Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer.

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Capítulo 15: Aceptar una Relación

Bella POV

―Edward, ¿estás de acuerdo que nos conocemos de días? ―me apresuré a decir.

―¿Qué? ―parecía decepcionado por mi respuesta.

―Estamos hablando de días. No puedes andar preguntando a diestra y siniestra eso.

―Dime que estás bromeando ―apretó el puente de su nariz.

Me mordí el labio.

Edward me gustaba y mucho, pero no nos habíamos tratado lo suficiente. Éramos extraños que intercambiaron saliva en una película.

―No, no lo estás haciendo ―su voz sonó dolida, decepcionada.

―No entiendo por qué me preguntas eso… No me conoces ―¿soné histérica?

Edward hizo un par de respiraciones antes de sentarse en mi cama. Su rostro mostraba una batalla y no quería saber si era una batalla entre matarme o colgarme del árbol más alto.

Me crucé de brazos, analizando sus movimientos.

En el pasado había aceptado besarme e incluso acepté una relación con el idiota de Mike; con Edward era diferente y no sabía por qué. Era algo que me superaba de muchas maneras, no entendía esa necesidad de pelear, de provocarlo y cuando me miraba de la manera en la que me miraba, sentir esa sensación dulce pero con temor.

Había visto tantas cosas en mi vida, había leído y visto películas pero ninguna explica lo que era sentirme como lo me sentía al estar cerca de él.

¿Qué me pasa? ¿Por qué de pronto quiero ir y hacer que sonría? ¿Por qué quiero besarlo? ¿Por qué a pesar de que se supone que debemos de ser enemigos, siento esa necesidad de tenerlo cerca?

Me acerqué dudosa a la cama, no sabía si sentarme o no.

Edward levantó la vista y palmeó la cama para queme sentara.

―Se supone que debemos ser enemigos ―susurré.

―Bella, ¿no te das cuenta? ―parecía a punto de gritarme.

Negué con la cabeza, parecía que me estaba perdiendo de algo, pero ¿qué?

Ante mi respuesta Edward se llevó las manos a su cabello.

―Bella, entre tú y yo hay algo. No es secreto que entre tú y yo hay algo más que simples bromas pesadas ―sus manos buscaron las mías.

―Yo… ―su agarre se apretó.

―No me sogas dando negativas o evasiones de algo que no quieres ver ―me interrumpió.

―Ok, digamos que te digo que sí ―solté su agarre. Me incorporé y empecé a dar pequeñas vueltas alrededor del dormitorio para sacar el monologo que ya se estaba formando en mi cabeza―. ¿Qué sigue? Sabes que soy alguien totalmente opuesta a ti, peleamos cada que se puede y a veces tengo ganas de golpearte y otras…

―A veces quiero ahogarte y otras ―se incorporó para estar frente a mí. Me puse nerviosa― quiero comerte a besos.

Me quedé con la boca a vierta. Rogaba al cielo que mis emociones no me delataran, porque lo que había dicho me había gustado de una manera que me volvía loca.

Ese era el problema, él me volvía loca. Me ponía en situaciones que me dejaban a su merced.

Retrocedí un paso para aclarar mis ideas. Su cercanía me afectaba.

―¿Nerviosa, Swan? ―parecía complacido por mi aparente estado.

―No ―titubeé.

Sonrió, sabía lo que su cercanía hacía en mí.

―¿Por qué dudas? ―se acercó, su cuerpo empezó a cerrar los espacios que había entre él y yo. Sus manos me apretaron más a él.

Dios, por favor… no me dejes caer en la tentación.

Un estremecimiento empezó a bajar por mi columna.

―Te lo volveré a preguntar ―acercó sus labios a los míos―, ¿quieres ser mi novia?

―Yo… ―no me dejó continuar.

Sus labios empezaron a apretar los míos. El beso era dulce como una fruta de verano. Se separó un poco.

―¿Quieres ser mi novia? ―su abrazo se apretó más.

¿Y si aceptaba?

Me sorprendí ante mi pensamiento.

No me dejó responder, volvió a besarme de una manera que debería de considerarse un crimen.

―Lo repito ―murmuró contra mis labios―, ¿quieres ser mi novia?

No me importó nada, lo besé.

Mis labios empezaron a saborear los suyos, era algo que empezó a derribar todas mis barreras. Fue como una marea que arrasó con todas mis negativas. No recordaba ni mi nombre, sólo existía ese beso y sólo eso. Su lengua empezó a recorrer mi labio inferior. Su cabeza transmitía una corriente eléctrica a la mía.

La electricidad empezó a fluir por todo mi cuerpo, era algo glorioso. Él era glorioso.

Sus labios volvieron al ataque, buscando con urgencia los míos.

Mis pasos empezaron a retroceder, sus manos dejaban caricias que quemaban mi piel de una manera placentera. No supe con qué choqué hasta que me sentí en una cama. Creo que era la cama de Alice.

Estaba acostada y él encima de mío.

Sus manos acariciaron mi rostro…

―¿Quieres ser mi novia? ―murmuró contra mis labios.

Me miraba a los ojos y yo miraba los suyos. Podía verlos oscurecidos por las sensaciones que recorrían nuestros cuerpos. Sabía que él sentía la corriente eléctrica pasar entre nosotros.

Me quedé embobada en su mirada antes de asentir.

―Sí ―mi respiración era agitada.

Edward pareció satisfecho, contento con la victoria.

―Mía ―susurró antes de volver al ataque.

Sus labios se pegaron a los míos en el mismo beso, pero algo inesperado pasó. Su lengua pidió permiso para entrar en mi boca. Abrí mi boca para empezar a frotar nuestras lenguas.

Si sus labios eran deliciosos, su lengua ganaba el premio mayor. Él ganaba el premio mayor.

Necesitaba tenerlo cerca, más cerca. Mis brazos empezaron a apretarlo más a mí. Lo necesitaba, necesitaba estar más cerca.

Sentía sus manos acariciar mi rostro…

Su legua seguía manteniendo una lucha con la mía, la electricidad había aumentado, era más intensa. Mi cuerpo temblaba bajo el suyo…

La puerta de abrió de golpe…

Alice…

¡Demonios su don!

Edward y yo nos separamos. Se había incorporado y me tendió la mano para que pudiera incorporarme.

Alice nos miraba entre divertida y molesta.

―Me da gusto que ya se hayan dado el sí, me quitan un peso de encima ―puso sus manos en la cadera―. Pero si van a besarse que sea en tu cama, Bella ―sonrió con malicia― o en la tuya, Eddie.

Sentí tensarse a Edward y me pregunté si sería porque le habían dicho así o por la mención de su cama.

―Lo siento, Alice ―me disculpé―. No sé qué me pasó.

―Hormonas ―respondió como si fuera lo más obvio―. Ahora, aclarado el punto… continúen con lo que estaban haciendo.

Cerró la puerta tras de sí.

Caminé hacía la ventana.

¿Había aceptado? ¿Me había dejado llevar por mis hormonas?

―Sé lo que estás pensando, diablilla ―su cuerpo estaba pegado al mío, sus manos en mi cadera y su aliento acariciando mi nuca―. Ni creas que te vas a salir de ésta. Ya me dijiste que sí y ahora no hay manera de que liberes de tu aceptación. No te vas a escapar, no lo permitiré. Ahora eres mi novia, mi amor.

Sus manos cayeron a su costado.

Lo sentí alejarse y salir de la habitación.

Oh. My. Good. ¡OMG!

Soy la novia de Edward Cullen.

¡Malditas hormonas!

~oOo

―Entonces… ―Rose movió sus cejas de manera sugestiva.

―Ella y él son novios ―Alice parecía a punto de explotar y sacar confeti, serpentinas y mariposas. Al parecer, ella era la única que le hacía emoción.

―Bella, no pongas esa cara ―me regañó Rose―, parece que no te hace gracia estar en esa situación.

―Es que no sé en qué momento me puse en esta situación ―me levanté de la cama de Rose―. Un momento estoy llenándolo de una mezcla de huevo y leche, y al otro estoy besándolo.

―Bella, a veces se me olvida que eres una necia ―Alice empezó a señalarme con su dedo―. Deja esa actitud y acepta que estás con él.

Iba a decir algo pero Rosalie me interrumpió.

―Bella, dime lo que sientes al estar con él ―su rostro se tornó expresivo, tratando de entender lo que pasaba.

―Me gusta su presencia, me divierte estar molestándolo porque su mirada está puesta en mí. Me gusta que me mire ―de alguna manera sentí mi sonrisa.

Fui consciente de mis palabras y empecé a morderme la lengua.

Me paré frente a mi cama y me dejé caer, hundiendo mi cara en la almohada.

―Escúchame bien, Isabella Marie Swan ―Alice se había enojado―. Vas a dejar que las cosas tomen su curso y sabré cuando hagas lo contrario, tú sabes bien de que hablo.

Asentí.

¡Vaya domingo!

¿Es normal que pasen esta clase de cosas en cuestión de días?

Dejé que Alice empezara a jugar con Barbie Bella.

Era la hora del almuerzo y mi estómago me pedía a gritos comida.

Alice y Rosalie alaciaron mi cabello y en las puntas hicieron rizos, acomodaron un mechón de mi cabello de lado con un broche en forma de mariposa. La mariposa era de color blanco con pequeños cristales incrustados. El maquillaje era sencillo, pero haciendo resaltar mis ojos.

Me metieron en una blusa con rayas negras y blancas, una falda que me llegaba arriba de la rodilla con un estampado de colores negro, blanco y azul marino; me pusieron un saco color azul marino y una mascada alrededor de mi cuello. Gracias al cielo, me dejaron usar unas ballerinas.

―Edward se va a poner como loco ―empezó a saltar Alice como despertador.

―Te ves muy guapa ―Rosalie alisaba mi falda religiosamente.

Bajamos al comedor. En cuanto entramos, las miradas se posaron en mí. Al parecer no olvidaban la escena que ofrecí en la mañana.

Alice y Rosalie me tomaron de la mano, infundiéndome ánimos.

Caminé al lado de ellas, con la cabeza en alto. Daba la imagen de que no me importaba los cuchicheos mal disimulados, cuando en realidad, estaba nerviosa.

¿Dónde estaba la Bella confiada y fiestera?

Ni cuentes con ella que está de redimida, me reclamó mi parte liberal y rebelde.

Me quise agarrar a patadas, pero seguí con la postura que mantuve en cuanto entré en el comedor.

A lo lejos pude ver a James que me guiñaba un ojo.

Traté de contenerme y no ir a su mesa con el propósito de romperle una silla en la cabeza. Ese tipo estaba mal, estaba enfermo y era mejor no acercarme a él.

Estaba tan concentrada en fulminar con la mirada a James que ni si quiera noté que alguien se cruzó en mi camino, impidiéndome el paso.

Era Edward.

Conté hasta diez y de regreso.

―Permiso ―iba a rodearlo pero sus manos me inmovilizaron desde la cintura.

―Hola, amor ―sus labios se pegaron a los míos.

El besó me gusto e incluso me iba a lanzar, pero su agarre era firme.

―Aquí no, no quiero faltarte al respeto enfrente de toda la escuela ―su agarre seguía siendo firme cuando dijo eso, luego me soltó y se acomodó en su lugar.

¿Dios, en verdad dijo eso?

Pude escuchar que Rosalie y Alice se reían a mi lado como colegialas.

―Somos colegialas ―Alice y su don.

A veces me preguntaba si también leía mentes.

―No, pero tú eres un libro abierto ―Dios, Alice empezaba a…

―¿Desesperarte?

Rodé los ojos y me senté.

Alice y Rose seguían riendo cuando se sentaron.

Sentía la mirada de todos, prácticamente quería escurrirme por la silla, estar bajo la mesa y desaparecer. Pero tenía pocas opciones de escape con todas las miradas puestas. En especial la de Edward que era penetrante, me gustaba que me mirara y a la vez me ponía nerviosa.

Sentí el rubor subir por mi cara.

―Bella, no tienes por qué avergonzarte ―Alice parecía divertida con la situación, mi situación.

Miré mi plato vacío como si me susurrara los secretos del mundo. Tomé un sorbo del agua, sentía mi garganta seca.

―Tus suegros ya llegaron ―Rosalie se apresuró a decir.

Casi me ahogo con el agua, por no mencionar que hice una escena. Mi acceso de tos resonaba en todo el comedor, si de por sí el alumnado me miraba, ahora también tenía a los profesores mirando la escena que ofrecía. Debería empezar a cobrar por los espectáculos que daba. No era justo hacer el ridículo de a gratis.

Alice y Rose empezaron a moverse para ayudarme. No supe quien empezó a jalarme de las orejas ni quien palmeaba mi espalda.

Podía escuchar las risas a mi lado.

―Dios, no era para que te espantaras, mujer ―susurró Rosalie en mi oído.

Una vez que cesó la tos, mi rostro adquirió un nuevo tono de rojo si es que era posible. Carlisle y Esme me miraban extrañados.

Que me trague la tierra, pero quería desaparecer.

Mi mirada se encontró con ese par de ojos verde esmeralda que me derretían. Edward tenía la misma mirada de sus padres, pero con un plus de curiosidad.

La comida empezó a servirse, los platos se iban pasando y hasta el plato número treinta, me tocó ver lo delicioso de mi comida.

Nótese el sarcasmo, el platillo era una mezcla de algo verde, algo rojo y con el aspecto de vómito. No soy fan de la crema de col y verduras.

Lo bueno es que venía preparada, saqué de mi saco una bolsa de plástico, benditas sean las Ziploc. Esperé a que nadie me viera y empecé a acomodar la bolsa para vaciar el asqueroso contenido en ella. Guardé la bolsa en el bolsillo de mi saco.

Levanté la vista para volverme a encontrar a Edward que me miraba negando con la cabeza. Me había atrapado con la sopa en la bolsa. Me limité a encogerme de hombros y a darle una mirada cínica.

A mi lado Alice, estaba en las mismas al igual que Rosalie. Saqué un par de bolsas y se las pasé.

―Eso es ser buena amiga ―me abrazó Alice.

―Gracias, Bella ―Rosalie me mandó un beso.

Sonreí.

―Que nadie las vea ―advertí.

Pero como era de esperarse, las vieron Emmet al otro lado del comedor, en la mesa de los profesores y Jasper que le mandó un beso a Alice.

Edward era otra cosa, me miraba con reproche. Sí, me esperaba un regaño por parte de mi… mi… esa cosa.

Reí ante mis pensamientos.

Los platos siguieron pasando y me encontré con algo más comestible. Era ternera al limón y más vegetales al vapor. Comí mi pequeña porción, feliz de la vida. Era feliz.

Alice, estaba que saltaba de su asiento. Supe por qué en cuanto el postre estaba frente a nosotras, era un pay de limón.

Miré divertida la expresión de Alice. Parecía que estaba besando la cuchara, era divertido ver como se pasaba y repasaba la cuchara.

Jasper parecía embobado por la escena que estaba dando Alice.

Disimuladamente le pasé el plato con mi postre a mi amiga. Esperaba que Alice me pasara su plato cuando hubiera algo con chocolate.

Algo que podía volverme loca hasta la locura y en exceso, era el chocolate.

Mi querida amiga me miró con agradecimiento.

―De no ser porque de por sí ya tienes a todos mirándote, te besaría ―Alice tenía la boca llena por un buen pedazo que había tomado.

Reí, asintiendo al mismo tiempo.

Me levanté de mi asiento, era domingo y podía ser informal.

Caminé por los pasillos hasta la puerta que daba al jardín.

La tarde era nublada, la piel de mis piernas se erizó al contacto con el frío.

Respiré profundamente e intenté ignorar el frío. Necesitaba despejarme un momento. En realidad, necesitaba masticar el hecho de que era novia de Edward.

¿Me gusta? ¿Qué diferencia hay entre Mike y él?

Era feo hacer comparaciones con Edward y Mike, pero con Mike fue sencillo decir sí. En realidad, Mike ni si quiera me preguntó, simplemente dejé que las cosas pasaran.

Con Edward era diferente, de una manera que me asustaba. Era como ser vulnerable ante él y dejar en él todo. Mi vida, mi respiración, mi corazón y mi alma dependían de él. Eso era seguro, era muy pronto para sentir eso. Era muy pronto como para saber lo que iba a querer más adelante. Y sin embargo, una parte de mí estaba gritando que era una tonta por dudar.

Tenía miedo de terminar como mis padres, Charlie estaba enamorado cuando se casó con Renée y jamás llegó a pensar en las consecuencias de haberse casado tan joven, sin conocer realmente a Renée. Era exagerado juntar a Edward y la palabra "matrimonio", era muy pronto, pero era el miedo a dejar que mi vida dependiera de él.

Debía de ser honesta conmigo, Edward provocaba cosas que jamás había sentido. No sólo eran las sensaciones físicas compartidas en el cine o en la cama de Alice. Era el hecho de que me sentía atada de una extraña manera, una manera desconocida.

¿Estaba enamorada?

No lo sabía a ciencia cierta, pero una cosa era segura: Edward era especial para mí.

Me lo decía el hecho de que me puse como loca cuando besó a Tanya, incluso mi corazón latió dolorosamente cuando pensé en ese hecho. Me lo decía por la manera en la que me preocupaba lo que le pasaba. Quería estar cerca de él y tenía unas inmensas ganas de saber lo que él pensaba de mí.

Las cartas estaban repartidas, debía dar mi mejor jugada.

Sentí pasos detrás de mío.

No necesitaba voltear para saber de quién era. Lo sentía.

Edward se acercó más y rodeó con sus brazos la cintura. Sus labios dejaron suaves besos en mi coronilla, en mis mejillas, sentí como apartaba mi cabello para darle besos a mi nuca, su aliento acariciaba ese pedazo de piel expuesta.

―Mmmm… ―inspiró profundamente―. Hueles delicioso, tu cabello huele a fresas…

Me sonrojé con sólo decir eso.

Sus manos empezaron a tomar mis brazos, me giró para que estuviera cerca de su aliento. Sus labios se acercaron a mi mandíbula, dejó húmedos besos en mi garganta y depositó un suave beso en mis labios. Mis labios, lo recibieron con gusto. Había dulzura en ese acto, me dejaba sin aliento y con ganas de más. Saborear sus labios era algo que jamás dejaría de hacer. Sentía su aliento en el mío y sus manos descansaban firmemente en mi espalda baja.

―No comiste bien ―sus labios seguían pegados a los míos cuando hizo esa acusación.

―No me gustaba esa cosa ―hice una mueca de asco.

―¿Y el postre? ―se separó un poco para verme a los ojos.

―Era un soborno para que cuando haya algo con chocolate, Alice me lo diera ―sí, era una desvergonzada.

―Pues casi no comiste ―me regañó.

Su mirada era dulce, pero su rostro era severo.

Me tomó de la mano y empezó a guiarme por el jardín hasta un lugar que no me había detenido a inspeccionar.

―Aquí guardamos los autos ―explicó.

El lugar no estaba tan apartado del colegio, pero si era un privado.

De sus bolsillos sacó unas llaves, abrió una puerta que estaba al lado de un gran portón. Tenía el aspecto de una cochera, como cualquier otra. Sólo que había algunas cosas apiladas por ahí. Había un Volvo, un Mercedes y un Jeep. Junto a una mesa había una charola de plata con llaves.

Edward tomó unas y cuando quitó los seguros, me llevó frente al Mercedes.

―¿No nos meteremos en problemas? ―pregunté sorprendida.

―Tu siempre atraes problemas ―me dio un beso de piquito―, tentaré a la suerte.

Le di una mirada envenenada.

―No te enojes ―le dio un beso a mi nariz.

Sonreí como tonta, en mi fuero interno me estaba agarrando a bofetadas.

―¿A dónde vamos? ―no podía con la curiosidad.

Edward me abrió la puerta para que entrara, la cerró. Vi cómo se apresuró a llegar al volante.

―Cinturón ―indicó―. Iremos a que comas como es debido.

Mordí mi labio para no sonreír ante el tono juguetón de él.

―No es necesario, no me voy a romper ―puse los ojos en blanco.

―Pero si te puedes enfermar o te va a dar una descompensación ―me reprendió.

―Ni que me matara de hambre ―me crucé de brazos.

―No te vi en el desayuno y casi comiste en el almuerzo ―encendió el auto.

No dije nada. Pude ver la puerta abrirse y el auto se movió, avanzó a una velocidad de locos. Pasamos de frente por el colegio. La puerta se abrió, pasamos por ella y siguió avanzando a alta velocidad.

―Bella, creo que debemos decirle a mis padres lo que tú y yo somos ―pareció tentar el terreno.

―¿Podemos esperar? ―pregunté nerviosa―. No quiero que piensen mal de mí por estar contigo ―me apresuré a añadir.

―No hacemos nada malo ―si mirada seguía al frente, pero su mano apretaba el volante.

―No es eso ―me mordí el labio.

―Bella, no hacemos nada malo, somos dos personas que mantienen una relación amorosa. Quiero conocerte y quiero que tú me conozcas ―me sonrió―. Se supone que el noviazgo es una etapa para que te pretenda, me conozcas, logre tenerte por completo y al final llegamos al matrimonio.

Me quedé con la boca abierta.

¿Matrimonio? Dijo matrimonio.

Parecía que esa palabra hacía eco en mi cabeza… Matrimonio… Matrimonio… Matrimonio…

¿Yo casarme?

―Alto, cowboy ―puse las manos en alto―. ¿Estamos de acuerdo en que apenas estamos iniciando una relación y tú ya estás hablando de matrimonio?

―¿Con qué finalidad es una relación? ―preguntó como si fuera lo más obvio.

―Somos jóvenes, no sabemos lo que queremos de la vida ―parecía que mi iba a dar el soponcio.

―Bella, deberías de dejar esa faceta ―me miró un momento.-

―Es que no es lógico que me hables de esas cosas si apenas acabo de darte el sí.

―Ok, no hablaré de eso… Por ahora

Me limité a asentir, pero no pude ocultar mi nerviosismo.

―No dejaré que escapes, ya te tengo en mis brazos y ahora no dejaré que te alejes… ―Su mano buscó la mía, sus dedos se entrelazaron entre los míos.

―No quiero que te alejes ―susurré―, pero no estoy lista para hablar de eso…

―Lo que tú digas, princesa ―su agarre se apretó.

―Gracias… ¿A dónde vamos?

―Digamos que vamos a tener nuestra segunda cita…


Yo de regreso, lo siento si subí tarde el cap, pero tuve problemas que me superaron hoy.

Lamento no haber podido alargar más el capítulo, incluso corté una parte de la historia porque mi cabeza no me daba para más.

De verdad lo siento, pero con toda la bronca de ayer y hoy, apenas y tuve tiempo de darle los últimos retoques. Espero que no me quieran mandar con los Vulturi.

En fin, las cosas estuvieron feas:

Ayer por la tarde una persona cercana a mí, tuvo un accidente, todo salió bien, pero la persona que le chocó por atrás no quiso admitir su responsabilidad. Se hizo una bronca y al final la chava sobornó al juez para salir bien librada aunque las pruebas decían lo contrario.

Eso es lo malo, lo que me avergüenza de mi país. En México así es, la televisión es un asco y la justicia se vende al mejor postor. Me da pena y asco ver ese tipo de situaciones. Me enferma. Es increíble que un funcionario público haga esas cochinadas. De verdad, que me da mucho coraje que hagan esas cosas, imagínense si se vende por un choque, ¿por qué más se venderá? ¿A cuantas personas inocente habrá condenado?

De verdad que estoy muy enojada con las injusticias en México. Pero no queda en mí o en mi familia hacer justicia por mano propia. Sé que esa niña solita se va a condenar. Ayer fue una mentira, mañana chance y su cobardía sea su perdición. En serio, todo lo que hagas en esta vida se devuelve. El Karma es algo de loq ue nadie puede escapar.

¿Dónde entro yo? Pues que mi hermana y yo estuvimos todo el sacrosanto día de aquí para allá haciendo los encargos de la persona en cuestión.

No me molesta hacerlo, aclaro. Lo hice con gusto, pero pues apenas acabo de terminar de hacer unas cosas que tenía pendientes.

Nos leemos el próximo viernes.

Gracias a todas por su paciencia y por los REVIEWS, espero poder saludarlas y responder sus REVIEWS pasados. Gracias.

XOXO

Lena Duchannes Moon.