Disclaimer: ningún personaje o lugar que reconozcan me pertenece, todo es obra de la magnífica imaginación de Masashi Kishimoto.

Recuerdos de primavera

XII

Sasuke Uchiha

La observaba moverse de un lado a otro en el jardín trasero de su casa. El cabello rosa estaba atado en una coleta alta dejando ver parte de su nuca perlada por el sudor. No se notaba cansada ni mucho menos agotada. El posible refriado que debió haber contagiado la noche anterior paso por alto atentar contra la salud de Sakura. Todo lo contrario, la lluvia mejoró su semblante y se le veía resplandeciente aquella mañana.

Respiró hondamente y se sentó en el suelo de madera que separaba el jardín del corredor. Dejó que sus pies descalzos tocaran el pasto que se extendía a su alrededor trayendo consigo un suave aroma dulzón. Alcanzó ver que a su lado descansaba una vieja bandeja que soportaba una jarra, dos tazas de té y tres palillos con dangos en él. Probablemente era el refrigerio de Sakura, algo que comer durante su labor como jardinera. Dejó salir una sonrisa espontanea cuando volvió a posar la mirada en la taza extra que yacía justo a su lado. No era un suceso al azar, ella sabía que tarde o temprano se acercaría a tomar una bebida caliente en algún punto de la mañana. Sasuke meneó la cabeza sin soltar la diminuta sonrisa en sus labios. Era impresionante como Sakura le conocía a la perfección. Incluso después de permanecer separados por tanto tiempo – culpa de sus largos viajes –, ella seguía conociendo en detalle cada uno de sus gustos y costumbres.

Se sirvió entonces un poco de té sin llamar la atención de su esposa entre los arbustos. Estaba de espaldas a él, podando las flores que había sembrado quien sabe desde cuanto tiempo atrás. Sus manos enguantadas cortaban un tallo por aquí o unas hojas por allá. La cinta que rodeaba su cabeza, impidiendo que el cabello estorbara su visión, era de un color rojo intenso, como el que utilizaba cuando era tan solo una pequeña niña. Vestía una blusa ligera y holgada, con el respectivo emblema Uchiha estampado en el dorso. Le gustaba verla llevar el blasón de su familia con orgullo. No existía otra persona en todo el mundo que pudiera portarlo más que ella, de eso estaba completamente seguro.

–¿Estás viendo a mamá trabajar? – preguntó una voz tras él.

Sasuke se giró topándose con Sarada que le observaba de pie, con las manos entrelazadas en la espalda junto a una sonrisa de complacencia.

No se vio impresionado por la llegada de su hija. Hacía mucho ruido al caminar y se sonaba a cada momento la nariz por culpa de su actual enfermedad. Sasuke estaba al tanto de ello. Sakura siempre lo mantenía informado, enviándole con frecuencia cartas detallas sobre el estado de su familia. En su último mensaje la pelirrosa explicaba que Sarada tenía mejor semblante que los días anteriores, que ya no tenía fiebre y la tos había desaparecido del todo. Al principio Sasuke colocaba aquel comentario en duda, pues, cuando vio a la niña desperezándose aquella mañana, parecía un espantapájaros viviente. El cabello revuelto, la nariz enrojecida y el rostro pálido como el papel le daban unos aires deprimentes. Sin embargo, en el momento en que reconoció a Sasuke sentado en la mesa de la cocina bebiendo el café que Sakura le había preparado, se sobresaltó y le rodeo el cuello con los brazos extendidos de una manera tan efusiva que casi le hizo caer de donde estaba. Demonios, esa niña había sacado la fuerza sobrehumana de su madre, de eso no cabía duda.

A pesar de la felicidad que expresaba su hija por su regreso, Sakura no pasó por alto la oportunidad de sermonearla por no tomarse sus medicinas la noche anterior. Sarada se justificó un buen rato pero terminó perdiendo la contienda cuando su madre le pidió que regresara a su habitación a descansar, una escena curiosa y que de alguna manera divirtió bastante a Sasuke.

No obstante, a pesar de las muy claras advertencias de Sakura, Sarada resolvió escabullirse en busca de su padre. Ahora, de pie junto a él, mostraba un mejor aspecto que el de hace media hora atrás. Había alisado su cabello colocándolo tras las orejas, el pijama fue suplantado por un vestido sencillo de color blanco y en su rostro pálido se dibujaba una sonrisa genuina, opacando cualquier rastro de malestar que su actual enfermedad le podría proporcionar.

–Deberías estar en tu habitación descansando – le regañó Sasuke arrugando el entrecejo.

Ignorándole magistralmente, Sarada tomó asiento a su derecha, separados únicamente por la bandeja de madera.

–Hoy es un día muy lindo para pasarlo encerrado en casa – alegó la menor de los Uchiha manteniendo la cara risueña en todo momento.

Aquel comentario estaba fuera de toda realidad. Las densas nubes ahogaban los rayos del sol generando una barrera casi impenetrable. El viento que soplaba traía consigo el aroma a tierra húmeda y el frio clima que calaba los huesos era el toque tétrico que faltaba en aquella escena de principios de primavera.

–Vas a empeorar si sigues aquí – desaprobó Sasuke queriendo demostrar que, a pesar de todo, seguía teniendo esa autoridad que le otorgaba el título de padre. Además, no estaba de acuerdo en que se expusiera a esas bajas temperaturas y tomara a la ligera su estado de salud. Debía cuidarla. Era su hija después de todo –. Regresa y duerme un poco – agregó desviando la mirada.

–Chōchō sigue durmiendo y es muy aburrido estar sola en la casa sin hacer nada.

Ese nombre hizo ruido en la cabeza de Sasuke. Si su memoria no le fallaba era la hija de Akimichi. La recordaba como una mocosa ruidosa e impertinente. De alguna forma se parecía al idiota de Naruto y a la pesada de Yamanaka. Hizo una mueca de disgusto ante la comparación. No terminaba de comprender que extraña maldición arrastraban los Uchiha para tener siempre como amigos a personas tan escandalosas como ellos.

–Es mejor que te quedes adentro, Sarada – dijo Sasuke llevándose a los labios un colorido dango empalado en un fino palillo.

–Pero...– balbuceó cabizbaja, ocultando sus ojos bajo los mechones del rebelde cabello que caía por su frente –, me gustaría estar aquí... contigo.

Sasuke apartó el dango de su boca y la observó de reojo. La niña era endemoniadamente igual a él desde cualquier punto en que la vieras. Sin embargo ahí, a su lado, con el labio inferior ligeramente afuera en un intento de puchero, las manos nerviosas retorciendo el borde de su vestido y la mirada perdida en sus pequeños pies era, en general, la viva imagen de Sakura.

–Toma – gruñó Sasuke quitándose el abrigo negro que descansaba sobre sus hombros. Se lo lanzó a Sarada en la cabeza quedando solo con el kimono gris que Sakura le había entregado mientras lavaba su ropa de viaje.

Sarada le devolvió una mirada a rebosar de incredulidad, de esas que la pelirrosa usaba inconscientemente para persuadirlo de la forma más vil posible. Sasuke forjó una media sonrisa llena de ironía al verla. Como odiaba los genes Haruno.

–Si vas a quedarte será mejor que estés bien abrigada – argumentó cruzándose de brazos, entregándole los dangos que estuvo a punto de comer.

Escuchó como Sarada ahogaba una risilla mientras se envolvía en la gran capa y tomaba el palillo que le ofrecía. Después de un par de segundos la vio de reojo para comprobar que se encontrara bien acobijada. Era una vista que podría considerarse graciosa, pues parecía una montaña de tela negra con una cabeza flotante que brillaba con un fuerte rubor en las mejillas.

Llevó a sus labios la taza de té, sorbió su contenido en silencio y regresó de nuevo la atención a su esposa.

Sakura, frente a ellos, arrancaba con su súper fuerza la raíz de una planta que invadía el territorio de los Iris Blancos. Era una gran bola de tierra y tallos enredados. Debía tener mucho tiempo sin cuidar el jardín para permitir que un invasor atentara contra la integridad de sus muy preciadas flores.

Sarada, a su lado, contemplaba lo mismo que él pero con una expresión tan profunda y dura que no pudo interpretar.

–A mamá le gustan mucho las flores – observó la niña.

Sasuke guardo silencio y jugó con el contenido de la taza. Detestaba que la gente apuntara lo obvio, pero su hija no era cualquier persona, por lo que se reservó su dosis de palabras amargas y la escuchó pacientemente cuando continuo diciendo.

–Ella cuida muy bien de su jardín – pronunció cada palabra con demasiad lentitud –. Siempre lo ha hecho.

Manteniendo la misma posición estoica de siempre, observó de nuevo a su hija por el rabillo del ojo. Era como si quisiera mandarle un mensaje subliminal con aquella frase. Pero no pudo concretar sus ideas pues Sarada se irguió con fuerzas renovadas y le regresó una mirada a rebosar de picardía.

–Vi el tulipán rojo en el jarrón de la cocina. Es muy bonito ¿Se lo trajiste a mamá?

Sasuke arrugó el entrecejo y se volvió de lleno a su hija.

–¿Quién más sino? – sonó desafiante pero ese comentario no le había sentado bien.

–Oh, papá – dijo Sarada señalando con la mirada a Sakura frente ellos –. No eres el único que puede regalarle flores – y para dejar en claro las razones, añadió –. Mamá es muy amable y cariñosa. Todos en la aldea la quieren mucho ¿sabes? Es difícil no hacerlo.

Tomó otro sorbo de té para contener una respuesta malhumorada.

Otra vez estaba apuntaba lo obvio. Claro que se encontraba al tanto de todo aquello, no estaba ciego. Hace muchos años atrás, cuando era joven – además de estúpido –, se negaba a creer que se sentía atraído por ella. Buscaba cualquier excusa con tal de ahuyentar esos pensamientos que cada vez se hacían más recurrentes, y se inventaba defectos o razones ilógicas por las cuales no debía consentir un afecto para con Sakura. Hasta que un día terminó por aceptar la verdad. Comprendió por fin, luego de duras peleas y riñas sin sentido, que estaba perdidamente enamorado de ella. Incluso con ese llamativo pelo rosado que le daba el aspecto de un cerezo andante. Incluso con esa excesiva y absurda amabilidad que llevaba en forma de una sonrisa entre sus labios. Incluso con esos brillantes jades que tenía por ojos que le hacían delirar hasta perder la razón.

Sakura no era hermosa, ni amable, ella era perfecta... y ese siempre fue un problema.

–Papá – dijo Sarada a su lado trayéndolo de vuelta a la tierra – ¿En qué estás pensando?

–En nada – bufó molesto.

–Te has quedado mucho tiempo mirando a mamá con el ceño fruncido ¿Has recordado algo que no te ha gustado?

Reprimió la necesidad de tensar la mandíbula cuando la escuchó. Sarada era demasiada perspicaz.

–Puedes contármelo, no se lo diré a mamá – le tranquilizó Sarada. usó uno de sus monosílabos como respuesta, pero eso no calmó la curiosidad de la menor de los Uchiha –No me digas que... – tenía los ojos brillantes de emoción cuando bajó la voz hasta convertirla en su susurro y se inclinó hacia él en señal conspiradora –. Has estado celoso alguna vez.


Día 91

Sasuke mantenía todos sus sentidos alertas, pero el bullicio de la fiesta, las risas estruendosas y el olor a puros encendidos no colaboraba en lo más mínimo con su mal humor y por ende su concentración se iba en picada.

Sostenía en una mano la bandeja con licor y en la otra un pañuelo blanco, como el resto de los camareros del lugar. El kimono que usaba, como parte de su disfraz, lo hacía lucir como un patético payaso. Corto en las mangas, largo en el ruedo y de un ridículo color naranja oscuro y negro. No podía ser azul, gris o tal vez rojo. Oh no, claro que no. El destino estaba en contra de facilitarle las cosas. Todo lo contrario. Siempre se encontraba dispuesto a contribuir en el mantenimiento de su mal genio. Razón por la cual tenía que parecer un intento de abeja mutante o peor, un asqueroso sapo.

Se alejó de la multitud y escupió en una esquina asqueado.

Odiaba esos colores.

Regresó a su falsa labor sin poder controlar las arrugas entre las cejas y se enfocó en su verdadero propósito. Investigar.

La reunión en aquella mansión no era una fiesta aristocrática llena de gente respetable, conversando sobre temas profundos como la política o la guerra mientras bebían un licor fuerte entre doncellas de alta alcurnia. No, esa reunión no era de ese tipo. Ciertamente habían individuos importantes e incluso reconocidos internacionalmente, solo que su orígenes no eran muy honorable que digamos. Por un lado estaban hombres de semblante oscuros, con aires de omnipotencia, acompañados de un puñado de mujeres con vestidos extravagante y sin ningún sentido del pudor. En las salidas y entradas de la mansión había cientos de ninjas adiestrados en el arte del asesinato silencioso y los sujetos de más alto rango se veían escoltados por un sequito de guardaespaldas a todas partes.

Era sin lugar a dudas una fiesta de los bajos mundos. Repleto de la mayor variedad de timadores, traficantes y ladrones de cuello blanco que podía existir.

Sasuke reconoció varios rostros entre la multitud, pues la gran mayoría habían realizado negociosos sucios con su antiguo sensei, Orochimaru. Había pasado muchísimo tiempo desde su entrenamiento con el viejo Sennin, pero rostros tan asquerosos como aquellos eran difíciles de olvidar. Incluso pudo distinguir a uno de los Feudales de las cinco naciones ninja discutiendo acaloradamente con un traficante de opio. No pudo contener una sonrisa ladeada cuando lo divisó. Aquello sería una información muy jugosa para su futuro reporte sobre la misión.

Luego de escanear la sala chocó con la mirada del jefe de los camareros. Un hombre regordete de escaso cabello que apestaba a sudor rancio. Le estaba haciendo señas muy molesto para que siguiera con su trabajo. Al parecer se había quedado mucho tiempo sin hacer nada más que estudiar a los presentes. Sasuke, en respuesta, hizo una reverencia tragándose las ganas de bañar sus ojos con el carmesí del Sharingan.

Caminó entre la muchedumbre impregnándose del olor a humo y alcohol. Pasó al lado de un grupo de mujeres que le devolvieron una mirada lujuriosa. A pesar de estar usando un Genjutus imperceptible para lucir como alguien más, seguía llamando poderosamente la atención. Alto, cabello castaño hasta los hombros, ojos oscuros y piel morena. Hasta ese momento no pensó que la elección de esos rasgos tan comunes podía ser tan llamativa como exhibir el símbolo Uchiha estampado en la espalda.

Las mujeres insistieron un buen rato con sus miradas disimuladas. Sasuke no les prestaba la más mínima atención, pero era difícil cuando se acercaban pavoneándose con sus sonrisas lascivas y yukatas extravagantes. Como odiaba esas cosas. Eran un montón de tela gruesa y pesada que hacían ver a las mujeres como una gran bola de arroz. Debían morirse del calor. Y ni se diga lo difícil que era quitarlas. Aquello le recordó otra vez a sus años con Orochimaru cuando las mujeres desfilaban por su habitación solo con el propósito de seducirlo. Al principio no le importaba. Estaba enfrascado en una sola cosa: su venganza. Sin embargo, con el tiempo terminó por complacer sus necesidades banales y les dio el gusto a unas cuantas de enredarse entre sus sabanas. No recordaba el nombre de ninguna de ellas, ni siquiera sus rostros. Pero lo que si sabía era que siempre querían verse elegantes ante él, por lo que, en su mayoría, optaban por usar la prenda más ostentosa de todas: una yukata. Sasuke no era conocido por ser un hombre paciente, y más de una vez rompió las telas con tal de llegar al acto principal. Luego de satisfacer sus necesidades las echaba de su alcoba sin ningún tipo de remordimiento.

Sasuke contuvo las ganas de reír.

Era una maldita serpiente sin sentimientos. Ya llegaba a comprender porque la gente lo despreciaba tanto. Y no estaban equivocados ¿Quién podría querer a alguien como él? Era la personificación de odio, la venganza y la oscuridad. Con un pasado abismal que lo llevó a perderse en la locura de la venganza por muchos años. Incluso ahora, cuando estaba consiente de haber superado su antiguo yo, seguía creyendo que eran un hombre tenebroso y carente de emociones. Sasuke estaba dañado. Y nadie estaría dispuesto a querer a alguien como él. Nadie excepto ella.

Cuando el rostro de Sakura llegó a su mente se tensó con brusquedad y comenzó a movilizarse entre la multitud con más prisa.

Aun no llegaba a la fiesta y eso le crispaba los nervios. No era usual en ella tal impuntualidad. Se estaba tardando demasiado y la misión corría peligro.

La última vez que la había visto fue cuando llegaron al pueblo hace casi cuatro días atrás. Sasuke debía de confirmar su cuartada de "delincuente inexperto" y ser contratado como mesero para la fiesta que se iba a llevar a cabo en la mansión. No le costó mucho convencerlos de sus antecedentes criminales, aunque la vigilancia era muy rigurosa, no se tomaron muchas molestias en verificar si lo que decía era verdad. Simplemente mantuvo el perfil bajo, sin llamar demasiado la atención y terminaron por aceptarlo entre los empleados de la fiesta.

Por otro lado estaba su compañera. El punto clave del plan.

Luego del altercado hace cinco días atrás, Sakura actuaba distante y alicaída incluso cuando se separaron para ingresar al pueblo tenia los ánimos por el suelo, dejando a Sasuke contrariado e indudablemente irritado.

El Uchiha crujió los dientes de pura exasperación ante el recuerdo. Joder, fue su culpa. Todo fue su maldita culpa.

Las cosas habían resultado peor de lo que se había imaginado después de esa disputa en el bote, donde Sakura le hubo regalado la flor. Recordaba haber tomado una meta que seguía estando vigente hasta ese día: destruir por completo las esperanzas que ella aun depositaba en él. El plan era sencillo, practico, y se amoldaba a la perfección a su carácter podrido, pero nunca se detuvo a pensar que desastre acarrearía tal decisión.

Recurrió a esos viejos trucos que había dejado de utilizar contra ella. Se limitaba a regresarle mirada iracundas sin ningún motivo aparente. Incrementó la distancia entre ambos, reduciendo en lo posible cualquier riesgo de entablar una conversación amistosa. Y toda artimaña que su ingeniosa imaginación podía crear con tal de cumplir su propósito. En pocas palabras: intensificó su asquerosa personalidad hasta límites incalculables para borrar cualquier atisbo de ilusiones que ella podía albergar. Pero había olvidado un pequeño detalle, y era que trataba con Sakura Haruno, la niña más obstinada del mundo.

Esperaba que estuviera decepcionada, que el viejo Sasuke, aquel que se vio nublado por el odio, seguía estando ahí, en alguna parte. No entendía porque demonios quería que Sakura creyera eso de él, aunque no fuese verdad, pero se veía en la necesidad de que así fuera.

Tres días después entraron en un pueblo para buscar provisiones. Nada del otro mundo. Un poco de agua y comida. Pero algo pesco su curiosidad. Un par de sujetos que caminaban frente a ellos hablaban sobre una reunión con los más grandes de la jerarquía criminal en todo el país. Bingo. Esa era información que necesitaba. Agudizó su oído y estuvo atento a lo que decían, siguiendo sus pasos en una distancia prudencial.

Discutían sobre el lugar donde ocurriría el evento y la finísima seguridad que resguardaría a los grandes invitados. Eran datos vagos pero Sasuke era muy inteligente. Podía formar ideas concretas con la poca información que aquellos sujetos soltaban entre murmullos casi imperceptibles, prácticamente silbidos que pasarían por alto entre las calles de aquel pueblo, pero el Uchiha estaba dotado de un odio muy desarrollado para captar incluso el sonido de una mosca a manzanas de distancia. Pero más que un don, era a la vez un problema puesto que una muy ruidosa pelirrosa, unida a él como chicle, alteraba por completo su concentración.

Hablaba demasiado, tanto que aturdía. La mando a callar un par de veces. Le era difícil concentrarse en su voz y en la de los dos sujetos frente a él. Creyó escucharla parlotear sobre su indiferencia y otras cosas relacionadas a su apatía contra ella. Al menos su plan por distanciarla estaba funcionando, pero no era el momento para discutir sobre sandeces, necesitaba la información sobre aquella fiesta, era imperativo para su misión. Sin embargo toda su paciencia se fue en picada cuando Sakura se quedó plantada en medio de la calle, gritando con desesperación. Esa fue la gota que derramó el vaso.

La atrapó y la dejó contra la pared de un callejón alejado de donde antes caminaban. Los dos hombres iban a pasar por ese lugar y terminaría de escuchar su conversación, pero Sakura no se lo dejaba fácil y por primera vez en todo ese tiempo le prestó atención.

No se había percatado pero su cuerpo estaba prácticamente encima del de ella, invadiendo por completo su espacio personal. Lucía pálida y temblaba. Desde ahí podía oler su aroma. Era como un árbol de cerezos andante. Aquello era como un perfume hechizante y eso le desesperaba. Recordó como Sakura le había regresado una mira aturdida. No se esperaba aquel movimiento por su parte, y Sasuke tampoco. Fue un acto reflejo, debió admitir. Y aun así, ella acorralada, con el rostro de porcelana que brillaba por el sudor, el cabello rosa que caía seductoramente hasta sus hombros y su incesante cháchara, le obligo hacerlo.

La beso.

Más que un intento por callarla tenía un capricho enfermizo por atraparla de esa manera y sentirla entre sus brazos ¿Por qué? No tenía ni la más remota idea. Simplemente quería hacerlo. Algo en él le obligo a besarla y sabía que eso aturdiría a Sakura lo suficiente para silenciarla de una vez por todas. Como matar dos pájaros de un tiro.

Aún tenía sus tersos labios tallados en fuego en sus recuerdos. Temblaba nerviosa entre sus brazos. Hubo un punto en que intentó resistirse, pero él fue más rápido y la dejó sin posibilidad de escapé. Ante toda la locura que estaba haciendo, con la adrenalina surcando sus venas, estuvo tentado a profundizar el beso y poder atormentarla aún más. Si, lo admitía, en cierto modo seguía siendo perverso. Pero no lo hizo. La ruidosa voz de su conciencia – porque si, Uchiha Sasuke, aunque sonara inverosímil, tenía conciencia – le decía que se culparía por besarla, y se maldeciría toda la vida si la forzaba a continuar con aquello. Fue gracias a ese ruido molesto en su cabeza que rompió el contacto. Y lo que pudo hacer después fue soltar una sonrisa mordaz.

A esas alturas el daño era inevitable. La presencia de esa molestia le estaba haciendo mella sobre su cordura, y su juicio comenzaba a peligrar.

Terminó por enredar más las cosas, aunque su plan por destruir las esperanzas de Sakura iba viento en popa, las cosas se le fueron de las manos. Besarla no fue una buena opción y su remordimiento se encargaba de recordárselo a cada segundo. En conclusión: todo se había ido a la mierda.

–Hey, tu – dijo una voz a su lado.

Sasuke giró y vio a uno de los mesoneros que se acercaba con cara de pocos amigos.

–¿Qué quieres? – le preguntó con su habitual mal humor. Podía tener otro rostro pero seguía siendo el mismo cabron de siempre.

–Alguien te busca por la cocina – bramó el sujeto no muy contento por la respuesta del Uchiha.

Sasuke frunció el ceño.

–¿Quien?

–El jodido Sexto Hokage – se burló el hombre con sarcasmo – ¿Y a mí que demonios me importa?

Sasuke le regreso una mirada asesina que hizo retractar al mesonero de su contestación.

–No sé, amigo. Creo que era una de esas putas que andan por ahí cazando a los peces gordos. No sé qué espera obtener de alguien como tú, no creo que tengas mucho para ofrecerle.

Para evitar activar su Rinnegan contra el sujeto le dio la espalda y se encamino hasta la cocina con grandes zancadas. Si sus conjeturas eran correctas, la persona que le busca no tenía ni una pizca de prostituta barata, ni en un millón de años.

Se las ingenió para pasar desapercibido entre los invitados hasta llegar a una puerta, cerca de donde los mesoneros entraban y salían con más bebidas para los invitados. Estaba entre abierta y aunque no había mucha luz el aroma de cerezos le golpeo la nariz con rudeza.

–Llegas tarde – susurró Sasuke disimuladamente.

–Lo lamento – balbuceó la voz de Sakura filtrándose por la rendija que dejaba la puerta.

–El traficantes de armas está acá. Es tiempo de que salgas.

–Creo que esto es una mala idea.

Escuchó como se removía incomoda tras la puerta. Algo había sucedido.

–Entrare – anunció colocando la mano en el pomo de la puerta.

–¡No! – interrumpió Sakura impidiéndole el paso con las manos.

Aquello no le agrado para nada al pelinegro.

–¿Qué sucede?

–S-solo espera allí un momento.

Sasuke, aunque no le agradaba para nada que le estuvieran mandando, se colocó de espaldas a la puerta para no llamar demasiado la atención.

–¿Para qué me mandaste a llamar? – preguntó el Uchiha cruzándose de brazos, atento a cualquiera que notara su presencia como sospechosa –. Pones en peligro toda la misión.

No había necesidad de verla para deducir que estaba nerviosa. Su respiración era tan superficial y temerosa que llegaba a sus oídos ¿Qué podía estar alterándola tanto? ¿Otra vez había metido la pata? ¿Era su culpa? No le extrañaría que así fuera, pero ese espectáculo de nervios estaba rayando en la estupidez. Esto era una misión seria, y necesitaba que ella estuviera enfocada en lo que vinieron a buscar.

–Sasuke – le llamó luego de un silencio prolongado – ¿Recuerdas cuando dije que siempre quise usar una yukata?

–¿A qué viene eso? – reprochó en respuesta.

–B-bueno – balbuceó de nuevo –. Nunca pensé que usaría esto.

Eso era el colmo. La idea era que ella se acercara al traficante y le sonsacara información. Nada del otro mundo. Un trabajo básico de espía ¿Qué tan difícil podía ser?

–Estamos en una misión, Sakura – dijo frenando la molestia que llevaba consigo –. Enfócate en el objetivo.

–Pero...

–El sujeto está cerca de la fuente del ala oeste – le cortó con rudeza –. Tiene una cicatriz en el cuello y usa un kimono azul. No te será difícil encontrarlo.

No escuchó más reproches por parte de Sakura y se sintió complacido por su poder de intimidación. Se apartó de la puerta como si nada hubiera pasado y continúo con su trabajo sin ningún inconveniente, hasta que la vio de reojo.

Fue inteligente que transformara ciertas facciones como él había hecho. Cambio su cabello rosado de color, ahora era de un profundo azabache atado laboriosamente en un moño alto y elegante. La piel era un poco más pálida, pero igual de tersa, y los ojos permanecieron del mismo color jade de siempre. En general lucia muy común. Sin embargo, el cambio de sus facciones no era el verdadero problema para Sasuke sino su vestuario.

Era de color rojo sangre, rodeado de flores blancas en la base y mangas. Los hombros estaban al descubierto exhibiendo la clavícula y aquel pequeño lunar en la esquina de su hombro derecho. Tenía una especie de lazo amarillo que pasaba alrededor del abdomen acentuando su figura. A nivel de las piernas, la yukata se separaba lo suficiente para mostrar sus rodillas y largas piernas. Para algunos pasaría desapercibida entre las demás mujeres, pero Sasuke ya entendía lo que Sakura quería decirle. Aquello era una mala idea, una muy mala idea.

–¿Quién es ese bombón? – indico un hombre a su lado señalando con la quijada a Sakura.

–Es toda una belleza – dijo otro.

–No debe de ser costosa.

–¿Por qué lo dices?

–Mira como camina toda tímida. Es una novata.

–Esa es su fachada – el hombre formó una sonrisa lasciva en su rostro –. Seguro es una fiera.

Sasuke tuvo que alejarse para no romperles la cara a aquellos idiotas. Estaba sorprendido hasta donde había llegado su autocontrol esa noche.

Tomó una bandeja repleta de licor y sin más se acercó hacia la fuente para tenerla vigilada.

Los mal nacidos tenían razón. Sakura caminaba avergonzada entre la multitud. Tenía un rubor en las mejillas que se sobreponía al maquillaje y sus labios temblaron ligeramente cuando llamó la atención del traficante de armas.

El sujeto, a pesar de estar acompañado de un par de mujeres, se fijó en Sakura, como todos los del sexo masculino de la fiesta. Era alto y demasiado robusto. Su mirada maliciosa estudio el cuerpo frágil y tímido de la Haruno como un asqueroso animal en celo. Le interesaba aquel extraño espécimen y Sasuke lo pudo interpretar.

Demonios – se dijo cuándo el traficante se alejó de las molestas mujeres y se concentró en Sakura.

El plan no debía de resultar así. Todo se había convertido en un circo donde Sakura era el espectáculo principal.

–No eres de por aquí ¿cierto? – siseo el traficante con cinismo.

–No, mi señor – respondió Sakura jugando con sus dedos –. Vengo del país del Té, estoy de paso.

Sasuke tuvo que acercarse un poco más para escuchar la conversación. Su supuesto sentido auditivo súper desarrollado mermaba bajo una rabia arbitraria, sin fundamentos, que acariciaba la posibilidad de que, tarde o temprano, cometiera un acto estúpido contra aquel sujeto.

–He escuchado muchas historias de la belleza de las mujeres del país del Té – continuo el hombre mostrando sus grandes dientes en una sonrisa –, y debo decir que todas son ciertas.

–Es usted muy amable – Sakura hizo una reverencia.

Por culpa de su trabajo como falso mesonero, perdió la línea de la conversación que entablaba su compañera y el traficante. Pero retomo el hilo luego de servir una bebida a un sujeto que se quejó del mal servicio que proporcionaba Sasuke como mesero. Se alejó de la multitud para evitar otra interrupción y se escondió entre una planta y una estatua de piedra, lo suficientemente cerca como para escuchar los susurros de Sakura que se veían acompañados de las repugnantes carcajadas de esa escoria que le hacía compañía.

–...Tiene un buen sentido del humor, mi señor – le alagó Sakura en un tono de voz carente de sinceridad.

El traficante seguía regocijándose en un chiste de su autoría o un comentario zagas, lamentablemente Sasuke había retomado la conversación a medias.

–Discúlpeme si no hablo con coherencia – se expresó el hombre alzando un puro y encendiéndolo frente a Sakura sin despegar su mirada de ella –. Me es difícil concentrarme cuando estoy tan bien acompañado.

Sasuke no comprendía la necesidad imperiosa de ese sujeto en hacer constantes referencias a la belleza de Sakura, ni tampoco entendía porque se llenaba de ira cuando el hombre se quedaba mirándola como un depravado sin escrúpulos.

–Ahora, dígame – volvió el traficante inhalando una gran bocanada de humo – ¿Qué la trae por estos lados?

–Negocios – respondió Sakura. Estaba concentrada, su voz sonaba segura a pesar que sus manos temblorosas expresaban lo contrario.

–No luce como una mujer de negocios – dijo el hombre mostraban un brillo de deseo en sus ojos.

–Le sorprendería lo mucho que se sobre armas, mi señor – increpó Sakura de forma casual.

De nuevo esa sonrisa lasciva se dibujó en el rostro del traficante. Sasuke apretó los puños en respuesta.

–Veo a dónde quiere llegar, mi señora. Pero lamento decepcionarla. Solo vendo mis productos a grupos organizados – le explicó –. Es la forma más práctica y fácil de hacerse famoso entre los vándalos ¿Cómo cree que he formado mi glorioso imperio? Todos quieren tener lo mejor de los mejores. Una forma eficaz de publicidad ¿Sabe? Es por esa razón que no vendo a particulares.

–¿Por qué cree que no represento a ninguna organización? – sentenció Sakura arqueando una ceja.

–No recuerdo haber hecho negocios con una mujer tan delicada y hermosa antes – el muy desgraciado volvió a examinarla de pies a cabeza sin un ápice de decencia. Sakura se ruborizo de golpe y sus pequeñas manos volvieron a temblar. El traficante le gustó el efecto que su comentario y su silencio morboso hizo en ella. Y Sasuke no podía hacer más que observar impotente con los nudillos blanquecinos dede la distancia.

–Se equivoca – intervino Sakura por fin, aunque su contestación no sonó muy convincente.

–Disculpe si la he ofendido, mi señora. Pero debe de comprender que me es difícil pensar que forma parte en una pandilla de delincuentes como Akatsuki.

El nombre de aquella antigua organización obligó a Sakura a enfocarse de nuevo en el objetivo de la misión.

–Con que los rumores eran ciertos.

–Pues claro – exclamó el traficante orgulloso porque lo notara –. Ellos fueron una puerta de oportunidades ¿sabe? Después de que se regará la voz sobre el origen de su arsenal las ventas llegaron a las nubes. Figúrese que mi última transacción importante fue con esa famosa organización que murió hace poco. Si mi memoria no me falla se llamaba Shinsei. Su líder era un maniaco psicópata. En este momento no recuerdo su nombre.

Al escuchar la palabra Shinsei Sasuke se tensó de golpe y derramó parte de una bebida en el piso. De entre todos los temas de conversación posible tuvo que toparse con el de Akaoshi. Profirió una maldición entre dientes. Fue un completo idiota al dejarle a ella ese puesto en la misión.

Regresó la mirada instintivamente hacia Sakura que observaba intrigada al traficante. Si llegara revelarse la verdad sobre Akaoshi frente a ella, todo lo que alguna vez hizo Sasuke con tal de mantenerla alejada de ese terrible destino se iría a la basura.

–¿Habla de Akaoshi? – le dijo Sakura como si estuviera leyendo la preocupación de Sasuke desde la distancia.

–¿Akaoshi? – repitió con el ceño fruncido el traficante –. No, nunca he oído ese nombre antes.

La pelirrosa arrugó el entrecejo sin comprender. Sasuke, aún bajo la oscuridad de su escondite, alejó la bandeja que sostenía, preparado para intervenir si el hombre soltaba la lengua y revelaba una verdad que debía permanecer oculta a los oídos de Sakura.

Pero antes de que el Uchiha se lanzara a interrumpir una posible catástrofe o que la pelirrosa indagara más sobre el tema de Akaoshi, el traficante hizo una mueca al tiempo en que movía una mano para restarle importancia al asunto.

–No nos detengamos en hombres muertos que no valen nuestro tiempo ¿No le parece, mi señora?

El sello que estaba a punto de realizar se quedó a medias entre las manos de Sasuke.

–Estoy de acuerdo con usted – le ratificó Sakura solo para llevarle la corriente.

Sasuke tragó saliva. No se sentía del todo tranquilo ahora que el tema de Akaoshi se había desintegrado de la conversación. Aunque las probabilidades de que algo peor ocurriese habían disminuido no bajó nunca la guardia.

–Infiero entonces que estará de acuerdo conmigo en abordar otro tema de mayor importancia – dio una profunda inhalación a su puro y dejo salir el humo que chocó contra el rostro de la pelirrosa –. Hablemos de negocios.

Sakura contuvo la necesidad de toser. Ella odiaba los cigarrillos, se lo había dicho una vez en el invierno pasado.

–¿Ha reconsiderado hacer un trato conmigo? – preguntó Sakura reincorporándose en una bocanada de aire limpio.

El traficante ahogo una carcajada de satisfacción.

–Entonces afirma no estar en ninguna organización.

Vio como Sakura tragó en seco ante su descuido y Sasuke volvió a maldecir en silencio. Ella no se encontraba en condiciones de ejecutar esa misión, no en esas circunstancias. Estaba inquieta, demasiado distraída. Avanzaba la conversación a trompicones sin pensar las cosas con claridad. Algo debía de estar alterándola y para ese entonces Sasuke estaba seguro que la culpa era de él.

El traficante carraspeo la garganta para llamar de nuevo la atención de Sakura. No mostraba indicio de sospechas para con ella, ni siquiera una señal de duda en los actos tan rudimentarios que hacía. Y eso termino por inquietar aún más al Uchiha.

–No se angustie, mi bella señora – le calmó entre carcajeos el hombre –. Todos guardamos secretos, no se encuentra en la necesidad de revelar los suyos ante mí. Pero de alguna forma me ha inspirado confianza, por lo que podemos llegar a un acuerdo – esa asquerosa y petulante sonrisa surco de nuevos sus labios.

–¿Qué clase de acuerdo?

–Bueno, ya que estoy haciendo una excepción con usted considero que debe ser un poco flexible con mis condiciones de pago.

Sasuke pudo notar el doble sentido en aquella frase. Ya entendía porque el sujeto no le molestaba la torpeza con la cual se expresaba Sakura.

Maldita sabandija – pensó, sintiendo como el sabor metálico de la sangre llegaba a sus labios cuando mordió inconscientemente su lengua.

–Si se refiere al dinero – intervino Sakura parpadeando más de la cuenta –, tengo suficiente.

–Oh no, no, no ¿Cómo se le ocurre? Soy un caballero. No puedo quitarle dinero a una bella mujer.

Sakura tiritó.

–Temó que es lo único que tengo para ofrecerle.

–Tienes mucho más de lo que piensas.

–¿Disculpe?

Las cenizas en el extremo del puro cayeron con la siguiente risa gutural.

–Estoy dispuesto a aceptar sus servicios como forma de pago, mi señora. Eso será más que suficiente.

Sakura bajó la mirada y formó dos puños con sus manos. Estaba concentrando la ira entre sus dedos con la finalidad de no estamparle un puñetazo en la cara al sujeto. Al menos se mantenía en guardia.

–Disculpe, mi señor. No sé de qué me está hablando – se expresó con una inocencia mal fingida cosa que el hombre no pasó por alto.

–No te hagas la tonta – había perdido ese tono serio y respetuoso con el que se expresaba, transformándolo a una voz más divertida, casi impúdica.

Se acercó demasiado a Sakura rompiendo cualquier barrera que el espacio personal pudiera delimitar. Ella, en respuesta, dio un sutil respingo, pero no se movió. Era consciente de que pondría toda la misión en peligro si se retiraba de la cercanía del traficante, y eso cabreo a Sasuke de una manera casi inexplicable.

El sujeto tomó un mechón de teñido cabello azabache que había escapado del moño de la pelirrosa. Lo llevo hasta su oreja usando movimientos lentos y petulantes. La mandíbula de Sasuke tembló al ver el espectáculo que se desarrollaba frente a él.

Sakura contuvo la respiración cuando el traficante pasó del lóbulo de su oreja, acariciando la fina quijada hasta su mentón. Nunca apartó su gruesa mano del contacto de ella, en cambio, dio otro paso hacia delante extinguiendo casi por completo la distancia entre ambos cuerpos. Le alzó la barbilla con un deje de hosquedad, lo suficiente como para obligarla a que le mirara directamente a los ojos.

–Sabes muy bien de que te estoy hablando – aseguró el hombre con los ojos brillantes de emoción, con su nariz a punto de rozar la de ella.

–Disculpe – le interrumpió Sasuke alcanzándolos en una zancada. No se enteró cuando llego hasta ellos ni que fuerza lo impulso a hacerlo, simplemente lo hizo. Y ahora, cuando podía detallarlos de cerca, una sensación de desprecio le recorrió el pecho como una flameante llamarada. La mano donde sostenía el pañuelo blanco temblaba ligeramente por la ira. Estaba decidió a dar por terminado ese estúpido circo –. El señor Feudal está preguntando por usted.

A pesar de la interrupción, el traficante no se separó lo suficiente de Sakura como hubiese querido. Esta, por su parte, tenía los ojos abiertos como platos por la inesperada llegada de su compañero de viaje. El sujeto soltó la quijada de la pelirrosa y le regreso una mirada asqueada a Sasuke.

–¿No ves que estoy ocupado? – señaló a Sakura y deposito una de sus manos sobre el hombro desnudo de ella en un acto posesivo que generó un sobresalto por su parte –. Dile que iré más tarde.

Sasuke entrecerró los ojos y mantuvo la compostura, pero el ceño fruncido nunca desapareció de su rostro.

–Dice que es urgente – el odio que transmitió aquella frase fue algo que no pudo ocultar.

El traficante dejo salir un improperio.

–Matare a ese sujeto – se dirigió hacia Sakura y le acarició la longitud de su brazo mientras soltaba otra de sus sonrisas, aunque esta desprendía cierto deje de molestia – ¿Esperarías aquí? No tardare mucho.

La aludida tenso todo su cuerpo e hizo hasta lo imposible en sonar sosegada, como si el contacto de ese infeliz no hubiese generado ningún efecto sobre sí.

–Está bien, mi señor.

El traficante no se sintió gustoso en dejarla pero no le quedó más remedio que retirarse entre murmullos encolerizados.

Una vez el hombre se hubo retirado Sasuke tiró el pañuelo blanco al piso y tomó a Sakura por la muñeca, lo suficientemente fuerte para asegurarse que la tenía a su lado. No le dio oportunidad para que respondiera cuando, sin mirar atrás, comenzó a correr, serpenteando entre la multitud de invitados con el Sharingan bañando su ojo. Fue un acto inconsciente pero ya había hecho un Genjutsu, creando una brecha lo suficientemente larga para poder escapar antes de que los guardias y demás presentes advirtieran su huida.

–Sasuke-kun – estalló Sakura sorprendida – ¿Qué estás haciendo?

–Nos vamos.

La llevaba prácticamente arrastra, pero poco le importaba. Tenían que salir de allí antes de que los ninjas que resguardaban los alrededores se dieran cuenta de su fuga. No les convenía una pelea en aquel sitio. Estarían en completa desventaja.

–¿Qué pasara con el traficante? – preguntó Sakura girando el cuello de un lado a otro con temor a que alguien los viera.

–Solo mantén la marcha.

Torció una esquina y apremio el paso cuando diviso la salida.

–Debemos regresar – insistió Sakura.

–No lo haremos.

–Necesitamos esa información para Kakashi-sensei.

–Buscaremos otra forma de obtenerla.

–Pero ¿Y la misión?

Se dio la vuelta solo para encararla y gritarle con la rabia que había suprimo durante toda la velada.

–¡Me importa una mierda la misión, Sakura! – el Genjutsu que lo hacía parecer como alguien más se había esfumado, al igual que su paciencia –. Ahora cállate de una maldita vez antes de que nos descubran y nos degollé a los dos.

Vio como ella abría los labios para dejar salir una mota de su aliento, pero ninguna palabra surgió de su boca.

Aparentemente sus palabras debieron de hacer un efecto increíble pues no la escuchó hablar en todo el camino de regreso al hotel donde ella se estaba hospedando todo ese tiempo.

No atravesaron ninguna puerta para ingresar al recinto, en cambio, llegaron saltando hasta la habitación de Sakura que se encontraba en los últimos pisos del edificio. Atravesaron la ventana con sigilo y fue allí cuando Sasuke se percató que en todo el camino al hotel no había soltado su agarre del de Sakura. Ella también se dio cuenta de ese detalle e hizo ademan de zafarse no sin antes sentir un deje de duda en sus movimientos.

Al principio la oscuridad de la habitación no le permitía distinguir muchas cosas, sin embargo, cuando la luz de la luna traspasó la cortina se fijó de cerca en el semblante de Sakura.

El cabello azabache había perdido su color, regresando de nuevo a su típico rosa chillón. El moño que tanto trabajo debió llevarle se había deshecho, dejando en libertad las finas hebras que se movían con la tenue brisa. Sus mejillas permanecieron ruborizadas y el maquillaje desapareció casi en su totalidad. El pecho subía y baja en respiraciones entrecortadas, buscando el aire que la carrera por escapar de la mansión le había arrebatado.

Al verla de esa manera Sasuke no pudo contener la vista y estudio su vestuario. El lazo que envolvía su abdomen estaba aún firme sobre el resto de la ropa, sin embargo la tela de los hombros no tuvo tanta suerte y había decaído lo suficiente para exponer aún más sus pálidos hombros. Una de sus zandalias habia desaparecido en el camino de regreso y el escote a nivel de las piernas se acentuó al punto de mostrar parte de sus muslos.

Maldición. Hizo el esfuerzo sobrehumano por calmarse, pero nada de lo que veía ayudaba a dominar sus volátiles pensamientos. Y estaba seguro que pararía a loco si seguía viéndola con eso encima.

–¿Qué fue todo eso, Sasuke? – increpó Sakura luego de unos segundos de silencio señalando a la ventana con indignación. No alzaba la voz, todo lo transmitía en murmullos, como si tuviera miedo de que alguien les escuchara –. Es lo más cerca que hemos estado de saber si ese es el traficante que Kakashi-sensei necesitaba para la misión de Tenten. Ahora estamos en la misma situación de...

–Quítatelo – rugió el Uchiha.

Sakura parpadeo con los labios ligeramente entreabiertos.

–¿Disculpa?

Respiró profundo. No se había dado cuenta pero estaba a poca distancia de ella, lo suficiente para poder percibir el olor a cerezo mezclado con el asqueroso humo de tabaco que el traficante había dejado sobre ella.

–Quítatelo – repitió.

Ella bajó la mirada a su vestuario e instintivamente llevo ambas manos hacia su pecho en un acto innecesario por cubrir su vergüenza.

Sasuke dio un paso hacia atrás. Una voz en su cabeza le decía que debía irse antes de que hiciera algo estúpido como la última vez. Y estaba seguro que en esa ocasión no se detendría en un simple y casto beso.

Llego de nuevo hasta la ventana sin mirarla a los ojos. Sus manos temblaban y su mente se nubló por completo. Debía salir de allí lo antes posible.

–Solo hazlo – rugió entre dientes.

Y sin más, escapó de la habitación sin esperar a que contestara.


–¿Y bien? – volvió a preguntar una voz a su lado.

Vio de reojo como Sarada se inclinaba para escuchar su respuesta.

–Y bien ¿Qué? – repitió Sasuke de mala gana. Como había predicho, el recuerdo no hizo más que molestarlo.

–¿¡Que si has sentido celos por mamá!? – parloteo su hija impaciente.

El pelinegro regresó la mirada a su esposa que continuaba cortando las flores del jardín.

–No – mintió.

Sarada seguramente esperaba por una respuesta distinta.

–¿Ni siquiera un poquito?

–Dije que no – en esta ocasión usó un tono más cortante y decidido.

Su hija asintió desilusionada y volvió la mirada a la misma dirección que la de Sasuke.

–¿Por cuánto tiempo te quedaras? – preguntó la niña en un tono esperanzador, creyendo que el cambio de conversación aligeraría el ceño fruncido de su padre –. Espero que por al menos dos semanas como mínimo.

–Me iré dentro de tres días.

–¿Que? – sentenció Sarada en voz alta – ¿Tan pronto?

La decepción en el tono de su voz le hizo sentir como un completo patán.

–Me necesitan en una misión en el norte – no dejó entrever en sus palabras la tristeza que le causaba ver a Sarada de esa manera. Hizo acopio de su resistencia y agregó, esta vez en un tono más suave –: Debo ir, es mi obligación.

Su hija guardo silencio, sin quitarle la mirada de encima.

–¿No te quedaras para el Hanami? – le veía con ojos ilusionados –¿Ni siquiera para el cumpleaños de mamá?

Se dispuso a colocarse de pie, sentenciando la conversación a su final.

–Tengo una reunión con Naruto – señaló.

–¡Sarada! – exclamó la voz de Sakura frente a ellos forzándolos a girar hacia ella. Tenía los brazos en jarra mientras observaba anonadada a su hija arropada con el abrigo de su esposo y este ultimo de pie sin preocuparse por la posibilidad de empeorar el resfriado de la menor de los Uchiha bajo ese clima – ¿Qué haces acá? ¡Ve a tu habitación!

Era evidente que el poder que transmitía la voz de Sakura era muchísimo mayor que el que transmitía Sasuke, eso explicaría porque Sarada se levantó de un salto, dijo unas palabras ininteligibles y escapó del jardín en dirección a la casa.

La pelirrosa se acercó hasta Sasuke negando con la cabeza.

–¿Por qué la dejaste estar afuera? – dijo molesta–. Puede emporar con este frio.

No le respondió, no tenía palabras, simplemente se quedó observándola caminar hasta él, con el cabello adherido a su cuello y las mejillas llenas de tierra húmeda. Era inverosímil que se viera tan hermosa, incluso con esa simple blusa y una mueca desaprobatoria en sus labios.

Sakura interpretó como extraño el silencio que sostuvo su esposo y relajo sus gestos a unos más suaves.

–¿Sucede algo, Sasuke-kun?

–Saldré un momento – anunció, dejando salir el aire de sus pulmones con lentitud, sin romper el contacto visual –. Regresare para la cena.

Ella asintió sin reproches, y en una sonrisa brillante, llena de energía, le contesto:

–Aquí te esperaremos.


N/A: ¡Un enorme saludo para todos! Espero que estén súper bien :)

(Esta vez seré breve para no molestarlos tanto jeje)

Como ven aquí tenemos otro capítulo de Sasuke, otro dolor de cabeza. Este en particular no me gustó como quedo, pero ustedes son los jueces, espero no haberles decepcionado tanto ;w; Solo haré una acotación rapidito. La relación de Sasuke y Sakura del presente se desarrollara conforme avance la relación de Sasuke y Sakura del pasado, es decir: si esos dos no se quieren ver ni en pintura en sus tiempos de antaño no tendrán escenas lindas en la actualidad. Lo hice de esta manera para que no exista un contraste tan brusco entre el pasado y el presente :)

Me despidió dándoles las gracias por todos los reviews, follow y favorite que dejaron esta semana y por estar tan al pendiente, de verdad se los agradezco de todo corazón n_n Cuídense muchísimo, nos leemos pronto y que la felicidad los atropelle.

Bye Bye :3