Capítulo uno:

Como buenos hermanos.

Mucho antes de la tormenta.

El agradable sonido de un feliz día de verano era cuando tu madre te despertaba con el olor atrayente de un dulce y sabroso desayuno. Entonces, te levantarías y caminarías hasta la cocina mientras te rascabas el estómago demostrando así tu gran necesidad de llenarlo con aquel manjar que sabía a mares para tu nariz y tu boca se encharcaba de pura ansiedad de saborear.

O también, siempre se podía ser despertado por una hermana menor la mar de dulce, que te despertaría con su ligera manita sobre tu mejilla y te sonreiría mientras la apretabas entre tus brazos de forma cariñosa. Eso sería un buen despertar para cualquier adolescente de dieciséis años. Pero éste, nunca sería el caso de Ryoma Echizen.

Si bien era cierto que tenía una hermana pequeña a la que adoraba sin que nadie lo supiera, también sabía que esta misma podría ser un peligro y sus partes intimas lo comprobaron perfectamente cuando la torpe mano de su hermana decidió utilizar ese lugar como punto de apoyo en vez de la cama.

Ese, no era un despertar agradable.

-¡Lo siento, Ryoma-kun!- Exclamó su hermana de trece años- No era mi intención. Ah, que mal.

Emitió un gruñido de dolor y se enroscó sobre sí mismo, llevando las manos hasta el lugar. Demonios, si no la quisiera tanto ya hacía años que la tendría a millones de kilómetros. Su hermanita era experta en tropezarse y golpear donde menos debía. Y eso sucedía TODAS las mañanas. Comenzó a pensar en dormir con un protector para evitar ese problema.

Desde luego, que no podría llegar a enfadarse, aunque tenía sus métodos de hacer que su hermana se enfadara y lo mejor era volver a hacerse el dormido.

-¡Mou! ¡Ryoma-kun! ¡No te duermas otra vez!- Protestaba con las mejillas infladas en método de protesta- ¡Llegaremos tarde!

Bostezó y se abrazó a la almohada, dándole la espalda. Sakuno pataleó tras él y decidió tirar de las ropas justo cuando su padre entraba para regañarles. Sakuno dio de lleno contra el suelo de culo. El mayor de ellos no pudo evitar romper a carcajadas y Sakuno terminó por huir de ellos con el rostro como un tomate.

-Oh, oh- dijeron ambos varones a la vez, intentando huir.

-¡Ryoma, Nanjiro Echizen! ¡Bajad ahora mismo!

Padre e hijo se miraron a la vez. Si bien había un riesgo de molestar a su inocente y pequeña menor era su madre. Desde que "abandono" a su hermana cuando tenía doce años y ella nueve diversas veces para irse con sus "amigos" a entrenar, su madre se convirtió en la persona que era su mayor protectora. Sakuno era la niña de mamá. No. Era la niña de todos.

Porque no podía negarlo: Su hermana era sus ojos y su mundo. Aunque no lo demostrara. Aquello había sido un ciclón en su vida que lo arrastró desde que era niño. Sus ojos, sus manitas pequeñas… Muchos sentimientos que se agolparon en él desde que era un crio y que ahora comenzaban a atormentarle poco a poco.

La quería y en ese asunto entraba el momento de la protección. Si bien desde que era un niño había sentido cada uno de los momentos en los que se encontraba Sakuno, ahora era más sensitivo, cosa que no terminaba de agradar a su adorable hermana pequeña, pues no soportaba tener que encontrarse con su hermano mayor rondando a su lado cada vez que alguien se acercaba a hablar con ella.

Y es que la chiquilla era un punto de mira para los problemas que elogiaba. Quitando la vez que tuvo que pelearse con un perro por su preciada muñeca hecha a mano, Sakuno se había metido en todos los merenderos posibles. Enredos que no terminaba sino en llantos por parte de la chica. ¿Y a quien le tocaba pagar las facturas? A él.

Actuar de forma tan inesperada era un verdadero problema. Cuando quería darse cuenta ya se encontraba ahí, a su lado y al parecer, a los amigos de su hermana no le importaba demasiado, pero a los pretendientes…. Era otra cosa. Lo que no comprendía es cómo una chica de trece años podría tener a sus pies hasta a adolescentes de su clase. Desde luego, estaban con las hormonas desparramadas si llegaban a ese caso. Sakuno era… era una chica normal, torpe, que solía dejarse las luces encendidas y siempre se quedaba dormida en el sofá más un montón de cosas más que muchos desconocían. Claro que esa era la ventaja de ser hermano de la chica de largas trenzas.

Su padre, para más irritación, no cesaba de recordarle que debía de cuidar de su hermana sin sobrepasarse. Cuando quiso comprender a qué se refería se le encogió el estómago. Su padre parecía demasiado mosqueado con su parentesco familiar y con que él estuviera tan cercano al nacimiento de su hermana pequeña. Echizen Nanjiro creía que él no había escuchado las muchas conversaciones que había tenido con su madre.

Creía que aquellos pensamientos eran irónicos y poco correctos. Por alguna extraña razón había notado todas esas cosas, pero no le veía nada malo. ¿Es que los hermanos mayores no se comportaban del mismo modo cuando nacían sus hermanas pequeñas? ¿No era lógico querer proteger a aquellas diminutas criaturas que nacieron después de ti? Aunque después, con el tiempo, podrían convertirse en un verdadero dolor de cabeza.

-¿Y bien? ¿Por qué no tenéis un poco de caballerosidad con vuestra hija e hermana correspondiente?- Preguntó Rinko con las manos sobre las caderas.

Bostezó y se rascó el vientre con una de las manos, mirando a la castaña indicadoramente. Sakuno miró la mano en su vientre, enrojeciendo, hinchando los mofletes y dejando la taza de desayuno sobre la mesa, mirando de reojo a su madre con la cabeza baja.

-Esto… mamá- llamó- fui yo… me tropecé al ir a despertar a Ryoma-kun y… me caí de culo.

Rinko parpadeó, apretando los labios mientras Nanjiro rompía a reír y él sonreía triunfal, levantándose para coger las escaleras hacia el servicio. Sakuno, como siempre, no tardó en perseguirle, dando zancadas que demostraba su enfado fácil de lograr quitar. Se giró antes de que terminaran de subir las escaleras, se inclinó y le mordió la nariz.

-Hum, enana- le sacó la lengua y subió rápidamente, al tiempo de escuchar un gritito de protesta.

También, tenía que reconocer, que era divertido empreñarla y eso superaba por completo la idea de hacerse perdonar.

-¿Esto me lo haces por el trofeo?- Preguntó la tímida voz de su hermana desde detrás de la puerta del baño- aquel que te rompí a los nueve años… Yo… no lo hice queriendo. Bueno, una parte sí. Pero… es que… estaba enfadada.

Y las mujeres son horribles cuando se enfadan: Tengan la edad que tengan.

Se metió debajo del teléfono de ducha y movió la cabeza cuando sus cabellos quedaron totalmente mojados. Usando su mano izquierda como punto de apoyo, recordó aquel viejo suceso. Sakuno golpeó con los nudillos la puerta, demandándole una respuesta.

-No- contestó finalmente.

La realidad era que si la molestaba era por simple placer- y porque le gustaba tener centrada la mirada de la chica en otro que no fuera idóneo- porque para eso era su hermano mayor y sabía más cosas de la vida que ella.

Cuando salió del baño, Sakuno todavía estaba ahí, sentada a un lado de la puerta y le miró sonriendo.

-¿No estás enfadado?- Preguntó.

Chasqueó la lengua y se agachó hasta quedar en cuclillas a su lado, rascándose los cabellos mojados y mirando fijamente el suelo, afirmó con la cabeza. Sakuno rio con aquella risa cantarina que la delataba y le tocó el hombro con la mano como punto de apoyo, inclinándose para poder besarle la mejilla. Parpadeó, perplejo y se levantó de golpe encerrándose en su dormitorio, frotándose la mejilla con los dedos, incrédulo.

Muchas veces eran las que había sentido aquel roce particular. Un beso inocente entre hermanos que muchos gozaban. Sin embargo, no era lo mismo. Ella era dulce, pero él no. No era cariñoso y no aceptaba el cariño de esa manera tan espontanea. Recibirlo lo estremecía por completo y comenzó a sospechar si no sería demasiado inadecuado continuar acostumbrándose a ese sentimentalismo.

Si bien era algo obvio que desde pequeño había estado tras su hermanita y no soportaba que nadie le hiciera nada, más de una vez durmiendo en su cama o siendo el muro de carga de las cosas que se le cayeran encima a la niña, ahora ya no era lo mismo. Sakuno contaba con trece años y se había convertido en toda una- sí, como la llamaba su abuela- "mujercita". Y más de una vez lo había comprobado. Las cercanías provocaban rozarse y tocarse. Los hermanos se tocaban y sentían en un simple abrazo se podía notar lo suficiente.

Así como las chicas descubrían que su pequeño hermano se había convertido en un joven alto, de anchos hombros, piernas largas y buen cuerpo que volvía loca a todas sus amigas, los chicos también descubrían ese hecho en sus propias carnes: Las hermanas no eran siempre niñas que moqueaban y ensuciaban sus manos con barro o con la mantequilla del bocadillo. Que sonreían con boca de dientes torcidos y agujeros a falta de caries por no tener dientes que lo ocuparan.

Sus cuerpos crecían, por supuesto: Y de una forma endemoniadamente peligrosa. Curvas y más curvas por todos lados. Largas piernas y brazos delicados. Caderas perfectas y manos delicadas. Hasta los cabellos parecían crecer para resaltar sus rasgos femeninos. Hasta el color de sus pieles cambiaba. Era… irritante.

Y eso lo hacía regresar a la idea de que sus compañeros de clase babeando por las amigas de su hermana y por esta misma- incluida en el bote cuando Echizen no miraba o escuchaba-, cosa que no pasaba por desapercibida para las chicas y las excitaba demasiado.

Una de aquellas tardes varias amigas de su hermana se habían instalado para pasar una de aquellas noches llamadas "noche de chicas" y su madre le había encargado- a fuerza bruta- que les llevara algo. Una vez dejó la bandeja en las manos de Sakuno casi le reventaron los oídos de los gritos que dieron, descontando que él ya se encontraba en la cocina de nuevo. Desde ese día, no volvió a entrar en una habitación repleta de chicas con las hormonas disparadas y cuando eso ocurriera, se prometió cerrar la puerta con candando para que nadie lograra entrar: no quería ser violado por una menor.

-¡Ryoma-kun!- Exclamó tras él la menor de los Echizen- ¡Qué no llegaremos! Mou- protestó, quedándose en el mismo lugar- mira que es normal que llegue yo tarde, pero tú…

Se encogió de hombros, buscando el uniforme con la vista y nada más encontrarlo, se giró hacia ella, indicándole con la mirada la toalla. Era una advertencia que ella cogió al vuelo y terminó por salir por patas mientras su rostro brillaba color carmín. Eran hermanos, sí, pero había momentos en los que ambos desaparecían de la habitación del otro, especialmente cuando de cambiarse de ropa- entremedias la interior- se trataba. Ya había quedado demasiado lejos aquellos días en los que ambos se bañaban juntos o con Nanjiro incordiando.

Se colocó despacio el uniforme, pensando de forma aburrida en todo lo que tendría que hacer ese día, teniendo el entrenamiento al final del día. Odiaba cuando tenía los entrenamientos al final del día. Primero que nada, porque lo ponía nervioso las ganas de querer entrenar y segundo: Porque Sakuno tenía que regresar sola a casa y la probabilidad de que se perdiera demasiado grande. Ya casi la había perdido una vez a los nueve años por culpa del despistado de su padre. Un escalofrió le recorrió por completo y la pregunta que siempre se había hecho, volvió a golpearle con fuera: ¿Qué habría pasado si no hubiera pasado por ahí para comprar algo de beber? Sakuno estaría ya más que muerta y criando malvas.

Y por supuesto, él no tendría quebraderos de cabeza con su pequeña hermana. No comprendía por qué, pero era demasiado importante para su vida y era demasiado increíble. Era su hermana pequeña, pero no soportaba que nadie la tocara. Era un gran dilema. Un enorme dilema que le acompañaba desde que era pequeño.

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Tener un hermano mayor siempre era o bien un inconveniente, o una gran suerte. Sakuno creía que tenía la balanza equilibrada, excepto cuando se metía con ella o decidía comportarse de forma fría con ella. Desde los nueve años había comprendido que Ryoma era demasiado libre como para seguir estando encima de ella. Pero cuando cumplió los doce y comenzó a ir al mismo instituto que él, la cosa cambio radicalmente: Volvía a tener a su hermano siempre a su lado.

Y aunque eso molesto en algunos momentos, especialmente cuando quería ver algún incentivo masculino, en otros era agradable. Siempre podía caminar con tranquilidad sin llegar a perderse. No sentía miedo de ser rodeada por varios varones y tampoco tenía miedo de la lluvia.

Pero cuando se metía con ella, era otra cosa. El mundo se volvía lleno de rabia y vergüenza. Y aunque conocía la mejor forma de hacer que Ryoma se crispara como venganza, era difícil hacerlo. Si bien era cariñosa, con su hermano aquello había llegado a un tope en que los cariños podían terminar siendo bruscos y fríos. Se sentía incómoda.

Un golpe en la cabeza la hizo volver en sí. Se rozó la cabeza con la mano y parpadeó, viendo la espalda de su hermano mientras salía por la puerta, dejándola atrás.

-¡Ah! ¡No me dejes!- Exclamó corriendo tras él.

Frenó gracias a la espalda del chico, que se detuvo de improvisto ante el grito, mirándola de reojo. Se frotó la nariz dolorida y caminó a grandes pasos ante él, colorada como un tomate al ver la reconocible bicicleta de uno de los mejores amigos –por no decir el mejor que soportaba el carácter de su hermano-, Momoshiro Takeshi. No podía evitar sonrojarse cada vez que lo veía. El carácter divertido del muchacho le hacía tener facilidad para el roce y le daba vergüenza ese hecho. Pero Ryoma no debía de darle demasiada importancia, quizás, porque era su amigo.

Momoshiro Takeshi era un joven apuesto de diecisietes años, un año mayor que su hermano. Un buen deportista que siempre iba montado en su bicicleta y disfrutaba picando a su hermano, recibiendo las peores miradas por parte de éste y alguna que otra correspondiente putada.

El chico frenó justo a su lado, sujetando entre sus dedos una de sus largas trenzas. Estaba segura de que si no fuera la hermana pequeña de Ryoma Echizen ni se habría fijado en ella.

-¿Cómo estás, Sakuno?- Preguntó- ¿Quieres que te lleve y dejemos a tu adorable hermano caminar solo?

Ryoma gruñó tras ellos, pateando el sillín con el pie cuando Momoshiro la jaló de la cintura, levantándola en vilo con ideas de sentarla en la bicicleta. Sus pies rozaron el suelo de milagro, mientras que el chico se sujetó con la palma de la mano en el asfalto.

-¡Echizen!- Protestó- ¡Casi me tiras!

-Hum- sonrió con arrogancia el nombrado y continuó caminando, esta vez, entre ellos dos. Sakuno parpadeó.

-Ryoma-kun- regañó.

Pero él no prestó atención a su regañina y continuó caminando. Sakuno bufó y descendió la mirada hasta el suelo.

Ya empezamos…

Era algo que siempre sucedía. En su casa eran hermanos inseparables, pero durante las clases eran o bien desconocidos emparentados por sangre o bien eran dos hermanos que no permitían nada contra el otro. Aunque para ella lo peor era…

-¡Sakuno!- Exclamó una voz gritona irrumpiendo en sus pensamientos- ¡Llegas tarde! ¿de quién fue la culpa esta vez?

-Ella- respondió Ryoma dándole con una raqueta en la cabeza. Sakuno hinchó los mofletes y protestó. Pero las chicas ya habían comenzado a reírse.

Y cómo no: A hiperventilar, dar saltitos y gritar. Era increíble lo que la presencia de Ryoma podía hacer en sus compañeras. Especialmente, en Osakada Tomoka, su mejor amiga desde que era pequeña. La chica de coletas y cabellos castaños no había cesado de repetirle que su hermano "estaba buenísimo" y se alegraba mucho de tener una amiga con un "hermano para comérselo". Tomoka y el resto de sus amigas parecían ver una gran oportunidad de tener algo con su hermano mayor. Lástima que no lo conocieran realmente.

Ryoma era el típico adolescente que solo pensaba en él y que gustaba del tenis más que de cualquier otra cosa. Se pasaba tantas horas en el baño que salía más arrugado que el chocho de una vieja- como decía su padre siempre que su hermano salía del baño- y ponía todo lleno de agua. Solía tomarse una botella de leche, pese a que tenía que tomarse dos, puesto que le daba la segunda al gato de la familia. Solía dormir completamente infantil y… sí: Dormía con pijamitas de peces y gatitos.

Las pocas veces que sus amigas se habían quedado a dormir en su casa, había tenido que hacer de guardiana para que ninguna osara entrar a plena noche en la habitación de Ryoma y descubriera su secreto. Especialmente, que no se rompieran la crisma en el intento de averiguar cómo dormía, porque entrar en su dormitorio era como estar en un juego en el que tienes que sortear los terrenos más difíciles: Era un mar de inmundicia del desorden.

Su madre estaba furiosa con eso y para evitar muchas de las grandes regañinas hacia él, ella terminaba siempre recogiéndoselo. Ryoma únicamente se encogía de hombros y aseguraba que aquello debía de ser obra de "los duendes de debajo de la cama". Claro que esto último lo decía más que nada para meterle a ella miedo. Sabía de sobras que era una miedosa. No por nada más de una noche se había metido en el dormitorio de su hermano en busca de protección, porque desde la última vez que había intentado encontrar protección en la cama de sus padres se había llevado la peor observación del mundo al encontrárselos en medio de un retoce matrimonial. Su hermano era la mejor salvación.

Lo observó alejarse envuelto en las charlas de dos de sus mayores- compañeros de equipo- y sonrió levemente. No era tan mal hermano como parecía. Quitando los piques, las burlas, la frialdad y que la dejara abandonada. Ryoma le había salvado la vida diversas veces y la protegía como debía. Era el hombre que buscaba en su próxima pareja.

-Si es que te deja tenerla- había dicho Tomoka con los brazos en jarras mientras la miraba con severidad- ¿recuerdas la última vez que el capitán de baloncesto intentó pedirte una cita? ¡Lo molió a pelotazos de tenis y después dijo que él no había sido!

Sakuno movió la cabeza y se mordió el labio inferior.

-Solo me protege. Mi padre le pidió que cuidara de mí y la verdad, ese chico es tres años mayor que yo y no me gustaba.

-¡Por dios!- Exclamó Osakada golpeando la mesa que tenían entre ellas- ¡Si dices eso haces que sienta que no tenga esperanzas! Te recuerdo que tu hermano es tres años mayor y la mitad de esta clase bebe los vientos por él- yo incluida- y no se puede hacer nada porque él naciera antes. Así que esa no es excusa.

La realidad era que ella tampoco lo veía como excusa. Bien había matrimonios en los que él era cinco años mayor que su pareja y nadie decía nada. Pero el problema era simple: Ryoma se había entrometido porque el chico la estaba acosando al darle calabazas. A ella no le gustaba, no por la edad, sino por su forma de ser. ¿Por qué tendría que salir con alguien porque sí? No le gustaba la idea. Claro que era algo que solo los hermanos sabían.

-Bueno, bueno- interrumpió Ann Tachibana la conversación- si seguimos así, creo que yo también terminaré traumada al tener a un chico de cuatro años mayor detrás de mí.

Todas la miraron fijamente, intentando descubrir los ideales de aquella chica. Ann Tachibana se había cambiado de escuela hacia exactamente tres meses y desde el primer momento en que Takeshi Momoshiro había puesto sus ojos en ella, se había enamorado rotundamente. Era una joven muy bonita, no podía negarlo. Quizás la típica chica de carácter fuerte, delgada y belleza justa que tendría una oportunidad con muchos de los mayores. Pero Tachibana no parecía estar interesada en el amor, pese a que daba los mejores consejos de todas ellas. No parecía contar con trece años.

-Tú lo que tienes es un morro que te lo pisas- protestó Tomoka rápidamente- Un chico como Momo-senpai y le das la espalda. No será que ya tienes novio, ¿verdad?

-no tengo- respondió tranquilamente la joven-. Es precisamente porque tengo otras preocupaciones. Además, me gusta veros patalear por el amor. Así aprendo.

Sakuno nunca podía remediar mostrar la admiración que sentía por la madurez de aquella chica. Siempre la escuchaba como un niño escucha con atención a un cuentacuentos en la mejor parte de la historia. Ann se había abierto un pequeño hueco en su mundo y era importante. Una madre en miniatura a la que podía ir a preguntar cuánto quisiera.

-De todas formas- interrumpió otra de sus compañeras de clase, sonriendo con malicia- Tu adorado Momoshiro terminará por marcharse el año que viene del instituto. Se graduará. No volverás a verle y te quitarás un peso de encima.

-Eso, si no repite- se afanó en recordar Osakada- además, la universidad de Seigaku no queda demasiado lejos y tenemos que recordar, además- añadió- que tiene a uno de sus mejores amigos aquí.

La mirada de su mejor amiga recayó sobre ella, señalando a su hermano. Sakuno se encogió de hombros. Nunca se había detenido a preguntarle a su hermano qué haría en un futuro tras graduarse. Ni siquiera sus padres se lo habían preguntado. Y estaba segura de que Ryoma no sería de los que tendría una larga charla en la que explicarían esto con ciento de detalles.

-¿Y qué con que Echizen se quede?- Preguntó Tachibana encogiéndose de hombros, restándole importancia.

-Pues que vendrá muchas veces- canturreó Tomoka alegremente- es inevitable vuestro amor.

Ann cerró el libro que había estado leyendo, encogiéndose de hombros para mirarlas una a una.

-Si un amor es inevitable no importa las tramas que el destino ponga ni la lejanía: Siempre existirá. Deberíais de tenerlo siempre en cuenta cuando os enamoréis. ¿Acaso no amaríais a alguien que esté lejos de ti? Claro que no es lo mismo con un familiar- y entonces, la miró a ella- duele tenerlos lejos.

Ann también tenía un hermano mayor llamado Kippei y hacía unos meses que se había marchado a una universidad extranjera. Quizás, eso había creado aquella facilidad de adultez en Tachibana. Según había escuchado ambos hermanos eran como uña y carne. Sabía que aquello era una recomendación, una alerta que tendría que recordar: Ryoma era el mayor y por lo tanto, el primero en abandonarla. No quería volver a tener que sentir la misma angustia que sintió a los nueve años cuando la abandonó por sus amigos y por descubrir el mundo masculino de las amistades.

Bostezó femeninamente y se inclinó en el pupitre, cruzando los brazos y usándolos como almohadas. Era difícil imaginarse a Ryoma marchándose por un asunto de amor, pero la universidad seguramente sería escogida por el tenis. Si la mejor se encontraba en el polo norte, Ryoma iría hasta ella sin dudarlo si quiera. Especialmente, cuando tenía un padre que lo mimaba a más no poder. Ella era la niña de los ojos de Nanjiro Echizen, pero Ryoma era el varón y no hacían falta demasiadas explicaciones para comprender lo que eso significaba.

-Buenos días- saludó el profesor adentrándose en la clase y de paso, regalándole un carpetazo en la cabeza- No os durmáis cuando solo he saludado. Tened más cortesía.

Sakuno se frotó el golpe con la mano, comenzando a sacar las cosas necesarias. Así como a su hermano mayor, que había nacido en América y la lengua de tal se le daba de fábula: Sakuno tenía problemas con ella. Se veía recibiendo clases de su hermano mayor. Igual, podría usar esa excusa para sacar cierta información… No por nada eran hermanos y vivían en la misma casa.

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Recogió la maleta a regañadientes y maldijo interiormente al cielo. ¿Por qué tenía que ponerse precisamente ese día? Quería entrenar: Necesitaba hacerlo. Había tenido que soportar todo el santo día a Horio criticando a diestro y siniestro y deseaba darle algún que otro despistado pelotazo por haber dicho que su hermana "tenía las caderas de una mujer amoldable". No había llegado a comprender del todo la frase, desde luego, pero eso no quitaba que estuviera hablando de su hermana menor.

En definitiva: Horio había tenido suerte y él, mala.

Comenzaba a pensar que había una horrible epidemia que hacía que los mayores se fijaran en las menores que estaban en etapa de crecimiento. ¿Dónde había ido a parar eso de fijarse en los grandes senos de una mujer adulta o buscar los brazos de estas? Ridículo.

Bostezó mientras caminaba hacia el exterior, deteniéndose cuando la vio. Movió la cabeza negativamente y alargó la mano para aceptar la lata de ponta y meterse debajo del bajo paraguas. Sakuno alzó el paraguas al ver que no entraba y le sonrió avergonzada.

-Eres demasiado alto para mí medida- protestó.

Abrió la lata y se encogió de hombros.

-Pequeñaja.

Sakuno apartó el paraguas justo cuando pasaban por debajo de una canaleta y quedó totalmente empapado. Gruñó entre dientes y la miró amenazadoramente. Sakuno abrió la boca antes de esbozar una sonrisa temblorosa y él sonrió malicioso. Le arrancó de las manos en el paraguas y comenzó a perseguirla, empujándola contra todo aquel canalete que dejara caer un gran chorro de agua, hasta ignoraron las caídas de culo de ambos.

Sin embargo, lo que no olvidarían sería el grito dado por su madre y el tirón de orejas propinado como regalo mientras los hacía correr para desnudarse y bañarse. Cuando ambos salieron de cada uno de los cuartos de baños, se miraron y sonrieron cómplices en su secretismo de diversión. Era divertido poner tener secretos de esa clase con alguien que no terminaría chivándose a sus progenitores.

Caminó hasta su dormitorio y se estiró sobre la cama, maldiciendo de nuevo aquella lluvia que había estropeado su día de entrenamiento, hasta que sintió el ruido de algo golpear el suelo. Sakuno le sonrió tímidamente desde la puerta, levantando del suelo un libro de inglés. Parpadeó y suspiró, alzándose para sentarse ante la mesa que ocupaba la mitad de su dormitorio, esperándola. Sakuno sonrió con amplitud y corrió a sentarse a su lado. No era la primera vez que la ayudaba con los deberes de inglés.

Sakuno desparramó los libros por la mesa y abrió los deberes de ingles lo primero. Se apoyó con la mejilla en la muñeca y esperó a que él terminara de revisarlos. En una rápida explicación terminó por mostrarle las equivocaciones y hasta corrigió las notas tomadas del profesor.

-El profesor de inglés siempre está preguntándome o mandándome deberes demasiado difíciles. Dice que como soy tu hermana, tengo que saber tanto- suspiró y frunció el ceño- Parece que se le olvida que yo soy japonesa, no americana. O quizás es que no aprendo como tú y soy tonta. Me quedé con los genes imperfectos y…. Auch.

Le golpeó la cabeza con uno de los libros, frunciendo el ceño y corrigiéndole una de las frases mal escritas. No soportaba cuando se ponía a vanagloriarse así. Aquel profesor únicamente le gustaba tocar las narices a sus estudiantes y en cierta manera, ayudaría a Sakuno a mejorar.

-Ne, Ryoma-kun- llamó de nuevo la pequeña, cerrando el libro de inglés- ¿Te irás cuando termines cuarto?- Preguntó- ¿A la universidad?

Movió el labio inferior ligeramente, encogiéndose de hombros. No tenía ni idea de lo que haría. Si bien era cierto que en su curso ya habían comenzado a anunciar las futuras y buenas instituciones para poder seguir estudiando, no encontraba alguna que terminar de gustarle y contaba con un año para poder pensárselo correctamente. Además, su padre contaba con buena información de primera mano. Sakuno parpadeó.

-Ya veo. Seguro que quieres ir a alguna buena en tenis- sopesó, leyéndole el pensamiento y sonrió- comprendo. Papá estará loco de contento en ayudarte.

Como costumbre tras terminar de estudiar con él, se levantó, buscando un lugar para sentarse en el hueco de sus piernas. Sakuno era demasiado mimosa y también, demasiado vergonzosa. Estaba seguro de que si no fueran hermanos, aquello no sucedería. La dejó sentarse y sintió la delgada espalda caer sobre su pecho. Sus dedos se convirtieron en la atracción preferida de Sakuno, mirándolos y tocándolos como distracción a su conversación.

-Yo… quisiera poder convertirme en creadora de joyas. Me gustan mucho. Sus formas, sus delicadas imágenes. Supongo que estudiaré diseño, o no sé. Tendré que informarme de qué debo de estudiar. Seguramente mamá podrá informarse.

Comprendía perfectamente lo que quería decir. Con los deseos de seguir sus caminos se separarían. Era algo que no tenía vuelta atrás y existía en la vida de todas las familias.

Se inclinó y apoyó sus labios en los hombros femeninos. Sakuno suspiró al sentirle y se giró ligeramente para tocarle el rostro, mirándole con tristeza. Alargó una mano y atrapó una de las largas trenzas. Esa era una realidad existente. No había vuelta atrás. Alzó su brazo y la rodeó con gentileza, aceptando la caricia de los pequeños dedos sobre su rostro, un gesto que era algo usual en Sakuno desde que era una niña pequeña.

-Chicos, la merienda está lista- llamó Rinko desde el piso inferior- ¿No vais a merendar antes de que sea demasiado tarde?

-¡Sí!- Respondió Sakuno por ellos- ¡Ahora bajo a buscarla!

Se soltó de su agarre, recogió las cosas y descendió las escaleras para subir con una bandeja con dos vasos de leche y galletas de guindas. La dejó sobre la mesa, preparándolo para ambos. Por un momento, frunció las cejas, observándola. Sakuno quería hacer joyas. Idearlas. Pero también podría ser una buena esposa. Cualquier hombre estaría contento con ella.

Su padre seguramente se opondría rotundamente a entregar a su niña y se vio a sí mismo colaborando en la idea, cruzado de brazos y recibiendo el odio de su hermana. Probablemente olvidaría las muchas veces que la había ayudado a quitarse a los pardillos de encima. Pero bueno, eso solo sucedería cuando él permitiera que otro se acercara. Mientras ella fuera menor, se aseguraría que no sucediera, claro que también de comprender que Sakuno necesitaba ciertas experiencias como toda adolescente. Y no quería ser odiado. Al menos… no tan pronto.

Desvió la mirada hacia la ventana. Las gotas de lluvia caían contra el cristal en un vano intento de entrar. Eran como los conocidos vampiros, pero fáciles de colarse incluso sin ser invitadas. Humedecían sus cuerpos y hacían que sus cuerpos dolieran bajo la frialdad que dejaban. Sabía que aquella sensación la sentiría más tarde o más temprano cuando abandonara su hogar o ella se casara con alguien.

Se preguntó si algún hermano mayor sentiría la misma necesidad de proteger tanto a una cosa tan pequeña que ansiaba ver desde que era un crio de tres años. Sakuno Echizen parecía un trozo arrancado de su cuerpo como la costilla de Adán. Lo sabía y presentía. Era un peligro tener una hermana tan especial.

-Ryoma-kun- llamó de nuevo, irrumpiendo con su voz en sus pensamientos- ¿Momo-senpai realmente se graduará el año que viene?

-Seguramente- respondió encogiéndose de hombros y demostrando su poco interés en ello.

-¿Escogerá la universidad de Seigaku? ¿Vendrá a verte?- Interrogó rápidamente. Él frunció las cejas, ¿a qué venía tanta pregunta sobre el mayor? Ella pareció darse cuenta y carraspeó- es… por Tachibana.

Bien. Ahora comprendía la situación. Sakuno no era una de esas personas que ignoraban cuanto sucedía a su alrededor como él. Pero enterarse de que Momoshiro Takeshi estaba colado de Ann Tachibana ya no era un misterio para nadie: Era la cosa más obvia del mundo.

-Hum- se encogió de hombros, indicándole que no sabía lo que sucedería en el futuro. Ni siquiera él entendía qué haría o no dentro de un año.

-Ya veo- murmuró la pequeña suspirando- es una lástima. Ann es tan… madura. Me gustaría poder tener su madurez algún día. Ser capaz de mirar a los demás como lo hace ella y tener siempre respuesta para todo.

Sakuno no había visto a Tachibana cuando se enfadaba. Tampoco la había visto cuando estaba con Momoshiro y con él. Y mucho menos la había visto antes de que su hermano mayor se fuera. Cuando se mudó a Seigaku, ya era otra persona distinta y la genial que Sakuno admiraba. Momoshiro sí la había conocido y si la aceptaba, perfecto: Aunque seguía sin comprender por qué se había enamorado de alguien menor que él.

Alargó una mano y apresó una de las largas trenzas que adornaban la cabeza de Sakuno. Había disfrutado muchas veces metiéndose con ella por este hecho y gustaba de cómo hinchaba siempre los mofletes para quejarse. Sakuno le sonrió, indiferente a su observación mientras terminaba de merendar y recogerlo todo.

-Oh- murmuró mirándole preocupada- Igual tú también crees que por ser menor no tendrá ninguna oportunidad- arrugó graciosamente la nariz y suspiró- igual, si Momoshiro-senpai la corresponde sinceramente, ella no tiene culpa de haber nacido después. El destino es quien lo eligió. Es inevitable enamorarte de una persona, aunque sea más grande que tú. ¿No te gustaría tener una novia más joven?- sus rojizos ojos brillaron sin esperar si quiera respuesta- Seguro que ella y yo nos llevaríamos perfectamente. Sería tan hermosa incluso con el paso de los años. ¡Oh, Ryoma-kun! Enamórate de alguien hermosa!

Parpadeó con torpeza, mirando con la boca abierta como se marchaba su- demasiado- romántica hermana menor. Era ridículo que pensara que podría enamorarse de alguien más pequeña que él. Era ridículo. De todas maneras, no le había mostrado demasiado interés al amor como para sospechar lo que el futuro podría depararle. Las puertas del destino eran siempre cruzadas sin que nadie se diera cuenta.

Bostezó y clavó la mirada en el techo nada más volver a tumbarse en la cama. Afuera, la tormenta había empeorado, estropeando su idea de torturar a su padre. Por un momento, comenzó a echarle cuenta a la petición de Sakuno. ¿Una chica más joven y que pudiera ser amiga de Sakuno? Era imposible. Seguramente, su novia terminaría teniendo celos de su relación como hermanos que eran. Había novias que terminaban enloqueciendo de celos por sus mismas cuñadas.

Estaba seguro de que si eso sucedería, tendría claro a quien elegir, pero el problema era que no había experimentado en absoluta el amor como para poder decidir algo así tan a la ligera. De lo que sí estaba seguro es que Sakuno era su hermana y no la cambiaría por nada del mundo.

Suspiró, entrecerró los ojos y se dejó vencer por la morriña. Seguramente, mañana sería despertado bruscamente por la torpeza de su hermana. Se burlaría de ella de alguna manera, irían juntos a clase y se comportarían como siempre. Días monótonos que eran agradables en su propia monotonía.

Nada podría cambiarlo. Absolutamente nada…

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Muchas gracias a todos por sus rw y apoyo y aceptar que sea incesto.

En este capítulo vemos como van las cosas antes de que comience a desatarse la tormenta, claro que todavía están demasiado despistados para darse cuenta de algo. Se preocupan más por los demás que por ellos mismos.

Disculpas por el Ooc de Ryoma. Nos vemos. Saludos.