Los personajes no me pertenecen, son propiedad del gran Charles Addams.


Capítulo 3.

Cuando la alarma del despertador sonó me levanté sobresaltada. No solo por los nervios de la cita de aquella noche, si no por los sueños que tuve la noche anterior.
Ya antes había soñado con Gomez, tantas veces que había perdido la cuenta, pero esa vez había sido diferente. Era la primera vez que soñaba con Gomez en un sueño tan explícitamente erótico. Quizá era por el último beso que nos dimos antes de despedirnos, o porque me atraía de una manera que difícilmente podía controlar. Y parecía que esa atracción funcionaba igual en ambos sentidos.
Me quité las mantas de encima y fui directa a darme una ducha. Al salir caí en la cuenta de que aún ni había salido el sol, cosa que agradecí, me puse un pijama limpio y me senté en una de las sillas del escritorio, me puse a dibujar hasta que Ophelia se despertó.

–Buenos días, Tish. –dijo ella aún somnolienta.

–Buenos días, ¿Has dormido bien? –giré la silla para poder hablar mejor con ella.

–Sí, estas camas son como un trozo de nube de lo cómodas que son. ¿Y tú? –dijo mientras se estiraba para desperezarse y levantarse. No sabía si explicarle lo ocurrido anoche, pero definitivamente, necesitaba compartir con ella lo que rondaba por mi mente en aquel momento.

–Bueno…todo lo bien que se puede dormir. He soñado cosas…nuevas, por así decirlo. –dije algo avergonzada.

–Define eso de ''nuevo'' –dijo alzando una ceja mientras me miraba.

–Digamos que he tenido sueños…interesantes, con Gomez. –no es que me diera vergüenza explicarle este tipo de cosas a mi hermana, porque ya otras veces hemos compartido charlas sobre estos temas, pero simplemente me ponía nerviosa al pensar en las ganas que tenía de hacer realidad aquel sueño.

–Ah, así que has tenido un sueño premonitorio sobre lo que va a pasar esta noche, ¿No? –para ser sincera, estaba deseando que realmente fuera un sueño premonitorio.

–Quien sabe, lo descubriré esta noche –dije sin darle más importancia al tema – ¿Qué debería ponerme? –le pregunté a Ophelia mientras me levantaba de la silla e iba en dirección al armario que compartíamos.

–Algo que no deje mucho a la imaginación, tienes que dejar a Gomez embobado todo el tiempo.

–Vamos a ver que tengo por aquí. –dije sacando uno por uno todos mis vestidos, faldas y corsés.

Llegado el mediodía decidimos comer primero y acabar de elegir mi vestuario después.
Cuando terminamos de comer, me cambié incontables veces hasta que acabamos optando por un corsé negro decorado con encaje escarlata, y una falda de tiro alto que me llegaba hasta las rodillas.

–Aprieta sin miedo. –dije mientras Ophelia anudaba los lazos del corsé.

El corsé me hacía un escote de escándalo y la falda era ajustada, dejando bien acentuadas mis curvas. Definitivamente era un modelito como para quedar sin aliento a cualquiera.
Por encima del corsé me puse una pequeña chaqueta que prácticamente no abrigaba, ya que las mangas eran de encaje y dejaban a la vista la piel de mis brazos.
Y no es que fuera una persona calurosa, pero me encantaba sentir el frío chocar contra mi piel.

–Ophelia, ¿Me ayudas con el maquillaje? Quiero hacerme algo diferente. –le pregunté a mi hermana mientras sacaba de mi neceser todos mis productos de maquillaje.

–Claro, vamos a ver que hay por aquí. –dijo ella mientras rebuscaba entre los productos – Mejor si te sientas. –dicho esto, arrastré la silla de la habitación hasta el baño.

Primero comenzó aplicándome una base en el rostro para hacer que mi piel se viera aún más pálida de lo que ya era. Me puso un poco de colorete de un tono oscuro para resaltar los prominentes huesos de mis pómulos. Después aplicó una sombra de ojos que era entre gris oscuro y plateada, y remarcó el contorno de mis ojos con el delineador negro, finalmente pasó un poco de máscara en las pestañas para hacer que mis ojos se vieran aún más oscuros y contrastasen con el azul de mis iris.
Y el detalle final, un pintalabios rojo escarlata que iba a juego con el encaje de mi corsé.

–Deja que te cepille el pelo, hace mucho tiempo que no lo hago. –me pidió mi hermana. Alargué el brazo hasta el mármol del baño y alcancé el cepillo para pasárselo. Me cepilló el pelo con cuidado de no darme ningún tirón.
Realmente echaba de menos que Ophelia hiciera estas cosas, me gustaba compartir con ella momentos así, y ver que éramos tan diferentes y tan parecidas a la vez, ella con su pelo platino que casi parecía irradiar luz, y yo con mi melena negra, más oscura que una noche sin luna. Y es que a pesar de ser gemelas, lo único que teníamos en común físicamente era el color de los ojos –¡Lista! y estás más que perfecta. Si a Gomez le da un ataque al corazón nada más verte que no te extrañe. –dijo ella mientras dejaba el cepillo sobre el mármol.

Reí ante su comentario, pero tenía toda la razón, estaba realmente deslumbrante.
Había algo en mí totalmente diferente a como era normalmente. Quizá era por el toque mágico de Ophelia con el maquillaje, o quizá era porque hasta ahora nunca había tenido un motivo para impresionar a nadie. Y quería impresionar a Gomez todos los días por el resto de nuestras vidas. Quería deslumbrarle eternamente.

–¿Te gusta? –me preguntó ella.

–Me encanta, a partir de ahora creo que me maquillaré siempre así. –le dije con sinceridad mientras me giraba para darle un abrazo. Pocas veces le demostraba afecto a mi hermana, y ciertamente merecía que lo hiciera más seguido.

Cuando terminé de recoger el baño y volví a guardar toda la ropa en el armario, faltaban apenas diez minutos para que Gomez llegase.
Estaba realmente nerviosa, al fin y al cabo era la primera cita que iba a tener con él.
Me senté en la cama y comencé a jugar con mis pies hasta que Ophelia se sentó a mi lado y me dio un pequeño abrazo.

–Tranquila, Tish, la cita irá perfecta. –dijo ella para tratar de calmarme.

–Lo sé. –y aunque mi voz no sonaba confiada, realmente lo estaba.

Alguien llamó a la puerta dando unos golpecitos y al ver la hora sabía que era él.
Me levanté con nerviosismo y fui lentamente hasta la puerta. Respiré hondo y abrí. No sé a quién de los dos le dio antes un ataque al corazón, si a Gomez que se quedó con la boca abierta nada más verme, o a mí cuando lo vi enfundado en aquel traje a rayas verticales que le sentaba tan bien.

–Estás…preciosa, aunque eso ya se queda corto –me dijo embelesado mientras se mordía el labio y se acercaba a mí, me cogió la mano y depositó un beso en el dorso de ésta. Se quedó mirándome fijamente y pude vislumbrar como sus ojos se oscurecían más aún de lo normal, si eso podía ser posible. Algo en su mirada me hipnotizó por completo hasta que volvió a hablar – Toma, te he traído esto, espero que te gusten. –y de la mano que tenía escondida detrás de su espalda sacó un ramo de tallos de rosa preciosos. ¿Cómo era posible que después de tantos años recordase lo mucho que me encantan?

–Aún recuerdas que me gustan…son maravillosos, gracias. –le dije mientras depositaba un beso en su mejilla.

–Jamás podría olvidar algo sobre ti, además ¿Qué clase de futuro marido sería si no supiera algo tan importante como cuáles son tus flores favoritas? No sería digno de ti.

En una sola frase hizo que mi corazón latiera de nuevo, como solo él conseguía hacerlo.

–Entra si quieres, voy a dejarlos en un jarrón y nos vamos.

Dicho esto fui a la cocina y cogí un jarrón de uno de los estantes, lo llené de agua, puse los tallos dentro, y dejé el jarrón encima del escritorio.

–¿Nos vamos? –dije al acercarme de nuevo a la puerta. Gomez me ofreció su brazo y yo me agarré encantada.

–¡Que os lo paséis bien! ¡Y Gomez, más te vale cuidar de mi hermana! –dijo Ophelia.

–Tranquila, pienso cuidarla muy bien el resto de mi vida. Mejor dicho, de nuestras vidas.

A estas alturas aún me preguntaba cómo podía seguir viva, si con todas aquellas dulces palabras conseguía que mi corazón latiera cada vez más y más deprisa.

Salimos del edificio y fuimos en dirección al parking de la universidad, que quedaba a cinco minutos caminando.

–¿No vas a decirme adónde vamos? –intenté averiguar.

–Mmmh deja que lo piense…no. –dijo él sonriendo. No podía resistirme a aquella sonrisa.

–Bueno, pues tú te lo pierdes, iba a darte un beso en compensación si me lo decías.

–¿Entonces no vas a darme uno igualmente? –dijo él, parando en seco y rodeando mi cintura con sus fuertes brazos. – Puedo ser muy persuasivo si quiero. –dijo mientras se quedaba a escasos milímetros de mis labios. Aunque el poco espacio que quedaba entre ambos se esfumó en pocos segundos. Si de algo estaba completamente segura, es que decir que nos atraíamos como dos imanes era quedarse muy, muy corto.
De un beso casto y cálido, pasamos a uno tremendamente pasional, y sabía que esto siempre iba a ser así, porque esa pasión era palpable entre nosotros, solo tenías que fijarte en nuestras miradas. Algo en ellas siempre desataba un fuego incontrolable en el otro.
Y no podía estar más encantada de ello, y mucho más de que fuera algo mutuo.

Cuando nos faltó el aire nos separamos y le miré fingiendo indignación.

–No es justo, encima de que no sé adónde vamos te has llevado un beso igual. Pienso vengarme por esto.

Él se acercó a mi oído y me susurró.

–Lo estoy deseando.

Sus palabras junto con su cálido aliento provocaron un escalofrío por todo mi cuerpo. Y para ser sinceros, yo también estaba deseando vengarme.
Aunque era consciente de todo el poder que tenía sobre él, a veces me abrumaba saber que el poseía el mismo poder sobre mí.

Al llegar al parking fuimos hacia su coche, lo reconocí al instante, era el mismo Packard Twin Six de color negro que tenían en su casa.
Gomez abrió mi puerta primero, me senté con cuidado, ya que la falda me aprisionaba las piernas más de lo que pensaba para según qué movimientos hiciera. Y meterme dentro de un coche era uno de ellos. Cerró la puerta y fue hacia la suya, la abrió, se sentó más ágilmente de lo que yo lo hice, y antes de poner el coche en marcha me miró intensamente.

–¿Lista para nuestra cita? –y no sé por qué, pero en ese momento el corazón volvió a latirme a mil por hora. Quizá era porque había esperado demasiados años para tener una cita con él, y ahora, todo parecía no ser real. Cuando miraba a Gomez y me perdía en sus ojos, por un instante, todo era perfecto, el mundo me lo parecía, porque me daba la sensación de que en él solo estábamos Gomez y yo. Juntos, por toda la eternidad.

–Llevo esperando doce años esta cita, estoy más que lista. –y aunque técnicamente solo llevaba esperando esta cita un día, él sabía a qué me refería. Sonrió de aquella manera seductora que tanto me gustaba, y arrancó el coche.

Pensaba que mi tortura comenzaba y terminaba con su sonrisa seductora, pero no, estaba muy equivocada. El trayecto se me hizo horriblemente tortuoso, aunque era una tortura placentera, estaba siendo una tortura al fin y al cabo, Gomez estaba encendiendo en mí algo que sabía que no iba a poder apagar con facilidad.
Pues en cada semáforo en el que parábamos, el aprovechaba para acariciar mi pierna hasta llegar al final de mi muslo. Estaba deseando que acabase lo que estaba comenzando, y por una vez la paciencia no estaba siendo mi punto fuerte.
Respiré hondo e intenté aguantar. Pero mi venganza iba a ser terriblemente cruel y apasionada.

Cuando paramos, me di cuenta de que había perdido la noción del tiempo.
Gomez salió del coche y fue hacia mi puerta, la abrió mientras sonreía y me ofreció su mano para ayudarme a salir. Algo en aquella sonrisa me hacía prever que estaba tramando algo. Acepté su ayuda y cuando ya tenía los dos pies en el suelo de un pequeño estirón me atrajo hacia su cuerpo, rodeándome con el brazo que tenía libre. Nos quedamos mirando a los ojos del otro. Mirarle así, como si pudiera ver su alma a través de sus ojos, me abrumaba, podía sentir hasta qué punto estábamos conectados, hasta qué punto nuestros sentimientos y nuestros corazones parecían pertenecer a una sola entidad.
Rodeé su cuello con mis brazos y hundí mi cara en su cuello, sintiéndome profundamente afortunada por tener a mi lado a un hombre como él.

Al separarnos Gomez cerró el coche, me ofreció de nuevo su mano, que acepté con gusto, y seguí sus pasos hasta llegar al lugar donde tendría lugar nuestra cita.

Por suerte no estaba muy lejos de donde habíamos aparcado. Parecía que estábamos yendo a lo que tenía aspecto de una simple cueva, pero no era ni mucho menos lo que parecía. Al pasar por la entrada, podías ver que era un restaurante que habían construido dentro, y que lo que quedaba de cueva era nada más que el aspecto exterior.
Gomez dio su nombre a la recepcionista y nos acompañó hasta la mesa que había reservado.

Al sentarnos me fijé con más minuciosidad en el antro. En un rincón había una orquestra acompañando el ambiente, toda la gente que estaba disfrutando de la velada me parecía de lo más agradable, quizá porque era la primera vez que veía a alguien que parecía tener los mismos gustos que Gomez y yo, al menos a la hora de vestir.
Todo estaba tan bien construido y reformado que tenías que fijarte mucho para darte cuenta de que estabas dentro de una cueva. Los candelabros que colgaban por todo el techo creaban la iluminación perfecta, tenue pero lo suficiente potente como para poder apreciar todo a tu alrededor.

Cuando el camarero llegó a nuestra mesa y nos preguntó qué íbamos a tomar, sentí que tenía el estómago cerrado por los nervios, así que simplemente pedí un té con una pizca de cianuro, Gomez en cambio pidió un filete de Yak.

No tardaron demasiado en traer nuestro pedido. Y por suerte el té consiguió relajarme un poco, hasta que me di cuenta de cómo Gomez estaba mirándome. Parecía que nadie iba a borrarle del rostro aquella sonrisa seductora que estaba volviéndome loca.
Intenté disimular mirando el té como si fuera lo más interesante del mundo, pero no podía, no podía mirar a otro lugar que no fuera a él.

Al terminar de cenar nos quedamos charlando hasta que la orquestra nos hizo enmudecer de golpe. Comenzaron a interpretar The Masochism Tango de Tom Lehrer, inmediatamente mi mente viajó doce años atrás, cuando nos pasábamos bailando tardes enteras esa canción, así que básicamente podía afirmar que era nuestra canción.
Gomez se levantó y me ofreció su mano, no tan solo para ayudar a que me levantase, si no pidiéndome permiso para bailar con él. La acepté sin dudar y nos dirigimos hacia el centro del restaurante. Por un momento sentí miedo al pensar que habría perdido toda la práctica que cogí al bailar con él, pero mis miedos eran infundados, en el momento en que colocó su mano en mi cintura y yo la mía en su hombro, nuestros movimientos se sincronizaron, recordando cada uno de los pasos que aprendimos juntos. Y una vez más, nuestras miradas se encontraron, haciendo desaparecer el mundo a nuestro alrededor a excepción de la orquestra.
Era como si nada hubiera cambiado, como si aquel niño que me robó el corazón estuviera delante de mí, pero tanto Gomez como el amor que sentía por él habían crecido.
Y sabía que ese sentimiento, no iba a hacer más que crecer hasta que la palabra amor quedase eclipsada y sin sentido por nuestros corazones, latiendo el uno por el otro sin fin.

Sin pretenderlo, nuestros cuerpos se acercaron hasta que no quedaba espacio entre ellos, sentía que algo sí había cambiado, lo que de pequeños nos parecía una canción de amor, una inocente canción que nos hacía sentir aún más unidos cuando bailábamos, y aunque aún ahora nos lo seguía pareciendo, ahora despertaba en nosotros una pasión imparable. Y es que era algo inevitable, no podíamos detener aquella pasión que estaba comenzando a desatarse, y ambos lo sabíamos.

Nada más terminar la canción sus labios devoraron los míos, era un beso muy diferente a los demás que nos habíamos dado. Era ardiente, apasionado, urgente y hambriento.
Aún con nuestros cuerpos sin separarse ni un milímetro, sabía que en su cuerpo, como en el mío, estaba despertando una necesidad más urgente que con un solo beso, por muy pasional que fuera, era imposible de saciar
Porque era un beso con el que estábamos a punto de comenzar algo que no queríamos detener por nada del mundo.

Gomez tomó mi mano y fuimos a pagar la cena, al salir del restaurante fuimos con el coche caminando con urgencia. Nos metimos en el coche y sinceramente, el trayecto tuvo que ser de unos diez minutos, pero se sintió como esperar toda una eternidad.

Nos detuvimos en una colina desde la que se veía toda la ciudad. Y aunque las vistas eran preciosas, en ese momento mi mente solo podía estar en un lugar.
Sin pensarlo dos veces, me quité el cinturón de seguridad, y cuando Gomez hizo lo mismo, me levanté de mi asiento para pasar al suyo y quedar encima de él.

Nos miramos a los ojos y el tiempo, el sonido y el mundo se detuvieron. Nuestros labios se encontraron y el último beso que nos habíamos dado era un inocente beso en comparación a éste, nuestras lenguas luchaban por dominar a la otra, y sus manos viajaron de mi espalda hasta mis muslos.
Podía notar entre mis piernas su dureza, que estaba ansioso por esto, tanto como yo lo estaba. Lentamente fue subiendo mi falda, mientras su boca pasaba a devorar mi cuello.

Hasta que se detuvo en seco.

–Es–Espera.

–¿No quieres hacerlo? –temía que la respuesta fuera un no.

–Sí, pero no aquí, este no es un lugar digno para ti. Hay un cementerio abandonado aquí al lado…¿Qué te parece? –entonces supe que lo tenía planeado desde el principio, pero que nuestra pasión se había adelantado a su plan.

–Me parece que será el lugar perfecto.

Dicho esto, Gomez me ayudó a salir del coche, y mientras él salía aproveché para ponerme bien la falda, aunque era un poco inútil sabiendo cómo iba a acabar minutos después. Me cogió de la mano y seguí sus pasos hasta que llegamos a uno de los cementerios más maravillosos que había visto en toda mi vida. Aunque no tenía ni punto de comparación con el que había en casa de Gomez, era realmente espectacular.
Era evidente que no era la primera vez que él estaba aquí, pues a pesar de la oscuridad era como si pudiera ver perfectamente donde pisaba. La única luz que iluminaba era la de la luna, y aunque no era llena, aportaba la suficiente luz como para ver lo que era necesario. Llegamos hasta un mausoleo que estaba al final del cementerio, Gomez empujó con fuerza la puerta que protegía el interior y entramos. Aunque a mi pesar era un mausoleo que nunca se llegó a usar, el pequeño edificio estaba vacío por dentro.

Algo en nuestras miradas hacía que cada vez que se encontraban, aquel fuego en nuestro interior se encendiera. Y por fin podíamos propagar esa llama que nos estaba quemando por no poder consumirla.

No queríamos perder más el tiempo, juntamos nuestros labios con urgencia, y casi con desesperación fuimos desnudando al otro. Me sorprendió la habilidad de Gomez para desatar mi corsé, pero de tan solo imaginar lo que aquellas habilidosas manos podrían llegar a hacer, no hacía que desesperarme más por sentirlo completamente.
Sentir su cuerpo desnudo contra el mío y recordar el sueño que tuve la noche anterior, solo conseguía que toda esa necesidad creciera más y más.
De repente, él me cogió por los muslos y yo rodeé su cintura con mis piernas, su boca se apoderó de mi cuello y de mi escote, no sentía nada más que un placer nunca antes experimentado, y trataba de imaginar cómo sería lo que vendría después.
Sentí como caminaba lentamente, hasta que noté el frío mármol de la pared contra mi espalda. Mientras él seguía devorando toda la piel que podía alcanzar, yo me deleitaba con sus actos, y sintiendo sus fuertes brazos aprisionando mi piel.
Me dejó en el suelo con una delicadeza que ahora mismo me resultaba imposible de imaginar en él, y sus labios se abrieron camino de mi cuello hasta quedar delante de mi entrepierna. Abrí las piernas con impaciencia, sentí su aliento entre mis muslos, y eso me estaba impacientando de sobremanera. Antes de que pudiera reaccionar, mordió mi muslo interno, hasta que noté que había dejado una marca, gemí al sentir lo placentero que era ese dolor. Pero lo que vino después no tenía ni punto de comparación con ese simple mordisco. Su lengua recorrió desde donde había dejado la marca hasta llegar a mi entrepierna. Y si ya besando sentía que esa lengua lograba hacer maravillas, con esto, era un placer indescriptible. Mis gemidos inundaban el mausoleo, y estaba segura de que cualquiera que entrase al cementerio podría escucharme. Los gemidos pasaron a ser gritos que tomaron la forma de su nombre, y eso no hizo más que animarle a ir más deprisa y apretar más su lengua contra mí, hasta que no pude más, exploté de placer gritando su nombre.

Las piernas comenzaron a fallarme, él me cogió en brazos y me llevó hasta donde habíamos tirado toda nuestra ropa. Me recostó a su lado y dejó que recuperase el aliento.
Me giré para besarle, notando mi propio sabor en su boca, y si quería descansar, cometí un error fatal que ni tan solo sabía que podía ocurrir. Comencé a besar su cuello hasta quedar a la altura de su oreja y le susurré sin pensar.

–Vous êtes incroyable, mon cher…

Antes de que pudiera decir nada más, sentí como todo su cuerpo se posicionaba encima de mí, sin llegar a aplastarme.

–Tish… ¡Eso es francés! –dijo en lo que parecía un aullido desesperado, entre el placer y la locura.

–Oui –dije seductoramente. Sabiendo lo que el francés podía provocar en él, iba a aprovecharlo en mi favor. – Mon sauvage…necesito ser tuya completamente.

–No hay nada en este mundo que desee más ahora mismo, cara mia.

Estaba completamente ansiosa, aunque había imaginado cómo sería este momento, nada en mi imaginación podía compararse a todo lo que estaba sintiendo. Y todo lo que estaba por llegar.

Gomez posicionó su miembro en mi entrada, y sin pensarlo dos veces me penetró de una sola estocada y sentí como algo en mi interior se había roto. Ahogué un sonoro grito contra su cuello, y no de dolor precisamente, aunque sí había dolido, precisamente ese dolor era lo que más me había excitado.
En ese momento comprendí que el dolor era completamente placentero para mí.

Y de algo que también me di cuenta, es que lo que más me gustaba, era tener el control de la situación.

Como pude, conseguí posicionarme encima de Gomez. Tomé sus manos y las llevé encima de su cabeza sin dejar de mover nuestras caderas.
No se escuchaba nada más que nuestros gemidos y el sonido de nuestras caderas chocando. Y solo le solté las manos cuando sentí que estábamos a punto de terminar, permitiendo que danzaran por todo mi cuerpo libremente. Cuando sentí que estaba a punto de explotar de nuevo, llevé sus manos hasta mi trasero para que pudiera cogerme con fuerza y poder movernos más salvajemente. Hasta que finalmente ambos terminamos, gritando el nombre del otro.

Caí sobre su pecho, y él me rodeó con sus brazos. Mientras recuperábamos el aliento, sentía como no había tenido suficiente. Que con él iba a ser insaciable. Y me gustaba, porque sabía que él se sentía exactamente igual respecto a mí.

Y tenía razón, pues perdí la cuenta de cuántas veces hicimos el amor aquella noche.

Cuando salimos del mausoleo el cielo comenzaba a aclararse, indicando que el alba estaba por llegar.
Fuimos hasta su coche, y volvimos a la residencia. Pasé todo el viaje con una sonrisa boba en la cara, sintiendo que aún me temblaban las piernas, y sabiendo que esto era lo que quería vivir el resto de mi vida. Sabiendo una vez más, que era con él con quien quería compartirla.
Al llegar a la residencia y subir al ascensor, estaba a punto de marcar el botón de la tercera planta cuando la mano de Gomez me detuvo.

–Tish, pasa esta noche conmigo. Ophelia no se enfadará. –y tenía toda la razón, Ophelia sería la primera en animarme a que pasara la noche con él. Y tampoco podía negarle nada.

–Está bien, pero mejor no acostumbrarse por si Ophelia se pone celosa. –ambos nos reímos, y aunque lo de Ophelia lo decía en broma, sabía que después de esta noche, no podríamos dormir separados, que volveríamos a sentirnos como cuando éramos pequeños, y que si nos separaban, haríamos cualquier cosa por volver a estar juntos.

La habitación de Gomez estaba en la cuarta planta, y por suerte él no la compartía con nadie. Antes de llegar a su puerta me señaló la que había al lado y me dijo que aquella era la de Nancy. No pude evitarlo, pero los celos se apoderaron de mí. Definitivamente había algo en ella que no me gustaba nada. Al entrar a su habitación el olor de Gomez me inundó por completo, y me relajó al instante.
Me desvestí y él me dejó una de sus camisetas para que la usara de pijama. Sentí todo el cansancio acumulado en cuanto me metí en la cama, estaba a punto de dormirme cuando Gomez entró a la cama y me abrazó, aferrando mi cuerpo al suyo. Antes de dormirme del todo le di un beso en los labios, y me escondí en su pecho, no queriendo alejarme nunca más de su lado.


¿Qué os ha parecido el capítulo? ¿Morticia tendrá razón al sospechar de Nancy? Eso lo descubriréis en el siguiente capítulo.

Espero vuestros comentarios.