Disclaimer: ningún personaje o lugar que reconozcan me pertenece, todo es obra de la magnífica imaginación de Masashi Kishimoto.

Recuerdos de primavera

XI

Sakura Uchiha

–Perdona la tardanza, Sakura-san – se disculpó la Hyūga desde la entrada de la casa de los Uchiha en una profunda reverencia. Llevaba consigo una cesta con buñuelos y una tarta que emanaba un delicioso aroma a fresas.

–No tienes nada de que disculparte, Hinata – dijo la aludida moviendo la mano para restarle importancia –. Todas sabemos lo revoltoso que puede llegar a ser Boruto.

La ojiperla parpadeó asombrada por la deducción tan certera a la que había llegado.

–¿Cómo sabes que fue Boruto?

Sakura se encogió de hombros.

–Intuición de madre.

Ambas sonrieron y pasaron al interior de la modesta casa cerrando la puerta a sus espaldas.

Aquella tarde no tenía nada de especial. Estaban entrando en las primeras semanas de la primavera y las grises nubes en el cielo no se encontraban dispuestas a detener sus precipitaciones por al menos unos días más. Sumado a eso, poca gente en Konoha celebraba algo por esas fechas ya que el recordatorio de la pelea contra Pain seguía siendo una pesadilla que difícilmente podía ser pasada por alto entre los aldeanos. Sin embargo, en vista de la ligera aura de depresión que proporcionaba la época de lluvia en Konoha, siempre existiría una razón para mantenerse optimista y reunirse entre amigos. Por tal motivo cada cierto tiempo, y cuando sus obligaciones se lo permitían, Sakura y sus viejas compañeras de la academia se tomaban la libertad de reunirse para charlar un rato y despejar la mente de sus labores cotidianas. No necesitaban de una ocasión especial para compartir, y tampoco se desanimarían por unas gotas de precipitación o por el recordatorio de su aldea destruida por un ex miembro de Akatsuki. Razón por la cual, una vez Sakura y Hinata entraron en la sala de estar, no se extrañaron en encontrar alrededor de una antigua mesa de madera, y bebiendo té caliente, a una excéntrica Ino y una vivaracha Tenten cacareando como un par de loras desenfrenadas.

–¡Hinata! – gritó la Yamanaka sentada con demasiada confianza en el sofá –. Pensábamos que no vendrías.

–Ino-san, Tenten-san – saludó en una reverencia.

–Ven, acércate – le invitó Tenten –, cuéntanos ¿Qué hizo Boruto esta vez?

Hinata se ruborizó.

–Destruyó medio jardín cuando practicaba un nuevo jutsu – respondió con su singular vergüenza. Podían ser intimas amigas desde tiempo inmemorables, pero la timidez no es algo que se supere con facilidad y menos en alguien como ella.

–Ese niño es un pillo – aseveró Ino dándole un gran sorbo a su taza de té –. Igual que Naruto a su edad.

Sakura le indicó a Hinata que tomara asiento y le ofreció la bebida caliente que todas estaban tomando.

–Gracias – inclinó la cabeza con clase demostrando la elegancia Hyūga como tarjeta de bienvenida incluso en los lugares más informarles – ¿Cómo se encuentra Sarada-chan?

–Está mucho mejor – admitió Sakura contenta –. Chōchō vino a pasar la noche. Están en su habitación.

–Hablando de los Akimichi – advirtió Tenten sirviéndose más té – ¿Karui no va a venir?

–Chōchō me dijo que está de misión en el país de la Tierra.

–¿Y Temari? Escuché que regresó hace poco de Suna con Gaara y Kankurō.

–Tampoco vendrá – anunció Ino –. Shikamaru y ella están de aniversario hoy.

Todas se voltearon con los labios entreabiertos.

–¿Enserio? – dijeron al unísono Sakura y Tenten.

–Pensé que se habían casado en verano – rememoró Hinata.

–¿Estas de broma? – se sobresaltó Ino cruzándose de piernas –, solo imagínate hacer una boda en pleno desierto en la época más calurosa de todo el año. Shikamaru ya bastante se estaba quejando de los preparativos como para añadir el calor infernal a la ecuación.

–Fue una linda velada – intervino Sakura sentándose junto a ella –. Es la única boda en la que Sasuke estuvo presente.

–¡Ahora lo recuerdo! – exclamó Tenten señalando a la pelirrosa frente a ella y a un imaginario Sasuke a su lado –. Ustedes dos estaban de paso por Suna y se quedaron para la celebración.

– Sasuke se la paso amargado toda la ceremonia – señaló Ino –, y vaya que fue una muy hermosa. Lástima que la reservación tuvo sus altercados.

–¿Bromeas? – saltó Tenten desparramando un poco de té en el piso –¡Fue la boda más divertida de todas!

Preparó su garganta y buscó una mejor posición en la silla para contar una jovial anécdota sobre como la mitad de la comida había sido devorada por Chōji en una absurda competencia con Rock Lee durante la fiesta, y la de un Akamaru resuelto a ensuciar a un muy fastidiado novio con sus patas llenas de arena y tierra humedecida.

Fue a partir de allí que surgieron conversaciones que desenterraban recuerdos tan antiguos que las hacía sentir como un cuarteto de viejas enclenques, al punto en que suplantaron el té por el sake y las risillas de cortesía por carcajadas estruendosas. Cualquier tópico que tocaban trataba sobre sus esposos e hijos. Intentaban salir del tema pero regresaban al punto de inicio casi por inercia y se resignaron a seguir en el mismo círculo vicioso hasta muy entrada la noche.

–¿Saben que Sai nunca ha hecho un retrato de mí? – reveló Ino entre pucheros dejando caer un poco de sake en el suelo que hizo compañía a la mancha que había dejado Tenten unas horas atrás –. Sé que no hace retratos para nadie, pero soy su esposa ¿saben?, me lo merezco – infló los cachetes y se cruzó de brazos –. ¿Quieren conocer su supuesta excusa? – no esperó a que contestaran y continuo ligeramente escandalizada –. Dice que no puede retratar tanta belleza en un lienzo, y es entendible, lo sé, pero ya han pasado más de 12 años desde que estamos juntos y ese vago motivo del que tanto alardea se transformó en una excusa muy gastada.

–Si me permites opinar – dijo Tenten levantando la mano como si estuviera interviniendo en una clase de la academia –, creo que no lo ha hecho porque tiene miedo de tu reacción.

–¿Qué tratas de decir con eso?

–No eres conocida por ser de dulce temperamento, Ino – le reprochó con una ceja alzada.

–Otra excusa sin fundamentos – bufó.

–Tal vez no te guste el retrato.

–¡Claro que me tiene que gustar! – respondió Ino acalorada mientras apresuraba su quinta taza de sake –. Le conviene que así sea.

–¿Por qué no se lo pides a Inojin? – propuso Sakura dándole un sorbo a su bebida caliente.

–Usa la misma historia – bramó la Yamanaka en un resoplido que hizo mover su rubio flequillo –. Ese niño es idéntico a su padre.

–Himawari le pidió una vez a Inojin que hiciera un retrato de ella– intervino Hinata que se abstuvo de probar el sake manteniéndose en la zona de confort que le proporcionaba el té verde.

–¿Cómo dices? – dijo Ino en un gruñido molesto.

–Fue el año pasado en su cumpleaños – rememoró la Hyūga sin percatarse que alimentaba la molestia de una joven madre Yamanaka conforme proseguía la historia –. Himawari quería que Inojin dibujara algo especial para ella, insistió sobre eso durante días. Al final él le propuso hacer un retrato alrededor del campo de girasoles que quedaba fuera de la aldea. Le pidió ayuda a Sai y todos fuimos a la pradera a pintar. Fue un lindo dibujo.

Cuando Hinata hubo terminado, Tenten reventó en una fuerte y muy ruidosa carcajada, conteniendo los movimientos involuntarios de su abdomen con ambas manos mientras le daba golpes al apoya brazos del sofá que quedaba de su lado.

–Una dulce niña de 10 años tiene mayor poder de convencimiento que tú– recriminó la ninja de los chongitos señalando la cara enrojecida de Ino por la rabia.

–No creo que eso ayude, Tenten – susurró Hinata moviendo sus manos preocupada.

–¿Quién dijo que yo quería ayudar? – continuo Tenten cacareando, y para lanzarle más leña al fuego resaltó –: Y que quede claro que Inojin fue el que propuso la idea del dibujo.

–No culpes a Himawari – le previno Sakura conteniendo las ganas de soltar una risotada. El comentario de Tenten no le causaba gracias, pero verla revolcarse cuasi-ebria de la risa sobre el sofá de su sala era otra historia –, ella es inocente en todo este asunto.

Ino se cruzó de brazos dejándose llevar por el enojo que le generaba la traición de su propio hijo y su amado esposo.

–Esto no se va a quedar así – advirtió la Yamanaka moviendo el dedo índice en señal de desafío –. Esos dos me van a escuchar cuando llegue a casa.

Todas en coro continuaron riéndose obligando a la rubia a unirse a sus carcajadas. Era muy difícil molestarse cuando tus mejores amigas te impedían mantener el ceño fruncido. Por esas razones eran tan necesarias esas reuniones entre ellas. Convertir las pláticas triviales y recuerdos molestos en algo con que pudieran reírse durante horas era de por si relajante y muy divertido.

Sin embargo, como todo en la vida, los mejores momentos no duran para siempre.

–¿Escucharon eso? – interrumpió Hinata disminuyendo las risotadas que profanaban las otras tres.

–Creo que fue el timbre – reconoció Ino arqueando una ceja.

–¿Esperábamos a alguien más? – preguntó Tenten volviéndose hacia la anfitriona.

–No que yo recuerde – admitió Sakura colocándose en pie de un salto.

Como ya habían mencionado anteriormente, las únicas personas faltantes del pequeño grupo eran Temari y Karui, pero ambas tenían una buena justificación para su falta aquella noche y Sakura no recordaba que su cirulo de amigas había aumentado en número en las últimas horas.

Caminó hasta el recibo con paso lento sin sentirse del todo preocupada por un nuevo invitado, aunque debía admitir que le inquietaba un poco que alguien interrumpiera en su casa en medio de la noche. Las visitas sorpresas en horas tan inoportunas siempre eran portadoras de una sola cosa: "Malas noticias".

Alisó su falda por simple costumbre antes de abrir la puerta de madera que la separaba de las silenciosas calles de Konoha. El frio de la noche la recibió con brusquedad cuando las bisagras dejaron un aullido casi imperceptible. El rostro de Sakura se transformó de puro asombro y no precisamente por el aire que había congelado su aliento, sino por la persona que esperaba sobre el tapete de la entrada de la casa de los Uchiha.

–¿Mamá?

Mebuki Haruno sonrió gustosa a pesar de la poca calidez que transmitió la bienvenida de su hija. Vestía como siempre, con su indispensable qipao blanco junto a unos pantalones rosa demasiado juveniles para su edad. Guindando sobre el pliegue de su codo derecho yacía una cesta repleta de comida, similar a la que había traído Hinata, pero esta, en cambio, era exageradamente grande, con una mayor variedad de objetos y aromas que golpearon la nariz de Sakura justo después de una segunda ráfaga de viento.

–Mamá – repitió la pelirrosa sin creérselo del todo – ¿Qué estás haciendo acá?

–¿No puedo visitar a mi nieta enferma? – le reprochó Mebuki entrando a la casa de su hija sin la necesidad de esperar una invitación de su parte.

–Está bien que vengas – respondió una Sakura muy anonadada y cerró la puerta rápidamente para seguirle el paso de cerca –, pero es un poco tarde ¿no crees?

Mebuki dejó salir un resoplido.

–Nunca es tarde para visitar a la familia, Sakura.

Atravesó el espacio que separaba el recibo de la sala de estar como si se tratara de su propia casa. Pisó el suelo de madera haciendo un fuerte ruido con sus tacones alertando a las presentes de su llegada.

–¡Haruno-san! – exclamó Ino avergonzada por la posición en que se encontraba tirada en el sofá. Podía estar ebria pero aun prevalecía cierto pudor que prefería mantener intacto –. Nos sorprende su visita.

–No creo que estén tan sorprendidas como mi hija – opinó en un tono que sonó entre burlón y molesto.

Tenten se levantó de donde estaba en un respingo he hizo una reverencia al mismo tiempo que Hinata le imitaba.

–Buenas noches, Mebuki-san – saludaron ambas Kunoichis al unísono.

–Buenas noches, queridas. Lamento mucho interrumpir esta hermosa reunión.

–Oh no, no, no nada que ver. Todo lo contrario, Mebuki-san – expresó Ino.

–¿De verdad? Entonces, no les importara si me les uno ¿cierto?

Sakura rogaba internamente que alguna de sus amigas interpretara su rostro angustiado o el movimiento de sus ojos exageradamente abiertos, pero ninguna supo leer sus facciones cuando invitaron a pasar a Mebuki con suma cordialidad hacia el centro de la sala para compartir las bebidas y parte de la montaña de dangos que Sakura había preparado esa semana. A la pelirrosa no le quedó más remedio que tragarse su disgusto y tomar asiento en un sillón, alejada del centro de la interesante conversación que comenzaba a entablarse en el medio de la sala de su casa.

No le molestaba que su madre pasara a visitar, tenía todo el derecho de ver a su nieta cuantas veces quisiera, sin embargo su presencia en los últimos años le había sentado a Sakura como un recordatorio de todas las peleas que han sostenido entre ambas. Discusiones tan duras y difíciles de digerir que han permanecido distanciadas por una temporada para meditar y calmar los humos. Creían que así podía disminuir de manera importante la tensión que prevalecía entre madre e hija, pero al ver a Mebuki tras la puerta (y ahora charlando vivazmente entre sus amigas) hizo surgir de nuevo todos aquellos roces y peleas acaloradas que atentaban con aumentar la ansiedad de la menor de los Haruno.

Sakura se removió incomoda en el sillón luego de unos 10 minutos de plática, o mejor dicho, del interminable monologo que su madre proclamaba a todo pulmón. No pudo contener la necesidad de escapar en el momento en que comenzó a hablar con Ino sobre el poco cuidado que Sakura prestaba a la casa, señalando lo sucio del candelabro y las diminutas manchas de té y sake que resplandecían en el piso, obra del descuido de sus amigas mientras charlaban esa misma tarde. O cuando le comentó a Hinata y Tenten sobre los espantosos dotes culinarios de su hija en sus primeros años como madre de Sarada.

Por su parte, Sakura aguardaba silente con los nudillos apretados. Por su mente pasaron miles de planes de escape, pero envenenar a sus amigas junto a su madre o salir corriendo de la sala eran escenarios que sonaban exagerados y hasta cobardes. Aun así la tentación de escabullirse crecía conforme las conversaciones de Mebuki continuaban enfrascada en las terribles decisiones que Sakura había cometido a lo largo de su vida o sobre el deplorable estado de su inmueble.

No le quedó más remedio que excusarse con las presentes para ir a la cocina con el pretexto de llevar la cesta que Mebuki amablemente había traído consigo y organizar su contenido con los demás víveres que Hinata le obsequio.

Llevaba escondida en la cocina por al menos un cuarto de hora, ralentizando sus movimientos con tal de prolongar la futura agonía que sugería el entablar una conversación con su madre, pero su plan fue deliberadamente frustrado cuando Mebuki llegó hasta el arco de la habitación donde permanecía oculta cuando el reloj marcó las once de la noche.

–¿Sucede algo, linda? – dijo anunciándose con ese molesto repiqueteo de sus tacones sobre el suelo de madera.

Sakura cerró los ojos en busca de serenidad. La idea era que permaneciera entretenida con Hinata y las demás en la sala, pero debía admitir que se le hizo bastante extraño que tardara tanto en aparecer en la cocina.

–No, madre. Todo está bien – le tranquilizo, aunque no sonó para nada convincente.

Mebuki dio un par de pasos adentrándose en la habitación para llegar hasta donde Sakura sacaba pacientemente las cosas de la cesta y las agrupaba con cuidado sobre la mesa.

–¿Estas segura? – insistió.

–Claro – reafirmó esta vez con mayor vehemencia.

–Si tú lo dices – al menos tuvo el recato de no insistir – ¿Cómo está Sarada?

–Ya no tiene fiebre y prácticamente la tos ha desaparecido – contestó la pelirrosa sin verla a los ojos.

Escuchó como un suspiro salía de los pulmones de su madre, de esos que advierten a los demás de una posible discusión.

–La última vez que la vi la note muy delgada – llevó a los labios una taza de sake que había traído de la sala – ¿Está comiendo bien? Creo que por esa razón se enfermó.

–Se alimenta correctamente – zanjó Sakura alejándose de Mebuki para colocar unos paquetes en la alacena –. Solo es un resfriado, no hay de que alarmarse.

–A ti también te noto mucho más delgada ¿Estas trabajo horas extras en el hospital?

–Estoy bien, madre – quería cortar con esa conversación pues estaba segura que no terminaría en nada bueno, igual que en todas las anteriores.

–Luces muy pálida, más que de costumbre – continuo Mebuki sin prestarle atención a las insinuaciones de su hija –. Nunca te das un tiempo para ti, pequeña.

–Me gusta pasar tiempo en el hospital.

–¿Es dinero lo que te hace falta? – concluyó apresuradamente – ¿Es por eso que trabajas tanto? Si necesitas nosotros tenemos unos ahorros.

–No estamos faltos de dinero.

–Pero sí que está necesitada de unas bunas vacaciones. Te las mereces, cariño – tomó el ultimo sorbo de su bebida –. Ir al trabajo, mantener los pacientes, cuidar a Sarada – contó una por una con los dedos y volvió a dejar salir un suspiro agotado –. Debe de ser muy extenuante ser madre soltera.

Sakura se quedó rígida sosteniendo con demasiada fuerza una caja de bocadillos. No le gustaba a donde iba la conversación.

–No soy madre soltera – le espetó controlando el tono de su voz.

–¡Pff! Claro que lo eres – bufó Mebuki moviendo la mano como si quisiera alejar una mosca que volaba frente a ella.

Tuvo que apartar la caja de bocadillos antes de volverlos triza.

–No quiero tocar ese tema otra vez – advirtió Sakura esperando que la frase fuera advertencia suficiente para evitar una futura discusión.

–Está bien, linda. Solo quiero que sepas que siempre voy a estar aquí para ti – usaba un tono bajo, como si quisiera mantenerla calmada. Luego entreabrió los labios y dio un único aplauso con sus manos al recordar algo –. ¡Casi lo olvido! – exclamó con fuerzas renovadas –. Hace unos días vino ese muchacho de Suna, el de las marionetas, y ha preguntado por ti, linda. Creo que es hermano de tu amiga Temari ¿verdad?

–¿Hablas de Kankurō? – aclaró Sakura.

–¡Si, ese mismo! – profirió mientras asentía vigorosamente –. Me impresionó mucho cuando un hombre guapo se me acercó para preguntar por ti. Debes de entender que no llevaba consigo ese horrible maquillaje morado por lo que me costó trabajo ubicarlo ¿Quién diría que bajo toda esa pintura a rayas estaría el rostro de un muchacho tan apuesto? – se regocijó ante su propia ironía –. Se va a quedar un tiempo acá en Konoha por asuntos diplomáticos. Vaya, suena a un trabajo muy digno e importante ¿no crees? Le pedí su número de teléfono para que lo llames, linda. Te lo deje bajo el portarretrato de Sarada que tanto me gusta, ese que está en la estantería de la entrada. Deberías guardarlo para que no se te pierda.

Sakura abrió los ojos desmesuradamente girando su cuerpo a medias para dirigir toda su atención a Mebuki.

–¿Qué hiciste qué?

–Oh vamos, Sakura – largó su madre en una mueca disgustada–. Sabes lo mucho que me molesta repetir las cosas.

Eso sonó un poco hipócrita pues seguía restregándole en la cara los supuestos errores que alguna vez cometió en su vida cada que vez tenía la oportunidad.

–Está muy equivocada si quieres que salga en una cita con Kankurō – dijo Sakura aguantando la respiración y esperando fervientemente que sus deducciones fueran erradas.

–Considero que Kankurō es un buen partido, pero no necesariamente tiene que ser con él. Aunque no lo creas tienes muchos pretendientes aquí en la aldea. Incluso ahora cuando luces tan pálida y decaída todo el tiempo ¿Segura que estas bien?

–Ok, madre. Es hora de poner unos puntos en claro – le detuvo Sakura levantando la palma de las manos en dirección a su madre frenando el cambio de conversación –. No saldré con nadie y espero que no vuelvas a tan siquiera insistir en el tema.

–No pensara vivir soltera toda tu vida ¿o sí? – le recriminó Mebuki con un deje de impresión.

–Por si no lo recuerdas estoy muy felizmente casada con Sasuke.

–Oh vamos, Sakura – dejó caer las manos sobre sus muslos haciendo un ruido seco –. Ni siquiera tienes anillo de compromiso, mucho menos uno de casada ¿Cuándo me dirás la verdad sobre ese falso matrimonio que te inventaste?

–No necesito tener anillo para reafirmar mi compromiso con Sasuke.

Mebuki se cruzó de brazos.

–¿Y él también está consiente de ese supuesto compromiso que tiene contigo?

–¿A dónde quieres llegar? – entrecerró los ojos intentando descubrir el trasfondo de sus palabras.

–Sarada necesita de una madre, Sakura – explicó –. Pero también necesita de un padre.

–Sarada tiene un padre.

–¡Uno que nunca está en casa, Sakura! – al parecer su respuesta hizo hervir algo en las entrañas de Mebuki pues lo siguiente que dijo fue con un chillido de frustración –. Vive fuera de la aldea, viajando de aquí para allá. Ya te aseguro que tiene muchos hijos dispersos por el mundo.

La pelirrosa termino de voltearse para encararla con el entrecejo deliberadamente fruncido.

–No digas esas cosas de Sasuke – le advirtió –. Jamás.

–Abre los ojos, hija. Tienes que ver la verdad. Basta de quedarte encerrada en tu casa esperando a que él llegue.

–Madre, detente.

–¡Hazlo por Sarada! – prosiguió Mebuki sin escucharla –. Hacerla creer la mentira de que Sasuke las quieres no es bueno para ella ni para ti – volvió de nuevo a ese tono calmado que más que tranquilizar a Sakura le hacía sentir más impotente–. Él nunca se ha preocupado por su familia, nunca lo ha hecho. Entiéndelo de una vez, hija.

–¿Cómo te atreves a hablar así de Sasuke? – dijo con la voz quebradiza pero la quijada en alto.

–¡¿Cómo quieres que hable de ese sin vergüenza?! – explotó con evidente enojo mientras caminaba de un lado a otro de la cocina –. Es un desertor, un traidor. Lo único bueno que ha salido de ese hombre ha sido mi pequeña Sarada. Él simplemente se dedica a destruir la felicidad de mi hija y su pequeña familia.

Las lágrimas comenzaron a apoderarse de sus parpados preparados para derramarse sobre sus mejillas. Le dolía que hablaran así de él, que la gente lo viera como alguien malo, alguien que no merecía ser querido.

–¿Aun piensas en Sasuke de esa manera? – le reprochó con firmeza – ¡Él salvo a Konoha en la cuarta guerra!

–¡Naruto salvo a Konoha en la guerra! Sasuke lo único que hizo fue complicar las cosas al final, todos los sabemos – regresó Mebuki deteniendo a marcha y relajó un poco sus facciones rudas cuando añadió –: Como me hubiese gustado que te casaras con alguien como Naruto, ese muchacho es bueno y honrado.

Sakura frunció aún más el ceño.

–Naruto es mi mejor amigo, es mi hermano.

–Cualquiera es mejor que ese sujeto, Sakura.

–¿Hubieras preferido que me casara con alguien a quien no amo?

–Serias una mujer feliz.

–Sería la persona más desdichada del planeta, porque, aunque no quieras aceptarlo, quiero a Sasuke y nada de lo que digas podrá cambiarlo.

Mebuki soltó un rugido frustrado.

–¡No entiendo cómo puedes amar este sufrimiento por el que estás pasando! Eso es lo que hace Sasuke contigo, te hace sufrir, Sakura.

–Él no es así. Es una buena persona, nunca haría algo para lastimarme.

–¡Deja de proteger a ese desgraciado por una vez en tu vida! – gritó con desesperación.

Sakura entrecerró los ojos y formo dos puños con sus manos.

–No vuelvas a llamarlo de esa manera.

–¡Lo llamo por lo que en realidad es! – estaba al borde del desquicio, los ojos inyectados de ira y la vena de su cuello palpitante se lo decían –. Te lo advertí – dijo señalándola con un dedo acusador –. Te dije que ese hombre lo único que te traería serian desgracias, que ese amorío ridículo que arrastrabas desde niña solo causaría problemas.

–¡¿Cómo puedes decir que mi vida es una desgracia?! – centelló Sakura sin poder contenerse –. Siempre he sido feliz junto a él, aunque insistas en crear un melodrama injustificado de mi vida con Sasuke.

–¡Por favor! – ironizó en un resoplido – ¡Esto ya es enfermizo! ¡Eres la única que está decidida a negar la verdad!

–¡No estoy negando nada! ¡Tú eres la que intenta tergiversar las cosas!

–¡Por todos los cielos, Sakura, deja de ser tan ingenua! ¡Ese hombre te ha cegado! ¡Comprende de una maldita vez que Sasuke nunca se ha preocupado por ninguna de ustedes dos!

–¡Él siempre ha estado ahí para nosotras!

–¡Si se preocupara por ustedes estaría contigo y con Sarada!

–¡No está con nosotras porque su trabajo es cuidar la aldea!

–¡SU TRABAJO ES CUIDAR DE SU FAMILIA! – sentenció Mebuki dejando caer la taza de sake que se rompió en mil pedazos sobre el suelo de la cocina. Sakura no dejó de mirarla. Tenía aun los parpados empapados en lágrimas que jamás saldrían de sus ojos. Su madre relajó los músculos de su espalda y en posición más sumisa se acercó hasta Sakura para posar una mano sobre su hombro –. Tienes que comprender de una vez por todas – prosiguió – que Sasuke ha arrebatado toda tu vida. Te ha obligado a quedarte enclaustrada en esta aldea esperando en vano su regreso. Tú lo quieres, y lo sé, pero él a ti no, no quiere a Sarada, nunca las ha querido. He perdido la cuenta de las veces que mi pobre nieta ha llegado corriendo a mi casa llorando porque extraña a su padre y no tiene más remedio que imitar a su madre que, como ella, tiene la esperanza de que él regrese. Pero nunca lo hace y nunca lo hará.

Quería refutar todo lo que le había dicho, sin embargo las palabras quedaron atoradas en su garganta. El dolor que le causaba el odio de Mebuki hacía Sasuke era inimaginable.

–Mira lo que te ha hecho, en lo que te ha convertido. Luces enferma y triste – chilló su madre dejando aun la mano sobre el hombro de Sakura –. No existe un solo día en que no te vea sufrir hija. Todos los recuerdos que tienes de Sasuke están llenos de sufrimiento... y tú más que nadie lo sabe.

No pudo resistir tal grado de tensión, el control sobre sus nervios era pésimo para ese entonces y la necesidad de escapar se tornó en la opción más asequible. Alejó la mano de Mebuki que persistía sobre su hombro en un único movimiento tosco y carente de equilibrio.

–Iré a ver cómo está Sarada – se excusó Sakura por tercera vez en aquella velada.

Dio unos pasos hacia adelante y desapareció de la cocina en una zancada hasta toparse con el inicio de las escaleras. Escuchaba a su madre gritar su nombre para que regresara y siguieran aquella riña sin sentido que, aunque Sakura no quisiera admitir, había tenido un horrible efecto sobre ella, porque un recuerdo del Sasuke que Mebuki odiaba se apodero de sus pensamientos como si se tratara de una pesadilla.


Día 86

Caminaban por las calles de una ciudad vecina a la que habían llegado por bote hace tres días atrás. Sasuke llevaba todo ese tiempo distante, más que de costumbre. Cada vez que Sakura intentaba dirigirle la palabra él se limitaba a contestar con sus típicos monosílabos o con gruñidos casi imperceptibles. Hacía cualquier cosa con tal de no prolongar la conversación más de lo debido, recurriendo a esas viejas artimañas que había dejado de utilizar desde su estadía en Gan'u. Sakura estaba increíblemente angustiada por todo aquello. Ingenuamente pensó que ya había superado ciertas barreras que le impedían entablar una relación amistosa con Sasuke. El sobrevivir ante la masacre de Akaoshi y el control mental de Yūhi le parecían motivos suficientes como para formar de nuevo un lazo incluso más fuerte del que tenían cuando eran Gennins, pero estaba muy equivocada. Todos esos muros que creyó haber derribado ahora resultaron ser más grandes e impenetrables que antes, como si Sasuke quisiera obstaculizar el camino a una reconciliación entre viejos camaradas. Y esa era la aflicción que cargaba Sakura sobre sus hombros durante los últimos tres días.

Creó al menos veinte hipótesis distintas que explicaban las razones por las cuales Sasuke se comportaba como lo venía haciendo. La más certera de todas, y estaba segura que se convertiría en una teoría, era la de su pasada conversación en el bote. ¿Había dicho algo malo? ¿Malinterpretó el significado de la Violeta Azul? No, Sasuke era muy perceptivo, no cometería tal error; Y si ese fuese el caso ¿Se había extralimitado al obsequiarle la flor? Solo quería demostrarle de una forma indirecta su confianza, algo que le debía después de la misión en Gan'u. No lo hizo por cortesía o por mera formalidad, todo lo contrario, lo hizo porque de verdad lo sentía y quería demostrárselo, pero Sasuke lo tomo por las malas, tan malas que las miradas iracundas llegaban a ser el saludo de cada mañana y el silencio su mejor aliado contra ella.

Para entonces Sakura había pasado por un cataclismo de emociones. El primer día fue: intriga por desconocer la causa de la amargura de Sasuke, luego paso a una sensación culposa al darse cuenta del posible origen de su distanciamiento, y por último, pero no menos importante, una buena dosis de angustia que prevalecía hasta ese entonces.

Levantó la mirada hacia la espalda de Sasuke que la escoltaba entre la multitud que caminaba en sentido contrario. Por alguna razón lo notaba más alto e imponente, puede que su semblante oscurecido o ese horrible mal genio influyeran en ello, sea lo que sea era una situación que la dejaba intranquila. Él seguramente estaba al tanto del desasosiego de Sakura, pero poca atención prestaba sobre ese detalle, en cambio insistía en su plan por alejarla lo más posible hasta llegar a considerar sus conversaciones las de una pareja de desconocidos.

Al estar tan ensimismada entre el torbellino calamitoso que ahora eran sus pensamientos, no pudo evitar como alguien golpeaba su brazo descuidadamente al pasar por su lado. Sakura levantó la mirada con la intención de disculparse, sin embargo las palabras que tenía preparada quedaron disueltas en su boca cuando diviso la cara del sujeto con el que se había tropezado. Era un hombre fornido, pequeño, con una cicatriz surcando su rostro desde el mentón, pasando por el ojo izquierdo y perdiéndose entre la larga melena grasienta, dándole un aspecto perverso, casi malévolo.

–Fíjate por donde caminas, mocosa – escupió el hombre dedicándole una mirada asesina antes de perderse entre la muchedumbre.

Sakura contuvo la respiración y miró a su alrededor por primera vez desde que habían llegado a ese pueblo de paso.

No se había dado cuenta hasta entonces que atravesaban un barrio oscuro y extraño, de esos que estaba reservados para que personas de los bajos mundos se reunieran a discutir formalmente sus planes de negocios. Por lo que no le pareció extraño ver grupos de gente dispersas a lo largo de la calle cuchicheaban sospechosamente entre sí y un par de sujetos para nada amistosos que caminaban un par de metros frente a ellos terminaron de completar la escena faltante de aquel retorcido barrio.

La pelirrosa arrugó el entrecejo luego de escudriñar el panorama a su alrededor. Se suponía que habían entrado a esa ciudad con uno solo motivo en mente: buscar provisiones, algo de comida y bebidas para el viaje, no una muy segura golpiza.

Abrió los labios para quejarse, pero se lo pensó. Sasuke estaba irritado y si le reprochaba por cualquier cosa, incluso por el olor de la calle, se transformaría en un lobo sediento de sangre, o de ira, a fin de cuentas su presa siempre sería una tonta ninja pelirrosa.

–Sasuke-kun – le llamó cuidadosamente temiendo a que reaccionara violentamente – ¿A dónde vamos?

No recibió respuesta, en cambio, el pelinegro apresuro el paso, lo suficiente como para dejarla atrás.

–Sasuke-kun – repitió, apremiando el ritmo de la marcha al verse rezagada.

El pelinegro cruzó automáticamente a una calle menos concurrida en la que solo había unos pocos negocios de mala muerte donde seguramente hacían trabajos ilícitos, venta de artículos de contrabando y otras actividades de las que Sakura no quiso indagar. Los dos sujetos que transitaban en la otra calle habían cruzado también, caminaban de frente a ellos, llevándoles media manzana de ventaja.

–Creo que vamos por el camino equivocado, Sasuke.

No tenía miedo en lo más mínimo, pero el estar rodeado de gente tan maliciosa y sin ningún sentido del honor le molestaba al punto de sentirse expuesta a un posible ataque. No obstante, Sasuke seguía su camino imperturbable, como si todo aquel ambiente fuese tan natural y cotidiano para él que las miradas de recelo que les dedicaba las personas a su alrededor le sentaba como un amistoso saludo de bienvenida.

Sakura tuvo que trotar para que no perderle de vista cuando el pelinegro apresuro aún más el paso. Esa excursión sin sentido había llegado muy lejos. Se estaban desviando demasiado de su camino, lo que la hizo insistir otra vez.

Oi, Sasuke.

Nada.

–¿Me estas escuchando?

La pelirrosa hizo una mueca.

Ser obstinado y odioso era una cosa, pero ignorarla magistralmente como lo estaba haciendo sobrepasaba cualquier sentimiento de angustia y de compasión que alguna vez pudo tener para con él.

Dio una gran zancada hasta posicionarse a su lado y así poder enfrentarle cara a cara. Se extrañó al verle increíblemente concentrado, con el ceño fruncido y el labio formando una perfecta línea recta. Tal vez estaba pensando, meditando o dándoselas de listo prepotente, quien sabe, a esas alturas no se detendría a ser cortes. Si él se atrevía a ser un completo idiota ella también podría jugar la misma carta.

–Te estoy hablando, Sasuke. No te hagas el sordo – gruñó indignada.

No recibió ni siquiera una ojeada o una mirada hastiada. No quería admitirlo, pero hasta eso ultimo hubiera bastado para dejarla tranquila.

–Jugar a la ley del hielo conmigo no te servirá – le recriminó cruzándose de brazos.

Escuchó como Sasuke respiraba profundamente en un intento de buscar serenidad y con los ojos fijos en los extraños sujetos frente a él dijo por fin:

–Solo cállate por una vez en tu vida, Sakura.

La mandíbula de la pelirrosa cayó por la sorpresa. ¿Qué se creía? ¿Qué solo por ser un Uchiha podía mandar a callar a los demás si porque si? Estaba muy equivocado. Sasuke podía tener un poder sobrehumano sobre ella, uno que iba más allá de la fuerza física, que con solo mirarla la hacía temblar hasta la última fibra de su cuerpo, pero esta vez sería diferente.

–¿Pretendes que me quede callada? – y sin esperar respuesta continuo con las palabras atoradas en su garganta –. He sido muy paciente, Sasuke, pero hay límites. Dime ¿Qué te está pasando? ¿Qué estamos haciendo aquí?

Los músculos del cuello del pelinegro se tensaron, sin embargo no le prestó atención y siguió su camino como si nada. Sakura le seguía de cerca en la fina línea entre la cordura y la desesperación.

–Sasuke, mírame cuando te hablo– rugió con un hilo de voz.

No comprendía porque necesitaba que le dirigiera la mirada pero le alteraba descomunalmente su carencia de atención. Las lágrimas tentaban por aparecer de un momento a otro sin que ella las pudiera controlar. Pensó que iba a poder soportar todo aquello pero le dolía. Le dolía demasiado su indiferencia, que no le importara en lo más mínimo lo que ella estaba pasando o lo que sentía. Sus esfuerzos por intentar ayudarle, por querer retornar a su antigua amistad se habían ido por la borda. Y toda la culpa era de esa terrible maldición que llevaba consigo a todas partes. Toda la culpa era de su estúpido orgullo Uchiha.

–Mírame, Sasuke – repitió, esta vez con los rosados cabellos ocultándole la mirada entristecida cuando la volvió a ignorar. Tembló ligeramente y se quedó estática en medio de la calle sin poder controlar la desesperación que nublo su juicio – ¡Mírame por favor!

Una mano tomó su brazo con excesiva fuerza y la condujo en un movimiento rápido hasta un callejón lejos de donde caminaban. En la oscuridad del lugar y sin ningún indicio de caballerosidad Sasuke la estampó contra la pared de piedra. El golpe hizo que Sakura soltara todo el aire almacenado en sus pulmones obligándola a jadear como un perro sediento. Las ganas de llorar se disiparon y fueron suplantadas por el pánico y la sorpresa. Todo fue tan rápido que no le dio tiempo de reaccionar cuando quedó atrapada entre la penumbra de ese par de esferas azabaches que aguardaban frente a ella y la fría pared de bloque a su espalda.

Su pobre y tembloroso cuerpo no tenía punto de comparación con la descomunal roca que era el de Sasuke. Tenía una de sus garras sobre ella, rodeando su fino brazo hasta el punto de ocasionarle dolor. Su mano libre, aquella que Sakura había regenerado, sostenía la pared a un lado del rostro de la pelirrosa, sin dejar espacio a una huida furtiva o un movimiento sucio de su parte. Sakura buscó por mero instinto de supervivencia una forma de zafarse de la fortaleza que Sasuke había creado con su cuerpo y brazos, pero no tardo en reconocer que no había forma de poder escapar.

La tenía acorralada.

Levantó la mirada hasta posarla en el rostro del pelinegro a pocos centímetros de distancia. Tenía la mandíbula increíblemente tensa al igual que los músculos de su espalda. Desde esa perspectiva lucia muchísimo más alto, más omnipotente, más siniestro. El rostro de Sakura quedaba a nivel de su pecho donde podía ver como se marcaba la clavícula sobre su pálida piel acompañada del aroma característico de Sasuke hipnotizándola como una tonta niña indefensa.

A pesar que el Uchiha estaba atento a ella, Sakura podía deducir que se concentraba en algo más, pero nunca se enteró de qué porque, para empeorar sus nervios, el pelinegro se acercó hasta que sus narices estuvieron a punto de rozarse. Sintió un sutil cosquilleo cuando el cabello de Sasuke le rozó las mejillas pálidas por el sobresalto. Estaba enojado.

–Cuando te digo que te calles – le advirtió con dureza al tiempo en que un gruñido salió de su garganta y apretaba aún más el agarre de su mano contra la de ella –, te callas.

Sakura dio un respingo. Temblaba de pies a cabeza. La cercanía de su cuerpo con el suyo, la fragancia que emanaba como un hechizo y el aliento de sus palabras chocando contra su rostro la dejaron en un estado de shock. Ante todo aquello respondió fisiológicamente con respiraciones entrecortadas que podían pasar fácilmente por una crisis de asma. Estaba aterrada. Ni siquiera su súper fuerza podía ayudarla a salir de esa situación.

–No te tengo miedo – chilló mientras levanta la quijada denotando la determinación que su cuerpo no tenía.

–Mientes – siseo él con un deje de diversión.

Sakura tragó en seco. Desvió ligeramente la mirada hacia el pecho de Sasuke y luego a su brazo estampado contra la pared.

–Suéltame – le pidió en un susurro.

No recibió respuesta. Tomó aire y repitió con rudeza.

–Sasuke, suéltame.

–Tsk – soltó el pelinegro ignorándola de nuevo.

Aquel sonido fue suficiente para despertar la furia dentro de la pelirrosa. Él podía conocer sus puntos débiles, desarmarla con un par de palabras filosas y movimientos opresivos, pero Sakura Haruno no era una cobarde. Ya no más.

–Te lo advierto, Sasuke. Suéltame. Ahora.

–He dicho que te callaras – dijo, reduciendo la distancia que existía entre los dos.

Ella no se intimido ante sus palabras de advertencia o sus movimientos opresivos.

–Si piensas que así vas a detenerme está muy equivocado, Sasuke. Ya no soy la misma de antes y espero que te quede muy...

Sasuke profirió una maldición en voz alta, justo antes de rodear con su mano la nuca de Sakura, sujetándola con firmeza, obligándola a devolverle la mirada cuando unió sus labios con los de ella. La otra mano, la que mantenía el brazo de la pelirrosa prisionero, tomó su cintura y la atrajo hacia él extinguiendo la distancia que exista entre ambos cuerpos. Las manos temblorosas de Sakura quedaron aprisionadas sobre el pecho de su captor y no le quedó más remedio que sostenerse con fuerza de la capa de Sasuke cuando este la doblegó con fiereza luego de escuchar un gemido de sorpresa que ella dejo salir, dejando en el callejón un sonido agitado, como un suave clamor espectral.

Aquel beso fue rudo, seco, carente de sentimientos.

No había forma de que Sakura pudiera hacer algo al respecto. Estaba allí, paralizada, con los ojos abiertos como platos, sintiendo bajo la palma de sus manos el repiqueteo del corazón de Sasuke. Eran latidos firmes y rítmicos, nada comparado al tamborileo desenfrenado de su pecho que tentaba por estallar en cualquier instante. Sentía como sus fuertes brazos, que la rodeaban como frías cadenas, se amoldaban perfectamente a su tembloroso cuerpo, como si conociera cada rincón de su piel aún sobre la tela de la capa de viaje, estremeciéndola hasta la última fibra de su ser.

Un brillo de lucidez apareció en su mente e hizo ademan de zafarse, pero Sasuke leyó sus pensamientos antes de que ella pudiera ejecutar algún movimiento. La volvió a arrinconar contra la pared hundiendo aún más sus labios contra los de Sakura arrebatándole el poco aire que entraba a sus pulmones, dejándole en claro que no tenía escapatoria, que ahora era él quien tenía el control completo sobre su voluntad.

Fue allí donde todo se apagó. Ninguno de sus sentidos le respondía. Sus piernas temblaban y los sonidos de su alrededor se disiparon de golpe. Jamás se había sentido tan vulnerable en toda su vida, y de alguna forma Sasuke sabía que respondería de esa manera. Todo fue un plan que, aunque improvisado, guardaba cierto fin y era el no dejarla escapar y obligarla a guardar silencio en contra de su voluntad.

Algo dentro de Sakura se desquebrajo en mil pedazos. No era felicidad ni mucho menos satisfacción. No, no se asemejaba a esos sentimientos. Lo que la estremecía era algo más grande, más terrible. Sentía dolor, uno del que jamás había sentido antes.

En los segundos que duro sus labios atrapados sobre los de Sasuke, que para ella fueron horas de incesante sufrimiento, nunca le dirigió la mirada. Sus parpados estaban ligeramente cerrados, pero sus ojos azabaches no permanecían fijos en ella, en cambio observaba por el rabillo de ojo a los dos sujetos con cara de pocos amigos que minutos atrás caminaban por las calles del barrio y que curiosamente habían cruzado en este mismo callejón donde Sasuke le tenía cautiva. Ninguno de los dos extraños reparo en ellos, puede que ver a una pareja besarse en la oscuridad de una calle sin salida era muy común en esos lados, por lo que pasaron de largo y desaparecieron por una puerta al final del camino. Fue entonces cuando Sasuke regresó su atención a Sakura separándose de ella solo por un par de milímetros.

Las lágrimas que una vez pudo reprimir regresaron de nuevo con más ahínco. Sasuke, por su parte, dibujo en su rostro una sonrisa ladeada y soltó un suspiro desesperado.

–¿Ves lo que me haces hacer? – susurro en una mezcla entre sonar juguetón y al mismo tiempo cabreado.

–Y-yo... – balbuceo Sakura estupefacta.

El pelinegro se irguió liberando a Sakura de sus brazos, caminó un paso hacia atrás y le dio la espalda ondeando su negra capa.

–Dices que has cambiado – dijo con voz grave –, pero sigues siendo la misma molestia de siempre.

Y salió del callejón.

Sakura llevó una mano a sus boca forzando a calmar su respiración agitada, mientras que la otra la condujo hasta su pecho adolorido y estrujó con fuerza la fina tela de su capa.

Se consideraba una persona capaz de resistir el odio de Sasuke como balas disparadas a quemarropa. La única con la voluntad necesaria para alejarlo de la oscuridad. Quería creer que era lo suficientemente fuerte para soportar toda su indiferencia, su arrogancia, pero siempre existiría un punto de quiebre, un límite que él había sobrepasado sin reparar en los daños que sus acciones podían causar sobre las débiles esperanzas que Sakura aun albergaba.

Y fue por esa razón que, después de tantos años, sollozó en silencio por alguien que prometió nunca más volver a llorar.


Subió las escaleras que daban al segundo piso sin apremio, no estaba de ánimos de regresar en un buen rato a la sala donde le esperaban sus invitadas, y mucho menos después de la discusión que Mebuki generó en la cocina.

Abrió cuidadosamente la puerta de la habitación de Sarada para encontrarla envuelta entre las sabanas al igual que Chōchō en un futón justo debajo. Agradeció internamente lo hermética que llegaban a ser las paredes de su casa, lo suficiente para que la menor de los Uchiha permaneciera dormida incluso después de los escándalos que su madre podía provocar.

Dejó caer su hombro sobre el marco de la puerta admirando el rostro tranquilo de Sarada. El cabello increíblemente azabache, las largas y finas pestañas sobre los profundos ojos negros, la tez tan pálida como la nieve y esos aires de superioridad – aparentemente hereditarios – que intentaba reprimir todo el tiempo frente a Sakura, le hacían recordar a cierto Uchiha.

Una sonrisa triste se dibujó en su agotado rostro llevando instintivamente una mano al collar oculto bajo el ligero vestido que usaba esa noche. Una extraña sensación atravesó su pecho, de esas que sentía cuando él estaba cerca y la hacía latir su corazón como una locomotora.

–¿Sakura-san? – murmuró la voz de Hinata desde las escaleras.

No la había sentido venir por lo que su presencia la tomó por sorpresa. Cerró la puerta del cuarto de Sarada con sumo cuidado dándole tiempo suficiente para soltar el objeto que sostenía bajo la tela del vestido.

–Sarada está dormida – silbó en voz baja.

Dio media vuelta y se acercó a Hinata que le esperaba pacientemente en el tope de las escaleras con aquella pose tan ceremonial que le hacía dudar si era humana o una escultura tallada en mármol.

Una vez estuvo cerca advirtió en los rasgos de la Hyūga una mirada solemne, atenta a cualquier movimiento que realizara.

–Lamento mucho lo que pasó allá abajo – se disculpó Sakura verdaderamente avergonzada –. No debieron oír eso, estoy muy apenada.

–No hay nada que perdonar – le tranquilizó en un tono sincero –. Ten, te traje un poco de té.

–Oh, gracias – sostuvo la pequeña tibia taza y curvó un poco sus labios en un intento de sonrisa.

Hinata mantuvo una mirada indescifrable aguardando unos segundos antes de preguntar:

–¿Estas bien?

–Sí, está durmiendo como una roca – le explico señalando la puerta del cuarto de su hija.

–No hablo de Sarada.

Sakura notó que la pregunta iba más allá de la cordialidad, lo sabía con solo interpretar la profundidad con la que se había expresado. Ignoró ese detalle, como si nunca se hubiese enterado del trasfondo de sus palabras, y puso las manos en jarra junto a una mueca falsa.

–¿Qué clase de pregunta es esa? Claro que estoy bien. Soy totalmente inmune a los comentarios desubicados de mi madre, con los años uno se acostumbra – evidentemente la respuesta no le agrado para nada a la ojiperla por lo que suspiro con cansancio y le dedico una sonrisa tranquilizadora–. No te preocupes, Hinata. Todo está bajo control.

–Sabes que cuentas conmigo para lo que sea, somos amigas después de todo.

Otra vez le regresaba esa mirada inescrutable que le hizo fruncir el ceño.

–Gracias, Hinata. Pero, como ya te dije, estoy bien.

La Hyūga asintió al interpretar los gestos de Sakura.

–Mebuki-san acaba de irse. Ino se ofreció a acompañarla hasta su casa y Tenten se fue con ellas. Me pidieron que las disculparas por no despedirse.

–Está bien, no hay problema – expresó con franqueza. No tenía el equilibrio emocional suficiente como para volver a enfrentarse en otra riña con su madre.

El sonido del timbre sonar tres veces seguidas llegó a los oídos de ambas. Hinata le regresó una mirada interrogativa a la pelirrosa ¿Quién podía ser a estas horas?

–Espero que no sean más invitados sorpresas – se burló Sakura con un deje de desánimo.

Bajaron las escaleras al unísono y sin hacer ruido llegaron al recibo donde Sakura abrió la puerta no sin antes soltar un suspiro. De verdad que no quería encontrarse con otra persona indeseada.

De nuevo los chillidos casi imperceptibles de la bisagra resonaron en el recibo de la casa de los Uchiha. La puerta termino de abrirse para dejar al descubierto la silueta de un hombre rubio, alto, con los brazos entrelazados a nivel del pecho y la capa de Nanadaime Hokage ondeando al compás del viento.

–¡Naruto-kun! – saltó Hinata al ver a su esposo del otro lado de la puerta – ¿Qué estás haciendo aquí?

–Vine a buscar a mi mujer – respondió asqueado.

La aludida no tardó en ruborizarse.

–¿Por qué tan molesto? – le reprochó Sakura un poco más tranquila por reconocer que su invitado sorpresa no generaría tantos problemas como el anterior –. Hoy es nuestra noche de chicas por si no lo recuerdas.

–Son casi las doce de la noche – le refutó Naruto cruzándose de brazos –. Se supone que la reunión iba a ser en casa de Tenten, y cuál es mi sorpresa que, cuando llego, no estaban allá.

–Sarada está enferma, y Sakura-san no quería dejarla sola – se excusó Hinata avergonzada. Bajó la mirada tanteando sus manos en busca de algo en que desviar su atención de los ojos azules de su esposo –. Como lo siento, Naruto-kun.

Hubo unos segundos de tenso silencio antes de que Naruto relajara los brazos.

–Oh vamos, Hinata – dijo, esta vez con un tono de burla que no pudo ocultar. Esbozó una sonrisa y se acercó hasta ella para darle un gran abrazo de oso –. Sabes que no puedo molestarme contigo.

–N-Naruto-kun – tartamudeó quedando acorralada por los grandes brazos de su esposo.

–No se atrevan a hacer vulgaridades en mi porche – les advirtió Sakura dándole un sorbo a su té.

–Por favor, Sakura-chan. Eso lo hacemos en casa – parloteó Naruto con demasiada naturalidad –, o en la oficina. Lo que esté más cerca ¿Verdad, amor?

–¡Naruto-kun! – le regañó Hinata que para ese entonces tenía las mejillas tan encendidas que brillaba en la oscuridad como una farola.

Naruto terminó por decir otras frases picaras con la intención de ruborizar aún más a su tímida esposa al borde del desmayo. Sakura le reprendió unas cuantas veces – como de costumbre – por su osco comportamiento para con Hinata antes de despedirse de ambos con un movimiento de su mano libre.

Una vez los perdió de vista entre unos árboles de cerezos a punto de florecer bajó el brazo alzado y se dio el lujo de borrar la sonrisa forzada de su rostro. La velada fue larga – por no decir espantosa –, y estaba necesitada de un buen y reparador sueño.

Levantó instintivamente la mirada al cielo nublado. No necesitaba ser climatóloga para predecir el aguacero que se avecinaba. Antes de cerrar la puerta y regresar a recoger el desastre que ahora era su sala un sonido atrapó su atención.

–Pensé que te habías ido – articuló Sakura envolviéndose en el abrigo tejido a mano que cargaba aquella noche.

De entre las sombras del jardín la silueta de un clon de sombras hizo acto de presencia. Tenía los rasgos endurecidos, nada de esa jovial alegría que tanto le caracterizaba.

–Sabes que no puedes beber, Sakura-chan – observó el clon de Naruto ante la taza que sostenía la pelirrosa.

–Es té – le aclaró con seriedad.

Los hombros tensos del Uzumaki se relajaron más no sus gestos que seguían siendo profundos. Esa mirada era la misma que le había devuelto Hinata momentos atrás, un mirada que tanto detestaba.

–¿Cómo has estado? – preguntó por fin Naruto luego de un prolongado silencio.

–Te dije que no se lo contaras a nadie – le reprochó Sakura oscureciendo su rostro.

–Hinata sabe guardar secretos – confesó a la defensiva.

–Eso mismo pensé de ti – sonaba terrible, pero el dolor que generaba su confianza destruida superaba cualquier indicio de compasión para con su mejor amigo, su hermano.

Naruto no bajó la mirada, solo suavizo sus gestos.

–No seas tan dura, Sakura-chan.

Ella se abrazó a si misma con más fuerza y desvió la mirada a las flores de su jardín. Lucían muy descuidadas. El agua de las lluvias pasadas había ahogado una mitad de las Violetas Azules que había sembrado antes del invierno mientras que la otra mitad estaba siendo asaltada por un arbusto que resolvió crecer más de la cuenta.

–Cuantos menos conozcan la verdad será mejor – concluyó Sakura sin desviar la mirada de su jardín.

–Tendrás que decírselo tarde o temprano.

–No – declaro rotundamente –. Él no debe enterarse.

–Pero...

–Prométemelo, Naruto – le interrumpió acercándose a él para mostrase más enfática en sus palabras –. Prométeme que no le dirás nada.

Sus hombros volvieron a estar tensos.

–No estas siendo justa – increpó con dureza –. Él merece saber la verdad.

–Lo conozco demasiado bien. Incluso más que tu – instintivamente Sakura tomo el collar que guindaba de su cuello –. Temo que si llegara a enterarse él podría...

–Es el mayor Dobe que alguna vez ha pisado la faz de la tierra – continuo Naruto al notar el agobio en el silencio de la pelirrosa –. Pero algo es cierto y es que jamás las abandonaría, ni a ti ni a Sarada.

Sakura abrió los labios para contradecirle pero al final asintió.

–Entonces ¿Se lo dirás? – insistió el rubio.

–Lo pensaré.

–Tarde o temprano se dará cuenta, Sakura-chan – explicó encogiéndose de hombros.

–Prefiero que sea tarde.

–¿Estas segura?

–Aún hay tiempo – mintió.

Naruto dejó escapar un resoplido resignado.

–Sabes que me matara cuando se entere, dattebayo – se rascó la nuca aligerando el pesado ambiente con una sonrisa triste.

–Lidiare con él antes de que eso suceda – dijo imitando la sonrisa de su amigo –. Gracias por preocuparte, Naruto.

Una extraña sensación le recorrió la espalda. La había sentido antes, unos minutos atrás. Pero ¿Era posible?

–Hmp. Hablando del Teme – bufó Naruto señalando con el pulgar a la aldea a su espalda.

Las pupilas se le dilataron y el corazón le dio un vuelco. Apretó aún más el collar contra su pecho y pasó la mirada de Naruto a la calle tras él.

–Si te apresuras lo podrás alcanzar en el prado, a las afueras de la aldea.

Antes de darse cuenta ya estaba corriendo en dirección norte. Sabía que era una muy mala idea de la cual se arrepentiría el día siguiente. Correr a mitad de la noche en medio de una posible tormenta no era nada bueno, y más para su estado actual. Aun así mantuvo el paso apresurado, apremiando sus zancadas cuando divisó el alumbrado de la salida de Konoha. Creyó escuchar como los guardias le llamaban por su nombre, pero no se detuvo a averiguar lo que querían y salió de la aldea sin mirar atrás.

Continúo por un sendero que daba al espeso bosque. Se adentró hábilmente manteniendo el ritmo agotador. No estaba en condiciones físicas para mantener toda esa locura que estaba haciendo, y para empeorar las cosas el cielo le sonrió con el comienzo de una muy predecible lluvia. Sin embargo, a pesar de la inconformidad del clima con sus deseos de correr como una maratonista, siguió el rumbo hasta toparse con un rio. Una vez allí se detuvo en seco sobre las finas piedras que daban inicio a un puente de color rojo que surcaba el camino de agua hasta llegar al otro lado. Y ahí en medio del puente, admiró en silencio como una silueta alta y umbrosa poco a poco se hacía más clara.

Las negras ropas empapadas por la lluvia se adaptaban perfectamente a la oscuridad del prado, pero Sakura podía reconocer ese caminar pomposo incluso a millas de distancia. Su capa negra ondeaba mientras se acercaba hasta detenerse justo en el punto más alto del arco rojo.

–¿Por qué será que siempre nos encontramos a mitad de un puente? – se burló la profunda voz alzándose su voz sobre los repiqueteos de las gotas a su alrededor.

Por acto reflejo el rubor surcó las mejillas de Sakura.

–Tal vez porque nunca he querido que lo cruces solo – terció esbozando una sonrisa.

Él negó con la cabeza al tiempo en que la comisura de su labio se arqueaba.

–Siempre has sido increíblemente obstinada.

Sakura dejo salir una risilla divertida.

–Bienvenido a casa, Sasuke-kun.


N/A: ¡Y bienvenidos sean ustedes también! Espero que estén súper bien.

Los reviews de la semana pasada me llenaron de alegría, de verdad ¡se pasaron de linduras!, no tengo forma de agradecerles ¡SON LO MÁXIMO! :3

Ahora, fiel a mi palabra, acá les regalo el capítulo 11. Lo sé, aunque les gusten los capítulos largos, me excedí con este, pero creo que se los debía porque el anterior quedo un poco corto. Espero de todo corazón que les haya gustado. Perdí la cuenta de las veces que lo edite para que quedara presentable n_nu. Como pueden ver, la relación de Sakura con su mamá es muy tensa. El Sasuke del pasado solo le falta amarrarle una capa en el cuello para que convertirlo en un "Súper cubito de hielo Uchiha". La Sakura actual guarda un secreto que Naruto y Hinata conocen. Y nuestro galante y bello Sasuke del presente llego a Konoha para alegrarnos la vida con su bella amargura :3

Cualquier cosita que no quedara muy clara o si la historia es demasiado difusa, porfa, háganmelo saber. Trabajar bajo dos líneas de tiempo puede acarrear muchas confusiones, hasta a mí me cuesta retomar el hilo de ciertos momentos cuando escribo, y estoy dispuesta a aclarar cualquier duda que tengan :3

Sin más que decir me retiro no sin antes volver a darle las gracias infinitas por el tiempo que se toman en leer esta locura que llamo historia, por los reviews, por los favorites, por los follows, por el apoyo, no tengo suficientes gracias para agradecer lo maravillosos que son :* Cuídense muchísimo y nos leemos pronto.

Bye Bye :3