Que mi madre no pueda ver esto ahora mismo es algo verdaderamente bueno. Le daría un infarto. He venido a la exposición de Blaine esta noche porque le dije que lo haría y porque sé lo importante que es para él. También es importante para mí. Solo quiero lo mejor para mi amigo, del mismo modo que él solo quiere lo mejor para mí. En los últimos tres años Blaine ha estado a mi lado para consolarme, beber conmigo, compadecerse de mí e incluso para ayudarme a pagar el alquiler de vez en cuando dándome trabajo. Bueno, por eso y por el hecho de que él me hizo la fotografía del cuadro que estoy mirando en este momento. Y es una foto de mi cuerpo desnudo.
Posar como modelo de desnudos no es lo que siempre soñé que sería el trabajo de mi vida ni mucho menos, pero es una manera de ganar un poco de dinero extra para pagar mis préstamos universitarios. Y últimamente me han estado haciendo ofertas otros fotógrafos. Blaine me dijo también que me preparara porque se iba a despertar más interés, por lo de la exposición de esta noche. «La gente va a preguntar por la modelo. Dalo por hecho, Rachel». Ese es mi Blaine, siempre tan optimista.
Doy un sorbo a mi champán y contemplo la imagen realmente enorme que está colgada en la pared de la galería. Blaine tiene talento. Para ser hijo de refugiados somalíes que empezaron con menos que nada en Reino Unido sabía cómo hacer una foto. Me hizo posar boca arriba con la cabeza girada a un lado, el brazo sobre el pecho y los dedos de la mano entreabiertos entre las piernas. Quiso que tuviera el pelo alborotado, las piernas en posición vertical y mi sexo tapado. Me puse un tanga para la foto pero no se ve. No se muestra nada que pudiera clasificar la imagen de porno. El término correcto en cualquier caso es «fotografía de desnudo artístico». O me fotografiaban con gusto o no lo hacía. Bueno, lo cierto es que esperaba que mis fotos no fueran a parar a webs porno, pero hoy en día nadie lo puede saber con certeza.
Yo no hacía fotos porno. Apenas tenía sexo.
— ¡Aquí está mi chica! — Los grandes brazos de Blaine envolvieron mis hombros y apoyó la barbilla encima de mi cabeza —. Es increíble, ¿no? Y tienes los pies más bonitos del planeta.
—Todo lo que haces se ve bonito, Blaine, hasta mis pies. — Me di la vuelta y le miré —. ¿Y has vendido algo ya? Deja que reformule la pregunta: ¿cuántos has vendido?
—Por ahora tres y creo que este se va a vender muy pronto. — Blaine me guiñó un ojo —. No seas descarada, pero ¿ves a esa chica alta con el traje gris y pelo rubio que está hablando con Carole Andersen? Ha preguntado por él. Parece que se ha quedado maravillada con tu espectacular cuerpo desnudo. Y por lo que me pude enterar tiene un buen paquete entre las piernas.
– ¿Es hombre? – Pregunte asombrada ya que tenía rasgos muy finos para ser uno y ni que decir de lo realmente atractiva que era.
– No por lo que pude saber es que es intersexual. – Había escuchado hablar de ese tema.
– Así que es mujer.
– Exacto solo que con algo colgando entre sus piernas. Seguramente vaya a ejercitar mucho la mano en cuanto tenga el cuadro para ella solita. ¿Cómo te hace sentir eso, Rachel, cariño? Una chica rica haciéndose una paja mientras contempla tu imponente belleza.
— ¡Cállate! — Le puse mala cara —. Eso es sencillamente asqueroso. No me digas cosas así o tendré que dejar de aceptar trabajos. — Incliné la cabeza y negué con ella —. Menos mal que te quiero, maldita sea, Blaine Anderson. —Blaine podía decir la cosa más grosera del mundo y conseguir que sonara correcta y refinada. Debe de ser su acento inglés. Dios, hasta Ozzy Osbourne sonaba educado a veces gracias a ese acento.
—Pero tengo razón — replicó Blaine mientras me daba un beso en la mejilla —, y lo sabes. Esa tía no ha parado de mirarte desde que entraste contoneándote. Es obvio que le gustas.
Me quedé mirando a Blaine boquiabierta.
—Está bien saberlo, gracias por la aclaración, Blaine. ¡Y yo no me contoneo!
Soltó esa sonrisita pícara y juguetona tan característica de él.
—Créeme, si me mirara a mí así ya me habría ofrecido para hacerle una mamada en el cuarto de atrás. Está buenísima.
—Vas a ir al infierno, ¿lo sabes? — Eché un vistazo disimuladamente y miré a la compradora. Blaine tenía razón; esa chica estaba cañón desde las suelas de sus Ferragamos hasta la punta de su pelo rubio alocado. Casi metro ochenta, buena figura, segura de sí misma, rica. No podía verle los ojos porque estaba hablando con la dueña de la galería. ¿Sobre mi foto tal vez? Difícil de decir, pero de todas maneras daba igual. Aunque la comprara no iba a volver a verle.
— ¿Tengo razón, eh? — Blaine me vio mirarle y me dio un codazo en las costillas.
— ¿Sobre lo de las pajas? ¡Ni de broma, Blaine! — Negué con la cabeza lentamente —. Es demasiado guapa como para tener que recurrir a su mano para tener un orgasmo.
Y entonces esa mujer tan guapa se giró y me miró. Sus ojos atravesaron la sala y se clavaron en mí como si hubiera escuchado lo que acababa de decirle a Blaine. Eso era imposible, ¿no? Me siguió observando y al final tuve que bajar la mirada. De ninguna manera podía competir con el nivel de intensidad, o con lo que demonios fuera eso que llegaba hasta mí desde donde ella estaba. Sentí de inmediato la necesidad de huir. La seguridad era lo primero.
Me acabé el champán de otro trago.
—Ahora me tengo que ir. Y la exposición es fantástica. — Abracé a mi amigo —. ¡Vas a ser famoso en el mundo entero! — le dije sonriendo —. ¡Dentro de unos cincuenta años!
Blaine se rio mientras me dirigía a la puerta.
— ¡Llámame, reina!
Le dije adiós con la mano sin darme la vuelta y salí. La calle estaba abarrotada para ser Londres un día de diario. Los inminentes Juegos Olímpicos habían convertido la ciudad en una absoluta maraña de personas. Tardaría años en encontrar un taxi. ¿Debería arriesgarme y caminar hasta la estación de metro más cercana? Me miré los tacones, que quedaban geniales con mi vestido, pero que claramente estaban muy lejos de ser lo más cómodo para andar. Y si cogía el metro todavía tendría que caminar un par de manzanas en mitad de la oscuridad hasta llegar a mi piso. Mi madre me diría que no lo hiciera, por supuesto. Pero, de nuevo, mi madre no estaba aquí en Londres. Mi madre se encontraba en San Francisco, donde yo no quería estar. Que le den. Empecé a caminar.
—Es una malísima idea, Rachel. No te la juegues. Déjame que te acerque.
Me quedé de piedra en mitad de la calle. Sabía quién me estaba hablando aunque no había escuchado su voz antes. Me giré poco a poco hasta quedarme frente a los ojos que se habían clavado en mí en la galería.
—No te conozco de nada — le dije.
Ella sonrió y sus labios se levantaron más por un lado que por el otro de su boca. Señaló su coche junto a la acera, un elegante Range Rover HSE negro. El tipo de todoterreno que solo se pueden permitir los británicos con dinero. No es que no me hubiera dado cuenta antes de que tuviera dinero, pero esto era jugar en otra liga.
Tragué saliva con dificultad. Sus ojos eran verdes, muy claros y penetrantes.
— ¿Solo porque te sabes mi nombre esperas que…, que me monte en un coche contigo? ¿Estás loca?
Ella caminó hacia mí y alargó la mano.
—Quinn Fabray.
Miré su mano con fijeza, tan sumamente elegante con el puño blanco enmarcando la manga gris de su chaqueta de diseño.
— ¿Cómo es que sabes mi nombre?
—Acabo de comprar una obra titulada El reposo de Rachel en la Galería Andersen por una bonita suma de dinero hace menos de quince minutos. Y estoy completamente segura de que no tengo ninguna discapacidad mental. Suena más políticamente correcto que loco, ¿no crees? — Siguió con la mano extendida.
Acerqué la mano y la cogió. Oh, fue increíble. O quizá se me había ido la cabeza porque le estaba dando la mano a un extraño que acababa de comprar un cuadro enorme de mi cuerpo desnudo. Quinn tenía un pulso firme. Y sexy también. ¿Me lo había imaginado o me había acercado a ella? O quizá era yo la loca porque mis pies no se habían movido ni medio centímetro. Sus ojos verdes estaban más cerca de mí que hacía un segundo y podía oler su colonia. Algo tan deliciosamente divino que era un pecado oler tan bien y ser humano.
—Rachel Berry — dije.
Me soltó la mano.
—Y ahora que nos conocemos… — continuó, señalándome primero a mí y luego a sí misma —. Rachel, Quinn. — Movió la cabeza hacia su Range Rove r—. Ahora, ¿me dejas llevarte a casa?
Volví a tragar saliva.
— ¿Por qué te molestas tanto?
— ¿Porque no quiero que te pase nada? ¿Porque esos tacones te quedan estupendos pero debe de ser un infierno caminar con ellos? ¿Porque es peligroso para una mujer andar sola por la noche en medio de la ciudad? — Sus ojos recorrieron mi cuerpo —. Sobre todo para una mujer como tú. — Su boca se levantó ligeramente por un lado de nuevo —. Por muchas razones, señorita Berry.
— ¿Y si no estoy a salvo contigo? — Enarcó una ceja —. Sigo sin conocerte o sin saber nada de ti, o si Quinn Fabray es tu verdadero nombre. — ¿Me acababa de poner mala cara?
—En eso tienes razón. Y es algo que puedo solucionar fácilmente. — Se metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó un carné de conducir con su nombre, Lucy Quinn Fabray. Me dio una tarjeta de visita con el mismo nombre y en la que ponía «Seguridad Internacional Fabray S.A.» grabado en la cartulina —. Puedes quedártela. — Volvió a sonreír —. Estoy muy ocupada con mi trabajo, señorita Berry. No tengo ni medio segundo para que mi hobby sea ser asesina en serie, te lo prometo.
Me reí.
—Muy bueno, señorita Fabray. — Me metí su tarjeta en el bolso —. Está bien. Me monto. — Volvió a levantar las cejas y a sonreír otra vez con la comisura de la boca.
Me estremecí por dentro por el doble sentido de «montar» y traté de concentrarme en lo incómodos que eran mis zapatos como para andar hasta la estación de metro y en lo buena idea que era dejar que me llevara en coche.
Me empujó suavemente con la mano en la parte inferior de la espalda y me llevó hasta la acera.
—Entra. — Quinn dejó que me acomodara y luego caminó al otro lado de la calle, deslizándose detrás del volante sigilosa como una pantera. Me miró e inclinó la cabeza —. ¿Y dónde vive la señorita Berry?
—En Nelson Square, Southwark.
Frunció el ceño y luego apartó la cara para incorporarse a la carretera.
—Eres americana.
¿Qué pasa? ¿No le gustaban los americanos?
—Estoy aquí con una beca de la Universidad de Londres. En un programa de posgrado — añadí, preguntándome a mí misma por qué sentía la necesidad de contarle mi vida.
— ¿Y lo de ser modelo?
En cuanto me hizo la pregunta aumentó la tensión sexual. Hice una pausa antes de responder. Sabía lo que estaba haciendo exactamente: imaginándome en la foto. Desnuda. Y a pesar de lo incómoda que me sentía, abrí la boca y le dije:
—Esto, posé…, posé para mi amigo, el fotógrafo Blaine Anderson. Me lo pidió y me ayuda a pagar las facturas, ya sabes.
—La verdad es que no mucho, pero me encanta tu retrato, señorita Berry. —Mantuvo la vista en la carretera.
Me puse tensa con ese comentario. ¿Quién demonios era ella para juzgar lo que hago para ganarme la vida?
— Bueno, nunca he tenido mi propia empresa internacional como tú, señorita Fabray. Recurrí a lo de ser modelo. Me gusta más dormir en una cama que en un banco del parque. Y la calefacción. ¡Los inviernos aquí joden mucho! — El retintín de mi voz era evidente hasta para mis propios oídos.
—En mi opinión hay muchas cosas que joden. — Se giró y me lanzó una mirada experta con sus ojos verdes.
El modo en el que dijo «joden» hizo que me entrara un cosquilleo de una manera que no dejaba lugar a dudas de lo buena que era mi capacidad de fantasear. Puede que no tenga toneladas de experiencia práctica entre las sábanas, pero mis fantasías no sufren ni un ápice por falta de uso.
—Bueno, estamos de acuerdo en algo entonces. — Me llevé los dedos a la frente y me la froté. La imagen del pene de Quinn y la palabra «joder» en el mismo espacio de mi cerebro eran excesivos en este momento. — ¿Dolor de cabeza?
—Sí. ¿Cómo lo sabes?
Aminoramos la velocidad ante un semáforo y me miró; sus ojos subieron de mis muslos a mi cara con un ritmo lento, medido.
—Mera intuición. No has cenado, te has tomado tan solo el champán que te bebiste de un trago en la galería y ahora es tarde y tu cuerpo está protestando. —Volvió a levantar las cejas —. ¿Me he acercado?
Tragué saliva, deseando beber agua desesperadamente. Bingo, señorita Fabray. Me lees el pensamiento como si fuera un cómic barato. Quienquiera que seas, eres buena.
—Solo necesito dos aspirinas y un poco de agua y estaré bien.
Ella negó con la cabeza.
— ¿Cuándo fue la última vez que comiste algo, Rachel?
— ¿Volvemos entonces a los nombres de pila otra vez? — Me lanzó una mirada neutral pero notaba que estaba molesta —. Desayuné tarde, ¿vale? Me haré algo cuando llegue a casa. — Miré por la ventana.
La luz del semáforo debía de haber cambiado porque empezamos a avanzar de nuevo.
Los únicos sonidos los emitía su cuerpo cuando giraba al tomar la curva. Y era un sonido demasiado sexy como para poder mantener los ojos apartados durante mucho tiempo. Me arriesgué a mirarle. De perfil, Quinn tenía una nariz fina con una leve desviación que no se notaba mucho a menos que te pusieras a detallarla como yo en este momento, pero en ella daba igual, seguía siendo muy guapa.
Ignorándome ahora y actuando como si no estuviera a medio metro de ella, condujo de manera eficiente. Quinn parecía conocerse Londres porque no me pidió en ningún momento ninguna indicación.
Sin embargo podía olerle y la fragancia me afectaba a la cabeza. Realmente necesitaba salir de ese coche.
Hizo un ruido brusco y paró en un pequeño centro comercial.
—Quédate aquí. Solo será un minuto. — Su voz sonaba un poco tensa. Mucho más que un poco, de hecho. Todo en ella encerraba tensión. Y autoridad. Como si te dijera lo que tenías que hacer y que ni se te ocurriera llevarle la contraria.
El calor de su coche y su acogedor asiento de cuero eran muy agradables bajo la fina falda que llevaba puesta esa noche. Quinn tenía razón sobre una cosa: me habría muerto caminando hasta el metro.
Por lo que aquí estaba, sentada en el coche de prácticamente una extraña que me había visto desnuda, que me había casi obligado a llevarme en coche y que ahora estaba saliendo de la tienda con una bolsa en la mano y una mirada seria. Toda la situación era más que rara.
— ¿Qué necesitabas comprar?
Me acercó con decisión una botella de agua a la mano y abrió un sobre de aspirinas. Cogí las dos cosas sin decir ni una palabra, sin importarme que me viera tomarme de un trago las pastillas. El agua desapareció en menos de un minuto. Entonces me puso una barrita de proteínas en la rodilla.
—Cómetela ahora. — Su voz tenía ese tono de «conmigo no se juega» —. Por favor — añadió.
Suspiré y abrí la barrita energética PowerBar de chocolate blanco. El crujido del envoltorio llenó el silencio del coche. Le di un mordisco y mastiqué despacio. Sabía de maravilla. Lo que me había traído era lo que necesitaba. Desesperadamente.
—Gracias — susurré sintiéndome de repente muy sensible y con unas ganas de llorar cada vez más fuertes. Me contuve lo mejor que pude. También mantuve la cabeza gacha.
—Un placer — contestó con suavidad —, todo el mundo necesita lo básico, Rachel. Comida, agua…, una cama.
Una cama. La tensión sexual había vuelto, o quizá nunca se había ido. Quinn parecía tener el don de hacer que una palabra inocente sonara como el sexo apasionado, alucinante y acalorado que recuerdas durante mucho, mucho tiempo. Estaba sentada a mi lado y no arrancó hasta que me terminé toda la barrita de proteínas.
— ¿Cuál es tu dirección? — preguntó.
—Franklin Crossing, número 41.
Quinn salió con el coche del pequeño centro comercial y volvió a la carretera que me acercaba a mi piso con el girar de las llantas. Me vibró el teléfono en el bolso. Lo saqué y vi que me había llegado un mensaje de Blaine.
Blaine Anderson: llegast bien a ksa?
Fin SMS
Le respondí un rápido «Síí» y volví a cerrar los ojos. Sentía cómo la jaqueca empezaba a remitir. Me encontraba más relajada de lo que había estado en horas.
El agotamiento me pudo, imagino, porque de lo contrario nunca me habría permitido quedarme dormida en el coche de Quinn Fabray.
