Todo ocurrió según estaba previsto. Dross había tenido una agradable cena con Dalas en el hotel donde el rubio le comentó que ni bien había salido del aeropuerto, fue conducido a una entrevista con cierto productor que, a pesar de estar envuelto en el desarrollo de una producción al más puro estilo narco (asunto que llevaba algunos años trayendo fama a Colombia por ser cuna de ciertas ilustrísimas leyendas de la droga), estaba muy interesado en ampliar horizontes con un nuevo proyecto. Le habían referido a Dalas como el "candidato ideal" para el protagónico, y al parecer necesitó confirmarlo con sus propios ojos.
El tipo era algo mayor y no se fiaba de la confidencialidad en las comunicaciones electrónicas inmediatas, así que lo mandó a traer. La charla fue fructífera, sin pérdida, y Dalas estaba más que emocionado. El mentado proyecto parecía seguro.
Dross por su parte, escuchó al crio con atención. Referirle su rutina de ir de ciudad en ciudad recibiendo el amor de sus fans casi podría sonar pretencioso, así que mejor se apresuró a contarle sus planes para la noche.
-¿Ir con ese tipo a una casa embrujada? –inquirió el español.
-En pocas letras, sí-afirmó Dross.
-¿Y quieres ir exactamente por qué? Tú no crees en fruslerías.
-Es una buena historia. La rubia del bar dijo algo sobre canibalismo. Un tipo había practicado algo de magia con un paquete de polvo -la cara de mi-no-entender de Dalas le obligó a expresarse con más claridad- a ver, que lo llenó de azúcar impalpable y quiso hacerlo pasar por puro, quedando algunos millones de pesos a su favor. Resulta que la hija de este tipo era la preferida de turno del jefe del cártel de la Oficina de Envigado, y mera casualidad, le estaba poniendo los cuernos con un muchachito de por ahí. El jefe mató tres pájaros de un tiro: mandó a cocinar y servir al padre y al crío en una cena a la chica. No se lo dijo hasta la mañana siguiente, después de tirársela hasta por las orejas, supongo.
-¿En esa casa? –preguntó Dalas, levantando las cejas.
-Según dicen, sí. No fue el único descuartizado ahí.
-De acuerdo… muy perturbador.
Y así, quedó decidido. Alrededor de las nueve se encontraron con Mateo en el mismo bar de la noche anterior. Tomaron un par de cervezas para conocerse mejor y definir el procedimiento, solo entonces quedaron listos para la aventura.
Saliendo del bar Dross sufrió una suerte de déjà vu: algún presente en el bar se había atrevido a palmearlo otra vez. Pese a la sorpresa, Dross reaccionó rápidamente y pudo atrapar la mano de quien lo acosaba, pero tuvo mala suerte, su agarre falló y quien haya sido pudo zafarse enseguida.
Sin embargo la impresión lo dejó en blanco. ¿Su mente le estaba jugando una broma? Lo que había sentido era la mano de un hombre, no cabía duda. Ninguna mujer lleva un reloj metálico tan grueso, y ese era el detalle menos obvio.
Nadie pareció notar el incidente, así que continuó con su camino luchando contra el rubor.
Dross llevaba en la maleta el equipo para filmación nocturna, suerte que era muy compacto, se resumía a una Sony que había llevado debido a alguna gracia de la providencia. Por su parte, Dalas llevaba una cámara normal y Mateo una gruesa linterna de mano.
Fueron en metro en dirección al occidente, deteniéndose en la estación Poblado y caminaron aproximadamente quince minutos. No hablaron mucho. Entre los tres había cierta aura extraña, como la repelencia que experimenta un campo magnético cuando se fuerza a unir dos, bueno, en este caso; tres polos de la misma carga.
La calle estaba limpia, solitaria. Todas las casas con sus ventanitas iluminadas, trasluciendo siluetas que iban de allí para acá. Era un vecindario muy apacible, no se veía como un lugar embrujado.
-¿Y bien? ¿Cuál es la casa? –preguntó Dross con seriedad. Difícilmente había soltado más de tres frases en todo el camino.
-¿Casa? ¡Já! –se burló Mateo, quitándose los audífonos de las orejas-¿Cuál casa? ¡La casa es ese maldito hueco!
Los youtubers se miraron extrañados. Al frente, entre dos casitas perfectamente pintadas había un… ¿un hueco?
-Es como entrar al infierno, ya lo verán –les previno Mateo.
Cruzaron la calle y una vez frente a la entrada, dudaron. No es que tuvieran miedo de que hubiera alguien allí, porque realmente no lo había, como comprobarían más tarde; sino que para ser un lugar abandonado, estaba en un sector muy bonito.
-¿Y dices que aquí mataban gente? –preguntó Dross.
-No sólo eso. Las damas primero- dijo Mateo, haciendo notar que nadie se animaba a dar el primer paso.
Al final le tocó entrar a él. Encendió la linterna y sin amilanarse entró al recinto. Tuvo que pasar por lo menos un minuto para que Dross y Dalas se decidieran a entrar. Antes de filmar nada tenían que hacerse una idea de cómo era el sitio, si había algo interesante o no.
Dentro, sólo la linterna de Mateo servía para vislumbrar en silencio algún detalle. Miraban aquí y allá en la oscuridad atenuada por uno o dos haces de luz lunar que entraban a la edificación. De repente, la linterna de Mateo comenzó a fallar, la luz lechosa parpadeó un par de veces antes de morir.
-¿Eh? Esta porquería…-Mateo abrió la linterna y sacó un par de baterías enormes, sopesándolas en la mano, estaban muy ligeras- Hay que conseguir otras.
Trató de mirarlos, habían sacado los móviles para poder ver algo.
-En fin, debe haber una tienda abierta a esta hora. Regreso enseguida-Mateo los dejó, eran hombres grandes después de todo. Ni siquiera se le ocurrió sugerir que esperaran afuera, él no lo hubiera hecho.
-Este tío es todo un caso-mencionó Dalas. Alumbraba una pared desnuda con el teléfono, notando algunas manchas negruzcas.- ¿Eso podría ser sangre?- inquirió en su fuero interno.
-Sí… y pensar que trató de joderme algunas veces- Dross observó que el suelo estaba cubierto de polvo y mugre, había un desagüe en un extremo, notó también que en algunos sitios habían derribado paredes y que el olor a humedad no era del todo desagradable.
-Se nota que le faltan luces-, se burló Dalas. Los dos se carcajearon.
Entonces Dross se fijó en un destello que reflectó el reloj de Dalas contra sus ojos. La manilla del reloj era muy… ancha. Soltó la pregunta sin pensar.
-Dalas, tu… ¿llegaste esta mañana?
El rubio no respondió. Incluso en la oscuridad la mirada del castaño era difícil de eludir. Supo que esa no era realmente la pregunta cuando Dross le tomó el brazo con fuerza.
Definitivamente era el mismo.
-¿Tú me agarraste las…? No. No digas nada.
-Haces sentadillas con pesas, ¿verdad?- preguntó desvergonzadamente.
-¿Qué demonios…?
Dross se sintió muy confundido, como si un cortocircuito hubiera saboteado todos los axones en su cerebro. Sí, el término era confusión, pero poco tiempo tuvo para experimentarlo pues en seguida Dalas se lanzó a sus labios.
Quedó pasmado, eso no estaba pasando. Quiso creer que se habían quedado bebiendo en el bar hasta perder la consciencia, pero no: los labios de Dalas estaban ahí, demandando atención.
-¿Qué pasa? Yo sé que también quieres esto. No me engañas –dijo Dalas, tratando que Dross correspondiera al beso.
Lo cierto es que le traía ganas al rubio desde hace tiempo, y el ocasional vacile que emergía de sus conversaciones a larga distancia podía quedar mal entendido. Creyó que era algo pasajero, que la fijación se le bajaría y podrían ser amigos "normales", de esos que joden con mariconadas en son de broma de vez en cuando, como todos los hombres.
Una vez aclarado el panorama, Dross arremetió contra la boca del muchacho, saboreando con avidez cierto regusto a cerveza.
-Ah, ¡las cosas que me pones a hacer! –susurró contra el cuello de Dalas.
Todo en Dalas era suave. Desde el interior de su boca, pasando por su piel, su pelo… Dross disfrutó del tacto, la cercanía de sus cuerpos y el calor que los envolvía.
Por un momento Dalas se distrajo con el cabello del castaño, era tan largo y realmente sedoso, ¿qué usaba? El de varias chicas con las que había estado tenía una textura más parecida a la de un montón de paja. Y hablando de paja, sus manos ya se habían colado en la ropa interior de Dross, desafiando antes hebilla, cierre y botones. El miembro preso en su mano estaba tan cálido, duro y palpitante como el propio. No perdió tiempo. Necesitaba algo de fricción para aliviar la urgencia, la ansiedad por el contacto que tanto tiempo había esperado.
Por su parte, Dross dominaba la boca del menor con destreza al tiempo que con rudas caricias exploraba espalda abajo, palpando, contorneado la silueta firme de Dalas. Lo que hacía con la lengua no era más que un adelanto de lo que vendría luego.
Tal vez el aspecto más atractivo de Dalas era su presteza. El llevar una chica a la cama, formalismos obvios aparte, demanda bastante tiempo, principalmente para "preparar el terreno". En contrapartida, los chicos están siempre a punto, basta un poco de faje para izar la bandera. Las palabras lindas y promesas de amor sobran.
Dross se tomó el atrevimiento de agarrar fuertemente los glúteos de Dalas, venganza natural por el bochorno al que había sido sometido antes, y atraer violentamente el cuerpo del menor contra el suyo, logrando que sus erecciones se rozaran sin ningún escrúpulo por sobre las telas.
Dalas gimió entre besos, se sentía realmente bien estar de ese lado en la situación. Las manos de Dross estaban muy frías, pero no tardaron en calentarse. Dalas recibió el primer dedo con bastante dificultad, algo estaba muy seco ahí abajo, pero lo solucionaron con saliva. El segundo dolió un poco y segundos más tarde terminó soltando un grito que chocó contra las paredes enmohecidas y desnudas al tiempo que un aparatoso espasmo lo contorsionaba. No podía creer que Dross fuera tan cruel como para abrir así, de repente los dedos en su interior.
Dalas quería apresurar lo inevitable. Un fuerte ardor lo sofocaba y los deseos de su cuerpo clamaban, gritaban por ser satisfechos. Lo que nunca estimó es la diametral diferencia que existe entre un par de dedos haciendo travesuras con su próstata, por sí solos lo bastante gruesos para sacar lágrimas, y un miembro que por el tacto podría marcar de dieciocho a veinte centímetros. Del grosor mejor no hablar.
El autodenominado "maremoto erótico sexual" jadeaba entre besos y mordidas. Como macho que era, nunca podría permitirse los gemiditos que su compañero de juegos soltaba cada tanto. Se deshizo de los pantalones de Dalas, bonito modelo, pero estorbaban para lo que seguía. Posicionado entre los muslos del rubio, que había alcanzado a cruzar los tobillos por sobre la espalda baja del castaño, orientó la punta de su húmedo miembro en el orificio de Dalas.
-Ahora te vas a relajar, porque esto podría dolerte-le dijo al oído.
La penetración fue complicada. No sabría decir si Dalas fuese virgen por ahí, pero si realmente no lo era, entonces hacía bastante tiempo no se ejercitada de esa manera. Indudablemente el lubricante del profiláctico que Dross había alcanzado a ponerse antes de la entrada había ayudado.
El interior de Dalas estaba tan apretado y caliente que a Dross le resultó casi un sacrificio no comenzar a embestirlo frenéticamente. Entre el cuello y el hombro sentía los dientes de Dalas como un indicador de fuerza. No se le pasó por la cabeza que luego tendría que dormir de un solo lado.
Dalas se agarró de un tubo que sobresalía de la pared, liberando un poco del peso que ejercía sobre Dross, entonces él comenzó a retirar su miembro ¡con lo mucho que había costado meterlo!, para regresarlo otra vez con algo de brusquedad. Dalas lo sintió. Sus nervios lo traicionaron, pero conforme se repetía halló la gracia del asunto. Incluso la frecuencia aumentó cuando él mismo se decidió a mover las caderas, buscando ese punto que amenazaba con volverlo loco.
Presión, fricción, calor… las condiciones perfectas para un buen polvo, y como lo bueno dura poco, en un segundo se fue todo al carajo.
Mateo había conseguido las baterías para la linterna y entró tarareando una canción de Guns and Roses.
-I used to love her, but I have to kill her… I have to put her ¡Six feet under in my backYAAAAAAAAAAAAAAAAHHHHHHH!
Tras el grito y ante la sordidez de la escena, las trémulas manos de Mateo dejaron caer la linterna. Diez segundos después el muchacho corría calle arriba en busca de algún bar de mala muerte para ahogar el mal recuerdo en etanol.
Mientras corría no podía quitarse la imagen de la retina. ¿Realmente tenía que haber apuntado el puto haz de la linterna hacia allá?
Maldita suerte. ¿Era ese su destino? ¡¿Ser traumatizado por un par de youtubers calenturientos?!
Dross estaba de espaldas, pero la cara de Dalas… ¡la cara de ese rubio! No lo conocía mucho, pero Dross debía estar haciendo un gran trabajo allí abajo. Mateo dejó correr libremente el morbo. La expresión del español se parecía mucho a la de cierto twink pelirrojo al cual había visto hace años en redtube siendo destrozado por un par de niggas a la vez. Pero regresando a la realidad, ¡¿qué carajos?! Los dejaba solos quince minutos, ¿y tenían que montarse como hámsters en una caja?
Notas:
Me parece que he sido demasiado generosa con los personajes (ok, sólo con Dross… pero las medidas no las estimé yo, sino mi personaje invitado cuando este fanfic era un mero proyecto xD). He escrito casi todo el leemon escuchando a Fall out boy. Son fantásticos. Podría decir que es el mejor que escrito hasta el momento, pero luego recuerdo el de My Sweet Prince y no sé… guarda un sentimiento muy particular para mí, son contextos totalmente distintos. Hasta podría decir que este es exclusivamente calentura, nada de sentimientos profundos. Al final no me dio tanto asco como imaginé, me he cuajado de risa con estos dos.
Hacedme notar cualquier error, por favor. El capítulo se sube sin betear.
