Disclaimer: ningún personaje o lugar que reconozcan me pertenece, todo es obra de la magnífica imaginación de Masashi Kishimoto.

Recuerdos de primavera

XXIII

Sarada Uchiha

De la misma forma en que la lluvia insistía en caer, Sarada le replicaba a Sasuke que debían regresar a su última parada, la tienda de alquiler. Aunque el postre estuvo delicioso, Sarada se arrepentía de haber perdido tiempo crucial en la heladería en vez de completar la lista de recados de su madre. Llegar a la casa sin las semillas y el abono para el jardín hubiese sido mucho mejor que haber pasado por alto los trajes para el festival de la noche. Cuando Sakura se enterase de que olvidaron ese último e importantísimo recado se pondría furiosa.

–Es enserio, papá. Debemos regresar – volvió a decir Sarada por tercera vez cuando faltaban unas pocas manzanas para llegar a la casa.

–La lluvia no parara en un buen rato. Es más seguro que estés en casa – consintió Sasuke elevando la voz por sobre el ruido de la lluvia.

Sarada bufó. De lo que estaba segura era que prefería estar mojándose en medio de la calle, esperando que un nuevo resfriado le golpeara los pulmones, en vez de enfrentarse a su madre sin las imprescindibles yukatas.

–La tienda no queda muy lejos – insistió por lo bajo –. Podemos dar la vuelta en aquella esquina y llegaríamos en menos de cinco minutos.

–No. Seguiremos hasta llegar a casa.

–Pero…

–He dicho que no, Sarada – contestó Sasuke, esta vez con un tono de ultimátum.

Vio de reojo a su padre y se acomodó el gran abrigo sobre los hombros, controlando su propia lengua que se preparaba para elevar la voz e insultarlo. No sabía si Sasuke ignoraba los arrebatos de cólera de Sakura o gozaba de la valentía suficiente para enfrentarla. De alguna u otra forma Sarada había hecho su parte, aunque estaba segura que el inevitable sermón se avecinaba a cada paso y ella no tendría más remedio que soportarlo.

Llegaron al tapete de la entrada y la lluvia perpetuaba a su alrededor. Sasuke cerró la sombrilla negra una vez estuvieron bajo la seguridad del techo del porche mientras Sarada sacaba el juego de llaves de su falda. Abrió la puerta y se quitó las sandalias humedecidas.

–¡Regresamos! – anunció, aunque hubiese preferido quedarse callada y escabullirse hasta su habitación. Un acto cobarde pero inteligente.

La sala frente a ellos estaba vacía y el corredor bastante oscuro. En el aire revoloteaba un aroma terrible, como si algo se hubiese pasado de cocción hasta quedar rostizado por las brasas. Si ese era el almuerzo no quería saber cómo resultaría la cena.

Sasuke también percibió el fuerte olor, arrugando la nariz en respuesta.

–¿Sakura? – preguntó el pelinegro al no escuchar el recibimiento de su mujer.

–E-estoy aquí – la voz sonó quebradiza y débil, proveniente de la cocina.

Sarada abrió los parpados de golpe. Las flores que Inojin le había obsequiado cayeron al piso, desprendiéndose algunos pétalos de los hermosos Farolillos. Miles de imágenes pasaron por su mente en una serie de sucesos terroríficos, haciéndola palidecer como el papel. El tono de voz que uso Sakura no le transfirió un buen presentimiento. Algo andaba mal.

Sin detenerse a pensar, salió corriendo hasta el origen de la voz con el corazón latiéndole a toda máquina. Estuvo a punto de deslizarse en la entrada de la cocina, pero milagrosamente controlo sus piernas para quedar firme sobre el suelo de madera.

–¡Mamá! – dijo, en un tono demasiado elevado y lleno de preocupación.

Sakura estaba sentada en una de las sillas de la mesa, mirando un embace de metal que contenía la causa de aquel mal olor. Lo que estaba dentro del recipiente tenía un aspecto terrible, casi carbonoso, que si llegara a tocarlo se desvanecería en un abrir y cerrar de ojos.

Sarada poco le importó el pedazo de lo que parecía ser una lasaña rostizada, sino más bien el estado de su madre. Lucia igual que en la mañana, con un poco más de color en las mejillas a causa del calor de la cocina. Su mano derecha estiraba la manga de la blusa del brazo contrario como si quisiera ocultar algo mientras que su rostro reflejaba un aire de completa desilusión. Según su inspección general en conjunto con los conocimientos básicos que había aprendido sobre medicina, Sakura se encontraba estable ante los ojos de Sarada. Consciente y sana, eso era todo lo que necesitaba saber.

La pelirrosa continuó con la mirada perdida en el contenido del recipiente, levantándose de un salto cuando Sasuke entró tras Sarada con la calma digna de un feudal.

–Cariño – dijo encogiéndose hombros y jugando con el borde del delantal que llevaba puesto, sin saber en dónde depositar su atención, si en los penetrantes ojos de Sasuke o en el intento de lasaña que yacía sobre la mesa –. Quería hacer un rico almuerzo para ustedes, pero me entretuve con el postre para esta noche… y… se me olvido – sacó la lengua de manera infantil y murmuró algo que sonó a un "Ups".

El corazón de Sarada aun revoloteaba en su pecho al borde del colapso. Calmó disimuladamente su pequeño ataque de pánico, esperando que Sasuke dijera algo al respecto, pues ella no estaba en condiciones de articular palabra alguna.

–Está bien – fueron sus palabras, secas y concretas como él. Dejó todas las bolsas que habían comprado esa mañana sobre una silla y se acercó con cautela hacia la mesa para inspeccionar el desastre. Sakura estiró aún más la manga de su blusa y se alejó de Sasuke con disimulo.

–Ves, está terrible – apuntó la pelirrosa decepcionada.

–Aún podemos comer algo – concluyó el pelinegro luego de un reconocimiento rápido.

–Oh, no, claro que no. No lo permitiré – exclamó, insultada.

–No es la primera vez que me preparas un almuerzo carbonizado – rememoró con un toque de diversión.

Sakura cruzó los brazos sobre el pecho y se ruborizó ligeramente.

–Fue solo una vez y fuiste tú quien quiso comerse ese pez.

–Pediremos algo a domicilio – sentenció Sasuke. Se volvió hacia las compras y las señaló con la mirada –. Ahí está todo lo que necesitabas.

–Oh, cierto – se acercó hasta la mesa y comenzó a hurgar con cierto aire de emoción, dejando en el pasado su descuido en la cocina al ver la poca importancia que Sasuke le había ofrecido.

Mientras lo hacía el corazón de Sarada retornó a su ritmo fisiológico. Todavía estaba un poco atolondrada por la cantidad de imágenes que apuñalearon su mente sin piedad alguna. Debía bajar ese creciente nerviosismo hacía el estado de Sakura, de lo contrario levantaría demasiadas sospechas y prefería mantener su suposiciones bajo perfil.

La pelirrosa siguió su búsqueda entre las bolsas de compras, hasta que arqueó una ceja y removió todo de nuevo. Lo hizo al menos dos veces más. Sarada tragó en seco. Ya sabía que faltaba algo.

–¿Y los kimonos? – preguntó Sakura.

–No pasamos por la tienda de alquiler – dijo Sasuke con tanta serenidad que Sarada sintió cierto toque de envidia.

–Eso era lo más importante – expresó la pelirrosa chocando ambas manos sobre la superficie de sus muslos. Miró el reloj de la pared y negó con la cabeza –. Ya es muy tarde para regresar. Sabía que debía escribírselos en la lista de recados.

–En realidad no se nos olvidó. Solo que la lluvia nos tomó por sorpresa – señaló Sarada muchísimo más calmada por la situación anterior, pero preocupada por lo que estaba segundos de avecinarse.

–¿Y ahora que haremos? – preguntó a nadie en particular.

–Estaré en el jardín si me necesitan – anunció Sasuke como si la preocupación de Sakura por el vestuario valiera tanto o menos que la lasaña quemada. Y salió de la cocina.

Sarada abrió los labios indignada por la repentina cobardía de su padre y se volvió a Sakura que la observaba con una mirada desaprobatoria.

–Pensé que sabías lo importante que eran, Sarada.

–Le insistí muchas veces, pero él no me hizo caso – replicó a la defensiva señalando a un Sasuke fantasma en el arco de la cocina.

Sakura miró con sus brillantes jades a la ventana que daba al jardín, negando con la cabeza en señal de decepción.

–No puedo lavar nuestras viejas yukatas con este clima.

Sarada frunció el ceño. Esto era lo que temía antes de llegar tan siquiera a pisar el tapete de bienvenidos de la casa.

–Esto no es mi culpa – le advirtió.

–No estoy buscando culpables – expuso la pelirrosa.

–Lo siento, mamá – mantuvo el entrecejo contraído y la mandíbula tensa –, pero a veces papá es un poco sordo ¿lo sabias?

–Entiendo, entiendo – concordó casi ironizando la palabra al mismo tiempo que le devolvía una mirada defraudada –. Tendrás que usar un vestido que tengas guardado. No hay más opciones.

El tono de voz que uso junto a aquel rostro desencantado hizo que la molestia invadiera lentamente a la pequeña Uchiha.

–¿Por qué me miras así? – le retó con más dureza de la que pretendía.

–Tenía bastantes ilusiones con las yukatas, Sarada – respondió Sakura –. Eso es todo.

–No pude hacer nada al respecto, mamá. Hicimos casi todos tus recados, pero lamentablemente el genio de papá no es algo que sea de ayuda.

–La culpa no es de tu padre – le corrigió tan rápido que Sarada sintió una punzada de traición, como si prefiriera defenderlo más a él que a su propia hija.

–Dices que no buscas culpables, pero me miras como si hubiese cometido un crimen atroz. Son unos simples vestidos ¿Por qué le das tanta importancia?

–Ya te lo dije, sencillamente estaba ilusionada con ellos, nada más – acotó Sakura fingiendo indiferencia.

–Ya será para otra ocasión, mamá.

–Tal vez – volvió a bajar un poco la manga de la blusa sin retirar la atención de su hija –. Aunque, pudiste ser más insistente con Sasuke.

–¿Cómo?

–A vece necesitas darle cierto incentivo para que haga las cosas.

Sarada chasqueó la lengua sonoramente.

–Conque es así como haces que papá haga o diga lo que quieres. Forzándolo en base a insistencias. Al parecer no te ha funcionado de mucho porque, si bien sigues pidiéndole que se quede con nosotras, papá siempre consigue la forma de largarse a su estúpido viaje.

Sus labios quedaron entreabiertos cuando formuló la última frase. En todo el día se había comportado como el peor ejemplo de hija que pudiese existir, y ahora sus emociones desbocadas cerraban con broche de oro el final de una espantosa mañana.

Miró a la pelirrosa queriendo retroceder el tiempo para evitar decir aquello y no ver su rostro en ese momento. No le hubiese importado recibir otra porción de sus retahílas maternales en vez de ver como la luz en los ojos de Sakura se iba perdiendo poco a poco hasta no quedar más que penumbra y abatimiento en ellos.

–Lo siento. No quise… – comenzó a decir, pero Sakura sonrió de la forma en que siempre lo hacía.

–Está bien, Sarada – llegó hasta la silla donde descansaban las bolsas y comenzó a desempacar –. Ayúdame a recoger todo esto.

Sarada aguardó un instante antes de asentir hacia Sakura; obediente y silenciosa.

Despejaron juntas la mesa y la silla de la cocina, llevando cada cosa en su respectivo lugar. Simultáneamente, Sakura colocó la tetera sobre la estufa para calentar té luego de haber llamado a la pizzería más cercana para emendar la falta de almuerzo. Entre tanto, Sarada se mantenía con un aire culposo. No quería estar así con su madre, no después de que su corazón estuvo a segundos de estallar de preocupación para con ella. Gracia al cielo Sakura siempre había sido de las personas que tomaban literalmente la frase de "Perdonar es olvidar", porque luego de cinco minutos de silencio y de que la tetera comenzara a repiquetear sobre la hornilla, se dirigió a su hija:

–Fui a la sala y habían unos Farolillos muy hermosos tirados en el suelo.

Había entrado a la cocina de repente, buscando en los estantes un jarrón viejo para colocar las flores. Se expresaba con cierta naturalidad, pero Sarada aun podía percibir el peso que su comentario había dejado en la atmosfera. Sakura continuó hurgando entre los anaqueles.

–¿Los compraste a que Ino?

–Oh – susurró Sarada acomodándose los lentes para esconder sus mejillas sonrojadas –. Los había olvidado.

–¿Y bien? – quiso saber Sakura al notar que no respondió a su pregunta.

–Fue un obsequio – tomó la última bolsa donde estaba el curioso sartén que habían obtenido en la tienda de cocina –, de parte de Inojin – agregó antes de que siguiera haciendo preguntas al respecto, pero con un tono que le restara importancia.

–¿Inojin? – se escuchó bastante sorprendida y como toda buena madre curiosa, quiso indagar en el asunto sin importar el tono de indiferencia que Sarada había utilizado – ¿Por qué Inojin te las regaló? ¿Quería agradecerte por algo?

A Sarada no le simpatizaba que su madre indagara mucho en asuntos personales como aquel, pero considerando su reciente metida de pata y su previo desayuno catastrófico, le daría el privilegio de entrometerse hasta donde el pudor se lo permitiese.

–Nada importante, solo le ayude con los clientes en la tienda – volvió a hablar con desgana, pero sin sonar tajante.

La pelirrosa apagó la llama de la hornilla una vez la tetera dejó de rechinar en la cocina, dejando escapar un suspiro abatido. Nada detendría a la indiscreción de Sakura sobre chicos y flores.

–Cuando Boruto se entere se molestara.

Sarada se volteó con demasiadas energías.

–¿Por qué Boruto se molestara? – le gruñó a la defensiva.

–Los celos son algo que un hombre difícilmente puede ocultar.

–E-estas diciendo puras tonterías – el tartamudeo no la dejó en una buena posición. Se giró hacia la estantería para guardar el sartén con el entrecejo fruncido, conservando el rubor en su rostro. Hasta allí llegaba el límite de su pudor –. ¿Podemos hablar de otra cosa?

–Solo quiero que sepas que aquí estaré para cualquier ocasión en que quieras… ya sabes – bajó la voz con miedo a que Sasuke las escuchara desde el jardín y se volvió hacia su hija con una mano cubriendo sus labios –, discutir sobre chicos – y le guiño un ojo, cómplice.

–Esta no es la ocasión – sentenció de forma cortante.

–Me pregunto cómo habrá reaccionado Sasuke – sonó bastante lastimera, como si se hubiese perdido una ocasión merecedora de un divertido recuerdo. De repente abrió los ojos como platos y se acercó a Sarada –. Oh, no llegue a preguntarte como te fue con tu padre durante las compras.

Sarada se encogió de hombros.

–Normal… creo.

–Pensé que les había ido bien – expuso con un deje de desilusión.

–Si te soy sincera – se cruzó de brazo y comenzó a jugar con los pies descalzos en busca de una distracción –, nos fue mejor de lo que esperaba.

–¿De verdad? – Sakura colocó ambas manos sobre su pecho y aprisionó con fuerza el collar que guindaba ocultó tras la blusa.

–Papá es más expresivo de lo que pensé.

–Eso es una novedad.

–Vaya que sí – murmuró Sarada –. Terminamos comiendo helado.

–¿Helado? – repitió, incrédula, luego entrecerró los ojos como si quisiera saber más detalles – ¿En dónde?

–En una heladería cercana a la floristería de los Yamanaka.

Sakura parpadeo sin poder creérselo del todo.

–Él detesta ese lugar.

–¿En serio? – dijo Sarada imitando la cara de sorpresa de su madre.

–Claro, pero tiene sentido.

–¿Sentido? – ahora era el turno de Sarada de indagar.

Sakura se acercó a ella con el jarrón en una mano, deseosa de contar la historia.

–Hace muchos años atrás tuvimos un incidente en ese lugar, cuando tú eras tan solo una pequeña de tres años. No fue un buen recuerdo para tu padre y dijo que jamás regresaría de nuevo a la heladería. Casi lo jura por su honor.

–¿De verdad?

–Claro, estuve allí contigo – asintió con vehemencia

–Entonces ¿Por qué no dijo nada al respecto cuando entramos a la heladería?

Sakura sonrió tiernamente y agregó:

–Porque esa es la forma de tu padre de pedirte disculpas.

Sarada advirtió cómo la pelirrosa volvía a sostener el jarrón antes de salir de la cocina en busca del ramo de Farolillos olvidado en la sala, dejándola en medio de la cocina a solas con sus pensamientos.

Era media tarde cuando la lluvia cesó. La casa de los Uchiha estaba realmente tranquila. Sarada había subido a su recamara luego de almorzar la milagrosa pizza que les salvó de comer lasaña rostizada, desde entonces había perdido comunicación con sus padres por el resto de la tarde. Seguramente Sakura estaría haciendo lo mismo que ella; tomando un largo y relajante baño que consistía en un ritual de esencias y jabones perfumados que las prepararían para la gran noche. El caso de su padre era un completo misterio. Sarada desconocía los pasatiempos de Sasuke, si le gustaba leer, ver la tele, jugar el mahjong o si tenía un protocolo de baño como ella y Sakura. Lo único que sabía era que le gustaba pasar la tarde viendo el jardín, tomando té caliente y comiendo dangos por montón. Un dato bastante curioso y contradictorio ya que Sasuke detestaba a muerte cualquier plato que tuviese azúcar pero continuaba tragando esas bolitas como si fuese un manjar de los dioses.

Sarada miró el reloj de pulsera que se había quitado antes de entrar a la tina. Eran pasadas las cuatro de la tarde. Llevaba hundida en la tina alrededor de casi una hora. Hubiese preferido durar toda la tarde allí, pero ya era tiempo de salir de la serenidad del agua hacía el mundo real.

Tanteó por las paredes en busca de la bata de baño color crema, se secó y se envolvió en ella. Buscó una toalla limpia y se enrolló el cabello humedecido, saliendo del baño justamente cuando el teléfono de su habitación resonó con fuerza.

Llegó hasta él sin apresurarse, levantó el auricular y preguntó:

–¿Diga?

–¿La rompecorazones al habla? – comentó la voz desde el otro lado de la línea.

–¿ChōChō? – la pregunta fue en realidad retórica, ya que Sarada conocía muy bien quien era la dueña de aquel tono chirriante.

–Un pajarito me contó sobre tu nuevo pretendiente – susurró la Akimichi sorbiendo el contenido de alguna bebida que probablemente estaba siéndole compañía a un refrigerio post-almuerzo –. Pensé que Inojin le gustaba Himawari – prosiguió luego de tragar el líquido que había tomado –, hasta que a mis oídos ha llegado la noticia de que te entregó un ramo de flores luego de que le ayudaras en la tienda. Solo tengo una palabra para ti, mi pequeña heroína. B-r-a-v-o.

–¡Chōchō! – repitió avergonzada y al mismo tiempo impresionada por la cualidad de la Akimichi en mantenerse al tanto de todos los sucesos que ocurrían en la aldea, incluso los más triviales e insignificantes.

–Primero un Uzumaki y ahora un Yamanaka. Boruto se molestara cuando se entere – contuvo una risilla entre dientes.

–No te inventes cosas que no son ciertas – le previno.

–Oh, vamos. Estas arrasando con todos los prospecto de la aldea. Ahora te admiro como nunca.

La mano de Sarada que sostenía el mango del teléfono tembló. Estaba irritada además de incomoda.

–Estoy a un paso de colgarte – advirtió, apretando con fuerza la mandíbula.

–Es broma, es broma – le tranquilizo su amiga, confirmando la hipótesis de Sarada sobre el aperitivo que le hacía compañía a la bebida luego de masticar algo ruidosamente desde el otro lado de la línea –. Solo quería saludar y saber cómo sigues.

–Ya estoy mejor – se quitó el paño que rodeaba el cabello humedecido y comenzó a secarlo con su mano libre –. Ayer fui a una misión con todo el equipo.

–Ah, cierto ¿La de atrapar el oso?

Sarada arqueó una ceja.

–¿Cómo es que te enteras de cada detalle?

–Tengo mis contactos – sorbió de nuevo la bebida que estaba consumiendo – ¿Iras al festival hoy en la noche?

–Seguro ¿Y tú?

–También. Estoy dudando en que usar. Necesito de tus sabios conocimientos de cupido.

–No sé, ChōChō – dijo Sarada permitiéndose rodar los ojos exageradamente al estar en la privacidad de su habitación –. Cualquier cosa te quedara bien.

–Cuando las personas te llamen para pedirte un consejo la peor respuesta que puedes darles es un "No " – refunfuñó cabreada. Sarada podía imaginarse la cara que estaba colocando su amiga en ese instante sin interrumpir su sagrado aperitivo. Contuvo las ganas de reírse por ello. ChōChō del otro lado de la línea hizo un movimiento que denotaba un desplazamiento forzado hacia alguna parte de su recamara –. Tengo dos opciones – dijo mientras continuaba moviéndose –. El amarillo que utilice en año nuevo o el rojo que me compre para mi cumpleaños. He estado en una disputa mental durante al menos dos horas y aún sigo sin decidirme. Ayúdame rompecorazones-sama.

Como la gran mayoría de las veces en que hablaba con la Akimichi, Sarada omitió en su mente ese último comentario.

–No es necesario que vayas tan elegante, cualquiera de los dos te quedara bien.

–No me digas algo que ya se. Necesito tu fuente de poder, tu sabiduría – masticó lo que sonaba a una posible fritura y mientras lo hacía continuó monologando – Mira, esto es lo que pienso. El amarillo es más recatado y refinado, el rojo por otro lado es más…– bajó la voz como si temiera que alguien la escuchara, utilizando un tono pícaro y seductor – ya sabes… más sexy.

Sarada dejó de secar su cabello y dobló la toalla sin poder contener una risa.

–En ese caso usa el amarillo – la frase no sonó muy convincente, tal vez fue por eso que el refunfuño de ChōChō no se hizo esperar.

–¿No quieres que las miradas se posen sobre mí?

–Seguro, ChōChō – ironizó Sarada colocando la toalla húmeda en su respectivo lugar en el baño.

–No importa, de alguna u otra forma llamo poderosamente la atención – concretó la Akimichi interpretando el sarcasmo de su amiga como un reto – ¿De qué color iras vestida?

Sarada se detuvo en secó en su caminata por la habitación. Dio media vuelta hacia el armario e inclinó la cabeza dubitativa.

–Ni idea, tengo que revisar entre mis cosas a ver si encuentro un vestido. Papá no quiso ir a buscar las yukatas en la tienda de alquiler – esa última frase la pronunció con cierto aire de malestar.

–¡Un momento! – vociferó ChōChō de la forma más dramática de la que fue capaz. Hizo un aclaramiento rápido de su garganta y añadió la pregunta que Sarada esperaba escuchar – ¿Sasuke-sama aun esta en tu casa?

–Sí, aun no se ha ido.

Antes de lo sucedido en los últimos días, Sarada estaría brincando de alegría por tan maravillosa noticia. Pero ahora no estaba segura que emoción debería expresar, sin embargo su amiga sí que lo sabía.

–¡Debes de estar muy feliz! – exclamó ChōChō sin tomarse la molestia de descifrar el tono apagado de la voz de Sarada.

–En parte.

Abrió el armario de su habitación y comenzó a rebuscar entre su ropa un vestido para la noche, con la falsa esperanza de que ChōChō desistiera seguir tocando el tema.

–¿Sucedió algo? – preguntó la Akimichi deteniendo su aperitivo para concentrase en la conversación.

–Hemos… discutido hoy en el desayuno – dijo a secas.

–¿Ves? Te lo dije – aulló –. Las comidas en familia no traen nada bueno, siempre alguien se descontrola y comienza una pelea.

Sarada dejó de buscar el dichoso vestido, reduciendo sus movimientos hasta dejar caer el brazo a un lado de su cuerpo.

–En realidad fue mi culpa – ya lo había admitido, pero decirlo en voz alta siempre era un doloroso golpe en el orgullo.

ChōChō tragó ruidosamente.

–¿Por qué te peleaste con Sasuke-sama?

–No lo sé.

Hubo una corta pausa.

–¿Estas molesta con él otra vez? Es eso ¿verdad?

Un breve silencio incomodo se interpuso entre ambas. Uno muy extraño, a decir verdad. ChōChō nunca dejaba hablar para evitar ese tipo de silencios, todo lo contrario, creaba platicas incomodas pero sin hacer sentir humillado a su interlocutor. Esa era una cualidad muy particular de su amiga, pero ahora solo se escuchaban sus respiraciones y se sentía la tensión creciente entre las dos.

Sarada abrió los labios para decir algo, pero se arrepintió. No obstante, ChōChō se aclaró la garganta y antes de comenzar un nuevo ciclo de sorbidos y mordiscos, tomó una posición seria, de la cual Sarada desconocía en absoluto.

–Mira, Sarada – articuló su amiga, calmada, pero con cierto aire de dureza –. Sé que esto al principio no sonara a una ayuda y tal vez a la final no lo sea, pero… he escuchado muchas historias de Sasuke-sama antes de la cuarta guerra y no son muy honorables que digamos. Papá hablo de eso durante la cena de ayer. Mamá intentó callarlo para que yo no escuchara, pero ya había soltado la lengua.

Los ojos azabaches de la Uchiha estaban perdidos en la serie de atuendos que guindaban inertes en el armario, sin saber a ciencia cierta que debería decir.

–Se alguna de ellas – musitó por lo bajo.

–Y deben de haber otras peores.

Sarada frunció el ceño y formó un puño con su mano libre.

–¿A dónde quieres llegar?

–Mi punto es que, a pesar del pasado que tiene Sasuke-sama, sigue siendo tu papá. Es un buen sujeto – tomó aire profundamente y prosiguió –. Todos sabemos que no ha sido el padre ejemplar, pero él te quiere mucho, Sarada. La forma en que te mira es como si lo hiciera hacia la cosa más preciada que tiene en su vida. Creo que tienes que ser un poco más flexible con él, esperar a que te dé explicaciones en vez de sacar conclusiones apresuradas.

El puño a un lado de su cuerpo tembló.

–¿Cómo sabes que dudo de mi padre? – el ceño estaba fruncido y la mirada perdida entre las telas frente a ella.

–Te conozco demasiado bien, Sarada. Sé que crees que Sasuke-sama te oculta cosas, que nunca ha sido sincero contigo ni con tu mamá.

–La última vez que hablamos tú me dijiste que dudabas de tu propio padre. No tienes derecho a reprocharme lo contrario.

–Tengo mis razones bien fundamentadas. Tú necesitas tenerlas también.

–¿Quieres qué busque la manera de desconfiar de él?

–Te pido que busques la manera para que vuelvas a confiar en él – volvió a tomar aire, como si así pudiese calmar la tensión en el ambiente –. Eres inteligente, Sarada. No sé por qué quieres complicar las cosas.

Un chasquido salió de la boca de Sarada repleto de pura frustración. Conocía a ChōChō desde que eran tan solo unas niñas, y eran pocas las veces en que hacía girar la conversación hacia un problema que no fuese algo de su propia vida. Eso era una de las cosas que más le agradaba de su amiga. Al ser la Akimichi el centro de atención de sus charlas, eran muy reducidas las situaciones en que se enfrascaran en un problema que incluyera la vida de Sarada. Y así lo prefería. Era una forma de mantener sus sentimientos enjaulados en una parte de su ser, sin que nadie se tomara la molestia de abrir la cerradura que lo mantenían confinados. Sin embargo, ChōChō poseía esa extraña y poco frecuente destreza de forcejar el cerrojo que con tanto recelo Sarada mantenía escondido.

–Está bien, ChōChō – murmuró para salir del paso y evitar seguir en ese tema que tanto le incomodaba, pero la Akimichi no era ninguna tonta.

–No te creo ese "Está bien". Me gustaría que te tomaras en serio lo que te estoy diciendo.

–Siempre has estado del lado de mi padre – rememoró Sarada cruzando los brazos a medias para mantener el auricular del teléfono en su lugar –. Podrías colocarte en mis zapatos de vez en cuando.

–Esto no tiene nada que ver con escoger bandos. Es cuestión de que dejes de preocuparte tanto por cosas que no sabes si son o no verdad.

Quería replicar ante aquello para simplemente llevarle la contraria, pero se contuvo pues una voz en su cabeza le susurraba que a fin de cuentas tenía razón. Ya bastante desastre habían hecho sus pensamientos ese día como para continuar llevándole la corriente a un camino de ideas disparatadas que intentaban enjuiciar a Sasuke sin motivo alguno. Debía detenerse ahora, incluso ChōChō lo había percibido, y para que ella detectara ese tipo de cosas que Sarada ocultaba muy bien, debía de estar siendo más evidente de lo que le hubiese gustado.

Relajó los hombros una vez reparó de la resistencia que suscitaba sobre ellos.

–¿A qué viene todo esta repentina lectura? – preguntó suave, sin ánimos de sonar cortante o amenazadora.

–Todos tenemos nuestras cualidades – concretó ChōChō regresando a su olvidada comida –. Tu eres una casanova empedernida y yo una sabia consejera. Hay que saber utilizar nuestros dones y por lo visto estamos haciéndolo de maravilla.

Y ahí estaba otra vez. La ChōChō seria y sensata había desaparecido dándole paso a su común egocentrismo, donde ambas se sentían muchísimo más cómodas.

–Lo tomare en cuenta – se burló Sarada con una media sonrisa dibujada en su rostro.

–Esa es mi chica.

La puerta de la habitación de la Uchiha sonó dos veces. Sarada torció la cabeza hacia el origen del sonido.

–Alguien toca la puerta, seguro es mamá para escoger el vestido – interpretó la pelinegra.

–Oh, igual debo de alistarme.

Antes de despedirse de la Akimichi, creyó conveniente decir:

–Gracias, ChōChō… por todo.

–No es nada, pequeña saltamontes… Oh, antes que se me olvide. Quería hacerte una pregunta, es solo por simple curiosidad – hablaba con una mezcla entre inocencia e intriga – ¿De casualidad tu papá irá al festival hoy en la noche?

–Sí, iremos todos.

Un súbito sobresalto atravesó el auricular de Sarada.

–Perfecto – sentenció la Akimichi.

–¿Por qué esa repentina emoción?

–Oh, porque ya decidí que me pondré hoy.

–¿Enserio? – tenía una corazonada, pero igual debía preguntar – ¿Cuál yukata usaras?

ChōChō ahogó una risilla juguetona.

–La roja por supuesto – dijo unas palabras más de despedida y la comunicación se cortó.

Desde la soledad de su habitación, Sarada sonrió entretenida. Dejó el teléfono inalámbrico sobre su base y caminó hasta la puerta, encontrándose con una gran sorpresa al ver a Sasuke de pie frente a ella y no a su madre.

–Papá – dijo, abriendo los parpados más de la cuenta. Miró de reojo el teléfono a su espalda preguntándose si Sasuke llegó a escuchar algo de su conversación con ChōChō – ¿Sucede algo? – añadió de manera casual pero tiritando por dentro.

A simple vista, Sasuke parecía ajeno a lo que había discutido con su mejor amiga, en cambio se notaba distraído y… ¿nervioso? No, imposible. Esa jamás sería una palabra que calificaría al gran Sasuke Uchiha. Sarada adjudicaba su mala interpretación de las expresiones de su padre a la falta de anteojos, pues no veía posible que algo como la ansiedad se instalara en el rostro del Uchiha, indistintamente de la situación en la que estuviera involucrado.

–Debo salir – explicó Sasuke con monotonía –. Las veré esta noche en el festival. Dile a Sakura que me espere en el banco del parque – tragó grueso al decir aquello –. Ella sabe dónde es.

Sarada vio como su padre daba media vuelta y se encaminaba escaleras abajo. Salió entonces de la habitación deteniéndolo a mitad de su recorrido.

–¿A dónde vas? – quiso saber.

–Tengo unas cosas que resolver – respondió, retomando el camino hacia abajo –. Nos vemos más tarde.

Y sin más, desapareció en el recodo de las escaleras. Segundos después el sonido de la puerta al cerrarse fue lo único que quedo como eco en el pasillo del piso superior, asegurando la salida de Sasuke de la casa.

Sarada se cruzó de brazos e inclinó la cabeza sin terminar de comprender porque su padre se había ido con tanta urgencia. Se encogió de hombros, tomando el consejo de ChōChō de no comenzar otro ciclo infinito de dudas para con él.

Giró sobre los talones y caminó en sentido contrario al que Sasuke había tomado, llegando hasta la puerta de la habitación principal. Tocó la madera tres veces hasta escuchar la voz ausente de Sakura desde el otro lado permitiéndole el paso. Abrió la puerta, encontrándose a su madre vestida con una bata de baño larga, ceñida a la cintura, mirando fijamente algo sobre la cama matrimonial.

–Mamá. Papá dijo que… – comenzó a anunciar Sarada, pero ella misma se interrumpió al ver que Sakura no prestaba ni la mitad de atención a lo que estaba diciendo – ¿Sucede algo?

–Mira – dijo Sakura dándole paso para que viera lo que admiraba y Sarada caminó hasta donde le decía.

Sobre el cubrecama blanquecino como la nieve, reposaban dos cajas finamente adornadas. Tenían decoraciones en relieve sobre la superficie en forma de elegantes copos de nieves, dispersos de manera que simularan a la perfección una nevada de invierno. Ambas eran del mismo tamaño, ni muy grandes ni muy pequeñas, por lo que su contenido era un misterio para Sarada.

–¿Qué es? – preguntó arqueando una ceja.

Sakura sonrió con dulzura.

–Es un regalo de Sasuke – señaló con su delgado dedo la caja de la derecha –. Este es tuyo.

Al oír la palabra regalo, la pequeña niña que aún vivía en sus adentros despertó de pura emoción contenida. Había olvidado cuando fue la última vez que Sasuke le había obsequiado algo.

Abrió la caja con extremo cuidado, retirando la cubierta y dejándola a un lado. Dentro había una serie de papeles de seda de un azul pálido muy elegante. Los removió con delicadeza, temiendo que alguno se rompiera si usaba mucha fuerza. Después de despejar un poco y con la intriga carcomiéndole los huesos, llegó hasta el contenido del paquete.

Una yukata finamente doblada yacía en el fondo de la caja. La tela era de un color verde muy claro, con varias flores de distintas formas adornando lugares cruciales del traje, dándole un toque refinado y simplemente hermoso.

Los ojos de Sarada brillaron de puro asombro. Al principio tuvo miedo de tan siquiera tocarlo, pero luego de ver la aprobación de Sakura instándolo a que lo sacara, lo tomo entre sus manos y lo retiro del paquete extendiéndolo a nivel de sus hombros para verlo en plenitud.

–Es… precioso – susurró lo único que su mente le permitió articular en ese momento de estupefacción.

–Está hecho a medida – indicó Sakura, detallando la yukata de la misma manera que Sarada lo hacía.

Sintió la textura de la tela, estudio las delicadas costuras, el exquisito diseño del vestuario, las largas y preciosas mangas que caían con elegancia a ambos lados como ramas de un árbol de primavera. Aquel era una yukata demasiado elegante, de esas que aparecían en revistas y catálogos que Sarada solo podía apreciar tras la vidriera de una boutique.

–¿Dónde lo compró? No hay tiendas por acá cerca que hagan este tipo de trabajos – consintió Sarada regresando la vista hacia la pelirrosa. Ésta se volvió hacia la caja y tocó una esquina de la misma, donde unas letras escritas bajo una caligrafía perfecta decía:

"Para el Guerrero y la Doncella, De una querida amiga"

–La obtuvo en Gan'u – explicó Sakura sonriendo ante la elocuencia de ser comparada con un personaje de la leyenda del país de la Tierra.

Sarada desvió la mirada hacia el otro paquete que permanecía intacto a un lado de la cama.

–¿Cómo es el tuyo, mamá?

–Oh – saltó Sakura regresando de nuevo al mundo real –. Aun no lo he visto.

–¡¿Y qué esperas?!

Dejó la yukata sobre la cama como si se tratara de un pedazo de cristal, volviéndose con cierto aire de emoción hacia el otro paquete. Sakura se acercó y lo abrió con la misma delicadeza utilizada por su hija. Apartó los papeles del mismo color azul, hasta encontrar lo que ambas buscaban.

Los ojos de Sarada brillaron con fulgor, sin poder desviar la mirada de lo que estaba viendo.

–Te verás hermosa con eso – apuntó la menor de los Uchiha.

–¿Tú crees? – tartamudeó Sakura sonrojada.

–Definitivamente – afirmó entusiasmada –. Hoy harás que Sasuke Uchiha se vuelva a enamorar de ti.

Lo rayos del atardecer se habían perdido bajo el denso manto de nubes grises. No llovía, pero eventualmente las gotas de agua rociarían a todos en el festival, solo esperaban que fuera lo bastante tarde para que los aldeanos estuviesen completamente ebrios o durmiendo plácidamente en sus casas, felices de haber disfrutado del Hanami.

Sarada esperaba sentada en el banco que su padre les había indicado. La impresión que se llevó Sakura cuando le dijo que Sasuke las buscaría allí fue de gran asombro. Alguna historia debía tener aquel banco, una de la que Sarada ambicionaba conocer, pero hoy no era el momento. Tal vez otro día. Esa noche quería guardar recuerdos del presente, olvidar los prejuicios contra cualquier persona de su familia, dejar a un lado los misterios que albergaban sus padres, el lazo perdido con sus abuelos, las mentiras, los engaños, todo. Esa noche Sarada Uchiha desconocía sus propios problemas, todos y cada uno de ellos.

Pasó la mirada de los pequeños charcos de agua dispersos en la calle adoquinada hacia su propio regazo. Acarició la suavidad de la tela de la yukata ruborizándose ligeramente. Cómo muy bien había dicho Sakura el traje estaba hecho a medida. No sabía cómo su padre adivinó cuál era su talla o como se las ingenió para escoger un atuendo tan hermoso. Seguramente le habrá dado libertad a la señora de la tienda para hacer las yukatas según se lo indicase su ojo profesional, era la única forma razonable. Considerando que toda su vestimenta consistía en atuendos de matices fríos, no se imaginaba a Sasuke escogiendo algo con colores tan vivos, o simplemente escogiendo ropa en general. Él detestaba esas cosas, pero aun así se las ingenió para sorprenderlas con algo inesperado. Sarada le dio bastante crédito por ello, pues esta vez sí que se lució con los obsequios.

–¡Que mentirosa! – aulló ChōChō con una mano en el pecho para darle más dramatismo a su indignación.

Sarada se volvió a verla. Vestía una yukata ceñida firmemente en la cintura, dejando que su prominente busto resultara lo bastante llamativo para reconocer que su desarrollo había sido rápido y digno de ser expuesto. A nivel de las piernas se dividía para mostrar sus rodillas y piernas color morena. Se había maquillado de manera despampanante, enrollando sus pestañas hasta forzarlas a ser un perfecto bucle que a cada parpadeo centellaba junto a la luz de la linterna. El cabello estaba adornado en dos chongitos altos, empalizados con un par de palillos del mismo color que el resto de la yukata.

–Conque si escogiste la roja – observó Sarada colocándose en pie para recibir a su amiga.

–Claro, yo siempre digo la verdad. No como otras – ChōChō se cruzó de brazos.

–Fue de improvisto – susurró apenada –. Papá nos regaló una a mamá y a mí.

–¿Sasuke-sama se las regaló?

–Si – se ruborizó sutilmente –. Las obtuvo en Gan'u durante su viaje.

–Necesito tener una de estas – tocó la manga de la tela de Sarada, inspeccionándola como si conociera mucho sobre el tema de la costura y el diseño de yukatas –. Es realmente hermosa, aunque estoy segura que me vería mejor en ella que tú.

–¿Esa es tu forma de pedirla prestada?

–Más bien mi forma de decirte que la hurtare cuando menos lo pienses.

–Y eso que no has visto la de mamá – resopló Sarada colocando una mano en la cadera.

–¿Dónde está Uchiha-san?

–Por allá – dijo, levantando el dedo hacia donde estaba Sakura.

Cuando ChōChō siguió el caminó que le señalaba, sus largas y espesas pestañas revolotearon entre parpadeos incrédulos.

–Por todos los cielos – dijo, manteniendo los labios entreabiertos sin quitar su rostro asombrado del de la pelirrosa –, se ve bellísima.

Sarada la imitó y se volteó a ver a su madre. ChōChō normalmente exageraba las cosas, extrapolando lo usual a algo extraordinario, pero esta vez no se equivocaba.

Bajo la luz del farol estaban Chouji y Karui hablando cálidamente con Sakura, que vestida con el kimono que Sasuke le había obsequiado. El fondo de la suave tela era un color tan negro como la noche, y sobre ella se proyectaban cientos de pétalos de cerezo de distintas tonalidades, que aumentaban en cantidad conforme se acercaban al borde de la falda y hacia las mangas, dando un efecto de degrades sencillo y hermoso, como si fuese un árbol de cerezos andante. A nivel del abdomen una cinta ajustaba la curvatura de su cintura sin llegar a verse indecoroso ni demasiado provocador. El cabello suelto, caía a la altura de sus hombros con la perfección de una regla, siendo acariciados por el viento con gentileza. Entre las hebras rosadas había un broche sencillo, que hacia juego con los pequeños sarcillos y el collar que permanecía oculto tras la gruesa tela de la yukata. Usaba el maquillaje justo para resaltar esos jades que tenía por ojos, y el rubor indeleble que había aparecido desde que salieron de la casa era el toque necesario para asemejarla a una muñeca de porcelana. En pocas palabras lucia, elegante, sencilla y frágil. Muchos que pasaron por allí no pudieron evitar mirarla de reojo, incluso algunos incrédulos pacientes se acercaron a saludar a su doctora luego de detenerse a pensar si realmente era Sakura Uchiha la que aguardaba a un lado del banco del parque. Solo un idiota no se daría cuenta de lo preciosa que estaba aquella noche, y Sarada esperaba que el primero no fuera su propio padre.

–Ni siquiera con mis encantos Akimichi hare que Sasuke-sama se fije en mí teniendo a tu mamá vestida tan despampanante – acotó ChōChō verdaderamente desilusionada. Debió de esmerarse mucho en ceñirse esa yukata y maquillarse las pestañas para lograr conquistar lo inalcanzable.

–Es cuestión de suerte – le animó Sarada dándole golpecitos en la espalda.

–Tienes razón – se dijo elevando un puño, señalando que aún no había sido derrotada –. No puedo perder las esperanzas.

–¡ChōChō! – le llamó su padre a un lado de Sakura, haciéndole señas con una mano para que se apresurara –. Vamos, Ino y Shikamaru nos están esperando.

–¡Voy! Nos vemos más tarde Sarada, y ten cuidado – hizo un gesto elevando su hombro en un símbolo de picardía – puede que esta noche te quite a uno de tus hombres.

Sarada contuvo las ganas de golpearse a sí misma en la frente y vio cómo su amiga desaparecía hacia las luces del festival. Colocó sus manos hacia atrás y avanzó hasta Sakura, que seguía jugando con el borde de la manga de su yukata viendo detenidamente a cada persona que pasaba por aquel lugar, escaneándolas con un ligero temor en su rostro.

–¿Estas nerviosa? – susurró Sarada inclinándose un poco para llamar su atención.

–¿Yo? ¿nerviosa? – repitió Sakura y frunció el entrecejo angustiada – ¿Por qué debería estar nerviosa? ¿Me veo nerviosa?

–Te ves perfecta – sonrió con dulzura.

–¿Segura?

Levantó el dedo índice y señaló a alguien tras Sakura.

–Ahí viene papá.

–¿Donde? – la pelirrosa se giró con tal brusquedad que se tambaleó un poco al final. Pero Sasuke no estaba allí – ¡Sarada!

–Me lo dejas muy fácil – ocultó la risa con la manga color verde –, además que es divertido.

–Pues yo no le veo la gracia.

–¿Cuándo fue la última vez que estuviste en un festival con papá?

–Hace mucho, mucho, mucho tiempo – alisó una arruga fantasma en su falda y se colocó más erguida, queriendo denotar seguridad.

–¿En serio?

–Si – dijo Sakura sin dejar de estudiar a cada persona que pasaba por allí –. Era Hanami y estábamos en el país del Trueno.

–¿Es aquella historia que nos contó Akane el otro día?

–La misma. Solo que Akane se saltó unos cuantos detalles – Sarada estuvo a segundos de preguntar pero Sakura agregó antes de que abriera los labios –, detalles que no son de tu incumbencia, pequeña curiosa.

–No es justo. Ahora me intriga saber esa historia – se cruzó de brazos e hizo pucheros como una niña pequeña –, y también quiero saber la historia que tiene este banco del parque.

Sakura se volvió hacia su hija con los ojos abiertos como platos, olvidándose de su meticuloso escaneo.

–¿Cómo sabes que hay una historia de este banco?

–Me lo acabas de confirmar – sonrió Sarada divertida.

Sakura frunció los labios.

–Tu curiosidad te traerá problemas.

–Siempre los ha traído – dijo despreocupada –. Pero no te inquietes, he decidido no hacerte preguntas por hoy. Quiero recordar esta noche como la mejor historia que nuestra familia tendrá.

Una de esas sonrisas que Sarada difícilmente veía en Sakura apareció iluminando su rosto.

–Así será.

–Hey ¿ves? Ya no estas nerviosa.

– ¿Que? – la pelirrosa palideció de repente, recordando a quien estaban esperando. Se tocó una mejilla y le regresó una mirada preocupada a Sarada – ¿Segura que no me veo nerviosa?

–Solo un poco – murmuró una voz gruesa tras ella.

Allí, haciéndole compañía a la luz que bañaba el cuerpo de Sakura, estaba Sasuke. Sarada no pudo contener el asombro de ver al jefe del clan Uchiha vestido elegantemente con un kimono que dejaba al descubierto parte de la piel de su esculpido pecho y abdomen. Los colores de la tela eran, como de esperarse, negros y la de sus piernas de un gris muy oscuro. En su espalda bajo la nuca, había un delicado y pequeño bordado con el emblema del clan Uchiha. Su cabello azabache se confundía con la negrura de la noche, amarrado en una media coleta alta para dejar ver esos penetrantes ojos que harían tiritar hasta una simple ardilla, sin embargo su mirada estaba lejos de expresar cualquier deseo de maldad. Su atención estaba enfrascada en la de Sakura, observándola con una devoción silenciosa, perdiéndose en los ojos verduzcos de su esposa por una fracción de segundos que le arrebato el aliento a ésta.

–Sasuke-kun – musitó con el rubor aumentando de intensidad en sus mejillas.

El pelinegro no dijo nada. Duró unos segundos más, admirándola con un rostro misterioso tallado en piedra. Luego Sarada se adelantó colocando ambos brazos en jarra.

–No deberías hacer esperar a las damas, papá.

Sasuke desvió por primera vez la mirada hacia su hija.

–Tuve unas complicaciones – explicó tranquilo.

–Vaya excusa.

Sasuke levantó el dedo índice y medio, dándole un golpe en la frente a Sarada que la hizo retroceder.

–Hey – se quejó ésta, acariciándose el lugar donde su padre la había dado un toque.

–No volverá a pasar – aquella frase fue más allá que un simple retraso, es como si significase algo más profundo que eso. Pero Sarada no tuvo tiempo de meditar sobre ello, pues el pelinegro se volvió hacia Sakura y escondió una mano sobre la abertura de su negro kimono – ¿Vamos?

–S-si – balbuceó Sakura bajando la cabeza y jugando aun con la manga de su yukata.

Se pusieron en marcha de camino al arco del festival. Subieron las escaleras en silencio, dejándose llevar por el sonido de la alegre música que poco a poco aumentaba de intensidad, hasta que por fin consiguieron entrar.

Aunque en el cielo las nubes seguían conglomerándose, la luz que emanaba el parque era de felicidad pura. Los adornos de diversos colores, las tiendas organizadas a ambos lados del camino, los niños corriendo y los adultos riendo a carcajadas. Allí se vivía un aire diferente, como si todos los problemas quedasen por fuera del arco que engalanaba la entrada del parque para luego sumergirse en la diversión del Hanami.

Los invitados honoríficos de aquella noche relucían como nunca. Cientos de árboles de cerezos danzaban a lo largo y ancho del lugar. Sus pétalos caían sutilmente sobre las calles, como copos de nieve de una suave nevada invernal, decorando los adoquines bajo sus pies dando la impresión de estar caminando sobre un rio color rosa.

Sarada sonrió divertida al sentir como un pétalo rozó su mejilla y le hizo cosquillas. Caminaba a un lado de su madre, viendo por el rabillo del ojo el comportamiento de ambos Uchiha. La distancia que los separaba era casi de quince centímetros. No se tocaban, ni siquiera se rozaban. Sakura estaba roja como un tomate y Sasuke rígido como una roca. Sarada hizo una mueca desaprobatoria una vez los observó. La forma de demostrarse cariño entre esos dos era muy extraña. Lo común era ver a las parejas agarradas de la mano o lo más juntas posible para asegurarse que estaba a su lado. Pero ellos dos eran clase aparte.

El fuerte contraste se vio cuando se toparon con el matrimonio Uzumaki junto a sus dos hijos. Nanadaime Hokage no tenía vergüenza de demostrarle al mundo lo muy encariñado que estaba con su esposa Hinata. Los dos estaban bajo el toldo de una tienda de peluches. Naruto sostenía a la Hyuga por los hombros mientras le susurraba algo que a ésta le genero una risa nerviosa, seguido de un fuerte sonrojo. Así era como se imaginaba Sarada a sus padres, pero a fin de cuentas no se quejaba. Acarició inconscientemente su frente y sonrió. Ellos tenían una forma bastante peculiar y única de demostrar afecto.

–¡Oi, por aquí! – vociferó el Hokage haciendo señas innecesarias hacia la pequeña familia Uchiha.

Una vez cerca de ellos, Sarada se sonrojó al ver a Nanadaime tan guapo en su kimono color naranja oscuro y negro. Verdaderamente se veía muy apuesto. Sakura en cambio compartió una mirada fugaz hacia Sasuke, intercambiando en silencio una comunicación de miradas que solo ellos entendían, como si hicieran memoria de un recuerdo pasado que involucrara al Hokage o su llamativo kimono. Sasuke sonrió con autosuficiencia y terminó por acercarse al grupo.

–Llegan tarde – apuntó Naruto molesto –. Una de las peores cosas que pudiste aprender de Kakashi-sensei era su impuntualidad, Sasuke.

–Confórmate con que ya estamos aquí – le cortó el Uchiha.

–Vaya, había olvidado lo encantador que eres – ironizó el mayor de los Uzumaki negando con la cabeza.

–Luces hermosa, Sakura-san – le alagó Hinata vestida con un una yukata color perla muy hermosa, que hacía juego con sus grandes ojos grises.

–Igual tú, Hinata. Además de este pequeño angelito que te hace compañía – dijo Sakura acariciando la coronilla de la dulce Himawari.

–Gracias, Uchiha-san – le respondió la dulce nenita.

–Tú también te ves muy guapo, Boruto. Debes de tener conquistada a más de una – la pelirrosa miró disimuladamente hacia su hija, y tanto ella como el aludido se sonrojaron de golpe.

–Ehm. Gracias – murmuró Boruto desviando la mirada.

–Que no se te suba a la cabeza, mocoso – le advirtió Sasuke a la defensiva –. No te conviene hacerlo.

–¡Papá! – le regañó Sarada, aun con el rubor en sus mejillas.

–Veo que aun te comunicas con las personas a través de amenazas. Es un tierno detalle de tu parte, Teme – acotó Naruto.

–Cuando quieras, Dobe.

–Ya van a comenzar con sus insultos – anunció Sakura en desaprobación – ¿Es que no pueden estar tranquilos los dos sin discutir?

–Él comenzó, Sakura-chan – se defendió Naruto.

Sakura ocultó su risa con la manga de la yukata y Sasuke negó con la cabeza. Era lindo verlos a los tres reunidos. Entre ellos había tanta similitud y al mismo tiempo tanta diferencia que solo los recuerdos de su pasado ataban a esas personas con un nudo irrompible llamado amistad.

Seguían discutiendo hasta que Sakura tuvo que elevar la voz y calmar su euforia, para por fin forzarlos a seguir caminando por el festival, cosa que todo el grupo consintió sin chistar.

A pesar de lo conflictivo en que se convertían sus pláticas, Naruto continuó charlando con Sasuke sobre temas que no llegaban a los oídos de Sarada. Sakura por su parte, estaba junto a Hinata y Himawari, detallando la decoración del lugar y haciendo alagó de lo hermosos que se veían los arboles de Cerezo. Boruto quedo en la retaguardia, acortando el paso hasta quedar a un lado de Sarada. Vestía igual de elegante que su padre, con un atuendo clásico que le quedaba muy bien a pesar de ser un revoltoso buscapleitos sin remedio.

–Estas muy bonita esta noche, Sarada – señaló el Uzumaki sin verla directamente, con las manos entrelazadas a nivel de la nuca.

–Oh, gracias – Sarada se sonrojo y bajó la mirada hasta los dedos de su pies que se asomaban por las sandalias –. Tú también lo estas.

–Ehm… Gracias – respondió queriendo sonar sosegado. Luego el grupo viró hacia una esquina y continuaron el rumbo – ¿Cómo te sientes después de la misión? ¿Pudiste descansar?

–Solo un poco. Fui de compras con papá durante toda la mañana.

Boruto traslado sus manos desde el cuello hasta los bolsillos de su traje, aun sin mirarla a los ojos.

–Escuche que Inojin te regaló unas flores.

En lo más hondo de sus pensamientos, Sarada insultó a ChōChō y apretó los dientes en respuesta.

–Fue solo en agradecimiento por ayudarle en la tienda, no fue nada del otro mundo – dijo, restándole importancia al asunto con un movimiento de mano.

–Fue eso – Boruto soltó un suspiro de alivio.

–Sí, no te preocupes – le volvió a tranquilizar.

El rostro del Uzumaki se incendió en un fuerte color rojo sangre.

–E-eh, no lo hago – balbuceó en un tono de voz más fuerte y menos convincente.

–N-ni yo.

Ambos desviaron aún más la mirada, con la vergüenza dibujada en sus ojos. Luego Boruto carraspeo la garganta.

–Iré a comprar unos dulces ¿quieres algo?

–No, gracias – susurró Sarada apenada.

–Bien, te traeré un algodón de azúcar – sentenció sin escucharla del todo y salió en dirección contraria hacia ningún lugar en particular.

La voz de Sakura alentándola a que continuara caminando fue lo único que permitió que Sarada diera un paso adelante. Aún estaba muy sonrojada por lo sucedido, y esperaba que ChōChō no se enterase, de lo contrario se sometería a un nuevo discurso sobre chicos y rompecorazones.

El grupo conformado por los Uchiha y los Uzumaki se dividieron temporalmente, mientras estos últimos iban a cumplir como la familia del Hokage en algún acto de bienvenida hacia un personaje importante proveniente de otra aldea. Entre tanto, Sakura dio la brillante sugerencia de pasar a comer un aperitivo antes de la cena que aguardaba en casa. Sasuke no se negó y Sarada les siguió la corriente hasta llegar a la mejor tienda de sushi de todo el festival.

Se sentaron en una mesa para cuatro, esperando un pequeño servicio de té y un plato con ocho makisushi.

–No coman mucho, esto será solo un tentempié – le advirtió Sakura trastabillando un poco al sentarse en una de las sillas.

–Tú fuiste la de la idea – le recordó Sarada sentándose a un lado de Sasuke.

–Porque sé que te dará hambre en cualquier momento y no resistirás hasta la cena.

La menor de los Uchiha infló los cachetes.

–Tengo una gran resistencia – espetó.

–Lo sé, pero tienes una pobre fuerza de voluntad cuando se trata de comida.

–¡Hey! Soy capaz de soportar la espera y más – torció el cuello hacia Sasuke – ¿Qué me dices, papá? ¿Te animas a demostrarle que podemos tener fuerza de voluntad?

–¿Por qué me metes en tu apuesta? – dijo el pelinegro arqueando una ceja.

–Sé que te gusta la competencia tanto como a mí.

Sasuke miró de reojo a Sakura.

–Solo si hay un premio de por medio.

La pelirrosa se encogió avergonzada por las palabras de su esposo.

–Demostrarle a mamá nuestra resistencia bastara – inquirió Sarada gustosa.

–Pues hacerlo mejor – instó Sasuke divertido descansando el codo del brazo vendado sobre la mesa –. Trata de convencerme.

Sarada no tuvo necesidad de pensar en esa sugerencia.

–Bien, si yo gano tú iras a una de mis misiones. Me acompañaras y entrenaras conmigo todo un día, desde el amanecer hasta que se oculte el sol.

Sasuke sonrió con autosuficiencia.

–¿Y si yo gano?

–No te hagas ilusiones, papá. Puedes ser un ninja muy experimentado, pero cuando veas el primer makisushi de este puesto se te hará agua la boca.

–Hmp – bufó –. No cantes victoria aun.

–Está bien. Déjame pensar – meditó con un dedo sobre sus labios y mirando al techo dijo por fin–. Tal vez a mamá se le ocurrirá algo que darte.

–¿Y ahora porque me metes a mí en tus apuestas? – carraspeó la pelirrosa cruzándose de brazos.

–Lo siento, no se me viene nada a la mente.

Sakura se molestó severamente.

–Puedes pensar en darle algo tu solita en vez de...

–Trato – dijo Sasuke sin escuchar a su esposa y asintió con la cabeza hacia su hija.

Sarada sonrió mientras que Sakura se sonrojó de sobremanera.

–¡Sasuke-kun!

–Dale crédito – inquirió Sasuke señalando a Sarada –. Sabe cómo usar sus cartas.

–Puedes hornear un pie o hacer más dango – explicó Sarada extremadamente divertida en dirección a su madre, luego volteó a ver a Sasuke –. Te la regaló por un día completo, papá.

Sasuke formó una sonrisa ladeada en su rostro.

–Al menos el premio valdrá la pena.

Sarada no contuvo las ganas de reírse a carcajadas mientras Sakura refutaba a diestra y siniestra sobre utilizar como premio de apuesta. Sus quejas no duraron mucho, porque de repente la sombra de una persona interponiéndose a un lado de la mesa la obligó a guardar silencio. Los tres al unísono se voltearon a ver quién llegaba y la primera que pegó un grito de sobresalto fue la mismísima Sakura.

–¡Tsunade-shishou!

La antigua Godaime Hokage lucia idéntica que en las fotografías que la pelirrosa guardaba en su viejo álbum, cosa que impresionó bastante a Sarada. La piel de su rostro no conocía las arrugas, su cabello seguía siendo largo y sedoso y sus ojos relucían más vivos que nunca. Vestía un atuendo demasiado llamativo, mostrando más de lo que debería. Con una botella casi vacía en una mano y con la otro sosteniendo a un viejo cochinito, saludó a la familia Uchiha rebosante de felicidad.

–Pero si es nada menos que mi vieja pupila – el olor a alcohol llegó incluso hasta Sarada que aguardaba sentada desde el otro lado de la mesa.

Sakura, de frente a su antigua maestra, palideció de golpe, más de lo que ya era. Sus ojos buscaron los de Sasuke un instante, expresando cierto grado de agobio en ellos al darse cuenta que él se encontraba presente en la improvista reunión.

–Que grata sorpresa – saludó Sakura moviendo sus manos alrededor de la manga de la yukata inconscientemente.

–Aquí está – dijo Shizune acercándose hasta su jefa con paso apresurado. Ella era otra persona que no había cambiado en lo absoluto con el pasar de los años, pero a diferencia de Tsunade, Shizune le llevaba una buena ventaja al envejecimiento. La mujer miró a la pelirrosa formando una genuina sonrisa de felicidad en su rostro – ¡Sakura-san! Que gusto volverte a ver.

–Shizune-san – susurró haciendo un ligero reverencia con la cabeza.

–Llegamos hoy del país de Te – explicó, viendo como la antigua Godaime se sostenía con dificultad en la silla vacía de la mesa que compartía Sarada con sus padres –. Tsunade-sama hizo una promesa de no beber a no ser que sea un día festivo muy importante, y hoy se ha pasado de tragos. Lamento mucho que presencien esto.

La abstinencia tenía de sentarle muy mal a Tsunade para consumir tanto en una noche. La cantidad de licor que estaba en su organismo debía ser tal que le impedía mantenerse en pie por sus propios medios. De repente, la mujer levantó el dedo acusador con el cual sostenía la botella y señaló a Sasuke una vez sus ojos repararon en él.

–Mira quien acompaña a la pequeña Sakura. Su querido "Sasuke-kun" – dijo –. ¿Cuándo llegaste de tu eterno viaje, muchacho? ¿Es que no te cansas de estar afuera de la aldea? Hombre, vas a envejecer antes de lo que deberías, ya tienes hasta ojeras marcadas.

–Es un gusto verla otra vez, Tsunade – saludó Sasuke entre dientes.

–Igual a mí – concertó la antigua Hokage –. Me siento más segura si estás aquí, porque así puedes tener un ojo puesto en ella ¿sabes? – ahora señalaba a Sakura –. Se supone que debe de guardar repo…

–Tsunade-shishou. Creo que ha bebido demasiado – le interrumpió la pelirrosa de un salto.

La mujer apretó al ahogado y viejo cochinito contra su cuerpo, sin prestarle demasiada atención a su vieja pupila.

–Más te vale cuidarla, Uchiha – si no fuera por el rubor en el rostro generado por la sobredosis de alcohol, su semblante sería más aterrador –. No tendré piedad contigo si le sucede algo malo.

–Ya me dio esa lectura hace muchos años atrás – susurró Sasuke indiferente, con los brazos cruzados a nivel del pecho.

–Y espero que quedara clara… ¡Shizune! – proclamó Tsunade, altiva. Levantó la botella vacía –. Más sake.

–Pero, Tsunade-sama… – balbuceó.

–La última vez que bebí fue en año nuevo. Tengo todo el derecho de tomarme lo que quiera – sin esperar respuesta, se giró hacia la única persona que no había tratado en la noche –. ¿Y tú? ¿Quién eres?

El tono de voz que uso era el de una persona acostumbrada a que los demás se sintieran un poco insignificantes, pero Sarada se mantuvo impertérrita.

–Mi nombre es Sarada Uchiha, Tsunade-sama – saludó cordialmente, irguiéndose un poco en la silla.

–Has crecido. Recuerdo cuando eras tan solo una bebe. Lástima que ahora te parezcas a tu padre – dijo con verdadero pesar. Se volvió de nuevo hacia Sakura alzando la botella vacía por los aires–. Espero que sea una gran ninja y que le hayas enseñado bien. Veo una futura medic-nin que nos relevara con bastante orgullo.

–En realidad – susurró Sakura temerosa por lo que fuera a decir Tsunade a continuación –, Sarada no tiene pensado en ser una medic-nin.

–¡Patrañas! – vociferó la gran mujer – ¿Qué pretendes ser entonces, niña? Y no me digas que una nómada como cierto personaje – con sus ojos embriagados en el alcohol, miró con poco disimuló hacia Sasuke.

–En realidad mi sueño es convertirme en Hokage algún día – anunció Sarada con bastante tranquilidad y al mismo tiempo determinación.

–¿Hokage? Mmm, no está mal. Pero me hubiese gustado tener un nuevo pupilo y esperaba que ese fueras tu – elevó los brazos resignada –, necesitamos una nueva generación que nos releve ¿No es cierto, Sakura?

–Siempre existirán buenos medic-nin, Tsunade-shishou – agregó Sakura para apaciguarla.

–Pero ninguna será tan bueno como tú o Shizune. Es una pérdida de buen material genético el que tienes, niña – suspiró tan fuerte que los mechones de cabello revolotearon sobre su frente. Dio un último sorbo a la botella dejándola completamente vacía antes de regresar hacia la pelirrosa –. No pretendo perder las esperanzas con tu progenie, Sakura. Es mi sueño el enseñar a alguno de tus hijos la hermosa labor de la medicina. Así que, la próxima vez que ustedes dos tengan un nuevo bebe asegúrate que sea al menos… Oh, cierto – se detuvo de golpe como si hubiese dicho algo imprudente –. Ustedes no pueden tener más…

–Shizune – bramó el pelinegro tensándose como la cuerda de un arco dejando a Sakura y a Sarada perplejas –. Creo que Tsunade debería ir a descansar.

–Vamos, Tsunade-sama – acordó la mujer haciendo señas hacia la salida del lugar –. Es hora de irnos…

–¡Shizune! ¡Te dije más sake! – explotó Tsunade bastante cabreada.

–Le daré más si regresamos de nuevo a la posada.

–Perfecto, eres muy eficiente, Tonton – dijo aprisionando aún más al cochinito que seguía sosteniendo con uno de sus brazos –. Nos vemos mañana en el hospital, Sakura. Tenemos mucho de qué hablar.

–Hai – afirmó esta en un murmullo.

Cuando Tsunade, Shizune y Tonton se fueron, Sakura pudo relajar por fin los hombros. Sarada la estudio desde su silla. Se notaba cansada, la palidez que obtuvo desde la llegada de su antigua maestra no había desaparecido, y sus ojos se volvieron quebradizos. No eran rasgos notables, ni siquiera preocupantes, pero cualquier cosa que le sucediera a Sakura alertaba a su hija de sobremanera.

–Iré al tocador – anunció a pelirrosa colocándose de pie demasiado deprisa.

Sarada la imitó.

–Te acompa…

–Buenas noches, Uchiha-sama, Sarada – saludó un nuevo invitado obligando a la pelinegra a quedarse, viendo como su madre se perdía entre la multitud rumbo al baño de mujeres.

–Mitsuki – carraspeó Sasuke con el entrecejo fruncido.

El hijo de Orochimaru sonrió a plenitud.

–Buenas noches, Mitsuki – dijo Sarada, omitiendo la dureza con la que Sasuke se había referido a su compañero – ¿Disfrutando del festival?

–Sí, llegue hace una hora y todo ha sido muy divertido.

–¿Y tu padre vino también? – preguntó Sasuke sin desviar la mirada de su nuevo invitado sorpresa.

–Él prefiere los lugares menos concurridos.

–O donde no puedan asentarle un kunai en la espalda.

–¡Papá! – le regaño Sarada, avergonzada. No quería que la situación de la cena se repitiera de nuevo, no esa noche.

–Boruto está esperando por nosotros para ir al teatro de marionetas con Himawari – anunció Mitsuki haciendo oídos sordos al comentario de Sasuke –. Creo que dijo algo de un algodón de azúcar para ti.

Sasuke arqueó una ceja y se volvió hacia su hija.

–Una promesa es una promesa. No comeré nada – le confirmó Sarada.

–No es la promesa lo que me preocupa – rugió el pelinegro, pulverizando con la mirada al muy sonriente Mitsuki.

–¿Puede ir, Uchiha-sama? – preguntó el Gennin, despreocupado.

Después de unos segundos de apretar con fuerza el puño sobre la mesa, Sasuke desistió.

–Está bien– dijo cerrando los ojos a su pesar –. No se vayan tan lejos, pasaré por ti más tarde.

–Se cuidarme sola, papá – bramó Sarada para luego seguir a Mitsuki sin muchos ánimos. Quería echar un vistazo a Sakura antes de partir. No tenía buena pinta cuando se fue al baño, y eso la dejaba intranquila.

Siguió entonces a su buen compañero. En el camino charlaron sobre el festival y los increíbles fuegos artificiales que se avecinaban. A pesar de lo mucho que Sasuke lo detestaba, Sarada veía a Mitsuki como un gran amigo. Con él siempre le había sido muy fácil hablar, era una persona bastante amena, a pesar de lo que pensara Sasuke sobre su terrible ascendencia.

Llegaron al puesto donde vendían algodones de azúcar. La línea para comprar los dulces era bastante grande y atestada de gente. Boruto estaba en ella, escoltando a Himawari que abrazaba con fuerza un peluche de conejo que seguramente su hermano mayor le había comprado.

–Iré a hablar con ellos – dijo Mitsuki a Sarada –. Espera aquí, luego podremos ir a ver la obra de marionetas.

–Vale.

Sarada divisó un banco vacío y se fue a ocupar uno de sus asientos. No había reparado en la cantidad de gente que había allí. Entre niños y adultos podía calcular sin problemas que más de la mitad de la población de Konoha rondaba por los alrededores. La gran mayoría vestía de la misma forma que ella. Era como ver un desfile de atuendos elegantes y telas finamente adornadas y la calle adoquinada servía como pasarela, brillando intensamente como si fuera un gran árbol de navidad. En torno al parque la música sonaba vibrante, enérgica, dándoles una tonada rítmica hacia las ramas de los cerezos en flor que continuaban danzando por todos lados, desprendiendo pétalos rosados que continuaban cayendo lentamente. Levantó la mirada hacia el cielo, calculando la próxima llovizna. Según la creciente masa de nubes, no faltaba mucho para que el clima cambiase a uno menos armonioso para un festival. Sería una lástima que tuviera que regresar a la casa por un nuevo ciclo de precipitación interminable.

–… si, era él – susurró una voz conocida tras un tarantín de infusiones y té caliente.

Sarada se volteó intrigada.

–¿Estas segura? – dijo otra persona con una voz igual de familiar.

–Sí, era Kankurō.

Al escuchar el nombre del hermano del Kazekage, el sujeto que había conocido hoy en la heladería, su curiosidad aumento de nivel y se dispuso a colocarse de pie, dejándose guiar por su fino oído.

–Él la encontró saliendo del baño de la tienda de sushi cuando casi se desmaya – prosiguió la voz. Sarada agudizo sus sentidos. No cabía duda de que la persona que hablaba era Ino Yamanaka –. Le dije que yo podía llevarla, pero él insistió.

Encontró un buen sitio donde la música del festival no irrumpía la conversación y aunque no podía verlas, podía continuar sin que sintiera su presencia.

– ¿Y cómo la viste? – preguntó la primera persona que había hablado. Era Hinata Uzumaki.

–Estaba muy mal – explicó Ino de soslayo –. Kankurō no lo notó, pero ella es excelente mintiendo. Sabe ocultar las cosas.

–¿Crees que sea una recaída?

–No ha tenido una desde hace meses.

–Pero dijiste que Tsunade-sama llegó con una solución. Esto puede ser algo bueno – irrumpió una tercera voz. Al principio no sabía quién era pero Ino le saco de dudas.

–Tal vez, Tenten. Con algo de suerte y un poco de colaboración por su parte – se sentía cierto malestar en la forma en que se expresó al respecto.

–Todo esto es culpa del maldito hermano de Kabuto – rezongó Tenten verdaderamente furiosa –. Si no fuera por él…

–Detente – gruñó Ino –. Buscar culpables no tiene sentido a estar alturas.

–Deberíamos ir a verla – inquirió Hinata hablando pasito, forzando a Sarada a casi unir su oreja al grueso telón que las separaba –. Alguien tiene que estar junto a ella.

Sarada aún no comprendía muy bien de quien hablaban, pero tenía un mal presentimiento.

–No nos dejara pasar a la casa. Es demasiado testaruda – expuso Ino cortante.

–¿A quién aceptara entonces? – farfulló Tenten.

–A nadie.

–¿Ni siquiera a Sasuke?

–Sasuke no sabe nada de esto.

–¡¿Que?!

Al igual que Tenten, Sarada tuvo que contener un gritillo de sorpresa llevándose la mano hacia su boca para cubrirla.

–Baja la voz – le instó Ino susurrando.

–¿Cómo es posible que él no sepa nada? – insistió Tenten espantada.

–Ella no quiere que ni él ni Sarada se enteren de su estado actual ¿Por qué crees que se escabulló por detrás de la tienda de sushi? Era para que Sasuke no la pudiera ver. Seguro se sentía débil y necesitaba un poco de aire fresco, menos mal Kankurō estaba por ahí. Él la cuidara de aquí a su casa.

–¿Qué hará después? – preguntó Hinata.

–Tomara sus medicinas y regresara al festival. No permitirá levantar sospechas si Sasuke y Sarada están cerca.

–Esto no puede quedarse así. Debemos hacerle entrar en razón. Su enfermedad no es ningún juego, en cualquier momento ella podría…

–Ya te dije – Ino soltó un suspiro de agotamiento –. El ser muy testaruda ha sido siempre el defecto de Sakura.

La punzada de pánico que le perforó el pecho y le quitó el aliento, impuso a Sarada a dar un paso atrás. Sabía de quien estaban hablando, algo en ella lo sentía, pero no fue sino hasta que Ino dijo el nombre de Sakura que la forzó a caer en la realidad.

Continuó retrocediendo hasta tropezar con el banco donde estaba sentada minutos atrás. Su mano aun cubría sus labios temblorosos, la estabilidad en sus piernas fallaba y todo comenzó a dar vueltas. Lo que más temía se había hecho realidad. Su peor pesadilla ahora se había materializado en la peor de las realidades.

El grueso telón se movió, y de él salieron las tres mujeres que cuchicheaban en secreto. Los ojos de Ino encontraron los de Sarada envueltos en una penumbra tan tormentosa como el cielo sobre sus cabezas. La Yamanaka entreabrió los labios y empalideció de repente.

–Sarada – le llamó dando un paso hacia delante al mismo tiempo que la Uchiha daba otro hacia atrás y sin más, salió corriendo a toda máquina – ¡Sarada!

Corrió como nunca antes lo había hecho, hasta que su corazón latiera desequilibrado en su pecho y sus pulmones exigían a gritos más espacio entre las costillas. Al principio empujaba a la gente sin pedir disculpas, apartándolas de su camino, pero el tumulto la retrasaba demasiado. Optó por tomar un callejón entre los tarantines y saltar hacia los arboles de Cerezo, y así recortar el camino de regreso a la ciudad.

Podía sentir el escozor en sus músculos, el ardor en su garganta y sus sentidos desconectados del mundo exterior. Lo único que podía visualizar con nitidez era el camino que se dibujaba estrepitosamente frente a ella. Las calles se veían mal dibujadas, las estructuras lejanas le eran invisibles. Del cielo una ligera llovizna anunció el inicio de una tormenta. El cabello comenzó a humedecerse lentamente hasta perder los adornos que le decoraban y que tanto tiempo le tomó colocarlos. Hubo un punto en su trayecto que perdió una de las sandalias, así pues dejo que la otra se deslizara por su pie cuando cruzó casi derrapando la esquina que daba hacia su vecindario. Para ese entonces la yukata estaba desarreglada, había perdido su forma elegante y sofisticada para quedar empapada bajó la inclemencia de la lluvia.

Visualizo su casa cuando la falta de aliento la hizo marearse. Sin importarle, continúo corriendo hasta alcanzar el cobertizo. Buscó con desesperación las llaves entre sus ropas al mismo tiempo que intentaba calmar el temblor en su mano y en todo su cuerpo. Al no ver rastro de su llavero, escogió la opción de forzar la cerradura, sin embargo, antes de poner su plan en acción, una brisa golpeó la puerta, abriéndola suavemente. Sarada, aun con sus latidos desbocados y su total falta de concentración, no dio un paso al frente, no de inmediato.

Buscó la forma de enfocar sus pensamientos y sentir el chakra de su madre en el piso superior, pero al mismo tiempo percibió la presencia de una segunda persona. En primera instancia pensó que debía ser Kankurō. Pero cuando decidió entrar por fin a la oscuridad de la sala se dio cuenta que no podía ser él.

Tocó el piso de madera con sus pies descalzos, dejando gotas de agua con cada paso nuevo que daba. Escuchaba a medias las voces por encima de sus cabezas. Eran dos personas discutiendo. En una situación normal, Sarada podía detectar sin problemas lo que ocurría escaleras arriba, pero esa no era una situación normal.

Uno de sus pies desnudos hizo un ruido muy extraño cuando se adelantó un poco más hacia la sala de su casa. Bajó los ojos, encontrándose con varios portarretratos desquebrajados en el suelo. Uno de ellos era la foto del viejo equipo siete, y el otro era una foto que Mebuki apreciaba mucho de Sarada cuando tan solo tenía dos años. En ella sonreía dulcemente, con la inocencia que le confería su corta edad.

No había luz en la habitación, pero la puerta estaba entreabierta, dejándose filtrar la iluminación de la calle hacía la casa, acompañado de la gélida brisa que hizo tiritar a Sarada ligeramente. Entre los pedazos irreparables de los portarretratos había una sustancia que a simple vista le costó trabajo identificar. No fue sino hasta agacharse hasta el suelo y tocarla con manos temblorosas que supo que se trataba de sangre fresca.

Un escalofrío le recorrió la espina dorsal. Su corazón se detuvo un segundo y contuvo el aliento. No sabía si debía subir o esperar a que las voces que discutían allá arriba se apaciguaran, pero, al igual que la lluvia, Sarada dudaba que aquello terminara pronto.

Antes de colocarse de nuevo de pie, se fijó en un pequeño pedazo de papel fuertemente arrugado y salpicado en sangre. Extendió su mano, abriéndolo con manos temblorosas. Alisó la superficie, leyendo una serie de números hechos con una caligrafía muy conocida para ella, y en letras moldeadas y pequeñas decía:

"Este es el número de Kankurō, llámalo cuando tengas la oportunidad. Sé que se llevaran de maravilla".

Sarada tragó en seco y se colocó de pie lentamente, sin poner demasiada atención a los cristales que podrían hacerle daño a sus pies descalzos. Miró las escaleras de nuevo, buscando el aire que le faltaba a sus pulmones. Estuvo a punto de preguntar el nombre de Sakura cuando escuchó un golpe tan fuerte que la hizo retroceder.

–¡Maldición! – se escuchó el clamor de una voz gruesa y poderosa, que hizo sacudir a Sarada, llevando ambas manos hacia su pecho.

–¡Sasuke, detente! – suplicó Sakura más atrás.

–¡¿Por qué me has ocultado esto?!

Los ojos de Sarada vibraban de espanto. Quería subir, necesitaba hacerlo, pero sus piernas no le respondían. Jamás había oído a su padre tan alterado… jamás. Se sentía cobarde al estar allí en medio de la sala, rogando a los cielos en silencio que su pesadilla no empeorase cada vez más.

–¡Matare a ese desgraciado! – volvió a gritar Sasuke.

–¡Él no ha hecho nada malo! – le reclamó Sakura con la voz quebradiza.

–¡Los dos me mintieron en la cara! ¡¿Cómo pretendes que me quede sin hacer nada?!

–¡Espera…!

Un nuevo estruendo se apoderó de la noche. Pero esta vez no fue el de un puño golpeando la pared. Esta vez fue un golpe seco, seguido del sonido de un jarrón al partirse en ciento de pedazos.

Luego, todo quedo en silencio.

El tiempo transcurría con demasiada lentitud y todo estaba demasiado quieto, demasiado aterrador.

Treinta segundos, un minuto, dos minutos. Sarada no podía continuar bajo aquella agonizante espera. Mandó una señal a sus piernas para que le respondieran y dio un paso hacia el frente al mismo tiempo que la puerta de la habitación de sus padres se abrió de golpe.

–Por favor. Espera… – pidió la voz de Sakura sin fuerzas, filtrándose desde el piso superior.

–Dile a Sarada que tuve que regresar al norte con urgencia – le cortó Sasuke a secas, bajando las escaleras a toda prisa.

–No – aulló la pelirrosa angustiada – ¡Aguarda! ¡Espera!

Un manto tan oscuro y siniestro como la noche se materializo frente a Sarada en el pie de las escaleras. El rostro de Sasuke que la observaba estaba turbado, lleno de incertidumbre y una ira descontrolada. Cuando los ojos de su padre se posaron en los suyos una horrible sensación surcó su cuerpo. Y allí comprendió que su pesadilla estaba completa.

–Sarada – susurró Sasuke al verla. Contrajo con fuerza los músculos de su mandíbula y los de su cuello. La esquivo con gran agilidad y se dirigió a la cocina sin dar explicaciones de lo sucedido.

Abrió un par de estantes, sacó comida enlatada y otras cosas, reuniéndolas en la mesa donde habían compartido varias veces el desayuno esa semana. Sarada miró escaleras arriba antes de detenerse frente a la puerta de la cocina, sin saber muy bien que hacer o con quien hablar en ese momento.

–¿Qué le has hecho a mamá? – exigió con la firmeza que su cuerpo no tenía.

–Tu madre está bien. No tienes nada de qué preocuparte – cuando pronunció la palabra "madre" su voz sonó dura, árida, como la superficie de una fría roca.

La niña estudió los movimientos de su padre en silencio, siendo interrumpidos solamente por la lluvia a las afueras. Vestía aun con la ropa del festival, pero la gruesa capa de viaje ocultaba el afanoso Kimono que, en ausencia de una luz distinta a la de los truenos que atravesaban las ventas, le daban un aspecto oscuro, casi siniestro.

Una vez hubo recolectado lo que necesitaba, lo metió en una mochila que había bajado con él desde el piso superior. Era demasiado claro lo que quería hacer, lo había escuchado, pero aún no lo creía hasta que sus ojos lo vieron.

–¿Te iras? – murmuró Sarada monótona.

–No sé cuando regrese – respondió Sasuke saliendo de la cocina en dirección a la sala.

Sarada le dio paso cuando atravesó el arco de la cocina. Lo vio caminar con determinación hacia lugares precisos en busca de lo necesario para su eterno viaje. Usaba movimientos bruscos, toscos, impropios en él. La tempestad que habitaba en sus ojos era la misma que había en los de Sarada, pero seguramente ambos tenían un significado diferente.

Cuando Sasuke pisó los restos de los portarretratos y tomó la katana oculta tras un mueble, fue el momento en que Sarada encontró la valentía para preguntar en voz alta.

–¿Piensas que mamá te engaña con Kankurō-san?

Sasuke se detuvo en seco, dándole la espalda a Sarada y con la mirada fija en la puerta entreabierta.

–No tengo tiempo para estas tonterías.

–¿Es eso? – insistió ella con los puños apretados a ambos lados de su cuerpo, aprisionando inconscientemente el papel que había encontrado en la entrada de la casa con el número de Kankurō escrito con la letra de Mebuki.

Una nueva brisa azotó suavemente la puerta.

–Debo irme – fueron las palabras de Sasuke.

Ese acto de cobardía fue todo lo que necesitó para sentir como algo en su pecho comenzaba agrietarse.

–¡Tienes tiempo para todo el mundo menos para tu propia familia! – exclamó con lágrimas en los ojos, al borde de la desesperación.

La mano de él que descansaba sobre el pomo de la puerta se quedó inmóvil. Sarada, a su espalda temblaba de pura impotencia acumulada.

–¡Piensas que te engaña con otro hombre cuando esa no es la realidad! – regresó, con fuerza – ¡Por todos los cielos! ¿Cómo se te ocurre pensar tan siquiera en esa absurda idea? Ella jamás te engañaría ni con tu propia sombra. Al principio pensé que tus celos eran algo tierno pero ahora me doy cuenta que es enfermizo – hizo una pausaba para recobrar el aliento –. Esa mujer te ama más de lo que tú mereces.

Controló un siguiente sollozo. Sasuke permaneció inmóvil frente a la puerta. No decía nada, su cuerpo era una especie de muro, solido e indestructible. Sarada dio un paso al frente.

–Te espera fielmente día y noche – susurró hacia el viento –, descansa solo cuando tiene oportunidad de hacerlo. Ha cuidado de mí y ha hecho el trabajo que tu deberías hacer – miró la espalda de su padre con rencor –. Mebuki-obachan tenía razón en todo lo que dijo sobre ti. Nunca te has preocupado por esta familia… y nunca lo harás.

De nuevo un silencio espectral. Sasuke desde la entrada giró su cabeza, solo lo suficiente para mostrar su perfil ennegrecido por la oscuridad de la noche.

–¿Algo más que quieras decir antes de irme? – musitó el hombre arrastrando las palabras.

–¿Q-que? – balbuceó Sarada dando varios pasos hacia adelante con cautela, alejándose del arco de la cocina y adentrándose poco a poco hacia la sala – ¿Eso es lo que dirás? ¿Esa es tu forma de defenderte?

–No estoy tratando de defenderme – le corrigió.

–Por Kami ¡¿Cómo puedes ser tan egocéntrico y despreciable?! – manifestó, elevando la voz tan alto que ni siquiera el siguiente trueno pudo opacarla. Aun tiritaba de impotencia. Elevó un dedo y lo señaló con rudeza –. Es por esta actitud tan prepotente que has separado a esta familia. Lo único que logras es hacernos daño. No ves que la persona que más sufre en esta casa es tu esposa, a la mujer que supuestamente amas ¡Y la única forma que tienes de solucionar los problemas es huyendo! ¡¿No te da vergüenza?! – las lagrimas brotaban de sus ojos, no podía detenerlas al igual que el torrencial de palabras que dijo después – ¡Te vas sin dar explicaciones cuando te necesitamos más, cuando mamá te necesita más! ¡Por todos los cielos! ¡No ves que ella está muriendo!

Sasuke quedó pasmado. Su espalda permanecía firmemente contraída cuando giró lentamente sobre sus talones y se volvió hacia su hija.

–¿Qué has dicho? – preguntó Sasuke, siseando.

Sarada observó su semblante, estudiándolo desde la distancia. Aquella expresión, esas cejas juntas, el entrecejo fruncido, los ojos turbios e impresionados, todo lo que llegaba a mostrar ese rostro era incertidumbre. Cada rasgo de esa cara inexpresiva por fin revelaba un sentimiento de perplejidad. Y fue allí donde Sarada comprendió todo.

–No lo sabias... – susurró, abriendo los parpados incrédula –. Tu… tu no lo sabias.

La lluvia se intensificó de alguna manera, pero el rostro de Sasuke permaneció exactamente igual.

–Sarada… ¿Qué has dicho? – repitió el jefe del clan Uchiha, sin limitarse en el rugido que apreció después de su pregunta. Sarada no se intimidó, ahora lo que sobraba en sus venas era temeridad y un indicio de odio dirigido hacia él.

–¿No sabes que tu propia esposa ha estado enferma durante años? – preguntó, sosteniéndole la mirada con la misma rigidez que Sasuke lo hacía con ella. No le respondió, y no tenía que hacerlo. Sus ojos reflejaban todo lo que Sarada necesitaba saber –. Está más débil, ya no tiene fuerzas. Ella lo ha intentado ocultar, pero ya es inevitable – le explicó suavemente, sin bajar la guardia –. Desde su jardín abandonado, sus descuidos en la cocina, su voz débil y cansada. Todas son señales de lo mismo. Pero claro… tú no la conoces, tú no convives con ella para darte cuenta de detalles tan simples como su nueva forma de caminar o esa extraña palidez en su rostro – le regresó una mirada inyectada en sangre –. De entre todas las personas que deberían estar con ellas tú eres la menos indicada.

Sasuke desvió sus ojos hacia los portarretratos destrozados en el piso de madera, relajando sus facciones lánguidamente.

–En algo estamos de acuerdo – respondió más para sí mismo que para Sarada.

–Mi madre me ha enseñado a nunca odiar – dio un nuevo paso hacia él, reduciendo la distancia que había entre ella y su padre –. Pero esta vez, hare una excepción.

Los ojos, profundos y oscuros de Sasuke, volvieron a los de su hija. De regreso a la inexpresividad. Sarada chasqueó la lengua rabiosa y apretó los puños al punto en que sus nudillos se tornaron blanquecinos.

–Vete – dijo, bajando la cabeza. Si continuaba viéndolo, diría cosas aún peores –. Si alguna vez nos quisiste, si alguna vez te preocupaste por ella te pido que te vayas. Y que jamás regreses. No quiero volver a ver tu cara nunca más.

No escuchó nada más que la lluvia caer, sin embargo cuando volvió a elevar la quijada Sasuke había desaparecido. Como siempre lo había hecho… pero en esta ocasión tal vez no lo volvería a ver nunca más.

Las lágrimas continuaban cayendo sobre sus mejillas. La lluvia seguía rociando la tristeza de aquella noche por toda Konoha. Sarada se dio la vuelta y trotó hasta las escaleras, limpiándose el rostro con la manga de la yukata. No tuvo que subir todos los escalones hasta la recamara de su madre, donde esperaba encontrarla. Sakura yacía tirada en medio de las escaleras, sosteniéndose con fuerza del pasamano esperando no terminar de bajar rondado por las escalinatas. Tenía el rostro más pálido que nunca, sus ojos brillaban con gotas cristalinas que se precipitaban descontroladamente en todo su rostro. La manga de la yukata estaba remangada, dejando ver una quemadura reciente en el antebrazo izquierdo. Sus piernas temblaron y estuvo a segundos de terminar lo que había comenzado, pero Sarada fue más ágil y detuvo su descenso por las escaleras, sosteniendo su frágil y delgado cuerpo antes de que tocara el siguiente escalón.

–Mamá – la llamó, esperando que aun siguiera consciente. La dejó cuidadosamente en las escaleras, evitando que se golpeara con algo. De cerca lucia aun peor, su Byakugō no in no estaba haciendo el trabajo que debería, poco a poco su semblante terminó por mostrar las verdaderas señales de su enfermedad oculta. Ya no había nada que esconder. Sasuke las había abandonado y Sarada lo sabía todo, no necesitaba seguir encubriendo la mentira con ese jutsu.

Poco a poco la piel se transformo a un color traslucido, casi transparente, dejando ver el tortuoso camino de venas bajó ésta. Los labios se tornaron resecos, las ojeras se profundizaron alrededor de sus ojos, la mirada llena de vida ahora estaba consumida en un abismo de desesperanza, perdiéndose la luz que habitaba en ellos.

Sarada tuvo que desviar la mirada de su rostro por un instante, controlando las ganas de tumbarse a llorar. Revisó la quemadura que se había hecho en la mañana durante el nefasto intento de almuerzo. No se había curado. No porque no quisiese… si no porque no podía hacerlo.

Las lágrimas que se había limpiado ahora resurgieron con mayor ímpetu. Ver a su madre de esa manera terminó por romper su inestable corazón en miles de pedazos.

–Sa-Sasuke-kun – susurró Sakura hacia el viento con la voz quebradiza. Movió su torso queriendo levantarse, pero todo su rostro se contrajo de dolor y llevó una mano hacia la cabeza. Cuando retiró la mano, Sarada pudo vislumbrar sangre fresca en ella.

–Oh por Kami ¿Quién te hizo esto? – preguntó Sarada.

–Sa-Sasuke-kun – repitió Sakura.

Algo en Sarada hirvió por dentro, algo que jamás había sentido en su vida. Odio, ira, rencor, demasiadas emociones que ensombrecieron todo a su alrededor. De entre todas las cosas que había hecho Sasuke mal, esa llegaba a ser la peor de todas.

–Ese desgraciado – fue lo único que pudo articular.

–Sa-Sasuke-kun, no te vayas… espera...

–No te preocupes, no volverá a hacerte daño – dijo firmemente, sosteniéndola aun entre sus brazos –. Te lo prometo.

Los ojos jades de Sakura encontraron los de su hija.

–S-Sarada… – murmuró antes de cerrar los ojos poco a poco, dejando reposar todo el peso de su cuerpo sobre los brazos de la pequeña Uchiha.

–¿Mamá? – preguntó Sarada con un hilo de voz – ¡Mamá!

La zarandeó con sutileza otra vez, pero no le respondió. Un nuevo trueno respingó a su alrededor. La lluvia cesó. Todo quedo en penumbras. El silencio se apoderó del lugar, y los llantos de Sarada continuaron lo que la tormenta había dado por concluido.


N/A: Saludos, ppl. Espero que estén muuuy bien ;D

Ya nos acercamos a lo más alto que el drama puede alcanzar en esta historia. El gran debate sobre el secreto de Sakura ha llegado a su fin, y los que pensaron que estaba enferma han acertado. Sin embargo, aún falta mucho por dilucidar sobre su estado. Espero que no me detesten por seguir alargando el secreto de Sasuke y el dilema del sello, pero todo a su tiempo n_n.

Las notitas a continuación:

1. Al principio del capítulo, cuando Sasuke le dice a Sakura "No es la primera vez que me preparas un almuerzo carbonizado" hace referencia al capítulo V, donde le da de comer un pescado quemado.

2. Cuando ChōChō llama a Sarada y le dice "¿Ves? Te lo dije. Las comidas en familia no traen nada bueno, siempre alguien se descontrola y comienza una pelea" y cuando hablan de la duda hacia sus respectivos padres, es por su pasada conversación por teléfono en el capítulo VII

3. Las yukatas que Sasuke le regala a Sarada y a Sakura provienen de la tienda de la señora que les cuenta la historia de la Doncella y el Guerrero, en el capítulo VIII, durante su misión en Gan'u. Y como Sasuke estaba de viaje por el norte, pasó por allí antes de llegar Konoha :)

4. Cuando se consiguen a Naruto en el festival lleva puesto un kimono que es muy similar al que Sasuke utilizó en el capítulo XII, esa es la razón por la que Sasuke y Sakura se rien en silencio.

5. Tsunade regresó a la aldea como le había contado Ino a Sakura en el capítulo XIII. Y todo bajo la intención de ayudar a esta última con su estado de salud.

6. El papelito con el número de Kankurō tirado en el suelo que Sarada se encontró, fue aquel que Mebuki había dejado bajo el "Portarretrato de Sarada que tanto le gusta", cosa que ocurrió en el capítulo XI.

7. Al final del capítulo, cuando Sarada nombra el "Jardín abandonado" es cuando ella y Sasuke en el capítulo XII estan sentados en el jardín conversando y ven como Sakura arregla por fín el desastre que tiene con sus flores.

Sé que son muchos detalles, algunos no son importantes, pero es bonito que todo se entrelace y que tenga un pasado :) Si tienen alguna dudita, no tarden en avisarme, con gusto se las aclarare. Por ahora creo que es todo. Espero de verdad que les haya gustado tanto como a mí me gusto escribirlo para ustedes. Como siempre y como nunca, mil gracias por sus lindos comentarios :) Cuídense muchísimo y nos leemos más pronto de lo que se imaginan.

Bye Bye :3