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Sin embargo, Nitori

Disclaimer: personajes no son míos.
Advertencia: Spoiler 2da temporada. Referencias a FrFr!


Capítulo 9
De cómo sobrevivir a la locura

Cuando saqué por primera vez un ejemplar de Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, pensé había encontrado la solución a todos mis problemas. Esa primera vez, el libro me pareció ligero al tacto. Desprendía el típico olor a imprenta que se adhería a los pulgares; y la letra, a simple vista, me pareció agradable. Con esas pocas y superficiales observaciones, me autoconvencí de que acababa de encontrar la guía para sobrevivir a mi propia locura interna.

En ese entonces, tenía que lidiar con un compañero de habitación que no le llegaba ni a las calcetas desteñidas de mi anterior compañero, Matsuoka-senpai. Y también tenía que lidiar con el hecho de que yo era un senpai, y esos zapatos me quedaban grandes. Nitori-senpai no era como Matsuoka-senpai.

No podía ser un ejemplo para nadie, mucho menos una figura respetada. Mis defectos ocultaban cualquier relicto de virtud, y la cara de primaria no ayudaba demasiado. Dinos cómo sobrevivir. Allí estaba la clave. Necesitaba que alguien me dijese cómo hacer las cosas bien.

Pero me encontré con la historia de un hombre gordo, de su hijo gordo, y su madre como una botija. Me habría esperado muchas historias, excepto aquella. Pasé y pasé sus hojas con desgana. Reflexiones fatuas que se asemejaban a monólogos, esa fue mi primera impresión. Dejó de parecerme ligero al tacto, y mis pulgares olían a vinagre cada vez que debía abrirlo para continuar la lectura. Lo juzgué duramente y lo odié como pocas veces había odiado algo en la vida. Lo odié porque no hablaba de mí.

Y nunca hablaría de mí.

Si lo pienso, y lo he pensado mucho, no me ha sucedido nada digno de ser narrado. Entonces, frente a tal perspectiva, es absurdo creer que exista una historia trate de mí. Ni siquiera mi locura es digna de contar, es una locura común y ordinaria, de estas que se superan en dos o tres sesiones en el sicólogo. Y sin embargo…

¡Hola!

Mi nombre es Nitori Aiichirou y voy en segundo de preparatoria.

Me gustan los pastelitos de mochi, el helado de lychee, las aves, y los gatos.

Mi profesor de literatura avanzada dice que escribo de un modo que le sorprende. Que no solo se trata de que escriba bien, lo que es bastante cierto, sino que en mis análisis literarios el profesor siempre descubre algo nuevo. Así es. Al parecer gozo de una habilidad extraña para relacionar temas que a la vista no parecen relacionados, y leer ideas distintas es una de las cosas que más placer le produce a mi maestro.

Él utiliza la palabra excéntrico para describirme a mí y mi estilo. Tal vez el lunar y el cabello entrecano hayan influido en su percepción de mí, a mí me gusta pensar que es así. Lo que solo yo sé y no le he dicho a nadie es que esta supuesta virtud es en realidad una ventaja artificial, porque la verdadera verdad, es esta:

Mis compañeros de literatura avanzada están todos cortados por la misma tijera.

Lo explicaré:

De manos crespas y ojos oblicuos, son gente que disfrutan de leer y hablar de películas añejas. Pedantes todos, odiosos, tediosos, siempre citando a Chejov o Kerouac, o enumerando los títulos de todas las obras que han leído. Así son ellos.

Alguna vez me preguntaron si tenía algún autor favorito.

—Kasza Keiko —respondí sin dudar.

Se desternillaron de risa. Kasza-san es una escritora e ilustradora de cuentos infantiles.

—Ah Nito-kun, qué gracioso eres. Ya, en serio, dinos quién te gusta más.

Nunca respondí. Es posible que me haya encogido de hombros y ya.

No encajo en círculos pretenciosos. Mis compañeros no me caen mal, pero poco me importan sus intelectuales temas de conversación. No en muchos años más, pertenecerán al grupo de gente que habla de vinos, quesos, y que asisten a remates de pinturas. Pero el ser cultos es su gran maldición.

Entre ellos no hay diferencias destacables. No importa lo originales que traten de ser, siempre parecerá forzado. Y allí estoy yo con mi metro sesenta y algo. Es fácil destacar cuando se es lo único distinto dentro de un grupo homogéneo.

Esto hace que me cuestione ¿realmente soy bueno?

Se me da bien escribir porque siempre lo he estado haciendo. Papá murió cuando yo aún tenía meses y Aoi tuvo que asumir el liderazgo de la empresa. Me crie entre reuniones de trabajo, y ayudando a redactar algunos memorándum. Leo y escribo desde los tres años. No sé de arte, ni de música clásica, ni nada demasiado culto. Sé de deportes porque la homeópata me recomendó ejercitar los músculos y así ganar un par de centímetros. Pero también sé de tratados de comercio, y de las relaciones con Corea: he aprendido por osmosis los temas que no deberían competerle a un niño.

Cuando se realizan análisis y comparaciones, siempre se recurre a lo que ya se sabe, es inevitable. Los amantes de la literatura, siempre compararán en base a otros autores. Es lo que hacen mis compañeros, y mi profesor también. Yo a veces lo hago, pero mi conocimiento desborda en otras áreas. Deporte, mangas, animales, medicina naturalista, y comercio internacional. Hablo del helado de lychee, de las libélulas rojas, y los bares de agua. Y como escribo bien, todo parece original.

Siempre había soñado con destacar en algo. Cualquier cosa. Así como Matsuoka-senpai, quien era el mejor nadador gracias a su propio esfuerzo. No tener una cualidad me hacía sentir a disgusto, estaba cansado de ser alguien del montón. Pero no puedo sentirme a gusto con este falso don. Si papá no hubiese muerto, habría vivido una infancia normal, y a lo mejor, hasta me hubiesen inyectado con la hormona del crecimiento en vez de inscribirme en un club de natación. Entonces esta ventaja no habría existido.

¿Es ético sentirse orgulloso de lo que provoca la muerte de un padre? Aquel pensamiento me comenzó a volver mucho más loco.

En Dinos como sobrevivir a nuestra locura, el hombre gordo se hubo atado a la locura de su madre y de su hijo. Pero esas ataduras eran invención suya, y cuando logró desatarse, entró en contacto con su propia locura interna. Y lo aceptó.

Yo estoy atado a mí mismo. Eso pensé mucho tiempo. Atado a mis defectos y la mediocridad.

Pero ya lo sabías ¿no? Nitori Aiichirou, lee con atención: no te amarres a locuras ficticias. Libérate y acepta tu propia locura interna. No pienses en tu padre o en tu estatura porque aquello no puedes cambiarlo. Deja de cuestionarte lo inevitable, y en vez de imitar a otros, o en vez de limitarte con absurdos, recuerda cómo era ser tú mismo.

Yo, Nitori Aiichirou, también tengo virtudes. No te subestimes, no.

·

·

Nitori dejó el portaminas sobre la mesa, limpió la hoja de los restos de goma, y leyó su ensayo. Dobló la hoja por la mitad y la guardó dentro de un sobre.

Ese no fue el ensayo que le entregó al profesor. Primero porque no podía considerarse un ensayo como tal. Escribió otro, con ayuda de Mikoshiba 2. El muchacho se había esmerado en ayudar a su senpai, y Nitori no quiso decirle que no. Es bueno hacer sentir útil a otras personas. Eso sí, se tuvo que valer de toda su creatividad para unir las ideas dispersas de su kohai, pero lo logró. Entonces Nitori comprendió y aceptó que sí tenía un talento después de todo.

Un talento auténtico. Raro por donde se mide, pero un talento al fin y al cabo ¿y qué si haya sido fruto de una infancia marcada por la muerte de un padre o por la falta de hormona del crecimiento? Debería sentirse agradecido de haber sacado algo bueno dentro de lo malo, y no desgraciado por pensar que no debería merecerlo.

Selló el sobre. Escribió en él «para sobrevivir a la locura», y lo guardó entre sus muchos folios.

—Por si se me olvida —se dijo.


Notas

Holas! Bueno, es evidente que esta historia está llegando a su fin. Este capítulo es un poco distinto a los anteriores porque está redactado casi en su totalidad en primera persona. No es el narrador que más me acomoda, pero así tenía que ser. Nitori ha aceptado sus complejos, diría yo, que se ha liberado de ellos. Gracias por leer y comentar. Nos leemos.

Japiera Clarividencia