Los personajes no me pertenecen, son propiedad del gran Charles Addams.
Capítulo 2
Después de que Ophelia y yo terminásemos la educación secundaria en Francia, nuestra madre por fin se decidió a dejarnos volver a Estados Unidos.
Sí, dejó. Intentamos convencerla, e incluso le suplicamos a lo largo de los años. Pero no hubo manera.
Estuvimos prácticamente retenidas en Francia durante doce años.
Doce largos y eternos años sin poder ver a Gomez.
Intenté averiguar su dirección para poder cartearme con él, pero mi madre no la recordaba.
Eso me pareció sospechoso. En el fondo siempre he creído que no se tomaba en serio la promesa que nos habíamos hecho Gomez y yo, y que simplemente fue un amorío de niños. Pero no fue así ni por asomo. Yo seguía enamorada de él, mi corazón le pertenecía más y más cada día. Y estaba segura de que él seguiría enamorado de mí.
Y por supuesto, sabía que volveríamos a encontrarnos, de eso no me cabía duda.
A medida que crecía y veía cómo iba cambiando, cómo mi cuerpo iba madurando, me preguntaba cómo sería Gomez ahora.
Solo podía dar rienda suelta a mi imaginación al pensar cómo sería físicamente ahora con veinte años. Al ver las fotos que nos hicieron de pequeños estaba convencida de que si ya con nueve años era tan guapo, doce años después sería terriblemente atractivo.
La relación con mi hermana por suerte fue a mejor hace un par de años.
Cuando llegamos aquí, Ophelia se adaptó enseguida, hizo muchos amigos y pronto me dejó de lado. A mí me costaba un poco más socializar, nunca encontré a nadie que me aceptase tal y como era. Yo me refugié en los estudios, la pintura y en mi deseo por volver a Estados Unidos con Gomez.
Al llegar a secundaria mi hermana tuvo una estúpida discusión con sus amigos, y puso por delante su orgullo. Así que en clase no tuvo más remedio que estar conmigo. Y para nuestra sorpresa no fue tan horrible, de hecho, comenzamos a disfrutar de la compañía de la otra. Comenzamos a ser unas hermanas que se quieren de verdad, sin importar las diferencias que hubiera entre las dos.
Compartíamos nuestros sueños, y nuestros miedos. Durante muchos años nunca nos explicamos nada, y como si nada de eso hubiera pasado, ahora no nos daba miedo expresar nuestros sentimientos frente a la otra.
Ella fue la primera y única que me apoyó en mi decisión de esperar a Gomez.
Fue la única que me creyó completamente cuando le explicaba lo enamorada que estaba de él.
Fue la única que me animó, y que nunca me dejó caer en las garras de mis miedos al pensar en cosas tales como: ¿Y si ha dejado de quererme? ¿Y si nunca me ha esperado?¿Y si…se ha olvidado de mí?
Por eso mismo, antes de terminar el curso y hacer las pruebas de acceso a la universidad, propuso que mirásemos cuál era la universidad que quedaba más cerca de donde vivía Gomez. Para nuestra suerte, la más cercana en su ciudad impartían las carreras que queríamos estudiar: Parapsicología y Botánica.
Cuando hicimos las pruebas de acceso sacamos las mejores notas, y nuestra madre no pudo negarse a que fuéramos a estudiar a la universidad que quisiéramos.
Nada más saber que fuimos admitidas en dicha universidad, comenzamos a preparar las maletas para irnos.
La noche antes de coger el vuelo hacia Estados Unidos estaba irremediablemente nerviosa, no podía dormir. No hacía más que darle vueltas y más vueltas al anillo que desde hacía años encajaba a la perfección en mi dedo anular.
Solo así conseguía calmarme aunque fuera un poco. Era la única manera que tenía de sentir a Gomez cerca de mí.
Ya que sabía que no podría conciliar el sueño en toda la noche, cuando faltaban tres horas para marcharnos al aeropuerto comencé a arreglarme.
Primero me di un baño relajante para calmar los nervios, que resultó todo un desastre.
Cuanto más tiempo pasaba más nerviosa me ponía.
Aún con una toalla envuelta al cuerpo, abrí la maleta y busqué mi vestido preferido, un vestido de color negro, con media manga, bastante escote, y largo hasta casi las rodillas.
Con los nervios y las prisas no se me ocurrió dejarlo fuera la noche antes.
Me enfundé en uno de mis inseparables corsés, y después me puse el vestido. Juntando el corsé y el escote del vestido, las vistas no dejaban mucho a la imaginación. Pero en el fondo sabía que instintivamente, me estaba preparando por si de casualidad me encontraba con él.
Volví a rebuscar en la maleta hasta que di con el neceser de maquillaje y el cepillo.
Me apliqué el delineador para enmarcar de negro mis ojos y resaltar el gélido azul de mi mirada.
Cepillé mi melena, y cuando fui a hacerme mis inconfundibles trenzas, me quedé mirando mi reflejo en el espejo. Quizá era hora de dejar las trenzas atrás, como si así dejase atrás mi pasado en Francia.
Y sintiendo la transición que estaba por llegar en mi vida, me despedí de las trenzas para siempre.
Cuando volví al cuarto para dejar el neceser y el cepillo en la maleta, el despertador de Ophelia comenzó a sonar. Se incorporó en la cama y me miró, extrañada de que ya estuviera arreglada. Pero no dijo nada, porque sabía lo nerviosa que estaba.
Así que mientras ella se arreglaba aproveché para estirarme un poco. Y aunque dormir no era una opción viable me vino bien para relajar un poco el cuerpo.
A las siete de la mañana nos despedimos de nuestra madre y pusimos rumbo al aeropuerto.
Ya en el avión, sentía cómo el corsé oprimía mi torso hasta dejarme casi sin aire.
El vuelo sería aproximadamente de unas siete horas, aunque cada vez que miraba la hora en el móvil sentía que el tiempo no avanzaba en absoluto, si no que más bien parecía retroceder. Ophelia intentó que me calmase y me distrajera, así que se pasó casi todo el viaje sacándome conversación hasta que se quedó dormida.
Saqué mi libreta de dibujo y el estuche de la pequeña mochila bajo mi asiento, y aproveché para distraerme dibujando durante las horas que faltaban hasta aterrizar.
Cuando ya no sabía qué dibujar, aproveché que Ophelia seguía durmiendo para retratarla. No sé por qué nunca se deja, pero en cambio le encanta que le hagan fotos. Aunque mi hermana es un mar de contradicciones, no sé por qué me extrañaba tanto por cosas así.
Sobre las tres de la tarde aterrizamos en el aeropuerto. Nos indicaron dónde teníamos que dirigirnos para dar nuestra nueva dirección, y que así pudieran transportar todas nuestras cosas hasta la residencia de la universidad.
Con nuestras maletas en mano fuimos hasta recepción, dejamos apuntada la dirección y nos avisaron que esa misma tarde lo llevarían todo para allí.
Salimos del gran edificio y fuimos en busca de un taxi. Me pasé todo el viaje mirando por la ventanilla, preguntándome si alguna de las personas que veía de refilón sería Gomez.
O qué haría si me lo encontraba por la universidad. Tampoco quería hacerme ilusiones, ¿Cuántas posibilidades había de que coincidiéramos en la misma universidad? Sí, esta se encontraba en su ciudad, pero quizá él quiso ir a otra más alejada de aquí.
Comencé a sentir de nuevo que me faltaba el aire, necesitaba salir pronto de aquel taxi.
Por suerte no estábamos lejos de la universidad, todo el recinto universitario se encontraba a media hora del aeropuerto.
Pagamos al taxista y nos bajamos justo en frente de la residencia universitaria, sintiendo por fin que mis pulmones podían llenarse con un poco más de oxígeno.
Me impresionó la majestuosidad del edificio, era un lugar enorme, parecía sacado de la época gótica.
Nos encaminamos hasta la entrada y fuimos directas a recepción, donde una señora ya nos estaba esperando. Nos entregó el horario de nuestras clases, las llaves de nuestra habitación y nos indicó como llegar hasta allí.
Por suerte el edificio contaba con ascensor, porque nuestra habitación se encontraba en la tercera planta y no me veía capaz de subir dos maletas por las monstruosas escaleras que comunicaban todas las plantas.
Al salir del ascensor nos fijamos en que antes de llegar al pasillo donde estaba nuestra habitación, había una puerta que llevaba a un pequeño jardín, donde habían varios estudiantes relajándose ya sea leyendo o disfrutando de la compañía de los amigos.
Cuando íbamos a pasar de largo Ophelia paró en seco y me miró con los ojos abiertos como platos.
–Morticia…¿Podría ser…?
Antes de que mi hermana pudiera decir nada más miré hacia donde ella tenía la vista fijada hacía un momento. ¿Cuántas posibilidades había de que el destino jugara en nuestro favor? Ahora mismo, me parecían infinitas. Justo al otro lado del jardín había alguien que por mucho que hubieran pasado los años, le seguiría reconociendo de cualquier manera.
Aquel bigote era inconfundible, era él. Solo podía ser él.
Comencé a temblar, las manos me sudaban hasta tal punto que el asa de las maletas resbalaron de ellas, cayendo al suelo y provocando un gran estruendo por toda la planta.
Parecía que un silencio sepulcral se hizo dueño de todo el edificio, todas las miradas se fijaron en mí, pero ninguna importaba salvo la de él.
Nos miramos fijamente, durante unos largos y eternos segundos, como si no supiéramos qué hacer, como si nuestros cuerpos se trataran de una visión a ojos del otro.
Todo parecía tan irreal después de tanto tiempo, y sin embargo ahí estábamos, separados por apenas unos metros y una puerta de cristal.
Sin ser consciente de que mis pies se movían comenzamos a acercarnos, parecía que no podíamos tan siquiera parpadear, como si nos diera miedo que el otro pudiera desvanecerse después de hacerlo.
Estábamos a tan solo un metro de distancia cuando paramos en seco, uno frente al otro, tal como me imaginaba, se había convertido en un hombre terriblemente atractivo, pero sus ojos no habían cambiado nada, seguían siendo de aquel negro tan profundo que tanto me gustaba.
Me perdí en su mirada hasta que sentí como sus brazos, tan fuertes en comparación de hace doce años, me rodeaban la cintura. Pasé mis brazos por su cuello y nos quedamos en silencio, disfrutando de aquel ansiado reencuentro.
Nos separamos apenas unos centímetros y me susurró:
–Te he echado de menos…no sabes cuánto. –y no dudé en sus palabras, en ellas se reflejaba toda la angustia y el sufrimiento de haber estado separados tantísimos años.
–Y yo a ti, cada día sin ti ha sido una tortura. –nos volvimos a mirar, necesitando sentir que todo era real. Sonreí como hacía mucho que no sonreía, como solo él podía hacerme sonreír.
Le tomé de la mano y le guié hasta donde estaba Ophelia, contemplando con emoción toda la escena.
–Hola Ophelia. –le saludó Gomez, y le dio dos besos, que esta vez, no me molestaron en absoluto. –¿Queréis que os ayude a instalaros?
–Claro, gracias.
Gomez cogió mis maletas, aunque me opuse, y atravesamos todo el pasillo hasta llegar a nuestra habitación.
Al entrar me sorprendió todo el espacio que había dentro, había dos camas de matrimonio con dos mesitas de noche, y un escritorio gigante al final de la habitación delante de una gran ventana. Una puerta que comunicaba a un baño, y otra que llevaba a una pequeña cocina. Era como un pequeño apartamento en una sola habitación.
–¿Qué cama quieres, Morticia? –me propuso Ophelia.
–Esta mismo, así no me dará tanta luz cuando me despierte. –dije señalando la que estaba más alejada de la ventana.
Una vez decidida la distribución de camas comenzamos a vaciar las maletas.
–¿Solo habéis traído esto? –preguntó Gomez al ver que ambas solo llevábamos un par de maletas y una pequeña bolsa de mano.
–No, todo lo demás nos lo traen esta tarde desde el aeropuerto. –le expliqué mientras sacaba unos cuantos marcos de fotos de la maleta y los colocaba en la mesita de noche.
Al ver que una de las fotos era de nosotros dos, Gomez cogió el marco y lo miró fijamente mientras sonreía y se le iluminaba la mirada.
Me quedé mirándole fijamente mientras sentía que todo era como si nada hubiera cambiado, como si en el mismo instante en que nuestras miradas se encontraron de nuevo, todos los años que pasamos separados no hubieran existido.
Que todo aquel amor que sentíamos por el otro, seguía intacto en nuestros corazones.
Cuando terminamos de instalarnos Ophelia nos miró, se levantó de la cama intentando que no se le escapase la risa, y supe que estaba tramando algo.
–Mejor os dejo solos, tenéis muchas cosas de las que hablar. –y antes de que pudiera decir nada salió por la puerta mientras me guiñaba un ojo. Le gesticulé un silencioso ''gracias'' antes de que cerrase la puerta tras ella.
–Aún lo llevas… –dijo Gomez, no sabía a lo que se refería hasta que vi su mirada fija en el anillo que me regaló.
–Nunca me lo he quitado. –le confesé con seguridad mirándole a los ojos. Él me tomó de las mejillas y me miró fijamente, comencé a sentir de nuevo que el aire no podía llegarme a los pulmones.
–Y yo nunca he dejado de pensar en ti…nunca he dejado de quererte. –después de años viviendo con aquel pequeño y remoto miedo de que me hubiera olvidado, pareció no haber existido nunca tras escuchar sus palabras.
–Ni yo a ti… –dije con un hilo de voz mientras acariciaba sus fuertes manos. La corta distancia entre los dos desapareció por completo cuando nuestros labios se encontraron en un ansiado beso que parecía no querer terminar.
Cuando nos separamos para poder respirar, Gomez me miró de arriba debajo de manera seductora.
–Aún no te había dicho lo preciosa que estás. Nada más verte me he quedado sin aliento. –me sonrojé ante su comentario.
–¿Y cómo crees que estaba yo? Llevo desde anoche pensando en cómo reaccionaría si te encontraba, pero nada me podía preparar para la realidad.
–¿Eso es bueno o malo? –dijo con una pequeña sonrisa. Volví a acercar nuestros labios hasta quedar separados por escasos milímetros.
–Bueno, muy muy bueno. –le dije, y él inmediatamente volvió a juntar nuestros labios en un apasionado beso. Acabamos recostados en la cama cuando la puerta se abrió de golpe.
–¿Interrumpo algo? –dijo Ophelia un poco avergonzada. Sí, definitivamente había interrumpido algo, aunque en parte se lo agradecí, porque sabía que la situación podría habérsenos ido de las manos en cualquier momento.
Gomez me miró mientras sonreía de manera seductora. Si pretendía volverme loca sonriendo de aquella manera, lo había conseguido.
–A ver, interrumpir, has interrumpido, pero igualmente tenía que irme ya. –dijo él con sinceridad.
Ambos nos levantamos de la cama y acompañé a Gomez hasta la puerta.
–¿Qué vas a hacer hoy? –le pregunté con pena, no quería que se marchase.
–La semana que viene hay que entregar el trabajo que teníamos que hacer a lo largo del verano, pero hay cosas que tengo que arreglar aún, con suerte para esta noche ya lo tendré terminado. –dijo con algo de fastidio. – ¿Tú que vas a estudiar?
–Parapsicología, no había nada relacionado con la magia o las artes oscuras, y esta carrera era la única que me llamaba la atención. Espero que merezca la pena. Aunque habría soportado estudiar cualquier cosa con tal de poder estar cerca de ti otra vez.
Gomez sonrió y me atrajo hacia él en un fuerte abrazo. Cuando nos separamos alguien se acercó a su lado.
–¿Gomez? ¿Cuándo has llegado? –dijo una voz chillona y repelente. Al girarme vi que la voz provenía de una chica rubia. He de admitir que aunque no soportaba el tono de su voz, tenía buen gusto al elegir la ropa. Iba toda vestida de negro, incluso el pintalabios que llevaba era negro. Aunque lo que pasó después ya no me hizo tanta gracia. Se abalanzó hacia Gomez en un efusivo abrazo mientras me miraba con superioridad.
–Hey Nancy, llegué ayer por la tarde, ¿Y tú? –dijo él de manera simpática, intentando separarse de ella.
–Pues hace media hora o así, estaba buscando a los demás para saludarles y tal. ¿No vas a presentarnos? –dijo con recochineo. Había algo en ella que no me gustaba nada, quizá me daba la sensación de que se acercaba demasiado a Gomez.
–Claro, ella es Morticia… –por un momento sentí el miedo recorrer mi cuerpo al pensar en que después de pronunciar mi nombre diría algo como: ''mi amiga'' – …mi prometida. –dijo rodeando mi cintura por detrás, mientras besaba mi mejilla.
Sonreí de pura felicidad al escuchar que después de tanto tiempo, aquella promesa seguía en pie.
–Oh, así que ella es la famosa Morticia. Encantada de conocerte. –mustió Nancy con fastidio. Sabía perfectamente que mi presencia le estaba incomodando, y yo no era una persona vanidosa ni por asomo, pero me alegraba saber que Gomez le había hablado de mí.
–Igualmente. –diría que lo dije con sinceridad, pero mentiría.
–Bueno ya nos veremos el lunes, hasta luego. –Nancy se despidió, siguió todo recto el pasillo hasta que torció hacia la derecha y desapareció.
Miré a Gomez y sin tener que preguntar nada, él me respondió.
–Es una compañera de clase, bueno, y amiga también. Aunque me gustaría que no fuera tan efusiva ni tan pegajosa. –comentó él entre risas. – Escucha, se me ha ocurrido una idea brillante.
–Mmh, sorpréndeme. –dije mientras pasaba mis brazos por su cuello y acariciaba su nuca.
–¿Qué te parece, tú y yo mañana, en una cita? –dijo mientras me miraba fijamente a los ojos.
–Me parece un plan perfecto para un sábado.
–Bien, entonces te pasaré a recoger a las siete de la tarde, ¿Vale?
–¿Y qué voy a hacer el resto del día sin verte? –le dije con un puchero intentando aguantar la risa.
–Prepararte para la mejor cita del mundo, ¿Te parece un buen motivo?
–Mmh sí, creo que sí. –dije ya de manera bromista.
–Entonces te veo mañana. Se me va a hacer eterna otra noche sin ti, pero merecerá la pena, te lo prometo.
Antes de marcharse nos despedimos con otro apasionado beso que acabó encendiendo todo mi cuerpo y dejándome con ganas de más. Aunque a eso pueden jugar dos, y pensaba demostrárselo muy bien en la cita.
Entré a la habitación y le conté a Ophelia todo lo ocurrido.
Estaba deseando que pasasen las horas lo más rápido posible para volver a verle.
Antes que nada, quería agradecer de corazón a todos los que me regalaron un poco de su valioso tiempo leyendo el primer capítulo. ¡Y mil gracias a los que habéis dejado algún comentario!
¿Qué os ha parecido el reencuentro? Ni el destino podría separar a esta pareja, aunque...quien sabe de lo que será capaz Nancy.
Si queréis saber lo que pasará en la cita, solo tendréis que ser un poco pacientes. Porque en el siguiente capítulo la inocencia de aquel pasado queda atrás.
¡Espero vuestra opinión y que os haya gustado mucho!
