Capítulo tres:

Separación sospechosa.

Sosteniéndola contra su cuerpo, detuvo sus pasos. Lo sentía detrás de él, jadeando y probablemente mirándoles como si acabara de escuchar la peor barbarie del mundo. Lo miró de reojo y esperó, sintiendo el cálido aliento contra su pecho.

—Dilo.

Shirota se acercó, inclinándose para poder verla. Como si del mayor tesoro se tratara, la cubrió de él, alejándose. El chico adinerado sonrió.

—Qué casualidad que estuvieras por aquí, Echizen. No dejas a tu hermana vivir. Si sigues así, vas a matarla.

No se inmutó.

— ¿Qué quieres? — cuestionó.

El otro asintió, mirándole con atención.

—A ella. Necesito que sea mi novia.

Frunció las cejas.

—No.

Y se giró, dándole la espalda. Cargó a Sakuno entre sus brazos, mirándola ansioso. Había escuchado perfectamente sus palabras, clavándose en sí con deseos irrefrenables de dejar rienda suelta a sus sentimientos adolescentes, confusos y necesitados. Le habría tomado el rostro entre sus manos y así, besarla. Sin contenerse, lamer sus lágrimas como si de heridas se trataran. Pero por suerte, era consciente de que Shirota los había seguido de cerca- pero lo suficientemente lejos como para poder escuchar- o así pensaba.

Sakuno era frágil, maldición, tan frágil que un simple beso la había estado atemorizando durante todo el tiempo y hasta ahora no había explotado. Probablemente, cuando lo vio entrar con Osakada se contuvo. Dios, era tan fácil leerla y él había sido tan cabezón que quería evitar cualquier visible desconcierto en ella que fuera la visión de lo ocurrido.

Pero diablos, era su hermana. Su hermana pequeña. Esto no podía seguir así. Sus brazos temblaban mientras la pegaba contra él. Su cuerpo… Ah, demonios, en algún momento su mente le había llevado pensamientos desbaratados y su parte inferior se había puesto dura. Una maldita erección que dolía cada vez que daba un paso más y que rozaba contra la tela de sus pantalones.

Algo que le ocurría demasiado a menudo en sus sueños. Y joder, su hermana era la primera en portada de su revista pornografía de sueños. Y todo por ese maldito beso. Ese… torpe y rompedor primer beso.

No estaba bien. Estaba seguro de que comenzaba a ser alguna clase de enfermedad y lo peor de todo es que confundía a Sakuno hasta el punto de que temiera estar loca. Sus preguntas así le habían parecido: Un mapa en el que puedes perderte fácilmente.

¿Cómo podía ayudarla él cuando estaba más perdido que ella?

Cuando llegó a su casa había tomado una de las más graves decisiones posibles.

Su padre los miró asustado, corriendo hasta estar a su altura y revisar a Sakuno. Cuando descubrió que únicamente estaba dormida, suspiró aliviado y descendió hasta el salón junto a él.

—Viejo— murmuró, fingiendo observar de reojo la televisión— La carta que te enviaron…

Nanjiro guiñó los ojos.

— ¿La de la universidad para el año que viene? — Él asintió— Sigo teniéndola. ¿Por qué? Me dijiste que no querías irte lejos de casa y que estarías estudiando en Seigaku.

Chasqueó la lengua. Odiaba cuando alguien ponía en su boca más palabras de las que había dicho. Pero encogiéndose de hombros, afirmó.

—He cambiado de idea— Espetó— Iré.

Nanjiro se mostró sorprendido y feliz a la vez. Seguramente, su padre creería que su hija estaría más segura si él estaba lejos y tenía muy buenos amigos. La universidad era una de las mejores escuelas de tenis existentes tras Seigaku. ¿Por qué no aprovechar la necesidad de estar lejos de Sakuno?

Maldición, tenía que irse. No podría soportar esa angustia que lo ataba y la necesidad de tomarla entre sus brazos y no como una hermana. Era adictivo e indecoroso saber qué podría hacer con esos dos pequeños redondeles de sus senos y entre sus piernas.

¿Desde cuándo se había vuelto pensativamente tan pervertido? ¿Desde cuándo el sexo se había vuelto importante para él?

—Bueno, pues pediré una plaza. El año que viene irás. No creo que me des una explicación, ¿verdad?

Se levanto en completo silencio, subiendo las escaleras hasta los dormitorios. La puerta del dormitorio de Sakuno continuaba encajada, tal y como la habían dejado al salir. Ni siquiera se escuchaba su respiración. Al menos, el sonido de las mantas y sábanas al moverse indico que se encontraba bien y continuaba durmiendo.

Tuvo que golpearse la cabeza cuando su mente estuvo a punto de divagar. ¿Cuántas personas con raciocinio querían meterse bajo las sábanas de su hermana no para dormir?

Caminó a grandes pasos hasta su dormitorio, cerrando la puerta y usándola como punto de apoyo. Se apretó las sienes con los dedos e intentó poner su vida en claro.

A él le apasionaba el tenis. Le gustaba desde que era niño. Había terminado por tener amigos que ni pensó. Tenía una novia menor que él, pero la tenía. Iba a ir a una de las universidades más excelentes de tenis. Y después, procuraría convertirse en profesional.

Sí, así era como debería de ser.

Sin embargo, algo dentro de él, su alter ego masculino y humano le recordó que existía algo más. Algo anhelante y poderoso. La visión de una mujer que no era su novia y a la vez estaba vedada para él.

Su hermana.

La pequeña y adorable niña que había adorado desde la primera vez que tocó el vientre de su madre. La niña que había crecido ante sus ojos y que se había convertido en una mujer repentinamente, sin que nadie se lo esperara. Había sido tan sorprendido ver cómo comenzaban a verse tres diferentes clases de sujetadores en la cuerda.

—Kuso…

Se estaba convirtiendo en un pervertido. En un maldito pervertido. Pero tenía excusa, ¿no? Era un adolescente de diecisiete años con las hormonas levantadas. Era normal tener ganas de… esas cosas. Pero, ¿por qué con ella? Ese era el problema.

Era su hermana sanguínea, nada de hermanos por padres recién casados que siempre salía en la televisión. No. Él había estado cuando ella nació. Había crecido antes que ella en el mismo lugar. Sus padres eran los mismos. Y… Vivian bajo la misma casa. Eso era horrible. Si todo iba a pasar tan duramente, se negaba totalmente a vivir con ella.

Tenía que quitársela de la cabeza porque no era sano sentir esas cosas por su hermana y no pensaba involucrarla en ese mundo tan pervertido que él, el frio Echizen, estaba conduciendo peligrosamente su visión de la moralidad y la seguridad de su hermana.

—Ryoma-kun…

Se tensó, arqueando la espalda y tensando sus músculos hasta que su cuerpo se separó por completo de la puerta. El picaporte había girado ligeramente.

—Ryoma-kun…

Sí, no había sido una ilusión. Ella estaba tras la puerta. Seguramente querría una respuesta a lo sucedido. Lo que pasaba por su mente y por sus vidas en esos momentos. En… el beso.

Pero no contestó. Sus labios estaban tan sellados que probablemente ella lo tomó como una negativa o que estuviera durmiendo- ni se había dado cuenta que no había encendido las luces- y por si acaso, se metió dentro de la cama de golpeó, ropa y zapatillas incluidas por si abría la puerta.

Sakuno nunca había sido demasiado persistente cuando se peleaban, así que cedió y se marchó. La escuchó arrastrar los pies por el pasillo y suspirando aliviado, miró el reloj. Las tres de la madrugada.

Diablos, ¿Cuánto tiempo había pasado pensado en todo eso? Se frotó el rostro y apartó algunos cabellos, volviendo a levantarse para ponerse el pijama chino que su madre le trajo como regalo de su último viaje. Le había gustado, todo tenía que decirlo. Aquel dragón cruzando sus ropas daba cierta sensación de protección.

Después, se acostó. No consiguió conciliar el sueño. En su mente se repetían una y otra vez las palabras de Shirota, tan serio y tan decidido. Quizás, fuera buena idea que Sakuno terminara con él. Era rico y no parecía haberse portado mal con ella. Aunque a saber lo que hubiera pasado si no la hubiera encontrado a tiempo.

Saltó sobre sus pies y en silencio, caminó hasta el pasillo. El dormitorio de Sakuno volvía a tener la puerta entre abierta. Incitado por la curiosidad, caminó hasta el lugar. Sakuno volvía a estar dormida, sobre la cama, abrazando un cojín entre sus brazos, parte del pijama levantado hasta la cintura y las piernas cruzadas entre sí, tobillo sobre tobillo.

Chasqueó la lengua, acercándose. La visión de la cintura simplemente le hizo tragar. Sujetó la cintura del pijama y la descendió, deseando no despertarla. Después, tuvo que volver a levantarla levemente para cubrirla. Las mantas siempre eran gordas y la cama daba una sensación de tranquilidad y calor que atraiga severamente al gusto de adentrarse.

Y antes de que se diera cuenta, estaba dentro, acostado con ella, con su pecho pegado a la delgada espalda y las manos sobre su cintura.

— ¿Por qué… has aceptado la universidad…? Dijiste… que te quedarías aquí…

Sintió deseos de salir de la cama al descubrir que estaba despierta, o que en algún momento mientras la metía dentro de ella se había despertado. Pero sus manos continuaron en su cintura, acariciándole la piel en círculos. Mierda, ella no se movió, provocándolo.

—Tiene buenas canchas— Respondió— jugadores fuertes.

Sakuno se removió, girándose hasta que su frente quedó a la altura de su barbilla. En la oscuridad, seguramente lo estaría mirando atentamente. Pero malditamente estúpido que él estaba pensando en otra cosa. En los pequeños senos que se movían contra su pecho en cada respiración.

—Eso está lejos. Lejos de casa.

—Lo sé— respondió ásperamente. Ella tembló y subió el cobertor por miedo a que tuviera frio.

—Ryoma-kun… eso… hará que deje de saber quién eres. No… creo que ya pasa. Yo… no esperaba que estuvieras con Tomoka… Yo… en algún momento, perdí el hilo que nos unía. Te perdí. Y… de golpe… hiciste algo que… que no sé si está bien.

Gruñó, alejando las manos de sus caderas con la poca conciencia que le quedaba antes de que la sangre terminara por agolparse en su zona más sensible.

—No— gruñó, negando lo que sucedió— ¿qué hice?

Sakuno se removió más hacia él, queriendo que no huyera.

—Me… besaste.

Fingió un gruñido de risa, negando nuevamente y golpeándole suavemente la frente.

—Alucinas. Duérmete.

—No, tengo miedo. Miedo de despertarme y saber que no estás… que no volveré a verte… yo… ah, dios… quisiera que… eso hubiera sido verdad…

Lo susurró tan bajito que pensó que no la había escuchado bien. ¿Acaso había dicho que deseaba que el beso fuera real? ¡Demonios si lo era! Pero… eso solo tenía que saber él. Algo que solo él tendría que cargar.

Y el peso de todo comenzó a acumularse más en él. Porque el miedo que sentía Sakuno realmente iba a hacerse realidad. Un día, tras cumplir los dieciocho, tras su graduación, cogería la maleta que su madre le había preparado, empaquetaría todas las cosas para que después se las enviaran y se marcharía.

No le diría nada. Es más, pediría a su madre que le consiguiera un billete por la mañana y que solo su padre lo llevara. Así, no tendría que verla para despedirse. Rinko había sonreído y aceptado la idea, temiendo que sus dos hijos se separaran, porque se quedaban con una adolescente que siempre había sido mimada por su hermano.

Y ahora, peor… porque la deseaba.

Y no con amor: Sino carnalmente.

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Cuando Sakuno despertó, se estiró. Pero desgraciadamente, su hermano tenía razón, por más que se estirara y por mucho que hubiera cumplido quince años, continuaba siendo una chica bajita de pechos pequeños y cuerpo adolescente.

Era sábado por la mañana y había quedado con su madre para limpiar el ático. Quería bajar algunas cosas nuevas que necesitarían para cambiar una de las habitaciones. Rinko siempre que cogía vacaciones era una máquina de la limpieza. Y no la culpaba. Ella ya sentía ganas de arreglar los poster y quitarlos para colocar las últimas fotografías de la última excursión.

Se colocó las zapatillas y se incorporó, abriendo las persianas y encaminándose hasta el pasillo. Miró de reojo la puerta de Ryoma y entristeció las cejas.

Desde aquella noche en su dormitorio se convirtió en alguien todavía más diferente. En alguien… que no conocía. Áspero, frio e indudablemente arisco. Ya no iban juntos al instituto. No comían juntos y cenaban en completo silencio. Los día de lluvia Ryoma solía quedarse con Tomoka en el gimnasio y ambos la dejaban sola.

Y, repentinamente, dejó a Tomoka. La chica de coletas lloró durante tres largos días y ella los pasó a su lado, sintiéndose entre la espalda y la pared. Su hermano y su mejor amiga. Ryoma no parecía mucho más destrozado, pero al menos se comportó y no la insultó por detrás ni la catalogo como un simple polvo.

Sus pies se movieron lentamente hasta la habitación. Un acto que ahora solía hacer. Mirarle de lejos. Espero verlo durmiendo o jugando a la consola e incluso ojeando alguna revista de tenis. Pero sus piernas casi se doblaron cuando encontró la habitación.

Medio vacía. Con la cama hecha y algunos trofeos sobre la estantería. ¿Qué demonios había pasado?

Un grito se ahogó en su garganta cuando corrió por el pasillo para descender por las escaleras y llegar a la cocina. Su madre asustada, dejó caer en el suelo el plato con las tostadas. La mesa, maldita delatadora, solo contenía tres tazas de té: la de su padre, madre y ella.

Giró hasta la entrada y revolvió los zapatos. Los de Ryoma habían desaparecido. No. Ryoma había desaparecido. Su miedo se había convertido realidad. Ryoma se había ido de casa.

—Sakuno… escucha. Ya sabes cómo es tu hermano… no le gusta ser sentimental… y…

—Mamá— interrumpió, mirando el suelo donde las deportivas siempre estaban— yo… hice que Ryoma-kun se fuera.

Rinko se acercó a ella, tomándola de las manos para estirar de ella y abrazarla.

—No digas tonterías, niña. Ryoma tiene 18 años ya. Es más que suficientemente adulto para marcharse y seguir sus estudios. ¿Qué tienes que ver tú en esto? Solo ha ido a la universidad. Mírate. Estás haciendo la misma escena que cuando eras pequeña. Él crece más rápido que tú, cariño, por eso es el mayor. Deberías de aceptar tu lugar entre hermanos.

Se sintió mareada. No podía decirle la verdad a su madre.

"Oh, mamá, Ryoma se ha ido de casa porque creo que he abusado de su comportamiento masculino y creo que… ah, creo que lo he excitado, convirtiéndolo en un hombre. Y, ¿sabes qué mamá? Puede que sienta algo por mi hermano."

¿Cómo demonios podía hacer explicarle eso? Su madre tendría un ataque de nervios y la llevarían a spicologos además de al ginecólogo para ver si conservaba su virtud. Y a su hermano… eran capaces de desheredarlo o algo peor.

Pero, ¿cómo demonios habían llegado esos sentimientos que se enlazaban con la tristeza y el dolor de la soledad? ¿Por qué sucedían ahora que la separación era obvia?

No lo comprendía.

Su padre entró por la puerta, parpadeando sorprendido al verlas. Su madre sonrió y saludó cariñosamente, mientras que ella sintió la seria mirada sobre ella. Desde hacía tiempo se había dado cuenta como eso sucedía cada vez más. Nanjiro se quedaba mirándolos seriamente mientras jugaban incluso al monopolio.

Y ahora, comprendía exactamente qué estaba mirando. Sin embargo, en silencio, la abrazó, besándole después la cabeza y alejándose para irse a la campana. Sintiendo una terrible vergüenza, se encerró en su dormitorio.

Tenía que poner en situación sus sentimientos, porque era de verdad un tema bastante difícil de comprender y aceptar. Al fin y al cabo, era su hermano mayor. Un hermano que había comenzado a convertirse en hombre ante sus ojos y que la había impresionado. Porque tenía que reconocer que desde que Ryoma había ensanchado su cuerpo a más masculino, los veranos ya no eran lo mismo.

Verlo únicamente en pantalones cortos por la casa o en la piscina, no era lo mismo. Tampoco los momentos en que cambiaban de turno en la ducha. Verlo salir… mojado y… ah, diablos, sensual. Todo tenía que decirlo. No había sido en vano. Siempre se había sentido nerviosa y avergonzada con él y se sentía realmente feliz el poder estar a su lado.

Entonces, ahora, que no lo tenía, sabía que el vacio continuaba pero más poderoso. Un vacio que siempre estuvo presente.

Un día, tras tener una clase de sexualidad, se quedó mirando seriamente las manos de su hermano, preguntándose cómo le haría el amor con ellas a una mujer. Y en un lapsus imaginativo pensó en estas sobre unos senos llenos, moviéndose hábilmente y la zona sensible entre sus piernas palpitando.

El dolor creció. Incluso en ese momento.

Las lágrimas no cesaban. El deseo de gritar estaba latiente en su garganta.

Un beso. Una petición y el cariño. ¿Es que solo esas tres cosas bastaban para que dejaran de verse como hermanos?

Pero es que eran hermanos. De sangre. Algo demasiado fuerte y un puro tabú. Y la última noche que Ryoma había estado dentro de su cama comprendió que realmente existía y empezó a darle más vueltas, llegando a este punto tan cerca del límite familiar.

Había sentido las manos de Ryoma en su cintura, masculinas y táctiles en busca de su piel. Sus pulgares girando sobre su piel, calentándola. Contra sus nalgas había presentido una ondulación tangiblemente explicable y por ese mismo motivo se había dado la vuelta. La respiración se le había cortado cuando se rozó contra él, pegando sin querer sus senos contra su cuerpo. Se había quedado tan estática que no pudo hacer que su cuerpo reaccionara y olvidara que era un hombre.

Sí, en definitiva, sentía algo. Había algo. Existía alguna clase de sentimiento que había sobrepasado ese momento lógico de cordura de amor.

Se frotó el rostro, limpiándose las lágrimas.

Ryoma se había marchado simplemente para alejarse de ella, porque seguramente era tan noble que no quería meterla dentro del saco. Era demasiado tarde y eso, creía, tenía una solución.

Descendió hasta la cocina. Sus padres habían comenzado a desayunar.

—Mamá, papá, ¿puedo ir a verle? Quiero… hablar con él.

Rinko parpadeó, sorprendida.

—Sakuno, llamará cuando llegue.

—Mamá, sabes que Ryoma-kun no habla por teléfono… solo escucha y deja que pagues una factura que no será fructífera.

Rinko asintió, sonriendo.

—Tienes razón en eso… ¿Tan importante es lo que tienes que…?

—No.

Ambas dieron un brinco, sorprendiéndose. Nanjiro se había negado rápidamente, interrumpiendo a su madre. Frotándose las sienes ladeaba la cabeza. Una extraña forma de enfado se posicionó a su alrededor.

—Ryoma se ha marchado. Tiene que vivir su vida y tú la tuya. Haz el favor de olvidarlo. Ahora está en la universidad y necesita concentrarse, hija. Ya le dirás lo que tengas que decirle cuando regrese.

Probablemente, nadie esperaría que Nanjiro se comportara como un padre. Serio y consejero de sus hijos. Ni que tampoco fuera capaz de darse cuenta de lo que realmente estaba sucediendo hasta el punto de querer evitarlo y negar el deseo de ambos hijos.

Sakuno lo comprendió. Sabía que su padre estaba al tanto y por eso tenía que comportarse así. En pocas palabras: ser el capullo del pueblo.

—Darling…— intervino Rinko. Nanjiro negó con la cabeza, dejando la taza de café sobre la mesa.

—Hasta que no cumpla los dieciocho y continúe en esta casa, Sakuno jamás volverá a acercarse a su hermano… He dicho.

La miró en advertencia y gruñó.

—Hasta los veintidós años no sois mayores de edad. Si te atreves a desobedecerme… te meteré en un internado.

La misma voz lo delató. Le dolía. Le dolía profundamente tener que amenazarla así, de obligarla a comportarse como debería de ser. De ponerla en el camino adecuado. De desearle una mejor vida.

Si bien pensaba, solo tenía quince años y bien podía estar confusa, desde luego que sí. El dolor podía ser por la falta de él, por su ausencia porque habían vivido demasiadas cosas. Sí.

Seguramente sería eso.

Tal y como su padre había insinuado debía de concentrarse en lo que sucedería en su vida. Ryoma tenía muchas cosas importantes por delante que hacer. Esperanzas que seguir y sueños que cumplir.

No podía ir y decirle: "Hermano, soy una pecadora. Te amo como a un hombre y quiero que me correspondas como creíste hacer" ó "Ryoma-kun, no debiste de irte porque siento lo mismo por ti".

Si Ryoma se enteraba de eso podían suceder diferentes cosas.

La primera, si es que le correspondía: cambiaría por completo la vida del chico. De un hermano responsable y bueno se podía convertir en un hermano que le hiciera sentirse como una mujer. Y si no terminaba de ser más que una engañifa, no podría decirle después que no había sentido nada.

Y lo segundo: Si no la correspondía era capaz de mirarla como si fuera la cosa más rara del mundo y acusarla de asquerosa.

Se llevó las manos a la cabeza y negó, regresando a su dormitorio. Sabía que sus padres tendrían una gran charla por su culpa, pero esperaba que no fuera a más. Aceptaba el consejo de su padre.

Solo tenía que esperar tres años como había dicho. Si al cumplir los dieciocho ese sentimiento continuaba, es que realmente no podía ser un simple juego.

Existían muchos chicos en el mundo y si lo miraba bien, Shirota continuaba necesitando su ayuda. El chico se había apartado repentinamente, enviándole simplemente mensajes de necesidad. Ahora que Ryoma se había marchado y debía de controlar su vida, extender las alas y pensar en otros chicos sería un gran resultado.

Solo tenía quince años y muchas cosas que experimentar inclusive su timidez. Tenía que descubrir cómo se curaba. También el despiste que había hecho que se diera cuenta de las cosas demasiado tarde. Y por supuesto, un cuerpo que fuera capaz de agradar a su hermano. Un cuerpo que lograra despertar los instintos de cualquier hombre.

Aunque iba a ser difícil, la tarea era un comienzo puro de distracción para su tristeza. No tendría que esperar más, desear querer ir.

Obedecer a su padre y esperar.