CAPITULO 76: CRISTIANA. LOS RECUERDOS DE FÉLIX.

(Voz de Félix)

"Vienen en son de paz. No son una amenaza. Dejadles explicarse." Dijo Edward.

"Es… en ningún momento pensamos que sería… que ella…" Dije orgulloso.

"Os habéis confundido de persona." Me dijo Edward.

"¿De qué van?" Preguntó uno de los chuchos.

"Piensan que Rissa es otra persona." Afirmó Edward.

"Félix, vámonos." Me dijo Demetri. "Cada vez se pone peor, no tienes por qué decir nada más. Si los amos se enteran…"

"El amo Aro ha muerto, y el amo Cayo." Le contesté. "Ella les ha matado."

"¿Quién creéis que es?" Nos preguntó Jasper serio.

"Cristiana." Afirmé.

Había pasado mucho tiempo desde que la vi, siglos, muchos siglos de hecho; pero la chica que tenía ante mí era la viva imagen de mi Cristiana, solo que más morena y con el peinado diferente, más moderno.

"Perdona pero creo que te equivocas." Me dijo Carlisle. "Esta chica se llama Rissa."

"Ya sé cómo se llama." Afirmé. "No soy tonto, hemos investigado todo lo referente a ella. No ha alcanzado el medio siglo siquiera. Pero es ella, sé que lo es."

"Aunque suene a locura, que es a lo que suena, resulta que la chica tiene el mismo patrón mental que Cristiana." Me respaldó Demetri.

"No me entero de nada." Afirmó el fuerte de la familia Cullen mostrando un desprecio total por lo que hablábamos, o por nosotros, no lo tenía demasiado claro.

"Así que piensas que es ella." Me dijo Edward, el mentalista de la familia con los brazos cruzados.

"¿Y quién es la tal Cristiana?" Me preguntó la rubia.

"Mi… era mi esposa." Afirmé. "Cuando aún éramos humanos."

(Salto espacio-temporal)

Pompeya, Italia, siglo I d.c.

Por fin he vuelto, la campaña de formación por fin ha finalizado y vuelvo a casa con todos los honores que mi centurión ha tenido a bien darme.

Debería ir a casa de mis padres, pero primero hay algo que quiero hacer, así que voy hasta el mercado y lo atravieso para acercarme al punto de la plaza donde los mayores más sabios se sientan a debatir sobre teología, ciencia e historia y política.

Allí está, puedo distinguir perfectamente su cabello color ébano recogido en su impecable peinado hecho por la mejor esclava dedicada a la belleza que existe en toda la ciudad, probablemente en todo el imperio.

Me acerco con cuidado por detrás, listo para que grite y con la mano preparada para taparle la boca e intentar que no de la alarma que no debe dar.

"No puedo creerme que por fin hayas vuelto." Susurra mi amada antes de que pueda siquiera acercar mi mano a su cabeza cuando estoy tras ella.

"Y yo no puedo entender cómo es posible que supieras que era yo cuando no tenías noticia de mi vuelta." Le dije.

"Reconocería tu olor en cualquier punto del imperio." Afirma sonriendo.

Sus esclavos que lleva de escolta me miran, pero no hacen nada por inmiscuirse. Saben perfectamente quién es el amo allí.

"Han pasado varios años." Me dice.

"El 4 de Julio hará 2 años que partí para acabar mi entrenamiento." Afirmé. "Y en todo este tiempo veo que conservas tus mismas aficiones."

"¿Qué tiene de malo que una mujer quiera conocer?" Me dice sonriendo.

"Que no está bien visto por la sociedad en una dama de tu… categoría." Le digo. "Prometeo te consiente mucho."

"Prometeo es mi más fiel hombre." Me dice girándose por fin para dejarme ver sus ojos donde relucen bajo ellos las olivas más vivas que nunca he visto. "Y tú deberías estar en casa de tus padres, honrando a tu padre con tu regreso y dejándole que él honre a todo el mundo con una fiesta por tus galones."

"¿Cómo sabes eso?" Le pregunto.

"Mi tío Cayo Pretor regresó hará dos días." Me dice sonriendo. "Le comentó a mi padre los grandes servicios al imperio que se podían esperar de cierto joven de la ciudad."

Eso hace que me sienta orgulloso, mi fama ha llegado hasta oídos de mi amada, así que puedo esperar que su padre también haya oído de mis hazañas.

"Entonces… ya podremos unirnos." Le digo feliz.

"Primero deberás pedírselo a mi padre." Me dice.

"Antes de pedírselo, me gustaría saber que tú querrás." Le digo.

"¿Acaso no sabes ya la respuesta?" Me dice jugueteando con su mirada, sus gestos y su voz.

Desde luego que puedo intuir su respuesta.

Si hubiera sido por mí, nos hubiéramos casado antes, la hubiera llevado conmigo, lejos, muy lejos de la ciudad, hasta los mismísimos límites del imperio donde no pudieran encontrarnos su familia. Pero eso habría sido deshonrarla y no deseaba eso.

Su familia estaba en los escalafones más altos de la sociedad: su tío era el pretor Cayo Pretor, el mejor de toda Roma y mano derecha de la mano diestra del Cesar; su padre, Aureo Maximus, era senador en Roma y su madre, la mujer de este, era una de las damas más cotizadas del imperio cuando se casó con él. Su hija había heredado la belleza de su madre y el cerebro de su padre.

No… Cristiana era todo lo que una dama podía ser: era bella, dominaba las labores de las damas desde las más altas en cuna a las más bajas y a la vez era culta, daría lecciones de oratoria a los mismísimos oradores de aquel punto de la plaza y amaba aprender cosas por encima de todo. Si bien siempre había sabido guardarse su sabiduría para si misma y usarla solo cuando era prudente para una dama abrir la boca.

Siempre era comedida y sabía cuál era su lugar, de no ser por los encuentros con su padre y su tío en los que le permitían opinar y la atacaban usando la oratoria de forma que ella siempre quedaba en pie, un poco más baja en la escala que sus parientes más mayores, nunca nadie hubiera podido decir que aquella dama poseía tal lengua y… lo que fuera que una mujer tuviera dentro del cerebro.

(Salto espacio-temporal)

Pompeya, Italia, siglo I d.c. (1 año después)

"Un año ya…" Susurra Cristiana junto a mí en el lecho marital de nuestra propia casa.

"¿Ya ha pasado un año?" Pregunto dándole a ver que estoy despierto desde el amanecer mientras ella dormía a mi lado. "Juraría que ha sido solo una semana."

"¿Te he despertado?" Me pregunta con preocupación. "Lo siento…"

"Tengo por costumbre despertar al amanecer desde que… bueno, desde mi entrenamiento." Le digo sonriéndole y quitándole las finas hebras de ébano que están desparramadas por su cara después de dormir a mi lado. "Y no puedo creer que haya pasado un año ya."

"Deberías ir a pedir los papeles que lo hagan oficial." Me dice sonriendo. "Así ya será oficial para todos."

Un matrimonio tradicional sine manu, con una boda ceremonial al estilo patricio para su familia y un ritual usus en el que llevábamos un año conviviendo juntos con cohabitación continua, es decir, que no habíamos pasado más de una o dos noches separados aunque el ritual permitía no más de tres antes de que se declarase nulidad a nuestro matrimonio.

La ceremonia para sus padres había sido algo más… tradicional; es decir, en la segunda quincena de junio. Sus padres habían escogido esa fecha porque hubiera sido pernicioso casarse en mayo como habíamos pensado nosotros, mientras que la mejor época era la segunda quincena de junio.

En la víspera de la boda, Cristiana había ido a consagrar a Atenea, su diosa protectora, sus juguetes de niña; después, se había acostado con el traje nupcial y una cofia de color anaranjado en la cabeza. O sea, con su traje de boda tradicional que era una túnica blanca que llegaba a los pies, ceñida por un cinto y, en su cabeza caía un velo de color anaranjado (flammentum) que le cubría la cara.

En todos los actos del rito había estado asistida por la pronuba, una matrona casada una sola vez que además, era una prima lejana de su madre. El rito había empezado consultando los auspicios, y como el resultado no era malo, quería decir que los dioses eran favorables a nuestra unión. Entonces, tuvo lugar la firma de las tabulae nuptiales (contrato matrimonial) delante de diez testigos y después la pronuba había puesto nuestras manos derechas una encima de la otra y con nos habíamos comprometido a vivir juntos.

Finalmente, habían dado un banquete al que lo único que había faltado para ser digno de un Cesar había sido precisamente el Cesar.

Después, hacia la tarde, había comenzado la ceremonia de acompañamiento de Cristiana a mi casa. Y entonces yo, de repente, fingía arrancar a mi joven mujer de los brazos de su madre. Entonces habíamos ido a la casa que había comprado para pasar por el año del ritual usus.

Cristiana había venido acompañada de tres jóvenes; uno de ellos llevaba una antorcha de espino (spine alba) encendido en casa de Cristiana. La gente que los seguía mezclaba cantos religiosos y pícaros. Cuando llegamos a casa, la habían adornado la entrada con cintas de lana y untado con grasa de cerdo y aceite.

Entonces le había preguntado a Cristiana cómo se llamaba; y ella me había respondido con el tradicional: «Ubi tu Gaius, ego Gaia» («Si tú Gaio, yo Gaia»); entonces los que la acompañaban habían levantado a pulso para que no tocase el quicio de la puerta con el pie y la habían hecho entrar en la casa.

La había recibido como era debido y la pronuba había pronunciado unas plegarias a la divinidad de la nueva casa. Con esto terminaba la fiesta y los invitados volvían para sus casas.

El día de después del casamiento nuestros padres habían dado un banquete íntimo (repotia, 'reboda') para los parientes y ahí había concluido toda la maldita ceremonia tradicional mientras la nuestra propia había comenzado.

"Sigo diciendo que fue a principios de semana que nos casamos." Le digo abrazándola dado que, gracias a una idea suya, ahora nuestra alcoba es territorio propio donde los amos y señores somos nosotros, nosotros hacemos lo que queremos, cuando y como queremos, sin importarnos deidades, tradiciones ni nadie más que no seamos nosotros.

"Te equivocas, querido." Me dice sonriendo. "¿No recuerdas cuando Rhea se dañó la pierna al caerse por esquivar a Julius que iba sobre nuestro caballo tirando del carro con las tinajas de olivas que mandaste traer del huerto de tu padre?. ¿O cuando mi tío Cayo Primo vino a visitarnos para comprobar si dormíamos en la misma alcoba porque había oído rumores de mi enfermedad que me impedía compartir tu lecho y tuvo que quedarse porque la nieve había taponado las vías de salida?"

"Ah, sí, cierto." Afirmé. "Es que no puedo creerme que haya pasado tan rápido. Cada día a tu lado me parece un segundo, ansío más tiempo para estar contigo. Todo el tiempo del mundo es poco para compartirlo contigo."

Eso la hace sonreír.

"Es una lástima que fuera de estos muros, saliendo por la puerta no puedas mostrarte tan dulce." Me dice mientras le hago una caricia en la cara.

La dulzura no es una cualidad de un hombre, no se espera eso de un soldado como yo, aunque tenga honores de guerra que le permitan quedarse en casa con su nueva esposa para cuidarla y le hayan dado unas tierras en plena campiña para poder aislarse del mundanal barullo de la urbe.

(Salto espacio-temporal)

Pompeya, Italia, siglo I d.c. (2º año de matrimonio)

Aún no es medio día cuando el mensajero para ante mi puerta para darme el pergamino con las nuevas.

"Decidle a vuestros señores que mi casa está a su disposición." Le digo al emisario.

Este asiente y sale corriendo espoleando de nuevo a su montura. Entonces yo regreso al interior de la casa y cruzo el patio para llegar al patio exterior donde mi Cristiana está sentada a la sombra del olivo con su lectura del día y rodeada de sus esclavas favoritas y la matrona.

"Querida, mañana mismo llegarán unos invitados importantes." Le digo. "¿Crees que podrás honrarles con tu presencia?"

"Desde luego, Félix." Me dice sonriéndome y cerrando el libro para tenderme las manos con un gesto suave para pedirme ayuda para incorporar. "Nunca he visto que mi madre se evadiese de sus obligaciones cuando estaba en mi estado, no seré yo quien de una mala imagen de esposa."

"Pero amada, no quisiera…" Le digo. "Ya hemos perdido dos hijos antes de nacer, no quisiera…"

Soy incapaz de continuar, no me basta con tener al pequeño Julius Primo, el dolor que me causó, que nos causó a mi esposa y a mí perder a los primeros dos… No, no podría soportar perder más hijos.

(Salto espacio-temporal)

"Deberías descansar." Le digo a Cristiana mientras la veo sentada en la carpa improvisada junto a los viñedos que flanquean el camino de llegada, justo ante la enredadera que sale de las matas de flores de jazmín de la entrada. "En tu estado…"

"Estoy bien, querido." Me dice sonriendo. "Y sería una ofensa terrible para tus invitados si la señora de la casa no está presente."

No son mis invitados, al menos no que yo les haya invitado a venir. Nunca invitaría a venir a nadie mientras mi mujer está en un estado tan delicado.

Pero mi deber, con mi honor y el de mi familia es acoger a los invitados, máxime cuando se trata de tres personas tan importantes.

"Cuando los invitados se hayan ido de la casa iremos al mar." Le prometí besándole las manos. "Un compañero del ejercito tenía una pequeña villa junto al mar. Me encargaré de que todos los esclavos sepan que deban preparar los equipajes para cuando los invitados se vayan. Serán 4 días a caballo, así que pararemos en donde nos sea posible. Todo con tal de que te sea un viaje cómodo."

"Querido…" Me dijo.

"No, vamos a ir. Lo he decidido." Le dije sabiendo que me diría algo como que no necesitaba viajar o algo semejante solo por ser apropiada. "Hace mucho que no vas al mar. Desde que nos casamos no…"

"Me casé contigo porque te quiero." Me dijo poniéndome un dedo sobre los labios con dulzura y sonriendo. "No me importa no pasar la temporada de sol junto al mar."

"Y yo no quiero que renuncies a nada por mí." Le dije besándole la mano. "Prometimos amarnos, cuidarnos y respetarnos ante los dioses y por Ares que así lo haré."

"Está bien." Me dijo incorporándose por lo que le cogí la mano para ayudarla y haciendo que me devolviese una sonrisa feliz y suave. "Si es lo que quieres, también es lo que yo quiero."

"Sí, es lo que quiero." Afirmé.

"Bien, iré a ponerme mi mejor ropaje para recibir a los invitados, así que… si me disculpas." Me dijo. "Discúlpame ante los invitados." Añadió haciéndome reparar que se podía ver a lo lejos el polvo del camino que indicaba que alguien a caballo se acercaba.

Y debo reconocer que aunque no conocía el rostro de los invitados… cuando vi a aquellos hombres no pude salvo asombrarme.

Se suponía que eran patricios, hombres de la más alta categoría, por no hablar de que uno de ellos era un santo famoso: San Marcos.

"Mis señores, es un honor que hayan escogido mi casa para honrarnos con su visita." Les dije.

"El placer es mutuo." Afirmó uno de los dos hombres morenos vestidos con togas que mostraban un estatus social muy alto. "Tenéis una hacienda harto encantadora."

"¿Es vuestra?" Me preguntó el rubio sonriendo.

"Desde luego, mis señores." Les dije. "Lamento que pueda resultar un tanto… humilde para unas personas de su estatus, pero…"

"¡Nos encantan las villas alejadas de la urbe!" Dijo el moreno que había tomado la palabra cuando bajaron con una sonrisa de felicidad. "Se respira tranquilidad, calma…"

"Sí, nos agrada estar lejos del barullo de la ciudad." Afirmé.

"Bien, eso está muy bien." Dijo el moreno. "¿Nos puede enseñar esto un poco?"

"Claro, por aquí." Les ofrecí. "Es una pena que el sol se haya retirado ya. De día las vistas son mejores."

"Sí, una pena." Me dijo el rubio sin demasiado rastro de pena en la voz.

(Salto espacio-temporal)

"Espero que la cena sea de su agrado." Les dije a los invitados cuando nos sentamos a la mesa.

"No se ofenda." Me dijo San Marcos. "Pero nosotros llevamos una vida bastante austera y no comemos. Hicimos voto de ayuno hace poco, y no queremos romperlo."

"Perdonen a estos pobres pecadores." Le dije. "No sabía que…"

"No es algo de lo que hablemos en público." Afirmó el otro moreno.

Era una suerte que Cristiana estuviera junto a mí, me daba un apoyo silencioso y cuando le miraba, me sonreía en un gesto cálido y cariñoso que apreciaba.

"Entonces, si nuestros invitados han hecho voto de ayuno, supongo que nosotros deberíamos honrarles solidarizándonos con ellos." Dijo Cristiana sonriendo y suavemente.

"Oh, por favor, comed." Le dijo el moreno sonriéndole paternalmente. "Jamás toleraríamos que una mujer en cinta hiciese ayuno. Debéis alimentaros vos para alimentar a vuestro niño."

"Entonces comeré cuando me retire a mis aposentos." Dijo sonriéndole de vuelta. "Donde no importune a tan distinguidos invitados ni dañe sin proponérmelo la imagen y el honor de mi esposo."

"Siempre es un placer ver comer a una dama." Afirmó el santo sonriéndole. "Y puesto que vuestro nombre parece indicar cierta pureza, me temo que no tenéis motivo alguno para limpiar pecados mediante el ayuno."

"Entonces comeré unas uvas." Dijo Cristiana suavemente mirándome en busca de mi aprobación por lo que asentí y le pasé un racimo cogiéndome otro yo.

"Deberían probarlas." Les dije. "Las cultivamos aquí."

"Es curioso." Dijo el rubio. "Teníamos entendido que erais un soldado."

"Así es." Asentí. "Pero me temo que me retiré y decidí formar una familia y mantenernos alejados de la urbe."

"Un gran sueño, sí señor." Dijo el moreno. "Ah… es una bendición encontrar una buena mujer que esté dispuesta a dejar atrás los lujos de la urbe para venir al campo."

"Cristiana no necesita esos lujos, mis señores." Les dije orgulloso de ella. "Es sin duda la mejor esposa que un hombre podría soñar tener dado que reúne todas las cualidades para serlo y más."

En aquel momento no sospeché nada, ni que no fuesen humanos ni que pudiese haber peligro alguno en ellos.

Albergué al santo y sus dos compañeros como un buen anfitrión, les proporcioné cuantos deseos tuvieron e hice satisfacer sus necesidades. Hasta el día que salieron de mi casa.

Volvieron en varias ocasiones, la última fue cuando celebrábamos el tercer cumpleaños de mi primogénito, Julius Primo.

Había sido un dia perfecto hasta que cayó la noche, entonces comenzó el final de mi vida. Ladrones, asaltantes… simples asesinos buscando algo de valor en la casa con tan mala suerte que hirieron a mi mujer y mataron a varios esclavos antes de que yo, con mis propias manos, los matara.

Mataron a mis hijos, a Julius Primo y a la pequeña Ceres. No dejaron con vida nada que importase en mi vida, me arrebataron la razón de mi existencia, y gracias a dios, mis heridas eran casi mortales, sentí morir, pero entonces, sentí dolor, mucho dolor y desperté.

"Bienvenido de nuevo, joven Félix." Me dijo San Marcos.

"Yo… ¿acaso es esto un milagro, santo?" Le dije postrándome ante él. "¿Dónde están mi mujer y mi hijo?"

"No hemos podido hacer nada por ellos." Dijo el amigo moreno del santo.

"Una mujer es algo inútil, y el niño…" Dijo el rubio.

"Entonces también yo deseo la muerte." Afirmé.

"Te hemos ofrecido algo mejor." Dijo el moreno. "Tú serás el soldado de los dioses, nos protegerás y si lo haces bien, tal vez en varios milenios hagamos que vuelvas a ver a tu querida esposa."

En ese momento me pareció real, San Marcos me había devuelto la vida, podrían devolverme a mi mujer y mi hijo en el futuro, porque eran dioses, era…

"Maestros." Les dije. "¿Cómo debo llamaros?"

"Maestro está bien." Afirmó el rubio.

"Yo soy Aro." Dijo el moreno. "A San Marcos ya le conoces y él es Cayo."

Maestro Aro, Maestro Cayo y San Marcos… mis maestros… los que algún día volverían a reunirme con mi familia, con mi amada esposa Cristiana y con mi querido hijo Julius Primo. Si era bueno… si les protegía… si cumplía sus deseos y les honraba… algún día volvería a reunirme con mi familia.

No podía esperar ese día.

(Salto espacio-temporal)

Volterra, Italia, siglo XXI

"Maestro." Le dijo la nueva recepcionista a Aro entrando tras ser anunciada en la sala circular, centro de todas las galerías y sala del trono de los maestros. "Hemos recibido noticias anónimas desde América." Afirmó tendiendo la bandeja con unas fotos y una misiva hacia el maestro Aro que lo cogió y leyó antes de pasárselo al maestro Cayo y luego al maestro Marcus.

"Gracias por traerlo, Julienta." Le dijo el maestro Aro. "Puedes irte, y cuando vuelvan Jane y Demetri, hazles pasar inmediatamente aquí. Puedes irte. Félix, ve a buscar a todos los soldados que estén aquí, tenemos que deciros algo muy importante."

Me preguntaba qué sería tan importante como para necesitarnos a todos allí, sin embargo, cumplí las ordenes que me había dado.

Cuando estuvimos todos, nos dieron las ordenes. Eran muy sencillas. Levantaron unas fotos y nos mandaron encontrar, capturar y llevar con vida a una persona. Dijeron que era muy importante que llegase con vida y en un estado cuando más sano mejor.

Pero cuando vi la foto… se me paró el corazón, o se me hubiera parado de haber seguido latiendo desde mi conversión.

La mujer en aquella foto era ella, no cabía duda.

"¿Esa chica no se parece demasiado a Cristiana?" Me preguntó Demetri.

Los maestros lo habían trasformado casi a la vez que a mí y desconocían nuestra relación, que habíamos luchado codo con codo en las mismas batallas y que nuestra relación trascendía un poco más allá de meros coetáneos dado que Cristiana y yo habíamos hecho un par de visitas en vida a Félix y sus padres.

"Es ella…" Le susurré. "Por fin los maestros van a reunirnos de nuevo…"

Nunca había sentido tanta alegría desde que me convirtieron, nunca hasta ese momento.