Chicas y chicos que dejan sus rw, ya han sido respondidos los anteriores en el lj: Recordar revisarlos en el tag de Chica responde. ¡Gracias!

Al fic;

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Si había pensado que la universidad y moverse por la ciudad iba a ser sencillo, estaba equivocada. Y lo que más coraje le daba es que Ryoma se lo había advertido. Gracias a haber tenido un profesor maravilloso en cuanto al inglés, podía hablar fluidamente y encontrar rápidamente una solución a sus problemas.

Ryoma no le había permitido encontrar trabajo y cada vez era más severo a cuanto tener que estudiar. Casi era más como un padre que como un hermano. O que un novio. Además, su madre parecía estar de acuerdo con que él fuera severo, porque cada vez que se comunicaba con ella recibía una reprimenda si no había estudiado. Pero por lo general se preocupaba más por su salud y bienestar que por otra cosa.

Además, era una buena forma de saber en qué estado se encontraba su padre. Desde que gritó aquellas palabras en teléfono habían pasado seis meses. Seis meses de convivencia con Ryoma y seis meses separada de la protección de sus padres. De las reprimendas y advertencias de su progenitor. De las peleas acerca de sus sentimientos.

Cada noche que se metía entre las sábanas de su cama no encontraba nada inmoral en hacer lo que cualquier pareja haría en un momento de intimidad- aunque Ryoma solía contenerse y ella salía huyendo al cuarto de baño cada vez que la intimidad caldeaba las potencias de los bordes del Límite-. Ryoma comía con ella y felicitaba su comida o bromeaba acerca de ella. Se besaban cuando se despedían y salían a caminar tomados de las manos por las largas calles. Hacían la compra como cualquier pareja y su vida no era tan distinta.

Pero su padre no parecía concebir aquello y los tachaba de inmorales hasta el punto de haber llegado al desprecio con sus hijos. Pero, debía de ser sincera y si miraba del mismo modo que él lo hacía, lo comprendía.

Si dos de sus hijos ahora estuvieran en el extranjero porque se amaban de una forma que no deberían, estaría mordiéndose la conciencia, preguntándose qué era lo que había hecho mal. ¿Qué los ayudaría a cambiar y qué debería de hacer? Cuando le comentó esto a Ryoma asintió, aceptando su opinión y compartiéndola.

Desgraciadamente no se arrepentía de las decisiones que había tomado a lo largo de esos seis meses. Estar con Ryoma como una mujer era lo que quería desde que fue capaz de comprender sus sentimientos. Desde que toleró que el amor por encima de ser hermanos existía.

—¿Has terminado? — Ryoma asomó la cabeza a través de la puerta de la librería. Nunca solía molestarla mientras estudiaba y tendía a esperar hasta que el hambre era más fuerte que su autocontrol o se cansaba de picotear.

Aunque también era una forma de espiarla.

—Sí. Tengo todo listo— anunció, cerrando el libro sobre la mesa y a continuación las anotaciones—. Mamá llamó esta mañana cuando comía en la cafetería. Me preguntó por ti y me aconsejó sobre las asignaturas que escoger.

Acababa de ducharse. Llevaba el pelo cubierto por una toalla y el torso al desnudo. Los pantalones de chándal se aferraban a su delgada cintura y caían sobre sus pies desnudos. Extendió la mano y acarició las muestras de las abdominales. Ryoma se tensó y flexionó un poco el estómago para hacerla reír. Cuando levantó los ojos hacia él, la besó.

—Tengo hambre— gruñó. Sakuno puso los ojos en blanco.

—Ok, ok. Haré algo de cenar.

Cocinar para Ryoma era como cocinar para un regimiento. Gastaba mucha energía y lo que gastaba lo adentraba por la boca. Pero le gustaba hacerle de comer. Era como enorgullecerse de que comiera lo que ella ponía tanto empeño en cocinarle. Fuera como fuera, Ryoma siempre aceptaba de buen gusto plato japonés en su mesa y únicamente hacía excepciones cuando comían fuera por la comida extranjera.

—Bien, aquí tienes— ofreció tras llenar el bol de arroz y sentarse a su lado.

Por lo general comían en el salón frente al televisor. Escuchaban las noticias y curioseaban programas deportivos. Ryoma solía fruncir el ceño cuando encontraba un partido de tenis y lo observaba hasta el final. Si había alguna película romántica se la ponía aunque él terminara cerca de caer dormido por completo.

Había cogido la costumbre de dormirse después de él. Le gustaba pasar el rato observándole hasta que sus párpados pesaban demasiado y caía dormida entre sus brazos.

—¿Ya han puesto fecha para tu próximo partido?

Ryoma desvió la mirada rápidamente del televisor para clavarlo sobre ella. Había un partido importante que carcomía a Ryoma día y noche. Le veía observar su teléfono móvil cada dos por tres y ocultaba un gesto de protesta cuando no tenía noticias.

—No. Pero sé contra quien— añadió, frunciendo los párpados.

Parecía que aquello amoldaba un poco su lado gruñón, pero había algo que continuaba haciéndole fruncir el ceño. Algo que sabía que no compartiría con ella.

Dejó los palillos sobre el cuenco y se estiró hacia atrás. La costumbre de llevar su mano hasta su espalda y acariciarla hasta que pillaba alguna punta de sus cabellos era irremediable. A Sakuno le gustaba ese gesto. Ser acariciada por él, tocada y mimada.

Giró los ojos hacia él, dejando los palillos descuidadamente sobre la mesa, sentándose sobre sus piernas buscó sus labios. La boca masculina se ofreció a ella hábilmente y el juego de sus labios se alargó el tiempo suficientemente como para sus manos palmearan sus caderas y descendieran hasta sus nalgas. Entonces, él la apartaba y la dejaba sumisamente sentada en el sofá.

—¿Ryoma-kun? — Cuestionó.

Ryoma desvió la mirada hacia la pantalla, cruzándose de brazos. Y como siempre, ahí terminaba su momento de pasión. Ella recogería los platos, los lavaría y volvería a sentarse junto a él en el sofá hasta que fuera la hora de acostarse.

Una barrera exterior existía que los negaba acercarse más de lo que deberían como pareja. Ryoma se separaba como si ardiera, si fuera lo incorrecto el seguir. Y entonces ella debía de preguntarse si era por ser hermanos o lo hacía como su deber de hombre y mujer.

Cuando Ryoma apagó la televisión y le palmeó la cabeza fue consciente de la hora que era realmente y de la larga divagación de su día a día. Se levantó y caminó como un zombie hacia el dormitorio. Ponerse el pijama mientras él se encontraba en el baño y cepillarse el cabello hasta que él terminaba por cubrirse hasta la cintura.

Pero esa noche no siguió el ritual. Se sentó sobre la cama y esperó a que saliera del baño. Ryoma parpadeó al verla, frotándose los cabellos con una mano.

—Es tarde— la regañó.

—Y por eso decides no tocarme.

Bien. Lo mejor era dejar caer la bomba directamente, ¿no? Pero nunca pensó ver aquel gesto tan perplejo en su rostro. Su cuerpo en completa tensión mientras se sentaba junto a ella.

—No— dijo firmemente. Sus ojos clavados en ella—. No lo es.

—Entonces, ¿cuál? — Suplicó.

Ryoma suspiró, frotándose los cabellos con ambas manos. Desvió la mirada inquieto.

—Porque… somos hermanos…— dedujo.

—¡No! — Exclamó, tomándola de la mano y apretándola con tanta fuerza que temió que le rompiera las falanges. Parpadeó—. Es… otra cosa.

—¿No puedes contármela pero sí rechazarme?

Ryoma puso los ojos en blanco, maldiciendo en voz baja.

—Paciencia— le demandó. Fue su turno de consternarse.

—¿Más? — Exclamó, poniéndose en pie—. ¡Estoy muy enfadada! — Alertó infantilmente— ¿Acaso sabes cómo me siento? Quiero… quiero estar contigo como hombre y mujer y continuas tratándome como tu hermana pequeña, encerrándome en el cuarto de estudio como si te hubiera traído notas de mala calidad. Ni siquiera miras por la cerradura cuando me baño. No te atraigo.

Jadeó, recuperando el aliento. Ryoma parpadeó varias veces antes de fruncir el ceño y tirar de ella. La cama crujió bajo su peso y el colchón los rebotó al tiempo que la presionaba con fuerza. Su cuerpo aplastándola. Su boca usurpando la propia. Sus caderas frotándose contra las suyas hasta que algo endurecido se entrometió entre ellos. Agrando los ojos, empujándole de los hombros.

—N-no….

Ryoma jadeó contra su hombro, alejándose, acostándose de costado y dándole la espalda.

—¿Lo pillas? — Gimió.

Sakuno parpadeó. Su corazón palpitaba con fuerza y un escalofrió helado le recorría cada parte de su cuerpo. Por algún motivo tenía miedo. Tembló, girándose y abrazándose a las ropas.

—Tengo… miedo… algo… algo dentro de mí… me dice que no debería de hacer eso…

—Normal— un suspiro de alivio escapó de la garganta masculina—. Es la primera vez y soy un hombre.

Parpadeó para desprenderse de las lágrimas, observándole por el rabillo del ojo. ¿Ryoma se estaba echando las culpas por su comportamiento? ¿Realmente estaba haciéndolo? Entonces, si hacía cálculos, aquello quería decir que simplemente no la atacaba sexualmente porque… tenía miedo de herirla. Porque era su primera vez y él no tenía experiencia con las primeras veces de las mujeres. O simplemente porque era ella…

—Si te pregunta, no me lo dirás, ¿verdad?

—Bingo— exclamó sin mirarla—. Buenas noches.

Y conversación zanjada. Saltó de la cama para adentrarse en el cuarto de baño, cubriéndose con un Yukata de noche y acostándose lo más cerca posible del borde de la cama.

Ryoma no volvió a hablarle en el resto de la noche ni por la mañana. Se marchó cuando el teléfono comenzó a sonar y simplemente le dio como saludo cerrarle la puerta en las narices.

Sin clases de por medio lo único que pudo hacer fue estudiar y limpiar. Y esperar. Intentar comprender por qué tener miedo de que Ryoma le hiciera el amor y por qué creía que él sería violento. Su cuerpo parecía tener la necesidad de expulsar esa necesidad y comprender que el sexo entre ellos era incorrecto. Pero sus sentimientos eran deseables. Le deseaba.

Se encerró en el cuarto de baño y encendió el grifo de la ducha. El agua caliente comenzó a llenarla mientras se desnudaba y encendía velas aromáticas a su alrededor. Un buen descanso no podía negárselo nadie.

Cuando el agua caliente acaricio cada trocito de su piel suspiró agradada. Las sales que tanto le gustaban a Ryoma daban un tono diferente al agua y su piel iba absorbiendo la suavidad final. Cerró los ojos e intentó relajarse.

El rostro de su hermano fue lo primero que cruzó su mente. Sus ojos fijos en ella. Su boca entre abierta. Con una toalla religada a su cintura, el torso desnudo y perfilado por gotitas de agua. Su piel brillando. Los cabellos humedecidos pegándose a su rostro. Sus manos extendidas hacia ella, acariciándola.

Comenzó por sus senos, deslizándolos ágilmente por la cumbre, bajando sobre sus pezones, acariciándolos en su forme, empujando la suave erección. Cuando comenzaron a cosquillear y a tensarse dolorosamente los abandonó. Sus dedos deslizaron la forma de su vientre, inquieto. Jugaron con su ombligo y amenazaron su entrepierna. Cuando se perdieron dentro del bosque de sus rizos castaños perfilaron la línea de sus labios y se abrieron paso en busca del nuevo descubrimiento.

Cada vez más ardidas las caricias, más profundas, más duras y rápidas y su cuerpo convulsionándose , sus caderas oscilando hacia delante y hacia atrás. Un espasmo de placer obligándola a gemir y después, la tranquilidad absoluta.

—¿Has terminado?

Volvió de golpe a la realidad. Giró la cabeza hacia la derecha y parpadeó. El mismo rostro que había precedido sus fantasías sexuales, tenso y con el ceño fruncido. Los ojos brillantes pero la boca tan tensada que parecía una línea blanca firme.

—¿Ryo…?

—Llegué temprano— interrumpió él, frotándose las piernas con tensión—. Termina.

Su cuerpo crujió cuando se levantó y la puerta se quedó encajada. Su rostro debería de ser capaz de competir en una competición de tomates y ganaría el primer puesto.

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Maldijo entre dientes y se tiró sobre la cama.

No tendría que haber visto eso. No debería de haber espiado mientras ella tenía un momento íntimo dentro de la bañera. Escucharla y verla tocarse habían podido con su seguridad y prevención hasta el punto de arrodillarse y observar. Y después… mierda, había hecho la peor pregunta que se le podría hacer a alguien que está teniendo cualquier momento sexual. Ya sea en pareja o a solas.

"Has terminado". ¿Y a él qué cojones le importaba si ella había llegado a un orgasmo que no le estaba ocasionando él? No era su mano la que se había colado entre las piernas de su hermana o la que había acariciado sus suaves senos hasta ponerlos tensos y duros. Ella misma. Solo se necesitaba a ella misma para satisfacerse sexualmente.

¿Acaso él no lo había hecho muchas veces mientras se duchaba y la imaginaba? ¿Cómo había sido la última vez? Ah, sí. La quería a cuatro patas en la cama, abriéndose su sexo en una invitación totalmente sexual y pervertida a la par. Pero él se había corrido como un condenado mientras se imaginaba que su mano era como enterrarse en su interior.

Pero su hermana jamás se había enterado de ello ni le había descubierto. No podía ser tan confiado. Sakuno siempre había sido asustadiza al hablar del sexo. Lo huía como si fuera el mismo infierno y él se lo había demostrado esa noche cuando se montó sobre ella tal y como lo haría en el momento adecuado. Porque le gustaba el sexo en un modo distinto al que se esperaba de él. Porque quería que fuera con ella y estaba deseándola desde hacía demasiado tiempo. Convivir juntos de esta forma no era lo mismo que cuando sus padres estaban cerca.

Ahora en cualquier momento podía abrazarla. Tocarle gentilmente el trasero, permitir a sus ojos marcharse detrás de ella cuando canturreaba alguna canción y se movía al compás. Observar su rostro de concentración y permitirle buscarle sin necesitar una excusa ruda que la mantuviera alejada de sus tentaciones.

Las cosas habían cambiado demasiado.

Y su cuerpo era más consciente que antes.

—Ry… Ryoma-kun— la tímida voz se escuchó tras él, temblorosa. Rodó por la cama, encontrándose con ella—. Yo…

—¿Tú…?— incitó.

—Lo siento— se disculpó. Las mejillas rojas como caramelos de fresa—. No quería hacerlo… pero mi cuerpo reaccionó sin darme cuenta y… tú… tú…

—¿Yo…?— Repitió la misma acción, interesado.

—Tú… empezaste a salir en mi imaginación y… no pude detenerlo hasta que llegó.

Ryoma frunció los parpados, la sangre agolpándose por completo en aquel punto. Saber que ella fantaseaba con él hasta llegar al orgasmo era perfectamente emocionante y correcto. Tampoco le hubiera agradado saber que había otro tipo como Roberto patillas (1) en sus sueños, por ejemplo.

—Bien— felicitó con orgullo.

Sakuno pareció azorada mientras sus ojos se abrían con sorpresa y el labio inferior tartamudeaba silenciosamente.

—No… no comprendo qué tiene esto de bien.

Suspiró, extendiendo una mano hacia ella.

—Sakuno, ven— ordenó.

Sabía que obedecería. Y cuando sus piernas dejaron de temblar y se acercó, asió las caderas femeninas y las empujó contra su pecho, obligándola a caer de rodillas sobre la cama.

Abrió el albornoz sin dejar de observar su rostro. El color carmesí realmente quedaba adorable en su piel. La desnudó y casi gimió cuando las elegantes curvas femeninas quedaron ante su visión. Los tensos senos y la triangular forma entre sus piernas. Levantó los ojos nuevamente hacia ella.

—Camina sobre tus piernas y cede hasta que te diga que pares— volvió a ordenar.

Sakuno asintió con torpeza, sujetándose de sus hombros a medida que tiró de ella, echándose hacia atrás. Cayó de espaldas y la detuvo justo sobre su rostro. Ambas piernas separadas a cada lado de su cabeza y la visión del rosado sexo abierto para él.

—Siéntate ligeramente sobre mi rostro, Sakuno— demandó. Su voz ronca y tensa, anhelante.

—Pero…— dudó, avergonzada.

—Hazlo— intentó ser lo más suave posible.

Sakuno asintió para saltar ligeramente cuando sintió su boca cerrarse sobre su sexo.

—¿Ry… Ryoma-kun? — Exclamó.

No contestó. Volvió a empujarla contra su boca y comenzó su trabajo. Saboreó hasta el recoveco más especial y satisfizo en caricias el botón más sensible de todo el universo femenino. Cuando empujó sus caderas contra su boca comprendió que realmente estaba haciéndolo bien y cuando el dulce orgasmo llegó contra cada espasmo de su sexo contra su boca sintió que los pantalones estaban a punto de estallar de lo orgulloso que se sentía por cada parte de su cuerpo y en cierta zona especialmente.

Sakuno desfalleció contra el colchón, rebotando contra éste. Sus ojos entrecerrados y su respiración agitada hasta que logró controlarla. Maldición, las mujeres se recuperaban demasiado rápido. Lo observó con ojos de cachorrillo y tendió sus dedos hasta sus labios, perfilándolos.

—Haces… cosas maravillosas— alagó. Echizen sintió su orgullo hincharse.

—Es fácil— no obstante, no había sido fácil. El contenerse y esperar darle el verdadero placer que esperó hasta que llego, había sido bastante debatiente, tanto como pensar en qué forma se bajaría la hinchazón entre sus piernas—, solo eso.

Sakuno desvió la mirada de sus ojos hasta el centro de su entrepierna. La punzante erección amenazando contra la tela en una lucha de bandas. Tragó y acercó dubitativa la mano hasta ella. El simple contacto le hizo empujar con las caderas. Sakuno dudó nuevamente, pero tiró de la cuerda del chándal, abriendo el pantalón. Sus ojos subieron hasta los de él nuevamente interrogativamente.

—Hazlo— más que una orden era una súplica.

Sakuno asintió y torpemente, adentró su mano en el interior de los pantalones, dejando la barrera del bóxer como si de unos idiotas se tratara. Cuando el roce de sus dedos acaricio su carne más sensible no logró reprimir el gemido que explosionó en su garganta. Aquello era deliciosa, acertantemente deseado, pero repentinamente el recuerdo de algo lo hizo olvidarse del placer y retener aquellas manos que tanto valor le habían costado llevar hasta ahí a Sakuno.

—¿Qué… ocurre? — Cuestionó la muchacha asustada— ¿Te hice daño?

—No— negó y ocultó su rostro entre sus manos.

¿Cómo explicarle que realmente lo que sucedía era que temía que su eyaculación la aterrara o le diera asco? No todas las chicas se sentían cómoda con aquella expulsión masculina. La mayoría de vírgenes lo veían como algo asqueroso y repugnante que podía terminar haciendo que odiaran más todavía la leche.

Sakuno parpadeo y tragó angustiada.

—Ryoma-kun… sé lo que pasará— aquello le sorprendió. ¿Cómo qué sabía lo que iba a suceder? Aunque quizás, debería de pensar malamente teniendo en cuenta lo que momentos antes había hecho por satisfacerse a sí misma. Sakuno sonrió pícaramente—. Yo no me saltaba las clases de sexualidad para ir a dormir bajo el gran cerezo, ¿sabes?

Touché.

—Entonces, déjame…— rogó, volviendo a llevar las manos al interior de sus pantalones.

Ryoma no consiguió luchar contra esa valentía. Conocía a su hermana y podía terminar saliendo escaldada de cualquier situación si no se la apoyaba. Asintió con la cabeza, acariciándole los brazos en agradecimiento y se relajó.

Los dedos eran cálidos y la palma de su mano engullía perfectamente su sexo. Los movimientos acariciaban su piel sensible y tensa y arqueando los dedos sopesó sus testículos. La columna le tembló cuando el escalofrió le llegó seguido de más. Y en un momento que no esperó, su mente se nubló, su cuerpo se tensó a la par que su sexo al completo junto a sus sacos inseparables. La explosión golpeó contra las manos femeninas y con la vista nublada buscó la respuesta en su rostro. Se dio cuenta que había llevado las manos hasta las de ella, guiándola y esperó, deseando que no se hubiera sentido ofendida.

Pero Sakuno estaba mirando con sorpresa y curiosidad la mancha que se fundía con la tela de sus pantalones y al sacar las manos observó los restos de su orgasmo resbalando por sus dedos. Lo acercó a su rostro, oliéndolo mientras sus mejillas enrojecían y exclamaba un "Oh" de sorpresa. Antes de que tuviera las intenciones de llevárselo a la boca la retuvo.

—No— ordenó a media voz.

—Pero, tú lo has hecho conmigo— protestó, ofendida.

—No es lo mismo— aseguró. Sakuno se miró las piernas desnudas. La toalla había caído sobre sus muslos y los senos rosados habían quedado a su visión. Se inclinó y apresó entre sus labios uno de los tensos pezones—. No lo es.

Por supuesto que no. Y aunque era difícil de explicar era bien sencillo. Él siempre había creído que lo que salía de su sexo no era algo que Sakuno ni ninguna otra mujer debiera de tragar, ni siquiera acercarse a cualquier parte de su cuerpo. Si se vaciaba en su interior lo haría debidamente protegido y bien sabía dios que en el cajón de su mesilla aguardaba una caja nueva con condones.

Pero, oh, Dios… saborearla a ella era distinto. Mucho. Era meterse dentro de ella, saborear su interior y saber a qué sabía por todas partes. Endulzarse con su propia miel y se sentía terriblemente satisfecho de lo que ocurría en su sexo en el preciso momento de su llegada. Y la fantasía no había superado a la realidad.

El pezón se tensó dentro de su boca y los suspiros regresaron a la boca femenina. Fue delicioso sentir los largos dedos enterrarse entre sus cabellos. El olor del champú mezclarse con el de su propio cuerpo. Rompió el contacto con el seno, enredando sus dedos entre sus cabellos hasta logró asirla de la nuca, tirando de ella y abriendo la boca. Quería besarla. Como nunca antes lo había hecho.

—Espera— intervino Sakuno, parpadeando—. Realmente no has ido a clases de sexualidad.

Ryoma parpadeó, confuso. ¿Qué demonios…?

—No puedes besar a la persona tras haber hecho una felación. Da muchas posibilidades de que enferme de algo… o no sé… o igual estoy confundida con los varones…— añadió esto último al notar su ceño fruncido. Apartó los dedos de sus labios y se ofreció— ¡Al cuerno!

Sonriendo orgullosamente se apoderó finalmente de aquella boca. Sakuno suspiró agradada y entre abrió sus labios para que la explorara y confirmó su cercanía y agradado con su propia e inquieta lengua. Había aprendido rápidamente a dar besos que le gustaban. Que les proporcionaba placer a ambos y ahora, era una droga que no podía dejar atrás. Lo peor del asunto es que siempre terminaban caldeándole demasiado y la erección volvió a palpitar violentamente contra la cintura de su pantalón.

Sin darse cuenta, la empujó hacia atrás. Sus húmedos cabellos desplegados por cada parte de sus dos almohadas. Las sábanas revueltas bajo su cuerpo y la toalla cedida a cada costado. Se lamió los labios y sacudió la cabeza.

—No te… no te atrevas a parar.

La acusación lo sorprendió y excitó tanto que su cuerpo se tensó a la par que su miembro estuvo cerca de volver a expresar su satisfacción. Sakuno lo aferró entre sus brazos, empujándolo en un vano intento contra sí misma.

—No quiero que lo hagas. Quiero hacerlo. Soy… Soy tu mujer, ¿verdad? Soy consciente de que dolerá. De que tus instintos pueden hacerte perder la cabeza, pero si no hago esto contigo… jamás podré saber exactamente qué es para quitarme el miedo y disfrutarlo a tu lado. No quiero que… no quiero que otro hombre tome lo que te pertenece.

¡Por todas las pelotas de tenis del mundo que no colgaban entre las piernas! Aquello no se lo esperaba. Sakuno siempre había tenido que ser empujada en estos temas y ahora era ella quien demandaba que no se marchara de su lado y que coronara la fiesta. Que pusiera la guinda en el pastel como figura final. Que cometiera el delito de asesinar al toro.

Pero demonios, eso era perfecto.

La besó pasionalmente. Introdujo su lengua en su boca y la exploró placenteramente. No tenía prisa, por más que su miembro gritara por culminar la subida a la montaña. Coronarla.

—Lo haré— garantizó, acariciando nariz contra nariz.

Sakuno correspondió con una sonrisa y acariciarle las mejillas hasta detenerse sobre sus labios.

—Gracias.

Ah, mierda. Ella no debería de darle las gracias porque iba a herirla. Porque era él quien realmente tenía que darle las gracias.

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Ryoma la observó detalladamente mientras sus manos no podían quedarse quietas. Sus dedos perfilaron sus senos, irritándolos hasta el punto de excitarlos. Su cuerpo se calentaba de sobremanera, reconociendo agradablemente lo que ansiaba.

Sin darse cuenta, sus manos parecían saber qué hacer exactamente y su cuerpo al igual. Despertaba para él y ansiaba lo que podía entregarle hasta el punto de convertirse en descarada. Sus manos se deslizaron por el fibrado cuerpo hasta la cintura.

Estaba desnuda ante él y algo le decía que no era justo. Ryoma se tensó ligeramente pero no se apartó. Esperó pacientemente, besándole las cejas y la nariz.

—Bájalo— animó. Movió las caderas hacia ella y la punta del miembro sobresalió. Sakuno tragó ante un gemido masculino.

Ryoma siempre había sido bastante libre con su libertad en cuanto al cuerpo. No había ocultado más de lo mínimo para que sus padres no se sintieran incómodos, aunque no era de extrañar que para picar a su progenitor hubiera salido desnudo alguna que otra vez ante sus narices por el cuarto de baño. Pero ella… oh, nunca había visto esa parte especial de su anatomía.

Ryoma siempre se cubría delante de ella. Había crecido con la idea de que esa parte de la anatomía masculina era demasiado privada. Pero una vez había pasado sus dedos por encima, no lograba amainar la terrible sensación de curiosidad. Quería ver cómo era y qué forma tenía.

Cuando los pantalones llegaron a las rodillas ambos se miraron para descender a la par la mirada. El sexo masculino era extraño. Tensado hacia arriba, como si empujara en busca de algo. De la punta sobresalía una gotita blanca y los testículos estaban tensados, cubierto por el oscuro bello.

Ahogo un gemido entre sus dientes, preguntándose si la longitud y el tamaño se adecuaría a su sexo.

—Lo hará— Ryoma susurró contra su frente, besándola mientras sonreía divertido. Tiró de ella hasta abrazarla—. Lo hará.

Elegantemente y con cuidado, se adecuó a su cuerpo. Presionando en el punto justo para que lo deseara. Abrió sus piernas por sí misma, observando con detenimiento su rostro. Ryoma se estiró por encima de ella y abrió el cajón de su mesita de noche. Sakuno sintió deseos de llorar y desprecio el recuerdo con un movimiento de su cabeza. No podía pensar en la pesada realidad.

Si Ryoma se quitaba el condón, ¿Qué clase de personas serían entonces si tuvieran un… heredero?

Ryoma parpadeó al notarlo, observándola con detenimiento.

—No lo quitaré. Es demasiado pronto.

Parpadeó, sorprendida. Ryoma… ¿Estaba pensando más en… hijos? Tenerlos… a su edad era problemático, no antinatural… ¿qué demonios hacia ella entonces cuestionándose si sería natural?

—Está bien— aceptó finalmente, acariciándole las costillas.

Las contrajo ligeramente y sus labios se movieron hasta poseer su boca. El colchón se hundió bajo su peso y la presión del cuerpo masculino encendió la mecha. La punción arribó antes de que fuera consciente y cuando se arqueaba contra el cuerpo masculino gritó el nombre del causante entre lágrimas.

Ryoma las lamió pausadamente, mordiéndole la nariz y esperando con su cuerpo tensando adentró una de sus manos entre ambos sexos. La caricia al punto más sensible la obligó a gemir y arquearse. La extensión en su interior fue apresada y empujada. El dolor se extinguió para ser usurpado por el placer.

Ryoma sonrió y se hundió nuevamente y la sensación fue placenteramente diferente. Una y otra vez. La sensación alcanzada se alejaba y regresaba en picado, hasta engullirla por completo. Ryoma se estremeció sobre ella y aunque la protección estaba entre ellos, su sexo reconoció la liberación sexual en su interior, siguiéndole irremediablemente.

Sus manos lo aferraron con fuerza contra ella. Su sudor se acopló al igual que sus formas y la presión de su sexo la estremeció terriblemente ayudándola a subir más alto de lo que jamás pensó llegar con el simple roce de sus dedos.

Ryoma ocultó su rostro en su cuello y le jadeó la húmeda piel antes de retirarse. Su sexo palpitó ante la falta masculina y se retorció contra él.

—Lo sé— le susurró, mordiéndole el odio de paso—. Levanta las caderas.

Le obedeció y sintió las sábanas resbalar por debajo de sus nalgas, enredarse en sus piernas y tirar hacia arriba. Su cuerpo se cobijó bajo la calidez de las sábanas. La colcha terminó en el suelo, enrollada sobre sí misma. Ryoma observó la colcha con orgullo y después, la observó a ella.

Entonces, algo rompió dentro de su interior. Las ganas de llorar se acumularon con la vergüenza y la culpabilidad. Acababa de tener sexo no con un hombre cualquiera. Era su hermano mayor.

Y él estaba siendo tan consciente como ella misma. Se inclinó pesadamente sobre la almohada, manteniendo su mano izquierda contra sus caderas y la derecha en su vientre. La sábana cubría las caderas masculinas dándole un caprichoso significado sensual.

—Mierda— maldijo entre dientes, apretando los ojos.

Sakuno se removió contra él, obviando el dolor que regresaba a su cuerpo. Se abrazó a él, imposibilitando que sus ojos se encontraran.

—Lo siento— se disculpó. Ryoma chasqueó la lengua y presionó ligeramente sus dedos contra su columna vertebral, descendiendo hasta sus nalgas y volviendo a subir—, ha sido mi culpa. Te… tenté. Pero… aunque esto no se deba de hacer supuestamente entre hermanos, no me arrepiento…

El teléfono vibró sobre la mesilla. Estiró su brazo por encima de él para asirlo y la voz de su madre terminó por hundir la barrera. Ryoma maldijo nuevamente y empujó las sábanas. Liberándola de su calor se encerró en el cuarto de baño.

—Sakuno, ¿qué sucede? — Cuestionó su madre a través de la línea.

—Nada ma… Nada.

No podía llamarla "mamá". No era lógico y tampoco correcto. Su voz se estrangulaba ante la idea de decírselo. No podía decirle: Oye, mamá, que acabo de acostarme con tu hijo mayor, y, ¿sabes qué? Me ha gustado.

No, era imposible.

—He localizado a una amiga mía que podría educarte un poco más en el rumbo hacia la abogacía. Tengo su dirección y espera que puedas ir a verla mañana al medio día, de ahí que os llame ahora. Su nombre es Rebecca Shanders.

—Sí, iré— e iría. No podía dejar escapar ninguna oportunidad.

Colgó un rato después. Ryoma había salido finalmente del cuarto de baño tras darse una ducha, pero no había regresado a la cama. La puerta se mantenía cerrada y ningún sonido llegaba desde el salón.

Cuando se levantó a la mañana siguiente Ryoma estaba durmiendo en el sofá, agazapado sobre sí mismo y con el rostro contraído. Sakuno no le despertó. La culpabilidad lo había expulsado de su cama.

Se arregló adecuadamente y salió a la calle. El taxi la dejó en la misma puerta del edificio. Rebecca Shanders formaba parte de un elenco de abogados de exquisita reputación. De aquellos que costaban más que una hipoteca.

Era increíble que su madre tuviera tan buenos contactos y era totalmente genial que estuviera al alcance de sus manos.

El cuarto piso estaba decorado con una palmera y dos sillas. Una de ellas, ocupada por una joven que ocultaba bajo maquillaje un moretón en la comisura del labio izquierdo. Alguien maldijo a través de la puerta y se abrió. Una escandalosa mujer rubia apareció para observarlas a ambas. La chica tembló cuando la vio y estuvo a punto de echarse a llorar.

—Te aseguro que haré que lo metan en rejas y echen sus pelotas a las hienas del zoo— prometió.

La mujer no reprimió las lágrimas y terminó echándose a llorar. Otra mujer apareció con un paquete de clínex y se la llevó al interior. Dos ojos verdes se posaron sobre ella.

—Echizen, ¿Verdad?

Dio un respingo, asintiendo. La mujer extendió la mano firmemente hacia ella y le dio un apretón.

—Rebecca Shanders. Tu madre me dijo que vendrías. Pensaba que traerías a tu hermano contigo, pero que hayas venido sola me parece mucho más interesante. ¿Sabes que te pareces a tu madre?

Sakuno parpadeó. La mujer era totalmente enérgica y no parecía necesitar a nadie que la tradujera.

—Gracias— contestó, encogiéndose de hombros e imaginándose a su padre estrechando la cintura de su mujer con orgullo—, por recibirme.

—No es nada. Cuando Rinko me dijo que tenía una hija que también quería ser abogada, quería conocerte. Tu madre es buena, muy buena. Y si podemos crear otra mujer como nosotras, mejor que nunca. ¿También optarás por viajar como tu madre?

—Me gusta Japón— confesó—, pero… América igual no está mal.

La mujer extendió la mano en ofrecimiento de la puerta. El aroma a perfumadores forzados para cubrir el olor de alguna cañería que traía olor a podredumbre ayudó bastante. Sin embargo, el descolocado y llamativo despacho de la mujer olía a rosas gracias a los ramos de flores que descansaban sobre una mesa extensible.

—Me ha dicho que estás conviviendo con tu hermano. Debe de ser difícil. Un hombre hecho y derecho tiene sus necesidades— arqueó las rubias cejas significativamente—, sobretodo, llevando la sangre de su padre.

—¿Conoció a mi padre? — asombrada, parpadeó, sentándose frente a la silla del escritorio ante su ofrecimiento.

No logró evitar percatarse de la sonrisa burlona que escapó de su boca.

—Le conocí. Tu madre me lo arrebató. Es un… buen macho. Me imagino que se convirtió en un padre muy posesivo, ¿no?

—No sabe cuánto— susurró, gruñendo por lo bajo. Rebecca rió.

—Tengo una oferta para ti. Me gustaría que me ayudarás. He conseguido darte una gran oportunidad con la universidad que ojalá tu madre y yo la hubiéramos tenido en su momento. Mi oferta es que trabajes conmigo. Aprenderás poco a poco y dentro de poco te convertirás en alguien realmente buena. Eres joven y estas comenzando, así que no pienses que te voy a sentar en el claustro de un juicio porque estás equivocada— advirtió—, y, la condición de que trabajes aquí es que obtengas aprobados en todo.

Afirmó con la cabeza, determinada.

—Lo haré.

Rebecca sonrió, dando una palmada presionó un botón del teléfono.

—Lidy, dile a mi ayudante que venga.

Sakuno se irguió ligeramente, preguntándose quién sería su ayudante. Algo que encajara con su belleza seguramente. Una mujer así no podía ser perseguida por un hombre con gafas y pelo revuelto. Pero la puerta se abrió para presentar a un varón totalmente distinto.

La pierna de la silla que estaba sentada crujió repentinamente. Su estabilidad fue al suelo completamente y la vergüenza inundó sus mejillas.

—Sakuno… este es tu compañero de aprendizaje.

El joven flexionó las rodillas frente a ella y la observó con atención.

—Esa pata estaba rota desde hace bastante tiempo, no te preocupes. Pero la próxima vez, asegúrese de que realmente es aceptable para que sus posaderas puedan estar sobre ella sin caerse. No se preocupe por adelgazar. Perderá peso rápidamente. Encantado de conocerla…

Rebecca se levantó para poder mirarla por encima de la mesa. Su sonrisa no había desaparecido.

—Por favor, llevaros bien…

-.-

¡Siento la tardanza! ¡Ya volveré!