Capítulo cuatro

Primer pecado

Es un buen tipo y es mi amigo. Lo siento, Sakuno.

Nah, respeto demasiado a tu hermano como para llegar tan lejos. Te cuidaré.

Deberías de entender que no te tocaré por tu hermano, Echizen, así que dime tus medidas y listo.

Lástima que seas la hermana pequeña de Echizen, sino, sí te llevaría al baile conmigo.

Paso de que tu hermano me cosa a pelotazos.

Lo siento, ¿Eres la hermana de Echizen? No, paso.

Has cambiado un montón y te has convertido en toda una mujer. Sinceramente, yo no te tocaría por respeto a Ryoma.

Quizás otro día, Echizen.

Mierda, no. Paso de meterme en líos de faldas contigo. Tu hermano podría partirme la cara a base de pelotazos y paso.

Si saliera contigo sería meterme de cabeza en una guerra.

No quiero salir con una persona que intenta llenar conmigo el vacio de su hermano.

Tienes complejo de hermano, así que ningún hombre rellenara ese lugar.

No, lo siento. Deberías de empezar a pensar que no todos los hombres somos como esa persona que amas realmente.

¿Te crees que perdería el culo metiéndome con la hermana de Echizen? Ni de broma. Búscate a otro, preciosa.

Tu hermano se enteraría de que estamos saliendo. Se armaría una buena y no quiero estar en medio.

Ah, no, no, paso. Eres demasiado… ¿pequeña? Nah, es broma. Es solo que tienes un guardaespaldas detrás que da miedo.

Ahora que tu hermano se ha marchado, ¿quieres meterte a prostituta y empezar conmigo? No, gracias. Que cuando venga serán mis dientes los primeros que se caigan y no tengo dinero para ortodoncia.

Mira, eres totalmente deseable pero no puedo arriesgarme. Si no es tu hermano, puede ser otro de sus amigos y paso…

—Esto… ¡Esto es imposible!

Lanzó la maleta contra la cama, dando vueltas alrededor de su dormitorio. En su mente no cesaban de revolotear todas y cada una de las negativas que había recibido sin cesar por parte de todo varón andante. Y en todas siempre aparecía la presencia de su hermano. ¿Cómo quería su padre que olvidara a su hermano con otro hombre cuando nadie quería dar la otra parte de su mejilla? Era ridículo. Ni siquiera los amigos de su hermano- compañeros del club de tenis- aceptaban ese hecho.

Y lo peor de todo es que se había ido quedando atrás. Tomoka había olvidado a su hermano fácilmente para engatusarse con Kaidoh Kaoru. De alguna manera había conseguido borrarse el recuerdo de Ryoma e ir a por el tenista sin dudar.

Por su parte, Ann Tachibana parecía que finalmente había aceptado las condiciones de Momoshiro cuando lo vio esperando dos años atrás en la entrada del colegio con la que estaba cayendo únicamente para verla a ella. Eso hablando el corazón de Tachibana y ahora ya llevaban dos años de noviazgo. Por cierto, bastante adulto a su parecer y no sexualidad.

Sin embargo, ella había recibido un rechazo tras otro sin cesar. Para el baile de final de curso había tenido que quedarse cómodamente sentada en el cojín de su dormitorio mientras veía Dirty Dancing en la televisión –cosa que lo hacía más deprimente- porque ningún chico se había atrevido a acercarse a ella y cuando tomó la iniciativa- costándole sangre y sudor- la rechazaban con cajas destempladas.

Ahora que finalmente iba a la universidad de Seigaku, su mala racha continuaba. Para más irritación, su intento de tener una navidad de cuento se estaba quedando en la basura por culpa del recuerdo de su hermano. Y justamente, en la misma navidad que él regresaba a casa únicamente porque su madre se había impuesto a su padre y había exigido ver a su hijo.

Ella quería desaparecer de esa casa durante navidades y su padre casi le había rogado que buscara un buen hombre y se marchara de casa esos días. Pero había sido nulo. Ni siquiera su padre consiguió encontrarle un varón para esos días y eso era verdaderamente frustrante por dos pasos: El primero por ser rechazada y el segundo; porque su padre le buscara una cita.

La crisis era demasiado palpable.

Su padre se había puesto de mal humor al saber que ambos hijos iban a estar bajo el mismo techo las fiestas de navidad. Su madre estaba ansiosa esperando que la ayudara a preparar un buen banquete para ellos y su prima Nanako. Y ella… ella estaba destrozada. Porque sus sentimientos continuaban existiendo y se estaba volviendo loca de contar las horas que quedaban para que Ryoma pusiera un pie en esa casa.

Ansiaba verle, tocarle y poder besarle las mejillas. Intentar convencerle para que se acurrucaran como antes en una manta y ver juntos hasta las tantas los programas absurdos de navidad mientras los criticaban.

Pero también, ansiaba poder decirle todo. Explicarle que por culpa de su nombre no había podido tener una sola cita. Que por más que había intentado olvidarle no lo había logrado. Que insistía e insistía en recordarse que eran hermanos de sangre y no podían hacer nada.

Estúpidamente, recordó cuando fue a hacerse un análisis de sangre, esperando que fueran totalmente hijos de otro hombre. Pero no. La sangre estaba ahí y ella era hija de quien era, así que su hermandad estaba bien clasificada por la sangre.

Y todo continuaba como antes: le amaba.

O eso creía. Quizás su padre tuviera razón y fuera solo cosa del cariño entre hermanos. Pero si fuera así, ¿sería tan fuerte? ¿Tendría complejo de hermano como muchos decían?

—Sakuno, he estado pensando seriamente en qué poner esta noche como cubertería y creo que será mejor… ¿qué te pasa?

Su madre la miró desde la puerta de su habitación, parpadeando mientras sostenía un juego nuevo de palillos, tenedor y demás utensilios de mesa. Sonrió agotada.

—Nada. Solo que no podré cumplir con las expectativas de papá.

Rinko ahogó un gemido en su boca, entrando y cerrando la puerta para acercarse a ella.

—Mira, todo esto me está poniendo los pelos de punta. No comprendo por qué tienes que tener una cita precisamente estos días de navidad. Hace frio fuera y son días de estar en familia. Aquí en casa. Desde que se fue tu hermano es imposible estar en la misma habitación que tu padre y tú.

Cuando la culpa la señalaba con el dedo, se sentó sobre la cama, hundiendo sus manos entre sus muslos. Por supuesto. Su padre no le habría dicho nada a su madre para no afligirla. Pero meramente, ella culpaba a Rinko de no haberle puesto los cuernos a Nanjiro. Pero era su madre y la adoraba. Tanto como para haberle dado vida a Ryoma como por ser quien era para ella. Madre, solo había una por mucho que tuviera en contra millones de cosas.

—No es nada, mamá. En serio. Solo que… tengo ya una edad en la que me gustaría experimentar eso de estar fuera el día de navidad. Papá y yo discutimos por eso— se atrevió a mentir.

Rinko no quedó demasiado convencida, desde luego. Como buena abogada sabía presentir perfectamente una mentira, pero esperaba que no usara con ella su dedo en presión y aceptara que estaba todo terminado.

--

Ryoma había cursado dos años en aquella maldita universidad. El nivel de tenis era bueno, gracias a Dios, pero la asfixia que sentía era terrible. No solo porque odiaba profundamente la comida americana y se moría de ganas por probar un típico plato japonés, sino porque eran más extraños cocinando que un perro cagando, sinceramente. No comprendía porque hacían las cosas tan simples y faltas de sustentos. Sosas o saladas.

O quizás es que él realmente estaba más cascarrabias con la comida.

Las clases eran fáciles, dado que su inglés era bastante impecable, aunque tenía que confesar que no era lo mismo dar inglés en América que en Japón, donde iban más atrasados, como era normal. Solo en la tierra original notas el peso de lo que estudias.

Aquellos dos malditos años eran pesados. Muy pesados. Lo único que realmente le había aliviado era el tenis. Ese maravilloso deporte lo había atado bien y con gusto. Era una mera manera de desfogarse y olvidar lo que todas las noches sucedía en su dormitorio. Porque, vale, era un hombre y tenía que suceder.

Pero las imágenes en su mente no eran la misma.

Su madre enviaba fotografías cada dos por tres y él las remiraba una y otra vez. Especialmente, las que su talón de Aquiles aparecía.

Su hermana pequeña había crecido. Y considerablemente. No cesaba de preguntarse cuantos estúpidos rondaban a su alrededor o cuántos de ellos se habrían sobrepasado. Si hubiera tenido una escopeta, seguramente estaría sacándole brillo.

Pero maldita sea. Era su hermana. Pequeña además. Sangre de su sangre.

Y sin embargo, la cosa que colgaba entre sus piernas se levantaba cada vez que se la imaginaba mientras salía de la ducha o cuando se iba a dormir con un simple camisón. La veía con alguna de las prendas de las fotografías desnudarse poco a poco y revelando curvas que antes no estaban. O simplemente inclinándose en el baño mientras se arreglaba las piernas.

Ah, demonios. Era terrible. Tan terrible como cuando recibió la maldita invitación de su madre de regresar y escuchó el "! ¿Qué?!" enorme que escapó de la boca de su padre. Su madre lo mandó a callar y después le rogó que fuera a pasar las vacaciones de navidad con ellos. Solo siete días. Unos malditos siete días que estaban comenzando.

Y lo sabía porque se encontraba apareciendo por las puertas de llegada del aeropuerto. Hablando en plata, con los cojones en la garganta. Odiaba sentirse así. Especialmente por su madre le había advertido de que las cosas no estaban precisamente perfectamente en casa.

—Tu padre y tu hermana parecen haber llegado al mutuo acuerdo de estar enfadados y no hablarse. Es raro que tu padre- quien adora a Sakuno- se comporte así. Creo que algo pasa entre ellos y no sé exactamente que es. Te lo suplico, Ryoma. Regresa a casa, porque esto sucede desde que te marchaste— le había dicho.

Eso significaba solo dos cosas: Su padre se había dado cuenta de la realidad todavía más. Y que su hermana… Oh, dios. No. No y no. Esa era la palabra que tenía que recordarse una y otra vez. Presionarse para olvidar que Sakuno hubiera deseado más besos porque era adolescente perdida y él tenía las hormonas revolucionadas.

Esperaba que ahora al tener diecisiete años hubiera comprendido las cosas y decidiera alejarse de él. Porque era peligroso y estaba prohibido.

Su padre lo esperaba en la salida, recibiéndolo con un movimiento de cabeza y totalmente serio. Metió las manos dentro de las mangas del kimono, caminando serio hasta el cuatro por cuatro y subiendo antes de hablar finalmente.

—No estoy de acuerdo con que regresaras. Porque se te nota en la cara que no has aclarado tus sentimientos en estos dos años.

Por supuesto que no: Había empeorado. Él tampoco estaba orgulloso de tener este problema encima. Porque problema, lo era. Y de los gordos. Esos que no puedes sacarte de encima por mucho que quieras.

—Sigo sin comprender por qué con tantas mujeres que hay has tenido que fijarte siempre, siempre, siempre, siempre en Sakuno. ¡Joder! — Maldijo— es tu hermana. Salió del mismo vientre que tú y yo la engendré. Era mi puto espermatozoide.

Y continuó relatando palabrotas entre frases idóneas para señalarle con el dedo y hacerle comer lo que le colgaba tras cortárselo. Probablemente, si fuera un chico de fuera estuviera perfectamente que dejara preñada a su niña, se la llevara a su casa y se encargara de complacerla todas las noches con una buena sesión de sexo.

Pero no pensaba pedir perdón por lo que sentía. Jamás. Porque no era tan al límite donde estaba, ¿Verdad? No había hecho nada. Por tal de no hacerlo se había marchado.

Cuando la casa se encontraba frente a ellos, Nanjiro continuaba con su repertorio de blasfemias y de la típica charla que un padre frustrado por descubrir que su hijo estaba enamorado de su propia hermana, daría. En fin, no podía culparlo.

—Tu madre no sabe nada. Le he mantenido esto en secreto durante todo este tiempo. Así que no vayas a delatarte a la primera de cambio y mantente lejos de tu hermana.

—Si lo hago, sospechara— se escuchó decir, sorprendiéndose hasta él mismo. Empujó la puerta para descender.

—Tú sabes perfectamente a qué me refiero, Ryoma.

La puerta de la casa se abrió antes de que pudiera contestarle. Su madre apareció tras esta, frotándose las manos en un delantal antes de agitar una como saludo, esperando que llegaran a su altura.

Casi sonrió al percibir el aroma de su comida favorita y los indicadores de navidad. Porque el aire olía distinto en navidad. No es que le hiciera demasiada gracia la navidad ni porque estuviera su cumpleaños entre medias. Es que simplemente le gustaba haber vuelto, porque como en casa, no se estaba en ningún otro lugar.

—Ven aquí y entra— invitó su madre tirando de él— y ya veremos si dejo que te vuelvas a marchar.

Se encogió de hombros dejándose hacer. Era imposible negarse a su madre. En la cocina, escuchó el replicar de los platos al rozar contra el agua y el fregadero o unos contra otros. Lo cual indicaba dónde estaba ella. Estaba a punto de encaminarse hasta el lugar, cuando su padre carraspeó tras él, ofreciéndole la maleta.

—Creo que tienes que llevar esto a tu dormitorio— recalcó, alargando la palabra "tienes" con gran fundamento de orden.

Rinko protestó, pero él obedeció. Subió las escaleras de tres en tres y se plantó ante la puerta de aquel dormitorio femenino. El agradable aroma de las velas de navidad que Sakuno solía colocar desde que su madre le dio permiso para encender fuego en la casa sin quemarla. La colcha de tela blanca que cubría la cama. EL pequeño diario rojo sobre la misma repisa en un intento de que pasara por desapercibido. El armario de madera de puertas cerradas. El mural de fotografías repletas de fotos de ellos dos y alguna que otra de un grupo de chicos y chicas peleándose por aparecer en la fotografía. La alfombra blanca bajo la mesita y el pulcro escritorio.

—Sakuno, te he dicho que no. ¡Escúchame cuando te hablo! ¡Obedece!

La voz de su padre llegó ofuscada por unos pasos que saltaban los escalones. Dejó caer la maleta a un lado y se giró, extendiendo los brazos para sujetarla cuando se estrelló contra él. Su cuerpo convulsionándose por las lágrimas, los brazos rodeándole el cuello y las piernas rozándose contra las suyas. El estilizado cuerpo de una chica de diecisiete años.

No pudo apartarla y ser obediente. Lo ´`único que logró fue claramente apretarla contra sí mismo.

—No te lo perdono— susurró roncamente— te marchaste sin despedirte de mí. Fuiste cruel.

Chasqueó la lengua y se encogió de hombros, no queriendo darle importancia a eso. Hacía demasiado tiempo que no olía a ese dulce perfume. Alzó los ojos al sentir una sobra ante su rostro. Su padre, con el rostro turbado y enfado.

—Separaos— ordenó severamente— Sakuno, tu madre te necesita en la cocina. ¿Acaso quieres que lo haga todo ella sola?

Sakuno no contestó, descendió de sus brazos y giró en redondo para salir corriendo escaleras abajo. Nanjiro apretó los dientes mientras pasaba y se revolvió contra él.

—Coge tu maleta y vete a tu dormitorio. Solo tiene diecisiete años. No te la daré. Es tu hermana, joder.

Recogió la maleta y suspiró, caminando hasta su dormitorio. Su padre era un amasijo de nervios. Sakuno no le hablaba y las cosas estaban que ardían. Si. Esta iba a ser una navidad inolvidable.

Seguro.

--

Jamás se había sentido tan humillada y furiosa con su progenitor. Había intentado esquivar los deseos de verle pero había sido en vano y él quería retenerla. ¡Era su hermano! ¡Tenía derecho a verle cuando recién llegaba de América!

No había logrado evitar echarse a sus brazos y demonios, se había sentido tan protegida… estaba segura de que verdaderamente, Ryoma no dejaría que nadie le hiciera nada.

Pero su padre parecía su perro guardián. No únicamente no la hablaba durante el resto del tiempo, sino que ahora la hacía verse como la mala delante de Ryoma. Y realmente tenía miedo de que Ryoma la despreciara por eso. Aunque le había parecido que las cosas no iban tampoco muy bien entre ellos.

—Es como un perro de presa— se dijo a sí misma. Su madre arqueó una ceja, ayudándola a hacer el pastel de navidad.

— ¿Quién es un perro de presa?

—Papá— respondió aturdida— un poco más y nos muerde a mi hermano y a mí cuando nos ha visto abrazarnos.

—Sí. Últimamente está muy raro. Se comporta realmente de forma incontrolable. Cuando le pedí a tu hermano que viniera por navidad estuvo todo el santo día intentando que convenciera a Ryoma para que no regresara a casa. Hasta compró billetes para nosotros tres para que no fuéramos a cualquier otro sitio. Pero esto sucede desde que os enfadasteis.

—Él dejó de hablarme repentinamente, mamá— suspiró, dolida— siempre me mira como si fuera a hacer algo malo. Es… es normal que yo quiera ver a mi hermano.

—Por supuesto que es normal— corroboró su madre con el ceño fruncido— pero bien parece que tu padre nos la va a dar estas navidades. No sé qué le ha entrado.

Ella sí lo sabía. Desde luego que sí. Pero tener a su madre de su lado la reconfortaba de cierta manera. Sospechaba que Rinko no sabía nada acerca de por qué su padre había manejado los hilos para que ella y Ryoma estuvieran separados. Pero ella no era tonta y como abogada, sabría ver las cosas donde no las hay y Nanjiro iba a terminar confesando o la antigua Takeuchi iba a hacer algo malo con su tesoros privados.

Esperaba que entonces, Rinko no la odiara, porque en ese momento, realmente todo podía irse al garete que ella no defraudaría a su madre y sus sentimientos por Ryoma, serían parte de la basura que desechar.

Porque amaba a su madre.

—Bueno, ahora, cenamos una sopa calentita que mañana es veinticuatro. Y es el cumpleaños de tu hermano y tenemos que celebrar la navidad y todo. Así que… dejaros de tonterías, por favor— rogó la mujer con un suspiro cansado— o vais a terminar con mis nervios. De verdad.

Sintiendo el peso de la culpabilidad nuevamente encima, recordó el pequeño bulto que ocupaba en el cajón izquierdo de su escritorio el regalo de Ryoma. Le había costado encontrarlo porque realmente era de gustos difíciles y bien lo sabía ella. Así que se había enamorado ella misma de un colgante en forma de pelota de tenis con la inicial de diferentes nombres. Cuando encontró la de Ryoma, casi tuvo que pelearse con otra chica para conseguirlo. Le había costado sus ahorros, pero había valido la pena por él.

Esperaba poder dárselo esta noche, a las doce. Pero creía que su padre iba a montar guardia regional frente a sus puertas. Ya lo había hecho una vez que los castigo a ambos en sus habitaciones sin salir. Colocó una silla en medio del pasillo y los custodió. Claro que entonces, se quedó dormido al instante.

Ayudando a su madre, terminaron de hacer la sopa y poner la mesa. Los cuatro ocuparon su lugar correspondiente en la mesa, en silencio y amortiguados por el sonido de los cubiertos y el fondo de la televisión que daba las noticias.

Nada de "y como te fue por América" "las clases don duras" "estas navidades hace un frio insoportable". Nada. Solo hasta que su padre decidió meter cizaña en el asunto.

—Y bien, ¿qué tal estamos de chicas? Porque en América las hay preciosas que yo recuerde.

Ryoma levantó la mirada del plato de sopa para posarla sobre su progenitor simplemente para encogerse de hombros. Rinko intervino.

—Nanjiro, las mujeres de ahora no son como las de antes.

—No hace falta que lo jures. Enseñan más y se dejan tocar más. Las mujeres de América están muy bien y ya que eres nacido allí, espero que decidas quedarte con una.

—Si a Ryoma le gustan las japonesas, no veo problema— continuó su madre, suspirando— además, ¿por qué estás buscándole pies de más al gato? Ryoma saldrá una chica cuando le de la gana o tenga necesidad. ¿Qué demonios te pasa con querer que tus hijos sean ya más adultos? Hace días estabas con que Sakuno tuviera citas durante tooodos estos días.

—Me pasa lo que me tiene que pasar— respondió Nanjiro mientras encendía un cigarro— que Sakuno pronto irá a la universidad. Este es su última curso y Ryoma está por terminar la universidad y no sé qué demonios voy a hacer con ellos…

Para que no terminen liados.

No era necesario que su padre terminara la frase para saber lo que pensaba. Y por el movimiento ligero de esquivar su mirada por parte de Ryoma, comprendió también que él estaba al tanto de todo. Que sabía perfectamente lo que ella sentía y… lo que él mismo sentía.

Enrojeció. Tanto, que su madre le puso la mano en la frente para ver si tenía fiebre mientras su padre maldecía por lo bajo y se centraba en encender el maldito nuevo cigarro, maldiciendo al mechero que parecía haber terminado con su piedra jubilada.

Cuando consiguió aclarar que estaba bien y se atrevió a levantar la mirada hacia su hermano, se encontró con que se estaba levantando y excusándose.

Oh, genial. Has metido la pata hasta el fondo, Sakuno, se dijo a sí misma.

Rinko movió ligeramente la cabeza para que se fuera y miró a su marido de reojo. La discusión marital comenzaba. Y ella subió las escaleras completamente encantada. No tenía ganas de ver cómo su padre le lanzaba miradas acusadoras como siempre ni tener que avergonzarse por algo que no había llegado a cometer.

Se detuvo justo ante la puerta del baño, encontrándose con Ryoma dentro de su habitación, curioseando las fotografías que tenía con tanto amor colgadas del corcho. Había fruncido el ceño ante una en grupo que se hizo el año pasado, cuando Tomoka y Horio se atrevieron a hacerle un sándwich en toda regla.

Horio había sido el único chico que se había mostrado lo suficientemente interesado en ella… aunque desgraciadamente, no al contrario.

—Horio repitió y tuvo que quedarse un año más. Justamente, los tres cursos hicimos una excursión. Se coló en la fotografía.

Pasó un dedo por encima de la fotografía. La cama crujió ligeramente cuando se subió de rodillas. Ryoma cabeceó a su lado, encogiéndose de hombros después y desviando la mirada hacia la mesita donde tantas veces le había dado clases de inglés. Ella sonrió, agradada porque estuviera recordando viejos tiempos.

—Mejoré el inglés únicamente para poder ir a verte tarde o temprano. Esperaba que mamá tuviera algún caso que hacer allí y me dejara ir con ella— dijo mientras jugaba con la cinta del pequeño peluche en forma de oso de color caramelo—. Pero papá jamás le dejó hacerlo. Así que empecé a ahorrar dinero para ir. Sin embargo, me he gastado la mitad… en tú regalo de cumpleaños.

Sabía perfectamente que al decirle eso, Ryoma se humedecería los labios y revisaría su dormitorio en busca del regalo. Cosa que siempre solía hacer. Y cuando lo hizo, estalló en carcajadas.

Las rápidas pisadas de su padre subiendo por la escalera llegaron como una fuente de agua fría.

—¡Ryoma! ¿Qué demonios haces en el dormitorio de tu hermana? ¡Fuera de aquí! — chilló rudamente.

Ryoma siseó ligeramente, guardándose las manos en los bolsillos y saliendo del dormitorio. Tras lanzarle una mirada de advertencia, la puerta se cerró de un portazo.

--

Caminó en silencio hasta su dormitorio, sintiendo los pasos de su padre tras él y cómo la puerta se cerraba tras su espalda. El aroma a tabaco indicaba que su padre no se había ido. Sacó una muda y un chándal viejo que utilizaba como pijama últimamente.

—A ver, ¿exactamente, qué parte de "es tu hermana" no comprendes?

Suspiró nuevamente. Estaba siendo regañado por algo que no había hecho y que su padre sospechaba que sí. Se encogió de hombros, comenzando a desnudarse para ponerse el pijama. Nanjiro continuó relatando.

—Acabo de contarle la verdad a tu madre. Mierda… se ha echado a llorar como una maldita magdalena. ¿Qué crees que tengo que hacer yo ahora? — escuchó el sonido del encendedor y luego, el remellón encenderse— Estoy arto de esto. Sakuno todavía es menor, no puedo echarla de casa. A ti te queda un año, pero eres mayor de edad fuera. Así que… ¿comprendes por donde voy?

Ni se lo pensó.

—Sí— respondió.

Su padre asintió.

—Cuando termine la navidad. Lárgate.

Y salió de la habitación tras cerrar la puerta con cuidado y dejando el aroma al tabaco mientras él se quedó como un pasmarote, mirando la puerta atentamente. Sabía de hijos que recibían la patada de sus padres para que se buscaran la vida cuanto antes. Sin embargo, tenían otra clase de razones menos delirantes. Porque su padre realmente estaba comenzando a imaginar cosas donde no las había. Claro que tampoco podía culparle. Él no tenía la culpa de que muchos de sus delirios fueran verdad.

Justo cuando terminaba de colocarse el pijama, los pasos de su madre retumbaron en el pasillo. Era tan sencillo reconocer los gestos de tu madre por la casa… cualquier hijo siempre relacionaba lo que su madre hacía porque la reconocía rápidamente. Él comprendió que Rinko quería hablar con él y cuando vio su rostro colorado, con los ojos rojos por las lágrimas y el labio enrojecido, comprendió que quería y necesitaba la verdad.

Se maldijo.

—Tenemos…— interrumpió la frase para hipar, controlándose— que hablar. Ryoma, esto es terriblemente serio… ¿lo que ha dicho tu padre… es verdad? Bueno… él dice que… que ustedes dos… vamos, tu hermana y tú…

Rinko tropezó al intentar sentarse en la silla de su escritorio, temblorosamente, llevó una mano hasta su rostro, cerrando con fuerza los ojos.

—Por Dios, dime que no es verdad.

Ah, ¿por Dios? Entonces es fácil jurar por ese tío.

—No— mintió en su juramente. Al fin y al cabo, ¿Quién demonios era Dios para él?

Rinko suspiró.

—Tu hermana acaba de decirme lo mismo— y esa frase le dolió más que si acabaran de meterle un puñetazo en la nariz—. Dice que tu padre se imagina demasiadas cosas solo porque os lleváis de maravilla. Realmente… realmente creo que voy a tener que llevarlo a un psicólogo.

En eso, desde luego, no le quitaba razón. Pero él iría detrás porque lo necesitaba. Necesitaba un buen psicólogo que aclarara qué demonios pasaba con él.

—Gracias a Dios— susurró en un suspiro su madre, levantándose— Siento haber creído estas cosas… Sois hermanos y como hermanos os atesoráis. Siempre has cuidado de Sakuno porque eres su hermano mayor y… ahora, hace tanto que no os veis que es normal que queráis estar juntos… Voy a hablar con tu padre…

Asintió, colocando los brazos en jarras y girándose hacia su cama. Nada más abrirla, se tiró sobre ella y cubrió su rostro con ambos brazos.

Todo esto era tan malditamente agotador…

El silencio se cernió sobre la casa, roto a lo lejos por los gritos de su madre al pelear con su padre. Después, un portazo y algunas palabras más y de nuevo, silencio. El reloj dando las doce de la noche y el picaporte de su puerta. No hizo falta ni moverse para saber quién era. Incluso cuando levantó las ropas y se metió dentro de su cama, convirtiéndose él en un muro puro de nervios. Recto como un maldito palo.

—Ryoma…— susurró, estremeciéndolo de los pies a la cabeza. Mierda…— te he traído tu regalo de cumpleaños. Omedetto.

Acercó el pequeño paquetito hasta sus manos y él tanteo sobre el papel para poder abrirlo. Cuando tocó el metal y vio a trasluz lo que era, gruñó como agradecimiento. Porque su cuerpo estaba tan tenso que temía no poder articular un simple sinónimo.

No era nada sencillo tenerla dentro de su cama. Sus hombros se rozaban. Sus caderas se aplastaban una a la otra en un gentil roce y su respiración… mierda. Eso iba de mal en peor.

Gruñó, estirándose para dejar el regalo sobre la cabecera y se colocó más cerca de la pared, dándose cuenta que estaba ya sobre ella, congelándose por el contacto frio del yeso y la pintura. Sakuno se removió más contra él.

—Tú… ¿Estás enfadado conmigo?

—No— negó rápidamente.

Ella rió por lo bajo. Se giró contra él y pasó una mano por su vientre, tanteándole. La tensión se acumuló.

—Ah, siguen aquí— continuó riendo, pasando la mano con firmeza sobre su abdomen— has entrenado mucho, ¿verdad?

Apretó la mano dentro de la suya, alejándola ligeramente y girándose para darle la espalda. Sakuno suspiró.

—Vale. Esto es… de locos. Me iré a mi dormitorio… no quería…

Se revolvió, aferrándola entre sus brazos repentinamente. Escondió su rostro en su cuello y presionó sus labios sobre su piel. Sakuno tembló contra él, alargando los brazos para rodearle los hombros, clavándole las uñas. Un suspiro escapó de su boca cuando subió de su garganta a sus labios.

—Bé…sa… me— rogó.

Y él obedeció.

Unió estrechamente sus labios, buscó su respuesta y cuando la encontró, tembló por completo. Hundió su lengua en la boca contraria, correspondió a las tímidas caricias y tuvo que apartarse bruscamente cuando la erección apuntó contra sus pantalones. Saltó de la cama, saliendo de su dormitorio y encerrarse en el baño.

--

Sakuno tembló. Tirada sobre la cama y confusa. Dioses… ¿eso que era? ¿Qué había sido todo eso? ¿Acaso significaba algo? ¿Estaba mal?

Demasiadas preguntas… pero la más importante era: ¿Por qué se había ido?

Empezó a pensar que era porque se habría retractado de lo que estaba sucediendo. Había huido para no herirla y había terminado sintiéndose rechazada en completa actitud. Salió de la cama, abrió la puerta sin hacer ruido y entró en su dormitorio para meterse bajo las sábanas para no dormir.

Escuchó la puerta del baño un rato después y finalmente, la del dormitorio de Ryoma al cerrarse. Se preguntó cuánto tardaría en salir su padre para ver qué había pasado, pero Nanjiro no se levantó en ningún momento. Seguramente, la discusión con su madre habría terminado aclarándole las cosas… por mentiras.

Había llegado con tanto terror en su rostro que temió defraudarla si le contaba la verdad de sus sentimientos. Que realmente amaba a su hermano y…. ah, cielos. Se había besado con él. ¡Besado! Y un tremendo beso… porque esos labios habían presionado, acariciado y encendido sus propios labios… e instintos. Estaba segura.

Tenía diecisiete años y no era una inculta. Sabía perfectamente qué le pasaba a su cuerpo. Pero no qué pasaba con Ryoma. ¿Qué había sucedido? ¿Acaso ella le había provocado alguna clase de terror?

No logró sacar nada en claro, tan solo tener ojeras y levantarse la primera para preparar el desayuno y estar lista para acompañar a Tomoka en busca de un regalo adecuado para Kaidoh. Cuando Osakada se enteró que Ryoma estaba de regreso sonrió y le palmeó el hombro.

—Supongo que debes de estar bien nerviosa y ocupada. Tus ojos demuestran que algo sucedió y solo existen dos cosas capaces de quitarle el sueño a una mujer con derechos— dijo, portándose adultamente— un hombre que te llena por completo el corazón y la mente. O un embarazo inesperado. Suponiendo que es tu hermano, no comprendo cuál de ellos será.

Se mordió la lengua para no señalar que precisamente, era la primera.

—Solo que mi hermano… es imprevisible para mí. Durante estos tres años y ahora no sé cómo debo de tratarle. Si hago cierta cosa, ¿le molestará?

—Como si fuera un desconocido.

—Exactamente— respondió. Se encogió de hombros, terminando así la conversación. No quería ni era necesario dar más detalles.

Compraron un pañuelo nuevo y unas deportivas, además, miraron unos anuncios sobre viviendas antes de separarse. Justo cuando llegaba a la puerta de su casa, el mensaje de Tomoka anunciándole que Kaidoh había aceptado su oferta de empezar a vivir juntos llegó.

Sonrió y la felicitó.

Antes de poder entrar, escuchó las voces de sus padres: Discutiendo.

—Hace años dijiste lo mismo. Sueles imaginar algo que no es.

—Te digo que anoche Sakuno entró en el dormitorio de tu hijo. Y créeme hicieron algo más que hablar— espetó su padre. El sonido del mechero interrumpió un momento la conversación— Ambos son ya maduros y pueden perfectamente… Follar.

Su madre soltó un grito y ella misma comenzó a sentir que la sangre le hervía. Empuñó el picaporte, pero jamás llegaría a entrar.

Giró los ojos hacia la persona, encontrándose con Ryoma. Miraba la puerta completamente serio. Tiró de ella hacia atrás, apoyándose con la espalda y la pared y se llevó el índice a los labios, indicándole que guardara silencio. Ella asintió y la mano en su boca se liberó.

—No digas esa palabra. Es demasiado escandalosa y poco racional hacia tus hijos. Son hermanos, Nanjiro. Hermanos.

—Hermanos que se desean mutuamente. Hermanos que nunca deberían de haberlo sido. ¡Joder! Deberías de abortado a esa cría. Las cosas no serían tan complicadas ahora.

—¿¡Abortar de Sakuno!? ¡No! Mira, te lo comenté. Te pregunte si deberíamos de retener el embarazo y me contestaste que querías seguir adelante. Que no estaba mal y teníamos dinero suficiente. No somos creyentes y tampoco lo hicimos por la maldita religión. Ahora que tienes imaginación de problemas absurdos… ¡No te atrevas a decir que debería de haber abortado como si todo esto fuera solo cosa mía!

—No sabía que mi hijo mayor se iba a enamorar de esa cría. Ni que mi hija le correspondería. ¡Esto es absurdo! ¡Son hermanos!

—No sé porqué, pero únicamente estás culpando a Sakuno— refunfuñó Rinko— si realmente sucediera lo que dices, si ambos se aman… ¿no es culpa también de Ryoma?

—Claro que también lo tiene, mujer— protestó Nanjiro— precisamente por eso le he echado de casa. Cuando terminen las fiestas, no regresará aquí. Mira, si realmente es cosa mía, eso hará que Ryoma se convierta en un hombre y si es verdad… que Sakuno esté a salvo. ¿Sabes lo que esto repercutirá en sus vidas?

—Tú y tu imaginación, querrás decir— puntuó Rinko gruñendo— Deberías de pensar un poco más antes de imaginar. Es cierto que Ryoma tiene que ser un adulto libre, pero por dios…

Ryoma no dejó que continuara escuchando la conversación. Tiró de ella hacia el exterior de la casa. La llevó sin rumbo fijo. Se detuvieron en las plazas repletas de personas que marchaban de un lado a otro en busca de regalos y compras de última hora.

Ellos no iban a comprar nada.

Solo estaban ahí. De pie, sentados, uno junto al otro. No necesitan palabras y ella tampoco tenía el corazón como para hablar de algo. Las noticias, las acusaciones y… la correspondencia por parte de Ryoma era una bomba de explosión recién estallada que había dejado completamente a su corazón tembloroso y dudoso.

¿Eran ciertas las imaginaciones de su padre? ¿Tenía que ver algo ese beso?

—Oí.

Alzó la cabeza, encontrándose una hamburguesa ante su rostro y un bote de refresco con el logotipo del Macdonals. Su estómago gruñó por ella. Alargó las manos y la recogió, preguntándose en qué momento exacto se habían separado.

Abrió la comida y la miró, sonriendo divertida.

—Estamos comiendo hamburguesa el mismo día veinticuatro.

Ryoma la miró, levantó el bote de refresco y se lo ofreció para brindar. Justo cuando los gritos que salían como anuncio de la navidad, los botes se encontraron. Se quedó quieta, completamente y aceptó el dulce roce de labios. Los entreabrió, entregándose a él.

Un beso con sabor a hamburguesa.

Eso descartaba claramente que ni el primero ni el segundo beso sabían a limón.

—Feliz navidad— susurró cuando consiguió recuperarse— y… feliz cumpleaños…

Ryoma asintió y casi pudo ver sus comisuras elevarse en una sonrisa, pero mordió tan rápidamente la hamburguesa que no podía estar segura de que aquello hubiera sucedido. Lo imitó, comiendo con gusto su propia hamburguesa

Horas más tarde, se encontraba con una de sus manos dentro de uno de los bolsillos de la chaqueta de Ryoma, compartiendo caricias en el secreto bolsillo. Pero esa unión se rompió cuando comenzaron a entrar en la zona que los llevaría de regreso a su casa. Las luces de la casa estaba encendidas, anunciando que la bronca que iba a caerles iba a ser totalmente terrible. Pero Ryoma se detuvo antes de entrar, inclinándose contra su boca para besarla.

Se desvió hasta su oído, acariciándolo con sus labios.

—Solo un año— Le dijo— Espera eso.

Palabras secas y cortas.

Abrió los ojos sorprendida, tirando de su ropa en busca de una afirmación.

—Eso… es…

—Lo es— interrumpió, apartándose de ella para entrar en la casa.

Un estallido de júbilo delineo las fibras de su pecho. Su corazón latió frenéticamente y casi rio de felicidad.

Entró, subiendo las escaleras tras él y se encerró en su dormitorio para atesorar cada momento. Recordarlo frenéticamente en su mente y añorar que fuera un deseo cumplido en la realidad.

Aceptó el trozo de tarta que su madre subió. Hablaron de cualquier cosa pero no se tocó el tema que las incomodó a ambas. Y así, se fue a dormir.

Al día siguiente, Ryoma había abandonado la casa.

--

Bien, aquí termina el capítulo.

Nos vemos pronto.

Recordad que las preguntas van el lj.