Disclaimer: ningún personaje o lugar que reconozcan me pertenece, todo es obra de la magnífica imaginación de Masashi Kishimoto.

Recuerdos de primavera

XXIV

Sarada Uchiha

Estaba sentada en la oficina de la directora del Hospital, viendo como las gotas de lluvia comenzaban un nuevo golpeteo sobre el gran cristal de la ventana. El sonido era arrítmico, a veces aumentaba de intensidad, a veces disminuía violentamente. Pudo sentir como el aire helado se filtraba por una pequeña rendija congelándole los pulmones, pero no veía la necesidad de protegerse contra el frío, no valía la pena resguardarse de una nueva tempestad.

Seguro era de mañana, puede que pasada las nueve, difícil era concluir la hora con el constante pronóstico de lluvia cargando al cielo en nubarrones grisáceos. Despegó la vista de la desoladora venta para clavarla en el escritorio frente a ella donde incontables papeles, archivos, bolígrafos y resultados incomprensibles para los ojos de Sarada se exponían de una forma tentadora, incitándola a hurgar en sus contenidos. Aunque su curiosidad podría considerarse legendaria, ese día había perdido el don de meter su nariz en cosas ajenas. Prefería quedarse sentada en medio de su silla en compañía de la insistente y agobiante lluvia caer con su inconsistente "toc-toc".

La habitación estaba solitaria, y de cierta forma la reconfortaba. Había estado toda la noche rodeada de médicos y enfermeras en la sala de emergencia. Gente gritándose cosas que no llegaba a entender, personas ondeando sus batas blancas por los pasillos apartándola como si fuera un estorbo más en medio del caos. El silencio de la oficina era lo que necesitaba, solo un poco de paz en medio de la tormenta.

Escuchó como unos pasos se acercaban a la puerta que estaba tras ella. No se volteó a ver quiénes eran, su muy sensible oído hizo el trabajo que su cuerpo no quería hacer.

–Tráeme algo para el dolor de cabeza, Shizune – ordenó la voz de Tsunade. No sonaba como la Tsunade que Sarada había conocido en el festival, esta persona en cambio usaba un tono de voz más concreto y profesional, desprovisto de los efectos del alcohol.

–¿Otra vez, Tsunade-sama? – respondió Shizune encubriendo su agotamiento. Había permanecido escoltando la puerta de la oficina como un leal centinela desde que Sarada había entrado hace más de una hora.

–Y más café. Ha sido una larga noche y aún falta mucho por hacer – dictaminó la antigua Godaime Hokage.

–Sarada-chan está esperando por usted.

–Bien. Ino está con Sakura, dijo que tenía unas cosas para la niña. Búscalas y tráelas a la oficina.

–Como usted diga, Tsunade-sama.

La comunicación se cortó. Las pisadas coordinadas de Shizune señalaban una dirección que Sarada no pudo seguir. Al mismo tiempo, la puerta de madera blanca se abrió de par en par dando paso a la silueta omnipotente de Tsunade. Aguardó unos segundos con la mano sobre el pomo de la cerradura y volvió a cerrarla, al igual que las cortinas de la ventana que daba al pasillo para mayor privacidad.

Desde la silla, quieta como una gárgola, Sarada observó el caminar de la directora del Hospital por el rabillo del ojo. Llevaba puesto una bata blanca encima de un kimono gris que usaba como camisa y unos pantalones azules que hacían juego con la cinta que ceñía su fina cintura. El resonar de sus tacones sobre el suelo junto al continuo y arrítmico golpeteo de la lluvia gobernaban sobre el silencio de la habitación. Sarada vio como Tsunade tomaba asiento en la imponente silla que aguardaba por ella desde el otro lado del escritorio.

– Cuando Shizune regrese le pediré que te acompañe a la cafetería para que desayunes algo – dijo la mujer adaptándose al asiento hasta conseguir una posición cómoda en él. No miraba a Sarada, sus ojos estaban concentrados en los archivos y papeles desparramados por la mesa –. Han traído ropa para que te cambies, lo mejor será que te quites esa yukata.

Al escuchar el comentario de su ropa, Sarada bajó la mirada. Aun llevaba puesto el traje que Sasuke le había regalado. La tela estaba sucia, sobre todo al nivel del borde de la falda dejando manchas irregulares de lodo seco. Todavía tenía el cabello humedecido y el resto de su semblante no daba el aspecto de estar cuidado. Por obvias razones no se había detenido a tomarse la molestia de cambiarse, como muy bien había dicho Tsunade, fue una larga noche.

–No tengo hambre – murmuró sin demostrar emoción alguna.

Tsunade estaba escribiendo algo en un papel, se detuvo y elevó únicamente las canicas castañas llegando hasta los ojos de la niña.

–No es una sugerencia, Sarada – regresó su atención al papel y continuó escribiendo. Sus uñas estaban pintadas de un rojo intenso, pulcras e impecables. Aquel esmalte no hizo más que servir como recordatorio de cómo debía ser el color de la sangre.

–¿Cómo está…? – preguntó Sarada por lo bajo.

–Estable – le interrumpió Tsunade, enfrascada en la minuciosa tarea de desplazar la pluma y crear un grupo de letras indescifrables sobre el pergamino –. La trasladamos a una habitación privada, aun esta inconsciente. El paso está restringido a todo aquel que no sea personal del Hospital.

Sarada bajó la mirada a su sucia yukata.

–Entiendo.

De la nada desapareció el sonido de la pluma rasgando el papel. Tsunade se reincorporó soltando un ruidoso resoplido.

–Estas muy cansada – advirtió, dejando que sus codos reposaran sobre la mesa y sus dedos se entrelazaran, haciendo que el color carmesí de sus uñas centellaran bajo la tenue luz de la oficina. Sarada tiritó por dentro, pero se mantuvo quieta en la silla. Tsunade agregó con voz más suave –. Deberías comer primero y luego hablaremos con más calma sobre este asunto.

Sarada frunció el entrecejo.

–Con todo respeto, he esperado mucho tiempo para conocer la situación de mi madre, Tsunade-sama. Un desayuno no retrasara lo inevitable.

–Entonces ¿ya lo sabias? – dijo, inclinando su cuerpo hacia delante, interesada en la respuesta que daría.

–Solo suposiciones.

–Eres bastante inteligente – deshizo el lazo que existía entre sus dedos y alejó su cuerpo hasta descansar la espalda en el respaldar de la gran silla –. La enfermedad de Sakura no es algo sencillo, Sarada.

Cuando la palabra enfermedad se interpuso en la frase de Tsunade, Sarada sintió un vacío en su pecho que comenzó a hundirla.

–¿Qué sabes al respecto? – prosiguió Tsunade, inclemente. No se imaginaba a la gran Sannin de Konoha como una mujer dulce y bondadosa. Demostraba ser demasiado escrupulosa, inquebrantable, tan inflexible como la piedra de un rio.

–Solo sé que es algo que la consume poco a poco. La he visto empeorar con los meses. Al principio pensé que era mi imaginación pero con el tiempo detalle cosas que normalmente ella nunca descuidaba. Su Byakugō no In lo mantenía todo bajo control… hasta ahora.

–Efectivamente – asintió –. Tu madre tiene una enfermedad muy extraña, ha lidiado con ella durante años.

–¿Qué es? – siempre tuvo miedo hacer esa pregunta, pero en esta circunstancia ¿qué diferencia haría temer al nombre?

–Una especie de carcinoma – respondió Tsunade, insegura –, o eso es lo que queremos creer. La enfermedad trabaja similar a un proceso neoproliferativo maligno, pero no es nada de lo que estamos acostumbrados a ver. Todo comenzó como una lesión en bazo. Poco a poco se fue diseminando, hasta hace dos meses que llegó a invadir sus canales de chakra, es por eso que su Byakugō no In no está haciendo el trabajo que debería.

Tragó grueso. Sarada no llegaba a tener vastos conocimientos en el campo de la medicina, sin embargo nada de lo que escuchó la hizo sentir segura. Era como si pudiera ver la orilla y nadar hasta ella pero las olas continuaban arrastrándola hacia el océano de la incertidumbre.

–¿Es muy grave? – preguntó Sarada. Su voz apagada era tan tenue que le pareció un milagro que Tsunade pudiera entender lo que decía.

–Te mentiría si te dijera lo contrario, niña.

El vacío en su pecho se profundizaba de la forma más abismal y aterradora de la que jamás había sentido.

–Entonces, lo que sucedió anoche fue…

–Otra recaída – completó Tsunade.

Sarada abrió los ojos sin entender.

–¿Otra? – repitió –. Un momento ¿Cuánto tiempo lleva mi mamá en esta… situación?

–Cerca de una década – la respuesta hizo que Sarada entreabriera la boca de puro espanto. Tsunade volvió a dejar salir un suspiró de cansancio –. Lo ha sabido controlar, la hemos ayudado de todas las maneras posibles, pero esa maldita enfermedad es más inteligente de lo que pensábamos. Siempre va un paso por delante de nosotros.

A estas alturas nada debería asombrar a la pequeña Uchiha, pero el universo tenía más cartas bajó la manga, contribuyendo a que su mundo siguiera derrumbándose hasta no quedar más que cenizas.

Sarada se irguió sobre su silla y se acercó hacia Tsunade.

–Escuche que usted acaba de llegar del país del Té – el anhelo y al desesperación hicieron estragos con su voz, estaba costándole mucho trabajo el mantener la calma –. Shizune-san dijo que tenían una posible solución.

–Improbable solución – le corrigió Tsunade con dureza pero sin llegar a sonar insensible –. No estaba al tanto del daño en sus canales de chakra. Está muy débil para someterla a una cirugía, hay que esperar un par de días hasta que se recupere.

–¿La cirugía la curará?

–No lo sé. Tal vez si, tal vez no.

Sarada se aproximó aún más sobre la silla, quedando casi sobre el borde.

–¿Qué más saben de la enfermedad? ¿No tienen una pista, algo que los ayude a dar con un tratamiento?

–Lo que te he dicho es lo único que sabemos. Hemos estado en esta guerra por años y lo que creemos que puede ser la solución a veces no lo es.

–Entonces – murmuró muy seria, sin quitarle la mirada de encima –, la cirugía puede no servir de nada.

Tsunade bajó los hombros, cansada.

–Todo es cuestión de suerte – dijo la mujer tras el escritorio.

–¿Suerte? – gruñó frunciendo el entrecejo – ¿Está pensando que la enfermedad de mi madre es un juego de dados?

–Si lo fuera, yo sería la persona menos indicada para atenderla.

Tsunade se colocó de pie en un movimiento impecable. Estaba tan rígida que los músculos de su cuello se veían tensos bajo la piel. Giró sobre sus talones y se volvió hacia el ventanal para ver la lluvia caer.

La pequeña Uchiha le observó, relajando su cuerpo hasta regresarlo de nuevo al respaldar de la silla. Sarada no era la única que estaba sufriendo la enfermedad de Sakura. Tsunade lo trataba de ocultar, pero la responsabilidad que ella misma se impuso de curar a su antigua protegida y no haber logrado nada en los últimos años, debía ser un golpe muy bajo, no solo como profesional sino como maestra.

–¿Cuánto tiempo le queda? – inquirió Sarada sin pensarlo demasiado.

El rostro de Tsunade se volvió hacia ella con cierta impresión. La pregunta debió tomarla desprevenida. Sus ojos quedaron ocultos tras los mechones de rubio cabello, retornando a la lluvia tras la ventana.

–Está bien, Tsunade-sama – susurró Sarada queriendo demostrar una seguridad que había perdido desde las últimas horas –. Puede decírmelo.

El aliento de la antigua Hokage chocó contra el vidrio, empañándolo tenuemente.

–Seis meses cuando mucho – respondió –. El tratamiento actual solo retrasa la metástasis. Aun intentamos buscar la forma de contrarrestar el daño, pero…

–Es muy tarde.

Tsunade giró en redondo. Su semblante era inexpresivo al principio, pero suavizo sus rasgos al depositar su mirada en la de Sarada.

–Sé que esto es difícil de digerir y que el panorama no es muy bueno. Pero ninguno de nosotros ha perdido las esperanzas y espero que tú tampoco lo hagas, Sarada – regresó al escritorio y tomó asiento en su silla abandonada. Sarada estuvo a segundos de hacer una nueva pregunta, pero se contuvo; entre tanto Tsunade se aclaró la garganta –. Me he enterado que Sakura mantuvo todo esto oculto para no preocuparte. Debes estar molesta con ella.

–Jamás podría estar molesta con ella – le corrigió Sarada.

–¿Y qué me dices de Sasuke? Tengo entendido que ha ido de nuevo a su viaje.

Ese nombre no hizo más que hervirle la sangre. Apretó los puños sobre su yukata con la mirada inyectada en odio.

–No quiero saber nada de ese sujeto.

El tono áspero de su voz alertó a Tsunade de que algo había pasado, pero ante de que pudiera indagar en el asunto alguien tocó a la puerta.

–Pase – ordenó la directora.

–Permiso, Tsunade-sama. Acá está lo que me pidió – dijo Shizune luego de abrir la entrada y acercarse hasta el escritorio. Dejó una taza de humeante café a un lado de los papeles y entregó una pequeña píldora que Tsunade tragó al instante. Shizune se volvió ahora hacia la Uchiha extendiéndole un paquete –. Esto es para ti, Sarada-chan.

–Gracias – respondió ésta en voz baja.

–Acompáñala, Shizune. Necesita comer algo, iré a ver como esta Sakura – mandó Tsunade de manera autoritaria. Se levantó, tomó la taza de café y se dirigió por última vez a Sarada –. Te mantendré al tanto de todo. Una vez Sakura este despierta, podrás pasar a verla.

Sarada la imitó, colocándose igualmente de pie.

–Gracias por todo lo que han hecho por mi mamá – siseó, haciendo una reverencia hacia ambas –. Se los agradezco profundamente.

Hubo un corto silencio en el que las gotas continuaban su baile contra la ventana.

–No nos lo agradezcas aun – murmuró Tsunade caminando con paso seguro hacia la salida de la oficina.

Los hospitales nunca han tenido fama de tener una comida deliciosa, y el de Konoha no era la excepción. Frente a Sarada yacía un plato poco apetecible, compuesto por un sándwich que escogió arbitrariamente entre los que se exponían en la cafetería. El pan estaba duro y viejo, su contenido sobresalía con desagrado de los bordes como si se tratara de un muñeco inflable que había decaído luego de que el aire escapara por un improvisto agujero. Lo único que probó a medias fue el zumo de naranja, solo porque se trataba de un jugo con una fecha de caducidad bastante lejana y porque Shizune insistía en que debía tener algo en el estómago. Luego de un segundo y diminuto sorbido sintió náuseas y alejó el desayuno disimuladamente.

Observó a los familiares, médicos y enfermeras apiñados en sus respectivos grupos a lo largo de la cafetería. Los que vestían batas tan impecables como su gran ego, hablaban un idioma ininteligible para Sarada. Lo hacían a propósito, incluso se expresaban en voz alta para que los demás pudieran ser partícipes de su brillantez y profundos conocimientos. Sakura los insultó en sus adentros usando el término de "estúpidos ególatras". Fijó su atención hacía las enfermeras. Reían más allá sobre una historia muy graciosa de un paciente que confundió unas píldoras para dormir con un laxante fortísimo que lo hizo ir al baño por una semana. Sarada no le vio la gracia de reírse de las desgracias de los demás, por lo que le dedico una mirada fulminante cuando una de las mujeres se volteó por casualidad hasta su mesa.

Los familiares eran, contradictoriamente, las personas más sensatas y serias en la cafetería. Ellos estaban al tanto de que la pena invadía el ambiente y que las risas no estaban en el plato del día. Sarada los acompañó en un silencio respetuoso, regresando ahora la mirada hacía la ventana del lugar. Aun llovía y continuaría así por un largo, largo tiempo.

–¿Te encuentras bien, Sarada-chan? – preguntó Shizune retornando de un breve receso como guardaespaldas de la Genin – ¿Estas molesta por algo?

Sarada elevó solo su mirada hacía Shizune.

–No, no lo estoy – se impresionó un poco cuando su voz sonó tan áspera.

–Pero tienes el entrecejo muy fruncido.

Por acto reflejo, relajó su frente. Shizune tomó asiento a un lado de ella. Cada vez se le notaba más el agotamiento. Sus hombros estaban decaídos, apestaba a una fuerte sobredosis de café y los círculos alrededor de los ojos comenzaban a tatuarse sobre su piel. La maratón de la noche anterior dejaría extenuado a cualquiera, incluso Sarada se sentía consumida y eso que no hizo más que estar de pie en medio de la emergencia sirviendo como simple espectadora del teatro horripilante en el que se había transformado su vida.

–Debes de comer – murmuró la medic-nin a su lado, instándola a que probara el sándwich.

–Lo siento, no tengo apetito – dijo sinceramente.

–Está bien si quieres ir a descansar a tu casa, no has dormido nada. Puedo llevarte hasta allá.

–No – casi lo gritó, inclusive un niño pasando por un lado le devolvió una mirada interrogativa. Sarada corrigió su tonó de voz –. No dejare a mi mamá sola.

–A Sakura no le gustaría verte así – se aproximó a ella, buscando una cercanía amistosa –. Está en perfectas manos. Nada le sucederá mientras duermes un rato, es bueno que recuperes fuerzas.

El pensar tan siquiera en colocar un pie de nuevo en aquella casa le hacía revolver el estómago. Allí habitaba recuerdos que prefería olvidar. Mentiras y engaños que traían solo más dolor del que ya producía sus pensamientos.

Comprendía la preocupación que tenían todos, hasta Tsunade en esa mascara de líder inquebrantable le angustiaba lo que pasara con la menor de los Uchiha, y más ahora después de la noticia de su madre. Pero Sarada no pretendía regresar a aquella mazmorra que antes llamaba hogar y tampoco tenía pensado dejar a Sakura en medio de esos pretensiosos sujetos de batas blancas. Se quedaría allí, hasta que todo regresara a la normalidad, o más bien, intentase regresar.

Shizune soltó un gran suspiro y estuvo a punto de insistir de otra manera más convincente para que Sarada descansara, pero fue interrumpida bruscamente por alguien que llegó por su espalda.

–¿Shizune eres tú?

Sarada abrió los ojos como platos al reconocer a la persona que arribó hasta su mesa. Nunca la había visto en persona, solo en fotografías, pero el cabello rojo escarlata que le llegaba por debajo de los hombros haciendo juego con el color de su iris, eran difíciles de pasar inadvertido. Las gafas de pasta color marrón, la pose altiva, la mirada presumida y su semblante estoico hizo paralizar a la Uchiha en su silla, sin poder creer quien estaba frente a ella.

–Karin, que bueno que has llegado – saludó Shizune con naturalidad.

–Con este clima de perros que tiene Konoha me lo hubiese pensado. Estaba de camino al hotel cuando comenzó a llover. Que primavera más deprimente se están gastando ustedes por aquí.

Shizune sonrió cansada.

–Sakura se contentara mucho al verte.

Llevaba un gran bolso oculto bajo la capa de viaje que dejó caer sin vergüenza sobre la superficie de la mesa, generando ondas en el jugo de naranja. Karin se cruzó de brazos y empujó sus lentes a nivel del puente, como Sarada normalmente hacía.

–¿Qué hizo esta vez Sakura? – preguntó la Kunoichi bastante cabreada – ¿Dejó de tomarse sus medicinas o prefirió irse por uno de esos tratamientos naturales? Le dije que son puras patrañas. Ella y sus flores la llevaran a la tumba antes de tiempo.

–¡Karin! – vociferó Shizune haciéndole señas con la mirada hacia Sarada.

–¿Que? – siguió la vista de Shizune hasta depositar su atención en la pequeña Uchiha –. Oh, tu debe de ser la famosa Sarada.

Por un momento se le olvido como hablar.

–Un placer conocerla por fin, Karin-san – no tartamudeo, pero estaba segura que eventualmente le pasaría.

–Por todos los cielos, eres idéntica a tu padre – comentó, negando con la cabeza –. Que mala suerte tienes niña.

Por extraño que sonara, todos terminaban apuntándole lo desafortunada que era al parecerse a Sasuke. Ahora podía comprenderles.

–Usted fue compañera de equipo de… él – estuvo a un paso de decir "mi padre" pero esa palabra había perdido significado para ella.

–¿De Sasuke? – preguntó para estar segura que estaban hablando de la misma persona –. Un tiempo, luego lo deje por su mal carácter y porque una vez intento mata… bueno… eso no importa ahora – movió las manos como si tratara de espantar una mosca con un deje de incomodidad que no debía ser muy propio en ella. Colocó ambas manos sobre las caderas y dejó el peso de su cuerpo sobre una de sus piernas –. Veo que Sakura no le duró mucho tiempo la mentira ¿Ya estas al tanto de todo?

–Algo así – murmuró Sarada.

–No te culpo si no llegas a comprenderlo aún, ni siquiera nosotros hemos podido llegar a un diagnóstico certero – ahora se enfrentó a Shizune, mostrando un rostro bastante serio –. He venido tan rápido como he podido ¿Cómo está?

–Ayer tuvo una recaída muy fuerte. Ahora la tenemos en una habitación privada, en la unidad de cuidados intensivos.

–Sabes que se molestara cuando se entere que está en una habitación privada.

–A estas alturas Sakura tiene otras cosas más importantes por las que quejarse.

–Bien dicho – consintió gustosa –. Necesitare su caso clínico, los estudios de laboratorio y toda la información que han obtenido con el pasar de los años.

–Tenemos todos los archivos – Shizune se colocó de pie –. Puedes esperar aquí mientras anuncio tu llegada a Tsunade-sama y anexo tu información al sistema, así tendrás acceso a UCI.

–Perfecto, así podre desayunar y charlar con Sarada – tomó asiento con extrema confianza en una silla vacía dedicándole un guiño a la Uchiha –. Será divertido. Además, tenemos mucho que discutir.

Shizune se retiró arrastrando discretamente los pies, no sin antes dedicarle una mirada de advertencia a Karin, como un aviso silencioso de que debía portarse bien y no decir nada estúpido.

–¿De qué necesitamos hablar? ¿Es algo importante? – preguntó Sarada, imitando el gesto de acomodarse los lentes.

–Ni que lo digas, pero primero charlemos un rato. Me gustaría conocer a la hija del legendario Sasuke Uchiha – descansó los codos sobre la mesa y cruzó sus manos para reposar el mentón sobre ella, en una especie de pose que denotaba intriga.

–También me gustaría conocerla a usted, Karin-san – reconoció Sarada sin saber que decir cuando los ojos carmesí de la Kunoichi la estudiaban como un espécimen en peligro de extinción.

–No seas tan propia. Ahora veo que te pareces más a tu madre, ella siempre ha sido muy estricta con eso de las formalidades. Estando bajo la tutela de alguien tan temible como Tsunade es comprensible que respete la jerarquía.

Karin, exponiendo el nivel al que su confianza podía llegar, tomó sin previo aviso el sándwich inerte frente a Sarada y le dio un mordisco voraz, luego arrugó el entrecejo y tragó con dificultad el bocado.

–Por Kami. La comida en este lugar apesta.

Mientras arrojaba de nuevo el pan, Sarada se cuadró incomoda en la silla.

–La he visto antes, Karin-san.

–¿De verdad? – dijo, limpiando con una servilleta los resto de pan que quedaba en sus labios.

–Sí, usted aparece en varias fotos junto a mi… junto a Sasuke – corrigió toscamente al final de la oración.

Karin arqueó una ceja.

–Mmm, veo que tienes un tono de resentimiento, pequeña Sarada. Y no te culpo si es por tu padre. Todos hemos pasado por la misma situación cuando afrontamos a Sasuke.

De entre todos los temas que podrían abarcar, el que menos estaba dispuesta a aceptar era el de su padre. A estas alturas no consideraba a Sasuke como alguien a quien debería respetar, y el llamarlo "padre" ahora se sentía como un insulto. En Sarada no existía ninguna sensación de la cual aferrarse para mantener el vínculo que la unía a él. De ahora en adelante solo estaban las dos solas. Sakura no merecía seguir sufriendo y Sarada no estaba dispuesta a que su dolor se prolongara estando al lado de ese sujeto.

Karin continuaba con su mirada inquisidora sobre ella a instantes de pronunciar una posible e incómoda pregunta sobre su relación con Sasuke, pero Sarada fue más rápida.

–Tampoco sabía que era amiga de mi mamá.

La pelirroja debió entender la ingeniosa indirecta de la Genin, ya que no insistió en el asunto.

–Pues claro. Soy amiga de Sakura desde hace años, nos conocimos un poco antes de la cuarta guerra. Hemos pasado un tiempo distanciadas, pero siempre nos mantenemos en contacto. Su trabajo y el mío están, digamos…relacionados.

–¿Es también una medic-nin?

–Algo por el estilo – otra prueba de su alto grado de comodidad fue tomar el jugo de Sarada y darle un generoso trago –. He venido a ayudarla. He sido parte de su sequito de médicos locos por varios años.

–Se lo agradezco mucho, Karin-san.

–No te molestes. Sigo su caso más que todo por simple curiosidad morbosa. Es una enfermedad muy extraña y fascinante, jamás había visto algo así. La forma en que ataca a las células de su organismo, el cómo se dispersa por los tejidos y se instala en ellos como un conquistador implacable dañando todo a su paso… – por primera vez Karin mostró un rostro apenado por su inoportuna agitación hacía la desgracia de Sarada –. Lo siento – susurró acomodándose los lentes –, a veces me dejo llevar por la emoción.

Sarada se mantuvo casi inexpresiva. Sentía una punzada de dolor que le perforaba el pecho, pero no pensaba demostrarlo ante Karin. El dolor es algo que los Uchiha aprenden a ocultar conforme todo su mundo se desquebrajaba en miles de pedazos, y el mundo de Sarada había colapsado hasta quedar en un frío y oscuro silencio.

–¿Tiene alguna solución para su estado? – preguntó la pelinegra con la mirada perdida en las ondas que generaba el jugo medio vacío.

–Eso lo veremos una vez la examine y estudie sus tejidos. En el pasado hemos hecho un progreso fascinante, pero como te he dicho, la enfermedad nos ha jugado muchas malas pasadas y se desarrolla de una manera muy peculiar.

–Ya veo – susurró.

Karin aguardó, prologando el silencio lo justo para llegar a una fácil deducción.

–Te preocupas mucho por Sakura ¿eh? Veo que quieres a tu madre más que a nada en el mundo.

La punzada en el pecho se convirtió a un abismo que le consumía sin piedad. Dejó de mirar el vaso y cambió su atención hacia su propio regazo. Karin a un lado dejó en libertad todo el aire de sus pulmones.

–¿Sabes? hace un par de meses atrás un amigo, corrección, un estúpido amigo, me dijo que conoció a la hija de Sasuke en uno de las guaridas de Orochimaru-sama.

Fue el turno de Sarada de arquear la ceja. Regresó la mirada hacia Karin por primera vez en casi toda la conversación.

–¿Habla de Suigetsu-san? – inquirió dubitativa.

–Ese mismo idiota – la mueca de disgusto que hizo con su rostro le dejo claro a Sarada que estaba refiriéndose a un verdadero zopenco –. Me dijo que te contó una ridícula historia sobre quien era tu verdadera madre, una historia bastante graciosa e improbable si me permites ser sincera.

Sarada no dudaba de la sinceridad de Karin. Por lo poco que llevaban hablando era una persona que no tenía motivos para encubrir sus verdaderos pensamientos. De alguna forma le recordaba a ChōChō.

–Eso fue hace unos meses cuando secuestraron a mamá – rememoró Sarada –. Le pedí a Suigetsu-san que hiciera un examen, y el resultado arrojó que usted…

–De eso quería hablarte, Sarada – le interrumpió con una seriedad muy impropia en ella –. Me gustaría contarte lo que sucedió en realidad.

–¿Lo que sucedió? ¿De qué habla?

Karin frunció el ceño.

–Quisiera hablarte del día en que naciste.

–¿C-cómo? – no vio venir una confesión de tal calibre, por lo que su inexpresividad dio paso a un gesto contrariado – ¿Por qué quiere hablar de eso?

–Para que conozcas la verdad.

–Estoy bien – musitó sin repasarlo tendidamente –. Ya he pensado mucho en el asunto y no importa si Sakura es o no mi madre biológica, aun así la quiero con todas mis fuerzas.

–Sí, sí, sí muy conmovedor – dijo Karin de mala gana –. Mira, no importa si quiere o no saberlo. Estoy en el deber de corregir la metida de pata que cometió Suigetsu, y créeme que es algo que hago con más frecuencia de la que me gustaría admitir.

Sarada inclinó la cabeza hacia un lado, sin dejar de observar Karin.

–Usted también quiere mucho a Suigetsu-san.

–Hey, enfoquemos en tu historia, niña – rugió a la defensiva, mostrando un rubor pasajero en sus mejillas.

–Está bien – dijo Sarada expectante. Aunque en un principio le había reprochado la historia, su curiosidad siempre había sido implacable incluso en ese momento cuando escaseaba tanto – ¿Cómo sabe la historia del día en que nací?

–Muy fácil – le cuchicheó Karin acercándose a ella en un aura conspiradora –. Porque yo estuve allí.


Día 684

Después de examinar unos cuantos cultivos que se habían convertido en cientos de placas inútiles, Karin no le quedó más remedio que hacer todo el trabajo desde cero. Detestaba hacer aquello. Es una de las cosas más aburrida que se puede hacer en un laboratorio. Normalmente le otorgaba ese privilegio a un puñado de ilusos seguidores de Orochimaru para que lo hicieran por ella, sin embargo fue por esa razón que todo su proyecto había terminado en una montaña de material inservible.

–Estúpidos lerdos sin cerebro – farfulló Karin entre dientes, hablando consigo misma en voz alta –. Suigetsu tiene más sentido común que todos estos idiotas juntos.

Deslizó la silla por la habitación hasta llegar a la mesa del lado contrario. Agarró una nueva muestra y un cuaderno de anotaciones, regresando a su fastidioso trabajo con un desplazamiento habilidoso de sus piernas. Quería acabar cuanto antes. No había dormido mucho en los últimos días. Orochimaru les hizo una visita sorpresa a la guarida hace dos noches atrás, y como de costumbre, nadie estaba preparado para su llegada, nadie excepto Karin. Era la única persona que mantenía el laboratorio a flote y Orochimaru se lo agradeció con más experimentos a la lista de quehaceres de la semana. Más análisis, más pruebas, más personal. Como si no tuviera bastante trabajo atrasado con toda esa manada de ineptos buenos-para-nada que tenía como ayudantes.

Una nueva oleada de insultos ingeniosos e increíblemente groseros se comenzó a formar en su mente, pero ninguno pudo formularse en voz alta cuando una tenue señal llegó hasta sus sentidos.

Dejó a un lado el trabajo sobre la mesa, agudizando su rango de percepción. Si se trataba otra vez de Orochimaru le pediría usar a todos sus ayudantes como conejillo de indias, así aprenderían la lección por las malas.

Cerró los ojos en busca de mayor concentración. Sentía la presencia de tres chakra a la afueras de la guarida. Uno era escaso y totalmente desconocido para ella. El otro le era familiar, se veía turbio, demasiado oscilante para ser una persona en buenas condiciones de salud, pero no alcanzaba a ubicar al dueño en sus recuerdos. El tercero, a diferencia de los demás, era un chakra denso, enorme, majestuoso y excesivamente peligroso. Los vellos de la nuca se le erizaron cuando una descarga eléctrica le recorrió toda la medula espinal. Abrió los ojos, mostrando unas pupilas dilatadas de pavor y se colocó de pie instintivamente.

–Pero qué demonios…

Una fuerza interna le removió las entrañas en el momento en que sus neuronas hicieron sinapsis, recordando donde había sentido esta sensación antes. Soltó una maldición entre dientes y salió de la habitación a paso apresurado.

Llego hasta un pasillo con la decoración clásica de los agujeros de Orochimaru, es decir, nada. Un conjunto de antorchas dispersas aleatoriamente sobre paredes de color amarillento eran las únicas que iluminaban el camino, junto a un sinfín de puertas que nadie razonable estaría dispuesto a abrir sin pensárselo dos veces.

Continúo caminando con los nervios de punta, preguntándose qué rayos hacía ese sujeto allí. De entre todas las personas que pudieran invadir una guarida de Orochimaru con la idea de controlar su sed de venganza contra el viejo Sannin, tenía que ser él. Una de los ninjas más peligrosos que Karin jamás había conocido.

–¡Karin-san! ¡Karin-san! – le llamó un rechoncho sujeto que apareció por arte de magia de entre una de las puertas. Era uno de esos asnos que tenía como ayudantes. Su redonda cara estaba perlada por el sudor mientras intentaba seguirle el paso a Karin con sus cortas piernas –. Tenemos un inconveniente. Unos viajeros…

–Sí, sí, ya percibí a los tres – le cortó la pelirroja sin mirarle.

–¿A los tres? – repitió el pequeño hombre nervioso –. Son solo dos personas.

Esta vez, se volvió hacia él para amenazarlo con una mirada de superioridad.

–Si quieres seguir vivo bajo mi cargo te advierto que no es una buena idea juzgar mi talento como rastreadora – el hombre tragó grueso. Karin mantuvo la marcha, sin detenerse –. Ahora vete, yo me encargo de este papanatas por mi cuenta.

–P-pero.

–Es una orden.

El sujeto trastabilló.

–C-como diga, Karin-san.

Su poder de intimidación había surgido efecto, pues las torpes pisadas que le hacían compañía se habían esfumado. Luego de cruzar una esquina su corazón inicio un ascenso de su frecuencia hasta sentir los latidos en los oídos. Caminó lo que le pareció una eternidad, hasta que por fin llegó a la entrada.

La roca maciza e impenetrable que cubría la guarida estaba inerte al final del pasillo. Alrededor de ésta había centenares de sellos que ofrecían una segura protección ante cualquier idiota que se atreviera a cruzar los dominios de Orochimaru. Ella se había encargado personalmente de colocar todos esos pergaminos, tenía conocimientos amplios sobre sellos y jutsus de resguardo. Era prácticamente imposible que alguien pudiera tan siquiera tocar la superficie de esa roca. Pero de lo que Karin estaba segura, era que la persona que aguardaba tras la roca podía derribar todo el lugar con solo activar el Dōjutsu de uno de sus ojos.

Tuvo que respirar profundamente y controlar los nervios que se apoderaban de sus piernas, antes de colocar la mano en un preciso lugar sobre la áspera superficie de la roca. Desprendió un destello de chakra rojo dándole pasó a un estruendo que hizo vibrar las paredes, dejando un eco fúnebre en el pasillo a su espalda. La piedra se movió en cámara lenta, permitiéndole distinguir la vista de un paisaje selvático ennegrecido por la oscuridad de la noche. La luna en el cielo menguaba en forma de una risa sardónica, la misma que apareció en Karin cuando posó sus ojos en el sujeto que aguardaba imponentemente frente a ella.

Tres años. Tres años habían pasado desde la última vez que había visto a Sasuke, tres años que lo habían cambiado exorbitantemente. Ahora era muchísimo más alto que cuando lo había conocido. Su rostro tenía los rasgos más marcados, la quijada cuadrada, los hombros anchos. No llevaba capa, por lo que pudo ver sus brazos constituido por músculos magros hechos a base de cabezas degolladas y enemigos aniquilados por el filo de su katana. Y efectivamente, ahí en el cinto alrededor de su cintura estaba la imprescindible espada, preparada para derramar sangre. Esa pose de superioridad le daba un toque tan imponente que Karin no pudo negar lo ridículamente apuesto que se había convertido. A pesar de tener miedo hacía su posible reacción en los próximos minutos, no podía negar que ahí de pie de frente a la roca, era lo más cercano a un solemne y sombrío Guerrero.

Desde la oscuridad de la noche, los sobrios ojos de Sasuke llegaron hasta los de ella arrebatándole el aliento de repente. No obstante, a pesar de estar al borde de una emergencia que posiblemente acabaría con el laboratorio hasta reducirlo en cenizas en manos de su antiguo y vengativo compañero de equipo, Karin demostró una actitud tan calmada que hasta ella misma se impresionó cuando le habló.

–Vaya, vaya. Miren quien tenemos aquí – se cruzó de brazos para que él no la viera temblar –, nada más y nada menos que al gran Sasuke Uchiha.

–Karin – la forma en que pronunció su nombre era distinta de hace tres años, fue casi… amistosa.

La pelirroja elevó una ceja. No lo recordaba de esa manera. Ahora que lo pensaba su chakra era más tranquilo y límpido. Eso era un buen indició considerando la posibilidad de un ataque por su parte, sin embargo no se atrevería a bajar la guardia.

–Los años no te han cambiado en absoluto – mintió en una sonrisa ladeada –. Una eternidad sin saber de ti, viejo camarada. Dime ¿A qué debo este maravilloso reencuentro?

–Necesito tu ayuda – respondió Sasuke a secas.

La indignación no tardó en llegar al rostro de Karin.

–¿Disculpa? ¿Estoy escuchando bien? ¿Me estas pidiendo ayuda a mí, a la compañera que casi matas? – entrecerró los ojos, queriendo liquidarlo con la mirada –. Puede ser menos descarado, Sasuke. Después de tanto tiempo al menos pudiste traerme unas flores o un paquete de chocolate.

Como era de esperarse, el Uchiha no se inmutó por su insulto. Lucia inquieto, una expresión poco común en él.

–No tengo mucho tiempo, Karin – replicó arrastrando las palabras.

–Pues yo tampoco tengo tiempo para tus visitas inoportunas.

Sasuke frunció el cejo.

–Si piensas que he venido a pelear está muy equivocada.

–De ti se puede esperar cualquier cosa – hizo un movimiento muy rígido con la cabeza para señalar el pasillo que la piedra había descubierto –. Tienes a mi equipo muerto de miedo allá abajo y estoy a un pestañeo de darles la señal para evitar que desates el caos.

–Sería absurdo matar a la persona que necesito – ironizó Sasuke.

–¿Necesitas? Ahora soy un objeto para complacer tus antojos – de alguna forma, el miedo fue desplazándose poco a poco hasta dar paso a un torrencial de desprecio hacia él –. Eres un fanático de crear grupos organizados de la nada para aniquilar gente, eso se te daba bien en el pasado. Te advierto que no estoy dispuesta a unirme a tu causa, incluso si esta es salvar la vida de una manada de conejitos asechados por un zorro hambriento. Prefiero no involucrarme en tus cosas. Bastantes problemas me has causado.

–No se trata nada de eso – le corrigió con suma tranquilidad.

–Pues, eso es lo que estoy pensando en este momento – señaló con el dedo al grueso tronco del árbol más cercano entre ellos –. Aun recibo dos fuentes de chakra provenientes de ese árbol. Seguro es el comienzo de tu nuevo rebaño de seguidores y necesitas un tercero para completar tu banda musical. Ya te digo que no me involucrare en tus extraños deseos de anarquía.

La luz de la luna acarició el rostro de Sasuke, mostrando un semblante aplacado, sereno, de una forma que Karin jamás había visto.

–Ellos son el motivo por el que estoy aquí – dijo en un tono profundo –. Y necesitan de tu ayuda, Karin. Los tres la necesitamos.

Sus palabras fueron bastante concisas, más reales de lo que imaginaba que serían. Una extraña sensación trasmitía Sasuke que la dejaba atolondrada. No era su desatinada belleza ancestral o esa perfección divina que lo hacía ver como una persona inalcanzable. Era algo más, como si por primera vez en tanto tiempo estaba siendo totalmente sincero. Allí frente a ella estaba un Sasuke indefenso, franco, sin asomo de aquella maldad que tanto le caracterizaba.

–¿Qué demonios ha pasado contigo? – preguntó Karin relajando los hombros y desanudando los brazos de su pecho, mirándole incrédula.

–Te lo explicare después – aún tenía esa voz autoritaria, aunque esta vez la ausencia de la amenaza era tangible. Sasuke miró al pasillo oscuro tras Karin, corroborando la presencia de alguien más en la zona –. ¿Orochimaru está en la guarida?

–Partió esta mañana. No regresara hasta dentro de unas semanas – explicó Karin, pero de repente frunció el ceño molesta –. Un momento ¿Estas insinuando que te ayudare?

Sasuke volvió su atención de nuevo a ella.

–Eres la única persona en quien confío para esto.

Karin se mordió la cara interna de la mejilla con fuerza. Sasuke nunca le trasmitió confianza, incluso ahora cuando lo veía despojada de esa oscuridad clásica que antes se consideraría natural.

–Aunque pongas esa hermosa cara de súplica no pretendo ayudarte – le advirtió de nuevo.

–Está bien – dijo tranquilo, comprendiendo lo escrupulosa que ella estaba siendo –. No lo hagas por mí. Hazlo por ella. Hazlo por Sakura.

Los parpados de la pelirroja se abrieron tal cual platos.

–Sabía que había sentido este chakra antes – ojeó el tronco del árbol tras Sasuke, examinando con más rigor a las personas que aguardaban del otro lado –. Percibo dos presencias, una es casi diminuta y la otra es evidentemente de Sakura. Su chakra está muy turbulento y débil ¿Qué demonios le hiciste esta vez? ¿Intestaste asesinarla otra vez?

El comentario debió de insultar a Sasuke de sobremanera, porque la forma en que sus ojos se crisparon fue un memorándum no muy agradable de su antiguo yo.

–No es eso – rugió, intentando controlar su repentina molestia.

Karin le observó en silencio y dio un paso al frente.

–Déjame verla.

En un giro pulcro, Sasuke dio media vuelta y se dirigió hacía el árbol que Karin señaló. Ella le seguía las pisadas de cerca, insegura con lo que iba a encontrar. Sasuke siempre fue un sujeto impredecible, algo groso debía tener entre manos.

La luna seguía sonriéndoles en el cielo, junto a unas exiguas estrellas que trasmitían una luz casi inexistente. La humedad a su alrededor era asfixiante y el frío de la noche empeoraba el tétrico clima. No comprendía como Sasuke podía andar sin capa. Él no era una persona con alto aprecio consigo mismo, pero ser masoquista era algo irracional viniendo de él.

Antes de seguir con sus conjeturas sobre Sasuke y su fuerte resistencia a las ráfagas erráticas que les golpeaba los pulmones, llegaron hasta una mujer acurrucada a los pies del gran árbol. Las hebras de su rosado cabello estaban adheridas al cuello empapado en una fina capa de sudor. Sus respiraciones eran superficiales, se podían ver aun cuando llevaba consigo una serie de capas que daban la impresión de ser un sushi mal envuelto. Su rostro denotaba una expresión de agotamiento marcado en cada centímetro de piel, pero cuando sus jades llegaron hasta los ojos de Sasuke, una sonrisa se dibujó en su cara.

Karin estuvo a segundos de decir algo, sin embargo lo que vino después la dejó perpleja hasta el punto de arrebatarle el aliento. Sasuke la ayudó a colocarse de pie como si se tratara de un objeto preciado y sumamente delicado. Sakura recibió la ayuda sin quitar la sonrisa de la cara. Se movió lenta y torpe, nada usual en ella. Las capas que la rodeaban resbalaron hasta precipitar sobre el suelo humedecido, revelando lo que las gruesas telas intentaban proteger.

–Por todos los cielos… – farfulló Karin, incrédula.

Sakura, sosteniéndose con fuerza de Sasuke, la saludó con una voz dulce y cansada.

–Que gusto volver a verte, Karin-san.

...

Gritó a sus ayudantes de la forma en que normalmente lo hacía, aunque con un nivel de desespero mayor del que solía utilizar. Ordenó desocupar una habitación, y solo dejó que se quedara un puñado de ineptos que no eran tan ineptos, esos que aún tenían salvación y que Karin creyó servirían para la importantísima labor que estaba a punto de realizar.

También decretó – o más bien, amenazó – que todo lo que sucedería en las próximas horas debía quedar en completo anonimato. Orochimaru no debía enterarse de nada, al menos por ahora. No se imaginaba lo que podría suceder si el hombre serpiente descubriera todo aquello. Karin bufó por dentro. Sabía que ayudar a Sasuke le traería problemas. Eso es lo único que ese hombre traía consigo. Problemas y más problemas.

Instalaron a Sakura en una camilla súper cómoda, porque Karin así lo ordenó. Le habían cambiado de ropa a unas más cómodas. Desecharon las capas y colocaron sabanas limpias a su alrededor. Al tratarse de una de las guaridas de Orochimaru, la cantidad de sustancias nocivas revoloteaban la guarida como un ambientador de interiores. Karin hizo un jutsu para limpiar el lugar hasta los cimientos, esperando que al menos las reglas de asepsia y antisepsia se cumplieran. Igualmente instalaron iluminación suficiente, trajeron equipos que aprovecharían de alguna forma e instrumentos improvisados que conforme se diera la situación esperaba que aunque sea uno les ayudara en la larga noche que se les avecinaba.

Sasuke permanecía tan rígido como una esfinge. Brazos cruzados y ceño fruncido. Se ubicó inteligentemente en un sitio donde no estorbaba el ir y venir de los ayudantes de Karin, pero no tan lejos para alejarse de Sakura. Era la viva imagen de un guardián custodiando el tesoro más preciado de una nación. Un guardián indescriptiblemente guapo. No obstante, Karin no se ocupó en prestarle mucha atención a la actitud del Uchiha ni a su pose ceremonial, tenía cosas mucho más importante que mirarle embelesada como la hacía antes. En cambio, prefirió hacer su trabajo mientras proclamaba calamidades a nadie en particular. Simplemente quería desahogarse con todos los presentes, en particular con cierto ninja insoportable y de mal genio.

–Claro, llevemos a una mujer embaraza en medio de la selva para que dé a luz entre los matorrales – sentenció en voz alta mientras correteaba de un lado a otro de la habitación –. Oh no, mejor aún, trasladémosla hasta una mazmorra oscura y mohosa para que Karin la asista. Es una brillante idea, sobre todo porque no hay los utensilios necesarios para traer un bebé al mundo en un laboratorio que se encarga de hacer experimentos de alto riesgo.

–Era la ayuda más cercana que teníamos – dijo Sasuke tan monótono como siempre.

Karin se detuvo en su pequeña maratón para dedicarle una mirada de odio.

–¿Qué hubieran hecho si yo no estuviera aquí? ¿Sakura tendría que parir en medio de una carretera como una medieval? ¿Y quién la atendería? ¿Tu? – le señaló como si se tratara de un mal chiste –. Seguro hubieras utilizado unas tijeras oxidadas y baldes de agua caliente. Sí, porque durante la antigüedad todo se resolvía con un puñado de paños blancos y cientos de palanganas con agua caliente.

Sakura se acomodó en la camilla con cierta dificultad.

–Pero es una suerte que te encontráramos – alegó la pelirrosa. No había perdido esa sonrisa distintiva, ni siquiera cuando las contracciones la atacaban cada vez con más intensidad.

–Suerte es poco – bramó Karin regresaron a su correteo –. Denle gracias a Kami que ando de humor, de lo contrario los hubiera dejado con la pobre imaginación de Sasuke y sus tijeras corrosivas.

–Gracias, Karin-san – susurró Sakura llena de felicidad.

Una extraña sensación de emoción y miedo creó un hueco en el estómago de Karin. Iba a traer un bebe al mundo, y no se trataba de cualquiera. Estaban hablando del primogénito de Sasuke, el heredero del Sharingan, el resurgir del clan Uchiha. Si alguien se atreviera a decirle una frase alentadora como "Tranquila, todo va a salir bien" se convertiría en el siguiente sujeto de prueba para uno de sus experimentos.

Karin caminó hasta la camilla donde estaba Sakura y observó su abultado vientre.

–Un bebe. Un jodido bebe – bajó la cabeza un poco y esta vez se refirió al niño–. Espero que llores, grites y patalees mucho ¿vale? Haz que sonría cuando Sasuke no pueda dormir en las noches. Y haz mucho popo también, así tendrá que cambiarte los pañales.

Sakura no quiso reírse, pero le fue inevitable. Sasuke aun lado de ella observó cómo Karin se erguía de nuevo y le devolvía una mirada profunda.

–Entiendo que estés molesta, Karin – susurró Sasuke inalterable y haciendo una pequeña e insignificante reverencia con la cabeza, agregó –: Lamento mucho lo que pasó entre nosotros en el pasado.

Por un momento, Karin olvidó como respirar. Y un odiado sonrojo llegó hasta sus mejillas.

–T-tus encantos no me hacen efecto, Sasuke. Ya no más.

Sasuke asintió.

–Agradezco todo lo que estás haciendo por ella y nuestro bebé.

–Que quede claro que todo este circo lo estoy montando por Sakura. Ella a diferencia de otros no tienen ideas homicidas para con sus compañeros de equipo – se adelantó a aclarar, retornando a su ajetreo inicial –. Y hablando de ideas homicidas – miró de reojo a Sasuke –. Solo a ti se te ocurre traer a tu hijo a la guarida de Orochimaru-sama ¿Es que no piensas? ¿Sabes que locura puede hacer con él o…? – arqueo una ceja hacía Sakura – ¿es niño o niña?

–Aún no sabemos – dijo la pelirrosa encogiéndose de hombros.

–Oh, eso de la un toque más de dramatismo – ironizó Karin–. Él es un bruto sin remedio, Sakura, pero estaba segura que tú eras mucho más inteligente.

Los ojos verdes de Sakura buscaron los de Sasuke en un breve instante donde trasmitieron cientos de cosas que Karin no llegó a comprender.

–Sasuke-kun es una buena persona. Eso te lo puedo asegurar.

La pelirroja enlenteció sus movimientos hasta quedarse inerte en medio de la habitación. No había caído en cuenta hasta ahora que los veía juntos. Sasuke y Sakura eran dos personas totalmente diferentes, sin nada en común más que una niñez con un pasado fortuito y una juventud impregnada en mentiras, pero de alguna forma que Karin aún no alcanzaba a entender, esos dos consiguieron comprenderse el uno al otro, comenzando con una simple relación de amistad y compañerismo hasta descubrir el sentimiento más grande que alguien pudiese compartir con otro ser humano. Aun sin tener los mismos pensamientos o las mismas ideologías, ese par se las empeñó en crear un lazo tan insólito que pocos podrían llegar a comprender. Y por primera vez después de tanto tiempo, creyó que lo imposible había roto los límites de lo inimaginable. Por primera vez creyó que Sasuke se había transformado en una mejor persona.

–¿Estarán bien? – dijo la voz del Uchiha sacándola de sus pensamientos de un manotazo.

Karin arrugó el entrecejo.

–¿Qué clase de pregunta es esa?

–¿Estarán bien? – repitió pacientemente.

–¿Confías en mi sí o no, Sasuke?

El pelinegro no dudo cuando respondió.

–Lo hago.

–Bien. Déjame ayudar a traer a tu futuro hijo o hija al mundo sin que tu este rondando como un buitre. Tienes un aspecto espantoso, y lo primero que el bebé tiene que ver es una cara amistosa.

La mentirosa aura de tranquilidad que invadía la sala, se esfumó cuando Sakura no pudo seguir controlando el dolor de las contracciones y se arqueó en la camilla mostrando un rostro adolorido.

Sasuke estuvo a punto de decirle algo, pero Karin le interrumpió.

–Sal de la habitación, Sasuke. Necesito espacio.

–Debo estar a su lado – bramó el Uchiha.

–Lo estarás cuando esto termine. Mientras tanto puedes dar una vuelta por la guarida. Ya te sabes el recorrido, seguro te diviertes con algo por ahí. Solo trata de no embarazar a nadie en el camino. Ya bastante tengo con toda esta novela.

Recordaba cuando estaba en su antiguo equipo donde Sasuke era el líder y ordenaba a diestra y siniestra como un poderoso tirano. Era divertido ver como los papeles se habían intercambiado.

Sasuke tensó su mandíbula. Nunca le había sido grato recibir órdenes. Aunque, por el simple contacto de la mano de Sakura sobre el dorso de la del Uchiha, éste último alivió sus gestos casi al instante.

–Sasuke-kun – le susurró Sakura, forjando una sonrisa que se sobreponía al dolor –. Todo estará bien, te lo prometo.

El Uchiha asintió no muy gustoso.

–Estaré afuera.

Tanto Karin como Sakura vieron como él desaparecía tras la puerta. Un asistente le murmuró a Karin que todo estaba listo y le ayudo a colocarse los guantes y la bata desechable.

–Me debes una historia de cómo paso todo… esto – dijo la pelirroja señalando el prominente abdomen de Sakura.

–Es una muy larga – suspiró, controlando el siguiente episodio de dolor.

–De eso no cabe duda – tomó asiento en una silla y repasó los materiales que había en la mesa –. Si te soy sincera jamás pensé que Sasuke llegara a tener un hijo o simplemente se enamorara de alguien.

–¿Me crees si te digo que yo tampoco?

Karin se detuvo a mirar fijamente a la mujer en la camilla.

–No sé cómo lo hiciste, Sakura. Como lograste cambiarlo.

–Yo no hice nada – indicó en una pequeña sonrisa –. Él me cambió a mí.

Karin repasó por cuarta vez un libro básico de obstetricia que encontraron en una alcoba abandonada de Orochimaru. Nadie comprendía porque el hombre serpiente poseía ese tipo de literatura enterrada en su armario, pero todos fueron muy inteligentes en ignorar el hallazgo y agradecer en silencio por los gustos extravagantes e insólitos de su jefe.

Luego de ver unas imágenes muy graficas de lo que podía salir mal y otras en las que no consiguió mantener los ojos por mucho tiempo, Karin se sintió confiada en que podía atender su primer alumbramiento. Solo rezaba que el bebé no viniera en una posición pintoresca, los intentos de fórceps que tenían no estaban diseñados para un parto y su nula experiencia hacía todo aquello más difícil. Sakura le daba datos muy útiles, pero su estado no le daba demasiado para concentrarse y antes de que pudiera terminar la frase se revolcaba de dolor.

Examinó los signos vitales de su paciente y otros datos que necesitaría para continuar. Mentiría si la ansiedad no estaba a punto de carcomerle los huesos, o que el hueco de su estómago había crecido cuando Sakura le anunció en un gritito que se preparan.

–Ya estamos listos, Sakura – dijo Karin, aunque estaba convencida que ni siquiera sus torpes ayudantes estaban seguros de lo que pudiera suceder.

–Espera – pidió Sakura con las respiraciones agitadas –. Necesito mi piedra… Por favor… Está en mi mochila, es una piedra plateada… la necesito conmigo.

Karin vio a un ayudante a su izquierda que yacía inmóvil.

–¿Qué esperas? ¡Búscasela! – le ordenó.

Como un ratón asustadizo, el ayudante se escurrió hasta las pertenencias de Sakura, hurgo su mochila con gran miedo y regresó con una piedra plateada que cabía en la palma de la mano. En su interior había un diminuto copo de nieve que resplandeció con la luz de la lámpara.

–¿Es esta, Sakura-san? – preguntó extendiéndosela.

–G-gracias – murmuró Sakura tomando la piedra entre sus manos.

–Bien, Sakura – dijo Karin con la intención de agregar un comentario mordaz para aligerara el pesado ambiente, pero su sarcasmo no quiso aparecer –. Necesito que pujes con todas tus fuerzas ¿Entendido?

Por primera vez en toda la noche Sakura gritó. Había sido muy dura, su resistencia se debida a su fuerza de voluntad y a su poderoso Byakugō no In, sin embargo ninguno de los dos alcanzó a ayudarla lo suficiente. Oprimía con ahínco la piedra hasta que sus dedos se tornaron blancos. Poco a poco comenzó a mostrase lánguida, sin fuerzas, y lo que prometía ser un parto sin problemas, siguió como una historia de terror.

–Demonios, este bribón está trayendo muchos problemas – rugió Karin. Estaba sudando a cantaros. Llevaban casi tres horas y no había ningún avance. Sakura empeoraba, nadie sabía qué hacer y el pánico comenzó a invadir el aire.

Uno de sus ayudantes llegó hasta ella cuando los gritos se apaciguaron.

–Karin-san. A-algo anda mal con Sakura-san…

El estrés le hizo pensar en un insulto precioso contra su asistente al pretender apuntar lo obvio, pero cuando se fijó en la pelirrosa una luz de alarma se encendió en su cerebro. Tenía los ojos entre abiertos, pálida como el papel, sudaba a borbotones y los labios estaban resecos hasta formar grietas en su superficie.

–Hey, Sakura ¿Me escuchas? – la zarandeo un poco, pero no contestó, en cambio la mano donde sostenía la piedra resbaló hasta colisionar en el suelo rompiéndose en miles de pedazos –. Maldición –. Karin se colocó de pie casi de un salto, esquivando los restos irreparables de la dichosa piedra. Se retiró un guante y con el dorso de su mano tocó la frente de Sakura –. Está ardiendo en… Espera un minuto.

Cambió del dorso a la palma con un giro de muñeca y desprendió un poco de chakra para corroborar la sensación que había percibido segundos atrás. Quería estar equivocada, vaya que quería estarlo.

–Maldición – escupió de nuevo mientras se erguía con brusquedad.

Todos a su alrededor se quedaron quietos, mirándola sin saber qué hacer.

–¿Qué ocurre, Karin-san? – dijo el valiente ayudante que había buscado la piedra.

–Preparen la cámara veintisiete – rugió Karin sin medir la dureza de sus palabras –. Ahora.

...

Abrió la puerta como si pesara una tonelada y el sonido chirriante se intensificó en el pasillo como un alarido de agonía. Se masajeo la nuca, sintiendo el peso de un yunque aplastándole la espalda. Escuchó el arrastre de unas pisadas acercarse hasta ella. No necesito levantar la mirada para saber quién era.

–¿Cómo están? – preguntó Sasuke surgiendo desde las sombras.

–Me entere que casi estrangulas a uno de mis ayudantes – dijo Karin con voz cansona, fijándose en él una vez lo tuvo bastante cerca –. Es difícil deshacerse de las viejas costumbres para conseguir información ¿eh?

–Han pasado 24 horas y ninguno de tus lacayos pretendía informarme – bramó Sasuke a la defensiva –. Mi paciencia tiene un límite, Karin.

–Ciertamente la tiene. No me hubiese molestado que rompieras unos cuantos cuellos. Hace falta un poco de disciplina por acá.

–Basta de irte por las ramas – le ordenó Sasuke de la misma forma que lo hacía cuando eran un patético grupo en busca de venganza – ¿Cómo está Sakura y el bebé?

Karin se cruzó de brazos. Estaba controlando la ira que recorría su cuerpo como pólvora, solo necesitaba la chispa para incendiarla y desbordar todo lo que había controlado en las últimas horas.

–Es una niña – respondió a secas.

Los ojos de Sasuke se abrieron unos milímetros. Impresionados, felices tal vez, Karin no se encontraba con ánimos de compartir su emoción reprimida.

–Una niña… – repitió el Uchiha casi en un susurro.

–Ambas están en perfecto estado. Acaban de trasladarlas a un lugar más cómodo – explicó Karin, apretando los puños con fuerza –. Felicidades, Sasuke. Eres padre.

El aludido creó un rostro inexpresivo usual en él, y dando un paso adelante dijo:

–Necesito verlas.

Cuando Sasuke estuvo a punto de llevar la mano al picaporte, Karin le detuvo con la mano llena sobre su rígido pecho, reteniendo su avance.

–Espera. No iras a ninguna parte – sentenció con increíble autoridad. Entornó la mirada hacía la de él, queriéndole trasmitir lo enfática que quería ser –. Tú y yo necesitamos hablar.

–Esta charla puede esperar – espetó el Uchiha quitando el brazo de Karin que lo retenía con un movimiento brusco, sin un ápice de caballerosidad.

–No, Sasuke – repitió Karin tajante, esperando el momento adecuado para darle un merecido golpe en la cara –. Sé que no buscaste mi ayuda solo porque tengo algo de conocimientos sobre medicina o porque fui la única opción que te topaste por el camino. Sabía que tramabas algo. Tú nunca haces las cosas por casualidad.

La espalda de Sasuke se tensó. Se alejó de la puerta cauteloso, regresándole la atención que Karin esperaba.

–Viste el sello – siseó por lo bajo.

–Eres un malnacido hijo de perra – tenía un puñado de agravios más doloroso, pero la chispa que necesitaba había encendido todo su sistema en una intensa llamara, nublando su mente de puro malestar – ¿Cómo se te ocurre hacerle esto a ella? De entre todas las personas que puedes lastimar, tuviste que elegir a Sakura ¿Es que no te importa en lo absoluto?

–Era necesario – fue su respuesta. Dura y fría.

–¿Necesario? ¿Borrarle sus recuerdos solo porque Akao…?

–No pronuncies su nombre – escupió Sasuke de inmediato. Miró de reojo a la puerta cerrada –. No enfrente de Sakura.

–Cierto, lo vi a través del sello, tú le inventaste un nuevo alias para que ella no indagara en la verdad. Ahora se llama "Akaoshi". Fue bastante ingenioso. Por lo visto se te da bien lo de escoger nombres, espero que tu hija lleve uno tan particular.

La mandíbula de Sasuke crujió de exasperación.

–Sakura no sabe nada de esto y espero que se quede así.

–¿Por qué no me sorprende? – se mofó Karin ironizando – ¿Qué más has hecho con ella? ¿Eh? ¿Jugaste con su mente de la misma manera que jugaste con su cuerpo?

En un abrir y cerrar de ojos, Sasuke acorraló a Karin contra la pared en la señal más evidente de amenaza. El corazón estuvo a punto de saltarle del pecho, pero el desprecio que tenía para con él se había incrementado de una forma masiva, impidiendo que el miedo se sobrepusiera a la ira.

–No te atrevas a insultarla – le previno Sasuke, controlando su chakra para impedir activar los Dōjutsu en sus terroríficos ojos –. No te conviene.

–Estoy tan molesta que difícilmente podrás atormentarme con tus intimidaciones, Sasuke – se jactó ella a la defensiva.

El pelinegro hizo un sonido que asemejó el rugir de una bestia.

–¿Qué demonios quieres, Karin?

–Confinarte en una celda suena a un buen plan. Así evitarías seguir haciéndole daño.

–Jamás sería capaz de hacerle daño.

Karin entrecerró los ojos.

–Sigue diciéndote eso hasta que te lo creas.

La puerta se abrió un poco, permitiéndole paso a las luces que habían apostado dentro de la habitación, bañando un poco la oscuridad del pasillo. Uno de los ayudantes de Karin se asomó por la rendija de la puerta, sobresaltándose al fijarse en la escena tan particular que se estaba desarrollando.

–E-está… e-está todo listo – tartamudeo el sujeto sudoroso que le había anunciado la llegada de sus invitados.

El Uchiha se separó de Karin sigilosamente, mientras que ésta le devolvía una mirada molesta.

–Terminaremos esta discusión después – apuntó la pelirroja –. Sakura y tu hija te están esperando.

Con cierta rigidez en sus movimientos, Sasuke se desplazó hasta entrar a la habitación, siendo escoltado por el temeroso y rechoncho ayudante de Karin. Ella les siguió de cerca, apostándose en el marco de la puerta y siguiendo las pisadas de Sasuke hasta detenerse en la camilla donde Sakura aguardaba. Tenía el cabello rosado enmarañado en una coleta alta, los ojos se le notaban abatidos y su cuerpo se veía débil. Pero nada borraba esa sonrisa tatuada en su rostro mientras sostenía con fuerza el bulto entre sus brazos. Una carita dormilona se asomaba entre las suaves mantas que le había proporcionado a la bebé. Era una cosita diminuta, con unos mechones de cabello negro en la coronilla. Sakura elevó el rostro hacia el de Sasuke, y como si fuera posible, su sonrisa aumento hasta hacerle brillar los ojos.

–Sasuke-kun – le llamó con voz quebradiza.

El Uchiha se situó a un lado, sin quitar la mirada de su dormilona hija. Karin pudo apreciar cierto matiz de emoción en sus ojos.

–Mira – dijo Sakura levantando un poco a la bebé para que él pudiera observarla con mayor detalle – ¿No es hermosa?

–Lo es – musitó Sasuke para sí mismo.

–¿Quieres sostenerla?

Karin asumió que Sasuke se negaría, conociéndole era casi improbable que él se sintiera a gusto con la propuesta, pero cuál fue su sorpresa cuando el Uchiha extendió los brazos preparado para cargar por primera vez a su hija. Fue un momento bastante chocante, uno donde Karin no sabía que concluir sobre Sasuke. No sabía si había cambiado, o si continuaba siendo un egoísta vengador de siempre, si de verdad amaba a Sakura de la forma en que afirmaba con sus actos rudimentarios, si de verdad le importaba su bienestar bajo todo pronóstico, o si se preocupaba por el futuro de su hija recien nacida. Karin albergaba demasiadas dudas al respecto y más ahora después de lo que había descubierto esa noche. Pero de algo estaba extrañamente segura, y era que viéndolo allí de pie con la niña entre sus brazos, acariciándola con una mirada profunda y llena de anhelo mientras ocultaba con torpesa una sonrisa que quería dibujarse en su rostro impasible, pudo ver por primera vez en tanto tiempo que Sasuke volvía a ser feliz.


Estaban de regreso a la cafetería. Sarada había permanecido estática durante todo el relato, mirando fijamente a su interlocutora. Karin era una persona bastante peculiar y la forma en que narró la historia le pareció muy extraña. Usaba términos tan poco comunes que tuvo que resistirse en arquear una ceja varias veces, aunque la manera en que insultaba a Sasuke la hizo sentir un poco mejor.

Hubo momentos durante la plática en donde Karin se detenía, meditaba sobre lo que diría y luego lo soltaba. No había que ser adivino para saber que quería ocultar cosas. Como cuando se interrumpió a mitad del interesante momento del parto justo después de percibir la fiebre de Sakura, o cuando salió de la habitación para anunciarle la noticia a Sasuke. Karin se tensó un poco y continuó el relato de otra manera, por lo que Sarada daba por sentado que lo que escuchaba no era del todo cierta. Pero lo dejó pasar. Como lo había predicho, su curiosidad se había aplacado bastante en las últimas horas y ya no se encontraba de ánimos para indagar y hacer preguntas.

–Guarde tu cordón umbilical en una caja dentro de mi escritorio – explicó Karin terminando de tomarse el resto del jugo que quedaba en la mesa –. Suigetsu debió de hurgar mis pertenencias y ahí comenzó la confusión.

Sarada asintió

–Ya veo.

–¿He aclarado tus dudas? – quiso saber la pelirroja.

Nuevamente, Sarada asintió.

–De alguna forma me tranquiliza saber que Sakura, a fin de cuentas, es mi madre.

–Tú solita te inventaste una novela bastante calamitosa, niña – se mofó sin escrúpulos –. No me imagino siendo madre, creó que hasta mis hijos me temerían.

Sarada quiso sonreír para demostrarle cierta empatía, pero los músculos de la cara respondían solo una expresión. La indiferencia.

–Muchas gracias, Karin-san – susurró haciendo una ligera inclinación con la cabeza.

Karin la estudió un instante.

–No es nada.

–¡Karin! – llamó Shizune apareciendo en la entrada de la cafetería y haciéndole señas para que la siguiera –. Vamos, Tsunade-sama espera por ti.

–Excelente. Vamos a colocar manos a la obra.

Se levantó al vuelo, tomando la gran mochila que trajo consigo. Se la asentó al hombro mientras Sarada permanecía inmóvil viéndola moverse.

–¿Estarás bien? – preguntó Karin antes de marcharse.

–Lo estaré – mintió.

–Bien, en ese caso te dejo con tu asqueroso sándwich – y cuando estuvo un paso más lejos dio la vuelta para mirarle por encima del hombro–. Oh, casi se me olvidaba – sonrió de medio lado –. Tienes un excelente estilo. Esos lentes se te ven sensacionales.


N/A: Un enorme saludo a todos. Espero que se encuentre súper bien n_n

Como verán, aún estoy de vacaciones, lo que me da tiempo para morsear y publicar el día correspondiente, como lo hacíamos antes. Es bastante satisfactorio ¿no creen? Jeje.

Bueno, este capítulo es el trampolín que nos preparara para el que viene. Nuestra invitada sorpresa fue en esta ocasión, Karin. Sé que no es un personaje muy amistoso o agradable, pero vaya que fue divertidísimo de escribir. Sarada como ven anda medio amargada, y razones le sobran para estarlo. Con respecto a la situación de Sakura también fue un poco complicado plantearle una enfermedad y la escena del parto despertó el caos. No se cómo lidiar con un parto, tuve que leer un poco pero preferí no enredar tanto la situación. Lo importante está en la discusión de Sasuke con Karin. Hay que tomar en cuenta ciertos tips que nos servirán para lo que se avecina.

Releyendo las publicaciones anteriores me he dado cuenta las meteduras de pata que he cometido. Desde horrores ortográficos, gramaticales y hasta de contenido. No tengo mucho tiempo para arreglar todo, espero que en el futuro lo pueda hacer jeje.

Por cierto, ya llevamos bastante tiempo en esta loca historia. Faltan solo tres pasos para que este fic se acabe y solo dos publicaciones más. Es decir, la semana que viene (con total seguridad, el martes) hay capítulo, y el que le sigue será un capitulo doble o/

Gracias por todos sus bellísimos comentarios y por pasarse a leer. El internet esta malísimo y no he podido responderles todos sus reviews, espero que pronto se regularice. Oh y disculpen de nuevo las metidas de pata ;w; Como siempre cuídense muchísimo y nos leemos pronto.

Bye Bye :3