¡Hola!
Traigo el segundo capítulo del fic dedicado a Radamanthys y las interrelaciones con los habitantes del Inframundo.
Muchísimas gracias a Raixander, Victoria Nike, Jabed y Amaranth9 por vuestros comentarios ^^
Este capítulo va de Radamanthys y Aiacos. El dúo se completa con Minos, pero éste capítulo no va sobre él, pero era necesario para esta trama. Más adelante subiré su capítulo.
Ah, y cada capítulo es independiente de otro. En algunos momentos se complementarán, pero no es una historia seguida.
¡Espero que os guste!
2. Rivalidad
No había tiempo para discutir.
Primero porque su compañero de armas había formado coalición con el otro. A pesar de que las relaciones entre los tres jueces del Inframundo siempre habían sido tensas, por alguna razón Aiacos y Minos habían unido sus fuerzas, o más bien sus críticas, contra Radamanthys.
Aún así, había cierto grado de tolerancia entre Garuda y Wyvern. Un pacto de no agresión.
—Encárgate de tu ejército y déjame comandar a los míos como me de la gana.
Básicamente lo que dijo el inglés era lo que pensaba el nepalí. Con lo cual, no podían estar más de acuerdo.
Pero en plena guerra contra el ejército de Atenea, la guerra civil entre espectros no era algo que pudiera ser plausible. Romper la unidad supondría que aquella brecha fuera aprovechada por el enemigo y de eso era consciente el Wyvern.
Lo que no iba a tolerar era que sus compañeros, ausentes en toda la emboscada y a esas alturas, permanecieran tan tranquilos cuando estaban a las puertas de una incursión. Esa actitud simplemente exasperaba al inglés.
Su mente, continuamente barruntando y moviendo las piezas con sumo cuidado no deseaba dejar ningún cabo sin atar. Sin embargo, ahí tenía a ambos, relajados y dispuestos a escuchar en plena guerra uno de los conciertos de Orfeo.
Los tres se habían encontrado por los pasillos cuando recibieron la orden de Pandora de acudir a la Giudecca para el recital.
Y lo que más provocó la ira del Wyvern fue observar la sonrisa maliciosa en los labios de sus dos compañeros.
—¿Qué?— gruñó el inglés, colocándose el casco.
Los otros dos simplemente rieron entre dientes.
—Vaya Radamanthys, como siempre de buen humor…— siseó Minos con sorna. El Wyvern lanzó una mirada penetrante a su compañero.
—Otra vez una reunión secreta con Pandora, ¿verdad?— la puntada la dio Garuda, quien prosiguió con la risa tras soltar la pulla.
La reacción del Wyvern no se hizo esperar y rápidamente golpeó en el vientre a Aiacos, quien se dobló de dolor. A continuación, el inglés lo hizo erguirse para agarrarle del cuello y obligarle a mirarle a los ojos.
—Uno de mis subordinados da la talla para vestir tu armadura. Así que no te pases ni un pelo conmigo, ¿de acuerdo?
Dicho esto, soltó a Aiacos, quien se acarició la garganta con una mueca de dolor.
—Sois imbéciles— masculló el Wyvern antes de abrir la puerta y entrar en la Giudecca.
Ser el tercero al mando del ejército de Hades suponía una grandísima responsabilidad. Primero Hades, después Pandora…y luego él.
¿Lo había querido así? Por supuesto. No es que fuera un hombre ambicioso, puesto que no existía ese sentimiento en él. Simplemente era un hombre moldeado por y para la guerra.
La derrota no era algo que tuviera en mente desde que volviera a la vida.
Y siendo un guerrero de la cabeza a los pies, se entregaba al cien por cien en cualquier encomienda que le sirvieran. Gracias a su esfuerzo estaba donde estaba. Y era quién era.
No podía fallar. Ni a sus superiores ni a sus subordinados.
Especialmente cuando sus tropas estaban profundamente unidas a él, respetando hasta la última palabra que él dijera. La lealtad de su división era la mayor recompensa que cualquier líder desearía.
Este hecho era su gran alivio cuando Pandora lo recriminaba por desobedecer sus órdenes y consecuentemente lo castigaba duramente. Pero jamás se arrepintió de nada de lo que había hecho previamente, tanto a espaldas de aquella muchacha como si alguno se iba de la lengua y la informaba de sus proezas.
Hasta ahora, todo lo que había realizado había dado resultado. Y sus subordinados lo sabían, por ello confiaban ciegamente en él.
A pesar de que Pandora lo torturaba cada vez que realizaba algún movimiento a sus espaldas, era la soberbia y verse humillada la que hacía que tocara el arpa en exclusiva para él. No soportaba que su mano derecha tuviera una intuición exacerbada y con ello diera pasos firmes en cualquier trabajo que hiciera, desobedeciéndola. Ese hombre debía seguir sus órdenes, pero continuamente la retaba con sus maniobras.
Pero había algo en él que a ella le impedía matarlo. Por encima del odio que pudiera profesar hacia el inglés, en el fondo sabía que sin él estaría perdida en una guerra. Le detestaba, pero también le necesitaba.
Y esto era el que había provocado la reacción de desacuerdo en el Inframundo. Por más que Radamanthys cabreara a Pandora, ésta nunca lo relevó de su cargo.
Hecho que no pasaba desapercibido para Minos y Aiacos, que contemplaban con impotencia como su compañero era el favorito, el que recibía tratos de favor, al que le encargaban misiones de diversa índole. Y ellos dos permanecían en el Inframundo, aburridos, esperando el momento de que la guerra viniera a ellos para actuar.
Antes de que fueran convocados en la Giudecca para presenciar el concierto de Orfeo, Garuda se hallaba en la quinta prisión.
—No lo logro entender— masculló Aiacos, dando un puntapié al casco de un esqueleto, destruido en mil pedazos al ser el portador de las noticias. Otra vez Pandora había castigado a Radamanthys. Pero esta vez la desobediencia del Wyvern había conllevado la pérdida de varios espectros.
—Y a pesar de esto, lo sigue manteniendo— bufó el nepalí, recogiendo el casco al que había dado una patada y lo pulverizó entre sus manos de la ira que recorría sus venas—…es como si Pandora tuviera una deuda de sangre con Radamanthys…pero ¿por qué? ¿Qué hizo ese cretino para que ella le deba tanto que a pesar del fracaso que ha supuesto su estrategia, siga al frente de todo esto?
—No lo sé, pero me imagino que debe ser algo muy importante— siseó una conocida voz tras él.
Minos hizo acto de presencia tras escuchar entre las sombras el breve monólogo de Garuda.
—Antes lo mantenía pero porque sus trabajos eran, pese lo que nos pese, buenos. Pero tras esa misión suicida para internarse en el Santuario, opino lo mismo que tú. Radamanthys debería ser retirado del cargo inmediatamente.
Aiacos cerró los ojos unos segundos y al abrirlos emitió un suspiro.
—No. Algo me dice que no se ha equivocado. Y éste sentimiento me dice que lo que piensa Radamanthys y que siempre ha mantenido, se va a hacer realidad.
Minos frunció el ceño.
—¿Tú también piensas que realmente los caballeros de oro resucitados nos van a traicionar?
El nepalí se dio la vuelta y miró al noruego.
—Desearía darle la razón a Pandora, sin duda.
Los dos espectros mantuvieron un silencio, donde el temor hizo acto de presencia por primera vez en el Inframundo.
—Lo que sí es evidente es que Pandora sigue confiando en él— cortó el silencio Minos—. Y si ella confía en él, es porque duda de sí misma y sus capacidades.
