Capítulo 3: Embarazo.
-Tú me arrastraste. –Le dijo secamente la reina lunar. –Si me ibas a decir todo esto, ¿por qué tomaste mi vestido y me trajiste acá? ¡Cómo puedes ser tan cruel! ¿Cómo sé que no es un truco o una prueba a mi valor?
-Yo sólo cumplo ordenes… -Suspiró la guardiana, mirando hacia el infinito cielo resplandeciente. –Mi deber era traerte. Hacer que tú, la reina más influyente en el sistema solar, decidas el rumbo de la historia del universo desde ahora. Dime, quieres ser madre a como dé lugar o quieres que la paz siga existiendo en tu mundo.
La reina quedó pensativa. Debía tener cuidado con cómo se expresa. A fin de cuentas, estaba demasiado lejos de sus dominios. Tomó aire y, ya calmada, prosiguió.
-¿Estás segura que…?
-El baño de sangre que ocurriría cuando mueras por vejes y sin descendencia, no sería nada en comparación de milenios de sangre por la liberación de las estrellas del orden y del caos. Si joven reina. Estoy segura de ello. Ahora dime. ¿Quieres ser madre a costa del fin de, no sólo tu reino, sino el fin de todo lo que existe?
Serenity observó sus manos. Temblaban tanto como una gelatina en medio de un terremoto terrestre. Ella llegó allí para evitar un futuro baño de sangre en el reino. Sin embargo, ya no estaba tan segura de que aquel haya sido el real motivo.
La guardiana del caldero prácticamente sentenció un apocalipsis si ella insistía con ser madre. Pero, pese a ello, ella no quería salir de ese lugar sin una pequeña estrella en su interior.
-Cielos… Debo ser la reina más egoísta del universo. –Murmuró, esbozando una dulce sonrisa. –Llévame al lugar en dónde se encuentra aquella estrella.
-Ya que comprendes los riesgos…
-Los minimizaré. La pequeña no se alejará ni un centímetro de mi vista sin que yo lo sepa.
La guardiana del caldero rodó sus ojos. Una muestra de lo agotada que la tenía Serenity y su testarudez.
-Sígueme.
Caminaron por cerca de diez minutos. Un tiempo eterno para Serenity pero que, sin embargo, aprovechó para observar la perfección del lugar. Las estrellas cada vez se volvían menos, dejando ver un espacio vacío de color gris. El largo pacillo de mármol finalizó, dejando a la reina al borde de un gran precipicio.
-El final de todo. –Dijo la guardiana. –El real caldero primordial
La reina miró debajo del precipicio. En efecto, a unos metros por debajo se encontraba una especie de olla imposiblemente colosal dorada. En el interior había una tormenta que hacía temblar cada hueso de Serenity.
-¿Segura? –Le volvió a preguntar la guardiana.
La joven de ojos plateados miró fijamente a la diminuta mujer.
-Como jamás lo he estado en mi vida.
La guardiana estiró su cetro, cerró sus ojos escarlatas y del interior del caldero, salieron dos pequeños cristales. Uno negro como el manto nocturno de la noche. El otro… El otro simplemente era hermoso. Cristalino como el agua, pero que emitía una luz que contenía todos los colores del universo.
El cristal negro salió eyectado del lugar. Mientras que el cristalino, se acercó hacia la reina.
Serenity lo tomó entre sus manos y éste desapareció.
-Ahora está en tu interior. –Dijo sombríamente la guardiana. –El cristal de plata… Tu bebé. –La mujer de vestido englobado miró a la reina mientras su cuerpo se desintegraba. Sólo… Sólo disfrútala mientras puedas, joven reina.
-¿Guardiana? –Preguntó la reina boquiabierta.
-Me mezclaré con el caldero para que seamos uno solo. Trataré de contener el desequilibrio lo más que pueda… Al menos… Eso te dará un embarazo tranquilo…
Todo alrededor se comenzó a desintegrar. Antes que una columna de mármol le cayera encima, Serenity despertó en su habitación.
Se encontraba en el frío suelo, sudando como nunca lo había hecho. Se levantó, temiendo que todo hubiese sido sólo un sueño extraño.
Miró hacia la pared en donde había dibujado el portal. Su dibujo no estaba. Pero, en su lugar, había una frase que hizo recorrer una corriente por toda su columna vertebral:
NO HAY LUZ SIN OSCURIDAD.
