Disclaimer: ningún personaje o lugar que reconozcan me pertenece, todo es obra de la magnífica imaginación de Masashi Kishimoto.

Recuerdos de primavera

XXII

Sarada Uchiha

Las pisadas que resonaron sobre el piso de madera a las afueras de su habitación, fue lo justo para despertar a la somnolienta Sarada. Se removió entre las cobijas, escuchando entre dormida y despierta unos murmullos que se perdieron junto a la sombra de los pies que se proyectaban en la rendija de la puerta.

Tanto el eco de las pisadas como la luz del pasillo se apagaron simultáneamente, retornando todo a una oscuridad diluida por los rayos del amanecer. Sarada se reincorporo con pesadez sobre la cama mientras buscaba con torpeza los lentes de pasta que descansaban a un lado, sobre la mesita de noche. Revisó el reloj verificando que era, como esperaba, exageradamente temprano, dibujando una mueca de disgusto luego de contar las pocas horas de sueño que llevaba consigo.

Había llegado muy tarde de la fiesta de la tía de Boruto, Hanabi, la noche anterior. Anudado a eso estaba su estado de salud que no alcanzaba a cubrir los estándares necesarios para considerarse "estable", y la dosis de cansancio que acogió posterior a la misión con su equipo la dejó simplemente extenuada. En ese momento no pensó que la suma de esos tres factores – su pasada enfermedad, el ir en busca de un oso panda de más de 400kg y pasar la noche en la celebración de un cumpleaños – serian el desencadenante de su agotamiento actual.

Se sorbió la nariz al mismo tiempo que la frotaba enérgicamente. Quería seguir tirada entre las tibias sabanas, cerrar los ojos y continuar donde había sido interrumpida, pero eso sería una pérdida de tiempo innecesaria además de una forma cruel de mentirse a sí misma.

Desde muy corta edad, Sarada sufría de un severo insomnio de conciliación que le impedía continuar su hábito onírico a placer una vez estuviera despierta. Siempre había tenido el sueño muy liviano, por alguna razón sentía que debía estar alerta ante todo, incluso cuando residía en la seguridad de su propio hogar. Envidiaba a Boruto y su facilidad de caer como una roca en medio de la nada, y la de Mitsuki y Konohamaru-sensei de poder soportar los ronquidos del susodicho. Ella en lo personal no podía tomarse el sueño tan a la ligera como lo hacían los demás miembros de su equipo, cualquier sonido que se proyectara a su alrededor la transformaba en una gacela al asecho, lista para atacar. Ese era otro problema que ayudaba a su estado de hipervigilancia y desvelo extremo; su muy sensible sentido auditivo. Sakura estaba al tanto de ello, es por eso que evitaba cualquier sonoro movimiento durante las mañanas o hacer ruido cuando lavaba los trastes mientras Sarada dormitaba en su recamara. Sakura siempre tomaba sus precauciones para evitar despertarla, pero su error siempre había sido el creer fervientemente que las paredes de esa casa eran tan gruesas que nada podría atravesarla, cosa que estaba muy alejada de la realidad ya que desde los susurros más diminutos hasta las acaloradas discusiones que se entablaban entre Sakura y Mebuki llegaban sin mayores problemas hasta los oídos de la menor de los Uchiha.

En efecto – aunque nunca tendría las agallas para hablar con su madre del asunto –, Sarada estaba consciente de muchas cosas de las cuales Sakura intentaba ocultar con gran recelo, como por ejemplo el repertorio de insulto, ofensas e injurias que habían intercambiado la pelirrosa y Mebuki hace unos días atrás. Nunca antes Sarada había escuchado una discusión tan fuerte como aquella, y a decir verdad, había escuchado bastantes. No era algo de lo que se sintiera feliz de entrometerse, pero le era inevitable. Esa capacidad innata de poder detectar hasta el mínimo ruido a distancia podía llegar a ser la peor forma de tortura.

A fin de cuenta, Sarada estaba al tanto de la sensible relación que tenían su madre y su abuela, aunque hubiese preferido vivir en la simplicidad de la ignorancia. No debía ser adivina para entender que no se la llevaban para nada bien. Desde que tenía uso de razón, Sakura frecuentaba la casa de Mebuki solo cuando existía un evento social que requería su indispensable presencia, como por ejemplo el cumpleaños del abuelo de Sarada, Kizashi, o en año nuevo para saludarlos como una norma dictaminada por la sociedad más que por gusto familiar. Del resto, no existía ninguna ocasión en la que Sakura tomara la iniciativa de ir a visitar a sus padres a no ser que Sarada le asomara la idea. Para la menor de los Uchiha era muy triste ver como su propia madre y su abuela se intercambiaban miradas insensibles y rencorosas. Pretendían ocultarlo frente a Sarada, pero ella no era tan ilusa para no darse cuenta de la falsedad con que se trataban esas dos cuando estaban en una de sus temidas reuniones "familiares".

Bajó la cabeza y dejó en libertad un sonoro suspiro, masajeándose los músculos agarrotados de su nuca. No estaba de ánimos de comenzar el día de esa manera. La noche anterior, antes de salir de su casa a la fiesta de Hanabi con Boruto, Mitsuki y Nanadaime Hokage, dejó a Sakura con Mebuki hablando otra vez en la cocina. Una parte de sí, esa pequeña parte curiosa y masoquista, quería saber qué tema estaba a punto de explotar entre ellas – que en la mayoría de los casos era el de siempre –, pero al mismo tiempo deseaba salir de allí antes de que sus súper oídos captaran el inicio de otra batalla campal entre las Haruno.

Ahora estaba sentada en el borde de la cama, con una mezcla entre insomnio y ansiedad. Esa siempre era la sensación que le dejaba el pensar sobre su madre y su abuela, una relación destruida por los años e incapaz de ser reparada otra vez.

Se calzó las pantuflas luego de buscar los ánimos para levantarse. Se dirigió al baño con paso lento, inundando su mente sobre pensamientos de su pequeña y frágil familia, abarrotándola de una inquietud que seguiría entristeciéndola por al menos el resto de la mañana.

Aún tenía en mente la imagen de Sakura y Mebuki riñéndose entre sí cuando salió de la habitación. Llevaba puesto una simple falda color rojo oscuro y una blusa blanca adornada con el respectivo logo Uchiha en la espalda. Se había amarrado el cabello en una coleta alta, descuidando un poco el flequillo. No estaba con ánimos de arreglarse demasiado. En realidad no estaba con ánimos de nada, ni siquiera de bajar las escaleras para el infrecuente desayuno en familia o de ir al esperado festival del Hanami esa noche.

Una vez entró a la cocina se topó con las dos personas que cuchicheaban minutos antes tras la puerta de su habitación y que la hicieron despertar esa mañana. Primero observó a su madre que organizaba la modesta mesa de madera, sirviendo el desayuno con una radiante sonrisa en su rostro, de esas que Sarada solo podía ver de manera temporal, en ocasiones especiales o bajo acontecimientos que la embriagaban de una felicidad inigualable. Ese preciso momento donde los tres Uchiha estaban reunidos al fin en medio de una comida familiar, se podía considerar como el escenario perfecto para lucir esa alegría genuina que Sakura pocas veces frecuentaba. Sin embargo, el principal motivo de que estuviera tan contenta era a causa de cierto sujeto que aguardaba sentado en la cabecera de la mesa.

Sarada giró la vista hasta su padre. Leía muy concentrado el periódico mientras Sakura danzaba a su alrededor terminando de acomodar los platos en torno al jarrón con el Tulipán rojo que Sasuke le había reglado hace unos días atrás. El pelinegro pasó la siguiente página, saltándose los obituarios y llegando a la sección de sucesos internacionales con un movimiento ágil de su mano vendada. Vestía casual, con ropa ligera, pantalones oscuros y camisa negra. Eso era un buen presagio, pues, de una forma muy sutil daba a entender que no se iría de nuevo a su eterno viaje, al menos no por ahora.

La esquina del periódico se dobló perfectamente dejando que el profundo ojo de su padre llegara hasta los de Sarada. Ella no se inmuto por el saludo de Sasuke, simplemente le sostuvo la mirada unos instantes en un hondo y duro silencio, en el que se detuvo a pensar sobre la idea que le estaba abrumando desde que se había despertado.

Sasuke podía ser la razón de la repentina y efímera felicidad de Sakura, pero al mismo tiempo era el causante de la separación de ella con Mebuki y esa sensación la dejaba más intranquila de lo que ya estaba.

–Buenos días, dormilona – saludó la pelirrosa terminando su labor de organizar la mesa cuando colocó el ultimó plato sobre ella – ¿Cómo te sientes hoy?

–Ya estoy bien – dijo ocultando el cansancio que el insomnio y la ansiedad habían hecho con su voz.

–Igual debes de tomar tus medicamentos ¿De acuerdo?

Asintió antes de añadir:

–Está bien.

–Buenos días, Sarada – intervino Sasuke que regresó de nuevo a la interesante sección de sucesos internacionales.

Sarada le observó interesada. No esperaba que siguiera en la casa, ya lo hacía a mitad de camino de vuelta a su misión, y una parte de sí lo prefería.

–Pensé que te irías hoy – no quería sonar tan seca, pero la idea de que él era el culpable de la relación de Mebuki y Sakura le dejaba un sensación agridulce en la boca.

–Tu padre decidió quedarse unos días más – saltó a decir Sakura al percibir la dureza con que se refirió a Sasuke.

Sarada abrió los parpados sorprendida y extrañamente emocionada.

–¿Estarás para la celebración de esta noche? – evitó en lo mediado de lo posible sonar contenta, esa mañana no estaba con ánimos de estar feliz con él.

–Si – respondió el mayor de los Uchiha doblando con suma perfección el periódico y colocándolo a un lado de su plato repleto de comida.

–Sera nuestro primer Hanami en familia – concluyó Sakura como si fuese un evento que debería ser memorable. Se detuvo a sonreírle a su hija mostrando una hilera de perfectos dientes blanquecinos – ¿No te emociona, Sarada?

Aguardó unos instantes para controlar sus emociones ambivalentes.

–Seguro – respondió con un falso tono animado.

Se acercó a la mesa sintiendo como los ojos de Sakura la seguían por todo el trayecto hasta deslizarse sobre la silla a un lado de Sasuke.

–¿Sucede algo? – preguntó la pelirrosa con ese increíble sexto sentido materno.

–Nada – mintió Sarada con bastante seguridad –. Solo tengo hambre.

Sakura hizo una pausa. Probablemente meditaba sobre la posibilidad de indagar más en ese extraño ánimo de su hija, pero debió desistir porque lo siguiente que hizo fue mostrar una nueva sonrisa radiante.

–Que bien. Porque prepare tu plato favorito – se sentó en la silla vacía a un lado de Sasuke señalando las tortillas y las rebanadas de tomate que decoraban los platos frente a ellos –. Ustedes dos tienen más en común de lo que creen. Como ven, ambos adoran el tomate.

Sarada miró a su padre de reojo antes de juntar sus manos y agradecer por la comida.

En los días anteriores, cuando desayunaban juntos, Sarada siempre era la primera en sacar un tema de conversación. Quería que su padre estuviera al tanto de todos sus progresos y de lo que había logrado cada día en el que estuvo ausente, sin embargo hoy no estaba con ganas de hablar en lo absoluto.

–¿Qué tal estuvo la fiesta de Hanabi? – preguntó Sakura cuando lo único que se escuchaba sobre la mesa era el sonido de los cubiertos sobre los platos.

–Bien, estaba toda la familia reunida – explicó Sarada –. No sabía que los Hyuga fueran tantos. Mitsuki también se sorprendió.

–Es un clan bastante amplio, creo que el más grande de toda la aldea.

–Eso explicaría porque había tanta comida – continuó, sirviéndose un poco de zumo de naranja.

–Debiste pasarla muy bien entonces.

–Seguro, charlamos un rato y luego un clon del Nanadaime me escoltó hasta la casa – un rubor inevitable se apoderó de sus mejillas –. Le dije que no lo hiciera, pero él insistió.

–Que amable por parte de Naruto – apuntó Sakura.

–Más le valía – musitó Sasuke concentrado en su desayuno.

–Dijo que nos espera esta noche en el Hanami junto a Uzumaki-san, Boruto y Himawari – anunció Sarada.

–Y allí estaremos – la pelirrosa giró hacia su esposo moviendo el cabello rosado en un perfecto semicírculo – ¿No te parece excelente esa idea, Sasuke-kun?

El aludido no hizo ni siquiera una mueca empática hacia Sakura que aguardaba con una sonrisa a su lado.

–Hmp – fue lo único que se escuchó decir desde su garganta.

A causa de los pensamientos que la estaban abrumando desde que se había despertado, Sarada observó minuciosa el desagradable gesto de su padre para con Sakura, sin embargo lo dejó pasar.

–Hoy preparare una cena exquisita – continuó la pelirrosa como si la indiferencia de su esposo debía ser tolerada con una sonrisa –. Tengo planeado hacer un postre que les encantara tanto que hasta Sasuke pedirá otro pedazo.

–Detesto los dulces, Sakura – dijo el pelinegro sin siquiera mirarla.

–Pero este te fascinara.

–¿El abuelo y la abuela vendrán? – soltó Sarada sin procesar previamente las palabras por su mente. Se había dado cuenta muy tarde que su pregunta fue más una provocación que una sugerencia.

Sakura que llevaba un bocado a su boca, se detuvo en medio camino y Sasuke que bebía un poco de café contrajo involuntariamente los músculos de su cuello.

–No lo creo, linda – Sakura bajó el tenedor hasta el plato buscando con la mirada los ojos de Sasuke –. Pero podrías llevarle un poco si quieres.

"Podrías llevarle" repitió Sarada en su mente. Sakura no tenía pensado pisar la casa de sus padres por nada del mundo, y en caso de tener un detalle para con ellos mandaría a su única nieta que representaba la zona neutral de aquella silenciosa guerra.

–Puedes darle a tu equipo también – puntualizó Sakura utilizando ese mal hábito de cambiar de conversación cuando la situación se tornaba incomoda –. Creo que Naruto también le gustara. Él siempre comía con voracidad cualquier cosa que le pusieran al frente cuando estábamos de misión ¿Recuerdas, Sasuke-kun?

El pelinegro forjó un sonido similar a una afirmación y reanudó su comida como si Sakura no le hubiese preguntado nada.

–Creo que adelantare el postre para llevarles un poco esta noche a él y a Hinata. Comenzare a hacerlo luego del almuerzo, así nos dará tiempo de arreglarnos y estar listos para el festival. Debemos llegar temprano si queremos disfrutar de todo el espectáculo – afirmó Sakura retornando a su habitual ánimo matutino –. Todo quedara delicioso, ya verán.

En ese momento Sarada jugaba con su comida. Había perdido el apetito. Seguía hundida en la laguna de pensamientos que la obligaban a mirar de reojo a Sasuke sentado a un lado. Buscar culpables nunca solucionaba nada, pero era la única forma de canalizar la ira que atravesaba en ese momento.

La indiferencia con que se expresaba Sasuke era tan desagradable que no había reparado en ella hasta ahora. Los días anteriores respondía de la misma manera, con escuálidos monosílabos o palabras tajantes, pero no fue hasta detenerse a pensar en la nefasta relación de Sakura y Mebuki y de cómo Sasuke había influenciado en ella, que se fijó por fin en las imperfecciones de su padre.

Siempre había visto a Sasuke como un ninja oscuro, poderoso, capaz de proteger y destruir a conveniencia. Pero eso nunca la llego a intimidar, porque sabía que su padre era un buen hombre, un guerrero que defendía una causa justa y noble… o eso siempre quiso pensar.

Las dudas prevalecían sobre Sarada ahora que veía a Sasuke con otros ojos. Sí en sus manos estaba el poder de resguardar a todos en la aldea ¿Por qué no podía hacer lo mismo con su propia familia? ¿Por qué no podía quedarse a solventar los conflictos entre ellos? ¿Es que no veía el dolor que causaba su ausencia? ¿No comprendía la distancia que creaba? ¿No importaba su hija? ¿Y su esposa? ¿No se daba cuenta que Sakura estaba…?

Sarada levantó la vista y vio a su madre. Hablaba sin parar hacia nadie en específico, y tristemente ni su hija ni su esposo le estaban colocando el mayor cuidado al que una abeja le apostaba a un cristal cada vez que chocaba contra él. Sarada intentó enterarse del tema que Sakura entablaba en la mesa, y luego de un par de frases concordó que seguía siendo del festival. Vaya que estaba emocionada por ello.

–Toda esta semana ha llovido muchísimo, ojala y el cielo nos sonría esta noche para el Hanami. Sería muy triste no poder ver los fuegos artificiales por el clima. Es lo que todos más anhelamos. Naruto prometió que este iba ser un año memorable ¿Qué crees que se habrá inventado? – interrogó Sakura tomando un poco de jugo.

–Ni idea– respondió Sasuke con monotonía.

–Seguro será algo impresionante. El año pasado fue un musical súper divertido. Te hubieras reído muchísimo, cariño.

–No lo creo.

Nada de lo que escuchaba le sentaba bien a Sarada. No podía creer lo idiota que era su padre como para no llevarle tan siquiera la corriente a Sakura sobre un tema que a ella le interesaba, y considerando el desastre de emociones que embargaba sus sentidos, no le pareció extraño que sus siguientes palabras sonaran aún más duras de lo que pretendía.

–Al menos podrías fingir interés, papá.

Había dejado el plato a medias y dedicado su total atención a Sasuke. Éste separó por primera vez los ojos de la comida y los dirigió hacia los de su hija con esa típica profundidad frívola que lo caracterizaba.

–Es un simple festival – respondió con el mismo tono que Sarada se había referido a él.

La niña frunció con fuerza el ceño.

–Pero es importante para mamá.

–Sarada... – susurró Sakura percibiendo la tensión en el ambiente.

–¿No te agrada la idea de estar todos en familia? – continuo la niña, dejando a un lado los cubiertos para enfrascarse de lleno en la atención que su padre le regresaba.

–Jamás he dicho eso – refutó Sasuke muy serio.

–Tienes razón – siseó –. Porque no hay tal cosa como una familia cuando tus abuelos ni siquiera pueden ver a tus padres a la cara.

–¡Sarada! – exclamó Sakura levantándose de la mesa de un salto.

No se había dado cuenta hasta ahora pero los puños le temblaban. Sostuvo unos instantes más los ojos sobre los de su padre sintiendo un miedo que la impulsaba a seguir soltando cosas que prefería no decir.

–Lo siento, mamá. Pero escuché tu última pelea hace unas noches atrás. No hay necesidad de que lo sigas ocultando. Sé que Mebuki-obachan detesta a papá porque nunca ha estado con nosotras a causa de sus misiones – se detuvo a ver a Sakura un instante –. Pero al menos él debería tomarse la molestia de intentar resolver ese conflicto sin que siempre salgas lastimada.

La pelirrosa palideció de golpe y sus labios quedaron entreabiertos, queriendo decir miles de cosas pero sin poder articular una sola palabra.

–¿No piensas decir algo? – le retó Sarada a Sasuke sin levantar mucho la voz, regresando ahora su atención al serio pelinegro.

Como era de esperarse, él no dijo nada y eso terminó por enfurecerla aún más. Nadie podía ser tan indiferente, frívolo y sin sentimientos, excepto tal vez Sasuke.

–Fingir emociones no te haría mal ¿sabes? – insinuó Sarada con exagerado malestar –. Al menos tendríamos una idea de qué podría estar pasando por tu mente en este momento.

Sin ver de nuevo a Sakura, Sarada se levantó de la mesa con el resto de su desayuno casi intacto, se dio media vuelta y desapareció de la cocina con los brazos temblando a ambos lados de su cuerpo.

No fue sino hasta que llegó a la mitad de las escaleras que se fijó que aun llevaba el plato con la comida del desayuno. Al ver la tortilla y los pedazos de tomate, el estómago le dio un vuelco y las náuseas hicieron acto de presencia. Al pisar el último escalón dejó la comida sobre una mesita en medio del pasillo que separa las habitaciones del piso superior y se adentró a su recamara, cerrando la puerta con dureza.

Buscó en medio de sus cosas la ropa que utilizaba para ir de misión. Quería salir de esa casa al menos para entrenar. Golpear algo le haría bien, era la forma más práctica de drenar esa ira descontrolada que aun habitaba en su ser. Desafortunadamente no tenía ropa limpia, y lo único que había en el armario era atuendos de vestir, nada útil para ser ensuciado con barro o para correr.

Quiso soltar una maldición en voz alta, pero sus dientes se lo impidieron. Regresó a la cama, cayendo sobre ella con la mirada fija en el techo. No era usual en Sarada salir de la cocina en pleno desayuno haciendo berrinches, sin embargo el humor con el que se había despertado impidió que utilizara su buen juicio.

Ya comprendía porque no hacía las cosas tan premeditadas. Siempre pensaba sus actos antes de realizarlos, media las palabras que diría con la intención de no dañar a nadie. Desgraciadamente hoy las cosas no salieron como se lo esperaba, y aunque sintiera la necesidad de estar furiosa con su padre una parte de sí le decía que él no era del todo culpable. Juzgar a los demás de manera adelantada nunca fue una lección que Sakura le hubiese enseñado, todo lo contrario, su madre siempre le decía "Da siempre el beneficio de la duda".

Duró un buen rato en esa posición. Reventándose la cabeza en agravios para sí misma. Frunció el ceño y se colocó de pie fuera de la cama, oyendo como un grupo de articulaciones crepitaban gustosas por el cambio de posición.

Había pasado al menos una hora después del desayuno y ninguno de sus padres subió a molestarla. Hubiese preferido que le gritaran y la castigaran por sus actos impropios, pero ese nunca había sido el estilo de los Uchiha. Preferían la soledad de la meditación antes que un duro escarmiento.

Sarada no le quedó más remedio que salir de su habitación de mala gana. La puerta rechinó y echó un vistazo rápido a la mesa donde había dejado el resto de su desayuno que misteriosamente había desaparecido. La única persona que pudiera haber hecho aquel acto de bondad sería Sakura, no se imaginaba a Sasuke limpiando sus arrebatos de cólera.

Suspiró fuertemente y bajó de nuevo las escaleras en dirección al jardín como un perro arrepentido. Esa era otra lección de vida que Sakura le había enseñado desde muy pequeña y que siempre le sentaba como una estocada en el orgullo. El de regresar entre sus pasos y aceptar sus errores.

No le costó mucho trabajo encontrar a su madre. Estaba descolgando la ropa del jardín. Hacía un tiempo terrible, la lluvia caería en cualquier instante y Sakura no dejaría que su día de lavada se expusiera a le merced del clima.

Sarada, desde el pasillo de madera que daba hacia las afueras de la casa, se quedó observando como su madre se movía con torpeza por todo el tendedero. Tenía los brazos cubiertos por un grueso sweater de lana color crema, pero cada vez que los levantaba para quitar la siguiente sabana, veía con claridad como la piel de su antebrazo y mano relucían opacas, pálidas. Su rostro, aunque reflejara un destello de felicidad, llevaba el abatimiento y el agobio de su vida marcado de una forma que solo Sarada podía darse cuenta. Ya no se movía con fluidez, ya no caminaba con la seguridad de antes. Esa mujer en el jardín no le recordaba a su madre, sino a una extraña mujer que lo único que resplandecía lleno de vitalidad era sus profundos ojos jades.

Bajó el peldaño de madera, se calzó los zapatos que siempre dejaba en el jardín y caminó con paso lento hasta Sakura. Cada vez que pisaba el pasto humedecido generaba un sonido de alerta que solo previno a la pelirrosa cuando estuvo a casi medio metro de distancia.

–Sarada – murmuró Sakura dándose la vuelta para ver a su hija.

La aludida caminó unos pasos más, acercándose hasta el cesto y sin elevar la quijada ni pronunciar palabra alguna, comenzó a quitar la ropa del tendedero.

Sakura imitó su silencio y siguió con lo suyo. Ninguna de las dos hablaba. Una por miedo a su respuesta y otra por su bondadosa paciencia maternal. No fue sino hasta faltar cuatro prendas cuando Sarada buscó aire en sus pulmones y decidió hacer lo que había venido a decir.

–Siento mucho lo que pasó en el desayuno – dijo en voz muy baja.

Hubo un silencio que fue opacado por una ráfaga de viento helado que corroboró el pronóstico de una suave lluvia de inicios de primavera.

Sarada, aun cabizbaja, se sentía avergonzada porque su madre no le respondía. Estuvo a segundos de continuar con algo que hiciera su disculpa más enfática, sin embargo Sakura se las ingenió para adelantarse diciendo:

–Te iba a pedir un favor, Sarada.

Levantó la cabeza sin comprender, con los lentes rodando por su nariz, viendo como la pelirrosa seguía quitando las sabanas del tendedero.

–¿Si? – preguntó muy dudosa.

Sakura terminó de doblar la última prenda y se acercó mostrando ese típico rostro tranquilo que hacía sentir a Sarada demasiado culpable.

–¿Puedes acompañar a tu padre a comprar unas cosas? Como hoy no tienes ninguna misión me gustaría que fueras con él.

–No estoy muy emocionada de hablar con papá hoy – podía haber pedido disculpas, pero ese molesto orgullo Uchiha le impedía dejar pasar ciertas cosas a la ligera, con la única persona que podía romper esa regla era con Sakura, nadie más lograba tener tal privilegio.

–Lo imaginé – inquirió la pelirrosa agachándose con movimientos lentos y tortuosos para sostener la cesta de ropa sobre el césped.

–¿Qué quieres decir?

–Estas molesta con él no solo por la situación de tus abuelos – explicó –, sino también por lo que pasó anoche durante la cena con Boruto y Mitsuki. Han pasado muchas cosas en poco tiempo y tienes todo el derecho de estar irritada por el comportamiento de tu padre.

Un inevitable sonrojo llegó hasta las mejillas de Sarada. Por poco y olvidaba aquel bochornoso asunto. Giró la cabeza y se cruzó de brazos mientras sobresalía ligeramente su labio inferior.

–Ni me lo recuerdes.

–Entiendo que estés furiosa – su forma de hablar era gentil y al mismo tiempo dolida –. Pero debes comprender que tu padre hace ciertas cosas por tu bien.

–¿El avergonzarme frente a mis amigos o separar a esta familia cuenta como una? – se mordió la lengua con fuerza y se volvió hacia Sakura, apenada –. Lo siento… lo volví a hacer… no debería juzgar así a papá.

La pelirrosa sostuvo la gran cesta, apoyando un extremo sobre su cadera y el otro con una mano, dejando la otra libre y así poder llegar hasta el hombro de Sarada para dar una sensación de proximidad y confianza.

–Las cosas con tus abuelos están un poco… delicadas por ahora – admitió ocultando muy bien el dolor que aquello le generaba –. Pero con el tiempo todo se resolverá, solo hay que esperar que las cosas se aclaren un poco. Sasuke habló conmigo y quiere solucionar el malentendido con ellos.

Los ojos de Sarada se abrieron desmesuradamente.

–¿De verdad?

–Tu padre es una buena persona, pequeña – peinó con sus dedos el flequillo rebelde de Sarada, sonriéndole con dulzura –. Nunca dudes de eso.

Sarada se encogió de hombros.

–Al menos algo podemos solucionar, lo que veo difícil corregir es ese terrible temperamento de papá.

–¿Lo dices por lo de Boruto y Mitsuki o porque siempre se comporta muy escéptico con todo el mundo?

–¿Es necesario elegir una opción?

Sakura bajó la voz y se encorvo un poco hasta quedar cara a cara a su hija.

–Te diré un secreto, pero debes prométeme que no se lo dirás a Sasuke – dijo en tono conspirador.

–¿De qué hablas? – preguntó con gran intriga.

–A veces él se comporta muy sobreprotector con nosotras porque es un hombre muy celoso.

–Eso no es ningún secreto mamá – dijo desilusionada.

–Lo sé, pero lo divertido de todo es que él no lo sabe.

Sarada rio ante el comentario.

–Él se preocupa por ti, pequeña, aunque lo haga de una manera bastante peculiar – continuó Sakura irguiéndose de nuevo – ¿Por qué crees que quiere solucionar el conflicto con tus abuelos? Difícilmente te lo dirá con palabras, pero él te quiere más que a nada en el mundo y lo último que Sasuke quisiera ver es que estés sobrellevando una vida llena de angustia y desconsuelo.

Bajó la cabeza y se acomodó los lentes de pasta que estaban a punto de rodar sobre su nariz, en un intento porque Sakura no percibiera la sonrisa que comenzaba a formarse entre sus labios.

–Gracias, mamá. Necesitaba escuchar eso.

Sakura asintió gustosa ante la respuesta.

–¿Y bien? – dijo con energías renovadas – ¿Le acompañaras a hacer los recados?

Sarada sonrió con un deje de duda.

–Seguro.

Una presencia poderosa fue percibida por ambas desde el pasillo de madera que separaba la casa del jardín. Sarada fue la primera en girarse a ver a su padre de pie, con las dos manos en los bolsillos y con su común cara de inexpresividad. La mirada que le regresó a Sarada la hizo tiritar, conteniendo el aliento de repente. Sintió como el corazón estuvo a punto de atravesar su costado de un golpe. A pesar de estar profundamente molesta con Sasuke, no podía negar la sensación de sobresalto que causaba el solo mirarle. Aquella era más que un estremecimiento de autodefensa, una forma triste en que su cuerpo reaccionaba al ver a su progenitor. Esa no debía ser la manera en que un hijo responde al ver a su padre, con sospechas y miedos.

Por ese motivo, Sarada decidió en optar por los sabios consejos que su madre le había inculcado a lo largo de su vida, y darle el beneficio de la duda. De esa manera podría forjar una nueva imagen de él y así poder calmar esa codiciosa incertidumbre que acabaría con su cordura.

–¿Necesitas que busque algo más? – preguntó Sasuke dirigiendo toda su atención a Sakura.

–Sí, quisiera que pases buscando por la tienda de alquiler los kimonos para los tres. Ya los había pedido para Sarada y para mí, pero puedes buscar en la tienda algo para ti, cariño – le dijo desde la distancia.

–Bien – miró a su hija antes de dar media vuelta en dirección a la sala –. Vamos, Sarada.

La menor de los Uchiha parpadeo incrédula y se volvió a su madre que la recibió con una risa entre dientes.

–¿Cómo sabe papá que yo iría con él?

Sakura comenzó a caminar en dirección a la casa y dijo de espaldas a Sarada:

–¿De quién crees que fue la idea?

...

A pesar del clima tempestuoso, la gente caminaba contenta por las calles. Iban de un lado a otro con los rostros radiantes de felicidad mientras adornaban los postes de luz con guirnaldas, lazos y linternas que alumbrarían la villa para el Hanami que se celebraría en el trascurso del día.

A Sarada le pareció un poco triste que el clima no colaborara en nada con el entusiasmo del festival. Le hubiese gustado que en vez de nubes en el cielo preparadas para una nueva dosis de lluvia, estuviera el sol rociando con sus rayos de luz los pétalos de Cerezo que habían florecido casi por arte de magia en los últimos días. Fue una cosa bastante impresionante cuando Sasuke y ella llegaron a una bifurcación engalanada con un enorme Cerezo en flor que en los días posteriores lucia apagado y sin vida, pero ahora revoloteaba sobre él cientos de pétalos rosados tan hermosos que ni siquiera la apatía de Sasuke fue impedimento para detenerse a admirar aquel espectáculo de la naturaleza.

Llevaban gran parte de la mañana buscando las cosas de la gran lista que Sakura les había mandado a comprar. Pasaron por varias tiendas en busca de los ingredientes para la cena, unos utensilios de cocina que ni Sarada ni Sasuke le vieron utilidad alguna y unas cosas que Sakura necesitaba para mantener su jardín impecable. Esa fue su penúltima parada, la floristería de los Yamanaka.

Cuando llegaron a la tienda, el sol estaba casi en el cenit y las nubes se arremolinaban sobre sus cabezas. Pasaron por la puerta sin hacer mucho ruido, siendo recibidos por un aire cargado de cientos de olores silvestres. A cada respiración lograban captar un nuevo aroma que Sarada podía identificar sin mayor problema. Había pasado gran parte de su vida entre flores y rosas, sería un insulto para sí misma si no pudiera reconocer al menos la mitad de los tallos que había allí.

La tienda estaba colmada de clientela y a Sarada le tomó varios segundos meditar si sería una buena idea entrar o seguir su camino. Aunque llevaban casi toda la mañana a solas con su padre, no había cruzado muchas palabras con él, solo lo necesario. Estar juntos luego de lo sucedido en durante el desayuno dejaba cierto aire de incomodidad entre ellos. Sarada estuvo a punto de romper la tensión entre ambos cuando pararon a comprar el extraño sartén que Sakura les había pedido, haciendo un comentario zagas que seguro haría sonreír hasta una piedra como su padre, pero se lo pensó mejor y prefirió mantenerse callada. Sasuke utilizó el mismo método y la mañana transcurrió en un silencio que solo era interrumpido por comentarios que no salieron de los estándares necesarios de su trabajo actual.

Sarada hizo una mueca con los labios ante la muchedumbre que se arremolinaba al fondo de la tienda de los Yamanaka, cerca de la caja registradora. Ella detestaba la muchedumbre. El simple hecho de pensar entrar en un tumulto como aquel le hacía considerar la tentadora idea de regresar sobre sus pasos y retornar a casa. El regaño de Sakura sería mil veces mejor que adentrarse en ese huracán de gente desesperada.

–Podríamos regresar más tarde – propuso Sarada sin mirar a Sasuke aun lado. Aunque había tratado escasas palabras con él, el momento ameritaba romper la silenciosa rutina en la que se había convertido su mañana –. Aún nos queda pasar por la tienda de alquiler de todos modos.

–Vámonos – dijo el pelinegro sin pensar mucho en la idea sino más bien colocándola en acción. Evidentemente a él tampoco le agradaban las muchedumbres.

Por mera coincidencia, cuando estuvieron a punto de dar la vuelta, listos para escapar dignamente de la floristería, un tierno niño de piel pálida y cabello amarillo se les acercó de golpe, mostrando en su rostro una sonrisa que Sarada no pudo descifrar si fue heredad de su madre o de su padre.

–Buen día, Sarada. Buen día, Uchiha-sama – saludó Inojin con esa voz tan propia y refinada.

–Inojin, no te había visto – admitió la pelinegra, contenta por ver un rostro más cálido que el de Sasuke.

–Con tantos clientes no sería de extrañarse – hizo una seña con la mano para que los siguieran –. Mamá los avistó desde el fondo de la tienda. No va a permitir que ustedes entren a ese enjambre de abejas. Vengan, es por aquí.

Padre e hija intercambiaron una mirada fugaz, y sin pestañar, siguieron al Yamanaka con el sigilo de una serpiente, para no llamar demasiado la atención de la gente que comenzaba a impacientarse por la lenta atención.

Atravesaron unos cuantos estantes llenos de flores hasta alcanzar la puerta del personal de la tienda. Inojin la abrió y les dio paso a ambos. Sasuke, al ser tan alto, tuvo que agacharse un poco cuando atravesó el marco de la puerta y Sarada lo siguió de cerca. Dieron pasó a una pequeña habitación que conectaba la floristería de los Yamanaka con el almacén de la tienda. Las paredes eran adornadas por múltiples cuadros de diversos tamaños y formas, con la misma firma en el pie de cada una de ellos. El resto del lugar estaba bien organizado. Unas tres mesas con varias impresoras, computadoras y demás aparatos electrónicos que administraba la tienda, rodeaban las esquinas de la habitación. Cajas sin abrir perfectamente acomodadas eran despachadas por tres sujetos, vestidos con uniforme y delantal color verde, cargando además jarrones vacíos en dirección al tumulto que crecía poco a poco a las afueras de la habitación. Aparentemente, aquel lugar era la oficina, que a pesar de no tener ni una sola flor decorativa, olía a primavera.

–Sasuke-kun – dijo Ino alejándose de la pantalla de un monitor para acercarse hasta ellos. Era la única que no llevaba uniforme, además de Inojin. Contoneó sus caderas de forma natural hasta acercarse a los recién llegados, fijando sus ojos en los de Sasuke –. Tengo tanto tiempo sin saber de ti.

–Yamanaka – saludó éste indiferente.

Ino no se vio turbada por la respuesta de Sasuke, puede que, al igual que Sakura, estuviera acostumbrada a su carencia de emociones. La rubia mujer se dirigió entonces a Sarada, mostrándose entre contenta y disgustada al verla allí.

–¿Cómo has estado, Sarada? Pensé que aun estarías de reposo.

–Estoy mucho mejor – alegó –. Incluso ayer fui de misión con mi equipo.

–Te gusta sobre esforzarte – señaló en desaprobación –. Creo que viene de familia.

–Ya estoy bien, Yamanaka-san – dijo en un intento por restarle importancia al tema de su ya trillado resfriado.

La rubia hizo una mueca disgustada.

–Eres igual a tu padre – bufó cruzándose de brazos y soltando un suspiro de agotamiento –. Algún día dejaras las formalidades y me llamaras Tía Ino ¿está bien?

–No seas tan ruda con Sarada, mamá – le previno Inojin.

La dueña de la tienda agitó su cabellera atada en una cola de caballo y se volvió de nuevo a Sasuke.

–Y bien, Sasuke-kun ¿Cómo has estado? ¿Te quedaras para el festival de esta noche?

–Aparentemente.

–Eso debe de tener muy contenta a Sakura. Espero ver a los tres juntos hoy – consintió en una sonrisa mientras asentía vigorosamente – Me pareció muy extraño verlos a ambos entrar por la puerta de la tienda ¿A qué has venido? No recuerda que seas el tipo de hombre que lleva flores a su esposa.

–Sakura necesita esto – dijo, entregándole la lista de recados.

Ino la leyó rápidamente, moviendo sus ojos celestes entre líneas, entrecerrando los parpados al repasar la última nota del papel. Su ceño se contrajo con rudeza, como si hubiese leído algo que no le agradase para nada. Sarada había estudiado la lista minuciosamente antes de llegar a la tienda, y no existía nada extraño en ella para generar un gesto tan contrariado.

–Tu mujer es toda una derrochadora de semillas ¿lo sabias? – hubo un momento en que su voz sonó dura. Elevó la quijada y se dirigió al mayor de los Uchiha con una mirada muy seria –. Ven, acompáñame al almacén, ahí te conseguiré lo que necesitas.

Sarada creyó que algo perturbaba a Ino, y no era precisamente por el malgasto de Sakura con las semillas. Miró de reojo a su padre esperando encontrar una pista en su rostro, pero nada pudo conseguir de esa faceta inquebrantable.

Con la curiosidad a flor de piel estuvo a un paso de seguir a Sasuke y a Ino, pero esta última se regresó a Inojin con cautela.

–Deberías atender la tienda. Hay muchas personas y dentro de poco lloverá. Lleva a Sarada contigo y dale un delantal, así se divertirán juntos.

Inojin no protestó, pero Sarada estuvo a instantes de hacerlo. Vio como su padre y la rubia se perdía tras una puerta, dejando a los dos niños en la oficina. Sarada bajó los hombros derrotada y se volvió a Inojin que le entregaba un delantal color verde.

–Espero que sea divertido – advirtió Sarada recibiendo la tela y fingiendo alegría.

–Te puedo asegurar que no lo será – dijo el Yamanaka con una sonrisa. Esta vez se parecía más a la de su padre.

Sarada ayudó un rato en la tienda absorta en sus propios pensamientos. Tenía la mente dispersa en lo que sucedía del otro lado de la pared que sostenía la caja registradora. La mirada que intercambió su padre con Ino era algo que no le traía un buen presentimiento. Ellos estaban ocultando algo, de eso no cabía duda.

Poco a poco la clientela fue disminuyendo hasta no quedar nadie. Inojin era bueno con las manos y las cuentas, Sarada no hizo casi nada. No era diestra en el arte de la venta y lo que sabía de flores fue la única ayuda que le pudo proporcionar a su amigo mientras atendían a los compradores. El cielo por su parte seguía conglomerándose en nubes grises pero sin que cayera una sola gota de precipitación, y el frío que se colaba por la entrada aumentaba conforme se iban marchando los compradores.

Sarada estaba recostada en el mostrador admirando las flores más cercanas a ella. Curiosamente eran Tulipanes rojos, cientos de ellos. Pocas personas adquirieron aquel tipo de flor, preferían la clásica rosa acompañada de un paquete de chocolates para encantar a su amada con un detalle común pero hermoso.

Tocó por mero instinto el pétalo rojo del más cercano y lo acarició con la yema de los dedos, estudiando su textura y percibiendo su delicioso aroma.

–Sabes mucho de flores – apuntó Inojin cuando el ultimó cliente salió por la puerta principal.

Sarada se separó del Tulipán como si este le hubiese pinchado un dedo y regresó la vista a Inojin que cerraba la caja registradora con cierta gracia.

–A mamá le encantan – respondió la Uchiha con timidez –. He aprendido mucho sobre sus utilidades curativas.

–¿Y sabes el significado de ellas?

–Si – se encogió de hombros –. Aunque solo de algunas.

–¿Sabes lo que significa ese Tulipán que estabas tocando? – la pregunta no sonó a un retó, pero Sarada sintió vergüenza por que la hubiese pillado jugando con la mercancía.

Volvió la vista otra vez al pétalo, perdiendose en su denso y rutilante color rojo.

–Si – susurró más para sí misma que para responder a la pregunta de su amigo –, significa amor eterno.

Eran muy parecidas a las que Sasuke le había llevado a Sakura, casi idénticas a la que adornaba el centro de la mesa de su casa. Ahora que lo pensaba, le parecía extraño ese gesto por parte de su padre. Él nunca había sido un hombre detallista y obsequiarle a su esposa una flor con un significado tan profundo, era un hecho muy consternante.

Cuando Inojin salió de detrás del mostrador, obligó a Sarada a emerger de su ensimismamiento. El joven rubio caminó por la tienda con pasos seguros y alcanzó un puñado de pequeños Farolillos. Esos caían elegantemente en forma lámparas de un rojo tan intenso como el de los Tulipanes. Los envolvió con suma perfección en un papel de colores vivos – como lo había hecho minutos atrás con la montaña de clientes – y se acercó hasta Sarada extendiéndole el ramo de flores con dulzura.

–Se nos acabaron las Dalia Malva, pero estás tienen el mismo significado. Espero que te gusten.

–¿P-para mí? – preguntó Sarada, pensando que en toda su vida nadie le había regalado personalmente una flor, y mucho menos un chico.

–Es mi forma de agradecerte por ayudarme acá en la tienda.

–Oh – tomó el pequeño obsequio, sosteniéndolo con extrema delicadeza y sin pensarlo un diminuto rubor surcó sus mejillas –. Gracias, Inojin.

La campañilla que guindaba por encima del recibo de la tienda volvió a sonar. Era un nuevo cliente. Inojin se acercó otra vez a la caja y señaló con el pulgar a la puerta tras él.

–Regresa a la trastienda y descansa un rato. Yo me encargo desde aquí.

–¿Estás seguro?

–Me las puedo arreglar solo. Además Uchiha-sama debe de estar esperándote.

–Está bien – asintió sosteniendo los Farolillos contra su pecho. Hizo una pequeña reverencia hacia su amigo sin poder ocultar de todo el rubor que prevalecia en su rostro –. Gracias por las flores, Inojin. Nos vemos hoy en el Hanami.

–Ahí estaré – dijo sonriendo.

Sarada le devolvió otra sonrisa, aunque esta fue mucho más tímida e insegura. Caminó hasta la puerta abriéndola con sumo cuidado e ingresó de nuevo en la oficina. El cambio de ambiente la sosegó un poco, no se imaginaba que el sencillo obsequio que sostenía en sus manos la alteraría de esa manera.

Dio un vistazo fugaz a la habitación. Dentro no había rastros de que alguien hubiese estado allí recientemente, solo la computadora encendida que minutos atrás Ino estaba utilizando y unos pétalos de flores tirados en el suelo que habían rodado desde la tienda.

–¿Papá? – le llamó en voz baja.

Se adentró un poco más en la sala, sosteniendo las flores sobre su pecho. Volvió a preguntarle al viento esperando que Sasuke apareciera, pero nada pasaba. Sarada formó una mueca disgustada. Estaban atrasados, llegarían tarde para el almuerzo y por si fuera poco les faltaba pasar por la tienda de alquiler antes de que cerraran por el día de hoy. No quería imaginarse la cara de molestia que tendría Sakura si llegaran a la casa sin los trajes para el festival de esa noche.

Miró de reojo la puerta por donde habían desaparecido Ino y Sasuke. No creyó conveniente adentrarse al almacén, Sarada era muy curiosa pero conocía la línea que separa la discreción de la imprudencia.

Al no tener nada mejor que hacer, se dispuso a matar el tiempo explorando los detalles de la oficina. Su mirada inspeccionó por simple inercia las imágenes dispersas por las paredes. Eran las pinturas que había visto al entrar. Todas estaban hechas con movimientos fluidos, nada deliberados, como si se tratara de un manantial de tinta negra que formaba figuras extraordinarias. No cabía duda de que su creador era nada más y nada menos que Sai, el padre de Inojin. Un formidable e increíble artista.

Caminó por la oficina, mirando fijamente cada recuadro como si se tratara de una exhibición de arte de un museo famoso. Estuvo a punto de seguir con la siguiente imagen pero una captó poderosamente su atención. Estaba cerca de la puerta que daba al almacén, donde Ino y Sasuke habían ido a buscar las cosas de la lista de Sakura. Sobre el lienzo blanquecino se dibujaba una especie de montañas muy rocosas, llenas de nieve y tempestad, donde un guerrero vestido con fina armadura, tenía la mirada fija en el ceniciento cielo en el que un ínfimo rayo de sol se perdía en la lejanía.

Sarada se acercó un poco más al cuadro, enfocando su mirada en los finos detalles de cada trazado. El rostro del guerrero era afligido, melancólico y la pintura no hacía más que reflejar un escenario hermoso pero acompañado de una triste historia de un noble hombre que nunca podría alcanzar los rayos de sol otra vez.

Le tomó unos segundos deducir donde encajaba esa pintura en sus recuerdo. Era su historia favorita, aquella que su madre le contaba por las noches antes de dormir. La pintura trataba de la leyenda del guerrero de las montañas, la historia del héroe de las nieves.

Sarada estuvo a milímetros de tocar el arte frente a ella, pero unos susurros que se acercaban desde la puerta a su lado la hicieron retroceder.

–… no seas tan desconfiado, Sasuke – le refutó la voz de Ino en voz baja, intentando detener la marcha del Uchiha –. Ella no sabe nada sobre el sello, te lo aseguro.

Las voces no se escuchaban definidas, pero Sarada tenía un buen oído y pudo percibir la mayor parte de la conversación.

–Es demasiado inteligente. En todo este tiempo debió enterarse de algo – gruñó Sasuke recortando el paso para regresar hacia su interlocutora.

–¿Estas así por lo que te dijo Masashi-dono la otra noche? ¿Por eso sospechas?

–Eso no te incumbe, Yamanaka.

–¿Por qué has venido a preguntarme a mí? – gruñó a la defensiva –. No recuerdo que seamos íntimos amigos. Naruto te hubiese respondido lo mismo y nos evitaríamos toda esta discusión. Ella comparte más con él que conmigo, y tú muy bien lo sabes.

–Necesitaba otros ojos que me mantuvieran al tanto.

–Podrías utilizar los tuyos propios.

–Sabes muy bien que no puedo quedarme, Yamanaka – dijo Sasuke siseando de manera amenazadora –. Ya me dijiste lo que tenía que saber. No pretendo molestarte otra vez.

Hubo un pequeño silencio en el que la atmosfera se volvió muy tensa, casi palpable.

–Algún día te quedaras sin mentiras, Sasuke – la voz de Ino se volvió más ruda cuando agregó –: y ese día está por llegar.

El resonar de los tacones fue precedido del ruido de la puerta al abrirse. Sarada disimuló su pequeña intromisión, viendo inocentemente una pintura retirada de la puerta por donde surgió la silueta de Ino acompañada de su padre. Este último lucia más sombrío que de costumbre, y la Yamanaka llevaba el ceño fruncido, tanto que sus cejas formaron una perfecta línea amarilla.

–¡Sarada-chan! – anunció Ino viendo a la niña con el ramo de flores sobre su regazo. Cambió con excesiva dificultad sus rasgos a unos más suaves y le preguntó –: ¿Está todo bien en la tienda?

–Sí, Inojin me dijo que regresara para descansar. Está ateniendo unos cli…

–En ese caso vámonos – le interrumpió Sasuke dando pasos decididos hacia la puerta que daba hacia la tienda, sosteniendo con su mano vendada una bolsa anexa a las demás que habían comprado en el día de hoy.

Sarada dudó un instante. Hizo una tosca reverencia hacia Ino, dándole las gracias en silencio por su ayuda. Se quitó el delantal con rapidez y salió disparada junto a su padre que le llevaba una ventaja descomunal.

Una vez fuera de la floristería, Sarada tuvo que trotar para quedar a un lado de Sasuke. Le observó de reojo, con miedo a cómo podría responder si hiciera una pregunta insinuante sobre lo ocurrido segundos atrás. En su pequeña mente ya se ideaba escenarios sin sentido que no encajaban con lo poco que llegó a escuchar ¿De qué sello estaban hablando? ¿Quién no debía enterarse? ¿Qué ocultaba Ino y Sasuke? ¿El Nanadaime estaba involucrado? ¿Qué tenía que ver Masashi-dono en todo este asunto?

La chispa de la curiosidad se encendió dentro de la pequeña Uchiha. Llevaba mordiéndose la lengua por casi dos minutos enteros, conteniendo con todas sus fuerzas la necesidad de preguntar sobre lo sucedido.

–¿Qué falta por hacer? – dijo Sasuke asimilando el silenció que suscitaba entre ambos.

Sarada llevó el dedo índice a sus labios, recordando la lista de quehaceres.

–Solo hace falta ir a la tienda de alquiler.

Sasuke se detuvo en medio de la calle sin previo aviso, haciendo que Sarada se tambaleara un poco cuando frenó unos pasos más al frente.

–Podemos detenernos a comer algo antes de seguir – apuntó el pelinegro sin sonar nada apático al respecto.

–¿Esta bien? – le pareció muy extraño que él tomara la iniciativa de hacer algo distinto a sus planes, no era común en Sasuke ser espontaneo.

Vio como su padre descansaba todo el peso de su cuerpo en una pierna. Se quitó ágilmente el abrigó que cargaba consigo y lo colocó alrededor de los hombros de Sarada. Las mejillas de ésta se ruborizaron, y no fue precisamente por el frío a su alrededor.

–¿Te gustan los dangos? – preguntó con los ojos fijos en ella.

–Hay bastantes en la casa – advirtió Sarada encogiéndose de hombros y envolviéndose mejor en el abrigó de su padre –. Mamá hizo muchos.

–Entonces ¿Qué quieres?

No se detuvo a pensarlo mucho y dejó que lo primero que pasara por la mente saliera de su boca.

–Un helado estaría bien.

Sasuke no hizo gesto alguno del cual Sarada pudiera sostenerse para entender su repentino acto de paternidad, pero no se detuvo mucho tiempo a pensar en ello, a fin de cuentas se le antojaba un rico helado de vainilla. Aun no olvidaba la plática que mantuvieron Ino y Sasuke, pero por cuestiones de prioridad, la dejaría pasar para disfrutar de su muy merecido postre. Dieron entonces la vuelta en una esquina y llegaron a una heladería cercana. Desde lejos se veía bastante solitaria, cuestión que agradó a ambos gratamente.

Cuando entraron al local, la campañilla repiqueteo sobre sus cabezas anunciando su llegada y al mismo tiempo advirtiéndoles que aquel no sería un buen sitio para comer un helado.

Desde donde se viera, el lugar hacia un fuerte contraste con el jefe del clan Uchiha. Vivos colores adornaban las paredes, dulces amontonados en las estanterías a un lado de la caja registradora y la música que hacia ambiente era una especie de villancico fuera de temporada mezclado con una canción infantil. A Sarada no le molesto el repentino cambio de aire, pero estaba segura que en cualquier momento Sasuke bañaría ese lugar con su terrorífico mal humor.

–Si quieres nos podemos ir – le dijo Sarada bajito, restándole importancia al helado que tanta ilusión se había hecho en la cabeza.

–Elige el que quieras y quédate con el cambio – Sasuke sacó de su bolsillo un puñado de billetes y se los entregó a Sarada –, te esperare en la mesa del fondo. Date prisa.

–¿No quieres algo para ti?

–Sí, que te apresures – gruñó alejándose hasta el final de la tienda.

Sarada bramó molesta y fue en busca de su helado. Pensó en tomarse todo el tiempo del mundo para fastidiar a su padre, pero creyó que no sería conveniente emporar el horrible estado de ánimo que cargaba Sasuke. Primero la discusión con Ino en la tienda y antes de eso la pequeña pelea que sostuvieron en la mañana durante el desayuno. Al recordar aquello, Sarada sintió un deje de culpa. No se había disculpado con él sobre eso, y no veía en un futuro cercano que él cambiase a un humor más sosegado para abordarlo sin miedo a una mirada rencorosa. Así pues, una vez hubo recibido el cambio junto a un modesto helado de vainilla, regresó hasta donde estaba Sasuke esperándole galantemente.

–Ya nos podemos ir – dijo Sarada señalando su helado como si fuera el boleto de salida de la tienda.

–Comenzó a llover – señaló Sasuke con la quijada señalando hacia el ventanal de la tienda. Sarada siguió el camino de los ojos de su padre hasta fijarlos en la tormenta que comenzaba a inundar las calles de Konoha. El pelinegro se cruzó de brazos y se puso más cómodo en la silla mientras veía como las gotas de lluvia empañaban el cristal a lo lejos –. Esperaremos a que despeje un poco antes de salir, podrías volver a enfermarte.

–Si vamos al caso, el helado tampoco es una buena idea – señaló Sarada.

–Solo si Sakura se entera – dijo Sasuke de forma conspiradora.

La niña ocultó una sonrisa y tomó asiento a un lado del pelinegro. Comió su helado con parsimonia, de todos modos no iban a salir en un buen rato. Dejó las flores que Inojin le obsequió sobre la mesa y se distrajo con lo mismo que veía su padre.

–Papá – susurró cuando su helado llevaba la mitad del camino hacia el fondo, sin quitar su atención de las lágrimas de agua que repiqueteaban más allá.

–¿Hmp? – dijo éste estirando las piernas bajo la mesa.

–Lo que pasó durante el desayuno…

–Si no quieres hablar de eso está bien. Lo entenderé.

–¡No! – se adelantó a negar para luego ocultar la mirada de nuevo en su helado –. Digo… no… Es solo que quería pedirte disculpas. No debí hablarte de esa manera.

La canción de la tienda cambio a otra igual de animada y divertida, pero las gotas de lluvia reinaban sobre la música a su alrededor. Sarada estuvo a punto de seguir el riel de disculpa que había edificado mientras comía su postre, sin embargo, antes de poder decir otra palabra, la voz de Sasuke se alzó:

–¿Qué haces con esas flores? – preguntó, dándose cuenta por primera vez desde que salieron de la tienda de los Yamanaka.

–Oh… bueno – tartamudeó Sarada controlando el rubor en su rostro –. Inojin me las regaló.

Escuchó como Sasuke se acomodaba mejor en la silla luego de su comentario.

–¿Quién es Inojin? – sonó con un toque de molestia.

–Es el hijo de Yamanaka-san y Sai-san – no se atrevía a mirarle a los ojos, no era tan valiente.

–¿El niño de la tienda?

–Sí, es mi amigo de la academia. Está en el mismo equipo que ChōChō y Shikadai. Es un gran artista.

–¿Y porque las flores? – ese tono amenazador no le gustó mucho a Sarada.

–Como le ayude en la floristería quiso darme un obsequio – vio las flores sobre la mesa y acaricio un pétalo inconscientemente –. Los Farolillos significan agradecimiento.

Sasuke bufó entre dientes.

–Primero el hijo del Dobe y ahora este mocoso.

–¿Dijiste algo? – preguntó Sarada sin escucharle bien.

–Come tu helado – se limitó a responder.

La puerta de la tienda se abrió de repente dando pasó a un nuevo comprador o más bien a otro refugiado de la lluvia. Ninguno en el recinto prestó mayor atención a su llegada, ni siquiera Sasuke y Sarada que continuaban viendo las cristalinas gotas caer por el ventanal, pero no fue hasta que se acercó a la mesa del fondo que ambos Uchiha se fijaron en él.

–¿Uchiha? – preguntó el sujeto bañado en incredulidad.

Sasuke rodó sus penetrantes ojos hasta fijarlos en el hombre. Sarada imitó el gesto de su padre, aunque utilizo movimientos más gentiles y menos amenazadores. Era un joven fornido, alto y de cabello castaño oscuro. No lo había visto nunca en su vida, y por el aspecto que tenía, vistiendo un traje color tierra y abrigado hasta el cuello, era de fácil suposición que no era de la villa. Sus ojos eran rasgados y su piel era tostada, como si hubiese vivido mucho tiempo bajo la inclemencia del sol del trópico. Con las mejillas enrojecidas por el frio y los hombros húmedos por la repentina lluvia, el hombre continuó estudiando a Sasuke, haciendo que éste hirviera de puro malestar.

–¿Quién eres tú? – ordenó el mayor de los Uchiha haciendo acopio de su omnipotencia.

–¿No me reconoces? – dijo el hombre inaudito. Desanudó la gruesa bufanda de su cuello para mostrar mejor su rostro sin tener mayor efecto sobre Sasuke –. Oh vamos. Soy Kankurō, el hermano de Gaara.

Sarada creyó haber escuchado alguna vez ese nombre, le sonaba familiar, en un lugar recóndito de su memoria se hallaba el nombre de Kankurō, aunque su rostro no lo ubicaba en ningún sitio. No obstante los vasos latiendo en el cuello de su padre y la rígida postura que utilizó le dio a entender que él si sabía muy bien quién era ese sujeto.

– Kankurō – repitió Sasuke destilando veneno.

–Tengo una eternidad sin saber de ti – prosiguió sin darle importancia al amenazador tono de voz del Uchiha, como hacia todo el mundo al tratar a Sasuke –. La última vez que nos vimos fue en la boda de Temari y Shikamaru.

–¿Usted es hermano de Kazekage-sama? – se atrevió a interrumpir Sarada, intrigada.

Kankurō sonrió a plenitud.

–Tú debes de ser la hija de Sakura. Tu nombre es Sarada ¿cierto?

–Sí, Kankurō -san.

–Al menos alguien tiene mejor memoria para los nombres que su padre – dijo en un tono burlesco que Sasuke despreció con una mirada gélida.

–¿Qué estás haciendo aquí? – gruñó el pelinegro a un lado de Sarada.

–Cuestiones diplomáticas, nada del otro mundo. Estoy pasando unos días de más para poder disfrutar del Hanami. Es una época muy bonita para pasarla en medio del desierto.

–¿Es muy caluroso Suna? – murmuró Sarada.

–Depende de cómo lo veas. A mí no me parece algo tan horroroso pero hay personas que les gusta calificar a Suna con el término "infierno en tierra".

–Debe de sentirse muy extraño estando acá – señaló las gotas que continuaba cayendo tras el cristal de la heladería –. No ha parado de llover desde hace más de una semana.

–Cambiar de escenario es bueno – viró hacia Sasuke y colocó ambos brazos en jarra – ¿Y bien? ¿Cómo esta Sakura? Tengo tiempo sin saber de ella.

–Está perfectamente – respondió a secas.

–Es bueno escucharlo.

–¿Conoce a mi madre? – regresó Sarada.

–Tengo en alta estima a Sakura. Ella me salvó la vida una vez hace mucho tiempo atrás, cuando estaba aprendiendo a ser una medic-nin. Quien diría que se convertiría en la mejor de su clase.

–¿Son viejos amigos?

–Sí, lo somos.

La silla de Sasuke repiqueteo sobre el piso de cerámica cuando éste se colocó de pie. La estela sombría que dibujaba sus movimientos alertó a Sarada de su creciente mal humor. El pelinegro giró la cabeza hacía Kankurō llevándole una ventaja de unos pocos centímetros, obsequiándole la mirada más dura que había forjado a lo largo de ese día. Regresó a Sarada para decirle con palabras lo que había expresado con movimientos firmes e impetuosos.

–Es hora de irnos.

No iría en contra de esa orden por nada del mundo, ni siquiera por un toque de decencia hacia Kankurō que seguía a un lado esperando que la conversación fluyese un rato más mientras la lluvia continuase.

–Lástima que no podamos charlar por más tiempo – dijo con verdadero sentir, dejando a Sarada cierto deje de irrespeto hacía el buen Kankurō –. Mándale saludos a tu madre de mi parte. Oh, y ten – de entre su húmedo y grueso abrigo sacó una marioneta pequeña. Tenía la forma de una divertida babosa de color verde claro –. Pronto es el cumpleaños de Sakura ¿verdad? Por cuestiones de trabajo no estaré aquí para felicitarla. Pensaba llevárselo a Mebuki-san está tarde, pero no creo que tenga la oportunidad ¿Podrías entregárselo tú? Es un obsequio que hice antes de venir a Konoha. Ella sabrá de quien es.

Examinó con ojo crítico pero inexperto el obsequio entre sus manos. Era una pieza bien trabajada, con trazos precisos de un verdadero artista. Los colores sobre la madera eran suaves y los detalles entre cada movimiento demostraba la dedicación que acarreo la pequeña pieza.

–¿Lo hizo usted? – preguntó atónita.

–Efectivamente.

Quería preguntar más sobre la diminuta y curiosa marioneta, pero los ojos de Sasuke le taladraban la nuca insistiendo en un discreto silencio que se apresurara antes de que él tuviera que intervenir.

–Gracias, Kankurō -san – guardó el regalo con cautela en el bolsillo de la chaqueta de Sasuke que aun cargaba sobre sus hombros, demostrándole a Kankurō que estaba seguro bajo su cuidado –. Se lo entregare el día de su cumpleaños.

Se despidió de él con un movimiento de mano, alcanzando la entrada de la tienda lo más deprisa que sus piernas le permitieron. Sasuke aguardaba afuera, protegiéndose del aluvión con una sombrilla de color negro. La lluvia continuaba y las probabilidades de que cesara disminuían cada vez que un nuevo trueno rugía en la lejanía.

Sasuke la instó en apresurarse aún más y retornaron de nuevo el camino. Andaban a un ritmo constante, al principio fue un poco apresurado pero después fue disminuyendo hasta seguir una misma sincronía. Sarada estuvo tentada en sacar del abrigó la curiosa marioneta, pero no se atrevería a exponerla a que la lluvia maltratase tan encantador obsequio. A Sakura le gustaría, se asemejaba bastante a Katsuyu-san, la fiel babosa que invocaba cuando la situación se tornaba complicada durante sus misiones. Kankurō debía conocer muy bien a su madre para hacerle un regalo tan personal, inclusive la forma en que se refirió a ella fue en un tono nostálgico, casi risueño. Esa debía ser la causa principal del repentino ataque de mal genio de Sasuke.

Caminando a su lado, llevaba el entrecejo fruncido, los ojos hundidos y la mandíbula tensa. Hasta un ciego se daría cuenta de la terrible aura oscurecida que arrastraba con él. A Sarada le pareció muy tierno ese gesto, tomando en cuenta todos los problemas que han acarreado durante lo poco que llevaban de día, veía divertida que su padre sintiera celos por algo tan absurdo como una marioneta en forma de babosa.

–¿Sucede algo, papá? – preguntó, fingiendo ignorancia.

–No – negó Sasuke con rotundidad.

–¿Estas molesto porque Kankurō-san le lleva un regalo a mamá?

–Que tonterías estás pensando – bramó.

–Simple intuición.

–Intuyes mal.

–Deberíamos aprovechar la oportunidad de comparar un obsequio nosotros también – apuntó, pensando en algo tan pintoresco como la marioneta – ¿Qué le has regalado a mamá antes?

–¿Por qué quieres saberlo? – elevó una ceja en señal inquisitiva.

–Para no repetir el regalo dos veces, de lo contrario sería muy aburrido y predecible.

–No sé – se encogió de hombros –, por ahora no recuerdo ninguno en particular.

–¿En serio?

Sasuke se notaba un poco más relajado y más adepto ante el cambio de conversación.

–¿Qué tienes en mente?

–A mamá le gusta una historia antigua del país de la Tierra, una que me contaba cuando era niña – bajó la mirada hacia los pétalos rojizos de las flores sobre su regazo –. Se trata de la leyenda del guerrero de las nieves.

Sasuke se quedó con los ojos fijos en la nada, dejándose llevar por el sonido del agua al caer.

–Sabes de que historia te estoy hablando ¿verdad? – musitó Sarada tocando la superficie de una de las flores –. Hace unas noches atrás, cuando estaba enferma, mamá me contó sobre su viaje a Gan'u contigo. Fue allí donde supe de dónde provenía ese cuento.

–¿Qué tiene que ver todo esto con el cumpleaños de Sakura?

Sarada titubeó. Esa historia siempre le había llamado poderosamente la atención. Insistía a Sakura que se la contara cada vez que tuviese la oportunidad de hacerlo. Ella siempre le complacía, relatando cada estrofa como si hubiese vivido aquella aventura en carne propia. Usaba una voz dulce, melancólica, de esas que hacen vibrar hasta el alma más dura y fría. Podía haberla escuchado miles de veces, pero Sarada siempre terminaba conmovida por la historia del héroe de las nieves. De cómo el buen hombre dejó a un lado lo que más amaba en el mundo para poder proteger a su querida aldea, todo a causa del odio y la ambición de algunos. Abandonando a su doncella para siempre, sacrificando su propia felicidad por la vida de personas inocentes que necesitaban de él.

Sakura le había contado que, aquella vez en Gan'u, la mujer de la tienda que les había relatado la leyenda le obsequio una piedra dorada, y a Sasuke una piedra plateada, representando así a la doncella y al guerrero de las nieves respectivamente. Era común en esas tierras intercambiarse esos obsequios cuando el amor entre dos personas fuese tan profundo como el de los amantes de aquella trágica historia. Era una muestra sencilla de devoción y entrega absoluta. Lastimosamente, Sakura había perdido la suya poco después de haberla obtenido, y nunca tuvo la oportunidad de intercambiarla con Sasuke.

La idea de Sarada era sencilla. Quería que su padre le regalase a Sakura una piedra que simbolizara lo mismo, una forma única y sincera de demostrar sus sentimientos hacia ella, pero, siendo francos, dudaba mucho que él se motivara a hacer algo como eso. Como siempre lo había predicho, Sasuke nunca ha sido y nunca será un hombre detallista, y actos de ese calibre superaban cualquier límite que él mismo se hubiese impuesto con respecto a los sentimientos que pudiese expresar.

–Mientras te esperaba en la oficina de la floristería de los Yamanaka vi un cuadro muy bonito que hacía alusión a ese preciso relato – dijo por fin Sarada desechando la idea tan pronto como había aparecido en su mente –. Tenía pensado pedirle a Inojin que hiciera uno para mamá, a ella le encantara.

–¿Por qué tan segura?

–Es su historia favorita, siempre lo ha sido.

Sasuke mantuvo el rostro fijó en el camino, pero sus ojos miraron a Sarada.

–¿Cómo sabes que es su favorita?

Aprisionó con cuidado los Farolillos sobre sí misma y susurró en respuesta:

–Pienso que tal vez la leyenda le recuerda a su propia historia.

Ninguno de los dos se atrevió a decir otra palabra al respecto y continuaron el camino a paso lento, mientras el cielo seguía llorando a su alrededor.


N/A: Saludos, gente bonita :)

Si, lo sé, lo volví a hacer ;w;. Merezco sus regaños, todos y cada uno de ellos. Me siento más que apenada por el abandono tan grande que le tuve a la historia. Ya he perdido la cuenta de las veces que me he disculpado. Entenderé si están muy molesto o si no quieren continuar por acá ;w; Apenas tuve la oportunidad de escribir lo hice, tarde pero seguro. Les agradezco mucho la paciencia y los ánimos, ahora más que nunca creo que no merezco unos lectores tan lindos como ustedes. De verdad muchísimas gracias por sus mensajitos de apoyo, este mes ha sido bastante rudo y ustedes lo hicieron mucho más fácil. No tengo palabras para agradecerles tanto :´)

Intente escribir un capitulo largo, de esos que hago en compensación por los días perdidos. Debo decir que nada de lo que han leído estaba planeado, este ha sido un capítulo totalmente inédito antes de pasar al verdadero epicentro de este drama. Lo hice con la intención de resumir ciertos sucesos importantes de la historia que acotare a continuación en unas cuantas notitas:

1. Desde que llegó Sasuke a la aldea, Sarada ha estado muy contenta por él, pero luego de lo sucedido en el capítulo anterior (la humillación con Boruto y Mitsuki y la discusión de Sakura y Mebuki), Sarada ha comenzado a dudar.

2. El Tulipán Rojo que nombra Sarada repetidas veces fue aquel que Sasuke le regaló a Sakura en el capítulo XI.

3. La pintura de la tienda de los Yamanaka y las piedras que nombra Sarada es en referencia a la historia de la Doncella y el Guerrero que se narró en el capítulo VIII.

Sé que el capítulo no es despampanante y no cubre la terrible ausencia, pero no quería comenzar tan abrupto con el siguiente luego de haber abandonado a Sarada por tanto tiempo, sin embargo el próximo irá encaminándonos al final de esta historia.

Ahora bien, es tiempo de una buena noticia y es que termine semestre el jueves pasado :D así que me verán por aquí más a menudo. Se supone que publicaria el martes pero por problemas tecnicos aqui estamos hoy jueves cumpliendo una vieja promesa de que esta historia no quedara incompleta y que terminara tarde o temprano ;) No me atrevo a decir que la semana que viene hay nuevo capítulo, pero este lo escribí mágicamente en seis días, quien sabe, los milagros pueden pasar jeje.

Me despido dándoles gracias de nuevo por todo su infinito apoyo (Disculpen ora vez por la tardanza ;w;). Como siempre, cuídense mucho y nos leemos pronto.

Bye Bye :3