—Diablos…

Se cubrió la boca por la palabrota y miró por encima de su hombro. El despacho estaba vacío excepto por la figura masculina sentada tras el escritorio, con una carpeta cubriéndole el rostro. La silla rota había desaparecido junto a Rebecca pero el silencio había llegado junto a ella y el ingrato chico.

Sakuno había hecho todo lo posible para intentar ignorarlo y él simplemente se había sentado tras el escritorio y abierto una carpeta dossier y parecía más entretenido en eso que en su presencia. Si la había tratado así para ganarse puntos delante de Rebecca y quitárselos a ella, estaba muy equivocado. Ella no quería puntos. Ni siquiera sabía que podría subirlos haciendo daño a los demás. O quizás, simplemente, es que el chico era así de carácter.

Si pensaba en Ryoma, también era muy difícil de tratar cara a los demás. Pero al menos no tenía la misma lengua viperina que ése sujeto. O quizás, al menos, no con ella.

Rebecca le había dado un informe acerca de un cliente expresamente. Quería su opinión y, por lo tanto, era una evaluación. Por lo tanto, la presencia del varón debía ser rápidamente anulada de su mente y centrarse completamente en el cliente.

Se sentó sobre el sofá de cuero y cruzó las piernas para aguantar la carpeta. Leyó el perfil psicológico y cuando comenzaba a entrar en el caso, él carraspeó.

—La mesa está para algo, ¿Sabes?

No levantó los ojos, leyendo unas letras que aparentemente, eran ilegibles, porque no conseguía concentrarse. Pero él pareció captar la indirecta, porque la dejó en paz. Volvió a releer lo mismo y esta vez, sí logró entender las letras. Hasta que, una vez más, algo la distrajo.

Él. Golpeaba el escritorio con los nudillos y la miraba fijamente. Sus castaños oscuros cabellos cayéndole por encima de la frente, la cabeza ladeada encima de la otra mano y la carpeta abierta sobre la mesa. Sakuno le miró únicamente un instante antes de volver a centrarse en su trabajo. Cambio de pierna.

—Sabes, ese gesto de cambio de piernas me resulta familiar a una película, lo que ahora no caigo.

—No me interesa— replicó, chasqueando la lengua. Ryoma era experto en enseñarle algunas cosas y, ey, eran hermanos… por desgracia.

Él calló para empujar la silla de ruedas hacia atrás y levantarse. Caminó a grandes pasos hasta su altura y se detuvo en el sofá junto a ella, dejándose caer. Se abrió la chaqueta y dejó ver la azulada camisa y la rojiza corbata. Sakuno suspiró, irritada.

—Eres algo quisquillosa, ¿no crees? — Cuestionó mirándola fijamente.

Sakuno lo ignoró y giró la hoja del expediente. Una fotografía mostraba una casa de gran tamaño, estilo inglés. La clase de casa que a su madre le gustaría. Al parecer, el hombre tenía cinco hijos y una única residencia. Por desgracia, se le había encontrado un tumor maligno en el cual no aseguraban supervivencia. Por lo tanto, quería asegurar su testamento y esperaba no tener demasiado problemas en adelante con sus hijos. Había recurrido a Rebecca como abogada y estaba en espera de una respuesta.

El móvil sonó dentro de su bolso y cuando quiso darse cuenta, él había quitado el bolso de su alcance y sacado el móvil, leyendo el mensaje. Sakuno estaba indignada y con la boca abierta de pura sorpresa.

—"Dónde estás" — leyó sin apartar la vista del móvil—, ¿Qué eres, un perro?

Dejó la carpeta a un lado y tiró del móvil hasta conseguir arrancárselo. Sabía perfectamente de quién era ese corto y directo mensaje. Sus mejillas enrojecieron cuando leyó para sí misma el mensaje y le dio la espalda mientras contestaba, notando como los ojos del joven se mantenían clavados en ella. Cuando bloqueó el móvil se volvió hacia él, recogiendo su bolso, frustrada.

—Tienes un problema de independencia— indicó, guardando el móvil en el bolso—. Y bien sabes que podría denunciarte por acoso.

—No tengo problemas, soy el mejor en defensa. Ni me despeinarás— orgulloso, colocó las manos tras la nuca. Sakuno entrecerró los ojos, se colgó el bolso en el hombro y levantó la barbilla. Él sonrió—, ¿vas a huir?

Detuvo sus emociones al instante.

Bien. Era cierto. Iba a huir. Él estaba molestándola y ella iba a huir. Pero, ¿acaso estaba en parvularios donde salir corriendo era aceptable? ¿O en la escuela, donde podías cambiarte de clase simplemente o esconderte bajo el ala de tu hermano? No, nada de eso. Ni estaba en ninguno de esos lugares ni tenía a Ryoma con ella para poder protegerse. Y, en adelante, tampoco tendría a nadie con ella en un estrado, ayudándola o apoyando. Es más, contarían con ella para que defendiera, no para que saliera corriendo cuando el juez pusiera trabas en sus testimonios.

Oh, Dios, ¿por qué demonios estaba ahí, soportándole? ¿Por qué había empezado a estudiar derecho? ¿Por qué había dejado que su madre le abriera puertas si no iba a utilizarlas? Y, la pregunta más importante; ¿Por qué quería ser abogada?

La respuesta le vino como un balde de agua fría. Pálida, apretó los labios y terminó por huir…

Llegó al piso antes de lo que esperaba, alegrándose de que Ryoma no estuviera presente, se dejó caer de rodillas, jadeando, sintiendo que ya no podía controlar más el llanto. Sabía que su madre no tardaría en llamarla y que las excusas no serían suficientes.

¿A qué demonios estaba jugando?

-.-

Observó el enorme edificio y arrugó la nariz. Sakuno no había contestado demasiado al mensaje y aquello lo intrigaba. Pero había seguido la dirección y estaba detenido frente a las puertas de hierro. "Abogados Moorn" era la placa de brillante oro que mostraba su destino total y agradeció que la chica no hubiera sido tan despistada como para hacer que se perdiera.

Entró y subió los tres pisos al ver que los ascensores iban demasiado cargados. Llamó a la puerta y esperó.

Le abrió una mujer de cabellera rubia y ojos fieros. Al verle, se llevó las manos a la boca y gritó demasiado entusiasmada. Ryoma sintió como sus oídos estallaban y que era rápidamente engullido al interior del piso. Sorprendido, casi no tuvo tiempo de evitar el magreo y logró gruñir un "suelta" antes de que terminara siendo morreado. La mujer le observó con sorpresa nuevamente y casi palideció.

—Oh, Dios, eres su viva imagen. Tan idéntico que me he dejado llevar… Perdóname.

Se arregló las ropas, confuso y miró a su alrededor. No había ni rastro de Sakuno, pero había alguna que otra habitación cerrada. La vio colocarse coquetamente el escote y después, sonreírle abiertamente.

—¿Buscas a tu hermana?

—¿Cómo…?

—¿Lo sé? — Interrumpió ella sonriente—. Eres la viva imagen de Nanjirou Echizen y tu hermana acaba de irse por esa puerta. Sois inconfundibles. Nunca olvidaría a Rinko Echizen, o Takeuchi, como solía llamarse antes de casarse con tu padre. O, mejor dicho, de quitármelo.

Ryoma la miró perplejo. En medio de la explicación o información de más había logrado averiguar que Sakuno se fue, que la mujer había sido una de las ex mujeres de su padre y que su madre, muy digna ella, había logrado quitarlo de sus garras y apoderarse del inalcanzable Nanjirou Echizen. Aunque había cierta cosa que le ocasionó un repelús frustrante: Se parecía a su padre.

Bien, dada su conexión con la que era su hermana, aquello, por mucho que honrara a su madre, a él le sentaba como una buena patada en todos los cataplines.

—Lo que sea— dijo, dándole la espalda con intenciones de marcharse. Pero la mujer lo retuvo.

—Espera, he de hablar contigo— dijo—. Sobre tu hermana. Se ha marchado sin más, dejando un expediente de prueba que había preparado para ella. No era un caso nada difícil. Solo asesoramiento más que otra cosa, pero ha dejado el despacho como alma que lleva el diablo y no sé sus razones. El trabajo no era nada del otro mundo, creo. Solo tenía que aconsejar a un hombre sobre una herencia y sus cinco hijos.

—Ha huido, ha huido— dijo una voz tras ella.

Levantó la vista un poco más, encontrando el rostro de un joven varón y una sonrisa pícara cruzándole el rostro. Frunció el ceño y maldijo interiormente. Si Sakuno se había encontrado con el típico chico toca huevos, era lógico que saliera "huyendo".

Se dio la vuelta y volvió a intentar marcharse, pero la mujer lo retuvo.

—No sé si tu madre lo sabe, pero creo que está intentando hacer que tu hermana siga unos pasos que no desea llevar.

Y, finalmente, lo dejó ir. Ryoma, confuso, salió a la calle en busca de Sakuno. Sacó el móvil, rogando porque no hubiera sido tan tonta como para adentrarse entre mucha gente y perder el sentido para no escuchar el móvil. Y maldijo cuando la llamada se perdió dentro del contestador automático.

Demonios, odiaba cuando no la encontraba. Odiaba que se perdiera por una ciudad de tantos habitantes, de peleas callejeras cada dos por tres y donde una chica como ella seria presa fácil de todo aquel que fuera de listorro.

Y lo peor de todo, que fuera precisamente el día siguiente de haber tenido las primeras relaciones sexuales juntos. Probablemente él había huido como un maldito cobarde al sofá, dejándola sola cuando debería de haberla apoyado, porque no solo era él quien estaba cometiendo incesto. Un incesto que había ido demasiado lejos. Había despojado a Sakuno de la única barrera que se había impuesto no romper.

Pero si quería convivir con ella como pareja, esa situación debía de darse tarde o temprano. Especialmente, porque la deseaba. La deseaba como hombre. La deseaba en su cama o donde fuera. Del mismo modo que un maldito adolescente.

Podría estar volviéndose loco, exagerando en celos por los demás, podría alejarse de ella todo cuanto quisiera, pero sabía que su rumbo sería igual. Regresaría a su lado. Más que un vinculo de pareja, continuaba siendo hermanos.

Abrió la puerta de la casa y se detuvo a tiempo. El bolso de Sakuno estaba tirado de cualquier manera justo en la entrada, el fular que solía llevar lo guió hasta el dormitorio y los gemidos del llanto le ahogaron la respiración. La encontró estirada en la cama, en plena penumbra, con las sábanas sobre su cuerpo y la almohada sufriendo el estrés de sus manos.

Se sentó junto a ella y dejó las llaves en la mesita de noche.

—¿Te ha…— se lamió los labios, sintiéndose furioso por momentos—… hecho algo?

Sabía que el hombre de la oficina había tenido algo que ver. Que se habían encontrado y solo ellos y Dios sabía que pasó entre ellos. Pero si su mala cabeza calibraba las mil y una cosas capaces de hacerle, deseaba estamparlo contra una pared y borrarle su estúpida sonrisa.

—No. Yo… creía que estaba bien, que era mi sueño, que quería hacerlo… que realmente ser abogada era lo que deseaba. Empecé a estudiar derecho con muchas ganas…

La furia se apaciguo para arrellanarse en la sorpresa.

—¿Sakuno…?

Pero ella continuó.

—Realmente creí que era lo que quería, que… mamá era maravillosa como abogada, que era mi sueño, pero hoy… hoy me di cuenta de que no es así…

Se removió entre las sábanas hasta encender la luz, mirándole. Tenía el poco maquillaje que usaba cubriéndole la parte baja de los ojo, pareciendo dos grandes ojeras. Los labios le temblaban y los ojos estaban rojos e hinchados.

—Ryoma-kun… yo… no quiero ser abogada.

—Pero hace nada querías…

Ella lo interrumpió con un sollozo, negando con la cabeza.

—No… no lo entiendes, ¿verdad? Al contrario que a ti, que te ha apasionado el tenis… ser abogada únicamente me parecía maravilloso porque mamá lo era… y… y cuando me di cuenta de mis verdaderos sentimientos por ti…— un adorable sonrojo apareció en sus mejillas, pero se apartó rápidamente por la palidez—, quise seguir, emperrada en ello. Pero… no era mi sueño. Era el sueño de otra persona…

Ryoma no lograba entenderla. No encajaba las piezas del rompecabezas. Sakuno estiró una mano, aferrando la suya. Era tan pequeña en comparación a él…

—Yo… buscaba una manera de compensar a mamá… por mi pecado.

El habla se le congeló. Sakuno volvió a llorar a lágrima viva, llevando aquella mano hasta sus húmedas mejillas, las húmedas pestañas cubriendo su mirada.

Mordiéndose el labio inferior, tiró de ella contra sí, abrazándola. Su cuerpo delicado, sus formas… su carácter, su bondad… Demonios, era maravillosa. Y él la estaba corrompiendo. Su dichoso amor la corrompía.

—Ryoma-kun… yo…

—No digas nada— susurró, acariciándole la espalda. Sakuno se estremeció he hipó un suspiro. Cerró los ojos y lentamente, se relajó.

Pero el teléfono rompió su tranquilidad. El móvil de Sakuno sonó en el bolso y ella le miró suplicante. Chasqueando la lengua y llamándose a sí mismo calzonazos, fue en busca del bolso y sacó el, móvil, descolgando.

—Echizen— saludó secamente sin mirar si quiera el número.

—Echizen Takeuchi— sonó la voz de su madre, cantarina y con una sonrisa en su voz—, anda Ryoma, de vez en cuando podrías recordar que llevas mi apellido también. Pero bueno, ¿cómo es coges el teléfono de Sakuno?

Miró a la joven. Se había llevado las manos a la boca y le miraba aterrada. Pero apretó los labios y estiró una mano, temblorosa.

—He hablado con mi contacto, aquel que preparé para que ella pudiera tener experiencia laboral, pero me ha comentado que ha huido antes si quiera de empezar— directa al grano, como siempre.

Sakuno se inclinó más hacia delante, intentando coger el aparato antes que él contestara. Ryoma se apartó, provocando que cayera contra él, apoyando el vientre en las piernas masculinas. Presionó con la mano libre su espalda y no la dejó moverse.

—¿Y qué? — Gruñó al sentir los dientes contra su carne. Sakuno pataleó contra el cabezal de la cama.

—¿Cómo que y qué…? Espera, ¿qué es ese ruido? — Cuestionó intrigada su madre.

Guardó silencio un momento, poniendo los ojos en blanco.

—Sakuno cambiando muebles— mintió y repitió de nuevo—, y, ¿Qué?

Rinko pareció suspirar a través de la línea o simplemente rió al imaginarse a su hija cambiando los muebles de la casa sin cesar, imagine sacada de ella misma. La diferencia es que Sakuno no estaba cambiando muebles y que él no era su padre, quien siempre parecía estar dispuesto a darse golpes contra los muebles que su madre cambiaba de lugar.

—Mira, Ryoma, el mundo de los trabajos es difícil. No todos tendrán la misma suerte que tú, que vives bajo el yugo de un apellido, luchando contra él y mostrando lo buenos como Ryoma Echizen simplemente, no como el hijo de Nanjiro Echizen. En el mundo que Sakuno está adentrándose si te pisotean sin cesar y si no tiene ayuda…

—Repito; ¿y? — Gruñó.

—¿Cómo que "y"? — Le imitó— ¿Qué pasa, que estás de guasa? Te acabo de decir, que para ser abogado, no es tan fácil como crees y Sakuno es mejor que tenga escalones abiertos que subir que peldaños falsos. Cuando trabaje conmigo será otra cosa y…

Ryoma frunció el ceño, dándose cuenta entonces. Su madre había decidido el futuro de Sakuno a su modo, incluso asegurándole un puesto en su propio bufete sin tener en cuenta si ella querría seguir viviendo en Japón, en China o donde Dios perdió la última sandalia.

—No lo va hacer— soltó y esperó a que los gritos llegaran.

Sakuno fue la primera en gritar, logró zafarse y le arrebató el teléfono al momento en que la voz de su madre cuestionaba su respuesta. Después, fulminando con la mirada, se encerró en el cuarto de baño.

Ryoma miró la puerta cerrada y puso los ojos en blanco. Como Sakuno saliera de esa habitación y dijera que quería continuar con sus estudios como abogada, le iba a dar unos buenos azotes…

-.-

Sakuno no sabía cómo encarar a su madre. Se quedó mirando unos instantes el teléfono antes de llevárselo al oído y murmurar un mamá que hacía demasiado tiempo no salía de su boca. Rinko volvió a efectuar la misma pregunta que le hiciera a Ryoma y ella sintió un nudo en el estómago. Una cosa era darse cuenta de la verdad, de decírselo a Ryoma, pero otra muy diferente explicársela a su madre. A la mujer que más miedo había tenido de perder cuando supiera la realidad de su estadía en América.

—Ryoma, ¿qué demonios está pasando? — Insistió.

—So… soy yo…— balbuceó.

—Ah, Sakuno— el tono de voz se suavizó y ella suspiró aliviada pero no confiada—. A ver, explícame qué era eso que ha dicho tu hermano.

La verdad, mamá…

—Pues…— balbuceó, rascándose la mejilla—, no sé cómo explicarlo.

Rinko chasqueó la lengua.

—Te diría si prefieres hablarlo con tu padre, pero dada la situación, que ninguno de vosotros soltáis nada, creo que no te queda otra que hablarlo conmigo. Dime qué ha pasado, Sakuno.

Se lamió los labios, suspirando. ¿Por dónde comenzar sin contarle los motivos reales? De lo que se había dado cuenta le producía vergüenza y asco. Era traicionera. Había traicionado las creencias de su madre.

—Mamá, sé que lo que he hecho está mal— reconoció. Una vez leyó que a veces, era de valientes reconocer una equivocación, pero en esos momentos no podía evitar preguntarse si sería cierto—. Muchas decisiones y cosas que he efectuado desde que empecé la universidad, están mal. Creo que incluso de mucho antes de ser consciente de algo.

—Sakuno, hija, ¿de qué me estás hablando?

Hipó, sintiéndose hundida. Se sentó sobre el inodoro deseando que este la tragara en un intento de humildad.

—Mamá… no voy a seguir estudiando abogacía.

Pensó seriamente y muy dentro de ella que Rinko gritaría. Que despotricaría palabrotas y pensaría que se había vuelto loca. Que la obligaría a regresar a casa porque era lo mejor, por eso, cuando el silencio fue lo único que llegó desde el otro lado de la línea, se temió lo peor.

—¿Mamá? — Cuestionó— Mamá, ¿pasa algo?

Rinko balbuceó como un infante y Sakuno se sorprendió. Era la primera vez que lograba dejar a su madre sin palabras y no sabía si para bien o para mal. Un suspiro resignado llegó desde el otro lado de la línea y, finalmente, la voz de su madre se dejó escuchar.

—Ya hablaremos de esto, Sakuno.

Y colgó.

Sakuno se quedó mirando la pantalla brillante del teléfono hasta que se apagó. Suspiró y clavó la mirada en la puerta cerrada. Sabía que Ryoma estaba esperando una respuesta o al menos, una explicación y lo conocía lo suficientemente bien como para saber que no aceptaría una decisión negativa, que se hubiera acobardado sin tener en cuenta sus sentimientos. Pero la realidad era que no había tenido tiempo de defenderse por culpa de su madre. Y aquello, le sonaba a excusa barata, sinceramente.

No dándole más oportunidades a su depresión, se puso en pie y abrió la puerta. Ryoma continuaba sentado en el mismo sitio y la miraba con clara exasperación por tener que esperarla y molestia por haber sido excluido y regañado.

—Ha dicho que ya hablaremos— soltó. Ryoma guiñó los ojos antes de suspirar y frotarse los cabellos—. Ya, lo de siempre.

Se sentó junto a él y acarició las formas del móvil. Ryoma se inclinó ligeramente hasta apoyar la cabeza en su hombro y bufó.

—Lo siento… he sido siempre tan egoísta— susurró mirándole. Él levantó los ojos hacia ella y casi pareció sonreír. La misma sonrisas que ponía cada vez que era superior en su juego.

—Ídem.

Suspiró, sintiéndose momentáneamente libre. Ryoma sentía la misma culpabilidad que ella. Y lo sabía y sonreía como si nada. Aquella simple sonrisa era más fuerza para ella que para nadie…

Dos semanas después…

Sakuno cambió la forma de sus estudios. Eligió la rama de arte en lugar de seguir con abogacía. Cuando Ryoma le preguntó por qué respondió que porque le interesaba la escritura y, creía confiadamente, que tenía muchas ideas que escribir. Además, no estaba de más tener estudios extras. Además, se las había apañado para poder tener tiempo suficiente para permanecer más en casa que fuera. Y era agradecido cuando veías como Ryoma llegaba cansado a casa y te miraba con cara de sorpresa y agradecimiento por no tener que preocuparse demasiado por ti.

Su madre no había llamado en ese tiempo. Ni ella tampoco hizo ademán de hacerlo. Sabía que si la presionaba recibiría una mala contestación y, con ello, una disputa que no deseaba. Bastante mal estaban ya las cosas como para incrementarlo.

—Ten— indicó hacia un soñoliento Ryoma un domingo de libertad, extendiéndole un cuenco de arroz.

Se acababa de levantar y su estómago había rugido ante el olor de la comida. Ella, sonriente, se había afanado más en terminar la comida y cuando vio cómo le brillaban los ojos cuando empezó a servirle, bastó. Ryoma apretó el cuenco entre sus dedos y sin molestarse en asegurarse si ella tenía comida o no, empezó a engullir de buen grado.

Sakuno se sentó frente a él, removiendo su sopa y mirándole con suma atención. Lo que había sucedido entre ellos dos semanas atrás no volvió a repetirse. Ryoma había regresado a dormir en la cama, pero no avanzaba más allá que de un beso casto o, en los labios cuando ella se autolesionaba emocionalmente.

Sakuno se preguntó si sería natural, pero en la universidad, había conocido a un gripo de chicas que no sabía si decir que eran demasiado espabiladas o era ella la que estaba demasiado atrasada, hablaban de sus novios como si fueran el pan de cada día y es que, cada hora de clase tenían que comentar o contar algo. Una de ellas, japonesa como ella pero que parecía tener algún padre extranjero por sus hermosos ojos azules y su cabello casi rubio no teñido, sonreía cada vez que murmuraba algo sobre su novio y guiñaba los ojos cuando le preguntaban qué tal esa noche. Al parecer, las parejas normales podían hacerlo cuando les apeteciera, a la hora que fuera y sin temor.

Pero, la inquietaba el no poder hablar libremente de eso con Ryoma. Sabía que le incomodaría, que la miraría como si acabara de estropearle el mejor desayuno del mundo o simplemente, se levantaría mientras se maldecía sí mismo y se sentía nuevamente culpable.

Y es que ella no podía hacer nada más. Le amaba y amarle conllevaba muchas cosas que su cuerpo deseaba. Era como una necesidad superior, porque cuando lo había tenido dentro tuvo la sensación de compartir mucho más con él que un cuerpo. Como si ahí Ryoma le hubiera abierto las puertas de su corazón. Probablemente, lo dicho de que hacer el amor con la persona que amas es como enlazar vuestras almas, era cierto.

Y quería volver a experimentarlo.

—¿No vas a comer?

Dio un respingo. Ryoma la miraba confuso, con las cejas arqueadas y el cuenco a medio comer mientras sostenía en la otra mano los palillos y la lata de Fanta. Sakuno parpadeó y le miró por debajo de las pestañas. El rostro comenzó a arderle culpablemente y aquello pareció descolocarle más.

—¿Qué…?

—Ryoma-kun— balbuceó, apretando los dedos contra el filo de la mesa de madera y, con todo el esfuerzo del mundo, empezó—: ¿Por qué no lo hacemos más veces?

Ryoma guiñó los ojos una vez. Luego otra más. Y otra.

—Lo estamos haciendo ahora.

Sakuno levantó los ojos que había bajado por vergüenza. Ryoma hablaba en serio. Y lo hacía de la comida, no del sexo. Para él la pregunta no tenía ese significado. Abrió la boca para insultarle, pero solo consiguió balbucear y tragar. Sus labios temblaron y sus ojos se anegaron en lágrimas. Sacudió la cabeza a la par que se ponía en pie y antes de lograr salir corriendo hacia una habitación en la cual llorar sus penas, la puerta de la casa sonó. Ryoma, se puso en pie antes que ella, mirándola completamente ido.

—¿Qué pasa? — ladró hacia ella al tiempo que se giraba en dirección a la puerta.

Antes de que Sakuno pudiera contestar, le siguió. La puerta fue abierta casi a regañadientes y dos pesadas maletas cayeron sobre los pies de Ryoma, que encogió los ojos y maldijo entre dientes mientras ambos compartían la misma cara de sorpresa y miraban hacia su madre.

—¿Qué pasa? Ni que fuera una carta bomba— exclamó abriendo los brazos hacia ellos—, anda, dadme un abrazo con todas vuestras fuerzas.

Continuará…