Aquí va el último capítulo. T-T El gran secreto de Serenity que explica el motivo de por qué sailor moon está condenada a luchar, por la eternidad, contra crueles enemigos.
Les agradezco de antemano a todos y todas la que han seguido esta historia. :D Me gustó mucho compartir con ustedes lo que sale de mi loca cabeza. Es por ellos que les adelanto que ya estoy trabajando en un nuevo proyecto ;) El cual espero que tenga tanta acogida como "El secreto de la reina".
Saludos!
Capítulo 6: Final y principio.
La reina contemplaba con orgullo su reino desde el cuarto piso del palacio. El silencio era tan absoluto que Serenity ya había olvidado el ruido generado por un gran conglomerado de personas.
La Luna solía contar con una población de mil personas, las cuales fueron desalojadas a la Tierra. Cuando la pequeña princesa cumplió su primer año de vida, la última familia lunar abandonó el reino.
Serenity se volvió hacia su cuarto y miró fijamente el enorme espejo dorado. Desde que había encerrado a Neherenia, hace catorce años, el espejo se volvió sombrío y tétrico. La reina no soportaba tener aquella prisión del mal, pero le repugnaba mucho más lo que la pared contenía.
-¡Madre! –Gritó con su característica simpatía la princesa. Sacando a la reina de sus pensamientos.
La futura heredera del trono lunar llevaba puesto un vestido color blanco, adornado con un bordado dorado que hacía juego con su cabello. En su mano derecha llevaba una pulsera de perlas que le regaló Venus en su cumpleaños número cinco.
-¿Qué pasó mi hermosa Serenity? –Le preguntó la reina con tono dulce. –Si bienes para que te permita ir a la Tierra, ya sabes mi respuesta.
A la reina no le gustaba que su hija viajara al planeta Tierra. En primera instancia, porque le aterraba la idea de que le ocurriera algo malo en el viaje. Tal como les pasó a sus padres, abuelos de la niña. Sin embargo, esa aprensión había quedado en segundo plano.
Su hija se escapó hace un par de meses al planeta azul y, cuando volvió, -arrastrada por Venus- la pequeña princesa le confesó que se había enamorado perdidamente de un terrestre. De nada más ni nada menos que del príncipe Endymion.
-Mamá… -Suspiró la joven. –Cómo crees. Por supuesto que no te vengo a pedir permiso para ir a la Tierra.
-Ajá…
La joven de cabellos dorados comenzó a jugar con su vestido.
-Te quería pedir permiso para… Para invitar a Endymion a la luna.
La reina estudió la situación con sumo cuidado. Sabía que su hija haría hasta lo imposible para ver a aquel terrestre. Definitivamente prefería que ambos estuvieran en su reino a que Serenity escapara otra vez en un planeta a millares de distancia.
-Está bien… -Resolvió la reina.
-¡Si! –Gritó la joven con alegría.
-Pero… -Le interrumpió la reina.
-¿Pero? –Preguntó la princesa con cautela.
-Quiero que sea la última vez que veas a ese terrestre. Serenity, hija, tu sabes que está prohibido que los lunares con sangre de Selene se relacionen con terrestres.
-Ya sé… Pero, aun así, no pude evitar enamorarme de él.
-Eres muy joven para entender que es el amor. Puede que en un futuro…
-¿Qué? –Respondió la princesa ya asteada. -¿Encontraré a otra persona? –Continuó con ironía. –Se me olvidaban los miles de hombres que hay en este reino.
La reina se mordió la mejilla.
-Además, no encuentro que esa regla sea muy justa. –Continuó a niña. –Endymion y yo nos amamos. Y el amor vale mucho más que cualquier regla tonta.
-Yo no creo que… -La reina guardó silencio al instante. No estaba en posición de criticar a su hija. Ella misma había roto una de las reglas más poderosas del universo por amor a su pequeña hija. –Pueden seguir viéndose. Pero sólo acá en la Luna. –Continuó al fin. –Ten… Ten cuidado.
-¡Gracias mamá! –La joven corrió y abrazó con fuerza a su madre. –Le diré que venga ahora mismo. Le mostraré todo. Y luego te lo presentaré. Ya verás lo maravilloso que es. –La rubia salió del cuarto de su madre a toda prisa.
Los brazos de la reina temblaban. No sabía por qué, pero un mal presentimiento comenzó a apoderarse de su cuerpo.
Decidió dejar de pensar en ello. Sacó uno de sus libros favoritos de la biblioteca del palacio y se lo llevó a su despacho privado.
Pasaron tres horas desde que comenzó a leer, olvidando todos sus problemas. Cuando una explosión hizo retumbar todo el palacio.
La reina arrojó su libro lejos, cuando una segunda explosión resonó como un rugido de ultratumba. La mujer de cabellos lateados salió a toda prisa en dirección de su cuarto.
En el trayecto escuchó por lo menos otras tres explosiones y vio caer al menos dos pilares del palacio.
Entró a su cuarto y sacó de su mesita de noche el cristal de plata. El alma cristalizada de su hija, el cual obtuvo días antes de que naciera.
La reina aprovechó de dar un vistazo a lo que ocurría a fuera. Cientos de terrestres habían llegado a la Luna armados con espadas y antorchas. Siendo liderados por una mujer pelirroja que emanaba un aura tan negra como la de Neherenia.
La mujer de los ojos plateados vio a su hija escapando, junto a Endymion, de los terrestres sublevados.
Del lado opuesto se encontraban las cuatro guardianas. Quienes, desesperadas, trataban de abrirse paso entre los humanos para llegar junto a la princesa.
-Es una hermosa fiesta. –Dijo una ronca voz femenina. –Y todo gracias a ti, reina.
La reina se volteó y vio a una figura humanoide totalmente negra. Con unos brillantes ojos rojos y sonrisas del mismo tono.
-Gracias por traerme a este mundo.
-Caos… -Balbuceó la reina. Incrédula.
La figura estalló a carcajadas.
-Aún no. Yo soy una de sus tantas formas, joven reina. Tal como Neherenia. Yo soy Metalia.
Un grito desgarrador se escuchó desde afuera. Serenity olvidó por completo a Metalia. Volteó hacia el ventanal de su habitación, en el minuto preciso en que vio a su pequeña princesa, tomar la espada del recién fallecido Endymion, para clavársela en el vientre y perecer a su lado.
Las guerreras no corrieron mejor suerte. Una ola de terrestres aprovechó su distracción para arrojarse hacia ellas.
-Todo fue tu culpa. –Dijo Metalia. –Se te dio la oportunidad de aceptar la oscuridad y la rechazaste. Ahora ves las consecuencias. Lo perdiste todo.
Las lágrimas comenzaron a correr descontroladamente por el rostro de la reina.
-Desde que mis padres murieron… -Dijo la reina en tono agonico. –Me sentía muy sola en este gigantesco palacio. Pensé que si tenía un bebé ese vacío que tenía en mi alma se llenaría. –Sonrió leve. –Cuando me dijeron que era infértil, la esperanza de lograr tener otra vez una familia se desvaneció… Hasta que decidí crear el portal que me llevó al caldero. –Llevó su mano izquierda al rostro. –Y al fin pude tener una familia. No solo fui madre de una maravillosa niña. El destino me dio la oportunidad de rodearme por otras tiernas jovencitas que alegraron mi vida… Pero el destino también puede ser muy cruel. –El cristal de plata comenzó a emitir un suave brillo. Y, de reojo, la reina vio llegar a las tres guerreras que protegían el sistema solar externo. –Sólo duró catorce años y medio. De los cuales viví casi siempre aterrorizada. Pero ya no más.
-De qué… -Logró decir una desconcertada Metalia.
Serenity alzó el cristal de plata. Y, afuera, los talismanes de las tres guerreras, comenzaron a resonar.
-Nos vemos en el caldero. –Anunció con calma la reina.
Afuera, una cuarta guerrera llegaba. Vestía un característico traje sailor, el cual era color morado. Aquella guerrera estaba armada con una guadaña.
-¡¿Qué has hecho?! –Gritó Metalia.
-Le regalo un nuevo futuro a mi hija, a sus amigas y a su amado.
La guerrera de traje morado dio vuelta su guadaña. Lo último que recuerda la reina es calor. Un calor extremo, mesclado con una paz desconcertante.
…
-Aquello fue muy valiente. –Dijo una voz muy familiar.
La reina Serenity abrió los ojos y vio, a su lado, a la pequeña guardiana del caldero.
-¿Estas viva? –Preguntó Serenity.
-Yo soy inmortal. A diferencia tuya. –La observó. –No me gusta decir te lo dije, pero…
-Ya sé… -Murmuró la reina.
-Pero tranquila. No es tan malo pasar la eternidad acá. Ya verás como te vas acostumbrando.
La reina comenzó a mirar a su alrededor. Buscando aquella estrella plateada que una vez sacó del lugar.
-No está. Ya han pasado varios milenios desde la caída del imperio lunar. Ella y sus amigas acaban de reencarnar en la Tierra.
La reina sonrió leve, mientras observaba a las millones de estrellas entrar y salir del caldero.
-Mi pequeña amaba ese planeta. Tal vez, ahora podrá ser feliz plenamente junto a sus amigas y a la persona que ama.
FIN.
