Rinko les miró como si fueran dos extraterrestres. Ambos plantados delante de la puerta, como si acabaran de ver un fantasma, sin atreverse a moverse. Bajó los brazos, fastidiada. ¿Qué clase de recibimiento era ese para una madre que llevaban tanto tiempo sin ver? Vale, venía con carros destemplados para ambos, pero aún así, ella quería achucharlos y besarlos. Porque aunque las cosas estuvieran confusas, ellos seguían siendo sus adorados hijos. Y ya se sabe que para una madre un hijo siempre será esa cosita pequeña que dio a luz, le puso un pañal, pero no dio permiso para crecer.
Y ahora los tenía a ambos delante de ella, pálidos y con las bocas medio abiertas.
—Venga, por favor, que no voy a mataros. Dadme aunque sea un dichoso abrazo.
Sakuno tembló, pero fue la primera en moverse. Sabía que su hijo era de los que tenías que actuar para conseguir algo, así que tiró de él para que la abrazara también. No entendía por qué Nanjirou estaba tan en contra de ellos. Ella los adoraba del mismo modo. Pero sabía perfectamente que era tan cabezón como para haber intentado evitar por todos los medios que cogiera aquel vuelo para ir justo donde estaba ahora.
Era tan infantil algunas veces.
—Bueno, ahora, enseñarme esto, ¿no? — les miró arqueando las cejas, entregándole la maleta a Ryoma—. Me pareció muy buena idea que alquilarais una casa ambos juntos. Así puedo estar más tranquila con Sakuno.
La chica enrojeció y le apartó la mirada. Rinko sonrió. Su hija siempre había sido tan transparente… y le alegraba que no hubiera cambiado. Desde siempre había tenido complejo de hermano y probablemente, le estaba dando muchos problemas a Ryoma. Aunque ella tampoco lo pasaría fácil. Ryoma seguramente había salido a su padre y con su aspecto, era imposible que no se llevaba a las chicas de calle. Si las traía a la casa, Sakuno era capaz de encerrarse avergonzada en el dormitorio o salir corriendo. Seguro que no era fácil para ella.
Miró el apartamento con curiosidad. Se notaba que Sakuno vivía ahí. Estaba limpio y recogido, tan solo los platos de la comida estaban sobre la mesa. Probablemente los había interrumpido.
—Ay, Dios, seguid comiendo, venga, venga— animó sentándose en la mesa—, Sakuno, cariño, te agradecería que me sirvieras a mi también. No he comido nada.
Sakuno se movió casi como un robot. Estaba pálida y temblaba. Ryoma se sentó en la mesa como si nada. Sakuno le colocó un cuenco de arroz, palillos y una bebida, sentándose después. Callados y con las cabezas gachas. Sonrió. Sí, definitivamente eran como niños.
—Madre mía, parece que os fuera a comer. Solo he venido a hablar, no entiendo éste pánico— sacudió la cabeza, llevándose a la boca un poco de arroz—, solo quiero hablar del tema correctamente. Me quedé muy sorprendida cuando dijiste que no quieres seguir con la abogacía, Sakuno. Después de tanto dinero y tiempo que has invertido.
—Pero… pero…— balbuceó.
—Tu carácter no está hecho para eso. Ni siquiera para defender a alguien. Te comerían enseguida. Lo sabía desde el principio.
Y era verdad. Desde que Sakuno había dicho felizmente que seguiría sus pasos. Nanjirou y ella sabían que, aunque fuera un sueño, ella nunca podría cumplirlo. No porque no fuera a cumplir su sueño, si no porque su carácter chocaba con lo que deseaba hacer.
Aun así, habían invertido en ella dinero y tiempo. Y ella había movido contactos para poder darle un buen lugar donde trabajar en América. Por encima de su orgullo, todo sea dicho. Porque en la vida le hubiera pedido un favor a esa rubia pechos tuertos. De tan solo recordarlo le daban de…
—¿Mamá? ¿Tan enfadada estás? — musitó Sakuno temblorosa. Cayó en la cuenta, sonriéndole.
—No, perdona, estaba recordando una cosa— carraspeó, terminando de comer—. Vamos a ver. Has ingresado en otra rama en la universidad, ¿verdad?
—Arte— respondió en un balbuceo. Bueno, eso pegaba más con ella.
—Me parece bien— asintió—. No puedo decir que esté alegre después de haber tenido que mover tantas cosas para que tu carrera fuera viento en popa, pero me alegra que no te hayas rendido y decidieras continuar otra rama. En esta, querida, ninguno de nosotros podremos ayudarte, ¿eres consciente?
—P-por supuesto— asintió ofendida—. Quiero… hacerlo yo. Sé que no soy buena en muchas cosas, pero en esforzarme sí y llegaré a encontrar algo que realmente me guste y pueda hacerlo con una sonrisa en la casa. O quizás con el ceño fruncido como tú. Pero lo haré realidad.
—Bueno, eso del ceño fruncido como yo sobraba, sinceramente— bufó, poniéndose en pie— ¿dónde está el baño?
Ryoma extendió la mano y señaló una puerta cerrada. Asintió y arrastrando los pies con cansancio se dirigió hasta él. Estaba limpio y apenas tenía más cosas que papel de baño y unas toallas de decoración. Ni cepillos de dientes ni pasta de dientes o una cuchilla de afeitar. Conociendo a su hija, sabía que cuanto más ocultas estuvieran las cosas íntimas, mejor, pero Ryoma… A menos que para acortar tiempo, ambos compartieran el mismo baño. Fuera como fuera, ése precisamente no era el compartido.
Salió justo cuando Sakuno fregaba lo platos y Ryoma se sentaba en el sofá, cambiando de canal. Aunque fuera un día entre semana y por la tarde, ¿qué demonios hacía ahí sentado como si nada?
—Ryoma, ¿no tienes entreno o algo? — cuestionó, secando los platos que Sakuno dejaba sobre el fregadero. Ryoma negó y ella suspiró— ¿te ayuda en casa al menos?
Sakuno respondió con una sonrisa, que, si no la conociera, se hubiera tragado.
—Deberías de ayudar más a tu hermana. Compartís las casa, así que un poco de cada uno viene bien.
—Mamá, no es necesario— defendió Sakuno tímidamente.
—Ay, cielos, sigues teniendo complejo de hermano a más no poder— bufó—. Es un hombre. Si lo mal acostumbras, terminará convirtiéndose en un vago de por vida. Como pasó con tu padre. Deja que sea su novia quien lo mal crie. Luego se arrepentirá.
Sakuno inclinó la cabeza, el vaso que restregaba se resbaló y cayó sobre el fregadero, cascándose. Alargó la mano para detenerla y luego, suspirando una regañina por aquel error tan principiante, recogió el vaso para tirarlo en la basura. Ryoma había levantando la cabeza hacia ellas, apartando la mirada de la televisión.
—Venga, no es para tanto— suspiró acariciando la espalda de su hija. Sakuno dio un respingo, llevándose las manos a la cara—. ¿Sakuno? — arqueó las cejas, tomándola de los hombros—. Oye, venga, que no pasa nada. Estaba preocupada porque dejaras de estudiar y te echaras en la espalda de tu hermano. Pero veo que sigues adelante y vas a buscar un camino para ti, así que estoy contenta por ello. Soy muy regañona, lo sé. Venga, venga, no llores.
Ryoma se levantó, suspirando y acercándose a ellas. Sakuno levantó una mano, mirándole suplicante. Ryoma sacudió la cabeza, pero aún así, la tomó en brazos y la cargó hasta el dormitorio, dejándola ahí. Rinko los miró con atención, arqueando las cejas. Generalmente, Ryoma sufría cuando su hermana lloraba, especialmente, si no era él quien la hacía llorar, pero de ahí a comportarse tan protector de ese modo…
Los siguió con curiosidad, deteniéndose en la puerta. Al contrario que el cuarto del baño, el dormitorio sí daba muestras claras de ser compartido. La ropa de Ryoma colgaba de una percha sobre la puerta del armario. Ropa doblada descansaba sobre una silla, ropa de ambos. Una cama de matrimonio en el centro de la habitación y la puerta del baño dejaba ver el lavabo, con los cepillos de dientes juntos.
Se llevó las manos a la cara, ahogando un grito.
Ryoma se giró hacia ella, estirando las manos para tocarla, pero se las sacudió.
—¿Qué… clase de hijos enfermos sois?
Sakuno sollozó más, llamándola en súplica. Rinko se volvió, agarrando sus cosas de nuevo, salió de aquel lugar, con el corazón en un puño y entendiendo las palabras de su marido. Ahora entendía por qué sus peleas con ambos, su negatividad a la hora de permitir a Sakuno ir tras su hermano y que éste, fuera degradado de su casa.
Jadeando, llegó hasta la acera, levantando la mano para llamar un taxi. Ryoma la aferró de la muñeca y cuando sus ojos se encontraron, fue la primera vez en su vida que vio una rogativa en su hijo. Una súplica que le destrozó el corazón.
-.-
Sakuno Dio un respingo cuando escuchó la puerta cerrarse de nuevo. Corrió hasta la entrada, encontrándose con Ryoma dejando las llaves sobre el cesto que había colocado con tanto amor para ello. Días atrás, había adorado ver las llaves de Ryoma caer sobre las suyas, como una muestra de amor. Ahora, le provocaron una punzada dolorosa en el pecho.
—¿Y mamá?
Ryoma sacudió negativamente la cabeza, quitándose los zapatos y entrando. Cuando llegó a su altura apretó los puños, mirándola fijamente.
—Fue… mi culpa— exclamó, llevándose las manos hasta el rostro—. Si solo hubiera fingido una sonrisa mientras… hablaba de ti y… de…
—Suficiente— interrumpió él chirriando los dientes—. No fue tu culpa. Es una mujer casada. Se daría cuenta si se quedaba.
Sakuno lo sabía dentro de su alma. Que era cierto. Si hubiera sabido que su madre iba a venir, hubiera adecuado la casa y probablemente, se prepararía para ese tipo de conversaciones. Pero entre que su relación no iba adecuadamente y la llegaba de su madre, terminaron con derrumbarla. Era débil. Sí. Pero era un ser humano.
Estiró las manos, aferrándose a las ropas de Ryoma y como una niña pequeña, lloró sobre el pecho de su hermano.
Ryoma se quedó ahí, de pie, soportándola, con las manos empuñadas en puños a los costados. Cuando se dio cuenta, había oscurecido, tenía los ojos irritados y las piernas empezaron a fallarle. Cayó de rodillas, cansada.
—Ryoma… realmente somos horribles… unos hijos horribles.
—Nacimos en lugares equivocados, simplemente…— murmuró.
Sakuno levantó la cabeza. Sus dorados ojos brillaron cuando se apartaron de ella. La mandíbula tensa y los músculos del cuello marcados.
—¿Qué… insinúas?
—Sí simplemente hubieras nacido antes... — siseó.
—¡No! — Tiró de sus ropas aferrándolas entre sus dedos—. Estas equivocado. El problema no es quien nació antes o quién no. El problema está en que tenemos la misma sangre. En que somos sucios. Corrompemos todo por nuestro amor. Hemos… hemos destruido a mamá… ¡No entiendo por qué tiene que ser tan difícil amarte!
Ryoma retrocedió. Sakuno se cubrió la boca al instante, mirándole asustada.
—No… no es lo que yo quería decir… es… es…
—Es lo que has dicho— sonrió sin ganas, echándose los cabellos hacia atrás—. Voy a ducharme.
Sakuno le dejó ir, con las palabras encogidas en la garganta. Clavó las uñas en la moqueta y sintió el llanto acomodarse en sus ojos de nuevo.
No odiaba amar a Ryoma. Nunca pensaría eso. Pero sí era cansado y doloroso. Eso no se lo podía quitar nadie. No pensaba que si él hubiera nacido en su puesto hubiera sido diferente. Ella le amaría del mismo modo. Aunque, quizás, de ese modo, él nunca se hubiera fijado en ella y le habría dado más oportunidades de escapar de ese amor prohibido.
No le estaría asfixiando. No le habría seguido. No le habría arruinado la familia. Sabía que Ryoma adoraba a su madre interiormente. Que probablemente ella le había rechazado cuando salió tras ella.
Y le dolía la idea. Perdió a su padre y ahora, a su madre.
-.-
Ryoma se sentía asfixiado. El agua caliente le golpeaba la piel como si fueran agujas, indicando su culpabilidad todavía más. Cada vez que cerraba los ojos veía la mirada dolida de su madre. Estaba furiosa, dolorida y sobretodo, se sentía traicionada. Sakuno era la pequeña, la que menos tenía la culpa. Él la había seducido con su enfermo amor y ella simplemente había caminado el camino que él le había marcado y ahora, estaba asfixiándola.
Era difícil. Condenadamente difícil este maldito amor. Ahora entendía por qué a la larga, estos sentimientos se censuraban y ocultaba bajo falsos matrimonios. El motivo por el que los padres se avergonzaban y preocupaban, censurándolo rápidamente. No era únicamente por la vergüenza. El dolor que acaban de causarle a su madre era terrible. Quizás lo superara, pero nunca los perdonaría.
Se pasó una mano por los cabellos húmedos y cerró el grifo.
Cuando salió Sakuno continuaba arrodillada en la entrada, con las manos apretadas sobre la moqueta. Sacudió la cabeza, observando su delgada espalda. Parecía tan condenadamente frágil. Y aunque le gustaría ir a socorrerla, en ese momento, era cuando ella tenía que mostrar su fuerza y él, debatir seriamente qué hacer. Algo dentro de él le gritaba que la devolviera a donde merecía. De donde nunca debió de sacarla. Pero eso también sería para él como si le acabaran de dar una patada en los cojones directamente.
Se frotó las sienes y se dejó caer en el sofá. Por más vueltas que le diera un tremendo dolor de cabeza que no conseguía remediar. Y las horas pasarían y seguiría la misma respuesta.
Todo era una condenada mierda.
Asqueado consigo mismo, se levantó y tras coger las llaves se marchó. No quería escuchar la voz de Sakuno rogándole porque no se marchara. Ni quería ver su llanto. Necesitaba aire. Aire lejos de ella, antes de que terminara de derrumbar la fortaleza que había caído. Piedra a piedra empezaba a perder los pilares.
La solución estaba tan frente a él que le estrangulaba el pecho.
Quizás, por ese motivo, simplemente tuvo que llevarlo a cabo.
-.-
Nanjirou había recibido el mensaje horas antes. Con cara de incredulidad había estado a punto de creer que era una condenada broma. Pero cuando la vio allí, en la silla de ruedas, con la cabeza apoyada en el pecho, sintió que algo se le rompía dentro.
No le había dicho nada a Rinko. Desde su llegada estaba furiosa, consigo misma más que con él, probablemente. Pero igualmente, el rapapolvo que le había echado había sido más bien como una tormenta que estuvo a punto de ponerle de patitas en la calle.
Pero se había encerrado en la habitación como un fuerte, llorando, gritando y maldiciendo su sangre. Luego, había llegado aquel mensaje a su móvil y ahora, entendía que, de haberse dejado llevar por la rabia, habría perdido esa oportunidad.
Arrodillándose frente a ella, le besó las manos antes de cargarla en sus brazos y llevarla hasta el coche. Las emociones se desbocaban en su interior. Intentó controlarlas como podía. Había fingido algunos años delante de su mujer, ahora, tendría que esperar hasta llegar a su casa y aclarar las cosas.
Quizás debía de devolver el mensaje indicando que ella estaba con él. Pero le irradiaba la furia de tan solo pensar que podría haber pasado cualquier cosa con esa forma tan descuidada de entrega de un ser humano. Aunque al menos, no la había metido dentro de una caja y envuelto en papel de regalo.
Algo le golpeó la pierna derecha nada más detenerse en el semáforo. Cuando miró hacia allí, la garganta se le hizo un nudo al ver sus grandes ojos mirarle con pánico. Se había convertido en el ogro de sus sueños. Sus labios temblaban y su cuerpo se volcó por completo en reaccionar.
—¿P-papá? — musitó con su tierna voz, golpeando los cristales asustada, mirándole cual cachorro— ¿dónde… estoy?
—En casa. Estas en casa, hija.
Continuará…
