El sonido de la lluvia irrumpía a través de las ventanas, anunciado que el ansiado día llegaba y la lluvia con él. Cumplía dieciocho años. Después de un largo año de esperanzas llenadas por mensajes de texto y emails. De suspiros e ideas locas. Sueños y anhelos. Finalmente había llegado a la mayoría de edad que podía tener para escapar de su padre.
Y ese día había tomado la idea más importante. Compró a escondidas de su padre un billete de avión y había preparado la maleta con el apoyo de su madre. Esa misma mañana su madre sería la cómplice en llevarla al aeropuerto para que pudiera ir hasta América y encontrarse con Ryoma.
—Sakuno, date prisa— apresuró su madre a través de la puerta— o perderás el avión.
—Ah, ¿dónde está papá? — Preguntó al escucharle el tono de voz tan alto. Rinko pareció sonreír.
—Lo he mandado a comprar para entretenerlo. Cuando regresemos verá la nota sobre la mesa y el desayuno, así que hasta más tarde no se dará cuenta.
Quizás debería de reírse de felicidad por no tener a su padre como estorbo o muro que le impidiera marcharse. Sin embargo, era triste. Tener que hacer todo a escondidas y el saber de que cuando su madre regresara y su padre preguntara por ella, al recibir respuesta se armaría la mayor bronca del siglo. Pero la decisión ya estaba tomada y por muchas razones no podía echarse atrás.
El viaje seria largo y aunque le hubiera gustado darle una sorpresa, su madre se aventajó y le anunció la llegada. Ryoma no tardó demasiado en enviarle un mensaje, preguntándole: cuándo, dónde y a qué hora. Tuvo que darle todos los datos y esperar a que el simple mensaje de "ok" llegara a su buzón de mensajes.
En la terminal de despedida, su madre se mostró inquieta.
—Me preocupa si Ryoma te cuidará bien. Al fin y al cabo, no encargué el hotel. Quizás…
—Estaré bien, Mamá— interrumpió con una sonrisa cruzándole el rostro.
Confiaba en su hermano. Sabía perfectamente que cuidaría de ella aunque le costara su propia vida, sin embargo, su madre lo veía demasiado despreocupado por no haberle pedido perdón a su padre antes de irse cuando el chico no había hecho nada. Lo tachaba de rebelde y aún así, continuaba teniendo contacto con él, porque era su hijo. Nanjiro, sin embargo, no había querido saber nada de Ryoma.
El avión aterrizó sin retraso alguno gracias al buen tiempo. No fue sencillo guiarse, pero cuando finalmente logró tener la maleta entre sus manos, suspiró aliviada. Llevaba dinero preparado para una urgencia, sus ropas y utensilios femeninos necesarios. Si la hubiera perdido, estaría ella perdida.
Salir al exterior fue una aventura luchando contra codazos, carros utilizados para poder salir en cualquier hueco, niños perdidos que bramaban y algún que otro perro que desorientado, mordía sin querer. Después, una avalancha de gente que cubrían a otras. La ansiedad de no conocer a nadie comenzaba a inquietarla. Siempre había la posibilidad de que su hubiera perdido. Si le sucedía en lugares que conocía, ¿cómo no le iba a suceder en un aeropuerto?
Hasta que finalmente logró descubrirlo. Encorvado ligeramente, bostezando mientras sostenía una lata de Fanta de naranja en su mano izquierda y miraba de vez en cuando hacia la puerta. Cuando sus miradas se encontraron, parpadeó, irguiéndose para acercarse a ella y tirar de la maleta. Enrojeció sin remedio pero no habló.
No era tan necesario, además, la ciudad no tardó en convertirse en algo más interesante y una jungla capaz de perderse. El coche lograba abrirse paso dócilmente a través de los demás. Se había sorprendido al verlo porque no esperaba que Ryoma tuviera un coche, es más, no lo sabía. Y empezaba a descubrir que pese a ser hermanos, pese a aquellos cortos mensajes de móvil e internet, Ryoma era un hombre muy distinto y con muchas cosas ocultas. Demasiadas. Pero estaba dispuesta a descubrirlas.
No por nada estaba luchando contra otro hombre al que también amaba.
Cuando finalmente se detuvieron, fue en una especie de mansión, con parquin y canchas de tenis. El letrero principal aseguraba que era una residencia libre y pagada, aunque sospechaba que Ryoma la había ganado gracias a becas de deportistas.
La habitación era simple. Una gran cama, un escritorio con libros escolares esparcidos, un armario descolocado, algunos calzoncillos por el suelo, zapatos descolocados en la entrada, la raqueta y algunas pelotas de tenis. Dejó la maleta a un lado de la entrada y suspiró al ver el correo tirado en un pequeño hueco de la puerta que parecía ser un buzón.
Aunque lo que más se podría decir que le sorprendió, fue ver un sobre con dinero escondido bajo las almohadas, sobresaliendo un poco y mostrando lo que pareció un cheque.
—Estás…
—Trabajando— terminó él por ella, acercándose para coger el sobre y doblarlo antes de guardárselo en el bolsillo—. Es lógico.
Tragó, compungida.
—Papá… dejó de enviarte dinero, ¿verdad? — Preguntó, sentándose sobre la cama. Él asintió e hizo un ademan de encogerse de hombros—. Yo… también tuve que trabajar para poder pagarme el viaje y venir… mamá me ayudó. Pero papá no quería que trabajara porque sospechaba de mí.
Ryoma giró los ojos hacia ella. La preguntaba estaba dibujo en ellos. Asintió.
—Papá no sabe que he venido aquí. Seguramente me habría encerrado con tabiques dobles y puertas irrompibles junto a rejas en la ventana.
Era una broma, pero parecía tan real que ambos terminaron abatidos. Cuando el peso del cuerpo de Ryoma hizo crujir la cama, suspiró.
—Lo que dijo aquella noche… realmente dolió. Pero… comprendo sus sentimientos tanto como… los míos. Soy tan egoísta…
—No…— interrumpió rudamente él, sosteniéndole el brazo con firmeza. Ella enrojeció.
—Entonces, lo que dijiste… ¿Es cierto? Este año ya es…
Ryoma bufó por la nariz, soltándola y frotándose el rostro con fuerza.
—Ya veremos— dijo suavemente.
La misma alegría que había sido capaz de anidarse en su pecho voló para quedar apresada por el diablo en un maltrato que no sabría cuando salir. Desde luego, no podía ser de otra manera. Su imaginación había navegado por los mares de la pasión que no encontró. No tuvo el añorado beso pasional nada más verse. Tampoco Ryoma había preparado el dormitorio para compartirlo con ella. Ni siquiera le había sentado bien que fuera una hija fugada de su casa a escondidas de su padre.
Ryoma continuaba siendo su hermano mayor. El mismo que la había protegido y el mismo que parecía haber sentido algo. Parecía que la fuerza del año pasado se hubiera bajado hasta el nivel inferior. Pero quizás, era lógico teniendo en cuenta que era una cría que había huido de casa a escondidas de su padre.
Se palmeó las piernas y levantó, buscando con la mirada. Ryoma carraspeó y señaló una puerta la cual abrió. El baño estaba limpio, esplendido podría decir. Algo que era utilizado todos los días debía de ser limpio. Sonrió. Si al menos pudiera ejercer un rato de ama casa y encargarse de los problemas de Ryoma con la limpieza de su dormitorio… pero temía que tuvieran una bronca por eso.
Y no era el único momento que lo atormentaba el tener una pelea. Incluso por los mensajes no podía evitar disculparse por todo y él tenía que terminar diciéndole que lo dejara estar. Ahora que iban a estar cara a cara, las cosas estaban más cercas de peleas. Pero, ¿acaso no peleaban todas las parejas en el mundo?
Cuando salió, Ryoma le extendió el teléfono móvil, mirándola con severidad.
—Llámales— ordenó. Asintió aturdida, recogiendo el aparato y marcando. La voz de su madre llegó pesadamente— ¿Mamá? Eh… sí, todo bien. Papá… ¿Ya lo sabe?... Ah, comprendo. Sí, ahora mismo. Ryoma-kun.
Le entregó el móvil para que hablar con Rinko. Mientras el chico se distraía en una conversación de monosílabos, intentó comprender las palabras de su madre. Según había dicho, su padre no quería hablar del asunto de donde se encontraba ella, es más, creía que estaba en alguna parte de Japón. Cuando viera que no regresaba, ¿qué sucedería?
Se entretuvo en buscar ropa limpia entre la mochila, sacando una muda limpia y un vestido de manga corta. Cuando Ryoma cerraba el celular entre sus dedos, arqueó una ceja, se encogió de hombros y lo dejó caer sobre la mesa del escritorio.
—Mamá, ¿te ha dicho algo malo?
—Solo "cuídala" — repitió.
Se detuvo, la ropa cayéndole a los pies y con la mirada sorprendida clavada en él. Tembló.
—Por… ¿por qué te ha dicho eso?
Ryoma se cruzó brazos, mirándola con atención. Un suspiro y tres pasos antes de encontrarse ante ella. Altivo y con aquel deje orgulloso del que solo él era capaz de crear. Estaba tan cerca que casi podía sentir su calor. Un escalofrió la recorrió al completo.
—Porque no vas a regresar.
--
Sakuno continuaba siendo un pequeño cuerpo capaz de romperse en cualquier momento. En solo un año sus formas habían crecido lo suficiente como para hacerle querer saltar sobre ella, con todo el peso de su masculinidad animal. Sin embargo, no podía hacerlo. Aunque hubiera tomado una decisión capaz de revocar sus vidas. Aunque le hubiera llevado a desaparecer de la vida de su padre y ocultarle a su madre la realidad.
Para Rinko, Sakuno había ido simplemente a estudiar como él había hecho. Desconocía cuales eran las razones reales. Así como la razón de haber estado trabajando durante todo ese año y haberlo puesto todo en un cheque que entregaría para la entrada de un piso. Y por encima de todo, esperando que el nuevo partido le diera la entrada al pro que esperaba. Sabía que iba a ganar y por eso, la quería tener ahí.
Además, aunque nunca se lo confesaría a nadie: La echaba de menos.
Todas las malditas noches y mañanas maldecía el móvil como si le fuera la vida en ello. Porque los mensajes no bastaban. Además, nunca mostraba emociones con palabras y ella lo sabía. Especialmente, ahora que la tenía tan cerca.
Se había estado conteniendo desde que la había visto en el aeropuerto y ahora, teniéndola tan cerca de él, a solo una brazada. Un simple gesto para acercarla a él con fuerza, apresarla entre sus brazos y pensar claramente "mía".
Sin embargo, no fue necesario. Con total sorpresa sintió los delgados brazos rodearle la cintura y la mejilla posarse sobre su pecho. El calor del cuerpo contrario comenzó a traspasarse al suyo. Algo totalmente encantador y excitante. Tiró de ella un poco más, contra sí, retrocediendo hasta que tropezaron con la silla y se sentó. La parte superior del cuerpo femenino quedó contra su cuello. Empujándola desde la nuca, acercó su rostro contra él, besándola. No podía reprimirse más. Clavando las uñas en la espalda femenina, la atesoró contra él.
—Ryo… ma-kun, duele— protestó aturdida y jadeante.
Maldijo, liberándola. Con las mejillas enrojecidas, el aliento agitado, el cabello cayéndole lacio sobre el hombro derecho, las manos apretadas sobre sus hombros y entre sus piernas. Incluso cuando tragó, sintió que se estremecía.
—Dúchate— ordenó sabiéndose ronco y con las emociones a flor de piel.
Ella se echó hacia atrás y acariciándole por última vez los brazos, la dejó ir.
La maleta abierta mostraba una nueva esencia al dormitorio que con tan poco gusto ocupaba. El aroma de la muchacha había quedado desperdigado en el aire. Se llevó una mano al rostro, frotándoselo furioso. Se odiaba porque era consciente del grave asunto que continuaba uniéndoles. Por más vueltas que le diera; eran hermanos. De sangre.
Si tan solo no hubieran nacido del mismo vientre… pero rogar era estúpido. Lo pasado, pasado es. No existe ninguna oportunidad. Es más, si sus padres no la hubieran creado, jamás la hubiera conocido y tenido a su lado. Sakuno existía gracias a sus padres, le gustara o no.
El ruido de la ducha lo inquieto. Era el sonido que muchas veces había escuchado en su casa, cuando convivían con sus padres, sin embargo, en ese momento, el sonido le llegó caprichosamente irritante. Precisamente, porque ahora no tenía que detenerse por un perro guardián llamado Nanjiro, ni por un pestillo, porque sabía perfectamente que la puerta no tenía. Entrar en esa pequeña habitación y admirar lo que la ropa escondía era terriblemente atrayente. Excitante.
Dio un cabezazo contra la pared. Era realmente terrible tener que abstenerse.
El teléfono le vibró en el bolsillo del pantalón y casi con un gruñido descolgó. La voz de su padre fue totalmente estridente y acusadora.
—Maldito hijo, ¡hasta que no lo has conseguido no has parado! ¡Desgraciado! ¡No te crie para esto! — se lo imaginó dando un puñetazo contra la pared, colorado como tomate y con los labios tensados—. Ahora, ¡Jódele la vida! Ninguno de los dos, y escúchame bien, regreséis a casa. No sois más mis hijos.
Y colgó. Se quedó perplejo, con el teléfono alejado de su oreja porque era imposible tenerlo, mirando hacia la puerta del baño con perplejidad. Sakuno se encontraba a medio vestir, con los ojos abiertos como platos, enrojeciéndose a medida que se llenaron de lágrimas. Se humedeció los labios, cerrando la pantalla del teléfono y guardándoselo en el bolsillo.
—Esto iba a pasar— Le dijo en un aman de tranquilizarla. Sakuno hipo, pero no logró contener las lágrimas. Chasqueó la lengua y extendió los brazos—.Ven— ordenó.
Sakuno asintió, caminando descalza hasta llegar a su altura, trepando por la cama hasta llegar a su altura. La humedad de su cuerpo se acopló a él cuando se tendió sobre él, arrugando las piernas para poder estar entre las suyas, aferrándose a su cuello, escondiendo su rostro en sus ropas y dando libertad finalmente a sus lágrimas. Controlándose, la asió de las caderas y acaricio la desnuda espalda, cubierta por la pequeña toalla. El perfume del jabón anclado en su piel y cabellos húmedos. Tiró de la toalla enrollada sobre los largos cabellos.
Las húmedas hebras resbalaron por la cabeza, cayendo en la espalda y hombros, tropezando con su mismo hombro, cubriendo los más rebeldes y cortos el rostro perplejo de la joven. Las lágrimas habían bañado por completo el rostro y los rojizos labios eran humedecidos sin cesar, abriéndose para coger aire.
—No llores—demandó algo gruñón. La chica hipó, hinchando los mofletes.
Divertido, apretó los mofletes. El aire escapó al control de la dueña antes de que la muchacha rompiera a reír. Sin embargo, las risas se detuvieron cuando su mirada descendió. La toalla había caído sobre sus piernas y la visión de los redondos senos, cayendo sobre su estomago ligeramente, mostrando los rosados pezones hinchados. Tuvo que tragar y casi gimió cuando el aire se le cortó.
Sakuno tembló completamente, tanteó la toalla y se cubrió con ella, mirando fijamente hacia abajo. Cosa que no ayudó demasiado. La erección sobresalía lo suficiente como para verla. Cuando ocurrió tal cosa, la rojez aumentó en el rostro de la castaña. Tartamudeó algo y se levantó, arrastrándose por la cama para saltar al suelo y encerrarse en el baño. Con una maldición, no pudo hacer otra cosa que dejarla ir, aunque deseara saltar sobre ella y mandar a la mierda a esa pequeña toalla.
--
Jadeando, se miró en el espejo. El rostro ardiendo, la boca enrojecida tanto como las mejillas. Su pecho se alzaba y descendía en cada respiración. Bocanadas de aire que no parecían dar descanso a sus pulmones. La sangre corriéndole como si un grifo se hubiera abierto en su interior. Y alguna que otra contracción donde no quería pensar.
Ya era suficiente grandecita como para saber qué sucedía y el porqué de aquel abultamiento dentro del pantalón de su hermano. Pero no estaba demasiado preparada como para quedarse completamente desnuda delante de él.
Se vistió a tras pies, tropezando y gimiendo cuando algo no le salía bien, hasta que salió. Cepillándose el cabello y buscándolo con la mirada. Ryoma se encontraba en el balcón, con las manos apoyadas en la barandilla, encorvado. La amplia espalda quedaba completamente tendida contra la camiseta. Ryoma había adelgazado. Había crecido y adelgazado.
Viéndolo bien, había demasiadas cosas que todavía desconocía de él. Muchos pensamientos ocultos que descubrir. Formas de ver las cosas. Especialmente ahora. Porque, ¿qué eran exactamente?
Empujó los cristales para poder salir. Ryoma la observó con el rabillo del ojo antes de hacerle un hueco. Acomodándose a su lado, observó los altivos edificios ante ellos, las hormigas que eran personas y las luces que comenzaban a encenderse.
—Mañana nos iremos— anunció él. Ella asintió.
—Ryoma… nosotros… somos… hermanos. La gente nos señalara con el dedo.
—No importa— interrumpió roncamente, tirando de ella hasta cobijarla bajo su brazo.
Rio, escondiéndose. Ryoma siempre era cálido y olía bien. No podía tener frio cuando estaba a su lado. Regresaron a los cinco minutos, pidiendo algo de comida para llevar y degustándola en completo silencio mientras la noche terminaba de caer en su nueva ciudad.
Todavía la angustiaba la llamada de su padre. La acusación hacia Ryoma y ella. La expulsión de ambos de su casa. Y por supuesto, el futuro. Iba a continuar viviendo en América, desde luego, pero iba a tener que hacer muchas cosas. Encontrar un trabajo que se adecuara a sus estudios, convivir con su hermano de la forma en que los hermanos no lo hacían. Tener que conocer gente nueva. Luchar contra un idioma que todavía no controlaba del todo. Y por supuesto, llamar a escondidas de su padre a su madre.
La televisión comenzaba a dar las noticias cuando cerró el cartón que había llevado dentro su burrito. Tirándolo meticulosamente dentro de la bolsa, extendió la mano para demandar el de él. Ryoma la miró atentamente, antes de tomar su mano entre las suyas y mostrando la palma, besársela. Con total sorpresa para ambos. Mientras ella se quedó mirándose estúpidamente la mano, él carraspeó y se levantó para ir al baño. Ocultando una sonrisa feliz, terminó de recoger las cosas.
Esa, era una buena idea. Aunque no encontrara un trabaja por ahora, bien podía ayudar en las tareas de la casa y desde luego, Ryoma siempre había sido un experto en dejar todo por medio. No era ni ordenado con sus trofeos. Ya se había dado cuenta que al menos, en uno de los defectos de su hermano, podría servirle.
Descubrió un periódico sobre la mesa de escritorio. Era de hacía tres días y no tenía la parte deportiva. Seguramente, Ryoma la habría quitado. Rebuscó entre las páginas hasta encontrar la sección de "se busca u ofrece trabajador". No logró terminar ni siquiera el primer párrafo en el que parecían necesitar a una mujer para cuidar a un anciano.
—Ni se te ocurra.
La voz de Ryoma llegó ásperamente. Lo vio arrugar el periódico y tirarlo a la papelera a la vez que se sentaba en la cama, doblando la pierna izquierda y usándola como cojín en su trasero.
—Solo quería buscar un trabajo mientras esté aquí. No dejaré los estudios— prometió. Su hermano negó con la cabeza. Cabezón—. No es justo.
—Abogacía es duro— articuló en un bostezó, apagando la televisión—. A dormir.
Reptó nuevamente por la cama, tirando de las ropas hasta poder colarse bajo estas, junto a él. Su costado no tardó en obtener el calor del cuerpo contrario y tiró de la camiseta para alzarse y usar el brazo del peli verde como almohada.
—Tú también sigues estudiando y trabajas.
—Cobro los partidos— corrigió, subiendo la ropa hasta que le llegó al cuello— punto.
No dijo nada porque no quería discutir, pero si algo tenían en común especialmente, era la cabezonería aunque a ella le costara más que a él. Pensaba encontrar un trabajo. Su madre lo había hecho antes que ella y era una de las mejores abogadas: ¿Qué problema había?
Repentinamente, recordó. El orgullo de Ryoma era tan grande como el de su progenitor. Seguramente creería tener el deber de alimentarla, darle un techo y verla en casa a horas correcta por su bien. Tener la nariz entre los libros para que no se distrajera con otras cosas, como por ejemplo: Un engaño.
—Tú quieres ponerme los cuernos— Soltó repentinamente.
Ryoma no había llegado a apagar la luz y pudo ver perfectamente como sus orbes se empequeñecían. Completamente asombrado y con cara de "¿Qué coño estás diciendo?". Asintió y continuó.
—Claro. Si solo me centro en estudiar, todo irá genial para ti. Libertad de poder salir donde quieras, etc.
—Che, que estupidez—Soltó, apagando finalmente la luz.
Ella pasó por encima de él el brazo y volvió a encender la luz. Ryoma maldijo, fulminándola con la mirada.
—Hablo en serio. Al fin y al cabo, solo somos hermanos. Es normal que sientas la necesidad de tener a una mujer que no comparta tu sangre. Estoy segura de que te recordaré lo suficiente a mamá con el tiempo como para que te eches atrás— espetó sin siquiera detenerse apenas a coger aliento, jadeando cuando terminó.
Como castigo, Ryoma le tiró de los mofletes.
—Estás loca— bramó— Duerme y calla.
Siempre tan conciso y directo. Negó con la cabeza en etapa de rebeldía. Ryoma suspiró, soltándola. Desvió su mano izquierda hasta la nuca, tirando de ella contra su rostro. Cuando la boca contraria se apoderó de la suya, la suavidad y el sabor a pasta de dientes de menta inundó el besó. Gimió, sorprendida y le clavó las uñas en el pecho. Esta vez, fue el turno de Ryoma de gemir. La apartó, tirándole ligeramente de los cabellos, acariciando sus labios con los propios, con los ojos entrecerrados y el aliento revolucionario. Su palma engulló la mano que todavía mantenía apretada.
—A dormir— repitió roncamente.
Tuvo que obedecer. Porque estaba sintiendo que todo estaba saliéndose de la regla y porque a ese paso solo iba a terminar haciéndole daño. Era un hombre. Acomodándose en la cama, enredó su pierna izquierda con la de él, suspirando. Buscó a tientas la otra mano, encontrándola descansando en el lugar donde le había arañado. Le tocó los dedos con suavidad hasta que él mismo hizo el mismo gesto, enredándolos. Rió.
—Realmente, esta es la primera vez que dormimos juntos desde que todo se volvió un caos.
Ryoma pareció meditarlo.
—Sí— dijo finalmente. Y bostezó.
Evidentemente, Ryoma se estaba quedando dormido. Cada músculo de su cuerpo se fue relajando. La respiración se acompasó. Su pecho se alzaba y descendía con sus manos justo donde las habían dejado. Parte de sus cabellos cayendo sobre la almohada. La arruga de los ojos y los labios entre abiertos. No pudo evitar sonreír.
Ocupaba la mayor parte de la cama y se sentía completamente cercana a caerse, de lado hacia él, casi acostada encima suya. Pero aquello no parecía perturbarlo ni un poco, ¿por qué hacerlo con ella? Solo quería sentirlo. Poder tocarlo. Tenerlo cerca. Era suficiente. Verle dormir de aquella manera era todavía mejor. Sin nadie que viniera y aporreara la puerta, acusándoles de estar cometiendo un pecado demasiado terrible.
—Creo que… voy a terminar en el infierno, Ryoma-kun— susurró, antes de quedarse dormida.
Cuando despertó, olía a chocolate y bollo recién hecho. Estirándose perezosamente, moviendo las piernas en la vacía cama que parecía todavía conservar el calor. Sintió el colchón inclinarse y como el rostro de su hermano mayor asomaba por encima de las ropas. Una pícara sonrisa se dibujó en su rostro antes de que se agachara hacia su rostro. Cerró los ojos, esperando el beso de buenos días, sin embargo, éste no llegó. Le mordió la nariz.
—Ah, ¡Ryoma! — exclamó en protesta, riéndose y levantándose con intenciones de golpearle como venganza. Pero un bollo se entrometió y su visión cambio cuando su estómago gruñó—. Vaya, gracias.
Casi engulló el bollo. Ryoma ya había desayunado y simplemente, se limitó a observarla en silencio, con la mano izquierda bajo la barbilla y la derecha sujetando la rodilla. Enrojeció.
—No deberías de haber desayunado antes que yo— protestó sin lograr ocultar la vergüenza en su voz.
—Se te pegaron las sábanas— acusó diabólicamente. Le tiró el trozo de bollo que no podía terminar y le dio la espalda.
—Ryoma-kun es cruel. A las chicas nos gusta…— se mordió el labio, interrumpiendo la confeso. Ryoma decidió picarle las costillas en busca de que terminara diciéndolo, pero lo único que consiguió fue tirar el chocolate en la cama—. Ahg…
—Culpable— la acusó, golpeándose las manos y quitándose las culpas. Hinchó los mofletes, dejando el vaso a un lado y lanzándose sobre él, intentando una torpe venganza.
Ryoma simplemente la sujetó con una mano de la cintura y de algún modo, se las apañó para retenerle las dos manos con una sola. Sus ojos se encontraron y la sonrisa se borró de su boca antes de atreverse a acercarse a él, rozar sus labios y alejarse avergonzada. Ryoma simplemente parpadeó y volvió a acercarse. Cuando se dio cuenta, sus bocas se unían estrechamente.
--
Sabía a chocolate y era tan dulce como el mismo bollo que había comido. Delicada y fácil de domar físicamente. La había estado observando dormir desde las siete de la mañana. Ahora eran las diez y hasta que su estómago no había rugido por hambre no había dejado de hacerlo, trayendo el chocolate y los bollos.
Le gustaba besarla. Explorarla como si fuera la primera vez. Saborearla y sentir su aliento cálido golpear sus labios mientras se los miraba, satisfecho de haberle dejado el recuerdo de una boca enrojecida. Adoraba como sus mejillas se cubrían de rojez y jadeaba un suspiró para intentar controlarse. No lograba averiguar cómo conseguía controlarse tan fácilmente mientras él sentía cómo la sangre le hervía en las venas, ansiando algo más que simples besos.
Le palmeó el trasero para que se levantara de encima de él y se incorporó, frotándose los cabellos y alargando la mano para coger una de las mochilas, comenzando a llenarla de ropa interior y algunas cosas que necesitaría. Había estado comprando lo suficiente como para poder tener el lujo de abandonar cosas en esa habitación y estaban todas en el piso.
Sakuno lo miró con atención, humedeciéndose los labios antes de preguntarle.
—Ryoma-kun, ¿ya nos vamos de aquí?
Él asintió como respuesta y sonriendo, ella saltó de la cama para adentrarse en el baño, saliendo para coger ropa y volver a encerrarse durante más de media hora. Tiempo suficiente para llenar las demás maletas y cerrar todo, además de esperarla sentado en la cama, aburriéndose.
—Lista— anunció.
Llevaba unos vaqueros una camiseta de manga corta rosa. Lo peor de todo, es que se notaba a tres leguas que no llevaba sujetador. Tuvo que apartar la mirada. Odiaba ser un hombre cuando sus ojos se comportaban como deberían de hacerlo.
Sakuno tenía dieciocho años ya. Él veintiuno. Siempre separados por tres años de diferencia y aquello le impedía permitirse el lujo de verla trabajar. No quería que perdiera sus estudios como deseaba hacerlo para ayudarle. Si el maldito partido salía como debía de salir, sus problemas de trabajo se terminarían completamente. Tendría con qué alimentarla y pagarle la carrera. Si no quería como pareja, lo haría como un hermano mayor responsable.
Cargó las maletas y salieron de la residencia, subiendo al primer taxi que encontraron. Sacarse el carnet de coche también tenía que ser puesto en su lista de cosas futuras. Aunque sonara extraño que Ryoma Echizen tuviera una, la tenía.
Tras dar las indicaciones respectivas, se relajó en la parte trasera del sillón, mirando aburrido lo que a su hermano le parecía ahora maravilloso. Probablemente, no tardaría demasiado en cansarse de tantos edificios, polución y peleas constantes. Demonios, no la veía yendo a unas rebajas y salir ilesa.
El taxi se detuvo ante un bloque de nuevos pisos que Sakuno miró totalmente maravillada, preguntándole con la mirada si uno de esos iba a ser su nuevo hogar. Efectivamente. Le había costado lo suyo, pero era totalmente suyo. Puesto a su nombre y pagado en mano. Amueblado incluso con comida, luz y agua. Pero no se había atrevido a adentrarse en él hasta que no hubiera estado seguro de que realmente Sakuno fuera a ser… Sí, maldición, debía de ser sincero: Suya. Completamente. Aunque fueran hermanos de sangre.
Se detuvo ante la puerta de metal negro y con el numero veintitrés en dorado y un buzón de metal a la izquierda, con sus nombres y un único apellido puesto como referencia. Sakuno lo observó tristemente, suspiró y se volvió hacía él con una sonrisa.
—Suena a cuando te casas y adoptas el nombre del marido. Así que no me preocupa— garantizó con voz temblorosa—. ¿Vas a… cogerme?¨
Jugó nerviosamente con sus dedos mientras él se miraba las manos, completamente cargada con las maletas. Pero si algo sabía perfectamente, Sakuno podía llegar a ser algo caprichosa en cuanto a asuntos de amor. Siempre se había sentado entre sus piernas mientras veían cualquier tontería en la televisión y le había hablado de futuros sueños. Así como el sueño de poner una joyería y crear sus propias joyas. Un sueño que había dejado de lado cuando comenzó a comprender mejor el trabajo de su madre y se volcó por completo en querer ser abogada.
Dejó las maletas a un lado de la puerta, metió la llave en la cerradura y empujó la puerta. Cuando esta se sujetó, se giró hacia ella. Era sencillamente fácil sostenerla y adentrarla. Cuando lo hizo, Sakuno rompió en carcajadas mientras su rostro enrojecía y le tocaba los labios al ver que los fruncía con molestia.
—Soy consciente de que no nos podemos casar— Dijo repentinamente—. Pero aun así, aunque ese sueño no se cumpla, éste me lo has cumplido. Así que realmente me escuchabas. Eso… me hace feliz.
Algo era algo. Y eso hinchaba como nunca su ego y pecho. Se sentía tan maravillosamente orgulloso, más que cuando ganaba a un capullo que se creía el mejor tenista del mundo. Su hermana parecía ser la única capaz de hacerle sentir esa clase de orgullo, porque no era ni parecido exactamente. Era incluso más dulce.
La dejó en el suelo, mostrándole el cajetín donde se guardaban las zapatillas. No era un piso creado a lo japonés, pero suponía que Sakuno compartiría sus gustos por su educación y querría preferiblemente que se anduviera en zapatillas o calcetines. Se cambio los zapatos y adentró las maletas.
Sakuno ya se encontraba revisando las habitaciones y riendo cuando veía algo que le gustaba. Solía empezar con un dulce gemido que terminaba en una carcajada limpia, casi infantil. Cerró la puerta de un punta pie suave y la acompañó justo cuando se adentraba en la habitación principal. Una cama de sábanas negras, colcha blanca y dos almohadones sobresaliendo de color negro. Un pequeño muñeco de gato descansaba en el centro y dos mesillas a cada lado de madera oscura igual que las puertas del armario empotrado.
Se encaminó hasta uno de ellos, abriéndolo y empezando a sacar cosas de la maleta. Su ropa interior. Sakuno se acercó con curiosidad, viendo la ropa nueva con asombró, corriendo hacia el que había en su lado de la cama. No le había comprado nada y emitió un deje de protesta cuando lo vio. Casi sintió deseos de reírse de ella. Pero pareció recuperarse y comenzó a llenarlo con cosas de su propia maleta, sonriendo satisfecha cuando la mayoría de las perchas estaban llenas.
Después, se giró hasta la puerta blanca del baño, empezando a colocar su neceser y algunas otras cosas de las que no prestó atención, haciéndose un hueco con colonias y maquinilla de afeitar. La chica parpadeó, mirándole con curiosidad.
—Me cuesta creer que ya te afeites— dijo totalmente infantil—. Casi me dio un ataque de risa cuando saliste la primera vez con toda la cara llena de pegatinas.
—Papel higiénico— corrigió gruñón. Ella rió, saliendo del baño.
—Dos baños, dos habitaciones, una señora cocina, un salón comedor- con una pedazo de tele de plasma-, un despacho biblioteca, un lavadero, una escalera para subir a una terraza, balcón y armarios empotrados. Suelo que da calor, calefacción por todos lados como aire acondicionado. Ryoma-kun, esto ha debido de ser muy caro— la escuchó regañar. Cuando salió para enfrentarla, se encontraba con los brazos cruzados por debajo de los senos—. ¿No es demasiado?
—No vas a trabajar— atajó, sabiendo por donde iban los tiros. Sakuno frunció los labios—. No— repitió.
Un suspiró escapó de la boca femenina. El delgado cuerpo se dejó caer sobre el sofá, todavía cruzada de brazos y mirándole con preocupación.
—No vamos a poder pagar todo esto. Sé un poco menos cabezón.
La ceja se le alzó automáticamente. Molesto. No era para nada cabezón. Era responsable. Y ella estaba siendo demasiado infantil y caprichosa. Se sentó a su lado, sacando la cartilla de ahorros y mostrándosela. Sakuno puso los ojos en blanco antes de mirarle estupefacta.
—Has atracado un banco. Dios mío, mi hermano es un Yakuza.
—No lo soy— bramó, indignado. Era una maldita mierda que ni siquiera ella se creyera que era capaz de ganar dinero.
La vio levantarse y regresar con otra cartilla de ahorros, mostrándosela. Tenía muchísimo menos que la suya, por supuesto, pero era bastante cantidad pasándola al dólar.
—Déjame ayudar. Yo también viviré aquí, ¿no? — Cuestionó, moviendo la pierna para rozar la de él gentilmente—. Si vamos a vivir juntos, como… como…
Arqueó una ceja, divertido, esperando que la palabra saliera de su boca, porque sabía perfectamente cual era y aunque podía aterrar, también podía decirse que ansiaba escucharla. Se sentía como si todo aquello realmente fuera un juego en el que solo él llegaba a participar. Sakuno se humedeció los labios, haciendo el más terrible de los esfuerzos para lograr decirla.
—… pareja. Bueno, eso— continuó azorada—. También tengo que ayudar. Si no voy a trabajar, por lo menos ayudará con esto. No es justo que mientras tú esté dejándote la piel yo esté en casa limpiando y estudiando.
—… ¿Una sirvienta?
No pudo evitar imaginársela vestida de "Mai", recibiéndole en casa. Aquello le puso los dientes largos, recibiendo un codazo y una mirada vergonzosa. Demasiado tentando y sin poder controlarse, la tomó de las mejillas, besándola fogosamente. Ella rió nuevamente, esta vez, con el dulce sabor del placer escondido. Aquello le gustó. Muchísimo. Tanto que estuvo cerca de volver a perder el control.
Se levantó tieso como un palo. Giró sobre sus talones y caminó hasta el balcón, dejándola sobre el sofá, seguramente confusa y perdida. El aire fresco le refrescó rápidamente y sintió como su cuerpo se iba tranquilizando, aunque aquella parte "traviesa" de su cuerpo no lo haría tan deprisa.
La puerta se abrió tras él y su hermana terminó asomándose, curiosa. Primero con la mirada fija en él, después, en la visión de la ciudad. Sus mejillas enrojecieron y levantó el brazo para apartarse un par de mechones inquietos que no cesaban de moverse ni cuando los capturó tras la fortaleza de su oreja. De nuevo, aquella risa cantarina y una mirada divertida.
—Ne, Ryoma-kun. Aquí todavía nadie sabe que somos hermanos, ¿Verdad? Esa gente que camina por ahí— señaló las pequeñas figuras de las personas que daban estrés hasta a alguien ajeno a su traqueteo diario—, tampoco lo sabe.
Claro que aquello era totalmente obvio. No había colgado un cartel en la misma puerta o en el balcón que dijera: "aquí viven dos hermanos incestuosos". Terminó asintiendo. Sakuno enrojeció, tirándole de la manga de la ropa igual que una niña ante un estante de pasteles que tira de la falda de la madre para pedirle coquetamente que le comprase uno. Arqueó una ceja en espera. Finalmente, la boca rojiza se movió para demandar su deseo.
"Bésame".
Y lo comprendió. Entendía perfectamente el deseo de estar con él delante de todo el mundo, de demostrar que le pertenecía únicamente a ella y que nadie los señalaría con el dedo acusadoramente, porque estaban pecando.
Tiró de ella con cuidado, cubriéndola con su brazo y entró dentro de la casa. Una mueca de desilusión se dibujó en el rostro femenino, sin embargo, se transformó en pregunta cuando abrió la puerta de la calle y salió al exterior. La calle abarrotada de gente y un único destino; los labios de aquella mujer.
La pegó contra sí mismo. La hundió contra su cuerpo y se apoderó de su boca. Introdujo su lengua majestuosamente y exploró ansiosamente la tímida contraria, hasta que en algún momento, su mente se ofuscó. Solo conocía el sabor y el deseo de aquel beso. La libertad y la complicidad de todo aquel secreto.
Nadie se detuvo más que para mirar y enrojecer antes de seguir su camino.
La separó de sí, acariciándole las húmedas mejillas antes de dejar que se abrazara a él y llorar como si de una niña pequeña se tratara. Enredando los dedos en sus cabellos, suspiró. Porque él también se sentía aliviado. Porque en aquel momento, era libre.
Le acaricio la espalda y comenzó a caminar hasta casa. Una sonrisa cruzaba el rostro de Sakuno. Y eso, era suficiente.
--
Bueno, hasta aquí. Nos vemos pronto.
