El club lucía bastante bien. Era uno de esos lugares que se encuentran en casi cualquier ciudad donde la cultura rock hubiese anidado un par de décadas. Desde Buenos Aires hasta el Caribe, pasando por los Andes y el Amazonas, un rocker siempre puede sentirse en casa cuando llega a un bar como el Shot Glass.

El lugar predilecto de los seguidores de la Old School, metaleros que se deshacen la colita anudada a la nuca en cuanto dan las seis y mudan el disfraz de oficinistas por camisetas negras con leyendas de bandas ultra conocidas, chamarras de cuero y quedan listos para salir de marcha.

Entrando al bar Dross sintió aligerar un poco el nudo que se le había hecho en el estómago desde que accedió a ir con Mateo al mentado bar.

Un par de cervezas nunca mataron a nadie, se dijo cuando el pelinegro lo propuso al terminar el evento.

Dross quería hacerse una idea sobre quién era Mateo, el tipo al que nunca pudo encarar como Dios manda y que tanto jaleo había armado con la página de mierda que era Pika Fap.

El tipo, por su lado, era divertido y un poco cínico. A lo largo del camino nunca se disculpó por las burlas ni los comentarios desagradables contra él ni su trabajo. Dross esperaba que lo hiciera, pero tendría que hacerlo sentado, pues este humano en particular llevaba una testa durísima sobre los hombros y rara vez se retractaba o arrepentía de algo.

No era un completo imbécil, como alguna vez se lo imaginó y disfrutaba del humor negro tanto como él.

Cuando le preguntó por qué hacía todo eso, desde asistir a la firma hasta invitarlo al bar, el pelinegro le respondió que era día festivo y no tenía nada más qué hacer.

Ni siquiera había leído el libro hasta esa tarde (en realidad compró un ejemplar ahí mismo y se lo terminó en la fila, esperando), y estaba dando una vuelta por el centro cuando vio la multitud frente a la librería. Entonces decidió postergar un poco la borrachera correspondiente al viernes.

Mateo le indicó que iría al servicio, que por favor se adelantara y pidiera algo. Fue muy cortés al hacerlo pasar por su cuenta, Dross lo reconoció mentalmente en dirección de la barra, tras la que una rubia oxigenada y muy voluptuosa, embutida en un top negro preparaba una bandeja de chupitos.

Iba tranquilo entre la gente, tratando de reconocer la banda que ambientaba el bar, cuando de repente lo invadió la sensación característica, especial y muy bochornosa de cuando a alguien se le ocurre comprobar la firmeza de las nalgas de uno con una palmada (y agarrada de paso), cargada de desfachatez.

Pese al impacto, que a Dross se le antojó catastrófico, escandaloso y mortal, nadie se dio cuenta. Por más disimulado esfuerzo que hizo el castaño en tratar de reconocer a la atrevida, no dio con ella.

Había mujeres en el bar, sí. No tantas como uno desearía y siempre resguardadas en los centros de las manadas bien abastecidas de testosterona, casi todas universitarias y muy ebrias. Descartado.

Entonces… ¿quién?

La idea de que pudiera ser un tipo lo pondría amarillo del asco, así que también quedó descartada.

Rojo de ira y vergüenza siguió el camino, se sentó en una butaca y le pidió dos cervezas a la pelirroja, teñida también, chica más delgada y menos generosa de formas que había tomado el lugar de la rubia en tanto entregaba los tragos en una mesa.

En eso llegó Mateo, retorciendo una toalla de papel entre las manos.

-¿Qué tal?- le preguntó.

-Nada.

-¿Y esa cara?

-La única que tengo.

La expresión de Dross bastaba para zanjar ahí y salir corriendo, pero Mateo siguió a la carga.

-Te ves como si acabaras de descubrir que la mina que te llevaste a la cama es en realidad un travesti-observó-. Y mandingo.

El comentario le hizo gracia y ayudó un poco a bajar el ardor que tenía en las orejas. Obviamente no le iba a contar al crío lo que había pasado, así que brindaron rápidamente en nombre suyo y siguieron con las cervezas.

Hasta el momento habían tratado puro formalismo. Que cómo estuvo el vuelo, si le gustaba o no el clima, qué le parecía la gente, y etcétera. Pero la escena había cambiado, así que el disparo se lanzó sin aviso.

-¿De qué viene tanto top 7? Extrañamos tu cara de… –Mateo se refrenó, iba a decir tu cara de pajero cuarentón, pero algo de sensatez llevaba encima. Además, habló de nos, porque decirlo en primera persona sonaría extraordinariamente marica-. ¿Qué pasó con Dross?

-Dross es un personaje, yo soy Ángel David.

No quiso explayarse más y el punto se entendió bien. Todavía sentía el incómodo agarre en la posadera izquierda como un fantasma fastidioso. Mateo pidió otro par de Pilsen a la rubia que estaba de vuelta y que no se hizo de rogar para amenizar la conversa.

El castaño se dejó llevar por el clima del bar, terminando de convencerse que la idea no había sido mala.

La correspondiente explicación la había dado muchas veces y por varios medios. Fortuna para él, que siempre aspiró a más; desgracia para sus seguidores más antiguos, lo suficientemente listos para darse cuenta de que Dross no era más que una personaje (pese a lo bien y minuciosamente caracterizado); y como tal, debía morir antes de podrirse en vida y quedar en la nada. Como cierta leyenda que prefirió meterse un escopetazo por todo lo alto, antes de experimentar la repetición, el dolor de la decadencia y finalmente el olvido.

De lejos nadie lo vio venir, pues Dross fue lo suficientemente hábil para hacerlo gradual. El tiempo pasa, las cosas cambian. En termodinámica se denomina entropía. Pero a nadie le gusta que el tiempo pase y se desmenuce, que aparezcan arrugas y encanezca el cabello. La rutina crea ilusión de permanencia y por eso resulta tan atractiva.

Los días apacibles con Dross en la pantalla, llenando ese algo de vacío que todo espectador alberga muy adentro, habían terminado. Desde algún ángulo, la situación recordaba a cierta rima de Bécquer.

Esas, no volverán.

No. Esos días no volverán.

Tanto la rubia, cuyo nombre no había salido a colación, como Mateo, se esforzaron en pintar el cuadro más horroroso y perturbador de Medellín para el castaño, quien había leído crónicas en su juventud sobre la ciudad que en los ochentas había coronado con los índices más altos de inseguridad y violencia en el mundo.

Cuando niños con no menos de doce años encima montaban en motos y con revólveres cargados de balas calibre nueve y bendecidas previamente para no errar, salían a la calle para meter plomo en quien que se les hubiera encargado para ganar unos pesos. Hermanos, amigos y compañeros del oficio no estaban exentos de caer si alguien de arriba lo mandaba.

Era uno de los tópicos más sensibles, sí. Pero no el más impresionante.

A la sombra de cierto prominente narco (del cual se sospecha aún vive no obstante la información oficial), y otros tantos, muchas casas se habían convertido en centrales de interrogación y tortura, quizá no como La Cuarenta en Ciudad Trujillo en cuanto a bastedad y sofisticación, pero podían compararse tranquilamente en crueldad.

Mateo aseguraba conocer una edificación que había sido sede de toda suerte de atrocidades y había quedado maldita para la posteridad. La rubia hizo memoria y corroboró el dato, añadiendo en tono siniestro que algunas noches se podía escuchar voces gritando y llorando en el sitio.

Era de esperar que Dross se interesara por el tema. La idea le fulminó la cabeza, pero no estaba muy seguro. Tal vez podría ser el lugar y momento adecuados para ejercer su gusto por lo mórbido y perturbador de una forma diferente.

Casi una hora después la chica fue relevada por el dueño del bar, un sujeto algo extraño y celoso que llevaba observando un tiempo la conversación del trío.

Sin la chica, la charla perdió fluidez y decidieron irse. Entre los dos contaban una docena de cervezas y Dross se sentía algo desubicado, así que pidió a Mateo que hiciera el favor de acompañarlo hasta el hotel, el cual según observaron de camino, quedaba a catorce o quince bloques de distancia. El sujeto accedió, en parte decepcionado, pues había esperado algo más de resistencia en Dross. Él no se sentía más que un ligero mareo.

En el camino algo tambaleante, surgió la proposición.

-Mañana mi agenda concluye a las nueve. ¿Te interesa llevarme a esa casa de la que hablaban? ¿Se puede entrar?

-Se puede. Ajá… ¿Y qué gano yo?

Dross suspiró. ¿Qué pasaba con ese tipo?

-Pues no sé. ¿Qué quieres? Vienes y me ayudas de guía. Quisiera hacer un video comprobando ese lugar. Si quieres salir, mejor.

También mencionó que Dalas arribaría la mañana siguiente y daba la posibilidad de que también fuera él. Antes tenía que decirle, pero a Mateo le daba exactamente igual. A Dalas lo había visto en un par de videos, el español le sabía a poco. Personalmente prefería a Zorman, sin embargo terminó accediendo. No es como si tuviera algo más interesante que hacer. En cuanto a lo que quería… ya pensaría en algo.

Tarde ya en el hotel, menos mareado y mientras se secaba el cabello, Dross cavilaba. Bien pudo ser un accidente.

La mano de algún pendejo iba en camino al trasero de alguna chica y él se había cruzado en la trayectoria. La hipótesis colaba, pero entonces su alter ego tronó muy alto dentro de su cabeza, diciéndole:

¡SO MARICÓN! ¿PERO QUÉ PARTE NO ENTIENDES DE QUE TE MANOSEARON CON TODA LA INTENCIÓN?

Estaba maniatado respecto al tema. Nada como la voz de la consciencia abofeteando al que se niega a mirar lo evidente. De todas formas, aquello quedaría como un episodio de la vida privada de Dross. Nunca le había pasado antes, y probablemente no volvería a ocurrirle. Tal vez debía atesorar el momento.