3. Lealtad

Siempre se ha dicho que el perro es el mejor amigo del hombre. Que no había en el mundo ningún ser vivo que viera a los humanos con esa mezcla de admiración, respeto y comprensión. Que no existía ningún animal que pudiera plantearse ser subordinado de la raza superior y no plantear ninguna queja a la hora de ayudar sin reservas a sus dueños. Incluso cuando éstos los herían, seguían siendo fieles.

Pues si esto era realmente así, definitivamente aquel muchacho de cabellos rosados era el espíritu de un perro en el cuerpo de un bello chipriota.

Al pensar en esta comparación, Radamanthys rió entre dientes. Era demasiado desconsiderado comparar a su fiel lugarteniente y mano derecha con un perro. Pero es que si no, no había explicación alguna para su comportamiento.

Todo lo que él le pedía, Valentine lo cumplía con creces. No esperaba ninguna recompensa por parte del Wyvern. Aún así, el inglés era lo suficientemente generoso como para devolver con gratitud la eficacia de sus subordinados. Aun sabiendo que, dedicándole una simple sonrisa, el espectro de Arpía sería el ser más feliz del Inframundo.

Los cimientos de esa lealtad inquebrantable eran muy sólidos. A veces, y sólo en ocasiones en las que el alcohol turbaba su mente, Radamanthys pensaba que pudiera ser que su subordinado sintiera algún tipo de afecto hacia él. Pero rápidamente desechaba la idea, puesto que el corazón de un espectro solo podía amar a una persona. Y ese destinatario sólo podía ser su dios.

Desacostumbrado a revelarse a si mismo sus propios sentimientos, mucho menos lo haría en público. Pero por alguna razón había mandado llamar a Valentine ante su presencia, en el castillo Heinstein.

Y ahora lo tenía allí, a ese joven de aspecto delicado, pero que ocultaba una fuerza comparable a la suya o la de sus compañeros. Si Aiacos o Minos caían en combate, sin duda él se posicionaría a favor de Valentine para que vistiera la armadura del Grifo o de Garuda. En el caso de que él cayera…

—Mi señor, me mandó llamar y aquí estoy.

La voz del chipriota despertó al Wyvern de sus propios pensamientos. Viéndose sorprendido, carraspeó y se dio la vuelta.

Frente a él tenía al muchacho, arrodillado, con la cabeza gacha y las alas extendidas. Aparentemente relajado, pero con un ojo avizor. Estaba en guardia.

—Efectivamente, Valetine te mandé llamar. Quisiera que me dieras el reporte de tu guardia.

—Nada en el horizonte, mi señor. Todo tranquilo— respondió la Arpía, asintiendo con un leve cabeceo.

Radamanthys se llevó una mano a la barbilla y comenzó a pasear por la alfombra de aquella sala, de lado a lado, frente al espejo.

—Valentine.

—¿Sí, mi señor?

El Wyvern detuvo su andar y se plantó frente a su subordinado.
—¿Confías en mi?

La pregunta tomó por sorpresa al chipriota, quien confuso por la inesperada reacción de su líder, sacudió la cabeza.
—Por supuesto, mi señor. Bien sabe usted que mi lealtad es absoluta.

Radamanthys sonrió, contagiando con ese gesto a su subordinado.
—Voy a confiarte mis planes, pero quiero discreción máxima.

Comprendiendo el por qué de esas palabras, Valentine asintió y escuchó con atención todo lo que Radamanthys tenía pensado hacer.
Al finalizar, el chipriota ofreció su incondicional ayuda. Pero antes de incorporarse e informar a quienes debía, se excusó para poder realizar unas preguntas. Con el beneplácito del Wyvern, procedió a realizarlas.

—¿Por qué quiere que Zeros sea quien de la orden para enviar nuestras tropas al Santuario?¿No es un poco arriesgado que él sepa de sus intenciones?

Radamanthys alzó la ceja al mismo tiempo que sonreía de medio lado.
—Tienes razón, Valentine. Es muy arriesgado. Bien conoces mi animadversión hacia él.

—Es un sentimiento compartido, mi señor— interrumpió el chipriota, dejando escapar una risa.

El inglés asintió suavemente.
—En efecto, estoy seguro de que terminará informándola. Pero sé que esta misión que voy a encomendar es necesaria para confirmar mis sospechas. Por lo que, en el eventual caso de que la señorita Pandora me castigue por desobedecer una vez más sus órdenes, su castigo es puro placer para mi.

Esta revelación descolocó a Valentine, quien apretó los dientes sin comprender completamente lo que deseaba su líder.
— ¿Puro placer sufrir ese tormento, mi señor? Disculpe mi atrevimiento, pero creo que no le hace bien beber en exceso.

Radamanthys frunció el ceño y caminó hasta colocarse justo enfrente de su arrodillado siervo.
—Por este último comentario debería arrancarte la cabeza, pero tienes suerte de que te tengo estima. ¿No lo entiendes Valentine? A ella le escuece que yo la desobedezca. Pero le jode más comprobar que yo tengo razón. Por eso me castiga. Es una terrible tortura, no hay que desmerecer el poder de esa mujer. Pero puedo soportarlo, porque eso significa que yo llevo razón. Y por ese premio merece la pena sufrir un poco.

Ahora sí cuadraba todo. Valentine pidió disculpas a su líder por aquella pregunta.

—Usted, con tal de doblegarla, haría cualquier cosa. Incluso sacrificarse— aventuró el chipriota.

La risa ronca de Radamanthys retumbó por toda la sala. Después despidió a su lugarteniente para que ejecutara sus órdenes.

Dándose media vuelta, el inglés contempló su reflejo en el espejo.
—Tienes razón Valentine, tienes razón…con tal de que esa mujer sucumba ante mis dotes estratégicas y restregarle mi supremacía, haría cualquier cosa…pero no volvería a sacrificarme por ella. Por esta reencarnación, no.

Y estas últimas palabras las saboreó con amargor.

No iba a cometer el mismo error que antaño…esta vez no. Lealtad entre subordinado y líder. Pero guerreros. No entre una líder y un subordinado. Una vez sacrificó a Valentine. Y se lo llevaba reprochando desde hacía tiempo. Pero esta vez no. Ahora sabía bien quién le respetaba y quién no. Las tornas habían cambiado.