Capítulo dos

El roce que traumatiza

El sonrojo inundó el rostro de la joven, que se mecía sobre sus pies y miraba con detenimiento aquella revista que Tomoka le había aconsejado porque hablaban de un actor de cine que le gustaba mucho. Pero nunca se había entretenido en descubrir qué cosas eran las que, además de consejos y cotilleos, venían en las páginas de aquella famosa revista. El sexo.

Tres páginas repletas de consejos sobre sexualidad, la dieta del sexo, la masturbación y… y… chicos desnudos. Chicos de escándalo. Aquello era puro desangre nasal. Pero lo peor resultó cuando su hermano la descubrió tras que se le ocurriera pedirle que la acompañara mientras veía una película de terror en la que salía justamente el actor que le gustaba. Un fracaso, porque su hermano no la dejó verla tranquila y el miedo hacía que temblara de los pies a la cabeza, hasta el punto de empujarle. Cuando Ryoma cayó en el suelo, descubrió bajo la cama la revista, cogiéndola sin preguntar y mirándola de forma aburrida hasta que encontró aquella sección.

—Eres como el viejo— la acusó burlonamente.

Enrojeció de nuevo, mordiéndose el labio inferior. Siempre la había inquietado esa faceta de su padre y aunque sabía que si le pedía que lo dejara, era probable que Nanjiro cumpliera, pero tampoco quería quitarle el único capricho que tenía. Lo que no sabía era cómo iba a tomarse algo así su hermano. Es cierto que ella ya estaba en una edad más que suficiente para sentirse interesada en los jovencitos. Con catorce años era ya más que una mujer- y no era por la menstruación que había llegado de forma improvista al igual que sus formas de mujer más pronunciadas-.

Cuando pensó que Ryoma prestaría atención digna de chico al tema en cuestión, este cerró la revista y la lanzó sobre la cama de forma aburrida. Casi se atragantó. A quien le dijera que su hermano de diecisiete años era la mar de desinteresado en el sexo, no se lo creía. Ni siquiera Momoshiro había obtenido resultados y comenzaba a temer que fuera de la otra acera. Probablemente, si se lo contara a Tomoka, esta aseguraría que todavía está retrasado- porque las mujeres crecen antes que los hombres- y tiene etapa atrasada de sabiduría sexual, añadiendo de paso, que ella podría darle unas clases.

Sakuno encontraba ya muy directa a su mejor amiga a la hora de querer ligarse a su hermano. Hasta el punto de quedarse más días de la semana en casa. Por muy extraño que pareciera, logró encontrar algo que la asemejara a él y se convirtieron en algo más que la simple amiga de mi hermana pequeña. Tomoka estaba feliz.

No era para menos. Pese que Ryoma sentía cierto repelús a sus gritos, la castaña parecía haberse habituado a un tono moderado y si no se excitaba, podía hablar con tranquilidad y Ryoma la escuchaba.

—No es… lo que piensas…— intentó aclarar, tragando nerviosamente— Tomo-chan me dijo que… salía mi actor favorito y… pues… Vamos que… que yo no… he mirado eso… Ni siquiera sabía que venía hasta que lo has visto.

Él movió ligeramente la cabeza en afirmación, volviendo a prestar atención a la película. Bufó, cruzándose de brazos y mirándola por igual. Lo que Ryoma pensara era importante. No solo porque podía llegar a distanciarlos, sino también por las cosas que podría contarle a sus padres. Y entonces, sería todavía más terrible. No había escondido, desde luego, la revista aposta debajo de la cama como un chico "sano" que esconde sus revistas privadas bajo el lecho. Simplemente había sido un error.

Pero no podía dar más explicaciones a alguien que no quería saberlas, o al menos, fingir que podía escucharla.

Cuando la película termino, ya de forma costosa y lenta para el parecer de la chica, Ryoma se estiró y bostezó, inclinando la cabeza de lado y mirándola con cierto toque burlón. ¿Qué llegaría ahora? ¿Una burla? ¿Una pregunta? Ryoma podía ser impredecible en cuanto a "conversaciones". Pero en lugar de hablar, estiró de una de las coletas- usurpando a las trenzas de costumbre- que se sostenía gracias a una delicada pinza.

Ágilmente, logró quitársela. Una pequeña cascada de cabellos le cayó por el hombro, cubriéndoselo. Siempre, desde que tenía uso de razón, Ryoma solía acercárselo al rostro y entrecerrar los ojos. Esperaba pacientemente siempre a una respuesta, pero nunca le decía por qué lo hacía. Siempre se levantaba sin más y se marchaba, como si aquello no estuviera bien. Como si fuera pecado hacerlo.

Sus padres y la profesora de religión se habían encargado de indicarle qué era pecado y creía que el afecto entre hermanos- al ser de la misma familia- no era pecado. ¿Acaso estaba mal que adorara a su hermano mayor? ¿Qué le gustara cómo tocaba su cabello y las horas que estaban juntos?

Cuando no entrenaba, Ryoma siempre solía estar o durmiendo, o con ella. Incluso cuando se sentaba ante la televisión para jugar una partida a la consola, ella estaba cerca. Aunque la preocupación por el comportamiento de su hermano la llevó a pensar en si no estaría enfadado porque hubiera pasado su cumpleaños fuera de casa. Claro que él tampoco le había traído ningún regalo, ni la despertó como siempre, tirándole de las orejas mientras Karupin se encargaba de hacerles la zancadilla a ambos en su disputa por no recibir los tirones representantes de su edad. Así que no podía quejarse.

Mas tenía una duda: ¿Esto significaba que se estaban alejando más con la edad?

—Ryoma-kun…— murmuró, al sentir los dedos sobre la otra coleta—… se… me enredará.

Cambió drásticamente su intento de querer saber por qué razón su hermano estaba dedicándose a liberarle los cabellos cuando siempre se metía con ella porque lo tenía demasiado largo. Él no se inmutó, se encogió de hombros y continuó masajeándole los cabellos con precisión, como si fuera un experto. Incomprensiblemente, cerró los ojos, dejándose llevar por las agradables caricias.

El olor y la situación. Una gentil mezcla que comenzó a adormecerla. Los dedos masculinos creaban ligeros movimientos, suaves y pausados. El aroma de Ryoma se intercalaba en cada una de sus respiraciones y el ligero sonido de su corazón tambaleaba dentro de su pecho, acomodando las sensaciones a sus sentidos.

Sus ojos poco a poco se acogieron a la oscuridad de la tranquilidad de ensueño. Una tranquilidad acogedora que terminó adormeciéndola lo suficiente como hacer que su hermano la cargara en brazos y la dejara sobre la cama. Con un cuidado que asustaba.

Las sábanas la cubrieron delicadamente y sus cabellos fueron gentilmente apartados y hasta le pareció ver dibujada una sonrisa en el rostro de su mayor. Sin embargo, algo extraño sucedió. Un simple roce diferente. Algo que jamás había sucedido. Algo que no debería de suceder, seguro. Una cosa de la que ni siquiera estaba segura y comenzó a sospechar que fue simplemente imaginación. Que realmente no sucedió y era mejor olvidarlo.

Abrió los ojos, ante la intranquilidad. La televisión estaba apagada al igual que la luz. La puerta encajada dejaba ver un frágil destello de luz proveniente del pasillo y apenas se oía el ruido de la televisión. Giró la cabeza hacia el despertador. Las doce y media de la noche. Solo sus padres quedaban despiertos a esa hora entre semana. O probablemente, su prima, estudiando. No había rastro alguno de Ryoma, sino fuera por las luces apagadas y los dos vasos con zumo que quedaban sobre su escritorio.

Sí, definitivamente, aquello debió de ser un sueño y la desgracia la había llevado a pensar que su hermano había sido el causante. Sonrió irónicamente, haciéndose un ovillo antes de volver a quedarse dormida.

Por la mañana, una taza de café humeante la esperaba sobre la mesa junto a un simple bollo. Parpadeó, en busca de su madre, pero ésta había desaparecido y solo su padre quedaba, "leyendo el periódico" muy interesado. Siempre que había café simplemente, es que su padre se había encargado de preparar el desayuno, porque muchas ideas, no es que tuviera el pobre. Pero pese a que no le gustaba, se lo tomó de un trago y mordisqueó el bollo, acercándose hasta la entrada y parpadeando.

—Ah…

Nanjiro giró la cabeza hacia ella.

—Si buscas a tu hermano, salió esta mañana temprano. Al parecer tenía entreno de mañana. Ten cuidado de camino al instituto.

Sonrió en agradecimiento y le besó la mejilla, saliendo rápidamente. Ryoma no tenía entrenamiento esa mañana. Lo sabía perfectamente porque era ella siempre quien se encargaba de ponerle al día los horarios o se los pasaba cuando su abuela se los entregaba al ver que el chico había salido demasiado rápido.

No comprendía por qué, pero su abuela y su hermano, no se llevaban nada bien. Ryoma siempre rehuía de Sumire y ésta le sonreía de una forma algo sospechosa.

En definitiva, Ryoma se había marchado antes por alguna razón que no la incumbía a ella, ya que no estaba incluida en el paquete. Lo había comprendido. Así que no le quedó más remedio que cargar con sus cosas y caminar intranquila hasta clases. En la entrada, se sorprendió al ver a Tachibana entregándole una nota a Momoshiro, quien sonreía ampliamente y casi temblaba de emoción. Cuando fueron conscientes de su presencia, el moreno saltó y salió corriendo ante la negativa de cabeza de Ann.

—Buenos días— Saludó la muñeca de ojos azules.

—Buenos… días— Correspondió, inquieta— Momo-senpai… parecía, nervioso.

Ann afirmó, entregándole a ella también un papel idéntico al que vio entregarle a Takeshi.

—Solo por esto. Es la nueva dirección de MSN y la dirección de mi nueva. Me trasladé ayer. Creí que no vendría mal decírselo. Pero creí que le iba a dar un síncope mientras se lo decía. No es nada del otro mundo.

Se humedeció el labio, guardando seguramente aquel trocito de papel.

—Bueno, para las personas enamoradas, que la persona que nos guste nos dé una simple cosa, nos hace muy felices. Incluso hasta el punto de hacernos llorar o temblar— recalcó.

Ann sonrió sin ganas, encogiéndose de hombros. Una indiferencia que probablemente ocultaba lo que el tiempo estaba dando por llegar: la graduación del mayor. Y estaba segura de que ese era el secreto tras la entrega de su dirección y dirección de E-mail. O al menos, esperaba que fuera así. Recordó la frase de Ann: "me gusta veros patalear". Era posible, que a su modo, Tachibana también estuviera pataleando.

—Vaya, parece que tú hermano ha decidido cambiarte finalmente. Eres libre.

Parpadeó, sorprendida, girándose en busca de la figura tan conocida de siempre. Cuando la encontró, volvió a parpadear y frotarse los ojos. Por algún motivo que se le había escapado, su mejor amiga y su hermano, llegaban juntos a clases y Tomoka, se recargaba en el brazo de él, mientras dejaba un ligero beso en su cuello.

—Alguien que consiguió lo que quería.

Sonrió afirmativamente, sintiéndose algo traicionado. No comprendía por qué ninguno de los dos había dado a entender que iban a llegar a eso, o al menos, que se lo hubieran comunicado. Hasta una simple indirecta habría bastado. Pero es que era tan repentino como una sorpresa. Ambos se acercaron hasta ella e instintivamente, Tomoka se soltó para lanzarse sobre ella en un placaje que era más un abrazo.

— ¡Buenos días, Saku-chan! ¡Tenía muchas de verte! ¡Tenemos una noticia que darte!

—Creo que ya es obvio— intervino Ann colocándose la cinta de la mochila en el hombro—: Estáis saliendo.

Los ojos de Tomoka brillaron en afirmación y ella sonrió, buscando la mirada de su hermano. Pero Ryoma la desvió, llevando las manos a los bolsillos, indiferente. Una sonrisa de diversión se dibujó en sus labios: sabía que Ryoma iba a comportarse exactamente así cuando eso sucediera. Pero sabía que debía de guardar silencio. Era arisco y cuando se comportaba como un gato salvaje, podría resultar peligroso.

—Felicidades— Escuchó felicitar a Osakada una inquieta Tachibana, y comprendió que ella debía de hacer lo mismo con ambos.

—Eso mismo— atajó, abrazándose a Tomoka— no sé bien qué debo de hacer, pero seguro que sabrás entenderme… no siempre tengo cuñadas.

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Y si por él fuera, no tendría esa. Había sido un terrible impulso que ahora estaba excitando a Sakuno hasta el punto de verse torpe y despistada. Bueno, eso ya lo era, pero ahora mucho más. Tomoka Osakada sonreía felizmente, cuando momentos antes se había echado a llorar y había tenido que esperar demasiado a que se comportara, para soportar sus enganches, cariñitos y palabras.

No le incomodaba del todo su presencia, excepto cuando gritaba. Lo malo es que no daba tiempo para una pausa. Nunca comprendería de donde sacaban algunas personas millones de temas de conversación que no terminaban de encajar pero que nadie encontraban inusuales, hasta terminaban llevándoles la corriente. Él escasamente lograba monosílabos y a Sakuno, su timidez le impedía tener una conversación completa sin tartamudear.

Y todo por un maldito error que había cometido en un acto de torpeza involuntario. Algo que lo había mantenido despierto durante toda la noche y que le había llevado a tomar esa decisión. Un simple tropiezo con la zapatilla de estar por casa de Sakuno cuando la dejaba sobre la cama y comenzaba a arroparla. Un simple roce que creó tal terrible corriente eléctrica que lo asustó.

Había salido totalmente convencido y cuando llegó a casa de Osakada ya estaba dispuesto a darse la vuelta, cuando la chica de coletas salió, encontrándoselo y preguntándole si le había pasado algo a Sakuno, totalmente asustada. Cuando se negó, comprendió que su visita era para otra cosa y no sabiendo muy bien como, terminó idealizando su relación. Osakada lloró entonces y él apechugó con lo que había hasta ese momento.

Sakuno pareció traicionada. Probablemente no esperaba que él diera una vuelta de guión tan repentina, sin comentarle nada. Pero había cosas que nunca se le podrían comentar a un hermano, por muy buenos amigos que fueran, etc. De cosas. ¿Cómo decirle: "Salgo con ésta porque cometí un error que me asustó"? Era imposible.

Sakuno se asustaría más que él mismo.

A lo lejos, vio a Momoshiro, caminar nervioso de un lado a otro y mirándoles, como si esperase que se acercara para contarle un bombazo. Parpadeó y sin pensárselo dos veces, se encamino a la puerta, ignorando a todos.

—Oí, oí, Echizen. Ya que miras, al menos ten la conciencia de ir a ver qué me pasa— gruñó Takeshi al llegar a su altura.

—Hum.

No se detuvo pese a que lo sujetó del hombro. Takeshi pareció igualmente dispuesto a contarle lo que había experimentado con Tachibana y le mostró la nota con orgullo donde se reflejaba la dirección y el e-mail de la chica. Se detuvo ante la fuente de agua, bebiendo un poco. No es que el agua le gustara mucho, sin embargo, la máquina expendedora estaba demasiado lejos.

Entonces, de improviso, fijó su mirada en el grupo. A ellos se les había unido tres chicos. Uno de ellos fue totalmente reconocible: Horio. ¿Qué demonios hacía él ahí? Con tan solo recordar la frase con la que había descrito a Sakuno, le hizo hervir la sangre. Momoshiro chasqueó la lengua, con las manos en la cintura, apretaba la quijada: Tachibana también se encontraba en medio del cerco.

—De caza— gruñó el ojos arilados— aprovechan cualquier oportunidad. Desde luego, seguro que disfrutarán de ellas. Ah… Eh, Echizen, quiero decir que… bueno, Sakuno es responsable y no creo que…

Una mirada amenazante lo acalló. Giró sobre sus talones y entró en el edificio. No quería discutir aquello. Sakuno era responsable, sí, pero era demasiado débil cuando quería defenderse. Tanto Nanjiro como él habían querido enseñarle algo de defensa personal, pero había sido en vano. Entre Rinko que se negaba y que Sakuno parecía más frágil que de costumbre, había sido imposible. No es que fueran maestros de artes marciales, pero había simples actos que servían para defenderse y eran suficientes para poder correr.

Sabía que era bien sencillo doblegarla. Él mismo con una sola mano conseguía que se arrodillara y gimiera por libertad. ¿Qué demonios le haría otro hombre? ¿Sería tan gentil como él de liberarla y reírse interiormente de su comportamiento infantil? Claro que no. Aquel hombre que se acercara a Sakuno o cualquier otra joven no era simplemente para compartir las cosas que haría con su hermano mayor.

Con un joven pretendiente Sakuno podía comprender lo que era ser una mujer. Comportarse dulcemente, atesorarlo, ansiar entregarle sus secretos más privados. Y era normal: Estaba en la naturaleza.

—Jo, después dicen que las chicas jóvenes no dan nada. Si es que son... huelen tan bien, ¿Verdad? — La estridente voz de Horio se dejó escuchar justo cinco minutos antes de que tocara el timbre—. Me ligaría a más de una. ¿Me acusarán de pederasta?

—Horio, confiesa: A la que te tirarías sería a la hermana de Echizen. Está para un buen repaso.

El portaminas se rompió entre sus dedos. Nunca era agresivo. No mostraba su rabia tan a la ligera. Prefería dejarla para un partido de tenis, pero había cosas que no se podían perdonar. Y por tal de no golpear a alguien, tuvo que pedir un portaminas prestado para poder dar la clase.

Satoshi puso los ojos en blanco cuando lo vio y tragó nerviosamente. Probablemente, no esperaba verlo en clase de inglés despierto… y con los cinco sentidos puestos en él. Quizás tenía una aura negativa que alertaba al bocazas de su amigo- que por momentos estaba más cerca de la tumba que de una amistad de larga duración-, y por eso, se mostró reticente a sentarse a su lado, cambiando de puesto con una tímida chica.

El profesor de inglés carraspeó, mirándolos a todos con atención.

—Hoy no daremos clase, chicos. Tenemos un taller especial sobre las relaciones humanas que deben de atender. Especialmente, porque cuenta como nota.

Gruñó. Hubiera deseado tener inglés y no algo que le produjera más dolor de cabeza. Una joven y un hombre de mediana edad se convirtieron momentáneamente en profesores. Su conversación no tardó en dirigirse a la visión eclesiástica sobre las relaciones humanas y así, el tabú emblemático de relaciones humanas entre hermanos, tomó un talante inquietante: El incesto.

Gruñó de nuevo.

— ¿Por qué dos hermanos no pueden amarse? ¿Por qué tanto tabú? — preguntó una joven.

—Sencillamente porque las sangres no se pueden mezclar. Mezclar repetidas veces la sangre puede acarrear problemas de salud en sus hijos. Por eso, cuando dos primos se casan, se puede llegar a aceptar, pero la sangre ya es contaminada.

—Eso es una tontería— espetó otra chica— mis padres son primos y no tengo ninguna deformidad. Y si unos hermanos tienen relaciones con precauciones, no tendrán hijos. ¿Qué tiene de malo?

La instructora suspiró, frotándose las manos con nerviosismo.

—Pero… esto es… pecado. Tener relaciones con tu hermano o hermana es… pecado.

Frunció las cejas, mirando hacia la ventana.

—Es solo algo que han inventado para que los demás lo hagamos a rajatabla, como es creer en Dios— protestó esta vez un varón—. Pero es ridículo, porque la iglesia misma se miente a sí misma: ¿Acaso Eva y Adán no tuvieron juntos hijos? Si de ahí nacieron un hombre y una mujer, eran hermanos, ¿Verdad? Entonces, ¿qué pasa? Eso exactamente es lo que nos han enseñado. Eso dice que está bien hacerlo con tu hermana porque en el pasado se hizo.

—Es peor todavía— se burló otro joven— porque solo tuvieron dos hijos y… ambos varones. ¿Entendéis lo que quiero decir? Además de acentuar el incesto, recrean la homosexualidad. Es ridículo que ahora vengan a enseñarnos otra cosa. Ellos mismos se desmienten. Y en cuanto a genética, muchas personas tienen hijos discapacitados y no son hermanos. Ese tabú es una mierda.

Y el diálogo continuó incluso cuando los monitores desaparecieron, atemorizados por no saber qué responder y por no salirse con la suya. Los adultos tenían la fea manía de querer que los jóvenes aceptaran sus palabras y no pensaran por sí mismos. Si bien era cierto que había demasiados idiotas que aceptaban las cosas sin investigar, otros no. Y esos, se podrían decir que le gustaban más que los demás. Pero todos eran humanos y la verdad… él pasaba de líos y embrollos. Mientras supiera jugar tenis….

Pero aquel tema era sumamente inquietante. Especialmente, desde que su padre había comenzado a sospechar y tras aquel desliz. Cuando el timbre sonó, recordó porqué seguía teniendo los músculos de su cuerpo tensados, igual que cuando la tensión se acumulaba antes de un partido, solo que ahora se conocía como un subidón de mala leche. Horio escapó. Corrió como si le persiguiera el mismísimo diablo. Sonrió irónico. Tenía tantas posibilidades de escaparse que no le importaba.

Ya volvería.

Descendió por el pasillo hasta la clase de plástica, deteniéndose al encontrarse con Osakada enganchada del brazo de Sakuno, contándole algo que parecía divertirlas. Un joven observaba la situación desde lejos, sin detener de pasar su mirada por la largura del cuerpo de Sakuno. Bufó.

—Echizen— la voz le sorprendió: El misterioso joven pareció darse valor—. ¿Podemos hablar a solas?

Sakuno tartamudeó, afirmando y alejándose junto al chico, que parecía hablarle de algo interesante. Momoshiro apareció tras él, sujetándole del cuello.

—Vaya, otro más para la lista. ¿No vas a perseguirla como siempre? Recuerda que eres el hermano mayor.

—No— respondió tajantemente, soltándose.

Se encaminó hacia el lugar contrario, siendo visto por su novia, quien se encargó en quitarle de la cabeza lo que sucedía no muy lejos de allí. Se imaginaba a Sakuno esperando pacientemente que el chico terminara, negándose a su invitación educadamente y deseando con que no hiciera nada inoportuno. Él, esperaba que la muchacha recordara algo de autodefensa, porque esta vez, no pensaba estar ahí para defenderla. Si seguía así, Sakuno jamás podría extender sus alas y necesitaba libertad.

Dentro de un año él sería mayor de edad y se graduaría. Momoshiro se iría antes que él y lo seguiría. Ella se quedaría sola, sin protección. ¿Por qué no empezar desde ya a educarla? No podía estar cambiando pañales toda la vida y Sakuno necesitaba sacar sus alas. Tener una relación. Aprender a vivir. Que no se perdiera todas las cosas que él sí se había perdido simplemente porque no le interesaban.

Sin darse cuenta, cuando cerró los ojos, se vio de nuevo inclinado sobre el rostro juvenil de su hermana de catorce años, apaciblemente dormida y como sus labios se habían posicionado gentilmente sobre los contrarios en un torpe contacto que estremeció por completo sus sentidos y le hacía alejarse. No volvería a pasar.

No volvería a besar a su hermana.

El incesto, era algo malo.

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Inquieta, se sentó sobre el banco mientras sostenía entre sus dedos la ponta de uva a la que la había invitado. Shirota Okawa no era precisamente conocido en su clase por ser una persona habladora. Creía que si tras convivir con Ryoma, que era más callado que una lata de sardinas, con Shirota podría soportarlo. Pero era inquietante. A veces creía que comprendía lo que Ryoma pensaba, con éste chico, no.

Muy apuesto, con ojos no muy comunes en alguien japonés y la piel blanca, disfrutaba de una soledad en la que no entraban las chicas ni los amigos. No pertenecía a ningún club extra escolar y tampoco parecía interesado en las asignaturas que aprobaba con notas excelentes, siempre durmiendo durante la duración de estas.

Sin embargo, sí que tenía un club de fans y hasta Tomoka se había atrevido a decir que si Ryoma no le hacía caso en su vida, se iría con él, a ver si conseguía algo. Según las investigaciones de su mejor amiga- y ahora cuñada- tenían la misma edad y era más pequeño que ella. Sabía alguna que otra cosa, pero no estaba segura de qué más. Cuando él se sentó a su lado, la colonia que llevaba la perturbó.

—No voy a declararme— aclaró con voz áspera— pero creo que eres la chica que mejor me viene para pedir un favor urgente.

Parpadeó, sintiendo como sus músculos se relajaban automáticamente. Se había "preparado" para una declaración y que dijera tan claramente que esa no era su intención, le hizo sentirse de fábula. Le prestó la mayor atención posible.

—eh… ¿De qué se trata, entonces?

Él guardó silencio, dándole una patada a una piedra cercana, hasta que finalmente, suspiró, mirándola de reojo.

—Necesito que finjas ser mi novia por un tiempo. No aquí, pero sí en mi casa.

Agrandó los ojos sorprendida. Eso estaba resultando de película. La típica chica que iba a casa de alguien rico para que fingiera que era su novia. Pero Shirota era suficientemente guapo como para tener a quien quisiera, ¿por qué la había escogido a ella? Él pareció darse cuenta, chasqueó la lengua y movió la cabeza negativamente.

—No puedo decirte nada más. A menos que aceptes. Ten— le entregó un pequeño papel con una dirección— ven mañana a mi casa si aceptas. Ahí te lo explicaré todo. Por cierto— añadió, levantándose y metiendo una de sus manos libre dentro de los bolsillos—, sería bueno que no necesitaras que tú hermano te llevara. No quiero que nadie más se entere de esto. Puedes decirles a todos que me has rechazado— aconsejó.

Se mordió el labio inferior, inquieta, levantándose bruscamente. Shirota la miró perplejo, arqueando una oscura ceja.

—Puedo hacer cosas sin mi hermano.

—Nadie lo diría— espetó con sonrisa burlona el joven de ojos azules.

Sakuno retrocedió. ¿Es que acaso daba la imagen de niña mimada que necesitaba ser siempre protegida por Ryoma?

—Deberías de empezar a vivir fuera del ala de tu hermano. Es mucho mejor que vivir agobiado por algo que tarde o temprano perderás. Has de tener la idea de que él se irá. No podéis estar juntos para toda la vida.

Shirota se encogió de hombros.

—Supongo que deberás de pensar que soy un egoísta diciéndote esto, pero… ya comprenderás por qué te lo digo. Por ahora, ven.

Sakuno afirmó, a media lengua y con la cabeza aturdida. En cierto modo ya había perdido a Ryoma desde el momento en que decidió tener novia. ¿Cómo podría comportarse como antes? Por muy extraño que pareciera, casi lo veía como alguien diferente, alguien que no conocía. Si el dolor que sentía ahora no era nada comparado con el que recibiría si continuaba así, prefería perderlo ya.

Miró la espalda de su compañero de clase, apretando los dientes con fuerza.

— ¡Iré! — Exclamó— ¡Ahí estaré!

Porque podía hacer cosas sin necesitar a su hermano, del cual ahora, no sabía qué pensaba. Regresó al salón, encontrándoselo junto a Tomoka, Ann y Momoshiro. Parecían unas parejas creadas para que se sintiera excluida. Se encogió sobre sí misma y caminó hasta su asiento, ignorando las miradas de los demás, sabiendo que Ryoma continuaría igual de concentrado en los besos de Osakada que en ella. Porque él había madurado.

Porque él había vuelto a abandonarla como aquel día a los nueve años…

Al día siguiente, cuando terminaron las clases, Shirota la esperaba en la entrada. Una simple sonrisa fue la afirmación y ambos, caminaron juntos hasta la casa del chico. Si pensaba esperarla, no comprendió por qué le entregó aquella nota.

Una inmensa mansión los esperaba, con las puertas abiertas de par en par y protegida por colosales policías que la miraron con detenimiento. Un viejo de aspecto de ser un mayordomo, los recibió.

—Su padre le espera. Acompáñenme.

Shirota la tomó de la mano, incitando para que caminaran, pero se detuvo, asustada. Todo aquello era demasiado y realmente parecía de película. Negó.

—Lo siento. Dije que vendría, no que… haría esto.

La sorpresa se dibujó en el rostro del joven, que sintió terriblemente una punzada de traición. Asustada, se soltó. Negó nuevamente y se giró sobre sus talones, dispuesta a desaparecer. Por alguna razón que no comprendía, su mente no cesaba de llamarle. Ryoma estaba pendiente de un filo de su mentalidad.

Tropezó contra una de las paredes, quedándose ahí, sujeta con las uñas y las yemas de los dedos. No era ridículo que necesitara un empuje tan idiota para comprender algo tan absurdo como era lo idealizado que tenía a su hermano. Lo impertinente que era al querer que la relación se rompiera con Osakada. Había querido ser fuerte y demostrar que no le importaba, pero así como no podía negar eso, tampoco podía fingir más.

—pequeñaja.

Se tensó, volviéndose hacia la voz. Conocía perfectamente aquel tono, aquella pausa, aquella indiferencia. Ni siquiera le vio parpadear cuando vio su rostro lleno de lágrimas. Apretó los labios con fuerza y se llevó las manos a la falda, apresándola con fuerza. ¿Por qué estaba tan indiferente? ¿Por qué fingía que realmente no pasaba nada?

—¿Por qué…? ¿Por qué finges? ¿Por qué sales con ella…? ¿Por qué con mi amiga?... ¿Por qué no puedo… seguir sin… sin ti? ¿Por qué no puedo hacer nada sin ti…? ¿Por qué tengo miedo?....

Ryoma parpadeó, mirándola confuso. La excitación de la necesidad de salvación la inundó, obligándola a soltarlo.

—Ryoma-kun… yo… ¡Estaba despierta! ¿¡Por qué me besaste!?

Jadeó, mirándole frustrada, dolorida y cansada. No comprendía qué pasaba. Vio a lo lejos a Shirota, mirándoles con desconcierto y como Ryoma se acercaba a ella, sujetándola antes de que la oscuridad la rodeara por completo.

n/a

Vale, otro más. Sí, sé que los capítulos son más cortos y tal, pero a falta de tiempo, bueno son cortos ¬¬. Las cosas ya se van poniendo más confusas entre ellos y un simple roce por un tropiezo, ha creado la bomba que destellará en sus vidas. ¿Qué sucederá en adelante? ¿Guardará Shirota el secreto?