extraño. Lo atribuyó a la reciente perdida, pero cuando pasaron siete meses…cuando pasaron tres años…Vadim no sabía porque su pecho le dolía tanto, al pisar ese hospital.

Ese hospital…


DamistaH.

-Suspira profundamente- no me maten por hacer algo así. Gracias a todos por leer esto. De verdad aprecio mucho su interés con este fic,-Que por cierto, cambie la imagen y la calificación a M. por obvias razones-

¡Ah, si!Feliz dia de los inocentes. Bye.