Disclaimer: ningún personaje o lugar que reconozcan me pertenece, todo es obra de la magnífica imaginación de Masashi Kishimoto.

Recuerdos de primavera

XIX

Sakura Uchiha

Era de noche cuando Akane terminó de contar la inesperada y extraordinaria fábula de la joven pareja Uchiha en el país del Trueno. En el momento que la joven de cabellos rizados dio punto final a su relato, Sakura sintió un gran alivio que dejó entrever en un enérgico resoplido permitiendo que su rígida espalda reposara al fin en el respaldar del mueble.

Le angustiaba de sobremanera que durante la narración de sus aventuras con Sasuke se dieran a conocer cosas de las que no estaba muy orgullosa, como el golpe que le proporcionó en la quijada, su huida desesperada hacia el rio luego de saber quién resulto ser el padre de Akane o cuando reveló sus verdaderos sentimientos en medio del puente el día de su cumpleaños. Eran hechos que le hacían sentir sumamente apenada. De por si la historia ya era bastante vergonzosa, agregarle esos detalles la hubiese convertido en una novela, más que interesante, catastrófica. Fue un alivio que Akane ignorara esos datos, de lo contrario Sakura tendría que enfrentarse a una muy molesta y preguntona Sarada que haría hasta lo imposible por averiguar más sobre la misteriosa relación entre sus padres.

Durante la media hora que perduro el extenso monologo de Akane, Sakura se dispuso a inspeccionar la cara de todos los espectadores. Masashi fue su primer blanco. El malhumorado anciano se apoderó del sillón más cómoda de la sala de los Uchiha mientras jugueteaba impaciente con su pipa. Había permanecido prácticamente inmóvil durante toda la historia. De vez en cuando volteaba los ojos cuando su nombre salía a relucir en algunos escenarios que su nieta describía a la perfección. También soltaba con frecuencia un bufido de fastidio mientras buscaba una mejor posición en el lugar donde estaba sentado. Sakura sonrió al verlo. Podían pasar los años pero seguía siendo el mismo sujeto inquieto y antipático que alguna vez conoció.

Al otro extremo de la sala estaba Sarada, sentada en una silla del comedor, inclinada ligeramente hacía delante para captar cada uno de los gestos que su interlocutora expresaba con vehemencia. Sus ojos relucían con cada nueva frase, adentrándose poco a poco en el fascinante mundo de la familia Uchiha. En los últimos días Sarada había despertado un excesivo interés por conocer el pasado de sus padres. Estaba decidida a averiguar cada historia oculta tras el emblema en su espalda, sin importar que obstáculo se interpusiera en su camino.

La pelirrosa dibujó una sonrisa triste antes de bajar la mirada hasta las manos sobre su regazo. No culpaba a su hija por esa curiosidad desatinada que había crecido conforme los años, a fin de cuentas Sakura ayudo alimentar ese inocente interés de manera progresiva. Cada vez que Sarada intentaba indagar en los sucesos de la cuarta guerra o quería hablar sobre ciertos detalles de la vida de sus padres, Sakura divagaba hacia otros temas, dispersando la curiosidad de su hija hasta hacerla olvidar de su pregunta inicial. Con los años se había vuelto más habilidosa en ese sentido, sin embargo Sarada también lo había hecho. Ahora era mucho más insistente, demasiado perspicaz. Ya no se conformaba con respuestas inconclusas, quería conocer todo a como dé lugar. Sakura tuvo que ser más meticulosa con las historias que eventualmente le relataba, y, para este momento, ya se había adiestrado en el difícil campo de la mentira y el engaño, manteniendo su secreto oculto en un espacio apartado de su mente donde las insistencias de Sarada no pudieran alcanzarlo.

No se atrevería jamás a divulgar su secreto frente a su hija, ni siquiera a su muy amado esposo. Sonaba egoísta, pero Sakura temía que si Sarada y Sasuke llegaran a toparse con la verdad de su situación actual, ambos reaccionarían de la misma manera: odio, desprecio, decepción. A fin de cuentas llevaban ese don en su sangre, el de amar más que a nada en el mundo, siendo capaces de darlo todo por las personas a quienes más aprecian. Sonaba a un legado digno y noble que cualquiera estaría dispuesto a cargar sobre sus hombros, pero para Sakura, más que un hermoso don que la hacía sentir protegida, era una dolorosa y terrible condena que arremetía contra su voluntad como una poderosa ventisca invernal.

–Y fue así como todo paso – indicó Akane sin quitar los ojos de Sarada que le devolvía la mirada estupefacta una vez concluyo su relato.

La noche había caído hace menos de un cuarto de hora, y la atmosfera dentro de la casa de los Uchiha estaba sobrecargada de sensaciones extrañas. Masashi seguía en su actitud indiferente, abstraído por la necesidad imperiosa de fumar de una vez por todas la pipa que jugueteaba entre sus huesudos dedos; Akane se veía maravillada por su buena memoria y excelente narración, considerando que todo ocurrió cuando tenía tan solo seis años era todo una proeza que haya podido evocar cada momento con suma exactitud; Sarada quedó pasmada cuando culminó el relato, dejando en sus ojos el destello de la curiosidad que aguardaba por más detalles, por más historias que escuchar.

–¿Ves lo que te digo, Sarada? – Akane giró el cuello y se fijó en Sakura, dedicándole la más sincera de las sonrisas –. Son gente muy difícil de olvidar.

Sakura le devolvió el gesto con la misma felicidad que la joven le profesaba. Sarada, fascinada por todo lo que había escuchado, se volvió hacia su madre. Su rostro estaba bañado en el asombro y la emoción, pero al mismo tiempo demostraba cierto grado de disgusto cuando se refirió a la pelirrosa sentada en el sofá.

–¿Por qué nunca me has contado esta historia, mamá? – deseaba sonar molesta, pero la entusiasmo se lo impedía –. Te la has reservado por mucho tiempo.

–No he tenido la oportunidad – se justificó hundiéndose de hombros. A decir verdad nunca había tenido la ocasión de contárselo.

–¿Para qué te interesa una historia atiborrada en melodrama y cursilería barata? – reprochó Masashi con esa singular amargura, dejando filtrar una ligera sensación de alivio cuando Akane terminó de hablar. Le molestaba que la conversación girara en torno a él y el relato de su nieta estaba repleto de momentos inoportunos y regaños improvisados por su parte.

–Oh vamos, Abuelo – le llamó Akane colocando las manos en jarra –. A ti también te gusta esa historia, aunque intentes negarlo.

–Patrañas – reprochó el viejo hombre cruzando los brazos sobre el pecho y desviando su atención a la ventana de la sala donde se dibuja un cielo nocturno densamente nublado.

–Entonces usted fue a quien mi madre salvó en el país de la Cascada – aseveró Sarada, intentando mantener la conversación bajó la misma línea de tiempo con el propósito de no dejar ningún cabo suelto –. ¿Se fracturó la pierna esa vez, verdad Masashi-dono?

–¿Por qué no le cuentas a tu hija alguna historia de tu ridículo esposo en vez de andar pregonando la de mi pierna rota? – preguntó Masashi, esta vez dirigiéndose hacia Sakura que lo recibió con una risilla entre dientes.

–¿Por qué se molesta, Masashi-dono? – se burló la pelirrosa.

–Es cierto, Masashi-dono – dijo Sarada –. Fue muy valiente al enfrentarse a Akaoshi.

–¿Akaoshi? – repitió Akane levantando una ceja.

Masashi irguió su cuello como si hubiese escuchado un sonido de alarma, sin embargo mantuvo el perfil bajó, con los ojos ligeramente entrecerrados.

–Si – afirmó Sarada contenta por ser ella la que liderará una historia de la que tuviera conocimientos, después de todo Sakura le contó los detalles de su pasada misión contra Akaoshi y su banda de criminales hace unas noches atrás –. Akaoshi fue el jefe de Shinsei. Una organización que se encargaba del exterminio de todas aquellas personas que carecían de habilidades ninja, aunque su verdadero propósito era, en realidad, encontrar la clave de la inmortalidad. Akaoshi se las ingenió para convencer a cientos de ninjas para que lucharan a favor de una causa perdida. Él los lideró un corto periodo de tiempo hasta que papá lo derrotó junto a mamá hace más de doce años atrás, en el país de la Cascada. Fue allí donde se reencontraron. Si gustas puedo contarte esa historia, es fenomenal ¿Cierto mamá?

–Creo que estas exagerando, cariño – aseguró Sakura, apenada.

–Vaya, suena bastante intrigante y estoy segura de que debe ser una historia digna de ser escuchada, pero – dijo Akane con el rostro dubitativo –… hay algo que no me encaja.

–Akane – susurró Masashi. El tono de su voz fue grueso, como si tratara de advertirle a su nieta sobre algo, pero ella no le escuchó y continúo explicándose.

– Mi padre también peleó contra el jefe de Shinsei, él murió en el campo de batalla como un héroe. Se todo sobre esa organización, Sarada – explicó la ninja de cabello rizado arrugando el entrecejo –. Y estoy muy segura de que su líder no se llamaba Akaoshi.

Las dos Uchiha en medio de la sala imitaron el gesto de desconcierto en los ojos de Akane.

–Akane – volvió a interrumpir su abuelo, esta vez con mayor malestar –. Eso no es de tu incumbencia.

– Un momento ¿Cómo…? – quiso saber Sarada pero un sonido le impidió continuar con su pregunta.

La puerta de la sala se abrió en un golpe seco dándole paso a una suave ventisca primaveral que trajo consigo el frio de la noche junto al olor de la tierra humedecida. Todos giraron la cabeza al unísono en dirección al recién llegado. Su nuevo invitado yacía en el marco de la puerta, luciendo su mejor cara de pocos amigos, como si hubiese escuchado algo que no le agradó en lo absoluto. Vestía con un simple pantalón negro y una camisa blanca con el respectivo emblema Uchiha estampado en la espalda. La fiel katana atada a nivel de su cadera con un cinturón de cuero fue retirada para descansar a un lado de la larga cesta donde se depositaban las sobrillas, mientras que su rostro se mostró taciturno cuando levantó la quijada hacia todas las personas que aguardaban en su sala de estar.

–¡Sasuke-kun!– saludó Sakura olvidando por completo el hilo de su conversación actual, su esposo había llegado y eso era todo lo que le importaba en ese momento. Sin poder contener una radiante sonrisa, dijo –: Bienvenido a casa.

–¡Sasuke-sama! – exclamó Akane corriendo hasta la entrada en un par de zancadas. Se detuvo a admirar a Sasuke que seguía llevándole una ventaja de altura descomunal –. Que feliz me hace volver a verlo. Vaya ¿Siempre ha sido así de alto o creció aún más?

–Akane – apuntó el Uchiha ocultando el asombro en una nota grave. No se esperaba tal visita.

–Sakura-san me contó que estaba en una reunión con Naruto-senpai – era evidente que no podía seguir ocultando la curiosidad de saber cómo se encontraba su más grande ídolo – ¿Qué tal estuvo? ¿El Hokage está bien? ¿Tiene mucho trabajo?

–No seas entrometida, Akane – le regañó Masashi colocándose de pie con dificultad mientras señalaba con el dedo acusador tanto a Sasuke como a Sakura –. Ustedes dos le enseñaron ese mal hábito de fisgonear en cosas ajenas, par de bribones indisciplinados.

–Masashi – dijo Sasuke arrugando el ceño una vez hubo reconocido al hombre.

–Irrespetuoso hasta la muerte – sentenció el anciano farfullando entre dientes –. Al menos tu esposa tiene la decencia de utilizar el honorifico "dono" cuando me trata.

El pelinegro entrecerró los ojos enfocándolos hacia los de viejo hombre.

–Que inesperada visita.

–Como la de ustedes cuando llegaron a mi granja – sonrió con malicia –. La venganza es un plato que se come frio ¿No te parece?

–Papá – le llamó Sarada acercándose a él con los ojos brillantes de emoción, pasando por alto la tensión que comenzaba avivarse en la mandíbula de Sasuke –. Akane acaba de contarme la historia de cómo tú y mamá salvaron a las personas de la peste ¡Fue increíble!

–Creo que estas volviendo a exagerar, linda – intervino Sakura.

–¡No seas modesta, mamá! Fue asombroso.

–Eso fue hace mucho tiempo – aseveró Sasuke escaneando la sala hasta depositar su atención en el rostro de Sakura. Ésta no pudo contener el inevitable sonrojo que sucumbió hasta sus mejillas, haciendo que el pelinegro ocultara una minúscula sonrisa que comenzaba a formarse en la comisura de su labio.

–Bueno, ya han charlado bastante. Es hora de ir a la cama – bramó Masashi –. Akane – levantó su pipa y señaló esta vez a su nieta –, sigue a la habitación que te indique la mocosa y ve a dormir. Mañana nos depara un largo camino lleno de ampollas en los pies. Dentro de un rato te alcanzo.

–¿A dónde vas? – preguntó Akane sin comprender.

–El Uchiha y yo nos tomaremos una taza de té. Necesito mortificar su existencia de la misma manera que él hizo con la mía cuando estuvo en la granja.

Akane infló sus cachetes, avergonzada.

–¡Abuelo! No trates mal a Sasuke-sama. Él ha hecho mucho por nosotros como para que le hables de esa manera.

–Bah, a la mierda las formalidades – vociferó el anciano moviendo su mano de un lado para otro, restando importancia a las palabras de su nieta. Luego se dirigió hacia Sasuke en la entrada de la casa, intercambiando una profunda mirada cargada de cosas que Sakura no llegó a comprender –. Vamos, Uchiha. Tenemos más de diez años que ponernos al día y no quiero que la hora de dormir se me pase deteniéndonos en estupideces.

Sasuke no contradijo al sabio anciano, en cambio se acercó a Sakura para susurrarle.

–Ve y descansa, puede que tardemos un buen rato.

–¿Sucede algo?

–No – respondió Sasuke naturalmente –, solo intercambiaremos información. Nada de lo que preocuparse.

Aguardó unos instantes esperando averiguar algo en aquella frase, una palabra dubitativa, una letra mal pronunciada, una señal de que Sasuke estuviera ocultándole algo, pero era imposible. Él era un maestro en el oscuro arte del engaño, incluso más que ella.

–Está bien. Les llevare un poco de té y dangos – les ofreció Sakura sonriendo tímidamente – ¿Le parece, Masashi-dono?

–Más te vale que te hayan quedado deliciosos, mocosa – bramó el hombre alzando su pipa en el aire –. A fin de cuentas fui yo quien te enseñó a hacerlos. Espero no quedar decepcionado.


Antes de que el despertador preparara una sesión de su característico chirrido ensordecedor, Sakura se levantó de golpe, prediciendo la hora según se lo indicaba su reloj biológico. Se estiró hacia la mesita de noche de su lado y apagó el aparato en el momento previo a su canto matutino. Cerró los ojos aliviada. No quería despertar a Sasuke tan temprano en la mañana. Debía estar muy cansado, considerando la pobres horas de sueño que llevaba encima.

Había subido a la habitación bastante entrada la noche. Sakura se hizo la dormida durante los cortos minutos que tardo Sasuke en quitarse los zapatos para terminar envuelto en las sabanas a un lado de ella. Como siempre, sus movimientos fueron sigilosos, simulando a la perfección el arrastre de una serpiente escurridiza con la intención de no despertarla. Sakura contó mentalmente diez minutos antes de examinarlo por encima de su hombro. A pesar de estar profundamente dormido, la "charla amistosa" que sostuvo con Masashi le había oscurecido el semblante. En situaciones normales – sin la necesidad de un estímulo extra – Sasuke reflejaba un rostro casi inexpresivo. Difícilmente podía sonsacarle algo bajo su típico silencio sepulcral, incluso siendo su esposa le era un trabajo arduo que muchos creerían imposible, sin embargo, con el pasar de los años, Sakura aprendió mucho de su comportamiento y esas micro expresiones que cualquiera pasaría por alto, para ella era un claro indicio de problemas.

Estiró los brazos sobre su cabeza escuchando como todos sus músculos se lo agradecían aligerando la tensión que residía sobre ellos. Se frotó los ojos con fuerza y dejó ambas piernas caer en el borde de la cama, quedando de frente a Sasuke que le estaba observando con cautela desde la silla del escritorio. Ahogó un grito de sorpresa al ver a su esposo con la mirada ensombrecida.

–Sasuke-kun ¿Qué haces despierto?

En ningún momento durante la noche sintió que se levantara o hiciera algún ruido que pudiera alertarla de que se hubiese despertado. Sin embargo, allí estaba, demasiado serio y con la mirada perdida bajó la mata de cabello azabache.

Se había cambiado de ropa, ahora usaba un simple pantalón gris oscuro junto a una camisa holgada de color negro que lo hacía ver más siniestro que de costumbre. Sakura dio un vistazo rápido hacia su espalda para estudiar el lugar donde había dormido él. Debía tener un buen rato allí sentado, pues el lado de su cama estaba casi liso y las sabanas ya estaban hechas.

Regresó su atención de nuevo a su esposo, parpadeando con incredulidad cuando Sasuke enfocó sus ojos con mayor profundidad sobre los suyos. Recordaba esa misma escena, esa exacta mirada. Él la había estudiado de la misma manera esa vez en Gan'u, durante su estadía en el hotel. Aquella vez, Sakura había despertado en la mañana luego de un sueño reparador, libre al fin de ese inquietante insomnio, para encontrarse con los ojos del pelinegro envuelto en una densa aura sombría. Esa misma mirada aterradora de hace doce años atrás se la estaba devolviendo en ese preciso instante.

–Sasuke – susurró Sakura nuevamente temiendo que si alzaba demasiado la voz profundizaría el malestar entre sus cejas.

El aludido no respondió al instante, lo que hizo alterar el pulso de Sakura, palideciéndola de golpe. Llevó instintivamente la mano hacia el collar oculto entre su blusa aprisionándolo con fuerza ¿Estaba molesto? ¿Había sucedido algo? ¿Se enteró de algo importante? ¿Algo como… como su secreto? No, imposible, las únicas personas que estaban al tanto de ello le habían prometido a Sakura no revelarle la verdad a Sasuke…o tal vez él lo descubrió por su cuenta.

–Sasuke – volvió a pronunciar su nombre evitando que la voz se le quebrara del miedo que surcaba sus venas –. Sasuke…

–Disculpa – farfulló el Uchiha dejando caer la cabeza hacia delante mientras masajeaba su nuca con la mano vendada. Eran muy raras las ocasiones en que Sasuke pedía perdón, extremadamente raras –. No pude dormir bien.

Sakura sintió como el peso de la ansiedad desaparecía parcialmente de sus hombros. Al parecer, Sasuke desconocía su secreto, por ahora.

–¿Sucedió algo con Masashi?

–No es nada – dijo, regresando de nuevo a su tono serio. Se colocó de pie lentamente con la mano aun masajeando el dorso de su cuello –. Me ocupare de darles la despedida a Masashi y Akane. Descansa un rato más, luces agotada.

Sakura pestañeo intrigada ¿De verdad se veía cansada? Imitó a su esposo y se levantó de la cama, acercándose disimuladamente hacía el espejo del escritorio. Una vez pudo distinguir su reflejo reprimió una maldición en su garganta. De verdad que se veía pésima. Cabello alborotado, piel pálida, ojos hundidos, labios resecos. Era un recuadro tétrico de una Sakura poco madrugadora. Incluso los relieves óseos a nivel de su rostro predominaban ligeramente sobre sus mejillas y mandíbula. Llevó el pulgar a sus labios y mordió la uña en señal de ansiedad. Se había encargado de verse animada y en buen estado de salud todo el tiempo, y más aún cuando Sasuke llegó a la aldea hace dos días atrás ¡Incluso se había maquillado! ¿Quién se maquilla estando en casa? Ya estaba levantando demasiadas sospechas, no podía darse el lujo de seguir así.

–Le diré a Masashi y Akane que aun estas dormida – continuo Sasuke caminando hasta la puerta, posando su mano sobre el picaporte.

–No te preocupes, bajare contigo.

El pelinegro se detuvo con la puerta a medio abrir.

–Sakura… – dijo irritado.

–Tu eres el que necesita unas cuantas horas de sueño ¿Sabes? – le detuvo con voz enérgica.

–Estoy acostumbrado.

–Pero a mí no me gusta verte así ¿Por qué no te tomas un descanso?

–Lo hare si tú lo haces.

–Yo estoy perfectamente, tú por el contrario pareces estar acabado.

Desde la entrada de la habitación, Sasuke comenzó a masajearse los ojos con fastidio.

–¿No te parece que es muy temprano para discutir, Sakura?

–No estamos discutiendo. Pero si sigues con esa actitud podemos pelear un rato. Tengo dos meses sin gritarte, sería una muy mala esposa si perdiera la práctica – dijo Sakura cruzándose de brazos mientras dibujaba una sonrisa divertida.

Sasuke arqueo una ceja, imitando el atrevimiento en el rostro de la pelirrosa.

–¿Alguna vez te he dicho lo realmente obstinada que eres?

–Repetidas veces – se burló mientras se dirigía a la puerta del baño que quedaba en la habitación –. Me cambiare para acompañarte a despedir a Masashi y Akane.

El Uchiha dudó un instante previo a formar una sonrisa ladeada en su rostro.

–¿Nada de lo que te diga te hará cambiar de opinión?

–Pues claro que no. Por algo soy tu esposa, tengo que llevarte la contraria de vez en cuando.

–Hmp – dijo, saliendo de la habitación sin borrar la sonrisa de su rostro.

...

El reloj de la cocina marcó las ocho de la mañana. Masashi y Akane se habían ido hace poco menos de media hora. La niña casi rompe en llanto cuando se despidió tanto de Sakura como de Sasuke. Dijo que les extrañaría a montones y que les mandaría sus saludos a su madre y sus hermanos gemelos en el País del Trueno. Masashi por su parte, seguía insistiendo en que su nieta era demasiado melodramática y que la culpa recaía en los esposos Uchiha por el mal ejemplo que le dieron cuando Akane era tan solo una niña de seis años. Sakura les dio un fuerte abrazo a ambos, evitando que las lágrimas se apoderaran de sus ojos, antes de verlos partir por la entrada de la aldea. A fin de cuentas fue una despedida bastante amena, tomando en cuenta que las despedidas nunca lo son.

Luego de regresar a la casa, Sakura se dispuso a hacer una suculenta comida para su pequeña familia. El desayuno había sido todo un acontecimiento para Sarada. En retrospectiva, era la primera vez luego de tanto tiempo que se sentaba a la mesa con su padre para tomar el café y leer el periódico. Normalmente, Sarada llevaba consigo esa manía Uchiha de querer demostrarse misteriosa, resguardándose en el silencio y evadiendo respuestas con molestos monosílabos. Pero en esta ocasión los genes Haruno relucieron dignamente cuando acorralo a Sasuke con cientos de preguntas, comentarios e historias de sus misiones. Después de un buen rato, Sakura comenzó a marearse con aquel torrencial de palabras, ni siquiera ella estaba segura si podía llegar a ser tan pesada como lo estaba siendo Sarada en ese momento. Sasuke, por extraño que sonara, mantuvo una mirada tranquila y relajada durante toda la comida, como si las inquisitivas preguntas de Sarada fuesen algo de lo más natural. Sakura lo estudió en silencio mientras tomaba un vaso de jugo de naranja. Ahora su rostro lucia más tranquilo y menos oscuro que cuando lo encontró en la silla del dormitorio. Juraría incluso verlo casi contento, gustoso de poder comer una tostada de pan junto a su familia. Ojala y así fuesen todos sus días, reunidos en torno a la mesa discutiendo de temas triviales mientras que el tiempo perdía significado y el presente era lo único que les importaba.

Aunque solo tres personas habitaban aquella modesta casa, las vajillas se amontonaron en forma de rascacielos, dejando a Sakura con trabajo extra además del sin fin de quehaceres que debía atender en la casa. Abrió el grifo y comenzó una enérgica sesión de desengrasar las ollas controlando su súper fuerza con cada movimiento de su mano.

Los pasos de alguien acercándose a la cocina le advirtieron de la llegada de Sasuke antes de que éste atravesara el arco de la cocina. Sostenía en su mano un puñado de revistas de cocina, con cientos de atractivos dulces en las portadas y un porquecito como regalo de la editorial para las amas de casa adictas a la repostería.

–Esto estaba en la entrada.

–Oh si, las ordene hace unos días – explicó Sakura terminando con las ollas, dejándolas pulcras e inmaculadas, ahora era el turno de los vasos –. Hay unas recetas muy buenas para hacer dangos, ya sabes, quiero perfeccionar mi técnica. Tengo planeado hacer unos cuantos para la cena.

–¿Necesitas que compre algo?

–No realmente.

–Bien – dijo indiferente –. Si necesitas cualquier cosa, avísame.

–Ahora que lo mencionas – se dio la vuelta con gracia haciendo que la falda girara sobre sus piernas en un perfecto círculo. Se había cambiado el pijama por un atuendo ligero. Una blusa de tirantes gruesos color blanca, con el abanico Uchiha en su posición habitual. Llevaba encima un delantal estampado que le llegaba al mismo nivel de la falda, por encima de las rodillas. Cabello suelto, un sutil maquillaje y sencillos accesorios adornando sus orejas y muñecas. En términos generales lucia muy común, y ese era su propósito. Llamaría la atención si se arreglaba demasiado, sin embargo, había tomado las previsiones adecuadas para no lucir como el calificativo de Sasuke en la mañana, ocultar su cansancio era un trabajo arduo, y cada vez era una tarea más difícil.

Sakura levantó una paleta llena de espuma para lavar, señalando a su esposo en la entrada de la cocina.

–Necesito que te tomes el día libre y vayas a dormir un rato. No pasaste bien la noche ¿Recuerdas? Pienso hacerte un té, eso te relajara.

Sasuke se cruzó de brazos, reposando su cuerpo sobre el marco de la puerta. Esa mueca en los labios no expresaba más que una genuina molestia.

–¿Otra vez con ese asunto? ¿No te cansas?

–No realmente.

–Estoy bien, Sakura – dijo tajante.

–Soy médico – volvió hacia el lavavajilla para quitar el exceso de espuma de sus manos–. Se cuando una persona no está bien.

Y era cierto. Aunque lo quisiera negar, Sasuke se notaba agotado, incluso más que ella. Las ojeras bajo sus ojos comenzaban a marcarse como líneas indelebles sobre la pálida piel, los músculos de su espalda estaban constantemente tensos y sus ojos habían perdido un pequeño atisbo de luz. Los viajes lo estaban consumiendo y, aunque doliera verle así, ella no podía hacer nada para detenerlo.

Regresó hacia uno de los estantes y tomó una tetera de color verde, como la gran mayoría de los utensilios de la cocina. Llenó el recipiente con agua limpia, lo colocó sobre la hornilla y la encendió con ayuda de un cerillo.

–Estas exagerando, Sakura – bramó Sasuke –. Esto es estúpido.

–Lo siento, no te escucho – dijo mientras hacía ruidos innecesarios con el metal de la tetera –. Ya estoy haciendo el té – anunció complacida una vez las llamas alcanzaron una altura óptima.

Sasuke negó con la cabeza resignado, al menos estaba al tanto de que su poder de convencimiento había perdido vigencia conforme pasaban los años de matrimonio, y era por esa razón que Sakura de vez en cuando ganaba sus contiendas.

Los sonidos de unas pisadas rítmicas y aceleradas llegaron a los oídos de ambos Uchiha. Sin previo aviso la silueta de Sarada hizo presencia a un lado de Sasuke en la entrada de la cocina. Tenía el cabello alisado tras sus orejas, el traje de misiones en perfecto orden y los lentes de pasta a punto de caer sobre la punta de su nariz posterior a su abrupta entrada a la habitación.

–Mamá – saltó la niña escaneando la cocina con apremio – ¿Dónde están las píldoras de soldado que hicimos la semana pasada?

–Creo que las coloque en una cesta allá en la alacena – señaló con la cabeza el lugar donde debían estar las píldoras.

Sarada se precipito hasta donde le había apuntado, desplazándose con familiaridad entre los estantes de la cocina hasta alcanzar una cesta que descansaba justamente en el sitio que Sakura le había indicado.

–Sí, aquí están – tomó un puñado y salió corriendo de nuevo escaleras arribas –. Gracias, mamá.

El pelinegro persiguió el trayecto recorrido por su hija hasta perderla en la oscuridad del segundo piso.

–¿A dónde va Sarada? – dijo dirigiéndole a Sakura una mirada inquisitiva.

–Se siente mucho mejor. Va a retomar las misiones con su equipo – respondió entretenida con los trastes sucios, esta vez los platos fueron sus siguientes víctimas.

–¿Estas segura que se encuentra en condiciones? – un deje de hostilidad se filtró en aquella frase.

–La di de alta ayer en la noche antes de irse a la cama – vio de reojo a Sasuke que seguía sin quedar convencido –. Tranquilo, cariño. Sarada está en perfecto estado. Irá a una misión sencilla, creo que era algo referente a atrapar un oso.

Antes de que Sasuke pudiera comenzara a refutar sobre la pésima idea de que su hija persiguiera un animal que superara los 400kg, alguien tocó a la puerta.

–Debe de ser Boruto – concluyó Sakura secándose las manos con el delantal.

–¿Boruto? – repitió Sasuke.

–¡Mamá! ¿Puedes ir a abrir la puerta? Dile que estaré lista en un minuto – pidió Sarada desde el piso superior.

–Está bien. Ya le digo.

Sakura se alejó de la cocina seguida de un Sasuke que continuaba repitiendo el nombre de Boruto entre dientes.

Atravesó la distancia que la separaba del recibo y abrió la puerta para encontrarse a un simpático niño de cabellos rubios.

–Buenos días, Uchiha-san – saludó el Uzumaki con una gran sonrisa.

Sakura no pudo evitar imitar su sonrisa al verlo. Boruto simplemente era todo un encanto. Siempre que podía pasaba buscando a Sarada antes de partir a sus misiones, indudablemente se preocupaba bastante por ella. Había llamado durante toda la semana para estar al tanto de su estado de salud y ahora estaba ahí, esperándola como todo un caballerito. Entre los muchos secretos que Sakura guardaba recelosa, uno de ellos era el de ver a su hija en un futuro junto a Boruto. Tenía sus esperanzas puestas en esa posible relación. Aunque se insultaran la mayoría del tiempo, estaba segura que algo nacería entre esos dos algún día.

–Buenos días, Boruto – le regresó el saludo Sakura juntando las manos sobre su falda –. Sarada está terminando de arreglarse, no debe de tardar en bajar.

–Está bien, Uchiha-san. Oh, y gracias por los dangos. Estaban muy deliciosos.

–No es nada – dijo –. Sabes, Sarada me contó que Hinata los invitó a una cena en tu casa y me pareció una idea maravillosa hacerlo aquí también ¿Qué te parece? ¿Les gustaría comer acá luego de que terminen la misión?

Los ojos de Boruto se abrieron de golpe.

–Suena increíblemente delicioso, Uchiha-san. Aquí estaremos.

Toda el aura de felicidad en la entrada de los Uchiha se eclipso de repente cuando la sombra de Sasuke hizo acto de presencia a un lado de Sakura. Su omnipotencia hizo estremecer al niño sobre el tapete de "Bienvenidos". La pelirrosa hizo una mueca desaprobatoria. Estaba haciéndolo a propósito, conocía muy bien a su esposo, quería intimidarlo.

–Con que tú eres Boruto – gruñó Sasuke con el mentón erguido y mirándolo desde lo alto.

–U-Uchiha… S-Sasuke – tartamudeo el aludido. Comenzaba a transpirar, la película de sudor en su cuello era indicativo suficiente para saber que estaba nervioso.

El pelinegro se cruzó de brazos.

–Eres igual al Dobe.

–Cariño, no le hables así – dijo Sakura controlando el tono disgustado.

–Es todo un honor conocerlo por fin, señor – hizo una reverencia rápida, temiendo que esa pequeña fracción de segundo en que sus ojos desviaban la mirada pudiera ser víctima de alguno de sus legendarios ataques.

–Al menos sabe de modales – aseveró Sasuke –, lo único que se me ocurre es que lo aprendiera de la chica Hyuga.

–¡Sasuke! – la pelirrosa coloco las manos sobre sus caderas. Se estaba extralimitando.

Sasuke la ignoró como mejor lo hacía y continúo con su atención puesta en Boruto. Si quería hacerlo sentir insignificante lo había hecho, y con creces.

–Sakura me acaba de contar que eres el compañero de equipo de mi hija.

–Sí, señor – dijo, alzando la voz más de la cuenta, como si quisiera sonar determinado –. Nos graduamos juntos en la academia.

–¿Y quién es su otro compañero?

–Mitsuki.

–¿Cuál es su clan?

–No tiene, señor – se encogió de hombros –. Sabemos muy poco de él. A decir verdad no sabemos nada, solo que su padre es uno de los tres legendarios sennin.

–¿Es hijo de Jiraiya? – dijo levantando una ceja.

–No, señor. De Orochimaru.

Los parpados de Sasuke se abrieron lo suficiente para reflejar el contorno de su iris azabache. Si antes el aura no era densa ahora pesaba como mil yunques. Sakura se mordió la lengua. Su sueño de tener como yerno a Boruto estaba cayendo en picada, todo por culpa de su muy malhumorado esposo.

El pelinegro se inclinó un poco hacia delante y bajó la mirada, controlando el chakra que atentaba con activar los poderosos Dōjutsu en sus ojos. Boruto tragó saliva.

–¿Qué has dicho? – preguntó Sasuke en un siseo intimidante.

Boruto palideció, rascándose la nuca sin saber muy bien que decir. El sonido de unas nuevas pisadas se alzaron sobre el silencio que persistía en la entrada de la casa de los Uchiha. Todos giraron para ver como Sarada se calzaba las sandalias mientras saludaba a su compañero de equipo con la mano.

–¡Estoy lista! – anunció contenta –. Disculpa la tardanza.

–Ya me estaban saliendo raíces – dijo Boruto aliviado por verla.

–No seas exagerado.

–¿Cómo te has sentido?

–Muy bien. Ya no me caeré de edificios en construcción, de eso puedes estar tranquilo – se regresó a sus padres sin poder contener la felicidad –. Nos vemos, mamá. Hasta luego, papá.

–Recuerda tomarte tu medicina, linda – le indicó su madre y volvió a alzar la voz antes de que cruzaran la calle –. ¡Nos vemos en la cena Boruto, recuerda decirle a Mitsuki!

El rubio asintió dudoso antes de perderse en unos árboles de cerezo a punto de florecer con Sarada de compañía. Sakura dejó en libertad un suspiro, cerró la puerta con cautela y echó un vistazo a Sasuke por el rabillo del ojo. Su semblante estaba sumergido en la ira y las venas de su cuello latían a punto de estallar. La pelirrosa dio un suspiro de derrota. Ahora tendría que lidiar con la amargura de Sasuke durante todo el día. Aunque, pensándolo bien, era su culpa después de todo. No lo había preparado para la noticia de Mitsuki, era comprensible que reaccionara de esa manera.

Alisó su delantal como si nada hubiera pasado y regresó de nuevo a la cocina. Seguida de los furibundos pasos de Sasuke a punto de pisarle los talones.

–Sakura.

–¿Mmm? – se acercó de nuevo a la seguridad del lavavajilla y continuo con la laboriosa tarea de restregar los platos sucios.

–¿Me puedes explicar lo que acaba de suceder en el porche de mi casa? – estaba controlando su voz, lo mantenía en un tono grave, carente de calma.

–¿De qué hablas? – preguntó Sakura con ignorancia mal fingida.

La paciencia era algo de lo que Sasuke carecía, sin embargo mantuvo la compostura cuando continuo diciendo:

–Puedes comenzar explicándome ¿Por qué Sarada está haciendo equipo con el atolondrado hijo del Dobe y el posible experimento de Orochimaru?

–No sea duro con Mitsuki, Sasuke – quería sonar despreocupada, tal vez así contagiaría un poco al pelinegro –. Es un buen muchacho, solo porque tenga como padre a una serpiente con un terrible problema de personalidad no quiere decir que sea una mala persona.

–¿Te estas escuchando? – soltó molesto.

–Sí, y sueno bastante cuerda.

–¿Naruto y el Nara escogen los equipos, no es así? – estuvo tentando de tomar asiento en una de las sillas de la mesa, pero la irritación no le dejaba estar tranquilo – ¿Cómo vieron adecuado unir a esos dos con mi hija?

Sakura cerró el agua y torció el cuello hacia él para enfrentarlo.

–Sasuke, suenas a un padre demasiado sobreprotector. Esos tres se la llevan espléndidamente. Y si eso te mortifica te puedo decir que su sensei no es nadie más que Konohamaru, estarán a salvo bajo su cargo.

–¿Konohamaru? – entrecerró los ojos – ¿El enano amigo de Naruto?

La pelirrosa regresó de nuevo la atención a sus relucientes platos. Rayos. Había olvidado decirle ese pequeño detalle también.

–Ha madurado – dijo, buscando con la vista otro plato que lavar, pero se estaba quedando sin distracciones –. Ya no es el mismo niño que recuerdas.

–A ver si entendí – contuvo el aliento en su pecho antes de agregar –: Sarada está de misión con un revoltoso niño de pelo amarillo, el pervertido nieto del tercer Hokage y el producto de un ensayo de laboratorio.

–Si lo dices así suena terrible.

–Lo es – murmuró extremadamente disgustado.

–Sasuke – se alejó de la protección que le confería el lavavajilla y se volvió a su esposo. Encararlo era la única manera de sentenciar esa discusión a su final. Dejó descansar su cuerpo sobre el borde del bar de la cocina y se cruzó de brazos, enfocando su mirada hacia la de él –. Comprende que Sarada es una jovencita que puede cuidarse sola, le hemos enseñado bien.

–No me termina de convencer – masculló, copiando la posición de su esposa, defensivo y determinado –. Además ¿Por qué cuando forman los equipos siempre hay una sola mujer y tres hombres?

–¿Vamos a discutir sobre la igualdad de género?

–Solo estoy haciendo una observación.

–Nunca te quejaste con estos motivos cuando formaron nuestro equipo.

Desvió la mirada por una pequeña fracción de segundos.

–Eso es diferente.

–¿Por qué ha de serlo? – le retó Sakura con una sonrisa victoriosa –. Iba de misiones sola con tres sujetos y nunca escuche una sola queja de tu parte.

–Estamos hablando de nuestra hija ¿O tu padre nunca se molestó por ese simple detalle?

–Mi padre confiaba en que ustedes podían protegerme y eso le calmaba lo suficiente para dejarme ir – explicó sin darle mucha importancia –. Mi madre, por el contrario…

Bajó el tono de voz hasta convertirlo en un susurro. Recordar a Mebuki siempre era doloroso. En su cabeza comenzó a resonar la turbia relación que mantenía con ella, y no solo ahora, sino también cuando era un malcriada y molesta Gennin. En aquel entonces Mebuki se disgustaba mucho que anduviera por ahí, como una adolescente enamorada tras Sasuke. Discutían con mucha frecuencia. Nunca estuvo a gusta con que Sakura compartiera el mismo equipo con Sasuke y las respuestas de la joven Haruno siempre sobrepasaban los decibeles requeridos para iniciar una flameante discusión que se prolongaba durante incansables horas. Admitía que en aquel entonces era una adolescente con una mente endeble y un carácter irritable. Las riñas con su madre eran comunes en alguien de su edad y, ciertamente, eso es lo único que quedaba de su relación hasta la actualidad. Peleas, peleas y más peleas. Sakura estaba dispuesta a arreglar los grandes malentendidos que los años habían creado entre ellas, y sabía que Mebuki también lo quería. Pero ambas eran demasiado testarudas para dar su brazo a torcer.

Sakura le dio la espalda a Sasuke una vez los recuerdos comenzaban a trazar la tristeza en su rostro. No quería que la viera alicaída, ya bastante tenía con ocultar su cansancio como para agregar la desolación a sus preocupaciones. Sin embargo su esposo era demasiado asertivo. La conocía demasiado bien.

–¿Has hablado con ella? – susurró el pelinegro transformando por completo su tono de voz, lejos de sonar amenazador.

–No – mintió –, tengo tiempo sin conversar con mi madre.

Ya no quedaban residuos de su charla sobre los nefastos miembros del equipo de Sarada, ahora la atmosfera se había entristecido. Sakura no quería que se enterara de su pasada charla con su madre, ni las muchas otras que había vivido con ella en los pasados años. Sasuke llevaba demasiadas angustias encima como para sumarle el desprecio de Mebuki. Él no se lo merecía.

–Es mi culpa que tu relación con ella se haya ido en picada – apuntó el pelinegro luego de unos segundos de silencio.

–No, Sasuke-kun – negó rápidamente Sakura –. No es tu culpa. Ya teníamos nuestros roces desde hace mucho tiempo atrás. Mi madre esta reacia a aceptar la realidad, no quiere admitir que tus viajes son por el bien de la aldea y de nuestra familia.

Sasuke aguardo el tiempo suficiente para que la atmosfera se tornara más pesada, antes de preguntar con demasiada seriedad:

–¿Y tú que piensas al respecto?

Sakura atascó de nuevo la llave del agua del lavavajilla que desprendía un fino hilo de agua y cerró los ojos con fuerza.

–Ya hemos hablado de esto antes – no quería sonar ruda, pero le era difícil controlarse en ese momento –. Muchas veces.

–Pero quiero saber qué pasa por tu mente – dijo el pelinegro con voz gruesa –. Ahora.

–Nada ha cambiado. Sigo pensando lo mismo de tus viajes desde que te fuiste hace casi diez años.

La tetara comenzó a vibrar de manera casi imperceptible bajo el fuego de la hornilla, pero el silencio seguía siendo un dolor punzante en los oídos de ambos Uchiha.

–No las he abandonado, Sakura – profesó Sasuke.

–Jamás he dicho eso – le corrigió a la defensiva sin tener aun el valor de encararle.

–Pero lo has pensado.

–Te equivocas.

–Sakura, entiende que…

–Detente – pidió en un chillido, con la voz a punto de quebrársele –. Por favor. No quiero volver a tocar ese asunto, Sasuke. No otra vez.

–Entiendo – dijo, aceptando en silencio las palabras de su esposa.

Odiaba escucharle de esa manera, sonaba derrotado, sin fuerzas. Sakura no quería que se sintiera así. Se había prometido darle a Sasuke una vida llena de alegrías y buenos momentos, pero todo el universo había confabulado en su contra para hacerle el camino más difícil.

–Lo lamento – dijo la pelirrosa relajando los hombros con pesar –. No fue mi intención ser tan dura.

–Sabes que aborrezco que uses esa palabra, Sakura – su voz imperiosa resonó en la cocina como un poderoso eco que la hizo estremecer.

–Pero fue mi culpa – se encogió con la mirada perdida en la alacena frente a ella –, creo que me extralimite.

Escuchó como Sasuke se colocaba de pie y se acercaba hasta ella con extrema cautela. Sus pasos resonaron tenuemente sobre el piso de cerámica hasta detenerse justo a la espalda de Sakura. Desde esa distancia podía percibir ese seductor aroma que le hacía erizar los vellos de la nuca.

–Yo soy el que debo pedir disculpas. Tú no has hecho nada malo.

–Pero como tu esposa debo apoyarte en tus decisiones, y lo único que he hecho es quejarme de tus largos viajes.

–Si no te quejaras, no serias la mujer con la que me case.

Sakura sonrió tímidamente.

–Apestas dando cumplidos ¿lo sabías? – apuntó divertida, con la intención de aligerar el ambiente.

Seguía tras ella. Su respiración chocaba con la su cabello, haciendo revolotear las hebras rosadas a nivel de la coronilla. Desprendía ese perfume a hierbabuena que tanto echaba de menos, percibiendo el calor de su cuerpo cada vez más cerca del de ella. Tembló ligeramente, dejando a un lado los trastes a medio limpiar cuando la mano de Sasuke llegó hasta el borde de su blusa, levantándola hasta tocar la piel de su cintura. El tacto le hizo sentir mariposas revoloteando en su vientre, y su pulso se aceleró con violencia. Sasuke bajó su cabeza hasta llegar al oídio de Sakura permitiéndole a ésta escuchar la profunda respiración de su esposo que chocaba contra su cuello. La mano vendada seguía acariciando gentilmente la piel de su abdomen mientras que la otra se atrevió a desenredar los nudos del delantal que vestía esa mañana. Sakura contuvo el aliento en el momento en que sintió los labios de Sasuke sobre su hombro, comenzando un camino de suaves besos hasta terminar en el lóbulo de su oreja. Cerró los parpados dejándose llevar por las caricias, hasta que el Uchiha la obligo a girarse sobre sus talones, acorralándola entre su cuerpo y el borde del lavavajillas.

Una vez frente a él sus ojos se encontraron como si fuesen atraídos por la fuerza de un imán. Sakura debía levantar demasiado la quijada para poder mantener el contacto visual. Estaban demasiado cerca, al punto en que sus respiraciones se fusionaban en una única mota de aliento. La pelirrosa llevó sus manos hasta el pecho de Sasuke donde pudo apreciar el aleteo fuerte y rítmico de su corazón. Continúo admirándolo unos segundos más, observando cada una de sus rasgos, desde esa fina cicatriz que surcaba su ceja izquierda, el cabello largo y azabache que cubría gran parte de su rostro, los fuertes brazos que rodeaban su cuerpo adaptándose a la curvatura de sus caderas. Sakura ascendió sus manos hasta el cuello de Sasuke, colocándose de puntillas para poder depositar un suave beso en los labios del Uchiha. El pelinegro correspondió al tacto con movimientos sutiles, mientras que sus inquietas manos seguían explorando la piel de la cintura de Sakura obligándola a jadear de puro asombro. Sasuke, al escuchar el anhelo de la pelirrosa entre sus brazos, la aprisiono contra su cuerpo, profundizando el beso hasta dejarla sin aliento. Las manos de Sakura se entrelazaron en las hebras de cabello azabache, afianzando su agarre con determinación, dejándose estremecer con cada uno de los movimientos que su esposo realizaba sobre su piel. Sin pensarlo mucho, Sasuke tomó el cuerpo de Sakura y la alzó hasta depositarla sobre el bar de la cocina, sin detener en ningún instante ese hambriento beso que acariciaba la posibilidad de dejarles sin aliento.

El pecho le ardía y el calor que emanaba su cuerpo era descomunal. Perdió la noción del tiempo cuando los labios de Sasuke se amoldaban con mayor ahínco sobre los suyos. Todo se había esfumado, el mundo se desmaterializo a su alrededor. Los pies de Sakura guindaban sobre el bar. Quería enredar sus piernas alrededor de Sasuke, acercarlo más, si es que eso fuera posible, pero el sonido de la tetera saltar en la cocina la alertó. Relajó su agarre y se separó de él, luego de buscar la fuerza de voluntad necesaria para hacerlo.

–Sasuke-kun – tartamudeo con el rubor cubriendo sus mejillas –. El té…

–¿Aun piensas que debo descansar?

–Te ves algo cansado.

–No tengo pensado dormir en este preciso momento, Sakura – le reprochó afanoso por seguir donde le habían interrumpido.

–Pero…

–Está bien si no qui…

–¡No! – se adelantó a negar con demasiada prontitud enrojeciéndose aún más. Sasuke sonrió entretenido –. No es eso.

–¿Entonces qué sucede?

Por un momento pensó en Sarada. Si los veía allí, besándose apasionadamente en medio de la cocina se llevaría el trauma de su vida.

–Está de misión, Sakura – respondió Sasuke como si pudiera leerle el pensamiento haciéndola parpadear varias veces –. Tenemos todo el día para nosotros.

Antes de que pudiera ingeniárselas con una pobre excusa, Sasuke volvió a apoderarse de sus labios, esta vez con mayor frenesí. Sakura sintió como todos sus sentidos se nublaban de golpe, desvaneciéndose por completo bajo sus brazos. Era increíble como Sasuke podía tener tal nivel de poder sobre ella, aun con tantos años de matrimonio seguía dejándole una sensación de nerviosismo cada vez que se acercaba y la besaba, cada vez que le robaba la respiración con una nueva caricia, cada vez que la hacía estremecer entre sus brazos.

Ahora sus movimientos eran más airados, fogosos, impacientes por compensar el tiempo perdido entre sus largos viajes. Sasuke se separó de ella solo en el instante en que le retiró la camisa de golpe, forzándola a levantar los brazos para luego tirar la prenda al piso de la cocina, olvidada junto al delantal. Sakura contuvo la necesidad de cubrir su busto cuando el Uchiha la admiró en un cortó y mudo segundo, antes de regresar a su trabajo por mantener sus labios junto a los de ella, dejando ver en aquellos ojos azabaches un destello de agitación. Las manos de la pelirrosa acariciaron la espalda de Sasuke mientras hacía lo posible por buscar el borde de la camisa. Tal vez era la ansiedad o la intensidad del momento pero no podía enfocarse en dos cosas a la vez. A ese nivel de desorientación era capaz de arrastrarla aquel hombre, transformándola en un manojo de sensaciones inexplicables que la alteraban de la forma más exquisita.

Luego de un torpe intento por eliminar esa fastidiosa camisa, Sasuke le hizo el favor de quitársela de un tirón, dejando al descubierto su torso desnudo. Los músculos de su abdomen se marcaban perfectamente sobre su tersa y suave piel. Sakura se atrevió a tocarlos, mientras ascendía hasta su pecho, sintiendo la superficie de sus cicatrices y la historia que cargaba cada una de ellas. Continúo su camino hasta yacer en la dureza de sus brazos hechos de nudos magros, fuertes e increíblemente fascinantes. Se sentía pequeña e insignificante entre aquellas cadenas de acero que seguían rodeándola. Sin embargo, no se sentía una prisionera a su lado, sino más bien protegida. Cada vez que estaba junto a él sentía una sensación de paz inigualable. Ahí era donde quería estar durante toda su vida, ahí era donde pertenecía. Él y Sarada eran todo su mundo, y seguirían siéndolo hasta el final.

El ambiente a su alrededor había cambiado drásticamente, la atmosfera ahora se había tornado densa, el calor era excesivo, demasiado intenso, como si el clima les incitaran a seguir tirando restos de prendas sobre el suelo de la cocina. Sakura tiritó cuando los labios de Sasuke tomaron otro recorrido, esta vez regresó a su cuello permitiéndole abrir los ojos y mirar a su alrededor un momento, retomando el aliento mientras su pecho ascendía y descendía estrepitosamente.

–E-espera – tartamudeo. No quería que se detuviera, ni en un millón de años, pero se sentía avergonzada.

Sasuke se separó sin ánimos de hacerlo. Sus rostros estaban al mismo nivel permitiéndole verle sin levantar la quijada. Se le notaba extasiado, controlando sus impulsos por continuar. Sakura podía ver como jadeaba de manera superficial, como si quisiera ocultar el cansancio que la pequeña sesión de besos le había hurtado. Ella por su parte le era muy difícil ocultar los efectos que Sasuke hacia sobre ella. Para ese entonces el corazón de Sakura era una maquina a vapor y su rostro un lienzo de colores rojizos.

–¿Qué sucede? – preguntó Sasuke evitando sonar ansioso.

Sakura echó un vistazo fugas a su alrededor. La tetera seguía rechinado un poco más allá.

–Es la cocina, Sasuke – sentenció, encogiéndose de hombros.

–Como si no la hubiéramos estrenado antes – dijo mostrando una sonrisa ladeada, de esas que hacían que su pulso se precipitara hasta las nubes.

–Al menos dame unos minutos para arreglarme – pidió llevándose una mano al rosado cabello, alisándolo innecesariamente con la palma abierta.

–¿Es enserio?

Otra vez esa sonrisa que volvía atentar contra su cordura. Rayos ¿Cómo ese hombre podía ser tan condenadamente seductor?

–Quiero verme bonita para ti – susurro, aun intentando aplacar el desastre en el que se había convertido su cabello.

–Cualquier cosa que te pongas te la quitare sin pensarlo – le dijo regresando sus manos sobre la cintura de Sakura, inclinándose hasta que los labios le rozaran su oreja derecha –, lo único que haría sería estorbar.

–Sasuke-kun – el rose de su contacto sobre la piel de la Haruno le generó un sutil hormigueo.

El incesante ruido de la tetera colapso la siguientes palabras de Sakura, sacando de sus casillas a un muy impaciente pelinegro.

–Maldito té – dijo extendiendo el brazo hasta apagar la hornilla.

–Puedo terminar de prepáratelo si gustas – murmuró tímidamente, sintiéndose un poco expuesta con solo el brasier, el collar sobre su nuca y la falda que había descubierto la mitad de sus muslos.

Sasuke frunció el ceño luego de escuchar la petición.

–Ni te atrevas siquiera a pensarlo.

–¿Por qué?

–Tsk. Ven acá.

Sasuke se alejó de Sakura, pasó su brazo vendado por las rodillas de la pelirrosa y su otro brazo la sostuvo por los hombros, cargando con todo su peso como si se tratara de una minúscula y liviana pluma. Por mero instinto Sakura llevo ambas manos hasta el cuello de Sasuke, enrollándose fuertemente sin saber lo que pasaba.

–¿Qué rayos estás haciendo? – balbuceo una vez salieron de la cocina y se encaminaron escaleras arriba.

Sasuke formó una sonrisa ladeada mientras ascendía con paso lento hacia el piso superior.

–Te enseñare como debes recibir a tu esposo luego de una larga misión.