Cuarto capítulo, con Minos de Grifo.
4. Inquina
Todo lo que concerniera a Pandora se cargaba inmediatamente de un tinte soporífero.
No importaba qué fuera. Cada vez que escuchaba a alguno de sus subordinados que la muchacha reclamaba su presencia sabía de antemano que iba a tener que abandonar todo aquello que estuviera haciendo para ir a verla.
Y eso le fastidiaba de sobremanera. No soportaba tener que dejar lo que anduviera tramando para ver a aquella cabezota adolescente.
Cuando el espectro de rana le notificó aquella inesperada reunión en mitad de un combate contra Minos, la atención del Wyvern se desestabilizó y bastó esa milésima de segundo de distracción para que el noruego le encajara un puñetazo en la quijada, haciéndole retroceder de dolor.
Por supuesto que el espectro de Grifo comenzó a pavonearse de aquel derechazo inesperado frente a sus subordinados.
Con la mano izquierda cubriendo la dolorida mandíbula, Radamanthys pidió un receso en aquella pelea.
—No te regocijes, Minos. Me has golpeado de pura suerte ya que el batracio me ha desconcentrado. Pero la suerte no se puede mantener. Prepárate porque en cuanto regrese te voy a dar una buena paliza.
Con ese aviso, mitad advertencia mitad chulería, el Wyvern se despidió de su contrincante.
—Qué oportuna la señorita Pandora, ¿no crees? A lo mejor te estaba espiando y al ver que su fiel guardaespaldas mordía el polvo ha acudido a su rescate— replicó el noruego, dejando escapar una sonora carcajada.
Radamanthys frenó su caminar y giró levemente su cabeza.
—Qué lástima entonces que nunca te haya echado una mano…
Y tras decir esto, siguió caminando, en dirección a la entrada del Inframundo, para acudir al encuentro.
Mientras subía aquellas empinadas escaleras de caracol, rumiaba en silencio las palabras de Minos. Rápidamente se deshizo de tales pensamientos y con la mente fría atravesó la puerta que conectaba ambos mundos.
Fue en busca de la mujer, quien se hallaba en sus aposentos privados, esperando impacientemente. Delante de todos los demás subordinados, Pandora se mostraba fría y reservada, manteniendo una distancia de seguridad. Sin embargo, perdía los papeles con asiduidad cuando el Wyvern hacía caso omiso a sus reclamos. O, como siempre, remoloneaba antes de acudir junto a ella.
Pandora sabía de sobra que él lo hacía adrede. Que siempre se hacía de rogar. Y eso la crispaba aún más si cabía. Pero de entre todos los espectros, era el más poderoso. No podía confiar su seguridad a cualquier otro de los jueces, especialmente tras conocer sus renuencias incluso a realizar el trabajo diario en el Inframundo.
Y por alguna razón que se le escapaba, que era incapaz de comprender completamente, necesitaba la presencia de aquel malencarado inglés. Lo tenía atado de una correa, pero él se las apañaba para poder hacer sus propios trabajos a sus espaldas.
—Maldito perro—gruñó la joven, cuando escuchó las campanadas en el reloj, delatando el retraso de treinta minutos del Wyvern—, seguro que ha subido por las escaleras en lugar de usar su armadura para acudir inmediatamente…
Al fin escuchó unos golpes en la puerta y mandó entrar al juez. Presa de la ira, la joven atravesó la habitación hasta donde estaba el inglés hasta encararle, a pesar de la diferencia de estatura.
—Te divierte enfadarme, ¿verdad?— gritó Pandora—. ¡Te mandé llamar hace media hora! ¿Dónde demonios estabas?
Radamanthys permaneció impasible y frunció el ceño en un claro gesto de disgusto.
—Entrenando con Minos. Has interrumpido una pelea.
La joven se acaloraba por momentos.
—¿Y los informes que te pedí hace dos días sobre la situación actual del Santuario? ¡Estamos a las puertas de una guerra y te dedicas a realizar peleas estúpidas con tus compañeros!
Por una parte, las palabras que esgrimió la mujer enfadaron al juez. Pero por otra, un centelleo de esperanza se alojó dentro de él. ¿Acaso la antigua Pandora volvería a tomar el control? ¿Pudiera ser…?
Radamanthys barruntaba en su interior mientras observaba a la mujer fuera de sí, gritándole por su irresponsabilidad, arengándole sobre el arte de la guerra y los próximos pasos a realizar.
El Wyvern se dejó caer al suelo, de rodillas, frente a ella. Agachó la cabeza y tomó de improviso la mano de la mujer, depositando suavemente sus labios.
—Sí, mi señora. No volverá a suceder. Enseguida termino el informe que me pidió y seguiré sus pautas tal y como me ha ordenado.
Dicho esto, Radamanthys se incorporó de nuevo y con una leve inclinación de cabeza en señal de respeto, dio media vuelta y se marchó por donde había venido.
Pandora se quedó tal y como se había quedado cuando el juez se arrodilló, por primera vez, delante de ella con total y absoluta sumisión. Es decir, pétrea. Pero con el corazón bombeando sangre con rapidez.
Radamanthys se había encerrado en aquel cuarto, de grandes ventanales y una inmensa pared tapizada de estanterías repletas de libros. Sobre el escritorio, se hallaba concentrado escribiendo de su puño y letra todo lo que había averiguado sobre el Santuario. Qué caballeros permanecían vivos y en qué estado se hallaban. Dónde se encontraban los ausentes y si hubiera algún dios que en el último momento pudiera decantarse por luchar en el bando de Atenea.
Sumido en un frenesí de palabras y los reportes de sus subordinados quienes habían sido enviados en misiones especiales, no se percató del paso del tiempo. Ni tampoco de la promesa que le había dado a Minos.
Por lo que el espectro de Grifo, tras esperar las dos horas de cortesía, se vio obligado a ir a buscar a su contrincante.
—Adelante— escuchó al Wyvern decir tras la puerta de madera. El noruego hizo acto de presencia y caminó con su sempiterna sonrisa socarrona dibujada en los labios.
—Qué concentrado te veo…¿te ha castigado a copiar mil veces "no volveré a retrasarme cuando te mande llamar"?— siseó, sentándose en el escritorio y cruzando las piernas.
—Tengo que terminar el informe que me pidió, así que lárgate— gruñó Radamanthys, quien seguía garabateando con velocidad.
Minos comenzó a reírse llevándose la mano derecha a la boca, en un gesto ciertamente coqueto.
—¡El ojito derecho de la profesora no ha entregado los deberes a tiempo! ¡Qué casualidad, justo cuando estábamos combatiendo!— dijo alargando la mano al terminar de reír y acariciar la quijada de Radamanthys, donde horas antes le había encajado un golpe.
El inglés apartó la mano de su compañero con un gesto seco, acompañado de un quejido de dolor.
—Lo hago porque tenía que hacerlo. Además, parece que Pandora va tomando conciencia de lo que supone liderar un ejército para la guerra. No como vosotros, que seguís haciendo el vago en el Inframundo.
Con un leve alzamiento de cejas Minos demostró su sorpresa.
—Oh, ya veo…así que Pandora ahora es como la Pandora que conocimos en el siglo XVIII…solo que menos sensual…mucho menos sensual…
Radamanthys dejó de escribir y depositó la pluma sobre la mesa.
—Minos, no vayas por ahí…
—¿Que no vaya por dónde? ¿Acaso crees que los demás somos ciegos y no somos capaces de ver qué es lo que sucede? Darías cualquier cosa con tal de recuperar a aquella Pandora, pero métetelo en la cabeza, ella jamás volverá. Esta reencarnación es diferente— remarcó el noruego, regodeándose en sus envenenadas palabras—. Aún así, te tiene gran estima y te protege a toda costa.
Miró a Minos de soslayo, digiriendo aquellas palabras.
—No me protege ni me tiene estima. Soy su guardaespaldas porque así me lo he ganado. Si vosotros dos hubierais hecho la mitad de lo que yo he hecho, seguramente vosotros tendríais más cosas que realizar. Pero para vosotros es más cómodo ver los toros desde la barrera y por supuesto mucho más seguro.
La carcajada de Minos reverberó por toda la habitación.
—¿Más seguro? ¿De qué cojones me estás hablando, Radamanthys?
—¿Acaso eres el único ser de todo el Inframundo que ignora que Pandora me tortura con su arpa cada vez que la desobedezco o replico sus ideas descabelladas?
El noruego cesó de reírse y se quedó mirando a su compañero.
—No, no era un ignorante en eso. De hecho me alegro de que lo haga. Es lo único que hace ella que es capaz de sacarme una sonrisa— siseó con malicia.
—Eres un ser asquerosamente retorcido, Minos— gruñó Radamanthys, haciendo crujir sus nudillos, mientras se levantaba de la silla.
El noruego ladeó la cabeza, bajándose del escritorio.
—¿Quién es el retorcido aquí? Eres tú quien juega con la señorita Pandora, cuando avivas el recuerdo de la antigua. Aquella que estaba profundamente enamorada de ti y a la que salvaste la vida en el último instante— Minos fue retrocediendo paso a paso a medida que el Wyvern se acercaba como un felino dispuesto a lanzarse sobre él en unos instantes—. Esta Pandora pasaría de ti si tú no hicieras continuamente gestos para que recuerde su anterior reencarnación y juegas con sus sentimientos…todos los beneficios que te han sido concedidos sólo los has obtenido gracias a esa estrategia…en detrimento de los demás. Y…
—¡Cierra la boca!— rugió Radamanthys, asestando un puñetazo en la mandíbula a Minos, devolviéndole el favor. El noruego se quedó aturdido unos segundos por el inmenso dolor que se extendió por todo su cuerpo. No había terminado de haber encajado ese golpe cuando una ráfaga de puñetazos sobre su tórax lo arrojó por los aires, haciendo que atravesara la puerta de madera haciéndola astillas.
Minos se incorporó con lentitud y abrió los ojos. Radamanthys agarró a su compañero del cuello y le obligó a incorporarse.
—No vuelvas a dirigirte a mí de esa manera, ¿has entendido?— masculló con severidad el inglés al oído del noruego.
Sin esperar una respuesta arrastró al espectro de Grifo hasta la sala donde se hallaba la puerta que comunicaba los dos mundos. La abrió y sostuvo con una mano a su compañero, quien trataba de zafarse inútilmente.
—Con lo vago que eres, supongo que bajar todas estas escaleras te supondrán un fastidio ¿verdad?— siseó Radamanthys, dejando escapar una siniestra risa—.Pues hoy es tu día de suerte, porque voy a ser benevolente contigo y no vas a tener que bajarlas.
Dicho esto soltó a Minos, quien cayó por el agujero que daba a las profundidades del Inframundo.
Aterrizó sobre el suelo, casi de cabeza, provocando la huida de varios espectros que se hallaban merodeando por allí.
El golpe llamó la atención de Aiacos, quien se acercó a saber qué sucedía. Al ver a su compañero tirado, sonrió.
—Qué poco te ha durado el sabor de la victoria.
