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Sin embargo, Nitori

Disclaimer: personajes no son míos.
Advertencia: Spoiler 2da temporada. Referencias a FrFr!


Capítulo 4
De cómo son las cosas

Matsuoka-senpai tiene dientes largos y agudos, como los de un tiburón. De mentón y pómulos afilados, de frente amplia que oculta bajo un peinado alborotado. Cuando nada estilo mariposa, y sus brazos y cabeza surgen del agua con arrebatadora fuerza, su parecido con un escualo se acentúa aún más. Mucho más.

A varios les intimidaba. Nitori el primero: sabía que las semejanzas no se detenían ahí. No se trataba solo de su humor de perros, o de su excelente olfato, que también. Se trataba de la mirada vil, asesina, pero sobre todo, del silencio de su piel.

En los días en que su senpai solo hablaba con Nitori, varias veces le tocó hacer frente a su mitad tiburón. Falló todas y desató su furia aún más. Nitori, por desgracia, tenía un efecto desquiciante: mientras mayor era su esfuerzo por agradar, peor le iba. Sacaba de sus cabales a Matsuoka-senpai.

Como la vez en que le dijo, estas son sus palabras exactas, «¡Increíble, senpai! ¡Eso es tener habilidad!», y terminó estampado contra la pared de los vestuarios. El secador de pelo de Nitori rebotó en las baldosas y se contorsionó como culebra sin dejar de zumbar. Los pies de Nitori colgaron a diez centímetros del suelo. El cuello de la camisa por el que le tenían agarrado se tensó con fuerza a su tráquea y se comenzó a asfixiar.

Así fue.

Esos días ya habían pasado, su senpai hubo cambiado. Bien. Pero a veces por las noches, Nitori despertaba ahogado y se tocaba el cuello desesperado. El tiburón lo perseguía en sus sueños, y Nitori, quien aún no sabía cómo sobrevivir a la locura, estaba seguro que también le acosaba la locura ajena.

—Nitori —llamó Matsuoka cuando Nitori dejó el despacho del profesor.

Los pasillos a esa hora estaban desiertos. Los alumnos del Samezuka hacían la fila para el almuerzo.

—M-Matsuoka-senpai —respondió. Optó por hacerse el desentendido, desvió la vista al suelo—: ¿Por qué no está en la cafetería?

Matsuoka-senpai guardó las manos en los bolsillos del gakuran y pateó una basura del suelo. El tiburón comenzaba a perfilarse en sus ojos cada vez más oscuros.

—¿Tengo que decirlo? Te estás saltando los entrenamientos. Qué pasó con los relevos.

Relevos, relevos, relevos. Matsuoka-senpai y sus malditos relevos.

Nitori apretó sus puños. Empezaba a asfixiarlo un tiburón interno.

—Nada.

Se encaminó hacia la cafetería, pero su senpai le agarró del brazo y lo hizo girar con fuerza.

—¿Nada? ¡Y una mierda! ¿Me vas a decir qué te pasa? Momo dice que llegas muy tarde todas las noches y que en las mañanas bajas a desayunar antes que el muchacho despierte. Lo evitas a él, me evitas a mí… pensé que querías nadar a mi lado.

Y quería. Claro que quería. Pero no podía.

—Senpai yo no sirvo para la natación. Mikoshiba-kun no me respeta ni nadie en el club. Conozco mis tiempos, y aunque usted haya cambiado las reglas… —Nitori elevó la mirada y observó a su senpai—. Pero no puedo aceptarlo. También tengo orgullo, y aunque todos los profesores se han empeñado en decirme que soy mediocre en todo lo que hago, he descubierto que al menos sí poseo una habilidad. Mi excentricidad sirve después de todo, en literatura. Así son las cosas.

Nitori sostuvo la mirada y esperó el arrebato de su superior. Nunca imaginó que la respuesta que le dio le dolería tanto:

—Ya…

¿Eso era todo? ¿Su senpai le dejaría marcharse así como así del club de natación? Definitivamente así es como eran las cosas. No pudo reprimir las lágrimas, se las limpió con la manga del uniforme y dio media vuelta. Sus pies subieron uno tras otro los escalones de la escalera de acceso a los dormitorios, con rapidez.

·

·

—Nitori-senpai, Nitori-senpai ¿pero de verdad piensas abandonar el club? Nitori-senpai no te vayas, somos un equipo. Y yo que quería que nadásemos juntos en un relevo, Nitori-senpai.

Nitori siguió con su mirada fija en el libro que tenía que leer para la próxima semana. Sus ojos se posaron en la línea equivocada.

—Pero Nitori-senpai ¿no es más honorable esforzarte por ser el mejor en algo en lo que no eres tan bueno pero te apasiona, en lugar de destacar con facilidad en algo en que sí eres bueno pero no te gusta? Tus prioridades están mal ¡MAL!

Eso picó a Nitori.

—No me hables así, soy tu senpai. Me gusta leer, qué sabes tú.

Esta vez, Mikoshiba sintió el frío de la habitación colarse por los poros de su piel.

—Pero Nitori-senpai, siempre he admirado cómo te esfuerzas en todo lo que haces. Lo das todo de ti y eso se siente, y me causa envidia porque yo no tengo la perseverancia. Pero Nitori-senpai, el que no obtengas resultados físicos, no quiere decir que no obtengas ningún resultado.

Nitori cerró el libro y se sentó en su cama.

—¿De verdad lo piensas?

Mikoshiba se balanceó en la silla de su escritorio. Eso significaba «sí» en el idioma de los Miko Momo-kun.

Nitori dejó la habitación con el libro en mano.

Su cabeza era un hervidero de ideas confusas, inconcretas, enredadas. Imposible de describir con palabras, todavía ¿y se suponía que era bueno en letras? Menuda incongruencia.

Con ese libro en mano, uno que no trataba de cómo sobrevivir a nuestra locura, Nitori dobló por el recodo del pasillo, bajó las escaleras, y caminó sin un destino claro. Y por carecer de destino, el destino quiso que topase con la piscina techada.

Jaló la puerta corrediza.

Estaba templado adentro. Olía a cloro, a humedad. Inhaló profundo, era un olor familiar, le tranquilizó. Se quitó las zapatillas en la entrada, se arremangó los pantalones, y sentado en la orilla de la piscina, sumergió sus pies en el agua.

A su lado derecho, el libro.

Lo de la natación había comenzado en la primaria de un modo un tanto extraño. Por razones clínicas, quién lo diría. El médico dijo que Nitori no sería demasiado alto: mala suerte, tenía un foco irritativo en la zona del cerebro que dirige el crecimiento. No había mucho que hacer, más que aceptar.

—Podemos intentar con la hormona del crecimiento —sugirió el endocrinólogo—. Pero no será sencillo.

El tratamiento implicaba inyectarse todos los días por cuatro años a un costo altísimo. Tal vez, con algo de sacrificio, la madre lograría costearlo, pero eso implicaba que su hijo tendría que estudiar en un colegio público. No era una razón de peso, pero uno de los contras. El otro contra, más significativo, era que los resultados de la inyección no eran del todo confiables. Existía incertidumbre respecto a los efectos secundarios, había quienes incluso hablaban de cáncer.

Su madre no se iba a arriesgar a eso.

—También puede optar por el deporte —fue la recomendación de la homeópata a quien consultaron por una segunda opinión.

Nitori no tenía padre ni hermanos, ni tíos ni abuelos. Y su madre solo tenía a Nitori. Abrazó a su hijo y le dijo que podían intentar lo del deporte. Encontraría uno ideal para él, uno que le hiciera crecer.

—Dicen que la natación es el deporte que causa menos impacto en las articulaciones ¿Qué dices, Nitori Aiichirou?

Nitori Aiichirou asintió. Tenía diez años en ese entonces.

Su relación con el deporte siempre fue más medicinal que otra cosa. O eso suponía. De repente, en algún momento, eso se torció. Por ejemplo, cuando vio a Matsuoka-senpai nadar. Lo admiró por poseer tanto talento, y lo odió por desaprovecharlo en tonterías como los 100 metros libre.

Nitori quería un talento. Así es como realmente son las cosas.

Y ya lo había encontrado.

¿Entonces qué era lo que lo mantenía tan a disgusto? Tal vez, el que Matsuoka-senpai se negase a aconsejarlo. O que su kohai le hablase de cosas como el esfuerzo y la perseverancia. Pero el muchacho parecía preocupado. Preocupado de verdad.

Mikoshiba aún estaba despierto cuando Nitori llegó a la habitación. Cabeceaba sobre sus apuntes de historia, pero apenas la puerta se abrió, dio un brinco y una gran sonrisa de entusiasmo brilló en su rostro.

Aunque Nitori retrocedió un paso, ya era tarde.

—¡Nitori-senpai! ¡Nitori-senpai! Lo estuve pensando, es la idea más brillante ¡brillante de verdad! ¿No que las universidades siempre ofrecen becas deportivas? Pues ya está, si te quedas en el club y ganamos los relevos, podrás estudiar literatura en una buena universidad ¿eh? Súper fácil, te dije, lo pensé bien ¿a que sí?

Nitori sonrió.

Eso sonó a algo que él mismo hubiese dicho.


Notas

Holas! Gracias a quienes leen, siguen, y comentan esta historia. Solo quiero aclarar que eso del foco irritativo no es una invensión mía, aunque no podría explicar en qué consiste porque tampoco soy una entendida. Cosas, ya saben... Nos leemos, adieu!

Japiera Clarividencia